Francis pasó su vista alrededor de la suite en la que lo colocaron, era como un departamento, equipada con una cocineta, comedor, una salita de estar y dos dormitorios. De estilo minimalista, todo lo que había era práctico y funcional, de color blanco con algunos matices en negro, como adorno había algunos cuadros en las paredes y ya, no había nada de más, al fin y al cabo, el hotel Vidot Inn se anunciaba como hotel ejecutivo y eso era lo que ofrecía. Muy diferente a la lujosa suite donde vivían los esposos Kirkland. Estaba sentado en la pequeña sala de cuero, respondiendo los incontables mensajes y llamadas que le habían estado llegando todo el día, preguntando si se encontraba bien. Antonio le marcó desde Los Ángeles, casi gritando de la preocupación. Le costó tiempo calmarlo y decirle que había conseguido un lugar seguro donde pasar el huracán y que había asegurado todas sus pertenencias antes de dejar la casa. Agradecía todas las muestras de apoyo de sus seres queridos, pero ya se estaba sintiendo exhausto de responderles y cuando estaba dejando el teléfono en la mesita de centro, escuchó que tocaban a la puerta. Se acercó a abrir.

- ¿Arthur? ¿Está todo bien?

- Hola Francis. Sí, todo está bien. O tan bien como puede estar. – el inglés traía consigo una canasta con frutas, se la ofreció – Toma. Cortesía de la casa.

- Que amables – se hizo a un lado para dejarlo pasar. - ¿Haces esto para todos tus huéspedes?

- Dependiendo de cuanto paguen – Colocó la canasta en la mesita del comedor.

- Como debe ser - Sonrió

- ¿Dónde está André? – Preguntó Arthur al buscarlo con la mirada en la habitación.

- Salió.

- ¡En medio de la lluvia!

- Le hablaron del club, le dijeron que el agua está entrando en algunas zonas y fue a inspeccionar. Me marcó hace una media hora para decirme que esperará a que baje un poco la lluvia para regresar.

- ¿Y si no deja de llover?

- Va a dejar de llover. Hay pequeños momentos en los que detiene la lluvia, entonces vendrá. Solo espero que sea pronto – dijo, viendo con preocupación hacia la ventana.

- Ojalá.

- Gracias por dejarnos quedar aquí. Es un alivio.

- Ni lo digas. Espero que todo se resuelva bien. ¿Qué te ha parecido la habitación?

- Mas grande de lo que esperaba. Tienes un bonito hotel. - Se acercó a la ventana a ver la lluvia caer. Arthur lo siguió.

- No es mío. Es de Michelle. Yo soy solo un empleado aquí – explicó Arthur, con una pequeña sonrisa.

- ¿Con sueldo y prestaciones? – dijo Francis, que le parecía curioso el asunto.

- El sueldo más alto de todos.

- No esperaba menos – rio.

- Son las ventajas de casarse con la dueña.

- ¿Y qué haces además de llevarle canastas de fruta a los huéspedes?

- Soy el responsable financiero del hotel. Prácticamente reviso todo lo que tenga que ver con dinero y se lo reporto a Michelle y a la asamblea de socios.

- Interesante. Y aburrido. – Francis no tenía cabeza para esos asuntos. Lo suyo era diseñar.

- Tal vez, pero alguien tiene que hacerlo.

- ¿Ya no trabajas para el Consorcio Elton?

- En realidad, nunca trabajé ahí. Solo hice mis prácticas profesionales. Casi toda mi carrera laboral la he hecho aquí.

- No lo hubiera imaginado – Francis se sorprendió al escuchar eso. Tenía algún tiempo sospechando que, lo que le había gustado de Arthur hace más de diez años le estaba gustando otra vez. Eso le daba miedo. No quería volver a repetirlo. Arthur era serio y completamente comprometido con su trabajo, nunca dejaba una tarea inconclusa y se entregaba en cuerpo y alma a sus actividades. A pesar de tener todo a la mano, no lo daba por sentado y seguía trabajando arduamente. Eso siempre le pareció atractivo. Le gustaba también la osadía con la que había dejado a su familia para seguir a su esposa. Se preguntaba que, si de haberse dado la oportunidad, hubiera hecho lo mismo por él. No. No debía pensar en eso. Eran aguas peligrosas. Colocó su mirada sobre Arthur, desde los pies hacía la cabeza. – Tienes otra vez tu anillo de matrimonio – dijo, luego de ver dicha alhaja en el dedo anular izquierdo de inglés.

- Por supuesto. No quisiera que alguien tratara de sobrepasarse conmigo. – le sonrió.

- Y no quisiéramos averiguarlo – dio un pequeño paso hacia él con su característica voz seductora. Sus hombros casi se tocaban. Arthur dejó de ver la ventana y colocó su cuerpo en dirección a Francis. Se miraron. Francis había empezado este peligroso juego sin querer, en el que "inocentemente" coqueteaba con el inglés de forma disimulada y como si fuera lo más natural del mundo. Primero no se dio cuenta cuando o porqué lo comenzó a hacer, quizá fue porque ya se sentía en confianza y creía que ya se podían tratar con más familiaridad. Pero luego notó que le gustaba ver las reacciones del otro, que al principio ni siquiera lo notó (Arthur era y seguía siendo muy lento para captar cualquier intento de galantería hacía él), y al advertir por fin lo que Francis estaba haciendo, sus respuestas eran variadas, a veces con total indiferencia, otras, cambiaba el tema, en otras se ponía nervioso. Para Francis era divertidísimo y le gustaba intentar adivinar internamente como actuaría Arthur cada vez que intentara hacer un avance. Pero nunca, ni en sus sueños más exagerados se esperaba lo que estaba a punto de pasar. Arthur sonrió, se enderezó y lo vio por encima del hombro, con completo dominio del entorno y de sí mismo. Francis no tuvo ni tiempo de parpadear cuando percibió a Arthur cerca, muy cerca de él. Una de las manos del inglés se posó sobre los huesos de su clavícula, comenzando un recorrido lento y casi imperceptible con el dedo índice por el cuello de Francis, hasta colocarse en su quijada.

- ¿Estás seguro? Podríamos averiguarlo – susurró. Acercó su boca aún más, hasta casi besar a Francis en los labios mientras no quitaba su vista de sus ojos, después la bajó hacía sus labios y luego otra vez a los ojos, como si lo estuviera dudando de besarlo y dejándole a Francis la decisión. Se acercó todavía más mientras entreabría muy ligeramente la boca, preparándose para cerrar el pequeño espacio que los separaba y cuando estaba apenas a unos pocos milímetros de distancia, se alejó, pero no quitó nunca la mano que tenía aún sobre su mandíbula. Francis estaba atónito. Era injusto, este truco de "cazar y atrapar" se lo había enseñado él y ahora lo estaba usando en su contra. Pero si había algo en lo que él era experto era en estas artimañas, así que, sin dejar perder más tiempo, tomó la mano que Arthur tenía sobre su quijada y la acarició suavemente mientras que con la otra lo tomaba firmemente de la cintura. Ninguno desvió la mirada - ¿Por qué haces esto? – Preguntó Arthur después de un rato.

