- De manera que te conformaste con Michelle – dijo Francis al escuchar la historia de Arthur.

- Si quieres verlo así – Arthur tomó un sorbo de una de las botellas de agua que el hotel ofrecía como cortesía a los huéspedes y que había abierto mientras hablaba con Francis. - Pero tú te estás conformado con André así que no puedes hablar. Y Michelle es una excelente esposa.

Francis iba a protestar cuando pensó que no valía la pena pelear por eso. No había reflexionado mucho sobre su relación con André con el pretexto de que apenas llevaban unos meses saliendo, pero internamente sabía que no lo hacía porque le daba miedo revelar sus verdaderos sentimientos y darse cuenta de que realmente no quería tanto a André. Dejaron pasar unos segundos de silencio, cuando el celular de Francis sonó. Luego de atender la llamada se dirigió a Arthur.

- Era André. Dice que ya resolvió el asunto en el club y que ya viene para acá.

- ¿Está todo bien?

- Parece que sí. Se escuchaba tranquilo.

- Me alegro. Creo que es mejor que me vaya. – Se levantó para retirarse. Francis lo siguió.

- Arthur, espera.

- ¿Sí? – Arthur se detuvo, esperando interrogante.

Francis no supo exactamente qué fue lo que lo obligó a retenerlo. Era como si algo lo estuviera persuadiendo a no dejar que se fuera, pero en realidad no encontró una razón para no dejarle ir. Ni siquiera sabía que decirle. Arthur no se movió. Se miraron unos instantes hasta que, en un impulso, Francis lo atrajo hacía sí y le rodeo con sus brazos para darle un fuerte abrazo. Sintió que Arthur se paralizó, pero al parecer, recobró el sentido rápidamente y respondió el abrazo. Francis escondió su cara en el hombro de Arthur y cerró los ojos, inhalando su esencia y añorando algo que ya no podía tener. Fue mucha, muchísima la fuerza de voluntad la que tuvo que conjurar para no besarlo en ese momento. Arthur fue mas racional. Se liberó del abrazó de Francis después de solo unos segundos.

- Creo – el inglés carraspeó – creo que mejor me voy.

- Gracias. Por las frutas y por todo lo demás. – contestó Francis al final.

Arthur asintió con la cabeza y salió. Francis se quedó un rato viendo la puerta cerrada, con la mente en blanco. Luego se dejó caer en el sillón, regañándose a sí mismo por la estupidez que acababa de hacer ¿cómo se le ocurrió? Escondió su cabeza entre las manos sin dejar de recriminarse. Luego se enderezó, se prometió que no lo volvería a hacer y se levantó para prepararse para recibir a André, su verdadera pareja. Arthur dejó en la mesita su botella de agua ya vacía, con la colilla del cigarro apagada adentro de ella. Francis la tomó para tirarla a la basura cuando escuchó que se abría la puerta, esta vez era André el que entraba. Francis lo recibió con otro abrazo y un beso, que esta vez sí fueron bien recibidos.

- Huele a cigarro aquí – dijo André una vez que se sentó en el mismo espacio que había ocupado Arthur minutos antes.

- He estado fumando – explicó Francis – Por la preocupación – le mostró la botella con la colilla adentro.

- Nunca te había visto fumar.

- Lo dejé hace años. Pero a veces lo vuelvo a hacer cuando me estreso demasiado.

- Ya veo – André estaba muy serio – ¿Y esa canasta? – preguntó al reparar en el regalo de frutas que estaba en el comedorcito.

- La trajo un mozo. Dijo que era cortesía del hotel.

- Qué amables. Creo que habrá que agradecerle a Michelle estas atenciones.

- Es buena idea.

- Vi a Arthur en el pasillo de abajo, saliendo de la puerta del elevador.

- ¿Lo saludaste?

- Iba caminando muy rápido. No me vio. ¿Tú no lo has visto?

- No. He estado aquí todo el día. Respondiendo mensajes y llamadas, hay mucha gente preocupada por el huracán ¿Por qué preguntas?

- Curiosidad – contestó André, impasible.

