- Francis – repitió Michelle con voz baja e impasible.
- Sí, Francis – volvió a decir Arthur – Francis Bonnefoy. Tu costurero.
Michelle no dijo nada por un rato. Luego se recargó en su silla, con la mirada fija en sus manos entrelazadas.
- ¿Me estás diciendo que Francis y tú fueron novios? – preguntó, como para confirmar lo que se le había dicho.
- Sí.
- Pero todo este tiempo han pretendido que no se conocían.
- Terminamos muy mal. No esperaba volverlo a ver. No quería volverlo a ver. Tampoco quería dar explicaciones a nadie de porqué lo conocía.
- Y no me dijiste a mí.
- Lo sé. Ahora sé que fue un error, pero no esperaba que te hicieras su amiga. O que estuviéramos en el mismo círculo social.
Michelle suspiró. Levanto su vista, pero seguía sin verlo, ahora veía a un punto fijo en la pared. Abrió la boca como para decir alguna cosa, pero al parecer lo pensó mejor y no lo mencionó.
- Michelle, por favor, dime algo – Arthur suplicó.
- ¡Por supuesto! – exclamó ella, con los ojos muy abiertos – ¡Por eso es por lo que saben tantas cosas uno del otro! ¡Es verdad! Qué comida le gusta a cada uno, dónde han vivido, ¡todo! Y engañándonos a todos para creyéramos que era casualidad.
- Lamento no habértelo dich...
- ¿Te has visto con él? A escondidas – no lo dejó terminar.
- Todas las veces que nos hemos visto te lo he platicado. Pero, el día que le llevé la canasta de frutas platiqué con él. De nuestra relación, de cómo había terminado. Estuvimos más de dos horas hablando, me dijo cosas que yo no sabía. – Arthur le contó a grandes rasgos lo que se había dicho en esa conversación.
Michelle lo escuchó atentamente.
- Por eso has estado distante.
- He necesitado tiempo a solas para pensar.
- ¿Qué vas a hacer ahora? – preguntó Michelle, como si tuviera miedo a esa respuesta.
- ¿Qué quieres hacer tú?
Ella tardó en responder.
- Arthur ¿todavía lo quieres?
- ¡NO! – él casi gritó – No, Michelle. No como antes.
- Pero te preocupas por él. Por eso lo invitaste al hotel ¿no?
Arthur sintió que pudo haber mentido otra vez, como lo había ya hecho tantas. Pero decidió no hacerlo. Estaba aquí para ser completamente franco con Michelle y eso es lo que haría.
- Creo que sí. Me asusté un poco cuando pensé que su casa se inundaría por el huracán. Admito que no sé si se me hubiera ocurrido invitar a alguien más que no fuera él.
Michelle suspiró otra vez. Se tapo la boca con la mano y cerró los ojos. Cuando los abrió, por fin lo vio a él. Arthur le sostuvo la mirada. El corazón le latía con fuerza, no perdía ni un mínimo detalle en las reacciones de ella.
- ¿Has pensado en él alguna vez cuando estás conmigo? ¿me has tocado pensando en él? – preguntó ella casi inaudible.
- Nunca – aseguró él. Era verdad – te lo juro.
- ¿Es por eso por lo que ya casi no quieres estar conmigo?
Arthur tenía miedo a esa pregunta. No sabía qué contestar.
- Michelle – dijo al fin – eres mi esposa y quiero que lo seas siempre. Ni Francis ni nadie van a interponerse en eso. Lamento mucho mis acciones de estos últimos días, te he lastimado y es lo último que quiero hacer, pero si estoy aquí, en este momento es porque quiero mejorar, quiero ser el esposo que mereces y lo que mas deseo es estar bien contigo. Quiero que tú estés contenta y no me importa nada más. – no sabía si esas palabras eran para ella o para reafirmarse a él.
- Pero te gustan los hombres.
- No me gustan todos los hombres. Me gustan hombres y mujeres y eso ya lo sabías desde antes de casarnos.
- Si Francis – comenzó ella otra vez – no, más bien, si yo me fuera…
- No, por favor – interrumpió él
- Si yo me fuera – continuó Michelle - ¿regresarías con Francis?
- No lo sé, no creo. Nos hicimos mucho daño cuando terminamos y no quiero volver a pasar por eso.
- ¿Te gusta?
- Deja ya esas preguntas.
- Contéstame por favor.
Arthur se detuvo. Apretó fuerte la mano de Michelle, que todavía estaba debajo de la suya y se colocó los dedos de la otra mano en los ojos, para evitar pensar.
- ¿Michelle, a qué quieres llegar con esto?
- Me debes una explicación de todo. Tengo derecho a hacer todas las preguntas que quiera, necesito saber – explicó ella, muy seria.