- ¿Hacer qué?

- Estos coqueteos ¿qué significan?

- Ya sabes que yo soy así con todos.

- Yo no soy todos. ¿Qué es lo que intentas hacer conmigo?

Francis no contestó. Entrelazó sus manos y durante unos segundos solo pudo ver sus los dedos de ambos sosteniéndose entre sí. Al fin levantó la vista, sin saber qué responder. Los ojos de Arthur brillaban con alguna emoción interna. Con movimientos ligeros y suaves el inglés dio un paso hacia atrás, soltándose del agarre de Francis y colocándolas a su lado, enfrentándolo.

- Francis, ¿acaso crees que tienes derecho a portarte así? ¿A hacer estos avances? ¿Después de lo que hiciste conmigo, todavía tienes este descaro de fingir que podemos juguetear como antes? – susurró Arthur, como si le diera miedo decir las palabras en voz más alta, parecía que algo se rompería si alzaba la voz.

- No se trata de eso. – Francis se sentía acorralado, toda la diversión se esfumó en ese momento. El tema que quería evitar, el que más dolía a pesar de tanto tiempo, el que estaba seguro ninguno de los dos quería volver a mencionar estaba ahí, abierto y esperando respuesta. Sintió como si hubieran caído en una trampa que no planearon, sin embargo, todo el tiempo estuvo ahí, ante los dos, esperando el momento idóneo para atraparlos.

- ¿Por qué te fuiste? – Preguntó Arthur.

Francis entendió perfectamente a qué se refería.

- No tuve opción.

- Mientes. Elegiste irte.

- No fue así. Arthur, te lo juro, era la única alternativa.

- Pudiste haber dicho que no.

- Me obligaron.

- ¿Pretendes que crea esa novela tonta que dijo Alistair? ¿Qué te dio dinero para dejarme? Francis, no tiene sentido. ¡Tú me querías! – Arthur seguía hablando con susurros, pero eran más histéricos con cada frase que daba.

- Tenía que hacerlo.

- ¿Entonces sí es verdad?

- Sí.

- ¿Tomaste el dinero que te dio mi familia para que me dejaras?

- Sí, Arthur – Francis concedió, resignado. Se sentía horrible, física y emocionalmente. Un peso frío se coló en su estómago. Arthur estaba peor. Su cara estaba roja y tenía espasmos, se notaba que intentaba con poco éxito de calmarse. No lo miraba, en cambio veía la ventana, pero no le prestaba atención a la lluvia. Francis quería tomarlo entre sus brazos y hacer lo que fuera para borrar esa expresión espantosa de su semblante, pero sabía que no podía. Ya no. – Pero estoy seguro de que no te dijeron la otra parte de la historia.

- ¿Qué más había que decir?

- Por favor escúchame.


A Francis le estaba yendo bien laboralmente. Luego de trabajar en las oficinas de la nueva línea de ropa de Fontana en Cambridge, los directivos de la empresa vieron que era un buen elemento, por lo que, cuando terminó de estudiar, lo enviaron a la filial de Londres, donde podía aspirar a un puesto aún mas grande. Pero eso tenía sus desventajas. La primera era que él y Arthur ya no se veían con la misma frecuencia de antes. Solo en algunos fines de semana, cuando Arthur no tenía montañas de trabajos escolares y Francis no tenía exceso de trabajo. Y la segunda era que se habían vuelto aún menos frecuentes las visitas a su madre en Francia. Si antes la veía poco, ahora era menos, toda comunicación con ella era por medio de llamadas y chats. Ya ni se diga de los miembros restantes de su entorno social, era cada vez mas raro que los viera. Parecía que su vida laboral estaba acaparando todo su tiempo y eso lo entristecía en ocasiones. Se consolaba pensando que seguramente los demás estaban en situaciones parecidas y además no sería por mucho tiempo. Arthur terminaría sus estudios presenciales el próximo semestre y tenía el plan de comenzar sus prácticas laborales en el Consorcio Elton, lo que lo haría regresar a vivir a Londres y, sí todo seguía según lo estipulado, vivirían juntos para ese entonces. Eso le daba ánimos para el futuro, total, solo faltaban unos cuantos meses y podía esperar.

Francis iba tarareando para sí en la calle. Estaba contento. Arthur vendría el fin de semana a visitarlo así que salió a comprar lo necesario para cocinarle un Shepherd's pie. No era el más fan de la comida inglesa, pero ese platillo le encantaba a Arthur así que lo aprendió a hacer y le había agregado algunos extras a la receta original, de manera que su platillo era diferente. A su novio le gustaba el sabor y siempre se relamía como un gato satisfecho después de comerlo. Dio vuelta en una intersección, de camino al súper cuando un auto se orilló al lado de él. Era un Rolls-Royce Phantom plateado que había visto en la última visita que hizo a la casa de la familia Kirkland. Se detuvo cuando vio que bajaba la ventanilla del lado del piloto.

- ¡Alistair! ¿Qué tal?

- Hola Francis – Lo saludó el mayor de los hermanos de Arthur, colocando dos dedos cerca de su frente y moviéndolos en dirección del francés - ¿Necesitas que te lleve?

Francis dudó. El súper mas cercano estaba solo a un par de cuadras y podía llegar caminando perfectamente.

- Gracias Alistair, pero solo voy al Tesco de allá adelante – señaló la dirección del lugar.

- Vamos, Francis. Hay mejores super mercados, otros que ofrecen cosas mejores que esos Tesco donde van los pobres. Súbete, te llevo.

El francés frunció un poco el ceño ante la expresión del otro, pero debido a las interacciones con ellos, ya se estaba acostumbrando a escuchar ese tipo de frases. Arthur las decía con frecuencia, sin siquiera pensarlo. Así que subió al coche, tal vez encontraría con algún otro artículo interesante. Alistair puso en marcha el auto y se dirigió hacia la una de las zonas industriales de la ciudad. Francis muy rara vez había ido ahí, pero sabía que una de las fábricas de muebles Elton se encontraba cerca. Después de navegar un rato, el inglés detuvo el auto en medio de una calle oscura y vacía entre dos altísimas paredes de fábricas. Casi no entraba la luz del día y de no ser porque se encontraba en el auto de un heredero multimillonario, Francis hubiera pensado que lo secuestrarían o robarían. Evidentemente, no había ni un super mercado cerca.

- Umhh, ¿Alistair? ¿Dónde estamos?

- Relájate, Francis – dijo éste con calma – en un momento te llevo. Solo hay un par de cosas que quiero discutir contigo.