No dijeron nada más y André se limitó a mirar alrededor de la habitación. El silencio se percibía algo tenso y Francis no quería saber por qué.

- Qué extraño que no se haya activado la alarma antiincendios con el humo del cigarro – dijo André, posando su vista en la alarma circular en el techo.

- Creo que fue porque no llegó el humo hasta arriba. – En realidad era porque Arthur tenía un control, que desactivo la alarma cuando encendió su cigarro. Ni él ni Francis recordaron activarla nuevamente - ¿Crees que debamos reportarla?

- Sería darles demasiadas molestias. Solo ya no vuelvas a fumar, por favor.

Francis aceptó. Ahora sí, tiró la botella a la basura y le preguntó a André acerca de sus diligencias en el club.


Arthur se movió rápido entre los pasillos y los ascensores del hotel hasta llegar casi corriendo a su oficina. Ahí se encerró y se sentó en la silla de su escritorio con los dedos índices apoyadas en su mentón. Tenía ganas de encender otro cigarro y pensó como estaba fumando otra vez, consistentemente desde que regresó Francis a su vida. Antes solo fumaba una o dos veces por semana, una misma cajetilla de cigarros le duraba para bastantes días, a veces hasta la tiraba a la basura con algunos cigarros enteros que ya estaban rancios. Ahora fumaba casi diario, a veces hasta tres o cuatro veces al día. Michelle todavía no le decía nada, pero probablemente lo haría pronto si seguía así. No pensaba regresar a fumar cajetillas enteras diario así que se contuvo, respirando profundamente.

Se recargó en el respaldo de su asiento. Recapituló todo lo que había hablado con Francis. Así que todo esto había sido culpa de Alistair. No le sorprendió. Lo que sí lo molesto e incluso le dolió fue que Alistair usó el tipo de relación que tenían como argumento. Tal vez lo mejor era no haberse enterado de eso. ¿De qué le servía ahora saber la verdad? ¿Qué haría con esa información? No iba a dejar a Michelle por Francis, de eso estaba seguro. Podría ir a Escocia a enfrentar a Alistair. Se imaginó llegando a Glasgow, a la casa de su hermano, pateando la puerta y rompiéndole la nariz de un golpe. Se lo merecía. Considero que nunca había visitado a su hermano en Escocia y ni siquiera conocía su dirección. Aunque tal vez Alistair sí le había hecho un favor. ¿Qué era de Francis actualmente? No era exitoso, su boutique era en realidad pequeña. Probablemente vivía al día y con suerte contaba solo con un pequeño fondo de emergencia. Nada que ver con el estilo de vida que Arthur acostumbraba. Quién sabe si se hubiera atrevido a bajarse a vivir a ese nivel. Pero estaba seguro de que en su juventud lo habría hecho, sin dudarlo. Y tal vez, de seguir juntos, ahora estaría resentido con Francis y consigo mismo por vivir así. O quizá no. Quizá con sus influencias y el trabajo duro de ambos, la boutique hubiera progresado más. A su mente llegó el recuerdo de él paseando con Francis en los muelles de Portishead, tomados de la mano y viendo los barcos navegar, mientras hacían planes para el futuro viviendo juntos, con Francis y su línea de moda y Arthur con sus inversiones. Cerró los ojos con fuerza y apretó la mandíbula al sentir que sus ojos se humedecían. No lloraría. Se levantó. No necesitaba otro cigarro. Necesitaba una botella entera de whisky.


- Arthur, ya es mas de medianoche ¿no vas a venir a la cama?

Arthur medio escuchó a Michelle. Estaba sentado en su escritorio, revisando gráficas y estadísticas y no había reparado en la hora.

- Ahora voy, amor – dijo luego de asimilar lo que había dicho su esposa – solo quiero terminar ese análisis.

- ¿Qué tanto estás haciendo? – Ella se acercó a ver la pantalla de la computadora y el montón de papeles extendidos sobre el escritorio.

- Estoy intentando cuadrar los balances de los dos trimestres anteriores. Algo ha pasado que las cantidades no coinciden y tengo que encontrar qué es.