- No me imagino corriendo a sus brazos, ni teniendo una relación con él, que no sea más como el tipo de relación que tengo ahora. Creo que somos amigos, más o menos, pero no planeo ser mas cercano a él. Lo nuestro ya terminó y no lo voy a restaurar.
- No respondiste mi pregunta – insistió ella.
Arthur volvió a suspirar.
- Francis me parece atractivo. Siempre ha sido así. Pero no soy el único, él le gusta a mucha gente.
- Si yo te pidiera que le dejaras de hablar y te alejaras de él, ¿lo harías?
- Por supuesto ¿quieres que lo haga?
- Creo que sí. Por favor.
- Como tú digas.
- Gracias - ella trató de sonreír. Arthur le dio un tierno apretón a la mano de ella.
¿Cómo te sientes? Preguntó suavemente.
Traicionada y… muchas cosas. No dejo de pensar en todas las veces que tanto tú como Francis estuvieron fingiendo. Estoy molesta también.
Lo siento.
Y, además. Francis se acercó a mí, fingió todo este tiempo ser mi amigo cercano y nunca me dijo nada. Me siento como una estúpida por confiar tanto.
No, Michelle. No lo eres. Nosotros te hicimos daño y tú no lo merecías. Voy a tratar toda mi vida en compensarte por eso. Te lo prometo. – dijo Arthur, en tono solemne.
Después de pensarlo un rato, Michelle se levantó y se acercó a él, que la recibió con los brazos abiertos. Se abrazaron y Arthur sintió recorrer lágrimas silenciosas por sus mejillas. Nunca, se juró a sí mismo, nunca volvería a permitir que semejante error ocurriera otra vez.
Francis usó los días siguientes para meditar los acontecimientos de los últimos meses. Se dio cuenta de que le habían pasado muchas cosas en un periodo corto de tiempo así que tomó un poco de sus ahorros y se fue unos cuantos días a Francia, a visitar a su madre y descansar un poco del ajetreo de su vida cotidiana en el Caribe.
Así fue como se encontró sentado, observando la ventana del cuarto de huéspedes de una pequeña casita en las afueras de una ciudad mitad agrícola, mitad comercial. La vista daba a hectárea tras hectárea de sembradíos y un cielo con unas cuantas nubes, pero Francis no le ponía atención a nada más que a sus propios pensamientos. Recordó que, días después de salir corriendo de la oficina de André, éste le había enviado un sobre que contenía su celular. No tenía ningún recado o mensaje. Francis no supo que pensar y no se sentía del todo bien con ese teléfono, por lo que se deshizo de él y compró uno nuevo. No se comunicó con André y éste tampoco intentó buscarlo de manera que Francis dio por concluida esa relación. No es que hubiera pensado regresar con él, pero, siendo él un romántico, le habría preferido un cierre mas formal y no ese arranque violento y apresurado. Y no supo qué pensar al descubrir que no lo extrañaba taaanto. Tenía muchos recuerdos agradables de los meses que estuvieron juntos, pero se dio cuenta de que se divertía más cuando estaban en grupo con otras personas que cuando estaban solos. En esos momentos era cuando André se volvía frío y mostraba indicios de ser controlador, posesivo y demandante. Y como a Francis no le gustaba ese trato, buscaba que siempre estuvieran con mas personas, aunque en su momento no se dio cuenta exactamente de eso, simplemente buscaba el ambiente que lo hiciera sentir más cómodo. No sabía decir si había sido bueno o malo que André mostrara su verdadera cara de la forma en la que lo hizo. Odió haber sido tratado así. No había justificación para eso y no lo merecía, de eso estaba seguro. Pero, de entre todo lo que le había dicho André ese horrible día, había una frase que se repetía en su mente una y otra vez: "Arthur nunca va a dejar a su esposa por ti". Eso él ya lo sabía. Arthur dejó en claro muchas veces que Michelle era su prioridad y no le causaría ningún daño, mucho menos pensaba dejarla. Tampoco había hecho o mostrado algún avance romántico, salvo la vez que "coquetearon", pero eso no fue mas que un juego.