- Ok – Francis contestó, dubitativo.

- Verás Francis – comenzó Alistair, tras encender un cigarro y ofrecerle otro a él. El francés se rehusó – En casa, en la familia nos hemos estado preguntando… no más bien, hemos observado que esa… relación que tienes con Arthur es mas seria de lo que parece ¿es cierto? ¿Qué planes tienen a futuro?

- Bueno, creo que planes normales ¿no? – dijo nervioso – queremos vivir juntos y no sé, tal vez nuestra relación crezca con el tiempo.

- ¿O sea, planeas quedarte mas tiempo con él?

- Sí creo que sí.

- ¿Lo amas?

Francis se sonrojó al escuchar esa pregunta. Sonrío un poco al pensar en Arthur, supuso que tenía una expresión idiota porque Alistair sonrió ligeramente.

- ¿Hay algún problema con eso?

- Bueno Francis, ahora que lo mencionas sí. Sí tenemos problemas con eso. No te habíamos dicho nada porque creíamos que solo era un juego o una fase, ya sabes, todos los adolescentes pasan por etapas extrañas en su vida. Y creíamos que Arthur lo superaría. Pero no nos agrada que seas tan importante en su vida. Eso le puede generar problemas en el futuro ¿sabes? Y si realmente lo quieres, no desearías afectar su carrera y su vida ¿cierto?

- Alistair, no entiendo ¿cómo lo estoy afectando?

- Creo que ya sabes la respuesta a eso. Estás en una relación homosexual con un Kirkland. Y además eres pobre. No es un combo muy favorecedor. Si fueras solo una de esas cosas, tal vez podríamos pasarlo por alto. Pero no podemos dejar que Arthur se relacione tan seriamente con alguien que no le ofrece nada a cambio. ¡Imagínate! Si siguen juntos, pronto tendremos que explicarles a todos los socios del Consorcio, algunos de países extremadamente conservadores que uno de los miembros mas importantes de la familia se acuesta con otro hombre. Inconcebible. Esa gente es capaz de romper tratos de millones de dólares por cosas así. Si fueras rico, tal vez podríamos decir que es un excelente trato, porque generas dinero o algo parecido. O si fueras mujer, eso no sería problema. Pero no. Así que, sin darte cuenta, tu presencia aquí nos daña a todos. Pero daña mas a Arthur, el pobre se está cerrando las puertas como futuro inversionista si sigue saliendo contigo.

Francis estaba atónito a lo que escuchaba.

- Creía que ustedes aprobaban nuestra relación.

Alistair hizo un gesto con la palma extendida moviéndola de lado a lado con una expresión de "mas o menos" en la cara.

- No es personal, Francis. Nos caes muy bien a todos. Pero no podemos arriesgarnos tanto.

- ¿Me estás pidiendo que deje a Arthur?

- Veo que ya me estás entendiendo. Con esa mente tuya, tal vez seas bueno para los negocios. – Alistair elogió - Plantéate un futuro así, te iría bien. Solo que no con nosotros. Como sea, sí, necesitamos que te alejes del pequeño Artie. Pero no somos desalmados ni malagradecidos. No te dejaremos ir con las manos vacías. Dinos un número, una cantidad de dinero y te la damos. Te lo debemos por hacer feliz a nuestro Arthur estos últimos años.

- ¡¿Qué?! ¡No quiero su dinero! – Francis se estaba indignando por lo que oía. Trató de abrir la puerta para irse en ese momento, pero los seguros estaban puestos y no la pudo abrir. – Dime que es una broma – dijo al final.

- Nada nos gustaría más que eso – contestó Alistair – Me da gusto saber que lo quieres tanto que eres capaz de dejar pasar la oportunidad de ganar miles, cientos de libras por estar por él ¡Caramba! Creo que, si a mi esposa le hubieran ofrecido esto, lo habría aceptado sin chistar – dijo con una risa entre dientes – en fin, ¿cuánto quieres? – sacó de la guantera una chequera. Arrancó el primer cheque y se lo pasó junto con una pluma. Francis vio que en el destinatario ya estaba escrito su nombre completo. – escribe una cifra. La que quieras. Te la daremos.

- ¿Si son capaces de ofrecerme dinero, por qué no me dejan invertir ese dinero y quedarme con Arthur?

- Eres ambicioso. Eso es bueno. Pero no podemos. Solo puedes tener una cosa, no las dos.

- Entonces elijo quedarme con Arthur – dijo tozudamente.

- Ay, Francis. Ojalá, Arthur pudiera escucharte. Se alegraría tanto al saber cuánto lo quieres. Pero te voy a decir un secreto. El pequeño Artie no tiene mucho futuro. ¿Sabes por qué? Hay una ley, injusta y extraña, de esas leyes viejísimas, pero sigue vigente en la familia. Es muy triste, pero es así. Dice que la fortuna se hereda en orden de nacimiento de los hijos. La mayor parte se la queda el primogénito, es decir, yo. Y la segunda parte el segundo hijo y así, hasta llegar al último que queda con una muy pequeña ración de la fortuna. No es mucho dinero en realidad. Suficiente para mantenerse a sí mismo con el estándar de vida que ha seguido siempre pero no hay más. Arthur no podría mantener a una familia. Pero si te vas, él seguirá trabajando en el consorcio, ganando su propio dinero e incrementando su fortuna, sin preocuparse siquiera por su herencia. Nadie pierde. Entenderás, que, si te quedas con él, tal vez tenga que dejar el consorcio y buscarse un trabajo en otro lado. Como familia, lo apoyaremos, de eso no hay duda, pero estoy seguro de que no querrías causarle esa incomodidad al Arthur. Ya lo conoces, nuestra nana lo mimó tanto que es incapaz de cuidarse por sí mismo. No quisieras que además tenga que aprender a trabajar para alguien más cuando ya tiene un futuro asegurado en Elton.

- ¿Por qué no cambian esa ley? – preguntó Francis, que creía que ese tipo de costumbres no aplicaban en la actualidad - ¿no es ilegal?

- Creo que has pasado suficiente tiempo con nosotros para saber que, cuando se tiene tantísimo dinero y poder, muy pocas cosas son realmente ilegales. Nosotros no hacemos mucho caso a esas cosas. Y ya ves: siempre pagamos nuestros impuestos, generamos miles de empleos y nos portamos relativamente bien. Por eso el gobierno y el público nos dejan hacer lo que queramos. Y respecto a lo otro, no me alegra mucho, pero te confieso que personalmente, no tengo interés en cambiar esa costumbre. Yo tengo mis hijos, es mi deber ver por ellos y asegurar su futuro. Mi herencia y mi fortuna será para a ellos. No pienso arriesgar el bienestar de mis hijos por el de Arthur.

- Qué horrible – sentenció Francis.