- ¿Y lo tienes que hacer justo ahora?

- Sí. Es para la junta con la asamblea de socios.

- ¡Pero para la junta falta mas de una semana! ¡Tienes suficiente tiempo!

- No deseo que se acumulen los pendientes.

- Eso lo pueden hacer mañana, entre todo el equipo de finanzas – insistió ella.

- Pero lo quiero terminar yo. Por favor, déjame hacerlo.

Ella parecía querer decir otra cosa, pero luego de dudarlo un rato, se fue. Arthur se quedó ahí, frustrado y empezando a sentirse molesto. Apretó los puños fuertemente, agradeciendo que Michelle se hubiera ido, no quería gritarle ni ser grosero con ella, pero tampoco le gustaba su reciente insistencia en cuestionarle sus hábitos de trabajo. Sí, estaba trabajando mas de lo acostumbrado, que ya era bastante desde antes ¿y qué? No le hacía daño a nadie, al contrario, todo estaba listo en tiempo y forma. Y si seguía trabajando a ese ritmo probablemente terminarían el año con mejores números que los últimos años. Era un beneficio para todos. Y fue lo único que pudo hacer para evitar seguir pensando en Francis y mitigar las ganas que tenía de salir corriendo a la licorería mas cercana para acabarse de un trago todas las botellas. Si trabajaba hasta el límite, al final del día estaba tan cansado que no tenía energías para hacer nada más. Con esto en mente, regresó a sus reportes. Dos horas después, con la cabeza empezando a divagar por el agotamiento, se fue a dormir, pero no fue por mucho tiempo. Todavía no salía el sol, cuando, con cuidado de no despertar a Michelle, se levantó, se dio un baño rápido y tras preparar una taza de té, tomó su montón de papeles y su laptop y bajó a su oficina, donde se pasó todo el día analizando más reportes y documentos de Excel.

Luego de semanas, trabajando en exceso, durmiendo un par de horas diarias y a medio comer, sus pensamientos estaban abotargados, solo conseguía pensar en números, gráficas y reportes, pero sentía divagar, como si estuviera separándose de sí mismo, viéndolo todo desde el exterior. Había ratos en los que su visión se llenaba de manchas borrosas con lo que llegó a la conclusión de que estaba ya el borde del cansancio. Pero eso no fue impedimento para seguir trabajando, simplemente se detenía a ratos para descansar, para luego continuar con sus tareas.

- Arthur, esto ya no puede seguir así. – sentenció Michelle, luego de ver a su esposo cada vez mas pálido y ojeroso.

- No sé de qué hablas – Arthur contestó. Luego de mucha insistencia, Michelle lo había convencido esa mañana de salir a comer juntos.

- ¿Es en serio? – dijo ella incrédula, al ver que Arthur se disponía a salir con su portafolios en la mano.

- ¿Qué?

- ¿Vas a ponerte a trabajar mientras estemos comiendo?

- ¿Qué tiene de malo?

- ¡Qué has estado trabando mil horas diarias! Arthur, se supone que vamos a salir para despejarnos, no para trabajar aún más. Y quiero platicar, quiero estar contigo.

- Pero hay que terminar esta documentación.

- La documentación puede esperar dos horas.

Arthur quería protestar. Lo pensó mejor y regresó al escritorio, para dejar el portafolios. Michelle lo siguió hasta ahí.

- Arthur, ¿qué pasa?

- ¿Qué pasa de qué? – Arthur no quería escuchar esa pregunta. Estaba de espaldas a ella, sintiendo su mirada interrogante sobre él. Prefirió evitar verla así que se distrajo sacando una por una las hojas del portafolios.

- ¿Por qué has estado tan distante últimamente?

- No he estado distante. Estoy aquí, contigo ¿no?

- Sabes a lo que me refiero.

- No, Michelle. No lo sé.

Michelle no dijo nada. Se acercó al escritorio donde estaba Arthur hasta quedar del otro lado de la mesa y tomó suavemente una de sus manos con la suya. Por un instante, él tuvo el impulso de soltar su mano, pero lo evitó. Levantó su mirada hacia la de ella que lo veía fijamente, con mucha preocupación y sintió una ligera molestia.

