- Ayer vi un extraterrestre.

- ¿Qué? – Francis volteó a ver a Antonio, sin entender de que estaba hablando.

- No estás poniendo atención a lo que digo. Te estoy platicando de las audiciones para el nuevo show que vamos a montar esta temporada. Tuve que decir una tontería para ver si así me escuchabas. – Antonio lo miró ligeramente exasperado.

- Perdón Antonio. Me perdí.

- Eso es evidente. – Antonio se enderezó en su silla y lo contempló. Estaban en casa, en la sobremesa de un domingo por la tarde, descansando y reuniendo energías para comenzar la siguiente semana, como lo hacían uno que otro domingo, cuando sus diferentes actividades lo permitían. - ¿qué pasa, Francis? Tienes días distraído. ¿Es por el tipo con el que has estado saliendo? ¿Cómo se llama? ¿Andrés, Anthony?

- André. Y no, no es por él. – André era el amigo de Michelle, uno de los dueños del club deportivo donde ella practicaba tenis los fines de semana y con el que había hablado en la fiesta, hace más de dos meses. Ella los presentó, el individuo realmente se veía interesado. También era francés y la impresión de Francis al conocerlo era que no era feo, tenía buen porte, se vestía bien y era educado así que y pensó "¿por qué no?" y decidió darle una oportunidad. Llevaban saliendo apenas un mes y medio. – Ay, Antonio, no tienes ni idea – suspiró Francis, con el característico tono dramático que usaba para acentuar sus problemas. Antonio levantó una ceja ante esos histrionismos.

- ¿Qué sucede? – preguntó. En los años que llevaba conociendo a Francis, se había acostumbrado a las exageraciones de su amigo y había veces que pecaba de no darle suficiente importancia. Pero siempre lo escuchaba, sin importar el tema.

- ¿A qué no adivinas quien vive en la ciudad?

- ¿Mucha gente?

- Alguien más específico.

- No, no se me ocurre de quien hablas.

- ¿Arthur? – Antonio abrió los ojos al escuchar el nombre. - ¿Qué Arthur? ¿Kirkland? – dijo el infame nombre con la expresión y el tono que alguien usa para hablar de un insecto desagradable.

- El mismo.

- ¿Qué hace aquí?

- Vino con su esposa. Vive aquí desde hace varios meses.

- ¿Lo has visto?

Francis le contó sus encuentros con los esposos Kirkland y lo que sabía de ellos. La expresión de Antonio mientras escuchaba era una mezcla entre fingida indiferencia y menosprecio.

- No lo he vuelto a ver desde entonces – concluyó Francis, tras contarle la última vez que lo vio, cuando Arthur fue a hablar con él a su boutique. – a Michelle la veo de vez en cuando.

- ¿Por qué la frecuentas tanto?

- Al principio me daba curiosidad ¿sabes? Tenía una especie de extraño interés en conocer su vida. No creía que fuera para tanto y cometí la estupidez de creer que Arthur no se daría cuenta. Pero todo salió diferente a lo planeado y ahora soy más cercano a ella de lo que esperaba.

- Deberías de cortar toda relación con ellos.

- Ya lo he pensado. Solo que André es socio de Michelle, de hecho, ella fue la que nos presentó. Y ahora tengo que verla más de lo que quisiera. Admito que ella es bastante simpática y agradable.

- Pero no deja de ser la esposa de Arthur.

- No – Francis suspiró – trato de no darle tanta importancia a ese asunto. En realidad, no hablamos mucho de él cuando la veo y rara vez se ven juntos.

- Probablemente ni lo quiera – Antonio dijo indiferente.

- No sabría decirlo.

- La compadezco – continuó Antonio – pobre mujer, debe de buscar cualquier excusa para estar lejos del ogro amargado que es Arthur. Por eso nunca están juntos.

Francis se puso a seguir el patrón de la madera de la mesa con la mano y con la vista. Suspiró nuevamente. Ya sabía que a Antonio se iba a comportar así. Desde la ruptura de Francis y Arthur, Antonio siempre se refería a cualquier miembro de la familia Kirkland como si fueran una bolsa de basura podrida. Francis agradecía su lealtad hacia él, pero a veces esa misma actitud era la que hacía que el francés no le quisiera contar ciertas cosas.

- Tal vez pase eso.

- Sigo pensando que no deberías frecuentarla.

- No creo que pase nada. Ya no siento nada por Arthur. No importa ahora lo que pase con él.

- Donde hubo fuego, cenizas quedan.

- ¿En realidad crees eso, Antonio? ¿Uno no puede ser cercano a sus ex parejas?

- En ciertas circunstancias, sí – aclaró Antonio – como cuando terminas bien con ellos y no queda mucho que reclamar. Pero tú no quedaste bien con Arthur y estoy seguro de que él te guarda rencor por lo que pasó. ¿O como explicas esa actitud tan fría que ha tenido hacia ti? Si sigues viéndolo solo te harás daño. Entre más lejos estés de él, es mejor.

