Tras de salir del departamento de Francis, o más bien, luego de que éste lo echara a la calle, Arthur se recargó en la puerta que acababa de cerrar. Dramáticamente se deslizo hasta quedar sentado en el piso y escondió la cabeza en sus rodillas, repitiendo en su mente "ven por mí, ven por mí", esperando que en algún momento que Francis, arrepentido por lo que acababa de hacer, saliera a buscarlo para decirle que todo había sido una broma, que debían seguir juntos y, por supuesto, él diría que sí a todo, sin pensarlo dos veces. Gruesas lágrimas le escurrían por las mejillas mientras se imaginaba todo tipo de escenarios en los que se reconciliaban, unos cursis y otros amargos, pero al final estaba seguro de que Francis y él volverían y esto solo sería un mal recuerdo. Pero Francis nunca abrió la puerta. Escuchaba ruidos dentro del departamento, como si estuviera ordenando cosas, pero los ruidos se amortiguaban con su propio llanto y poco a poco sus pensamientos se fueron haciendo cada vez más sombríos, llenándolo de rabia e indignación por haber sido tratado así. No supo cuando tiempo estuvo en ese estado, vio a varios vecinos pasar, que lo miraban con lo que él percibía como lástima y burla. Al principio no le importó, pero luego de ver a otra persona y su mirada inquisidora se hartó, maldijo a Francis y se fue de ahí. Al día siguiente regresó y en un ataque de ira incontrolable, con pensamientos que se volvían cada vez más violentos a razón de la fuerte resaca que tenía y de haber pasado toda la noche sin dormir, abrió la puerta a patadas mientras le gritaba a Francis que le abriera. Cuando no lo encontró, destrozó lo que quedaba: muebles, cables, arrancó pedazos de mosaicos y rompió los vidrios de las ventanas. Terminó cuando los vecinos, alarmados por el delincuente que estaba destruyendo el departamento, llamaron a la policía. Arthur, al ver a los uniformados les gritó que estarían locos si pensaban que arrestarían a un Kirkland y que perderían sus trabajos si se atrevían a tocarlo. Su cantaleta no funcionó, se lo llevaron esposado y de lo único que le sirvió el afamado apellido fue para que no lo metieran en una celda, solo lo dejaron sentado en una de las oficinas bajo supervisión de un oficial, hasta que uno de los guardaespaldas de la familia fue por él. Antes de soltarlo, el oficial le advirtió al guardaespaldas que tuviera en mente que su trabajo no era ser niñera de ningún niñito berrinchudo y que controlaran a los miembros de la familia, porque si esto se repetía, lo encarcelarían al igual que a cualquier otra persona. Arthur no emitió palabra hasta que lo dejaron en la sala de la casa de Alistair. Ahí salió su hermano a regañarlo por hacer el ridículo de esa forma y tras escuchar lo que había sucedido, en un raro momento de cariño fraternal, lo lleno de palabras de apoyo y comprensión, después de unas horas lo acompañó de regreso a Cambridge y se quedó con él varios días para cuidar que no volviera a perder la cordura.

Semanas después, con la familia reunida en casa de los padres de Arthur, éste seguía con aspecto desdichado. Y al parecer, Alistair ya se había cansado de jugar al hermano indulgente y al ver que Arthur hablaba poco cuando le preguntaban algo o contestaba con molestia o indiferencia, le espetó:

- ¡Por Dios, Arthur! Pareces imbécil llorando tanto. ¿Qué acaso Francis tiene la polla de azúcar o qué?

- Cállate – Arthur se puso rojo al escuchar eso. Estaba sentando en un sofá de una de las salas de la casa de sus padres abrazando sus rodillas y mirando con melancolía hacia la ventana. En la habitación también estaba Patrick que tenía parecía igualmente exasperado que el mayor, pero lo disimulaba mejor.

- Entonces ya deja de parecer un payaso.

Arthur ni siquiera se dignó en contestar. Se levantó sin decir más y se dirigió a la puerta de la habitación, que era bastante grande, y casi al salir alcanzó a escuchar lo que decían sus hermanos.

- Alistair, deja de ser tan duro con él. No la está pasando fácil.

- Como sea, prefiero no verlo si va a estar así. No sé porque tiene que ser todo tan difícil cuando se trata de Arthur.

- Esto no estaría pasando si no te hubieras entrometido.

- Es su culpa por elegir a una pareja tan problemática.

Arthur se detuvo. Sus hermanos no estaban siendo nada discretos.

- ¿De qué hablas? – preguntó. Por muy mal que le hubiera ido con él, no quería escuchar que su familia hablara mal de Francis. No estaba de humor para eso.

- Oh, Arthur. Creí que ya te habías ido – dijo Patrick.

- ¿Para qué querían que me fuera? ¿Para empezar a hablar mal de mí?

- Arthur, no empieces con tus dramas – dijo Alistair, con voz cansada.

- ¿Qué te pasa? ¿Por qué te molesta tanto mi presencia? – Arthur sentía que, en un momento como este, requería apoyo y no este trato que le daban sus hermanos, como si fuera una carga tener que convivir con él. Aunque sus hermanos nunca habían sido exactamente cercanos a él, no entendía porque ni en esta situación, que los necesitaba tanto, lo dejaban solo.

- Cálmate ya. Estábamos hablando de otra cosa, mejor vete a llorar a otro lado.

- Escuché perfectamente que decían que mi pareja era problemática. Explícame a qué te refieres.

- Bueno, ya que tanto quieres saber, entérate que Francis no era confiable.

- ¿Por qué?

- No era bueno para ti.

- ¿Qué hizo o qué dijo?

- Era obvio. Solo te estaba sacando dinero.

- Nunca me pidió dinero.

- Pero te persuadía para que se lo dieras.

- ¿Crees que soy tan tonto?

- Nada más mírate. – Alistair lo señaló con la palma de arriba abajo. Esto hizo que Arthur se enfadara aún más.

- Idiota.

- Más idiota eres tú, creyendo que Francis se quedaría contigo toda la vida.

Auch. Eso dolió. Arthur entrecerró los ojos, buscando la mejor manera de contestarle. Vio por el rabillo del ojo que la puerta se abría y entraban sus padres a la habitación.

