Si Francis sentía algún tipo de reserva al momento de conocer a la familia Kirkland, ésta se disipó minutos después de presentarse. Los padres, hermanos, cuñadas, sobrinos e incluso, los abuelos de Arthur se portaron con completa amabilidad hacia él. Conoció en diferentes momentos a otros familiares, era una familia extensa y todos fueron generosos, con naturalidad lo recibieron en la familia; Francis pudo asegurar que nunca recibió mal trato alguno o descortesía por parte de los miembros de ese linaje. Hasta cuando hicieron pública su relación (al principio Arthur lo presentó como un "amigo", pero era evidente para todos que era algo más), recibieron apoyo y felicitaciones. El Consorcio Elton se presentaba ante como una empresa familiar, a la vanguardia y de mente abierta y al parecer, no mentían. Todo parecía mágico, irreal, pero nunca se quejaría por semejante aprobación. Por otro lado, Francis, como bien sabía Arthur, no tenía más familia cercana que su madre y su tía, y aunque no fueron nunca a Francia juntos, los Kirkland organizaron algunas veladas en Inglaterra para recibirlas y conocerlas, nunca escatimaron gastos para hacer que las mujeres se sintieran cómodas y Francis se sentía contento y con mucha gratitud hacia la vida por permitirle tener cerca a la gente mas importante de su vida.
A Francis le gustaba ir a la Granja Elton. Fue varias veces, cuando él y Arthur tenían suficiente tiempo libre para ir y quedarse varios días. Le gustaba la naturaleza, el bosque, ver a los animales de la granja, se sentía vivo ahí, entre el verdor y la fauna que habitaba el lugar. Arthur le enseño todos los rincones, atajos y escondites. Dentro de la casa, vio todas las habitaciones, que guardaban miles de historias que se habían ido acumulando con el paso de los años. La casa era magnífica, eso no estaba a discusión, pero lo que más le gustaba era estar afuera, respirando el aire limpio y observado el verde paisaje que lo rodeaba. Pero para su "pesar" Arthur nunca le cumplió su fantasía eterna de hacer el amor en el bosque. Con cansada indiferencia, el inglés le explicó que sería incómodo, peligroso ("no sabes cuántos animales, insectos, hongos y plantas venenosas hay ahí"), e insalubre. Francis insistía que sería romántico, que podían buscar la manera de hacerlo discreto y sin arriesgarse, pero su novio no dio el brazo a torcer en ese tema. Para compensar, una tarde de verano, cuando aún había sol, Arthur lo llevó al jardín de la granja, que, como todo lo demás era bello: aquí no había animales ni cultivos, sino jardineras llenas de flores de colores y arbustos. Parecía sacado de un libro de historias de amor. Estaba un poco apartado de la casa, era un lugar magnífico para cuando alguien quería pasar el tiempo a solas y meditar, ya que Arthur aseguró, al estar alejado del lugar de trabajo, casi nadie iba ahí. Llegaron al centro del jardín, en el que había un coqueto quiosco, al entrar Francis vio con satisfacción que Arthur había preparado muy bien el encuentro: el piso del quiosco estaba tapizado de colchonetas, almohadas y mantas. Sonrió al presentir lo que le esperaba y se sentaron juntos a observar pasar el resto del día.
- Voy a salir tarde de trabajar la próxima semana. Haremos inventario – comentó Francis una vez que se acomodó entre el nido de mantas. Tal vez no era la mejor forma de empezar, pero Arthur tenía que enterarse.
- Umhh – Arthur torció el gesto ligeramente. Ok, Francis meditó. No todo en su relación era miel sobre hojuelas. Como todas las parejas, tenían ciertos problemas y uno de ellos era el obvio desagrado de Arthur hacia su trabajo de mostrador en la boutique. Simplemente el inglés no entendía la necesidad de Francis para tener un trabajo así, tan "de clase media". Habían discutido anteriormente por eso, Arthur estaba seguro de que Francis podría estar en un lugar con más categoría, para él solo era cuestión de trabajar más duro y ya, a lo que el francés tomó ofensa por el desconocimiento de Arthur acerca del brutal mundo laboral de los que no habían sido beneficiados con una cuna de oro. – Acerca de eso… – Arthur comenzó.
- Tengo que estar presente en el inventario. Es importante. – Francis interrumpió, con cierto recelo, esperando alguna queja de Arthur acerca de no verse tan seguido por eso.
- Ya lo se. Pero te quiero decir otra cosa.
- Arthur…
- Déjame terminar, por favor – el inglés se sentó y se recargó en una de las paredes del quiosco. Francis se sentó al lado de él llevando consigo una manta para cubrirse. Arthur suspiró – ¿Recuerdas a Fiorella? Fiorella Vargas – Arthur preguntó, ya que, debido al trabajo, Francis hacía un año que había dejado de ser su asistente en la universidad.