- Tal vez haya que cerrar bien ese ciclo – dijo Francis, encogiéndose de hombros.

- ¿Con Arthur? No creo que él sea capaz de tener una conversación contigo sin empezar a gritar, mucho menos se va a sentar a hablar de "cerrar ciclos". Y no sabía que tenías tantas ganas de volver a socializar con él.

- No tenía ganas de eso. Ni siquiera se me había ocurrido esa posibilidad. – levantó la vista hacia su amigo - Tienes razón, es mejor alejarme de Arthur. Mejor sígueme hablando de las audiciones, ¿qué tal estuvieron? – prefirió cambiar el tema a uno menos depresivo para él.

- ¡Ah, las audiciones! – Antonio sonrió, como si no hubiera ocurrido la interrupción de su tema – llegó una bailarina tan bonita, que fue mucha fuerza de voluntad no invitarla a salir en ese momento…


Arthur estaba acostado, sobre el sillón de su departamento, con los ojos cerrados, la cabeza apoyada en el brazo del sillón a modo de almohada y los brazos alrededor de Michelle, que estaba encima de él, dormitando. Los sonidos del mar abajo del departamento y del aire acondicionado lo arrullaban, estaba cansado, había trabajado todo el día y ahora solo quería reposar. No tenía energías ni para levantarse a buscar algo de cenar, preferiría quedarse en ese sillón hasta el día siguiente si fuera posible.

- Arthur – susurró Michelle

- ¿Mmhh? – contestó su esposo, sin abrir los ojos.

- ¿Estás dormido?

- ¿Vas a ir al torneo?

- ¿Qué torneo?

- El torneo de tenis – Michelle se incorporó un poco, para ver a la cara a Arhtur pero no se soltó de sus brazos – ¿ya se te olvidó?

Arthur hizo memoria. Ya había empezado a cabecear y tardó en rememorar algunos fragmentos de una conversación con Michelle cuando le habló de un minitorneo de tenis femenil que organizaría el club deportivo con la finalidad de reunir fondos para caridad.

- Ya me acordé ¿cuándo es?

- El primer partido es el sábado. A las 8:00 am.

- ¿Este sábado?

- Sí. ¿Vas a ir a verme jugar?

- Amor – Arthur abrió los ojos y movió una de las manos que tenía sobre Michelle para pasarla por su cara – el sábado es la junta con los inversionistas brasileños. Probablemente dure horas. No creo alcanzar a llegar al torneo. - Michelle volvió a recostarse encima de él mientras su esposo usaba la mano que todavía tenía sobre ella para acariciar su espalda.

- Mi pareja en el juego iba a ser Margot Glinton.

- ¿Iba a ser? ¿Por qué ya no?

- Está embarazada.

- Ya veo ¿con quién vas a jugar ahora?

- Con su prima, Norma Carter.

Arthur se quejó al escuchar el nombre.

- ¿Por qué te caen tan mal Norma y Margot? – preguntó Michelle divertida levantándose ligeramente otra vez para mirar a los ojos a Arthur.

- Ellas no me caen mal. Pero sus madres – Arthur se pasó la mano por el pelo – Dios mío, que señoras tan insufribles.

- A veces son graciosas.

- Solo a veces. Pero son anticuadísimas, ya ni mis abuelos son así. Y su plática solo son chismes y tonterías sin sentido. Siento que mis neuronas se mueren cuando tengo que pasar más de cinco minutos con ellas.

- Pues ellas son de las principales patrocinadoras del torneo. Están dando mucho dinero.

- Me imagino, no tienen otra cosa qué hacer.

- No seas tan malo – Michelle le dio una palmadita en el pecho, seguía divirtiéndose con la actitud de su esposo.

- Obviamente irán al torneo.

- Claro que irán. Y probablemente se sentarán en nuestra mesa.

- Arghh ¿en serio quieres que vaya?

- Arthur… - Michelle emplaó el tono que usaba cuando quería negociar algo – hagamos esto. No vayas a los primeros partidos del torneo, pero si paso a semi finales y a la final tienes que ir.

- Como digas.

- Pero me tienes que llevar a bailar.

- ¿A dónde quieres ir a bailar? – Arthur levantó una ceja.

- Hay un nuevo club en el centro. Vamos el próximo fin de semana. Y hoy quiero ir a caminar a la playa.

- ¿De dónde sacas tanta energía, mujer? – Dijo Arthur, que tan solo por escucharla, se cansaba aún más.

- Quiero ir antes de que anochezca – Michelle se levantó completamente de encima de Arthur y se orientó hacia su habitación, para alistarse para salir - Podemos ir a cenar después. ¡Date prisa!

- Ya voy – Arthur se desperezó.