- ¿Qué pasa? – Preguntó su padre al percibir el ambiente tenso y la pose defensiva que tenía Arthur. Se sentó en el sillón contemplando a sus hijos. Su madre se sentó en otro sillón, al lado de Patrick.

- Nada… - comenzó Arthur, que se disponía a retirarse por segunda vez.

- Pues es que aquí, Artie no quiere entender que lo mejor que le pudo pasar es que Francis se fuera de su vida.

- ¿A ti qué te importa? – espetó Arthur al darse cuenta de que Alistair no dejaba el tema por la paz. Si su hermano quería pelear, él estaba más que dispuesto.

- Claro que me importa. No creas que es agradable verte correteando junto a ese muerto de hambre como si fuera un príncipe.

- ¿Qué? – Arthur replicó indignado.

- Alistair – exclamó su padre – cállate.

- No, quiero saber – dijo Arthur. No le quitaba la vista a su hermano mayor que estaba de pie, apoyado sobre el respaldo del sillón. No se dejó intimidar por los más de veinte centímetros de altura de que le sacaba Alistair, porque, de todo lo que esperaba de esta conversación, nunca se hubiera imaginado que se expresara así de su expareja. Alistair lo vio con indiferencia y luego rodó los ojos.

- Ay, por favor, Arthur, deja de hacerte el inocente. Sabes que no podías tener una relación con alguien así.

- ¿Con alguien así cómo?

- Alistair, ya basta – intervino su padre, que se estaba poniendo de pie nuevamente. Alistair lo ignoró.

- Con alguien tan insignificante. No se te ha pagado la mejor educación para que termines con alguien como él.

Con cada palabra de Arthur, la indignación y la cólera de Arthur cada vez crecía. De pronto cayó en cuenta que hacía cinco minutos, Patrick le dijo algo a Alistair acerca de "haberse entrometido". Entrecerró los ojos.

- ¿Qué le hiciste? – preguntó, acercándose peligrosamente a su hermano.

. ¿Qué le podía hacer yo? Él te dejó sin siquiera pensarlo. ¿Qué tengo que ver yo en eso?

- ¿Lo amenazaste?

- Claro que no. – Alistair se rio, como si considerara la idea tontísima - Si te hubiera querido tanto, no se hubiera ido. No es mi culpa que resultara ser un patán. Aunque todos nos dimos cuenta, menos tú, porque te tenía comiendo de su mano.

- ¿Entonces qué le hiciste? Patrick, tú también sabes ¿qué le hicieron?

Patrick no contestó. Arthur se empezó a sentir acorralado. Todos los que estaban en la habitación lo veían con cautela. Todos sabían algo que no le estaban diciendo.

- Nadie le hizo nada – comenzó Alistair – conténtate con saber que descubrimos que no era para ti.

- ¿De qué estás hablando?

- De que Francis es un pequeño miserable que solo estaba contigo por el mero interés. Lo pusimos a prueba.

- ¿Qué prueba?

- Le ofrecimos dinero – dijo Alistair, como si estuviera hablando del tráfico. Seguía recargado en respaldo del sofá, viendo las uñas de su mano con total indiferencia – le preguntamos cuánto quería por dejarte. Al principio se resistió, le doy ese crédito. Pero al final aceptó. Una cantidad muy grande, por cierto. Luego de llegar al acuerdo, tomó el dinero y se fue.

Arthur no podía creer lo que estaba escuchando. Pasó su mirada alrededor de la sala. En algún momento había entrado Owen, que estaba parado detrás del sillón que anteriormente ocupó su padre. No lo veía. Patrick tampoco. Su madre observaba sorprendida a Alistair y su padre estaba totalmente inexpresivo. Sintió primero un terrible frío alrededor de él, no solo por lo que, acabada de escuchar, sino también porque su familia estaba completamente tranquila cuando él se sentía traicionado, humillado y que todo se estaba derrumbando. De repente, el frio dio pie a toda la furia que tenía contenida y sintió que la sangre le empezaba a hervir. Probablemente Alistair se dio cuenta porque finalmente dejó caer su farsa insensible.

- Arthur, qu…

Nadie supo que era lo que iba a decir. Sin dejar pasar otro segundo, Arthur levantó el puño y le asestó el golpe que no le dio a Francis, con toda la fuerza que tenía acumulando desde que el francés se fue. Sin pensarlo, se acercó a él, golpeándolo aún más hasta que Alistair respondió, empujándolo. No cedió. Arthur creía escuchar gritos de los otros miembros de la familia, pero estaba tan encolerizado que solo escuchaba ruidos sin sentido. Lo único que quería era seguir golpeando a este idiota, que sintiera lo mismo que él estaba sintiendo, la misma impotencia y rabia. Sintió que alguien intentaba sujetarlo, pero no lo permitiría, intentó zafarse, gritando y pataleando que lo dejaran en paz, que iba a matar a Alistair, pero los brazos que lo sostenían eran más pesados que él, y finalmente los separaron. No se dio cuenta que Alistair y él habían caído al suelo. Ahora estaba de pie, con Owen detrás de él, tomando sus brazos, sin dejarlo ir, a pesar de que Arthur forcejeaba con insistencia. Enfrente de ellos estaba Patrick sosteniendo a Alistair, que jadeaba por el esfuerzo.

- ¡SUFICIENTE! – escuchó gritar a su padre. Éste se puso en medio de sus hijos, con las manos extendidas y las palmas abiertas, en dirección a Arthur y a Alistair – YA BASTA DE ESTO. NO HAY EXCUSAS PARA ESTE COMPORTAMIENTO.

Arthur comenzó a decir algo, pero su padre lo interrumpió.

- NO ME IMPORTA. Ahora mismo se calman y discuten esto como personas inteligentes o se van de aquí.

- Bueno, - Arthur por fin logró soltarse del agarre de Owen – me voy.

- Arthur – dijo su padre – si te vuelves a meter en problemas con la autoridad, nadie te va a ir a sacar. Lo resolverás tú solo.

- Fuck you – fue todo lo que respondió Arthur mostrándole a todos el dedo de en medio. Salió de la habitación y se dirigió con rapidez hacia la puerta principal y se fue.