Sin embargo, un pequeño resquicio de su mente jugaba con la idea de que terminaran juntos, que tuvieran un romance, una segunda oportunidad. Había empezado a tener esa fantasía al darse cuenta de que realmente le gustaba otra vez el inglés. A ratos dejaba a sus pensamientos divagar y se imaginaba conviviendo con Arthur, pasando el rato juntos y teniendo una relación estable. Pero entonces recordaba que Arthur tenía esposa y además él no estaría dispuesto a tener otra relación a escondidas como la que había tenido con el doctor, años atrás en Nueva York. De manera que no tenía caso impulsar ese sueño. Se quedaría así, en un sueño solamente, pensó, con resignación. Maldita sea la hora en la que Arthur había ido a vivir al Caribe. Todo había salido mal desde entonces. Se tapó la cara con las manos por un instante, cerró los ojos al sentir el ardor de lágrimas que querían salir y luego los abrió lentamente. Respiró y exhalo repetidas veces hasta conseguir serenarse. Por la ventana vio unas cuantas nubes moverse muy despacio. Se le ocurrió la idea de que tal vez Antonio había tenido razón todo el tiempo y Francis nunca dejó de querer a Arthur. Era un pensamiento estúpido y doloroso, pero tal vez era cierto. Quizá por eso sus otras relaciones no habían funcionado. Porque muy dentro de él, guardaba la esperanza de volver a ver a Arthur y regresar con él, para continuar con la historia que dejaron inconclusa. Tuvo una agridulce revelación al notar que, el tiempo pasado con Arthur había sido la mejor relación que había tenido y sabía que, de darse la oportunidad, no dudaría en repetirla, por muy tonto que fuese por eso. Daría lo que fuera por volver a tenerlo, esa seguridad de saber que con Arthur siempre se encontraba en el lugar correcto. Y éstos últimos meses que habían interactuado se habían llevado muy bien. Mucho mejor de que Francis nunca se llevaría con alguien como André. O con el doctor de Nueva York. O con cualquier otro de los sujetos con los que había salido. Arthur lo entendía perfectamente, no necesitaba dar grandes explicaciones cuando estaba con él, y muchas veces ni siquiera necesitaban llenar los silencios con charlas incómodas e innecesarias porque simplemente no tenían silencios incómodos. O eso era lo que él creía. Desde que empezaron a hablarse, era como si el pesado vidrio que los separaba se había empezado a fragmentar y ahora solo quedaba terminar de romperlo.
Solo que eso no pasaría. Mientras Arthur siguiera casado, Francis no tomaría ningún paso en dirección a él, se quedaría en la sombra, anhelando lo que no podía tener y tal vez, en esta ocasión sí pudiera dejarlo atrás. Arthur tampoco tomaría la iniciativa. Se quedarían en una especie de limbo de relaciones fallidas e imposibles. No era lo correcto para él ni estaba bien así, pero era lo mejor que podía hacer. Empezaría dejando de frecuentar el círculo social de Arthur y los lugares donde coincidían. Él tenía más tiempo viviendo en el Caribe, por lo que tenía otros amigos y otros ambientes menos desafortunados para él. Además, Alistair sí pagó el tratamiento de su madre, así que Francis tenía que cumplir con su parte del trato, por muy desesperanzador que fuera.
Luego de un rato de pensar y meditar, se levantó de su lugar cerca de la ventana y fue a ver a su madre, para acompañarla en su paseo vespertino. Ésta lo recibió contenta y juntos salieron a los campos cercanos a ver el atardecer.
Arthur no regresó al club deportivo. Fue un alivio tener una razón para no ir, porque ni le gustaba ese lugar. No le caía bien la mayoría de la gente que iba y no quería ver a Francis. Volvió a la antigua pista de carreras, en donde el ambiente era mas relajado y menos pretencioso. Se sentía mejor ahí. Michelle tampoco volvió al club. Pensaron que tendrían que inventar muchas excusas para distanciarse, pero ni André ni Francis se pusieron en contacto con ellos para invitarlos a mas eventos o para preguntarles porqué ya no iban y los esposos creyeron que así estaba bien. Solo que las cosas no siempre salen como se planean y mientras Arthur daba una última vuelta a la pista, antes de descansar, vio a Francis llegar. Tuvo que posar la vista dos veces sobre él para asegurarse de que su mirada no lo engañaba. Maldijo. ¿Qué acaso nunca se libraría de él?
El francés, al parecer se sorprendió tanto como él de verlo ahí porque se quedó paralizado un par de segundos antes de saludarlo de lejos y caminar en otra dirección. Arthur se hubiera extrañado por esa actitud, de no ser porque a él se le había ocurrido que tal vez Francis ya no quisiera frecuentarlo. Si la plática que tuvieron en el hotel el día del huracán había abierto una llave de pensamientos en la mente de Arthur, probablemente había pasado lo mismo con Francis y también él había decidido no querer fomentar su amistad o lo que fuera que tenían. Pero eso no explicaba qué hacía aquí, en esta pista. Como sea, no le daría muchas vueltas a este asunto. No era de su incumbencia.