- Por cierto, tú pagas – Michelle sonrió.


Los primeros partidos del torneo terminaron, dándole uno de los triunfos a Michelle y a su compañera Norma. Como ya había acabado la primera ronda, muchos se habían retirado, quedando aún en una de las mesas de descanso Michelle con Francis, que seguía saliendo con André, el dueño del club y que había asistido al tornero para apoyar el evento de su pareja. Mientras platicaban de temas simples, Francis vio acercarse a ellos a las afamadas señoras Glinton y Carter, las patrocinadoras del evento y si bien recordaba, eran las mujeres con las que Arthur estaba hablando el día de la fiesta de aniversario del hotel Vidot Inn. Las mujeres se acercaron, diciendo que esperaban a Norma que terminara de cambiarse para ya irse.

- Michelle, no veo a tu marido – preguntó la señora Carter, después de sentarse y pasando la vista por el club, como si lo buscara.

- No pudo venir. Pero mandó su donativo.

- Qué atento – contestó la señora Glinton – pero no podemos evitar notar que te tiene muy abandonada. – para puntualizar cada palabra, la señora cerró el abanico que estaba usando y dio pequeños golpecitos en el aire, en dirección a Michelle.

- Es verdad – convino la señora Carter – casi nunca te vemos con él.

- No es así. Estamos juntos siempre, en casa.

- Pero así no debe ser. Es importante que salgas con él, que la gente los vea. Así todos sabrán que estás acompañada – la señora Carter tenía la costumbre de explicar todo con movimientos excesivos de las manos.

- Eso es cierto. Hay mucha gente con malas intenciones que no dudarán de aprovecharse de ti. Una mujer no debe de estar nunca sola y menos si está casada.

- Pero eso eran los tiempos de antes… - comenzó a explicar Michelle.

- ¡Ningún antes! – interrumpió la señora Glinton – así debe de ser siempre. Además, querida Michelle, no creo que quieras que otras mujeres vean que tu Arthur siempre está por su cuenta. Hay muchas lagartonas queriendo meterse con hombres casados.

- Creo que Arthur se sabe cuidar solo – Michelle estaba siento amable, pero se le veía un poco a la defensiva.

- ¡Nada de eso! A los hombres hay que atenderlos, si no, se van.

- ¡Es verdad! Mira a mi hija Margot – dijo la señora Glinton – su esposo la cuida tanto y más ahora que está embarazada. Y es porque ella siempre está al pendiente de él. Si la vieran, se levanta todos los días muy tempranito para prepararle su almuerzo ¡Es que el pobre trabaja tanto!

- Hacen bonita pareja – Michelle aseguró.

- Sí, muy bonita. Por cierto, ¿has pensado ya en embarazarte, Michelle?

- No, no todavía.

- Se te está haciendo tarde ¿cuántos años ya tienes casada?

- Vamos a cumplir tres años.

- ¿Y cómo es que no te has embarazado todavía? ¡Mujer, se te está pasando el tiempo! – la señora Glinton parecía escandalizada.

- Todavía estás joven, pero el tiempo se pasa muy rápido. Y no sabes lo cansado que son los hijos, es mejor que los tengas ya, para que tengas energía para cuidarlos. No te confíes.

- ¡Ay sí! Yo tuve a Margot ya cuando tenía 37 años. ¡Pobrecita! Ella quería correr y jugar y yo ya no me sentía con ganas de eso. Lo bueno es que tuvo hermanos mayores, sino imagínate. Por eso, Michelle, ya no dejes pasar más tiempo.

- Además, un bebé es lo mejor que puedes aportar a tu matrimonio.

- Los dos aportamos diferentes cosas – expresó Michelle.

- Pero no es lo mismo. Con un bebé te aseguras de que tu esposo no se vaya nunca.

- Hay hombres que dejan a sus esposas e hijos.

- Sí, pero es porque sus mujeres no los atienden. Ellos tienen necesidades ¿sabes? Mejor apúrate a tener bebés, si no, va a venir otra que sí quiera hijos con él y se lo va a llevar. Tu esposo muy buen partido: está joven y es atractivo. Debes de buscar como asegurarlo, el matrimonio por sí solo no es suficiente.

- Si él no quiere tenerlos, no te preocupes, solo debes usar lencería sexy un día y no lo va a pensar dos veces. No hay hombre que no se vuelva loco con eso. Una vez que estés embarazada, ya no puede echarse para atrás.

- ¡Oh, por Dios! – Michelle se empezó a mortificar y tapó sus ojos con una de sus manos, sintiendo vergüenza.

Francis escuchaba la plática. Nunca había convivido con estas señoras y de haber sido otro tema de conversación, probablemente se hubiera reído al ver la interacción de ellas, con sus ademanes exagerados y las expresiones de sus caras. Pero al ver el semblante de Michelle, incómodo y a la defensiva, sin dejar de ser amable, solo sintió desagrado hacia ellas y su intromisión en la vida de su amiga.