- Sí, la recuerdo.
- Su familia va a lanzar una nueva marca. Ellos hacen zapatos, si bien lo recuerdas, pero esta nueva marca va a ser de ropa y artículos de piel. Chaquetas, cinturones, todo eso. Abrirán una filial en Londres, pero la base operativa va a estar en Cambridge. Podemos conseguirte trabajo ahí.
- ¿Conseguirme? ¿A qué te refieres?
- Pues… podemos hablar, ya sabes, con ellos. Mucha gente va a aplicar para las vacantes. Ya tienen a algunos contratados. Y cuando se haga pública la noticia, muchas personas van a querer trabajar ahí. Así que podemos decirles, nosotros, los Kirkland, que te contraten. Nos harán caso, a ellos les importa quedar bien con nosotros. No harías filas rodeado de candidatos y la entrevista sería directamente con los directivos. Nada de mandar un curriculum a un departamento de recursos humanos que te va a hacer dar varias vueltas antes de contratarte.
- Arthur ¿estás seguro? – Francis abrió los ojos al escuchar eso.
- Sí, lo podemos hacer. Creo que te conviene. Aprenderás mucho más acerca de cómo funciona una firma de moda, desde adentro de ella y creo que la paga es más alta.
- Creo que es algo antiético… - dudó Francis.
- ¡Claro que no! Todo el mundo lo hace. Así funcionan los negocios, con contactos. Ya tienes el talento para trabajar en la moda y te gusta, solo te ahorrarías los tediosos pasos de "empezar desde abajo", como dicen los pobres.
- Tú también dices eso.
- Sabes a qué me refiero. Es mejor eso que hacer inventarios ¿no crees?
- Creo que sí – dijo Francis, tras considerarlo un momento – tienes razón, es una buena oportunidad. Pero me gustaría que me contrataran por mi talento.
- Y lo harán. Simplemente aceleraremos el proceso. – Arthur intentó guiñarle un ojo. Pero no se veía tan seductor como Francis así que desistió. El francés rio al verlo.
- Gracias, Arthur – Francis se acercó a besarlo nuevamente.
- No tienes que agradecer – dijo Arthur antes de dejarse besar y relajarse en el abrazo amoroso del francés. – Pero si quieres, puedes hacer eso que haces con tu lengua.
- Con gusto – Francis se acercó más a él, para darle un apasionado beso en la boca y comenzar con la actividad que los había llevado ahí.
Tal como dijo Arthur, no fue difícil hacer que entrara a trabajar en la nueva línea de ropa de Fontana. Francis se sintió un poco triste al dejar el trabajo de más de un año en la boutique, pero el otro lo acercaba más a lo que quería hacer en el futuro. Habló con un par de directivos antes de entrar, les llevó su portafolio de diseños y les gustó. Lo colocaron en el área de diseño textil, pero por su juventud e inexperiencia, además que todavía era estudiante, le dieron un puesto un poco más arriba que los becarios. Estaba bien, consideró Francis, ya que llegar ahí a muchos como él les tomaría cerca de un año y tendría un sueldo fijo un poco más alto que en la boutique. Así empezó su nueva aventura trabajando en el corazón de una casa de moda.
Arthur sintió con decepción que había perdido condición física. Estaba ya cansado, abochornado y con vergüenza al ver a los demás miembros de la excursión andar tan frescos como si nada entre la selva. Maldijo para sí al ver hacia adelante del camino lo que faltaba por recorrer y pensó que lo único que quería era sentarse en algún montículo de piedras para descansar y no levantarse más, hasta que vinieran por él en coche.
- Te dije que no era lo mismo correr en plano que caminar en la selva – una nasal voz conocida se le acercó, a lo que Arthur puso los ojos en blanco.
- Cállate – se detuvo a tomar agua y luego se dirigió hacia la voz, en donde se encontró con Francis, que venía detrás de él, sudando a mares como Arthur, pero mucho más tranquilo.
- ¿Ya te cansaste tan pronto? ¡Todavía no llevamos ni la mitad!
- ¡Por favor! Tú estás igual que yo, no te hagas el fuerte que nadie te cree.
- Yo he hecho este recorrido varias veces antes. Y conozco un par de atajos – Francis levantó las cejas al decir esto. Al verlo, Arthur frunció el ceño.
- ¿Por qué no estás con André?
- Él está adelante, con los expertos. Le dije que yo me quedaría atrás, para ayudar a los rezagados – al decir esto, barrió con la mirada ligeramente al inglés.
- Te dije que te callaras. Estoy perfectamente bien.
- No rezongues. Te vas a arrugar. – Francis estaba disfrutando esto.
- ¡Es que nunca me voy a librar de ti!