Pensó entonces, que tendría que buscar otra pista de carreras. La ciudad, a pesar de ser un complejo turístico importante, no era tan grande como para tener varias pistas de carreras privadas. Había algunos parques públicos para correr, pero a él no le gustaban y pensó que como fuera, en esta pista no tenían tantos amigos en común por lo que sería mas fácil evitar a Francis. Que coincidieran una que otra vez no tenía nada de malo si no interactuaban y eso sería lo que haría. Así que cuando regresó dos días después, no se sorprendió de ver a Francis en los vestidores. Por un momento tuvo la idea de hacer como que no lo había visto e irse de ahí, pero Francis sí lo vio y lo saludó ligeramente, con un movimiento de cabeza.
- Hola, Francis – dijo Arthur al ver que no podía escaparse.
- Hola Arthur – contestó. – Tiempo sin verte.
- Sí. – Arthur trató de desviar su mirada. El francés estaba sentado en uno de los bancos del vestidor, sacaba cosas de un locker cuando Arthur lo interrumpió. Tenia una playera de algodón en la mano que estaba a punto de ponerse. Arthur se hubiera sonrojado de no ser porque Francis tría una camiseta blanca delgada puesta desde la que se translucía el tatuaje de rosas que se había hecho hace tantos años. Tras darle una mirada rápida, Arthur consiguió ver hacia otro lado, con la esperanza de que su ligero escrutinio al cuerpo del otro hubiera pasado desapercibido. No fue así, Francis siguió su mirada hacia donde estaba su tatuaje, se sonrojó con un poco de satisfacción, pero no dijo nada al respecto. - ¿Ya no vas al club de André? – fue lo que se le ocurrió al inglés preguntar luego de ver que no tenían tema de conversación.
- André y yo terminamos. No pienso volverlo a ver – Francis dijo secamente.
Arthur se sorprendió al escuchar eso.
- ¿Todo bien?
- Creo que sí. Estoy bien. Estoy mejor de lo que esperaba.
- Ya veo. Lo lamento.
- De hecho, me siento mejor desde que me alejé de él. ¿Qué haces tú aquí?
Arthur supuso que no tendría caso ocultarle la verdad. Como sea, no pensaba seguir interactuando con él.
- Michelle y yo llegamos al acuerdo de no ir al club. – Arthur se detuvo – Fue por – prosiguió después de un rato – Michelle está celosa de ti. No quiere que hable contigo. N-no esperaba verte, creía que estabas con André.
- ¿Cómo es eso?
- Le conté todo acerca de nosotros, de nuestra relación. Ella sabía que tuve un desastroso noviazgo en el pasado – Arthur vio que Francis rodó los ojos al escuchar eso – solo que no sabía con quien era. Se lo dije. Le prometí que ya no te volvería a ver si eso la hacía sentirse mas tranquila. Por eso regresé a esta pista.
- Creo que entonces esto ha sido una mala coincidencia.
- Al parecer sí – acordó Arthur.
- Entonces… - Francis comenzó a decir, dejando de ver a Arthur y comenzando a ponerse su playera.
- ¿Qué pasó con André? – el inglés no pudo evitar que la curiosidad le ganara.
- No nos llevábamos bien. No era una relación saludable.
- ¿Por qué lo dices?
Francis suspiró.
- André es un tipo violento. No quiero estar cerca de él.
- ¿Te hizo algo? – Arthur palideció al siquiera considerar la idea.
- No es nada de que preocuparse Arthur. Discutimos y no me pareció su manera de hacer las cosas así que mejor me alejé.
- ¿Así nada más?
- Sí. – Francis comenzó a guardar sus cosas en su bolsa de ejercicio.
- ¿No lo extrañas?
- No tanto, la verdad. A mi también me sorprende, pero en realidad descubrí que no nos llevábamos tan bien.
- Ya veo.
- ¿Sabes? Se molestó porque cree que nos vemos en secreto. Tú y yo. – dijo Francis tras dejar pasar unos minutos. Seguramente él también quería dejar todo en claro con Arthur.
- ¿Qué? ¿Por qué cree eso?
- Tiene una idea estúpida de que lo engañaba contigo.
- ¿Y qué le dijiste?
- Le dije que nos conocíamos de antes, pero no nos frecuentábamos. No lo creyó. Cree que somos amantes.
- Imbécil.
- Sin duda lo es.
Arthur sintió la mirada del francés sobre él. Levantó los ojos para verlo fijamente.
- ¿Crees que alguien más piense que tú yo tenemos una relación a escondidas? – Arthur preguntó, se sentía inseguro tras analizar que tal vez André no era el único en tener esas suposiciones.
- Nadie me ha dicho nada al respecto. Pero a la gente le encanta chismear. Tal vez haya mas cotilleo al respecto de lo que nos imaginamos.
Arthur se pasó la mano por la cara con fastidio.