La casa estaba ubicada en un suburbio de primera clase cerrado y para salir de ahí, tenía que pasar por varias mansiones. El piso de la banqueta estaba mojado por la brizna que caía, y Arthur estaba tan lleno de adrenalina que solo pudo echarse a correr, hasta salir del suburbio y siguió corriendo sin pensar en su destino. Su auto se quedó en la cochera de sus padres, pero no tenía intenciones de regresar por él. Corrió sin pensar, durante mucho tiempo hasta que llegó a una zona bohemia de la ciudad, llena de bares, artistas en las calles, venta de artesanías y mercados de pulgas. Se metió en un bar maloliente al final de una calle, en el que había un grupo de músicos zarrapastrosos en la entrada y pidió un trago fuerte. Se sorprendió por lo barato que era, pero al probarlo supo por qué. Era un licor de baja calidad, sin textura ni sabor, pero no importaba, al final, servía para lo mismo. Vio a su alrededor, nunca había estado en esta zona. Ni siquiera sabía que cerca de la casa de sus padres hubiera un lugar así. Francis lo había llevado a bares parecidos, mucho más elegantes, pero con el mismo ambiente soñador, en donde los artistas se inspiraban para crear. Se sentó en una mesa, en un rincón oscuro lejos de las puertas y ventanas. Nadie reparó en él y los que lo hicieron no le dedicaron más que una mirada antes de regresar a sus asuntos. Se recargó en el respaldo de la silla y cerró los ojos. Tenía ganas de llorar, de gritar, de hacer algo. Sintió un poco de satisfacción al recordar la cara golpeada de Alistair. Probablemente él también tenía un aspecto similar. Sacó su celular, buscó el número de Francis y le marcó. No sabía para qué lo hacía, miles de veces lo había intentado y ni una sola vez había recibido respuesta de parte del francés. Volvió a marcar. Así lo hizo más veces, diez, veinte, cincuenta, mientras pedía un trago tras otro y murmuraba todo tipo de maldiciones, unas dirigidas a Francis y otras a Alistair, Patrick o su padre. Finalmente se hartó y fue solo un poco de cordura lo que hizo que no azotara su celular contra el piso. Se levantó y salió del bar, parecía un demente, murmurando cosas para sí. Tomó un taxi que lo llevó hasta Cambridge (una vez más recordó que esto hubiera sido más fácil con Francis a su lado, él sabía usar el transporte público, Arthur no tenía ni idea). Durante el trayecto empezó a recibir llamadas y mensajes de sus padres y hermanos, los ignoró todos. No iba a hablar con ellos. Cuando, después de varias horas, por fin llegó a su piso estudiantil, le pidió al taxista que lo esperara y, con movimientos torpes todavía por el alcohol que había consumido, empacó algunas cosas y salió otra vez. Dio instrucciones para que lo llevaran al aeropuerto más cercano, donde abordó el primer avión con destino a París que pudo encontrar. Al llegar a la capital francesa, sentía el cansancio del pesado día, pero no se dio por vencido. Tenía apuntada en una nota de su celular la dirección de la madre de Francis, la había escrito alguna vez para mandarle un regalo de navidad. Tomó otro taxi hasta ahí, tardó muchísimo en llegar y ya era más de medianoche cuando, llegó al edificio de departamentos en el que supuestamente vivía. Sobornó al portero para que lo dejara entrar y al encontrar el departamento, sin perder más tiempo, primero tocó el timbre suavemente. No salió nadie. Volvió a tocar, cada vez con más insistencia, pero la puerta no se abrió. Colocó su oreja en la puerta, para escuchar algún movimiento, mas no se oía nada, todo dentro del departamento era silencio. Desesperado, comenzó a aporrear la puerta, gritando el nombre de Francis y sintiendo nuevamente que los ojos se le llenaban de lágrimas y la voz se le hacía cada vez más ronca. Estaba a punto de patear la puerta, así como lo hizo en Londres, cuando un vecino abrió la puerta de enfrente. Arthur escuchó que el vecino, malhumorado, le preguntaba algo, pero no le entendió. No le contestó y siguió golpeando la puerta preguntando por Francis hasta que otro vecino se acercó.

- ¿Qué sucede? – le preguntó con un entrecortado inglés.

- Nada – contestó molesto – Busco a la señora que vive aquí.

- ¿Qué señora? – contestó con sospecha el vecino.

- Aquí vive una mujer. Lo sé.

- ¿Estás seguro?

- Sí. Bueno, no. Nunca había venido. Pero sé que vive aquí ¿Quién es usted? – le preguntó al vecino.

- Vivo en aquel departamento – señaló dos puertas a la izquierda - ¿Para qué la buscas?

- Necesito hablar con ella. Se quedó con algo mío – pensó que necesitaba dar una explicación.

- Llegaste tarde. Aquí no vive nadie ya.

Arthur abrió los ojos al escuchar eso.

- ¿Qué? ¿Desde cuándo?

- Lamento no darte más información, muchacho. Pero no sé mucho al respecto. Se marchó hace unas dos o tres semanas.

- No es cierto. Ella vive aquí ¡Y su hijo!

- No sé de qué hijo hablas. Pero aquí ya no vive nadie. Te sugiero que te vayas, ya es tarde y queremos dormir.

El vecino no se alejó. Al parecer, esperaría a que se fuera. Arthur no supo qué más hacer. Vio a su alrededor, otros vecinos habían salido y lo miraban con curiosidad, miedo y exasperación. Se pasó la mano por la cara y se recargó en la puerta mientras pensaba en sus opciones. No tenía caso quedarse aquí. Después de un rato se enderezó y se fue, sin hablar con nadie más. Empezó a recorrer las calles, encontró un parque y se sentó, barajando sus opciones. Este capricho que le había costado mucho dinero no había servido para nada. Necesitaba hablar urgentemente con Francis, pero no tenía ni una pizca de información de su paradero. Si lo que Alistair había dicho era cierto, tal vez él sabría donde se ubicaba, pero no le preguntaría. Y como si lo hubiera invocado, su celular sonó nuevamente, en la pantalla leyó el nombre de su hermano mayor. Lo maldijo por milésima vez, y al perder la paciencia completamente, azotó el teléfono contra el piso y lo pisoteó hasta destrozarlo. Estaba harto de su familia y conociéndolos, probablemente lo estarían buscando con la ubicación del celular y lo que menos quería era que supieran donde estaba. Pensó que no tenía caso seguir sentado en ese parque y busco una avenida en la que tomar un taxi o buscar un hotel. Estaba en un suburbio residencial y la noche estaba muy entrada así que fue difícil, pero al fin lo consiguió. Terminó pasando el resto de la noche en una pequeña posada, donde al fin, el cansancio acumulado de todo el día hizo que se quedara dormido.