- Michelle – Francis, que no había dicho nada desde que llegaron las señoras, tomó la oportunidad de hablar en el momento que una de ellas tomaba de la bebida que había traído con ella y la otra se daba una pausa para ver hacia otro lado del club – me estabas platicando acerca de tus vacaciones en Rio de Janeiro.

- ¡Ah sí! – Michelle dijo, aliviada por el cambio de conversación – nos encantó. Arthur y yo fuimos el año pasado, al carnaval ¿Has ido?

- Hace unos cuatro años pasé unas vacaciones ahí, solo fue una semana – contestó Francis.

- Río es muy bonito – dijo la señora Glinton, sin advertir el drástico cambio de tema – pero demasiado ruidoso. Para ustedes los jóvenes debe ser muy divertido, pero yo ya no estoy para eso. Ah miren – dijo, viendo hacia una mujer que se acercaba – ahí viene Norma. Justo a tiempo. Vamos a ir a casa de Margot, a pasar la tarde con ella ¿por qué no vienen? – les preguntó a Michelle y Francis.

- Le agradezco, señora – dijo Francis – pero ya tengo una cita planeada con André hoy.

- Ah, la juventud – contestó la señora, sonriendo – vayan y diviértanse, no quisiéramos entrometernos en las citas de una nueva pareja ¿y tú Michelle?

- Mil gracias. – dijo Michelle con una sonrisa forzada - Pero tengo que declinar. Hay una comida con Arthur y los socios extranjeros.

- Muy bien, que bueno que no dejas solo a tu marido. Nos vemos la próxima semana. Recuerda traer a Arthur.

Cuando se fueron las señoras, Francis tomó un momento para estudiar el semblante de Michelle. Antes de la llegada de ellas estaba relajada, el triunfo en el partido la había dejado contenta. Ahora se veía intranquila y cansada, aunque trataba de disimular.

- Muchas gracias, Francis. Por cambiar el tema – dijo al fin.

- No es nada. Me molestó un poco ver que no te dejaban en paz.

- Nunca se cómo responder cuando la gente empieza a hablar del tema de los hijos. – Suspiró y cerró los ojos, se veía tensa.

- Me imagino. A veces son demasiado insistentes.

Michelle no dijo nada durante un tiempo. Parecía querer hablar y a la vez no, Francis notó que abría la boca para decir algo y al final decidía no decir nada. El francés estaba buscando algún tema de conversación más simple, para aligerar el ambiente cuando escuchó a Michelle susurrar:

- No puedo tener hijos.

- ¿Disculpa? – Francis no la escuchó muy bien.

- Hace años me extirparon la matriz – continuó, como si Francis no la hubiera interrumpido. Tenía la cabeza hacia arriba, viendo al cielo. – Tenía dolores abdominales intensos y un día sin más, perdí el conocimiento de tan fuerte que era el dolor. Mi compañera de departamento me encontró, ella fue la que llamó a emergencias. Cuando desperté, estaba en un hospital y me dijeron que habían encontrado un mioma, el doctor estaba muy sorprendido con el tamaño. Tuvieron que hacerme una histerectomía de emergencia. Llevaba años con dolores menstruales horribles y creía que era normal. Pero no. – hablaba sin emoción, su tono era monótono y se escuchaba lejano – Yo si quería tener hijos. Desde niña me imaginaba mi vida como mamá, me hacía mucha ilusión.

- Lo siento.

- Ya me acostumbré. Al principio me costó mucho trabajo aceptarlo, sentía como si me hubieran arrancado todo lo que más quería en la vida. Tuve que ir a terapia para superarlo, aprendí a no pensar mucho en ello y dedicarme a otras cosas. Anteriormente, algunas personas me han dicho cosas similares a lo que dijeron las señoras Carter y Glinton, a veces es menos doloroso escucharlas que otras y trato de no darle mucha importancia, pero es duro escuchar cómo me juzgan cuando en realidad no tienen ni idea.

- ¿Has pensado en decirles? Tal vez así te dejen en paz.

- ¿A las señoras? Es imposible. Son sumamente chismosas, en menos de media hora ya todos mis conocidos lo sabrían. No sé si pudiera soportar ver a toda la gente viéndome con lástima o cuchicheando acerca de esto. Y Arthur se pondría furioso.

- ¿Arthur te ha dicho algo de querer tener hijos?

- Desde antes de casarnos ya conocía mi situación. Muy pocas veces ha salido el tema a colación y nunca hace comentarios, si acaso, lo único que dice es que no necesita tenerlos. Pero le molesta mucho verme alterada cuando escucha lo que dice la gente, si él hubiera estado aquí hace rato, habría sido capaz de ofender a las señoras para hacerlas callar. A diferencia de mí, que me quedo en blanco cuando pasa esto, él siempre se enoja; siempre ha dicho que odia verme así de pesarosa.