- Me molesta que la gente se invente chismes de cosas que no pasan. También, que quieran controlar mi vida y se crean con autoridad para decirme qué hacer. Si pudiera hacer que se callen lo haría, pero es imposible. Afortunadamente, no existe evidencia de nuestra relación y a menos que alguien más de los que lo saben digan algo, no tienen porqué enterarse.
- ¿A qué te refieres con que no existe evidencia?
- Había algunas fotos de nosotros juntos hace años. En páginas de chismes y revistas de sociales. Mis padres les ordenaron a esas editoriales que eliminaran todos esos archivos. Se aseguraron de que no quedaran nada. Fueron muy persuasivos. – Arthur se limitó a explicar.
- No me sorprende el alcance del poder de los Kirkland para hacer cosas así.
- Jmm – Arthur se encogió de hombros. – hasta ahora los únicos que lo saben también tienen una orden de no decir nada a quien no deban. La van a cumplir, por respeto a la familia y cosas así. El único que podría decir algo además de tú y yo, es Antonio.
- Antonio no haría eso – lo defendió Francis.
- Eso espero.
- A mi no me molestaría que se sepa. A estas alturas, si ya Michelle lo sabe ¿qué importa lo que digan los demás? No tengo porque esconder mi pasado. – consideró Francis.
- ¿Entonces lo vas a hacer público? – inquirió Arhtur, con los ojos entrecerrados y una pequeña ola de pánico en sus entrañas.
- Yo no tengo nada que perder. Ya me estoy hartando de estar escondiéndome, como si hubiera hecho algo malo.
- No lo hagas.
- Tú no me dices que hacer.
- ¿Qué quieres para no decirle a nadie?
- ¿Arthur, es en serio? – Francis aventó el último articulo que le faltaba por guardar en su mochila con fuerza y volteó a ver a Arthur con fastidio – Ya me estoy hartando de este eterno juego tuyo. No quiero ya nada de ti. Ya no me importas ¿entiendes? Me han hecho ya bastante daño, tú y toda tu condenada familia. Y siguen aquí, apareciéndose en mi vida a darme órdenes. No lo voy a permitir. Ya déjame en paz.
- ¿Qué yo te deje en paz? ¡Es lo que he tratado de hacer todo este tiempo! ¡Y tú continuaste buscándonos, buscando a Michelle! Debiste de haberte alejado de ella desde el principio.
- Sí debí. – dijo Francis con resignación. Arthur pensó que no diría nada más hasta que lo escuchó decir por lo bajo - Entre más lejos esté de ti, mejor.
- ¡Entonces vete! – Arthur de repente se sintió como el joven post adolescente al que Francis dejó hace diez años. Tenía ganas de patalear y aventar puñetazos al aire y a todos lados. Pero se contuvo. Ya no era ese niño, ahora era un adulto capaz de racionalizar sus acciones.
- ¿Por qué habría de irme yo? Yo llegué aquí primero, este ha sido mi hogar mucho mas tiempo antes que el tuyo. Vete tú, tú eres el que estorba aquí. Solo has venido a empeorar todo, yo no tenía problemas en mi vida hasta que llegaste tú.
- No me hagas reír – Arthur emitió una risa amarga – Si André te dejó es por tu propia incapacidad para tener relaciones estables. Yo no tengo nada que ver en eso.
Francis abrió la boca para rebatir, pero seguramente lo pensó mejor y no dijo nada. Con un movimiento rápido cerro la bolsa, se la colocó en el hombro y se dirigió a la salida.
- Adiós Arthur – dijo dramáticamente al llegar a la puerta. - Espero no volverte a ver. – le dirigió una última mirada y salió.
Arthur se sintió frustrado por lo que acababa de pasar. Maldijo. Tal vez sí quería pelear con Francis. Quería sacar todas las emociones que traía adentro y quería aclarar todo de una vez, y ya por fin, darle vuelta a esta hoja. Quería golpearlo y gritarle hasta que sus pulmones se quedaran secos. Pero no funcionaría. No tenía caso seguir intentando acercarse al francés, no conseguiría nada con eso. Que fiasco había sido todo. Se puso a inhalar y exhalar aire lentamente, varias veces hasta que su respiración se estabilizó, luego se sentó con calma en uno de los bancos y puso la cabeza entre sus manos. Se quedó así unos minutos tratando de tranquilizarse, hasta poder incorporarse e irse.
Pero no dejó de ir a la pista de carreras. No sabía que era lo que lo motivaba a seguir yendo ya que pudo haber dejado de ir sin problemas: sabía que podía correr en la calle, en el gimnasio del hotel, en los parques, o incluso hacer algún otro tipo de ejercicio, pero, como un niño necio, regresaba a la pista. Probablemente todo fue por malevolencia, por llevarle la contraria a Francis y tener la satisfacción de causarle un mal rato al francés cada que se encontraban en la pista. Por que el otro también siguió yendo. Se veían una que otra vez, pero se ignoraban. Eso era perfecto para Arthur, así, podía seguir yendo a su pista y cumplía con la promesa que le había hecho a Michelle.