Despertó muy temprano, después de una serie de sueños lúcidos extraños, entre los cuales recordó que Francis tenía una tía que también vivía en París. La había visto una vez que visitó Londres brevemente. No sabía su dirección, pero ¿probablemente podría buscarla? Tendría que contactar al Consorcio, tenían un ala de detectives que investigaban a los futuros socios e inversionistas. Podría pedirles que buscaran a esta tía, no sería difícil para ellos. pero sus padres se enterarían. Desechó la idea. Sorprendentemente no tenía resaca, tal vez por la cantidad de energía gastada el día anterior y estaba seguro de que no regresaría a Inglaterra, por lo menos no en los siguientes días. Decidió que se quedaría en Francia. Se levantó, se aseó un poco y regresó al edificio de departamentos. Ahí, encontró uno que estaba en renta, no era el que había dejado la madre de Francis, sino otro que estaba dos pisos abajo. Recibía en su tarjeta una cantidad de dinero mensual y con eso, pudo pagar los contratos, las rentas y algunos muebles. No acondicionó nada más. Se metió en su nuevo hogar, se recostó en el sofá de vista a la ventana y se quedó en la posición en la que estaría por los próximos meses.


Escasa luz se filtraba por las cortinas cerradas. Seguramente el día terminaría pronto. A Arthur no le importaba. Estaba en su sillón, con las luces apagadas y apenas si tenía ganas de moverse. El estómago le gruñía con hambre, pero no se levantaría, ni para encender la luz ni para buscar algo de comer. De cualquier manera, no tenía comida disponible y si no quería dar los tres pasos que lo llevaban al interruptor de luz, mucho menos saldría a buscar algo que comer. Se quedaría ahí, hasta que el sueño lo reclamara y dormirse otra vez. No sabía cuánto tiempo llevaba viviendo así, entre lapsos somnolientos en los que estaba despierto, comiendo comida chatarra, fumando cajetillas enteras de cigarros, tomando alcohol hasta perder el conocimiento y durmiendo. No hacía otra cosa, a veces, muy de vez en cuando se levantaba a dar una vuelta por el vecindario, pero era tanto su desinterés que se regresaba casi inmediatamente, ni siquiera había intentado aprender a hablar francés por lo que apenas sí podía comunicarse con los demás, así que mejor volvía solo para posarse otra vez en el sillón o en la cama. Otras veces, por las noches, encendía la computadora de segunda mano que le compró a un vecino, se pasaba horas navegando por internet, sin hacer alguna actividad específica, solo viendo videos o en juegos insulsos. Era todo lo que hacía y no pensaba cambiar. De pronto, escuchó que tocaban a la puerta. Gruñó. No pensaba abrir, quien fuera, se cansaría después de un rato y se iría. Solo que el que estaba del otro lado no se rindió, siguió llamando, hasta que Arthur se hartó y fue a abrir. Al ver a la persona que estaba en el umbral, palideció como si hubiera visto un fantasma y sin pensarlo intentó cerrar la puerta rápidamente. Pero el otro fue más rápido, y sin dejar pasar ni un segundo, colocó su pie entre el marco y la puerta para evitar que ésta cerrara. La puerta rebotó contra la nariz de Arthur, que se llevó las manos a la cara al sentir el dolor. Eso hizo que descuidara la entrada, por lo que el otro aprovechó la distracción para introducirse al departamento y cerró la puerta tras de sí.

- Fuck you – fue lo primero que dijo Arthur, con ojos llorosos por el impacto y mirándolo con desagrado. El otro buscó el interruptor más cercano y al encender la luz, miró con repugnancia el estado del departamento. El piso, las cortinas y los escasos muebles estaban llenos de polvo, había telarañas colgando de las esquinas del techo y un bote con basura apilada hasta el tope del que salían unas cuantas cucarachas. Botellas sucias y a medio tomar de diversos licores se amontonaban en un rincón. Movió la nariz con asco, al percibir el horrible olor que despedía el departamento que no había visto un trapo de limpiar o una escoba desde hace meses.

- ¡Por Dios, Arthur! ¿En serio vives así? – dijo al fin, con una mezcla de sorpresa y repulsión

- ¿Qué buscas aquí Alistair? – Contestó Arthur que se puso a la defensiva inmediatamente.

- Vine por ti.

- No me pienso ir contigo así que mejor vete. – quitó las manos de su nariz que le punzaba ligeramente y se cruzó de brazos, en una actitud completamente cerrada. Alistair no hizo caso. Se sentó en el sillón en el que su hermano menor pasaba los días y encendió un cigarro. Arthur no tuvo más remedio que seguirlo, pero se quedó de pie, recargado en la vieja chimenea que nunca estaba encendida.

- Dime, Arthur ¿cuánto tiempo piensas estar así?

- Qué te importa.

Alistair rodó los ojos pero no mostró ninguna otra expresión.

- ¿No crees que ya ha pasado suficiente tiempo? ¿Qué piensas lograr con esto? Te hemos estado permitiendo esta estupidez, pero ya no más. Ya perdiste casi un año de estudios y no puedes seguir así.

- Déjame en paz.

- ¿Crees que nos estás castigando a nosotros con esto? No, Arthur. Te estás castigando a ti. Al único que le afecta esta payasada es a ti.

- Entonces vete. Yo me hago responsable de mí mismo.

- ¡Responsable! – Alistair soltó una carcajada - ¿Esto es responsable? ¡Ni siquiera eres capaz de mantenerte limpio a ti mismo! Mírate. – lo señaló de arriba hacia abajo. Arthur no habló. No podía decir cuándo fue la última vez que tomó un baño, tal vez hace unas tres semanas. Su cabello estaba enmarañado en gruesos mechones pegados por el sudor y el polvo del cuarto. Su ropa estaba igual, se cambiaba de vez en cuando, pero se dejaba las mismas prendas por semanas. En cambio, Alistair contrastaba con el entorno. Estaba impecable, perfectamente acicalado, ni un solo pelo rebelde, ni una arruga en su ropa o una mota de polvo o tierra en sus zapatos. Arthur lo odio incluso más por eso. - ¿Cómo es que vas a continuar así? ¿Cómo piensas subsistir?