.Indudablemente. Pero la vida es así. No es justa, pero es lo que hay. Así que no le des mas vueltas al asunto y escribe la cantidad que quieres. Te la daré yo, directo de mi bolsillo. Es lo menos que puedo hacer. – Alistair le acercó el cheque a Francis, que lo había alejado de él al verlo.

- No lo haré.

- Bueno, Francis. No me dejas alternativa. En serio, me alegra mucho que pelees tanto por tu amor. Pero esta otra propuesta te va a beneficiar.

Francis estaba harto. Nunca se hubiera imaginado esto, era como de una mala novela de amor, un cliché, una farsa. Estas cosas no pasaban en la vida real.

- Tu madre, Francis. ¿Está enferma, cierto? – dijo casualmente, como si hablara del clima. Terminó su cigarro y tiró la colilla por la ventana.

Francis palideció. Era verdad, en las últimas llamadas a su madre, ésta le había confesado de padecer una enfermedad autoinmune, de esas que matan lentamente. Por decisión de ella, no le había comentado a nadie, había decidido llevar un tratamiento secreto y seguro en Francia. Era una de las razones por las que no veía la hora de regresar a su país natal, aunque fuera un par de días, así vería su estado real de salud y podría ayudarla en lo posible.

- No te pongas así – dijo Alistair. – no le haremos nada. Al contrario. Escucha – al decir esto, abrió nuevamente la guantera y sacó un folder. Se lo entregó a Francis. Éste lo abrió, era un reporte de una investigación médica con el nombre de la enfermedad. – hemos estado investigando. Somos muy buenos en eso. Descubrimos que la enfermedad de tu mamá tiene cura. Hay un nuevo tratamiento. En Estados Unidos. Afortunadamente ya no está en fase experimental, ya es real, con excelentes resultados. Lee el reporte, ahí dice que la enfermedad desaparece y el paciente puede retomar su vida normal, como si no hubiera estado enfermo. Pero, te repito, es en Estados Unidos. Y, ¿sabes cuánto cuesta un tratamiento de salud ahí? Son carísimos. La mayoría de los ciudadanos estadounidenses no van al médico porque les es imposible pagar los precios de los hospitales. Y eso es para enfermedades comunes. Ahora, imagínate lo costoso que es un tratamiento como este. Una persona de tu nivel económico nunca podría pagarlo, no importa cuanto trabajes. Pero para eso estamos nosotros, te ayudaremos. Este es el trato: tú rompes con Arthur y nosotros pagamos el tratamiento. Los mandamos a Nueva York a ti y a tu madre, los colocamos en un bonito departamento y pagamos todo, citas médicas, operaciones y medicamentos, hasta que la den de alta. Y te garantizamos que será dada de alta. No repararemos en gastos. El tratamiento dura unos dos años en total, no tendrás que preocuparte por nada en ese tiempo. Si quieres, hasta te ayudamos a conseguir otro trabajo, para que no te aburras y puedas mentirle un poco a tu madre diciéndole que estás trabajando para poder pagar. ¿Qué te parece?

Francis se había quedado sin habla. Estaba helado. Su mente daba vueltas a mil por segundo y no podía pensar claramente. Dudaba de todo, sentía que estaba en un mal sueño.

- Ok, Francis. Piénsalo – Alistair encendió nuevamente el coche y lo puso en marcha, saliendo del callejón en el que estaban. Se encaminó en la carretera más cercana – pero no tardes mucho. Si lees el reporte, verás que el tratamiento solo se puede aplicar en la primera fase de la enfermedad, que es donde se encuentra tu madre. Si dejas pasar más tiempo decidiendo, tal vez para entonces ya no sea posible ayudarla.

- Hay una cosa – dijo Francis al fin, al recordar toda la publicidad que lanzaba Elton con apoyo a la comunidad LGBT y a las formas de vida modernas - ¿Por qué el consorcio se vende como progresista si no es así? ¿Es solo propaganda? – tal vez la pregunta era tonta, pero necesitaba saber la respuesta.

- Por su puesto. Es propaganda. Todos queremos vender y esa es una estrategia que garantiza ventas de inmediato. El público es muy sensible y se fija en esas cosas. Esa publicidad nunca la lanzaríamos en otros países, con otras ideologías.

- Y tienen empleados homosexuales.

- Claro, eso no tiene nada de malo. Te repito, no tenemos nada personal contra ti. Y tener empleados homosexuales nos beneficia. Nos hace quedar bien parados ante el público. Y en realidad, lo que hagan ellos con sus vidas no nos importa. Muchos de esos empleados son igual de pobres que tú o hasta más y se pueden acostar con quien quieran. No se pierden millones de libras por eso. ¿Has escuchado la expresión "pobre niño rico"? Pues eso es Arthur. Y todos nosotros los Kirkland. Lamentablemente no podemos vivir como siempre queremos, pero sí podemos vivir como la mayoría de la gente nunca podría. Al final, es mejor llorar en un jet privado o en una exclusiva playa en el extranjero que hacerlo en uno de esos horribles cruceros en los que vacaciona la clase media y que pueden pagar después de ahorrar años. Tal vez para ti está bien, pero está en nosotros, como familia, el no permitir que ninguno de nuestros miembros tenga que vivir así.

Dicho esto, Alistair estacionó el auto en la entrada de un super mercado. Era otro Tesco.

- Eh, Francis. Tendrás que disculparme. Tengo una junta en unos minutos así que no alcanzo a llevarte al super mercado que del que te hablé. Pero no importa, ¿verdad? Te prometo que, si nos volvemos a ver y si tenemos mas tiempo para charlar, te llevaré al super mercado mas exclusivo de toda Inglaterra. Y otra cosa – dijo cuando Francis estaba dispuesto a abrir la puerta, sin éxito ya que aún estaba el seguro puesto – creo que esto es obvio, pero no está demás dejarlo en claro. – Alistair se puso muy serio – Arthur no debe enterarse de nuestra conversación. Ni una sola palabra. Si le dices, aunque sea un poco, nos enteraremos. Y toda ayuda que podamos ofrecerte, se esfumará inmediatamente. Tendrás que vértelas solo para cuidar a tu madre. Entérate de que ni en Francia ni en toda Europa existe un tratamiento para sanar su enfermedad. Piensa en todas las personas de clase media que quisieran tener la oportunidad que tú tienes para sanar las enfermedades de sus seres queridos. Aprovecha tú, que sí puedes. Y bueno, esto tampoco quería decírtelo, pero no está de más: también podemos acabar con tu carrera. No nos gustaría, pero cualquier movimiento en falso que des y podemos hacer algunas llamadas y con eso no te contratarían en ningún lado. Ni en Inglaterra, ni en el resto de Europa por lo que, si Artie decide irse contigo a pesar de todo, tampoco lo contratarían a él. Vivirían pobres, como él no ha vivido y, si tanto lo quieres, no creo que quieras causarle ese malestar. En fin – dijo, liberando los seguros del auto – Fue agradable platicar contigo. Ya nos hacía falta charlar de hombre a hombre ¿no crees? Lamento desviarte tanto de tu camino, se que este super mercado está lejos de tu casa ¿crees que puedas regresar solo? ¿o necesitas que mande al chófer para que te recoja y te lleve a casa?