Francis sintió otra vez la mirada de Arthur en él. Iba trotando a paso lento en la pista, mientras inglés lo observaba, aunque no se hablaran, él otro lo veía insistentemente, creyendo que nadie se daba cuenta. Probablemente por eso es por lo que André y quién sabe quien más, había sospechado de ellos. Arthur era discreto, eso sí, pero hay cosas que no se pueden disimular y más de una vez, Francis notó que Arthur no alcanzaba a desviar la mirada cuando Francis lo descubría mirándolo. El francés, además, sabía que Arthur se quedaba en la pista un par de minutos tras terminar su rutina, para seguirlo con la mirada y luego irse con movimientos imperceptibles. Su lado más egocéntrico se sentía halagado al pensar que, a pesar de todo aún era atractivo para su ex, eso era algo que a cualquiera le levantaría el amor propio. Porque conocía a Arthur y conocía sus miradas y sabía que las que le dedicaba estaban llenas de anhelo y deseo. No quiso echarle más leña al fuego, así que trató de hacer como que no pasaba nada, aunque se moría de ganas por volver a coquetear con el otro, guiñarle un ojo, sonreírle seductoramente o cualquier otro avance que pudiera hacer hacia el inglés, para ver sus reacciones y también porque, a estas alturas ya estaba seguro de que siempre iba a querer tener al inglés cerca de él, aunque fuera imposible tenerlo. Y las acciones del otro delataban que él quería lo mismo.
Muchos dirían que el físico de Arthur no era la gran cosa, no era feo en sí, pero tampoco era tan bien parecido como otros de los ex de Francis. Lo compensaba con una personalidad apabullante llena de seguridad y firmeza, cualidades que siempre agregaban atractivo. Caminaba con una mezcla de elegancia y convicción, con la espalda recta y la frente en alto, como si todo lo que estaba a su alrededor fuera de su propiedad y pudiera hacer uso de todo y de todos a su antojo. Si bien las cejas eran enormes al punto de causar risas en las primeras impresiones, el resto de su cara estaba bien proporcionado, y le gustaba el conjunto completo de su cuerpo. Su cabello, que parecía un nido de pájaros sin forma, daba un aspecto feral al resto de él que era tan pulcro y cuidado, lo cual era un reflejo de como Arthur podía ser todo lo bien portado que su familia quería que fuera, pero siempre tendría dentro de sí ese fuego ardiente de rebeldía que tanto le había gustado a Francis anteriormente y al parecer, le seguía gustando ahora. Así que, si Arthur lo veía mientras corría, él haría lo mismo, como ya no se hablaban, al menos podían mirarse todo lo que quisieran. Por lo que, Francis empezó a llegar mas temprano a la pista. Anteriormente, había acomodado sus horarios de ejercicio con el fin de no encontrarse con el inglés, llegaba cinco o diez minutos después de que el otro hubiera dejado la pista, pero ya no fue así, ahora quería aprovechar la interesante vista que tenía ante sí y recorrer con su mirada de arriba abajo al otro mientras corría.
Por su puesto, Arthur se dio cuenta. Al principio se sonrojó al ver el interés del que era objeto, seguramente no se esperaba tal retribución. Luego trató de hacer como si no pasara, cada que veía a Francis recargado en uno de los postes de luz de la pista y observándolo tranquilamente, como si viera a los pájaros pasar y sin desviar la mirada, desafiándolo a hacer algo al respecto. Después de varios días de estas interacciones, al parecer comenzó a acostumbrarse y, un día, sin más, Arthur tomó el primer paso y volvió a saludar a Francis, levantando la mano, a lo que el francés respondió levantando sutilmente la cabeza y sin despegarle la vista.
De esta manera, la mutua resolución para dejarse de hablar simplemente fracasó. Como si fueran imanes que se atraían siempre que estaban juntos, poco tiempo se acostumbraron nuevamente a la presencia del otro en su vida.
- Parece que nunca me voy a librar de ti – dijo Arthur casualmente, mientras pasaba al lado de Francis terminar su rutina y dirigirse al vestidor mas cercano.
- Te encanta verme, mon amour – fue la respuesta del francés que le guiñaba un ojo.
- ¡Cómo si eso fuera cierto!
Francis comenzó a reír, pero no se movió de su sitio. Dejó que el otro se alejara, con las orejas rojas tal vez por el bochorno del ejercicio o por las palabras que acababa de oír.