- Arthur – comenzó ella, pero no dijo nada después. Él evitó contestar y desvió nuevamente la mirada – Por favor, - dijo Michelle después de unos segundos – dime qué pasa.

- No pasa nada – suspiro él, cuidando mucho el tono de sus palabras.

- Has cambiado en estos días.

- No lo creo.

- Ya casi no quieres que estemos juntos.

- ¿Qué? ¡Claro que no! Michelle, es simplemente el trabajo. Se ha acumulado estos días ¿Por qué no lo quieres ver?

- Porque yo también trabajo aquí. Y sé perfectamente que no es necesario que trabajes así.

- Claro, porque alguien tiene que sacar el trabajo. Mientras tú vas por ahí perdiendo el tiempo, yo tengo que terminar todos los pendientes. – Arthur supo que se estaba poniendo a la defensiva, pero tenía que justificarse. Se sentó en su silla, desafiando a Michelle, pero ella no mordió ese anzuelo. En cambio, rodeó el escritorio, hasta quedar de pie, a poco espacio enfrente de él, de pie y con los brazos cruzados.

- Te has estado portando así de extraño desde que te enteraste de que veríamos a tus hermanos en navidad, pero no creo que sea para tanto.

- ¡¿Qué?! Mis hermanos no tienen nada que ver. – Comenzó a defenderse.

- ¡Claro que sí! Solo que tú estás en una especie de negación.

- N… - empezó a protestar.

- Si quieres, no me digas. – Lo interrumpió ella - Si no quieres hacerlo ahora, pero por favor, ya no sigas así – Michelle abrió los ojos al pensar en una idea - ¿Qué te parece si nos alejamos del hotel unos días? Podemos irnos de vacaciones y relajarnos. Has trabajado tanto, que creo que incluso podemos irnos un mes o dos y al regresar ni siquiera tendríamos pendientes.

- No lo sé.

- Me debes una salida – intentó persuadirlo - ¿Qué tal si vamos a París?

Arthur hizo una mueca de disgusto al escuchar eso.

- Arghh no. No quiero ir a París. – frunció el ceño ante tal proposición.

- ¿A dónde quieres ir?

Arthur abrió la boca para decirle que no quería ir a ningún lado, pero prefirió no hacerlo. Se pasó la mano por la cara y levantó la vista hacia su esposa, que lo veía expectante y se sintió estúpido, por perder el tiempo sufriendo por cosas del pasado y desgastándose por cosas que ya no tenían valor cuando tenía aquí, enfrente de él a esta mujer que se esforzaba tanto por hacer funcionar su relación.

- No lo sé – empezó a considerar - ¿A Japón?

- ¿Japón? – Michlle ladeó la cabeza ligeramente. - ¿Por qué Japón?

- Se me ocurrió. No quiero ir a Europa. Y Alfred se la pasó muy bien cuando fue.

- Vamos a Japón entonces. Es buena idea.

Arthur se sintió aliviado. Después, con un impulso, se inclinó en la silla, estirando el brazo hasta tocar a Michelle. Con suavidad, pero firmemente, la jaló hacia él a lo que ella dio un pequeño grito de sorpresa, pero se dejó manipular. Terminó sentada en el regazo de él, mientras los brazos de Arthur la rodeaban. No dejaría que esta relación terminara, Michelle era lo único que lo mantenía cuerdo en este camino sin sentido que era su vida.


- Se inscribieron muchas personas al maratón – le comentó André a Francis. Se encontraban en la oficina de André, en el club deportivo. Francis le ayudaba con los preparativos para un maratón organizado por el club.

- Era de esperarse, hiciste muy buena publicidad – sonrío Francis – qué extraño que Michelle no se haya inscrito, se veía muy interesada cuando le platiqué – dijo, encogiéndose de hombros.

- La vi hoy. Dijo que ella y Arthur van a salir de vacaciones.

- No me había comentado – Francis creyó usar un tono monótono para hablar.