- Creo que tiene razón. Solo quiere defenderte – Francis nunca pensó que se encontraría justificando a Arthur.

-Pero es un tema bastante pesado. Además… - Michelle titubeó un poco y dijo en voz aún más baja – me da miedo que pase lo que dijeron las señoras. Que Arthur me deje. Que se consiga a otra que si pueda darle hijos. Creo que de todo lo que dijeron, eso fue lo que más me afectó.

- Fueron bastante insensibles, no es justo que te trataran así.

- Y hace dos días nos enteramos de que Natalia también está embarazada. – continuó Michelle. - De repente todas las mujeres de mi edad que conozco son madres o van a serlo y yo aquí, sin poder tener hijos por mi cuenta.

- Perdón, Michelle – dijo Francis un poco perdido – no conozco ninguna Natalia.

- Ah, disculpa Francis. Es una prima política. Está casada con uno de los primos de Arthur. Alfred, así se llama el primo y ella se casaron hace medio año quizá. Y ya está embarazada. No me había molestado saberlo, de hecho, hasta me había alegrado, pero ahora siento que todo se juntó.

- Lo lamento.

- Gracias Francis. Me alegro de que estuvieras aquí. – Michelle colocó su mano encima de la de Francis y le dio un ligero apretón, sus ojos brillaban, con emoción contenida – Creo que ya estoy bien. Gracias por escucharme.

- Cuando quieras.

- Ya debo irme – Michelle vio la hora en su celular – tengo que arreglarme para la comida con los socios. ¿te vas a quedar más tiempo?

- También ya casi me voy, André no tarda en venir. No te detengas por mí.

- Gracias – Michelle se levantó y empezó a juntar sus cosas - ¿Francis?

- Creo que esto ya está algo implícito, pero por favor ¿puedes no decirle a nadie lo que te platiqué? Realmente, no quiero que nadie sepa.

- Por supuesto. Es más – Francis la miró tranquilizador – ya se me está olvidando.

Michelle rio ligeramente.

- Gracias nuevamente, Francis. Te mereces el cielo – dijo antes de irse.

Francis se quedó solo, meditando y repitiendo en su mente los sucesos que acababan de pasar. Sintió lástima por Michelle y aunque la mujer trató de disimular era notorio que realmente se había disgustado. Ella dijo que no quería la compasión de nadie así que eliminó ese sentimiento. Recordó a Arthur: en el tiempo que estuvieron juntos nunca mencionó nada acerca de tener hijos. Probablemente se debía a que eran excesivamente jóvenes en esa época como para preocuparse por algo así. En el plan de vida de Francis si estaban incluidos, le agradaba la idea de adoptar algún niño y criarlo él. Pero con las vueltas que había dado su vida, ese plan original había cambiado bastante y en los últimos años ya ni se preocupaba por eso. Ojalá, Antonio sí tuviera hijos, así él sería el padrino de alguno de ellos, pensó con una sonrisa. Era lo más cercano a un hijo que probablemente tendría.


Arthur no fue a los siguientes partidos. Pero tal y como le prometió a Michelle, asistió a las últimas contiendas. Michelle y su compañera habían avanzado victoriosas en todas las justas y ahora estaban disputándose el partido final, para seleccionar al equipo ganador.

El club tenía un campo de tenis muy pequeño y durante el partido final no había mucha gente, la mayoría de los asistentes eran socios del club o parientes y amigos de las jugadoras. Cuando Arthur llegó, saludó a algunas personas, pero decidió sentarse un poco alejado de todos, no tenía muchas ganas de socializar si no era necesario y con el pretexto de ver mejor a Michelle, se sentó lo más cerca que pudo de la cancha, pero no contó con que el dueño del club quería convivir con él y mucho menos esperaba que Francis estuviese acompañando a tal dueño. De manera que, sin quererlo y como si de una maldición de tratase, se encontró sentado en una de las tribunas con André y Francis al lado de él. Trató de ignorar lo mejor que pudo a la pareja, Francis no le hacía caso ni le dirigía la palabra, pero André sí le hacía comentarios al respecto del juego o del club en ciertas ocasiones. Arthur le respondía lo mejor que podía, siempre con cortesía, aunque por dentro ya quería que esta pareja lo dejara en paz. Poco antes de empezar el segundo set del juego, André se excusó, diciendo que tenía que ir a comprobar algunos asuntos del club, dejando solos a Arthur y Francis. Durante muchos minutos se ignoraron, pero había algo que estaba consumiendo la mente de Arthur desde hacía algunos días y tal vez Francis supiera la respuesta.

- ¿Francis? – comenzó.