- Merde – casi gritó Francis, enojado - ¡Merde! – Gritó viendo la llanta trasera de su auto que se acababa de quedar completamente plana. Estuvo a punto de soltar una patada hacia el rin pero recapacitó a tiempo, pensando que eso no le ayudaría en nada y solo se lastimaría y se dispuso a calmar su respiración mientras buscaba una solución a su problema. Como si fuera una mala racha, su celular se quedó sin batería, de manera que no tenía manera de comunicarse con nadie.
Estaba en la carretera, afuera de la ciudad, había ido a entregar un par de vestidos a una clienta, notó desde antes de salir que la llanta estaba ladeándose, pero confío en que tal vez lo dejaría llegar bien a su destino y de regreso. Pero no fue así. Ahora estaba a medio camino, con dos vestidos nuevos a entregar en menos de una hora y sin manera de comunicarse con la clienta, el seguro del auto o la boutique. Se maldijo a sí mismo por confiarse en que no tendría contratiempos y no traer consigo su cargador o usar otro medio de transporte puesto que ya sabía que su automóvil no estaba en condiciones óptimas para emprender este viaje. Ya había gritado, frustrado por su mala suerte y ahora trataba de pensar con la cabeza fría qué hacer. Tal vez había algún tipo de transporte público que pasara por ahí. Un autobús, taxi, lo que fuera. Probablemente su única opción seria pedir un aventón que al menos lo llevara al asentamiento humano mas cercano, estaba muy lejos de la casa de la clienta como para irse caminando y la ciudad quedaba todavía más lejos. Era medio día y el sol abrasador le quemaba la cara, el cuello y los brazos, odiaba quedar mal con sus clientas, pero no tenía nada mas que hacer que esperar a que un buen samaritano se apiadara de él. Al parecer la zona no era tan transitada y fueron muy pocos los automóviles que pasaron, y solo un par de ellos se detuvo a su lado al verlo. Desgraciadamente uno iba a un lugar diferente y otro era un auto atiborrado de personas, Francis pensó que los vestidos se maltratarían hasta no tener arreglo si se subía ahí, así que descartó irse con ellos. Pero después de que pasaron otros veinte minutos sin que nadie más se detuviera, empezó a lamentarse no haberse ido en ese auto. Ni un solo autobús pasó. Se prometió tomar el próximo auto, ya sin fijarse en los inconvenientes, estaba desesperado.
Un auto desconocido se plantó a lado de él, bajó la ventanilla y Francis por fin vio la luz al reparar al conductor.
- ¡Arthur! ¡Gracias al cielo! – Nunca, nunca se había alegrado tanto de ver a su ex, probablemente ni siquiera cuando salían juntos. Lo besaría en ese momento si éste se hubiera bajado del coche. El aludido levantó una ceja, pero antes de decir algo, Francis ya había abierto una de las puertas traseras para meter cuidadosamente los vestidos. Luego regresó a su auto, abrió la cajuela de ahí sacó una pequeña maleta, se aseguró de que su auto estuviera bien cerrado y finalmente se subió al asiento del copiloto. - ¡Tienes que llevarme al Pueblo! ¡Tengo que entregar estos vestidos a la una y la llanta de mi auto se averió! ¡No sabes todo lo que me ha pasado hoy! – dijo, entre chillidos histéricos.
- No sabía que era tu chófer personal – fue lo que Arthur atinó a decir, miraba los asientos traseros en donde yacían los dos vestidos acomodados con suma cautela.
- ¡Por favor! No puedo moverme, mi celular está muerto y la clienta me espera.
- ¿Y qué tal si yo voy a otro lado?
- ¿A dónde vas?
- Al Pueblo.
- ¿Entonces?
Arthur se encogió de hombros y arrancó el auto – Mala suerte, porque faltan menos de quince minutos para que sea la una. – señaló con la mirada el reloj en el tablero del auto que mostraba que, efectivamente, eran las 12:47.
- ¡Merde! – Francis vio que el inglés tenía un cable de cargador conectado a su auto, no lo pensó más y lo conectó a su propio celular, que, afortunadamente, tenía la misma entrada que el cable. Esperó unos minutos hasta que el teléfono revivió y luego le marcó a su clienta, explicándole que había tenido varios imprevistos, se disculpó profusamente y le dijo que ya estaba en camino y que llegaría lo más rápido posible. Le aseguró que esto era una situación excepcional y que nunca le pasaba. La clienta fue bastante comprensiva y le aseguró que no había problema con el retraso y que lo esperaría. Francis se disculpó otra vez con ella antes de colgar. Una vez terminada la llamada, se recostó en el asiento, cerró los ojos un instante y luego recordó en donde estaba. - ¿A qué vas al Pueblo?