- Arthur, mon ami, deberías de agradecer que esté aquí contigo. Si no, te perderías, ya los demás van casi un kilómetro delante de ti – señaló el sendero que habían seguido los otros, en los que las últimas personas delante de Arthur se veían ya muy pequeñas, por la lejanía.
- ¿Y qué se supone que vamos a hacer al final?
- Lo mismo que se hace en todas las excursiones. Descansar un rato, comer y tomarnos fotos. La vista allá arriba es muy hermosa.
- Umhhh – Arthur refunfuñó.
- Nunca creí verte tan renuente a una caminata en la naturaleza – comentó Francis, una vez que retomaron el paso. Arthur entendió perfectamente que se refería a los incontables paseos al bosque de la granja que había hecho durante sus primeros años de vida. No supo qué contestar. Al final explicó.
- No es lo mismo. En el bosque no hace tanto calor. Y el piso es menos resbaladizo.
- Es igual de resbaladizo. Solo que aquel lo conoces y eso es lo que te molesta.
- No me molesta eso. – le molestaba en realidad lo cansado que se sentía y tenía el orgullo herido al ver a alguien como Francis ¡Francis! estar tan relajado en esa situación. Francis, que llevaba más de la mitad de su vida en la ciudad, resultó ser un conocedor de la selva. Se suponía que él era quien debía sentirse tranquilo en este ambiente y no el francés. No le gustaba este giro, en el que su ex era el que lo estaba guiando en un camino en el que se sentía ya tan desorientado. Pero no le iba a decir eso a Francis, que seguramente ya se lo imaginaba, así que no habló más. Caminaron en silencio un buen rato.
- ¿Por qué no vino Michelle? – Preguntó Francis, para sacar un poco de plática e intentar cambiar el semblante malhumorado del inglés.
- No le gustan estas actividades – explicó – a ella le gusta nadar. Y el tenis. No va a venir a llenarse de tierra. Y tiene razón.
- Pero tú estás aquí.
- No sé por qué creía que era buena idea. – en realidad sí sabía. Todo fue idea de Michelle. Arthur había estado estresado últimamente, entre el trabajo y sobre todo la idea de ver pronto a su familia. El hijo de Alfred nacería en unos cuantos meses y él era de los más emocionados con ir a conocerlo. Pero, lamentablemente, sus padres y hermanos también irían, esta vez celebrarían la tradicional fiesta de navidad Kirkland en Nueva York, en la residencia Jones – Williams. Él hubiera querido ir aparte, en otra fecha, pero debido a la ajetreada agenda de trabajo de él y Michelle, solo pudieron planificar días de vacaciones para diciembre. Y era de esperarse que los demás miembros de la familia hicieran lo mismo. Hace mucho que no hablaba relajadamente con ellos, ya ni sabía si tendrían cosas en común. Sus únicas interacciones eran por medio de su madre, y ciertos saludos y felicitaciones en cumpleaños. Aún faltaban varios meses para vacaciones, pero desde que se enteró que los vería este año, empezó a actuar molesto e intranquilo. Así que, cuando Michelle supo que el club deportivo de André organizaría esta excursión al interior de la selva más cercana a la ciudad en la que vivían, no dudó en persuadir a Arthur de que sería buena idea ir, así su mente estaría ocupada en otras cosas. En ese momento ambos pensaron que era una idea magnífica, pero ahora, con el cansancio y la molestia de tener que aguantar las burlas de Francis, así como ver que los demás lo aventajaban en esto empezaba a dudar de las buenas intenciones de su esposa. No veía la hora en la que esto terminase, para por fin, llegar a casa y tomar un relajante baño.
- No es para tanto. Solo te falta entrenar más.
- No seas condescendiente conmigo – regañó Arthur.
- Veo que sigues siendo igual de orgulloso-
- ¿Qué hay de malo en eso?
- Nada, solo era un comentario. ¿Quieres tomar un atajo? Llegaremos más rápido.
Arthur lo pensó un momento. Tenía calor y empezó a sentir como le temblaban las piernas, así que decidió aceptar, ya quería llegar a tierra más sólida para sentarse y descansar.
El supuesto atajo era un camino angosto más caluroso y lleno de vegetación en el que apenas se podía caminar porque tenía aún más lodo que el otro. Arthur pudo caerse de no ser por la necedad de no querer parecer más débil que Francis, lo que lo hizo caminar con endereza a pesar de la inseguridad que sentía. No habló mucho, estaba más concentrado en las pisadas que daba y el sendero a seguir. Sin embargo, Francis sí quería hablar y Arthur, sin poder evitarlo, lo escuchó decir:
- Nunca supe que habías vivido en Francia.
- Viví solo unos meses ahí. Ni siquiera fue un año completo.
- ¿Qué te pareció?
- No conocí mucho. Casi siempre estaba en el departamento que renté.
- Es una lástima. París tiene mucho que ofrecer.