- No es necesario que te veas tan desilusionado. Deberías de disimular, al menos cuando estés conmigo. – El tono de André se volvió un poco frío.

- ¿Perdón? – Francis detuvo el lápiz con el que estaba señalando el recorrido que haría el maratón para mirar a André.

- Lo que oíste – dijo éste, viéndolo fijamente y levantándose, muy lento de su asiento.

- ¿De qué hablas?

- De que podrías ser mas discreto. No puedes evitar que tus ojitos sigan a Arthur cada vez que lo ves – los ojos de André lo desafiaban.

- ¿Qué? – Francis se sintió enrojecer.

- No te hagas el tonto. Los he visto. Llevan meses coqueteándose y creyéndose muy listos – André plantó sus palmas en los brazos de la silla de Francis y se inclinó hacia él. Francis no pudo evitar sentirse intimidado, André era mas alto que él y tenía mas fuerza debido a la cantidad de ejercicio que hacía.

- No… no es cierto – tragó saliva.

- Ah, ¿no? ¿Entonces quién te llevó la canasta de frutas al hotel cuando nos quedamos por el huracán?

- Te dije que había sido un mozo.

- No mientas. Se me ocurrió agradecerle a Michelle el gesto de regalarnos la fruta y me dijo que había sido idea de Arthur y que él mismo la había llevado personalmente. ¿Qué tienes que decir a eso? – André se enderezó y se alejó de él. Francis lo siguió.

- Mira, ese día estaba muy estresado. Tal vez fue Arthur, pero ni me fijé. No le di importancia. No sabía que había sido tan importante para ti.

- ¿Cuánto tiempo estuvo en la habitación?

- No lo sé, solo unos minutos ¿qué importa?

- En primer lugar, ¿por qué te invitó a pasar las lluvias en su hotel? – dijo, cruzándose de brazos y recargándose en la pared. Francis se plantó enfrente de él, tratando de conciliar.

- Nos invitó a los dos. Y no solo a nosotros, también invitó a más personas, ¿lo olvidaste?

- Casualmente, al único al que le habló Arthur fue a ti. Los demás fueron contactados por asistentes.

- ¿Cómo sabes eso? – Francis estaba atónito.

- He estado investigando. No me gusta que me quieran ver la cara.

Francis no podía creer lo que estaba escuchando.

- Entre Arthur y yo no hay nada. Se te olvida que él esta casado y fue la misma Michelle la que te confirmó que todo fue idea de él. ¿Crees que, si Arthur y yo nos viéramos, como tú sugieres, él le hubiera platicado eso a Michelle tan casualmente? Se lo hubiera escondido también ¿no?

- Ay, pobre Michelle, está tan tontamente enamorada de Arthur que hasta duele verla. Estoy seguro de que, si los viera revolcándose en su cama, se iría para no incomodar a su esposo y luego ella le pediría perdón por interrumpir.

Francis se sintió enrojecer ante tal afirmación, pero no supo si era vergüenza, enojo o frustración por lo que se le decía.

- Arthur es heterosexual – fue lo único que atinó a decir.

André soltó una carcajada.

- ¡Claro que no! Ni él puede disimular eso.

- Como sea, no importa. No nos vemos a escondidas.

- Demuéstralo – retó André.

- ¿Qué quieres que haga?

- Muéstrame las conversaciones de tu celular.

Francis le entregó el celular desbloqueado a André, que revisó detalladamente todas las redes sociales y aplicaciones de chat. Preguntó acerca de las personas que no conocía a lo que Francis respondió en lo que él creyó era un tono tranquilo y confiable. No tenía nada que temer. No había ni un mensaje de Arthur, ni siquiera tenía su número guardado.

- ¿Ves? Nunca veo a Arthur fuera de las veces que coincidimos en algún lugar. No nos estamos buscando.

- ¿Y por qué sabes cosas de él?

- No sé nada de él mas lo que me ha dicho.

- Convenientemente ya sabías donde estudió, quién es su familia, hasta donde ha vacacionado.