- Ese no es asunto tuyo.

- Claro que lo es. Eres mi herma…

- ¡Pff! – Arthur lo interrumpió, desdeñoso.

Alistair suspiró. Se pasó la mano por la cara mientras cerraba los ojos. Parecía estar calculando lo que diría después. Se enderezó sobre su asiento y contemplo a Arthur profundamente, como si lo viera por primera vez. Luego desvió la mirada y exhaló una profunda bocanada de humo de cigarro. Arthur no le quitó la vista de encima ni un segundo, parecía una presa cuidándose de su agresor.

- Arthur – dijo Alistair después de varios minutos – Mira – repitió – yo sé que no hemos sido los mejores hermanos…

- ¡Ja! – el menor volvió a interrumpirlo.

- También sé que nunca me he portado bien contigo, – continuó como si la interrupción no hubiera ocurrido – de hecho, ninguno de nosotros, ni Patrick ni tampoco Owen. Y no hemos sido justos contigo. Pero eso no significa que no nos interese tu bienestar. Lamento la forma en la que se dieron las cosas, pero era necesario que supieras qué clase de persona era Francis…

- Arghh – Arthur no quería seguir escuchando. Le dio la espalda a su hermano, en dirección de las pesadas cortinas cerradas. Tampoco quería hablarle, solo esperaba que ya se fuera. Los ojos se le empezaron a humedecer, pero no le iba a dar la satisfacción a Alistair de verlo tan débil. Escuchó detrás de él que Alistair se levantaba y se acercaba a él.

- Ten esto – le extendió un pequeño sobre amarillo. Arthur lo tomó sin pensarlo. Abrió el sobre, adentro había un paquete de fotos.

- ¿Qué mierda? – preguntó en voz baja. Sacó las fotos y fue viéndolas una por una. En ellas se veía a Francis, en diversas actividades: en restaurantes, afuera del teatro, de compras. En todas las fotos lo acompañaba un hombre de unos cincuenta años. - ¿qué es esto? – dijo, levantando la mirada hacia su hermano que ahora estaba enfrente de él.

- ¿Ves? Mientras tú estás aquí siendo patético y lloriqueando, el amor de tu vida se pasea en Nueva York con el dinero que le dimos y no conforme con eso, se consiguió a un viejo verde que paga todo lo que él no quiere pagar. Me dijo que usaría el dinero para estudiar un máster o algo así, pero ni eso, solo se la ha pasado de lo lindo en su nueva y glamorosa vida. ¿Y tú que has hecho? Abandonar la universidad y esconderte en este agujero horrendo solo para consumirte en alcohol y podredumbre.

- Mentiroso

- Vamos a Nueva York si quieres. Vamos justo ahora, para que lo enfrentes y así se te caiga esta venda de los ojos. Él ni siquiera te va a voltear a ver, ya consiguió lo que quería de ti y no hay nada más que le puedas dar.

La mirada de Arthur se mantuvo en una foto en particular. Francis estaba en el asiento del copiloto de un automóvil del año, le dedicaba una sonrisa cálida al hombre que ahora se encontraba en el volante. Se veía relajado, era una foto tomada seguramente durante un momento de intimidad y tranquilidad. La luz del sol le caía sobre la cara, pero al parecer eso no molestaba al francés. en cambio, le daba un aspecto iluminado como si se tratara de un ser sobrenatural. Observó confuso que el auto ni siquiera era tan lujoso comparado con el que Arthur tenía donde paseaba a Francis por Inglaterra y que había dejado en casa de sus padres hacía tantos meses. No tenía sentido lo que decía Alistair, ese hombre seguramente tenía menos que ofrecerle a Francis. - ¿Quién es este hombre?

- El director de un hospital.

- No se ve que tenga mucho dinero.

- Probablemente no tenga tanto como nosotros. Pero aun así debe de ser suficiente para Francis, si se quedó con él.

Vio nuevamente al hombre. Era bien parecido. Se comparó con él y sintió que parecía un perdedor, con su ropa sucia y su departamento miserable. Pensó que, si Francis lo viera en este momento, probablemente se reiría de él y el hombre, que al parecer era un reconocido médico también lo vería con repulsa. Recordó lo que le había dicho Francis cuando terminó con él, todo eso acerca de que Arthur no aportaba nada a la relación y que, además, ya estaba con alguien más. ¿se refería a este sujeto? Probablemente una vez que terminó su relación, fue a Nueva York a encontrarse con él, que seguramente sí le daba a Francis lo que quería. Por eso no lo encontró en París. Se sintió estúpido pensando cómo había venido él a Francia como si eso fuera a resolver sus problemas.

- ¿Por qué me trajiste esto?

- Porque es necesario que te des cuenta. Arthur. Regresa a Inglaterra.

Arthur posó su vista en un punto fijo entre el brazo de Alistair y la pared. Todavía tenía las fotos en una mano y el sobre amarillo en la otra. Una ola de inconmensurable tristeza se adueñó de él, de repente lo único que quería era quedarse solo, para que nadie más viera su deleznable estado y abrazarse a sí mismo hasta que se secara toda el agua que tenía adentro.

- No. – fue su respuesta.

- ¿Por qué no quieres regresar? – preguntó Alistair suavemente – Déjanos ayudar. Déjame ayudarte.

- ¡Para lo qué me ha servido tu ayuda! ¡Nada de esto estaría pasando si no te hubieras inmiscuido!

- No puedes ir por la vida culpando a los demás de tus desgracias.

- ¡Pero sí es culpa de todos ustedes! Se entrometieron en mi vida y lo echaron todo a perder. Yo no lo pedí, yo no lo necesitaba.

- ¡Él fue el que tomó la decisión! Francis fue el que tomó el dinero y te dejó. Yo solo quería ver si sus intenciones eran claras.

- ¿Y a ti qué te importaba si eran claras? Era mi relación y ustedes la destruyeron.

- Fui yo Arthur – admitió Alistair con gravedad – la idea de hablar con Francis fue solo mía. Escuché a nuestros padres hablar un día, papá decía que no le gustaba tu relación. Pensaban que Francis te dejaría un día y que tú estabas demasiado ilusionado. Pero nunca dijeron que quisieran intervenir. Mamá y Owen no tuvieron nada que ver con esto, es más, ellos ni siquiera lo sabían. Deja de culparlos y echarles encima esta carga.