- No sabría decirlo. - No era un tema del cual Arthur quisiera hablar con Francis. Se debatió internamente y al final decidió que ni era tan importante así que no pasaba nada si le decía la verdad. Mas o menos. – Fui a buscarte.
- ¿Cómo?
- Cuando te fuiste. Se me ocurrió ir a París a buscarte a ti o a tu madre, no lo sé. Quería saber si lo que me habías dicho era cierto, pero no los encontré. Luego me enteré de que vivías en Nueva York con un viejo que te pagaba todo – emitió una risa despectiva.
- ¿Qué? ¿Quién te dijo eso?
- Qué importa. No es como que me interese. – Se encogió de hombros.
- Pero esa no es la verdad…
- Bueno, ahora ya no me interesa. – Arthur lo interrumpió - Como sea que hayas vivido es asunto tuyo.
Un silencio incómodo se posó sobre ellos. Arthur notó que Francis quería hablar, seguramente quería explicarle, pero Arthur se había cerrado completamente. Prefería no saber lo que llevó a Francis a Nueva York y el estilo de vida que llevó ahí. Después de unos minutos, Arthur empezó a considerar que no sería buena idea que salieran de este atajo en malos términos. Sería algo negativo para ambos, probablemente los otros miembros de la excursión lo notarían y podría ser sospechoso. Tal vez estaba siendo paranoico, pero no quería que nadie más que ellos, supiera acerca del pasado que compartían juntos. Así que llegó a la conclusión de que sería bueno seguir conversando de otros temas, para aligerar el ambiente.
- ¿Cómo es que conoces este atajo? - Preguntó finalmente.
- He venido varias veces.
- ¿Con André?
- Sí, pero ya desde antes lo conocía. Estaba en otro grupo que también hace este tipo de excursiones. Una vez que te acostumbras, es divertido.
- Indudablemente – dijo Arthur con un dejo sarcástico. Un movimiento en falso hizo que Arthur resbalara, Francis con un rápido reflejo lo tomó del brazo para impedir que cayera.
- No traes tu anillo de matrimonio – dijo Francis, luego de soltar el brazo y posar la mirada sobre la mano del inglés.
- No quería que se ensuciara o se perdiera. Lo dejé en casa. – Se enderezó y siguió el camino, como si no hubiera pasado nada.
- Vas a tener que cuidarte entonces. Alguien podría intentar sobrepasarse contigo. – le guiñó el ojo. Arthur lo ignoró.
- Tendrían que enfrentarse a Michelle enojada. – Arthur rio – no es algo que quieran ver.
- ¿Michelle es celosa?
- Bastante. Solo que no lo aparenta.
- No me lo imagino. Tal vez sea divertido hacer que se encele. – murmuró Francis, que no le quitaba la vista de encima.
- Es muy buena disimulando. - ¿qué significaba esta actitud de Francis? Arthur lo vio sonreír coquetamente, como antes. - ¿Qué tan celoso André? – prefirió retomar el camino y desviar el tema para recordarle a Francis que él también tenía pareja.
- No sé qué tan serio sea lo nuestro todavía, pero a veces sí hace comentarios celosos. Sobre todo, hacia Antonio.
- ¿No le agrada que vivas con él?
- No mucho, parece que sospecha sobre nuestra relación.
- Suerte con eso. Aunque francamente esa relación que tienen ustedes dos sí da pie a sospechas.
- ¿Cuál? ¿Mi amistad con Antonio?
- Si, esa. Son demasiado cercanos.
- Es porque somos mejores amigos. – dijo Francis, como si fuera lo más obvio del mundo.
- ¿Nunca han sido algo más?
- ¡No! – Francis se escandalizó ante la idea – aunque – luego pareció reconsiderarlo – Creo que cuando nos conocimos intentamos salir juntos, pero nos dimos cuenta de que no funcionaríamos como pareja. Eso fue hace años y decidimos que estamos mejor como amigos. ¿Por qué preguntas? ¿También tú estabas celoso?
- En su momento sí.
- ¿Por qué nunca me lo dijiste?
- No lo sé. Como sea, ya pasó, así que no tiene sentido hablar de eso ahora. Pero por eso es por lo que no se me hace tan extraño que André también tenga algún tipo de desconfianza.
- Ya veo. Antonio y yo solo somos amigos.
- Y él es heterosexual.
- Sí, tan heterosexual como tú.
- ¿A qué te refieres con eso?
- A que salen con hombres y mujeres. Y Antonio sale más con mujeres que hombres. Ha estado saliendo con una chica, es una de las nuevas bailarinas de su equipo. Quedó encantado con ella desde que la conoció, y desde que aceptó salir con él, es otro. Se ve más feliz. Me alegro por él, pero conociéndolo, sospecho que pronto le pedirá que vivan juntos, si no es que ya se lo pidió. Así de impulsivo es.