Francis se sobresaltó al escucharlo. No esperaba que tuvieran conversación alguna y mucho menos, que Arthur la empezara. Dirigió su vista hacia el inglés, interrogante, preguntándose si había escuchado bien, pero Arthur seguía viendo al frente, a donde estaban las jugadoras reponiendo energía.

- Dime – finalmente contestó.

- ¿Tú estuviste con Michelle el día del primer partido? – Esta vez Arthur si volteó a verlo.

- Sí, estuvimos platicando un rato, cuando se acabó.

- ¿Pasó algo ese día?

- ¿Algo como qué?

- ¿De qué hablaron? – El tono de voz de Arthur era insistente.

- De sus vacaciones en Brasil el año pasado. – Francis por un momento tuvo la idea de que Arthur podría estar celoso de él.

- ¿Solo eso?

- Nosotros sí. Pero llegaron las señoras Carter y Glinton y se sentaron un momento con nosotros.

Una expresión de entendimiento se posó sobre el semblante de Arthur.

- Ya veo. – se quedaron en silencio durante un par de minutos. El segundo set del juego empezó. – Michelle ha estado extraña últimamente. Está algo seria y como si algo la preocupara. ¿sabes que le dijeron las señoras ese día?

Francis consideró decirle lo que sabía. Le prometió a Michelle no decirle a nadie, pero no sabía si esa promesa se extendía a Arthur, que, viéndolo bien, se veía un poco intranquilo, con una arruga en el ceño que no se le quitaba. Concluyó que, probablemente no sería malo si le dijera ya que él prometió no contarle nada a nadie que no supiera su situación, pero evidentemente, Arthur lo sabía. Así que le platicó todo lo que le dijeron las señoras a Michelle y la expresión alicaída que tuvo ella después. Arthur nunca despegó su vista del juego, pero escuchó atentamente. Al final del relato se veía tenso.

- Fuck! – dijo Arthur – Malditas viejas estúpidas. No sé cómo es que Michelle las soporta, a mí me dan ganas de golpearlas siempre que las escucho hablar. ¿le has dicho a alguien eso?

- No, a nadie. Ni siquiera a André – aseguró Francis.

- Ella prefiere que nadie sepa.

- Estaba angustiada, pero su principal temor fue cuando le dijeron que la dejarías por otra mujer que si pueda tener hijos.

- Siempre ha temido eso. Gracias por decirme, Francis. Ahora ya sé por qué está así.

- Es un placer ayudar. Por cierto, felicidades por tu nuevo sobrino.

- ¿Perdón?

- Michelle me platicó que Alfred ya va a tener un hijo.

- Ah sí.

- Solo por curiosidad ¿la esposa de Alfred es Natalia Braginskaya? ¿La hermana de Ivan?

- Sí es ella.

- ¿Matthew no se ha casado?

- No, todavía no. Ha salido con algunos chicos, pero nada serio se ha concretado. O eso fue lo último que supe de él.

- ¿En tu familia no te presionan por el tema de los hijos? – era una pregunta arriesgada, pero estaba sintiendo una extraña satisfacción al poder tener una plática con Arthur sin pelear y aprovecharía esa oportunidad. Independientemente de su relación, siempre se le había hecho fácil conversar con el inglés.

- Mi familia es Michelle – dijo Arthur secamente – si te refieres a mis padres y hermanos… bueno, su opinión acerca de lo que hago no es relevante para mí. Si mis padres quieren nietos, ya tienen a todos los hijos de mis hermanos. Yo ya no tengo que responderles por nada.

- ¿Ya no les hablas?

- De vez en cuando hablo con mi mamá, solo para saber cómo están. También con Owen. Fuera de eso, ya no tengo mucha relación con ellos. ¿Por? – Arthur entrecerró los ojos. Después titubeó, como si recordara con quien estaba hablando.

- Solo curiosidad. Qué bueno que te pones del lado de tu esposa.

- Así debe ser. Nunca haría nada que lastime a Michelle.

No hablaron más. Minutos más tarde regresó André a las tribunas, retomando su plática habitual. No se dio cuenta que Francis y Arthur ya se estaban ignorando menos.

El juego terminó, dándole la victoria al equipo de Michelle. Francis vio que Arthur se levantó de la tribuna para ir al campo en donde su esposa se tomaba fotos con las otras participantes del torneo. El inglés se acercó a Michelle, la abrazó y le dijo algunas palabras de frente y otras al oído que causaron que ella sonriera y lo abrazara otra vez. Hacían bonita pareja. Arthur daba la impresión de ser un esposo atento, se quedó cerca de ella mientras a ella y a Norma les entregaban un pequeño trofeo y un ramo de flores, solo se hizo a un lado para no entorpecer la pequeña ceremonia de premiación.