- ¿Y Patrick?

- A él le comenté mis planes. No estuvo de acuerdo, pero tampoco me dijo que no lo hiciera. Creo que quería ver también la reacción de Francis. Fue mi error. Lo admito, no debí de hacerlo. Pero como ya te dije, Francis tomó el dinero. No lo obligué a hacerlo.

Alistair se pasó una de las manos por el cabello. Su mirada estaba llena de resignación y culpa. Luego soltó un suspiro. Intentó calmarse cerrando los ojos y tratando de controlar su respiración.

- ¿Qué vas a hacer entonces? – pregutó Alistair después de unos minutos - No tienes trabajo, ni carrera y estoy seguro de que el dinero también se te está acabando.

- No es asunto tuyo.

- Arthur ¡ya basta! Suficiente de esto.

- ¿Cómo me encontraste?

- No es que te estuvieras escondiendo. Hace meses que sabíamos que estabas aquí. Pero papá dijo que te dejáramos en paz, que eventualmente regresarías y que seguramente necesitabas tiempo para asimilar todo. Sin embargo, ya ha pasado mucho tiempo y sigues igual, ya ni siquiera te pareces a ti mismo. – lo miró otra vez de arriba abajo. – también dijo que te va a restringir tu renta mensual y cancelar tus tarjetas si continúas viviendo aquí, de manera de que tendrás que vértelas por ti mismo.

Arthur abrió un poco los ojos al escuchar eso. Luego se encogió de hombros dando a entender que no le importaba.

- ¿Qué has hecho todo este tiempo? Se supone que ibas a escribir un libro ¿no? ¿Cómo vas con eso? – Alistair fijó su mirada en la laptop vieja que estaba en la mesa del sillón.

Arthur desvió la mirada. No dijo nada. Cuando rentó este departamento, le dijo al casero que estaba buscando un poco de soledad para empezar a escribir una novela. No se sorprendió de que Alistair supiera eso. Pero ese deseo se había esfumado casi al mismo tiempo que recibió las llaves de entrada y no volvió a escribir más.

- Me lo imaginé – dijo Alistair al no recibir respuesta de su hermano. – Vámonos ya. Toma tus cosas, nos vamos inmediatamente a Londres.

- Ya te dije que no voy a regresar. Haz lo que te plazca. Quédate o vete, me da igual, pero yo me quedo aquí.

Alistair suspiró otra vez, profundamente. Ya había terminado su cigarro hace varios minutos y dejó la colilla que aún tenía en la mano en un cenicero cercano que estaba a rebosar. Finalmente pareció entender que no iba a lograr nada.

- Esta bien. Me voy. Pero no descansaré hasta tenerte de regreso en casa. No voy a dejar que te consumas así.

- Lo que digas – contestó Arthur con indiferencia cerrando los brazos otra vez.

En los días siguientes, Arthur vivió en una tensa calma. Alistair no regresó y no sabía que sentir al respecto. Una parte de él estaba aliviada de que lo dejaran en paz, pero la otra, que era cada vez mas grande, sentía una profunda tristeza al ver que su familia realmente no estaba tan interesada en él. Había sentido algo de satisfacción al recibir a Alistair el otro día, como si por fin se diera cuenta que tenía un hermano perdido que necesitaba desesperadamente ayuda, y que no la buscaría por su cuenta porque ni siquiera sabía cómo. Los días se volvieron semanas, lo que hizo que Arthur se volviera aun mas solitario y lleno de amargura. Se alegró ligeramente luego de unas tres semanas, cuando la que lo fue a visitar fue su madre. Si Arthur tenía una escasa comunicación con sus hermanos, la relación que tenía con sus padres era casi inexistente. A pesar de que en su infancia veía a su madre casi diario, no fue ella la que lo crio, dejando esa tarea a múltiples nanas y tutoras. Los padres de Arthur se limitaban a comprarle regalos a sus hijos y a darles dinero, pero rara vez se acercaron a ellos para revisar sus necesidades. Por eso, cuando su madre lo fue a buscar, no supo cómo acercarse a su hijo. Se sentó al lado de él a pedirle de muchas maneras que regresara a casa, siendo su mayor argumento el hecho de que estaba dañando su reputación y que la familia era suficientemente respetada como para tener un hijo pródigo. No hubo forma de convencer al hijo menor. Al igual que Alistair, se marchó con la promesa de que regresaría, pero no fue así. Fue hasta días después cuando llegó su nana más querida que Arthur por fin se derrumbó.

La mujer que realmente se había preocupado por él mientras crecía, que se ponía de su lado cuando sus hermanos se coludían entre ellos para molestarlo, la que lo mimaba, lo abrazaba y le cantaba, iba a todos lados con él, al cine, al parque, a pasear y otras incluso se saltaba las órdenes de la ama de llaves y lo llevaba con ella a comprar despensa o a hacer mandados, la única persona de todos los que vivían en la enorme casa de sus padres con la que Arthur se sentía en plena confianza. Arthur se quedó boquiabierto cuando la vio en el portal del departamento. Sus pensamientos se quedaron en blanco y se hizo suavemente a un lado para dejarla pasar. Se sintió sonrojar, abochornado por su propio estado: el día anterior se había bebido trago tras otro de una botella de whisky hasta que se desmayó por el exceso y ahora estaba sufriendo las consecuencias de ese acto, sabía que se veía miserable y se sentía indigno de recibir a su nana estando así. Ella no dijo nada al respecto. Se sentó en el mismo lugar en el que se había sentado Alistair y Arthur se colocó al lado de ella. Se mostró avergonzado de no tener ni un vaso de agua que ofrecerle, pero ella dijo que no era necesario. Tomo las manos de él entre las suyas, dándole suaves masajes con su dedo pulgar, no dijeron nada por un rato hasta que Arthur ya no pudo más y la rodeó fuertemente con sus brazos, colocando su cabeza en su hombro y se soltó a llorar, fue como si una llave que llevaba meses atrofiada por fin se había abierto. No supo cuanto tiempo estuvo así, cuando terminó, la nana todavía lo seguía abrazando, dándole masajes en la espalda y susurrando dulces palabras. Arthur le contó todo, le dijo que el problema no era solamente que Alistair hubiera interferido ni que Francis hubiera tomado el dinero, sino como se sentía abandonado y traicionado, como si no tuviera a nadie, que esperaba que sus padres y hermanos al menos fueran empáticos, pero nadie se puso de su lado, solo había recibido regaños, y burlas de parte de ellos, y así había sido toda su vida, que creía que sus indiferencias no lo afectaban pero no era así y lo único que esperaba era recibir un poco de validación en lugar de sus miradas de lástima, que para él esto no había sido un juego sino una realidad pero su familia solo lo trataba como si fuera un niño malcriado haciendo berrinches. Se lamentó por horas por su situación, hasta que ya no le quedaron mas palabras y sentía la boca seca de tanto hablar, no había hablado esta cantidad de palabras con nadie en meses. Ella lo escuchó pacientemente, con una expresión neutra sus palabras y sorpresivamente, no le costó mucho trabajo el convencerlo de volver a Inglaterra. Le dijo que no lo molestarían más si él así lo decidía, pero que su familia lo quería tener cerca por que, aunque no lo manifestaran, sí lo amaban y se preocupaban por él.