- Típico de Antonio. ¿Crees entonces que te pida que dejes la casa?
- Antonio nunca hará eso. Pero si la chica llega a vivir ahí, creo que preferiría alejarme, para darles esa privacidad. Es justo. Además, ella tiene un hijo. Nuestra casa es muy pequeña y no tiene espacio para tantas personas.
- Y te irías a vivir con André.
- No lo sé. No sé si quiera vivir con él a estas alturas. De hecho, no sé si quiera vivir con alguien en plan romántico. Me gusta más así, cada uno en su espacio y vernos cuando podamos.
- ¿Qué harás si André te lo propone?
- Debería de buscar otra casa o donde quedarme antes de que lo haga.
- Nunca hubiera imaginado que estarías tan receloso de estar en una relación seria.
- Es lo que causa estar en tantas relaciones fallidas. Por cierto, me alegra ver que tú si te llevas bien con tu esposa.
- ¿Qué quieres decir? – Arthur lo miró.
- No todos tienen buenos matrimonios y lo sabes.
Arthur se detuvo unos pasos y entrecerró los ojos. Había algo escondido en las palabras de Francis y creyó sospechar qué era.
- ¿Por qué crees que mi matrimonio sería malo?
- No, Arthur, – Francis se veía nervioso – nunca tuve ningún tipo de pensamiento sobre cómo sería tu vida de casado.
- Mientes – puntualizó Arthur y se acercó lenta y peligrosamente hacía él, como lo haría un animal cazando una presa – te creíste ese cuento idiota que dicen todos ¿verdad? Ese donde mi familia tuvo que buscarme una esposa y me obligaron a casarme con ella. – al decir esto utilizó un falso tono burlón, de desdicha con ademanes exagerados.
- Yo…
- ¿Acaso esperabas encontrarme desdichado, viviendo un matrimonio horrible y llorando infeliz por los rincones? Por favor, Francis, deja de leer esas novelas cursis e idiotas. La vida no es así.
- Nunca dije eso.
- Pero lo sospechabas. No te culpo, Antonio y Gilbert repetían esa historia a cualquiera que la quisiera escuchar. Pero no fue así como ocurrió. Conocí a Michelle, nos llevamos bien, nos enamoramos y nos casamos. Ni mi familia ni nadie más intervino en eso.
- Ya veo. Me alegro de que haya sido así. Lamento haber creído lo otro.
- No te preocupes. Como sea, todos piensan eso – Arthur se encogió de hombros y retomaron el paso. Le decepcionaba un poco lo que pensaban los demás acerca de su vida. Sobre todo, aquellos que se decían sus amigos, pero esparcían esos rumores a sus espaldas. Le hubiera gustado tener más apoyo de parte de ellos, pero todos los de ese grupo siempre fueron más fieles a Francis y no había nada que pudiera hacer al respecto.
- ¿Por qué nunca les has dicho la verdad?
- Lo he hecho, pero no lo creen. Piensan que es más romántica la historia del pobre homosexual encerrado en un matrimonio desdichado con una mujer ingenua. Como no les pasa a ellos nada interesante en sus vidas, prefieren chismear sobre la mía o la de cualquiera que no sea ellos. Además, - emitió una risa falsa - tienen la osadía de creer que yo te dejé a ti y eso les molesta.
- Nunca supe eso. Yo les dije que habíamos terminado por mutuo acuerdo.
- ¿Ves? Por eso no nos creen. Porque cada uno les dice cosas distintas. Y no creas, también hablan de ti. No son tan fieles como lo aparentan.
- Es mejor que hablen a que no lo hagan. Aunque digan mentiras – dijo Francis presuntuosamente.
- ¡Ja!
- Es verdad. Si les servimos de entretenimiento, qué lo aprovechen. Es más divertido escuchar qué se inventan, es como tener otra vida ¿no crees? Una más emocionante.
- Si tú lo dices…
Pasó el tiempo y por fin llegaron al final del recorrido. Arthur agradeció a los cielos por el atajo (no le agradecería a Francis) que fue más rápido de lo esperado. El inglés no supo si eran pensamientos suyos, pero creyó ver una expresión de desconfianza en la cara de André cuando los vio llegar juntos, sin los otros rezagados del grupo, pero Francis hizo como si no pasara nada y se acercó radiante a su novio, con una sonrisa y hablando de lo hermosa que era la vista, no se volvió a dirigir a Arthur en lo que quedó del paseo. Fue como si hubieran tenido un acuerdo interno de no mencionar el rato que pasaron solos y decir simplemente que habían recuperado la energía mientras caminaban y por eso llegaron antes.