- No lo necesito. – dijo Francis entre dientes.

- Me lo imaginé. Nos vemos Francis. Eres un buen muchacho, ojalá nos hubiéramos conocido en circunstancias diferentes.

Francis salió del auto sin decir palabra. Tampoco volteó a ver a Alistair. Se alejó lo más que pudo, sin siquiera pensar a donde iba. En cuanto escuchó que el Rolls-Royce se alejaba, se dirigió casi corriendo a la parada de metro mas cercana. Cuando por fin llegó a su departamento, apenas cerrar la puerta principal se sentó en el piso, se tapó la cara con las manos y lloró amargamente.

Los siguientes días pasaron como una neblina en la mente de Francis. No recordaba nada, todo estaba confuso. Cuando por fin llegó el sábado, día en que vería a Arthur, llevaba casi toda la semana sin dormir y comer. Tenía náuseas, quería vomitar, pero no podía por el escaso contenido de su estómago. Sentía que en cualquier momento se caería desmayado por la debilidad y el temor que le provocaba lo que le diría a su todavía novio.

Se sentó en una de las sillas del comedor a esperar a Arthur llegar. Le había dado una copia de las llaves de su departamento, para que cuando fuera a Londres, llegase directamente. Sintió frío cuando por fin escuchó el picaporte moverse. Arthur entró, como la naturalidad de siempre y medio lo vio sentado en la mesa.

- Francis, había muchísimo tráfico. Un accidente en la carretera, justo en la entrada de Londres – dijo, sin prestarle mucha atención al otro, quitándose la bufanda, el abrigo, los zapatos y dejando la pequeña maleta a un lado de la puerta – Pero llegaron rápido las ambulancias y al parecer no pasó a mayores. ¿Pero puedes creer que pase justo hoy?

- Sí – dijo éste, secamente.

- Pero ¡Hey! – Arthur se acercó a él, sonriendo - ¿no me vas a saludar? ¡Te he extrañado tanto! ¿Qué pasa? – luego de ver que Francis no respondía su abrazo, es mas ni siquiera se levantó de la mesa, el semblante de Arthur cambió a uno de seriedad. - ¿Todo bien? – se sentó cuidadosamente al lado de Francis.

- En realidad, Arthur, no. Hay muchas cosas que no están bien. – Francis pasó su mano por su cara.

- ¿Qué sucede?

- Arthur – comenzó, luego de dejar pasar unos segundos – he estado pensando. En nosotros. En nuestra relación. Realmente no creo que vaya a ningún lado.

- ¿Por qué dices eso? – Arthur abrió mucho los ojos.

- Porque siento que no estoy contento del todo.

- ¿Qué falta?

- Todo, Arthur. No me gusta está relación.

- ¿Q… qué? Francis, no entiendo.

- Esto es el problema. Que nunca nos entendemos ¿no te has dado cuenta? Siempre estamos peleando y siento que ni siquiera nos llevamos bien – Le estaba costando mucho trabajo decir esto. Todo era mentira y lo sabía.

- Pero todas las parejas pelean, eso es normal.

- No, no es normal. Y no me gusta.

- ¿Y qué propones?

Francis tenía la boca seca. La abrió para contestar. pero no salieron las palabras así que se levantó y se sirvió un vaso de agua del grifo.

- Francis – dijo Arthur al ver que no recibía respuesta - ¿no me digas que quieres terminar conmigo? – su tono era incrédulo y burlón, como si pensara que la sola idea era absurda.

Francis dejó el vaso al lado del fregadero. No volteó a verlo. Temblaba.

- Sí Arthur. Es justo lo que pienso. Debemos terminar.

- No lo dices en serio – Arthur rio nerviosamente. Se levantó también de la silla y se acercó al francés que estaba recargado en la barra de la cocina.

- Completamente en serio.

- No. No entiendo.

- Pues escucha. Quiero terminar. Ya no quiero estar contigo.

- ¿Por qué? ¿Qué hice? – Francis pudo escuchar como el pánico en las palabras de Arthur – Francis, mírame – tomó el brazo del francés para hacer que éste volteara en su dirección, pero Francis se alejó, como si se hubiera quemado

- ¡No! – gritó – ¡no quiero que me toques!

- ¡Entonces explícame!

- ¡Te lo estoy explicando! ¡Por qué no lo entiendes! ¡Acaso eres tan idiota que no puedes entender que ya no te quiero!

Francis por fin lo miró. Tenía que verlo. Arthur se quedó petrificado unos segundos. Luego se movió hacia atrás, con la boca abierta. Los ojos le brillaban.

- No es en serio ¿verdad? Francis, no es gracioso. Como broma, no, no hagas esto.

- ¡Por Dios Arthur! ¡No es broma! – con pasos fuertes y lentos se acercó a él hasta que estuvieron frente a frente – Ya no quiero estar contigo, ya estoy harto de ti.

- ¡Qué mierda! La otra vez que nos vimos no estabas así. Todas las veces que nos hemos hablado, ni una sola vez te has visto infeliz ¿Cómo es que de repente ya no quieres que estemos juntos? ¿Y nuestros planes?

- ¿Acaso creíste que sería verdad? Es imposible que seas tan tonto. Nosotros no debimos de tener planes, no estamos hechos para estar juntos. Solo estábamos jugando, ya es tiempo de que madures.

- ¿Qué estupideces estás diciendo?

- Es la verdad. Ya es tiempo de que crezcas. Ya deja de ser un niño mimado.

- ¿Y se supone que esto me va a ayudar o qué?

- No me importa si te ayuda. Lo único que importa es que ya no quiero estar contigo. Se acabó. Ya vete de mi casa.

- ¡Tu casa! ¿Esta es tu casa? – Arthur se rio amargamente y le dio una patada al mueble más cercano, que resultó ser el refrigerador - ¿Se te olvida quien paga por esto?

- Yo lo pago. Yo pago por todo.

Arthur empezó a reír.

- ¡Sorpresa! ¿Crees que encontrarías un departamento en esa zona a tan bajo precio? Claro que no, no seas ingenuo. Yo pago mas de la mitad de la renta. Creí que lo sabías.

Francis no tenía idea. Cuando le dijo que este edificio le gustaba para vivir, Arthur "encontró" un departamento que se adecuaba perfectamente a su sueldo. Nunca cuestionó por qué la renta sería tan baja.

- ¿Por qué no me lo dijiste? – Susurró.