- ¡Toda esa información es pública! Muchísima gente sabe quienes son los Kirkland y sí, he trabajado anteriormente con ellos ¿qué tiene de malo eso?

- O sea que ya lo conocías.

Francis se dio cuenta que había caído en la trampa.

- Ok, André – no tuvo mas remedio que admitir – Arthur y yo nos conocimos en Cambridge. Yo vivía ahí y él estudiaba en la universidad. Pero solo fue porque teníamos amigos en común, ni siquiera fuimos tan cercanos. Luego yo me fui a Nueva York y no supe más de él. No sabía que vendría a vivir aquí mucho menos tenía interés en frecuentarlo. Su familia me ayudó a pagar un par de deudas en su momento. Eso es todo.

- ¿Estás seguro?

- Sí.

- Él también te mira con anhelo cuando están cerca – sentenció.

- Eso no lo puedo asegurar. No respondo por los sentimientos de Arthur. Hasta donde sé, él quiere mucho a su esposa.

- No me imagino qué sentirá Michelle cuando se de cuenta de que está casada con un homosexual de clóset.

Francis se sintió harto de esa conversación. No tenía interés en chismear sobre la vida de su exnovio.

- No lo sé. No me gusta este tema, cambiemos de conversación, por favor.

- ¿No te gusta que se hable mal de tu nuevo interés amoroso? – André se acercó a él, inclinándose nuevamente hasta que sus narices casi se tocaron.

- André, ya basta – Francis apretó los puños a su lado – no voy a permitir que me hables así.

- Entonces deja de hacerte el inocente. No importa cuánto mientas, sé que te ves con Arthur. Era obvio, eres un cazafortunas, evidentemente alguien como él te iba a atraer.

Francis se quedó boquiabierto. Eso fue un golpe bajo.

- No tengo ningún tipo de relación con Arthur y nunca he tenido una sola pareja que me haya atraído por su dinero – dijo entre dientes, con el tono mas frío que pudo emitir – ni una sola vez le pedido dinero a ninguno de mis ex, así como tampoco te lo he pedido a ti. No pienso seguir tolerando estas idioteces, ni de ti, ni de nadie – estaba furioso. Lo empujó ligeramente para alejarlo, pero al parecer esa fue una mala idea. André estaba esperando cualquier pretexto para atacar. Sin más, empujó a Francis mas fuerte y luego lo tomó del cuello hasta recargarlo con fuerza en la pared mas cercana, donde lo levantó hasta que quedaron cara a cara. Los pies de Francis apenas rozaban el suelo, pero no se amedrentó, veía a André con cólera en los ojos.

- Te voy a decir una cosa Francis. – André casi escupía las palabras – Arthur es un cobarde y no va a dejar a su esposa por ti. Métete muy bien en la cabeza eso, porque siempre vas a ser su plato de segunda mesa, para él solo serás sexo fácil. Si eso es lo que te gusta, adelante, pero yo no pienso solaparte a ti ni a él y tampoco pienso dejar que te pases de listo. Yo no soy Michelle, a mi no me vas a engañar.

- Vete a la mierda – Francis intentó soltarse, pero no pudo. André era definitivamente, mas fuerte que él y notó, con temor, que sus ojos se empezaban a desorbitar por la ira. No sabía que haría André ahora y tenía miedo. Su corazón dio un brinco cuando sintió que uno de los brazos de André se colocaba con mucha fuerza alrededor de su cuello, ejerciendo cada vez mas presión, intentando que dejara de respirar. Francis trató de hablar, pero no pudo, sus cuerdas vocales no le respondían. Pero del temor brotó una ola de adrenalina que lo hizo levantar una de sus piernas y encajar su rodilla en el estómago del otro, lo que provocó que éste se separara, sobresaltado, profiriendo miles de maldiciones. – Eres un maldito imbécil – fue todo lo que pudo decir antes de abrir la puerta de la oficina y salir a toda velocidad.