De no haberse sentido tan cansado y aturdido por el calor, Arthur hubiera admirado más la vista, no negaba lo bonita que era, pero ahora solo quería buscar un lugar donde sentarse y descansar. Se le ocurrió que probablemente así se sentían aquellos que habían ido al bosque anteriormente, con él como guía conociendo todos sus rincones como si viviera ahí. No es que hubiera llevado a muchos, los únicos que se adentraban a esos terrenos eran los miembros de la familia y uno que otro invitado. Francis fue uno de ellos. Pero Arthur dejó de ir a la granja cuando terminaron, solo fue un par de veces después, siendo una de las últimas el día de su boda y las dos semanas previas mientras preparaban el evento. No regresó al bosque y no llevo a Michelle con él. Sin otra actividad que hacer, se recostó en el espacio libre más cercano y cerró los ojos esperando a que este fiasco de viaje terminara.
- ¡Francis, más! ¡Más! ¡Ahh! – Arthur estaba en éxtasis, suspiraba y gemía. Todo lo que sentía alrededor era a Francis, que estaba encima de él, besando todas las partes expuestas de su cuerpo. No podía pensar en nada más. Quería sentirlo más cerca, más fuerte y nítido, pero no podía. Algo se lo impedía, Francis se veía borroso, como si tuviera un velo encima de él. Pero seguía besándolo y Arthur a él. Abrió los ojos ligeramente y vio a su alrededor, estaban en la selva, pero no era la selva. Era el bosque, se veía y se escuchaba la familiar cascada, aunque la vegetación y la luz que se filtraba era más tropical. Escuchó a Francis reír.
- ¿Impaciente? – Le dijo.
Arthur se quedó acostado mientras veía a Francis sentarse encima de él, viéndolo provocativo, como lo había hecho tantas veces. Arthur se levantó para seguir su boca, el francés lo recibió y lo abrazó por la cintura, en donde volvió a bajar sus manos cada vez más, hasta que los pensamientos de Arthur se volvieron incoherentes y solo pudo pensar en las fabulosas manos de Francis haciendo lo que muy bien sabían hacer. Un movimiento repentino lo distrajo y desvió la mirada para ver como uno de los árboles, sin razón aparente empezaba a caer causando un ruido ensordecedor.
Arthur despertó con el sonido de un trueno. Se pasó la cara por la mano, estaba sudando, hacía mucho calor. Fuertes gotas de lluvia golpeaban el ventanal de su cuarto, de seguro eso había sido lo que se escuchaba en su sueño, como si fuera la cascada. Suspiró. Sintió la inminente erección causada por el sueño y volteó a ver a Michelle, estaba plácidamente dormida, acurrucada sobre sí misma. Pensó en despertarla para liberar con ella su deseo sexual, pero inmediatamente desechó esa idea al considerarla cruel, no iba a tener sexo con ella mientras pensaba en otra persona. El reloj de su buró marcaba casi las 5 de la mañana, probablemente ya no volvería a dormir así que se levantó hacia el baño en donde terminó con lo que el sueño había empezado.
Después de ducharse con agua fría, se observó a en el espejo del baño. Viendo su pecho, recordó como hace años, siendo jóvenes e idiotas, a Francis y a él se les ocurrió ponerse tatuajes en pareja. Una idea bastante cursi y tonta, si alguien le hubiera preguntado actualmente. Arthur se hizo una letra F adornada con flores de lis y Francis tenía un diseño parecido, pero con un A adornada con rosas. Cuando terminaron, Arthur se alteró el tatuaje, haciendo que taparan la F con otras flores y follaje, de manera que ahora solo se veía como una corona de flores sin rastro de la inicial. Se preguntó si Francis había hecho lo mismo o tendría su tatuaje intacto. Se encogió de hombros. Lo mas seguro es que nunca lo averiguaría.
Después de varios minutos, salió a la cocina, puso la tetera en el fuego y encendió la televisión sintonizando el noticiero matutino. Esa era su rutina de todos los días, aunque podía variar dependiendo que quien se despertase primero si él o Michelle.
La televisión sirvió como ruido de fondo mientras meditaba. Solo había sido un sueño. No era la gran cosa. Anteriormente había tenido otros sueños eróticos con otras personas que no eran su esposa, era lo más normal del mundo y a todos les ocurría. No se iba a sentir culpable por eso: seguramente se había juntado el cansancio acumulado que tenía más la presencia constante de Francis en su vida, por eso su mente le había jugado esta broma absurda. Además, no tenía intención de hacer realidad el sueño, de eso estaba seguro. Lo que sí lo confundía y exasperaba era que últimamente había tenido la sospecha de que Francis le coqueteaba. Desde varias semanas atrás cuando coincidían en algún lugar, notaba que el francés se le acercaba con más frecuencia de la esperada, buscando pretextos para tocar sus manos o brazos, le guiñaba el ojo, le canturreaba las palabras en lugar de simplemente decirlas. ¿Eso era normal? ¿O se lo estaba imaginando? Francis era un seductor nato, y era experto en lo referente a persuadir a la gente para ganarse su afecto y conseguir así favores. Ya lo había hecho con él y le había funcionado, pero ¿Por qué lo estaba haciendo ahora? ¿Qué pretendía ganar con eso? ¿O no era así y solo era Arthur el que estaba cayendo en sus propios juegos mentales? Francis trataba así a todo el mundo ¿no? Arthur llegó a la conclusión de que no le gustaba esa familiaridad y decidió que le pondría un alto la próxima vez que intentara pasarse de listo.