- Era un perfecto regalo. Para que mi adorado novio no pasara incomodidades. Y además era obvio, fíjate en los vecinos. Ninguno es de tu misma posición económica – la voz de Arthur se había vuelto fría.

- ¿Ves? – con eso Francis encontró otra razón para pelear – Ese es tu problema. Crees que puedes comprar todo. No te importa a quien haces daño.

- ¿Cuántas veces te he hecho daño? ¡Dímelas!

- ¡Todo el tiempo! ¡Con tus aires de grandeza, con lo insoportable que eres, humillándome y creyéndote mejor que todos solo porque tienes un par de libras en el banco!

- Son millones de libras. Que nunca he dudado en compartir contigo.

- Pues eso no es suficiente.

- ¿Qué mas quieres? ¿Qué quieres que haga?

- No me gusta que me quieras comprar.

- ¡Por favor! Si te quisiera "comprar" ya lo hubiera hecho. En cambio, te dejo jugar al adulto independiente que crees que eres.

- ¿De qué hablas? – Ahora era Francis el que no entendía.

- ¿Crees que esa carrera tuya tiene futuro? – movió la mano hacia él con desdén - Pretender ser un costurero no es un trabajo, Francis. Es un pasatiempo que hacen las señoras viejas cuando no tienen nada mejor que hacer. O las pobres cuando quieren ganarse unos centavos. Pero no es un trabajo real, nadie puede vivir bien de eso. Si por mi fuera, te tendría en Cambridge, viviendo conmigo, sin preocupaciones de nada, pero no, querías demostrarte que eres auto suficiente y estás aquí, perdiendo el tiempo a lo tonto y ganando una miseria que no sirve de nada.

- ¿Eso es lo que has pensado todo el tiempo? – Francis estaba sorprendido de escuchar eso.

Arthur se encogió de hombros.

- Sí. Y tengo razón. Sin mi ayuda, todavía estarías en esa boutique barata y lo sabes. Si terminamos, también echarás todo eso por la borda, los Vargas no te seguirán contratando porque no eres tan especial. Tampoco te darán referencias, por lo que te tocará buscar trabajo por tu cuenta.

- ¿Me estás chantajeando? - Francis se acercó a él como si estuviera cazando una presa. Estaba furioso. Una parte de él entendía que Arthur estaba herido y atacaba como podía, pero la otra no podía tolerar escuchar esas palabras.

- Tómalo como quieras. – Arthur no se doblegó. Lo miró con fuego en los ojos pero también había temor e incertidumbre.

- ¿Te das cuenta de que lo único que aportas a esta relación es tu dinero y tus contactos? No tengo nada más de ti. Por eso es por lo que siento que no te conozco, no sé quién eres. Solo eres tu apellido, ni siquiera tienes personalidad.

- Si lo que quieres es regresar al trabajo de mostrador a atender a la gentuza, hazlo.

- Pues sí lo haré, sin con eso ya no te vuelvo a ver. Vete. Ya se acabó.

- Al menos ten la decencia de contestarme: ¿cómo es que de repente decides que quieres terminar? La última vez que nos vimos estabas bien.

- No es de repente. Desde hace tiempo ya no quiero estar contigo.

- ¿Hay alguien más?

- Tal vez

- ¿Quién?

- Arhtur, qué importa. Lo único que importa es que ya no quiero verte, entiéndelo.

Sin darse cuenta, ahora fue Francis el que se dejó acorralar por Arthur hasta que casi se recargó en la pared. Se miraron. El inglés lo empujó y luego lo tomó el cuello de la camisa con su puño, jalándolo hacía él y levantó la otra mano con fuerza, a punto de golpearle la cara. Francis cerró los ojos, pensando que se lo merecía. Sin embargo, el golpe nunca llegó. Abrió los ojos para ver la duda en la cara de Arthur, que ya lo había soltado, pero no se alejó.

- No me voy a ir.

- Arthur, por favor – suplicó, cansado – ya te lo expliqué. No te quiero. Vete, por favor.

- Te amo Francis – trató de besarlo. Francis desvió la cara.

- Yo no.

- ¿Me has querido alguna vez?

Francis tragó saliva al escuchar esa pregunta.

- Claro. Pero ya se acabó. El amor se acaba y eso lo sabes. Ya no te amo más.

- Pero tú y yo. Me prometiste que sería para siempre.

- Deja de decir tonterías.

- ¡Mentiste entonces!

- Arthur.

- CONTÉSTAME

- Te quise, pero ya no.

- ¿Así de fácil? ¿Desde cuando me dejaste de querer?

- Desde hace meses lo he estado pensando.

- ¿A quién quieres ahora?

- Arthur ya. Deja este interrogatorio estúpido. No tiene sentido.

- ¿Y crees que tiene sentido decir que ya no me quieres? ¡Como si estuvieras hablando de cualquier cosa! ¿Por qué me dices hasta ahora?

- Porque es lo mejor. No puedo estar mas tiempo contigo.

- ¿Después de todo lo que he hecho por ti?

Francis no quiso contestar. Vio como Arthur se tapaba la cara con las manos. Era notorio que trataba de contenerse de soltarse a llorar ahí mismo. Luego contrajo las manos en puños cerrados con fuerza a su costado. Veía al piso, con la mirada llena de abatimiento. El francés comenzó a pensar "por favor, ya vete", para sus adentros, muchas veces como si fuera un mantra. Arthur dio varios pasos hacia atrás.

- No me voy a ir. Haz lo que quieras. Vete tú si quieres.

- Arthur, por favor. Necesito…

- ¿Qué necesitas? ¿Prepararte para recibir a tu nueva conquista? Adelante, hazlo, yo no te voy a molestar. ¿Qué le vas a hacer? Cuéntame.

- No sabes lo que estás diciendo.

- Explícame entonces.

- ¡Ya te expliqué! ¿Qué mas quieres?

- ¡Qué me digas la verdad!

- ¡Es que tú solo crees lo que quieres! No te interesa lo que sienten los demás, lo que opinan. ¡Solo tú, es lo único que importa en tu vida!

- ¿Qué harás ahora? No vas a vivir aquí ¿sabes eso? No te dejaré. No te dejaré vivir en Londres, tu vida aquí se ha acabado.

Francis pensó que, de cualquier manera, no podía seguir en Inglaterra.

- Voy a Francia. Ya no tengo nada que hacer aquí.

- Ojalá te ahogues en el mar.

- ¿Qué dices?

- Lo que oíste. Deseo que te vaya mal. Que sufras. Que te mueras. Espero que sientas mil veces todo lo que estoy sintiendo en este momento. Y que nunca nadie te quiera, porque no lo mereces. Tú no sabes querer. Solo sabes estirar la mano para pedir dinero. – escupió al suelo.

- ¿Terminaste?