Arthur regresó, pero no a Londres, sino directamente a Cambridge tras perder un año de estudios. Se instaló nuevamente en el piso en el que vivía, su padre, el respetable Alexander Kirkland se encargó personalmente de hacer que lo admitieran nuevamente para poder recuperar su año perdido. Arthur tenía interés en que todo volviera a ser como antes, sí lo intentó, pero no fue fácil. Esos meses de aislamiento habían dejado mella en él, le costó mucho trabajo volver a convivir y el estar rodeado de gente le causaba grandes ataques de ansiedad. No entendía como antes podía devorar grandes libros de negocios para exámenes y trabajos y ahora era incapaz de leer una sola hoja sin distraerse y querer regresar a hacerse un ovillo en el sillón y dormirse. Al final, descubrió que la única forma que tenía para soportar el peso de la vida universitaria era consumiendo alcohol. Comenzó tomando un poco en las noches más pesadas y luego otro tanto más cuando tenía que salir a algún evento social. Fue escalando rápidamente hasta que ya no podía pasar ni un día sin tomar varios tragos. Conoció a algunas personas que vivían igual que él, los cuales se volvieron sus nuevos mejores amigos y compañeros de borracheras. Sin proponérselo, dejó de prestar atención a sus clases, de entregar sus trabajos, de asistir a la escuela y ni siquiera se enteró de cuándo tenía que presentar exámenes. Esta vez fue su padre quien, al ver que perdería nuevamente el curso, lo sacó de ahí, se lo llevó a Londres y luego de más pleitos y pataletas, lo metió en una clínica de rehabilitación en donde pasó otro par de años entre terapias y medicamentos controlados para dejar de tomar y controlar sus niveles de ansiedad.

Y eso fue lo que lo ayudó a salir, por fin, de ese abismo en el que se había metido. Vio desde un punto de vista externo todo lo que había pasado, hizo introspección hacia sus propios sentimientos, aprendió de sus errores y de como en realidad muchos no tenían la culpa directa de sus circunstancias. Por insistencia de su nana, volvió a hablar con su familia, pero solo se sintió cómodo cuando estaba con su madre y a veces con Owen, siendo éste el hermano que menos lo juzgaba o regañaba. A Alistair y a Patrick no les hablaba a menos que fuera necesario. Sintió que no los conocía y, como cada uno de ellos ya vivía en sus propias casas, con sus familias, se fueron alejando hasta que sus únicas interacciones eran en las fiestas de Navidad y en uno que otro evento del Consorcio, solo para ponerse un poco al día y luego no hablar más. Con su padre todo siguió igual, con secos diálogos en los que hablaban de vez en cuando y ya, el hombre no tenía intenciones de cambiar la forma en la que había sido con sus hijos así que Arthur aprendió a no buscarlo si no había nada que decirle.


Parte de la rehabilitación consistió en terapias de grupo en donde se reunía con gente con problemas mas o menos parecidos. Ahí conoció a una mujer, tres años más joven que él, morena y de larguísimo pelo negro que generalmente peinaba en dos coletas. No le cayó bien. Era ruidosa y demasiado extrovertida y él, que apenas sí podía mantener una conversación con un par de personas calmadas y serias, no tenía aun la capacidad de llevar el ritmo de ella, que iba rápido a todos lados, nunca dejaba de hablar, cantaba y bailaba por todos los rincones del centro de rehabilitación. Ella no estaba internada y Arthur no sabía qué hacía ahí. Fue hasta que coincidió con ella en la terapia que se enteró que la chica tenía depresión. Casi se le vuela la mente a Arthur. ¿Esta chica, tan alegre, tenía depresión? Increíble. Eso le sirvió para entender que no se debe de juzgar a las personas. Pero no ayudó en llevarse bien con ella, era demasiado sociable para él. Pero verla se volvió parte de su rutina. Se formó un pequeño grupo de apoyo en donde los dos coincidían la mayor parte del tiempo así que para él se volvió común verla, aunque lo cansaba tanto que solo le hablaba cuando era necesario.

Al terminar su rehabilitación y dejar la clínica regresó ahora sí, por última vez a la universidad. Creyó conveniente seguir asistiendo a terapia, descubrió que eso era lo que mas le había ayudado y de manera que buscó otro psicólogo en la ciudad de Cambridge. Se sentía limpio y sano, como si hubiera atravesado un umbral de paz. Fue mucho menos difícil concluir sus estudios esta vez.

Como era de esperarse, al terminar la universidad y una vez de regreso a la sociedad, tuvo que asistir a los tantos eventos sociales organizados por Elton, siendo el primero, un desayuno caritativo. Ya no tenía más la excusa de miles de tareas escolares para no ir y al ser la primera vez fuera de incómodo pero seguro ambiente familiar, tenía miedo de volver a sentir los viejos ataques de ansiedad al estar rodeado de tanta gente desconocida y con la que era importante quedar bien. Le costó mucho convencerse de no tocar las copas de champaña y otros licores que se ofrecían así que se quedó en la periferia, observando. Sabía que tenía que socializar, pero aún estaba receloso y no sabía qué sería mas patético: si quedarse ahí escondido en la pared hasta que terminara la fiesta o pegarse como lapa a alguno de sus hermanos para usarlo como escudo social. Mientras repasaba sus opciones, vio una cara conocida cerca de la mesa de canapés y la cara se le iluminó ligeramente. Ahí estaba su salvación. La chica extrovertida de rehabilitación estaba ahí. Sin darse tiempo a pensarlo dos veces, se acercó a ella.