Estaba pensando en eso cuando sintió las manos de Michelle posarse sobre sus hombros.
- Estas tenso – le dijo al oído.
- Un poco. Estoy cansado.
- ¿No pudiste dormir?
- No muy bien. La lluvia me despertó – Arthur cerró los ojos mientras dejaba que su esposa le diera un pequeño masaje.
- ¿Por qué no intentas dormirte otra vez? Es temprano aún.
- Quisiera llegar a la oficina a preparar todo para la junta de mañana. – Afortunadamente para él, el hotel le generaba montañas de trabajo interminables, lo que hacía que tuviera en que concentrarse en lugar de dejar divagar su mente hacía temas más emocionalmente complicados.
- Deberías de dejar eso. Que lo hagan los asistentes. ¿Por qué no te tomas hoy el día para que descanses? Si quieres, me puedo quedar contigo. – Michelle recargó todo su cuerpo sobre el de él, provocadoramente. Tal vez él no era el único con la libido alta ese día.
- Me encantaría – dijo, pero realmente quisiera terminar de prepararlo. - Tiene que quedar todo perfecto si queremos cerrar el trato.
- ¿Estás seguro? – dijo ella mientras pasaba su mano por su pecho, debajo de la camisa.
- No me hagas dudar – rio él – El fin de semana haremos todo lo que quieras.
– Michelle se quedó contenta con ese acuerdo y tras alejarse de su esposo, se acercó a la estufa – Arthur, esta tetera ya está hirviendo.
- ¡Argh la tetera! Lo olvidé.
- ¿En serio, Arthur? ¿En qué planeta vives? ¿Qué has estado pensando todo este tiempo? – Michelle comenzó a preparar el té mientras lo veía.
- Debe de ser cansancio acumulado simplemente – ya no supo si esa excusa era para ella o para él. En el noticiero comenzó la sección del clima. Auguraron lluvias extensas durante toda la semana y la temerosa llegada de un huracán a la ciudad en unos cuantos días - ¿Crees que debamos preocuparnos? – le preguntó Arthur a Michelle. Él nunca había vivido un huracán tan cerca, pero sí había visto reportajes de islas tropicales destruidas por esos fenómenos. En cambio, Michelle conocía del tema, al haber vivido en lugares parecidos durante diversas etapas de su vida.
- No lo creo – contestó ella – por lo menos no para nosotros. El hotel es fuerte y está bien cimentado. Pero si el huracán es muy destructivo, probablemente afecte al negocio. O peor aún, puede causar estragos importantes en la ciudad.
- Esperemos que no sea así.
- Si, esperemos.
El pronóstico meteorológico tuvo razón. No paró de llover en días y el temido huracán se acercaba. Una ola de pánico se posó por los habitantes de la ciudad, se esperaba que el meteoro tocara costa en dos días, en la madrugada. En un momento de tiempo libre, sintiendo ansiedad por lo que podría pasar, Arthur revisó los lugares más sensibles de la ciudad y descubrió que la zona hotelera estaba libre de riesgo, a diferencia de otras colonias residenciales. Notó con ligera preocupación que una de las zonas con más peligro de inundación era la colonia en la que vivían Francis y Antonio. Sabía que el francés estaría solo ya que Antonio no se encontraba en la ciudad, había salido con su nueva novia de viaje a Los Ángeles. Así que probablemente no tenía a donde ir. Pero no era su problema ¿no? Tal vez André podría ayudarlo. ¿Y si no? Francis podía cuidarse, tenía más tiempo viviendo aquí que él, así que probablemente, ya había pasado por experiencias similares antes. Y seguramente tenía otras personas que lo ayudaran. Pero quizá las otras personas también tenían este problema. ¿Qué se podría hacer? Se pasó la mano por el cabello mientras sacaba otro cigarro de la cajetilla y lo encendía con el que aún tenía en la boca y que estaba por terminar. Tiró la colilla a la basura y tomó el celular que estaba sobre su escritorio. Se encontraba en su oficina, con la puerta cerrada pero aun así se levantó a cerciorarse de que nadie lo escuchara. Marcó el número que guardó en su celular hacía varios meses, al que nunca había llamado. Nadie contestó. Arthur llamó nuevamente. No tuvo éxito. Maldijo. ¿Tal vez ese número ya no existía? Dejó el teléfono en su lugar cuando se le ocurrió que podría enviar un mensaje. O comunicarse a la boutique. Nunca le había mandado mensajes a Francis, no tenía ningún tipo de comunicación con él más que cuando coincidían en algún lugar, que en los últimos meses ya se había hecho muy frecuente. Justo cuando empezó a abrir la aplicación de chat, sonó el celular. Francis le marcaba. Antes de arrepentirse de su idea, contestó.