- Mañana vendré, a primera hora del día. Quiero que este departamento esté desocupado para entonces. No quiero que haya ningún rastro de ti ¿entendiste?

Arthur esperó unos minutos la respuesta de Francis y al darse cuenta de que no llegaría, se acercó a la mesa de la entrada, tomó sus cosas y salió. Francis se quedo viendo la puerta un largo tiempo, pálido y temblando, luchando contra las ganas que tenía de salir corriendo y decirle que todo era mentira y que lo perdonara. En cambio, se recargó en la pared, abrazándose a sí mismo ya no evitó que las lágrimas cayeran libremente. Quería gritar, la maldición de Arthur ya se estaba cumpliendo, sabía que sufría mucho más de lo que sufría el otro. No supo que, del otro lado de la puerta Arthur estaba igual, sentado en el piso, inconsolable y buscando una explicación para lo que acababa de ocurrir. Ninguno de los dos sabía que pasarían mas de diez años para volverse a ver.

Después de un rato, levantó de la silla y se puso a caminar por el departamento. Tenía tanta ansiedad que trató de ordenar un poco para darse algo que hacer, pero luego recordó que Arthur le había dicho que iría al día siguiente. No sabía si Alistair cumpliría su parte del trato, pero estaba seguro de que ya no podía seguir viviendo ahí. Así que empezó a empacar sus cosas, lo que podía llevar en viaje ligero. Lo demás lo guardó en cajas de cartón, había miles de recuerdos, fotos, libros, ropa, adornos, todo lo que no se atrevía a tirar. Y la comida. Su despensa estaba casi llena, no sabía qué hacer con todos los víveres. Al final los guardó en varias bolsas. Las lágrimas nunca dejaron de correrle por el rostro y hubo momentos en los que algún recuerdo particular o un lúgubre pensamiento se apoderaba de él y se volvía a recargar en la superficie más cercana para dar rienda suelta al llanto. Cuando por fin terminó ya estaba entrada la noche. Decidió regalarle sus provisiones a una de sus vecinas, con la que se había llevado muy bien. También le encargó las cajas de cartón llenas de objetos varios, le dijo que le había surgido una emergencia y tenía que salir del país inmediatamente. Le prometió que volvería por sus cosas en cuanto tuviera la oportunidad. No sabía, ni Francis ni su vecina que esa promesa nunca se cumpliría.

Salió de su ahora ex departamento con una expresión sombría, tomo un taxi y se dirigió a un hotel barato a pasar la noche. Estaba lleno de incertidumbre, no sabía qué pasaría con él a partir de ahora. Probablemente Arthur ya estaba hablando con los Vargas para hacer que lo despidieran. Se dio cuenta de que, en algún momento de la relación, había permitido que Arthur controlara grandes aspectos de su vida. Y al final no ganó nada, solo esta pesadumbre horrible que no lo dejaba pensar.

La noche la pasó en vela. La tristeza nunca lo dejó en paz, el sentimiento de soledad lo embargaba todo el tiempo y el horrible recuerdo de la expresión de Arthur el día anterior y saber que lo había causado él, las palabras espantosas que le había dicho el inglés, todo se juntó causándole insomnio. Se logró dormir hasta la madrugada, cuando el cansancio por fin lo venció. Pero no fue mucho tiempo. Después de lo que Francis sintió fueron unos minutos, su teléfono comenzó a sonar. Sin despertarse del todo, contestó.

- ¡Francis! Francis, ¿qué crees que pasó? – era su madre.

- Mamá, buenos días ¿cómo estás?

- Muy bien, hijo. Francis, acabo de recibir una llamada. Una fundación benéfica, me dijo que me habías inscrito para recibir un tratamiento médico en Estados Unidos ¿es cierto?

Francis tardó en procesar lo que su madre decía. Estuvo a punto de decirle que no sabía de qué hablaba cuando cayó en cuenta que probablemente había sido Alistair el que había hablado con ella.

- Sí, mamá.

- ¿Qué crees? Me dijeron que estoy seleccionada para recibir el tratamiento. Y que pagarán todo ¿puedes creerlo? Francis, tendrás que venir a París, iremos juntos. Dijeron que tengo que llevar a un familiar para que me acompañe, así que tienes que ser tú.

- Claro.

- ¿No te alegras?

- Disculpa, estaba dormido. Pero me da mucho gusto. – se dio cuenta que su voz había sido monótona todo el tiempo. Trató de ponerle un poco más de emoción a sus palabras. - ¿qué más te dijeron?

- Me dijeron que se volverán a contactar para decirnos qué hacer. Les di tu número por si necesitan decirte algo.

- Muy bien.

- Mil gracias, hijo, estoy muy contenta.

La voz aliviada de su mamá se escuchó en el otro lado del auricular, mientras le hablaba de todo lo que había que hacer y los planes que tenía una vez que estuviera curada. Francis la escuchó pacientemente, y tras colgar se consoló pensando que al menos los Kirkland sí habían cumplido.

Al día siguiente se presentó a trabajar, pero no fue por mucho tiempo. Ese mismo día habló con sus jefes, agradeciéndoles la oportunidad de haber trabajado ahí y disculpándose por lo repentino de la noticia, pero tenía que acudir a un asunto urgente y muy personal a Francia y no podía esperar más. Solo se quedó el tiempo necesario para completar todas sus tareas pendientes, para el final de esa semana ya estaba con su pequeña maleta en el viaje de regreso a París. Pensó en sus circunstancias cuando llegó a Inglaterra, lleno de juventud y esperanzas. Ahora se sentía como si hubiera vivido mil vidas a pesar de que solo habían pasado cuatro años desde entonces. Trató, sin éxito de no llorar en el trayecto, ya que, cuando llegara a casa de su madre, ya no podría llorar más. Una vez en París, pasaron otras dos semanas para que estuvieran listos para partir a Nueva York, Francis no recibió ningún tipo de llamada o comunicación con los Kirkland, más si lo bombardearon con instrucciones por parte de la supuesta fundación.

Francis vio que realmente les proporcionaron todo. Los boletos de avión, la renta de un departamento cerca del hospital, los servicios de agua, luz, internet. No tuvieron que preocuparse por ningún asunto económico. La mamá de Francis no paraba de agradecerle a esos ángeles que la habían salvado, cada llamada que recibía de la "fundación" la contestaba ella con miles de muestras de gratitud.


Francis era guapo, en eso todos estaban de acuerdo. Además, se vestía bien, tenía buen porte y cuando entraba a un lugar, todas las miradas lo volteaban a ver. No importaba la situación, había algo en él que le daba un aire de modelo, como si estuviera listo para la pasarela a todas horas del día. Por eso, no fue de sorprenderse que, ya instalado en Nueva York, captara el interés de mucha gente. Uno de ellos fue uno de los directores del hospital en donde estaban tratando a su madre. No era el doctor que la atendía a ella así que no había razón por la que "casualmente" se encontraran todo el tiempo cuando Francis estaba en el hospital.