- ¿Michelle?

La chica que estaba mordiendo un canapé lo volteó a ver. Se cubrió la boca con la mano mientras masticaba y abrió muy grandes los ojos cuando lo reconoció. Terminó su bocadillo.

- ¡Arthur! – dijo alegremente - ¿qué haces aquí?

- Mi familia organizó este desayuno.

- ¿Tu familia? Oh, no me digas que eres un Kirkland – dijo ella rodando los ojos.

- Sí, es mi apellido.

- ¡Nunca lo supe!

- Preferí no decirlo.

- Wow – Michelle volteó a ver alrededor de la fiesta – Quedó muy bien. Tú familia sí que sabe hacer fiestas.

- Ya se que es aburrida. No tienes que fingir.

- Jajaja – ella rio – admito que es un poco lenta, pero es un desayuno caritativo. No esperaba shots de tequila ni bailarines exóticos.

- Umhh, tal vez eso le daría más chispa a la fiesta. Puedo preguntarte ¿quién eres? Es decir, ¿cuál es tu empresa? – Arthur se sintió un poco tonto al escucharse. Michelle rio ligeramente.

- Mi padre es socio mayoritario de los hoteles Vidot Inn.

- ¿En serio?

- Sí. Me siento bastante halagada de estar aquí – dijo, tomando una copa de champaña. - ¿no vas a beber?

- No desde que salí de rehabilitación. ¿Nunca habías venido a nuestros eventos caritativos?

- No, es la primera vez que vengo a una de las exclusivas reuniones del Consorcio Elton.

Arthur consideró esto. Los hoteles Vidot Inn eran nuevos prácticamente. Sabía que en el oriente de África tenían más de una década existiendo, y en Inglaterra solo había unos cuantos y tenían pocos años. Pero manejaban una cantidad de dinero suficiente como para ser invitados a este evento al parecer, por primera vez.

- Pues bienvenida. – Sonrió - Espero que lo disfrutes.

Comenzaron a platicar. Aunque sabía que en otras circunstancias no le hubiera hablado, se sentía aliviado de haberla encontrado ahí y tener alguien conocido con quien pasar el rato. No se dio cuenta de que, cerca de ellos, Alistair y Patrick observaban el intercambio, sonriendo al ver que Arthur por fin volvía a salir de su caparazón.

Con el tiempo se fue haciendo mas cercano a Michelle. Resultó que tenían más cosas en común de las esperadas y podían hablar horas de mil cosas que les gustaban. Jugaban a pelearse y se divertían mientras buscaban formas de hacer que el otro se contentara. Arthur le confesó la razón por la que estuvo en rehabilitación y le contó la historia del horrible exnovio malagradecido que lo había dejado porque Alistair le dio dinero y que eso fue la gota que derramó el vaso y desencadenó una serie de malos hábitos y ansiedad. Michelle, por su parte, le dijo que había caído en depresión al descubrir que no podía tener mas hijos y que, ella le gustaba la idea de casarse y formar una familia y ahora tenía miedo de no poder ni siquiera casarse al no ser capaz de concebir por su cuenta.

Tal como era típico en su familia, las prácticas profesionales de la universidad, las hizo en Elton, pero no se sentía plenamente a gusto ahí. Quería otra cosa. No pensaba en cometer locuras, no haría nada demasiado diferente a lo que ya había estudiado y lo que conocía, pero tenía la necesidad de dejar de depender tanto de los Kirkland. La oportunidad llegó de la mano de su nueva amiga. Ella le preguntó, en medio de una plática casual si conocía a algún becario o estudiante joven para trabajar en el área de finanzas de Vidot. Tenían algunas vacantes abiertas y necesitaban cubrirlas. Arthur le dijo que le preguntaría a sus excompañeros, pero no lo hizo. Luego de pensarlo durante algunas horas, se convenció a si mismo de que esa era la oportunidad que buscaba para salirse de Elton y se postuló. Obviamente, ni en Vidot ni en ninguna otra empresa despreciarían a un Kirkland que quisiera trabajar con ellos y lo aceptaron de inmediato. Así fue como empezó su carrera en el negocio hotelero, tan desconocido para él y una relación mucho mas formal con la heredera.

Algunos Kirkland no estaban del todo contentos con la decisión de Arthur de dejar el consorcio, sin embargo, Owen, cansado de las intromisiones sin sentido de la familia, los convenció de que esta vez, Arthur merecía libertad de decidir. Alistair estuvo de acuerdo con su hermano, mencionando también que probablemente esto terminaría en una buena noticia para todos.

Y con alegría, vieron que esto había sido verdad. Arthur se acostumbró tanto a la presencia de Michelle, que era común verlos juntos todo el tiempo, en las oficinas del hotel y en otras actividades de recreación. Empezaron su relación de forma muy discreta, sin decirle a nadie, pero no duró mucho tiempo. Michelle era muy extrovertida y no guardaría un secreto así. De manera que convenció a Arthur de hacer pública su relación lo que hizo que los Kirkland se sintieran maravillados ante la idea y los colmaron de todo tipo de muestras de apoyo de parte de ellos.

Luego de un par de meses, Arthur descubrió que ya no quería tener más novios o novias ni relaciones románticas. Sabía que no estaba perdidamente enamorado de Michelle, pero ella no disimulaba que sí lo estaba de él y consideró que sería pertinente sellar esa relación. Durante el tiempo que llevaban juntos, ella se había convertido en su ancla, la que lo mantenía sereno, no lo juzgaba por sus decisiones en el pasado y le proporcionaba muchísima estabilidad emocional. Además, se llevaban bien, sus peleas eran divertidas y hacían un buen equipo trabajando juntos. Era lo mejor que podía conseguir, no quería gastarse la vida buscando su amor ideal cuando ya tenía una relación sólida con alguien que lo trataba bien. La cereza del pastel fue considerar que realmente, le gustaba la vista que tenía cuando la veía caminar. Así que le propuso matrimonio. Ella aceptó emocionada.

Nunca le dijeron a sus respectivas familias que se habían conocido en rehabilitación. Ellos creían que se conocieron en el desayuno y Arthur estaba bien con eso.