El club organizó una comida después del torneo, para celebrar los donativos alcanzados ese año y convivir con los participantes, fue un evento informal, Arthur y Michelle se encontraron sentados en una mesa pequeña, de apenas seis lugares en donde también estaba Norma y su prometido junto con Francis y André. Arthur tenía la sospecha de que el francés había intervenido de alguna forma para que las odiosas señoras no se sentaran con ellos, no le preguntaría y mucho menos le agradecería por ello, pero en caso de ser así, apreciaba el gesto. Sabía que Francis no haría nada por él, pero Michelle se merecía todas las atenciones que pudiera recibir, ella era una persona muy dulce y no debía haber estado tan tensa como lo había estado estos últimos días. Él mismo se sentía mas relajado al ver a su esposa mas tranquila.

- Y por eso es por lo que no se deben alimentar a las ardillas callejeras de Nueva York – Francis concluyó su anécdota. Los demás rieron encantados con la historia.

- ¿Cuánto tiempo viviste en Nueva York, Francis? – preguntó Michelle.

- Umhh – Empezó a recordar – unos cinco años. - Dirigió una rápida mirada a Arhtur. Éste lo estaba viendo, pero volteó la vista inmediatamente después.

- ¿Es tan ajetreado como sale en las películas? – preguntó Norma. Afortunadamente para Arthur, ella era mucho menos pesada que su madre.

- Creo que es incluso más ajetreado. Tiene el ritmo de vida más acelerado que he visto. Pero considero que es una buena ciudad para vivir, me gustó más que Londres.

- Eso lo dices porque eres rana – dijo Arthur que sintió surgir en él una pequeña necesidad de defender su ciudad natal.

- Claro que no, rosbif – contestó Francis sin dejar pasar ni un segundo – Londres solo es interesante si uno quiere ver gente borracha en las calles.

- Ja – rebatió Arthur – como si París no fuera así.

- Al menos en París hay cosas que ver. – dijo Francis, sin inmutarse.

- ¿Qué cosas? ¿Basura en todas las calles? A lo mejor por eso te gustó Nueva York, te sentías como en casa.

- En ambas ciudades hay museos, inculto inglés y París tiene joyas culturales y arquitectónicas.

- Eso hay en todos lados.

- Pero nada es como París. Por eso es la ciudad del amor.

- No es mucho amor cuando pisas caca de perro mientras caminas.

- Eso son solo estereotipos. – Francis usó un ligero tono de altanería - Cualquiera que haya pasado una temporada en París se enamora de la ciudad para siempre.

- Arthur vivió en París un tiempo – intervino Michelle, que se reía con la interacción de su esposo con Francis.

- ¿En serio? – entró André a la conversación, que, al parecer, se sentía un poco de lado - ¿en dónde viviste?

- En Batignolles-Monceau.

- Es un barrio elegante – contestó André - ¿Francis, no fue ahí donde vivía tu madre antes de mudarse al campo?

- Sí, mi mamá vivía en ese barrio. – Francis entrecerró los ojos un microsegundo en dirección a Arthur que no lo volteó a ver. Nunca supo que Arthur hubiera vivido en Francia; cuanto estuvieron juntos no visitaron Francia a pesar de que hicieron varios planes para ir que jamás se concretaron.

- En fin, - dijo Michelle – a mi si me gustó cuando viví ahí en mi adolescencia. Arthur, deberíamos ir algún día, nunca hemos ido juntos.

- Cuando quieras, amor – Arthur tomó la mano de su esposa y le dio un beso en el dorso. – al fin vamos a tener un lugar donde tirar nuestra basura – dijo, con una mueca sarcástica. Francis rodó los ojos tras escucharlo.

- Muy gracioso. Es de esperarse que un inglés no entienda una ciudad tan icónica. – refutó Francis.

- Lamentablemente no tiene mucho atractivo.

- Tiene más que Londres, sin lugar a dudas.

- Londres está limpia. Y hay miles de cosas qué hacer ahí.

- Excepto encontrar buena comida.

- ¡La comida londinense es muy buena!

- Dijo nadie nunca.

- ¡Hay miles de lugares excelentes para comer!

- Pero ninguno está en Inglaterra.

- ¿Qué comías entonces cuando vivías en Cambridge?

- Tenía que cocinar para mí, pero los ingredientes son todos de mala calidad. ¡Hasta bajé varios kilos!

- Arthur – intervino Michelle una segunda vez - ¿cómo es que sabes que Francis vivió en Cambridge? – En la conversación no se había hablado de eso. Francis solamente dijo que había vivido en Inglaterra, pero sin dar muchos detalles. Al escuchar a Michelle, Francis sintió un ligero rubor en sus mejillas, que esperaba que los demás atribuyeran al calor mientras pensaba en una respuesta rápida. Arthur fue más resuelto que él, cuando lo escuchó decir:

- Me dijo hace rato, cuando estábamos platicando en las tribunas. Por cierto, los smash que hacían en el juego eran estupendos ¿cuándo aprendieron a hacerlos? – Arthur decidió desviar la atención a su esposa y a compañera de juego, al fin y al cabo, estaban celebrándolas a ellas.