El hombre, después de varias semanas de verlo e intentar entablar conversaciones casuales, se armó de valor y lo invitó a salir. Era un sujeto de buen ver, tenía veintitrés años más que él, estaba casado y con hijos que podrían ser hermanos de Francis. Nunca le escondió su vida y le propuso tener una relación a escondidas debido a su reputación. Francis ya no sabía qué pensar con esta gente: todos los ricos eran un montón de hipócritas falsos con vidas a escondidas y que no les importaba lastimar a la gente con tal de obtener lo que querían. Rechazó la proposición, pero el sujeto no se rindió. Al ver que no podía "comprarlo" pagando la cuenta del hospital de su madre, intentó con otras tácticas, pero Francis no estaba interesado. Sin embargo, estaba herido y la mezcla de la preocupación por la salud de su madre y los eventos pasados en su vida lo hicieron vulnerable al afecto y creyó que tal vez, está ocasión sí funcionaría y termino cediendo ante los cortejos del otro. Había decidido esperar a buscar trabajo un tiempo, para estar enfocado en cuidar a su madre a lo que, el Doctor lo convenció de que él pagaría por los gastos extras que tuviera.

Después de dos años de vivir en Nueva York, por fin dieron de alta a la mamá de Francis. Fue un día de múltiples alegrías, rieron, cantaron, bailaron juntos y se sintieron aliviados de ya no llevar esa carga. La "fundación" se comunicó con ellos por última vez para darles instrucciones para el regreso a Francia, y su madre dijo que ya no quería vivir más en París, que probablemente eso era lo que la había enfermado y que prefería radicar en alguna ciudad más pequeña y con un estilo de vida menos ajetreado. Francis la acompañó y la dejó instalada en una casita en un pueblito a dos horas al norte de París. Una vez que su mamá se quedó contenta con su nuevo hogar y con la seguridad de que ya se encontraba bien, Francis regresó a Nueva York, a su relación con el doctor que tanto lo mimaba. Este hombre lo convenció de que no era necesario trabajar, él podía pagar por todas sus necesidades y lo dejó vivir en uno de sus departamentos en la Gran Manzana. No podía negar que su "amante" era lo más amable con él, sabía que mentía a su esposa y en su trabajo para pasar el tiempo juntos y varias veces se inventó congresos en el extranjero para llevarlo de viaje por el mundo y a visitar a su madre. Francis se dejaba querer, y aunque muchos criticarían su relación, estaba seguro de que más de uno en su posición hubiera hecho lo mismo. Pero, como Francis había aprendido a temprana edad, nada era para siempre y todo puede terminar en el momento menos esperado. Y así fue como un día, mientras estaba con el doctor divirtiéndose, la puerta del departamento se abrió y entró furiosa la esposa del hombre. Comenzó a insultarlos, a aventarles cosas, lo abofeteó a él y su amate que apenas pudo contenerla se fue con ella, dejando a Francis en el ahora frío y oscuro departamento. Regresó horas después a decirle que había calmado a su esposa, que la amaba y que se quedaría con ella y que la condición que puso la mujer para no divorciarse o decirle a todo el mundo que tenía de amante un hombre más chico que él, era que esta relación terminara en este momento.

Así que una vez más Francis se encontró solo, sin ayuda y alejado de toda la gente que quería. Se maldijo a sí mismo por su estupidez y por haber permitido que las cosas llegaran a ese punto. El doctor se ofreció en pagarle el vuelo a Francia si decidía irse, y Francis aceptó, pensando que ya no se podía caer más bajo y sin tener ni una sola razón para quedarse en Estados Unidos. Al llegar a su país natal, notó con amargura que había dejado que lo convencieran de perder valiosísimo tiempo de experiencia laboral, ahora sentía que estaba desactualizado en su carrera, el tiempo de su juventud que debió de haber usado para aprender todo acerca de la moda lo gastó dándole gusto a un viejo pensando que sería para siempre y ahora no sabía ni por dónde empezar. Encontró un trabajo en una casa de modas local, donde trabajaba junto con universitarios y recién egresados, ya que era lo único que podía hacer. Y por fin, después de cinco años desaparecido, buscó a Antonio, el impulsivo, pero siempre comprensivo Antonio, que lo acogió en sus brazos y escuchó pacientemente todo lo que le había pasado. Pero omitió la parte de los Kirkland, decidió maquillar esa historia diciendo que él y Arthur peleaban mucho y por eso habían terminado. Probablemente Antonio no le creyó, pero no le insistió. Y así fue como regresó a París, a comenzar su vida de adulto y a comenzar ahora sí, a hacerse cargo de su vida, sin un novio millonario al que deberle nada.


- No puedo creer que le hayas creído toda esa mierda a Alistair – fue lo primero que dijo Arthur tras escuchar el relato de Francis. Seguían en la suite de Francis en el hotel. La lluvia caía con fuerza, pero ellos no le prestaban atención. Se habían movido a la sala, estaban sentados uno al lado del otro, pero no cerca. – No me iba a quedar sin dinero, no me estabas perjudicando, todo era mentira. - Sacó un cigarro de uno de sus bolsillos y lo prendió. Francis vio con ligera ironía que atrás de él había un letrero de No fumar.

- Arthur, no tenía idea. ¿No era verdad?

- Por supuesto que no. ¿Por qué no me preguntaste?

- Tenía miedo. De todo lo que estaba pasando. Sí, le creí, ¿qué más podía hacer?

- Qué tonto eres. – su tono era despectivo.

- Y tú también. Éramos jóvenes, Arthur. Todos somos estúpidos a esa edad.

- Te pude haber ayudado, con lo de tu madre. Debiste decirme. Yo también sé cómo conseguir dinero, no es como que solo Alistair lo sepa hacer. No creo que fuera algo imposible de pagar. Y si lo fuera, le hubiéramos pedido ayuda a Gilbert o a Belle, a los demás ¿por qué no nos preguntaste? Todos te aprecian, con gusto hubieran pagado el tratamiento.

- No lo sé. Tal vez no quería que se involucraran. O que pensaran que solo los quería por el dinero. Ya te dije que tenía miedo. Una parte de mi sí estaba convencida que era verdad, que te estaba perjudicando.

- Alistair es un imbécil.

- ¿No estás molesto?

- Un poco. – suspiró – Que estupidez. Como sea, ya ni hablo con Alistair. – dejó salir una espesa nube de humo. Recargó la cabeza en el respaldo de la silla. - ¿cómo está tu madre?

- Bien, ya recuperada. Está más joven y radiante que los últimos veinte años.

- Al menos a ella sí le fue bien con todo esto. Me alegro por ella.

- ¿Qué hiciste tú todo este tiempo?

- Perder el tiempo, como un imbécil. Al igual que tú.