- ¿Francis?
- ¿Quién habla?
Por supuesto, Francis no tenía su número registrado.
- Ah, soy Arthur.
- Arthur ¿cómo estás?
- Bien…
Pasaron un par de segundos y nadie dijo nada. Luego escuchó a Francis carraspear.
- Disculpa Arthur. Estoy algo ocupado, te llamo después ¿va?
- No, espera – se apresuró Arthur a decir - ¿Cómo te va con la lluvia? – Se maldijo al escucharse decir algo tan estúpido – quiero decir ¿cómo está todo? ¿estás bien?
- Ah sí. Estoy bien. Pero precisamente estoy ajustando todo. Preparándome para cualquier cosa que pase.
- Francis, escucha ¿tienes donde quedarte?
- Pensaba quedarme aquí.
- Pero es peligroso.
- La casa tiene dos plantas. Puedo quedarme arriba si sube el nivel del agua.
- ¿Por qué no te quedas aquí? Me refiero a que te quedes en el hotel.
Francis tardó en responder. Arthur comenzó a pensar que tal vez esto sí era mala idea.
- ¿Estás seguro? – Al final estuchó a Francis decir.
- Sí, claro. Este es un hotel, tenemos habitaciones. No tendrás que preocuparte.
- Podría ser – Francis empezó a considerar – Sí, creo que sí lo haré. ¿Puedo llevar a André?
André. Era de esperarse que Francis quisiera llevarlo. Arthur no sabía dónde vivía, probablemente en otra zona de riesgo. No podía negarse a eso.
- Sí, dile que venga. Les prepararemos una habitación. ¿O quieres que sean dos? – Arthur recordó que Francis no quería vivir con André.
- Una está bien. Gracias.
Se despidieron, Arthur no quería gastar el poco tiempo que tenía Francis para alistarse y cuando colgó, ordenó que prepararan una de las suites grandes para recibir a la pareja. Luego le comunicó a Michelle lo que había hecho, ella estuvo de acuerdo con la idea, incluso se le ocurrió invitar a algunas otras personas que estuvieran en una situación similar. Arthur rara vez tomaba decisiones de ese tipo respecto al hotel, pero por la fecha, no tenían muchos huéspedes y no se perdería mucho.
La lluvia no cedió en ningún momento. Dentro del hotel, los escasos huéspedes y anfitriones sentían la fuerza del viento sacudiendo el edificio, y veían grandes golpes de agua y ramas de árboles azotando las ventanas. Arthur nunca había vivido algo así. Pero advertía que Michelle estaba tranquila, ella le dijo que así eran los huracanes y que el hotel resistiría. Estaba segura de que no había de que preocuparse. Con el pretexto de esperar a los invitados y a los arriesgados huéspedes que habían reservado para esos días, Arthur estaba en el lobby, observando la puerta principal. Después de mucho tiempo de charlas con la gente a su alrededor, por fin vio acercarse desde la puerta principal a la figura rubia que esperaba ansiosamente. Llevaba dos maletas llenas, Arthur supuso que serían todos los objetos personales importantes y André venía con él. El inglés tuvo que contenerse para no salir corriendo al encuentro de Francis: lo que había empezado como una ligera preocupación se había convertido en angustia al temer el peligro de las implacables lluvias y necesitaba saber si el francés se encontraba bien. Pero ahora estaría a salvo y eso lo tranquilizó. Con fingido desinterés, volteó hacia uno de los recepcionistas, para hablar con de cualquier cosa, mientras que por el rabillo del ojo veía como Francis y su pareja entraban al hotel. Luego los vio otra vez, se notaban perdidos, plantados ahí sin saber a dónde dirigirse, por lo que Arthur se acercó a ellos, con la mirada fija en el francés.
Intercambiaron cortesías de la mejor forma que pudieron bajo esas circunstancias, Arthur notó que André lo veía con la misma sospecha que el otro día en la selva ¿o no? Tal vez sí se estaba poniendo paranoico. Decidió dejar las cosas por la paz, dio instrucciones para que los llevaran a la habitación destinada para ellos, asegurándoles que estarían a salvo y que no titubearan en pedir cualquier cosa que necesitaran durante su estadía, luego se despidió de ellos alegando que tenía que regresar a trabajar. Se sintió bien con eso, su angustia disminuyó y pudo concentrarse mejor en sus tareas por realizar.