Escuchó que André se levantaba tras él y lo seguía, mientras gritaba todo tipo de insultos, así que reunió todas sus energías para no detenerse. Cuando por fin encendió su auto, soltó un suspiro de alivio. Salió de ahí y se dirigió, hasta la otra punta de la ciudad, en donde André no pudiera encontrarlo. No quiso llegar a casa. Tenía miedo de que lo buscara ahí, se sentía impotente y débil. Nunca había visto a André ser tan violento, pero entonces se dio cuenta que todo el tiempo, durante su relación, había sido posesivo. Estacionó el auto en una calle oscura y se maldijo por todo lo que acababa de pasar, se sentía mal, triste, frustrado, enojado, harto de todo. No podía entender como se podía equivocar tanto, lo único que quería era una relación estable, como las que los demás tenían ¿por qué él no podía conseguirse a alguien así? ¿Estaba, acaso destinado a quedarse solo para siempre? Además ¿por qué siempre el dinero era problema? Estaba furibundo al darse cuenta de que todas sus relaciones terminaban por causas monetarias. Y el que terminaba perdiendo era él. No era un cazafortunas, no pedía dinero, había construido una marca de ropa con sus propias manos, pero no era suficiente, sus malditas parejas siempre encontraban la forma de usar su posición económica para humillarlo. Malditos degenerados. Pensó que solo lo usaban para darse a sí mismos placer, como si él fuera un juguete. Empezó a gritar por la frustración, se sintió aliviado de que la zona estuviera sola porque no quería llamar la atención de nadie. Después de un rato, volvió a poner el auto en marcha y se dirigió a casa. Antonio al verlo, palideció, Francis le contó todo y por una vez, Antonio no dijo nada, ni puso muecas, lo escuchó pacientemente como el amigo fiel que era. Al menos, pensó Francis, no estaba del todo solo. Horas después recordó que dejó su celular en la oficina de André. No pensaba regresar por él.


Michelle y Arthur intentaron mejorar las cosas en su matrimonio. Nadie puede decir que no lo hayan intentado. Pero había algo, una sombra, un presentimiento de que había algo mas oscuro y mas fuerte que ellos en medio de los dos. Arthur sabía que Michelle estaba frustrada, él no podía evitar alejarse cada vez mas de su esposa. Se sentían lejanos, desconocidos, como si fueran viejos amigos que compartían la cena, pero ya no tenían nada en común. Regresaron de sus vacaciones sintiéndose renovados, pero esa nueva sensación se acabó pronto y Arthur volvió a buscar pretextos para evitar a su esposa. No sabía por qué. Solo quería estar solo, sin tener que dar explicaciones a nadie de lo que hacía. Obviamente, no pasaría mucho tiempo hasta que Michelle lo confrontara al respecto.

- ¿A dónde vas? – preguntó, con los ojos muy abiertos. Era un fin de semana, acababan de terminar su cena y Arthur se levantó de la mesa para salir de la suite.

- A la playa. Estaré un par de horas ahí.

- Voy contigo – Michelle se levantó para ir con él. Arthur se sintió un poco decepcionado, no esperaba que ella lo siguiera, pero tuvo que aceptarlo. Al parecer hizo algún tipo de expresión, porque Michelle, al verlo se volvió a sentar – creo que mejor me quedo.

- Ok – dijo Arthur, dubitativo. Sintió remordimiento al ver la cara de su esposa así que, antes de irse, se volvió hacia ella - ¿quieres que vayamos a algún lugar después. Podemos ir a bailar o a tomar algo – sugirió.

- No, Arthur. Quiero que regreses y te quedes aquí conmigo.

- Está bien.

- De hecho, creo que quiero que no vayas a la playa. Quédate aquí, por favor.

- Michelle, quiero despejar un poco mi mente. He estado muy ocupado ulti…

- ¿Y para eso te tienes que ir? ¿Acaso también te aturdo yo? – Michelle estaba a punto de explotar.

- Nunca dije eso. Solo quiero estar solo un par de horas ¿qué hay de malo en eso?

- ¡Que antes nunca querías estar solo! De repente parece que te cansas de mí.

- Michelle – Arthur hizo una mueca de fastidio – no digas tonterías. Nunca ha pasado eso.