- En los entrenamientos. Estuvimos practicándolos mucho tiempo para poder hacerlos – contestó ella.

- Nos costaron trabajo, pero valieron la pena – respondió Norma.

Las miradas de Francis y Arthur se encontraron por un instante, en una especie de acuerdo secreto de no acaparar la atención otra vez. La plática se centró en otros temas y aunque trataron de evitarlo, siempre terminaban haciendo las bromas habituales y comentarios sarcásticos entre ellos, aunque tuvieron la prudencia de impedir que se extendieran tanto.

- Arthur, ¿me ha dicho Michelle que eres aficionado a correr? – preguntó André, ya en la sobremesa.

- Si, se pudiera decir. Es el ejercicio que practico.

- Tenemos una nueva pista de atletismo. Son doscientos metros planos y además tenemos una ruta semi plana por si los corredores desean subir y bajar obstáculos, y hacemos recorridos por la selva o en islas cercanas de vez en cuando. Deberías venir.

- Sí lo haré – respondió Arthur. André era un muy buen socio del hotel, tenía acciones invertidas ahí y además existía un acuerdo mutuo de enviarse huéspedes y deportistas entre ellos. Él hubiera preferido ejercitarse en el lugar de siempre: otro club deportivo más pequeño que éste y con menos socios, pero debido a que tenía que quedar bien con André en beneficio de su relación laboral no tuvo otra alternativa que aceptar la oferta.

- También hay un gimnasio, en el segundo piso – señaló hacía arriba a donde estaría ubicado el gimnasio. – Hay diversidad de máquinas de entrenamiento por si un día no deseas correr o quieres entrenar bajo techo. Y Francis es asiduo a la ruta con obstáculos, él te puede hablar de primera mano acerca de como es.

Arthur se mordió la lengua para no hacer un comentario acerca de ranas saltadoras, en relación con la afición de correr con obstáculos de Francis. Aun así, el supuesto aludido lo miró, adivinando en la mente lo que Arthur no le dijo. Entre los dos se rieron del chiste local que nadie más en la mesa entendió.

Los días siguientes, una especie de reminiscencia de los tiempos pasados se posó sobre ellos. A pesar de los intentos de ambos para no coincidir en la pista de carreras, en realidad se veían con más frecuencia de lo esperado. El inglés se arrepintió de intentar cambiar su horario de entrenamiento: un día que llegó un par de horas más temprano que de costumbre, casi de madrugada con el cielo apenas aclarándose, tuvo la mala suerte de encontrar a dicho ex en plena sesión de pasión con André, ellos creyendo que nadie los vería daban rienda suelta a su entusiasmo en la puerta de la oficina del dueño del club. Sintió una ligera molestia: si ya estaba abierto el club ¿por qué no fueron más discretos? "Probablemente porque a esa hora no pasaba nadie en esa zona, solo había gente en la alberca y el gimnasio, que no están cerca de aquí", pensó. Consiguió que no lo vieran y se dirigió al gimnasio para ejercitarse ahí ese día, sin embargo, nunca más regresó a esa hora y sus ocupaciones no permitían ir a otra más que a la misma a la que iba Francis. Entre los dos se ignoraban al principio, no obstante, tenían ya tantos conocidos en común que los incluían siempre en los equipos de carreras que terminaban conviviendo más de lo esperado.

Extrañamente para los dos y debido al hecho de que se habían conocido antes y al tiempo que habían pasado juntos, conocían como platicar con el otro, sin que fuera incómodo o molesto, se lanzaban comentarios sarcásticos, que hubieran sido ofensivos para otros, pero entre ellos no eran más que bromas. Era algo que los había unido anteriormente: la seguridad de que podían decir y opinar lo que quisieran sin el temor de molestar al otro y así, se fue formando una nueva relación, que era muy parecida a la que ya tenían y al mismo tiempo diferente, con la plena conciencia de que nunca sería como antes ya que ninguno buscaba eso. Pero en ciertos momentos, una sombra oscura se extendía sobre la renovada amistad, algo que se sentía falso, como si no fueran plenamente honestos uno con el otro. Mientras trataban de ser resilientes y actuar como si no pasara nada, todos esos detalles antiguos que los molestaban salieron a relucir.

Francis recordaba cómo se había sentido: burlado, desesperado y completamente solo.

Arthur recordaba la horrible traición y la tristeza que sintió cuando Francis se fue. Estaba seguro entonces y ahora de que nunca lo perdonaría.

Nunca hablaron de ese tema: cuando recién terminaron cortaron toda comunicación entre ellos. Ahora ya era demasiado tarde como para revivirlo, los dos sentían que ya no tenía caso y que estaban mejor así.