- Qué amable eres en preguntar. – respondió Arthur, secamente. Pero Francis no contestó, en su lugar abrió la maleta que había traído consigo y sacó una camisa limpia.
- No vayas a ver – Francis comenzó a desabotonar la camisa que traía puesta. Se detuvo al notar el semblante interrogante de Arthur - ¿Qué? No pensarás que voy a ver a mi clienta con esta ropa llena de sudor ¿o sí?
- ¿Siempre cargas con una maleta con ropa limpia en tu auto?
- ¡Por supuesto! ¿Tú no? – continuó con su tarea de quitarse la camisa para ponerse la limpia.
- ¡No!
- Deberías. Nunca sabes cuándo vas a necesitarla.
- Lo que tú digas.
- Ahora me das por mi lado, pero es indispensable estar preparado siempre. ¡Qué no me veas! – dijo, al darse cuenta de que Arthur lo veía por el rabillo del ojo.
- No hay nada ahí que no haya visto ya – contestó Arthur, monótono, pero regresó la mirada al camino.
Francis terminó de abotonar su camisa. Bajó el espejo del auto y sacó varios botes pequeños de cremas y de lociones que empezó a aplicarse en la cara.
- ¿Es en serio? ¿Te estás maquillando? – Arthur parecía incrédulo.
- No seas tonto. No es maquillaje. Este frasquito – dijo, mostrándole un bote plateado – es un limpiador facial y este otro – la acercó a la cara de Arthur – sirve para refrescar mi rostro y bajar lo rojo de la piel. También tengo algunas cremas humectantes y sueros para disimular los poros o quitar las espinillas. ¿No me digas que tú no sigues ninguna rutina facial?
- No sé de qué me hablas.
- ¿Nada? ¿Ni una crema?
- Solo uso una crema en la cara en las mañanas y a veces en las noches o cuando me acuerdo.
- ¿Qué crema es? – Francis preguntó con interés.
- Ni idea. Lo compra Michelle. No creo que tenga demasiada importancia.
- ¿Qué no tiene importancia? Ya es tiempo de que empieces a cuidar tu piel, Arthur. Ya estás en tus treintas y pronto comenzarán a salirte arrugas. Es más, creo que ya veo unas patas de gallo por aquí – tocó suavemente la cara de Arthur, cerca del ojo en donde pudo sentir unos pequeños pliegues. Arthur quitó rápidamente la mano del francés con un gesto de fastidio.
- Sí, sí, ya – dijo Arthur, con hastío. - ¿cómo es que traes todo eso, pero no traes una llanta de repuesto?
- La llanta que se desinfló era la de repuesto. Mandé cambiarlas hace dos semanas.
- Pues parece que te estafaron.
- Ni lo digas. – Ya había considerado eso, pero no tenía ganas de ocupar su mente en ese tema. Se enojaría y no quería llegar de mal humor con su clienta. Buscó otro tema de conversación. - No me dijiste a qué vas al Pueblo.
- A ver unos terrenos que están vendiendo en las afueras – explicó Arthur.
- ¿Planeas construir una casa? – Francis recordó la hermosa suite en la que vivía Arthur y cómo sería una pésima idea dejar de vivir ahí.
- Estamos buscando nuevas opciones de negocio. Voy a ver el terreno, la ubicación y qué tanto conviene construir ahí alguna extensión del hotel.
- Siempre pensando nuevas formas de negocios.
- Pues sí. Es a lo que me dedico – Arthur tomó una cajetilla de cigarros que tenía en el posavasos del auto, pero antes de sacar uno, Francis lo interceptó.
- ¡No! No puedes fumar ahora. No voy a llegar con mi clienta oliendo a cigarro. ¡Y menos voy a llevarle los vestidos con ese olor! – dijo, señalando en dirección a los asientos traseros, donde estaban colocadas las prendas.
Arthur suspiró, pero hizo caso a lo que decía su compañero de viaje y dejó la cajetilla en donde estaba.
- Estás haciendo que me arrepienta de estar llevándote.
- ¡Jmm! – Francis terminó de asearse. Tomó su celular que seguía cargándose y llamó a la boutique, en donde explicó lo que le había pasado al auto y solicitó que buscaran soluciones para la reparación de la llanta. Cuando colgó, se tomó unos minutos para relajarse, ya estaban en la entrada del Pueblo y le dijo a Arthur el camino a la casa de la clienta. Al llegar, bajó del auto, sacó los vestidos y le agradeció a Arthur su ayuda. No muy profundamente, solo un simple "gracias". Por dentro sentía que le debía la vida, sin él, no hubiera sido posible hacer su entrega, pero no se lo haría saber de forma efusiva. No esperó más tiempo y tocó el timbre de la casa de la clienta mientras escuchaba el auto del inglés alejarse.