- ¿Entonces porque huyes todo el tiempo? ¡Ya ni siquiera me tocas!

Arthur suspiró al oír eso. Estaba a punto de protestar, pero Michelle se le adelantó.

- No digas que no es verdad, porque sí lo es. De un tiempo acá cuando hacemos el amor, yo soy siempre la que toma la iniciativa, tú siempre dices que estás cansado o alguna otra tontería similar. Y cuando respondes, lo haces todo en automático, como si quisieras terminar pronto. Parece que estoy casada con un robot o una máquina, no con una persona. Además – continuó, poniéndose de pie y encarándolo – me harta que siempre digas que sí a todo, como si no quisieras discutir nada, como si lo único que quisieras es que me calle y te deje en paz.

Arthur la escuchó y no supo que responder. Lo único que se le ocurrían eran proliferaciones violentas, pero no lo haría. No a ella. Bajó la vista y sin decir mas palabras salió. Se sintió cobarde por no enfrentarse a ella y darle las respuestas que buscaba, pero no sabía si estaba listo para tener esa conversación en donde le confesaba que, efectivamente, ya no la quería. No como antes ni como ella quería que la quisieran. No estaba dispuesto a ver su cara de tristeza ni quería ser la causa de que ella se sintiera miserable. Sin embargo, por su esa misma desidia, ya lo estaba provocando. Por otro lado, Arthur sabía que esta misma impasividad que usaba como escudo para sus emociones, se rompería algún día y terminaría gritando, insultando o golpeando a alguien. Hacía de todo para que ese alguien no fuera su esposa, ojalá fuera un borracho en la calle, un huésped mal educado del hotel, un vándalo, alguien más, que no lo viera con esa expresión de desilusión que Michelle tenía últimamente. Decidió entrar a un bar, no tomaría, pero buscaría una pelea con quien desahogar esa frustración.

Regresó a casa casi al amanecer del día siguiente. Tenía un ojo morado y el labio le sangraba. No fue difícil para él meterse con un par de borrachos imbéciles y volátiles. Pero se equivocó al creer que eso lo ayudaría a sentirse mejor. Los insultos que recibió solo lo frustraron más y aunque se defendió, no fue suficiente. Se dio cuenta que lo único que lo haría sentirse aliviado, era poner las cartas sobre la mesa con Michelle y explicarle todo. Solo que no quería hacerlo. No ahora. Quería dejar pasar mas el tiempo, tenía miedo y no sabía como reaccionaría ella. Así que, fue alargando las horas en las que estaba afuera, perdiendo el tiempo en todos lados, con la esperanza de que, cuando por fin llegara a la suite, Michelle ya estuviera dormida. No funcionó. Apenas al abrir la puerta notó que las luces estaban encendidas y su esposa estaba sentada en el comedor. A Arthur se le partió el corazón al notar sus ojos enrojecidos y su cara abotargada. Había estado llorando y él había sido la causa.

- Michelle – se acercó a ella suavemente.

Ella fingió no reparar en él. Arthur se sentó en la mesa, a su lado y tomó una de sus manos. Ella trató de ignorarlo, pero levantó la cara para verlo. Se sorprendió al ver los golpes en la cara de su esposo, pero no dijo nada. Bajó la mirada otra vez.

- Michelle – repitió él – hay algo que debes de saber. Algo que no te he contado y me lamento profundamente por ello.

Michelle no hizo ningún movimiento, lo que Arthur tomó como señal para continuar.

- Recuerdas, cuando nos conocimos. En la clínica de rehabilitación. Te dije que tuve un novio. Exnovio. Hombre. ¿Recuerdas?

Ella asintió con la cabeza.

- Fue una mala relación que terminó desastrosamente. Creía que no lo volvería a ver. No deseo nada con él nuevamente, de hecho, puedo decir que lo detesto, pero aquí está, conviviendo con nosotros. Michelle, mírame, por favor.

Michelle levantó la cabeza para verlo. Arthur apretó la mano que sostenía y suspiró. No quería decirlo. Cerró los ojos para intentar calmarse. Los volvió a abrir.

- Era Francis.