Habían pasado ya tres horas desde que dejó a Francis en el portal de la casa de su clienta. El recorrido a los terrenos que fue a ver ya había terminado, se acababa de despedir de los vendedores y ahora iba camino a su automóvil, listo para emprender el camino de regreso. Pero pensó que tal vez, Francis no tendría forma de volver. Bueno, seguramente sí la tendría. Podía conseguir un taxi desde aquí, o algún otro medio, no es que en este pueblo no hubiera facilidades de transporte. Como fuera, no se sentía tranquilo si no sabía si Francis estaba seguro así que, ya sentado en el asiento del auto y antes de ponerlo en marcha, le mandó un mensaje al francés.

- ¿Ya saliste?

- Justo acabo de salir – fue la respuesta que recibió, dos minutos después.

- Ok – escribió Arthur – pasaré por ti.

- Te espero.

A Arthur se le ocurrió que tal vez debió de preguntarle si quería que fuera por él, pero como Francis no se opuso, encendió el coche y se dirigió a buscarlo. Al llegar a la casa de la clienta lo encontró en la puerta, hablando con la mujer, al ver el auto detenerse, se despidieron rápidamente y el francés subió al auto.

- Gracias por venir por mi – exclamó Francis una vez que Arthur retomó el camino de regreso.

- No tienes que agradecer. ¿Quieres pasar a comer algo? Tengo hambre.

- No veo por qué no.

Buscaron algún lugar donde comer, encontraron un restaurante pequeño y rural dentro del pueblo. La comida era buena, no espectacular, pero tenían hambre y no había muchas opciones. Francis bromeó con que nunca se hubiera imaginado a Arthur en un lugar así a lo que el inglés replicó indignado diciendo que se adaptaba a todo tipo de circunstancias, aunque no supo si Francis le creyó, por lo que prefirió hablar de otras cosas. Para bien o para mal, con Francis siempre tenía múltiples temas de conversación. Hablaron de todo, del trabajo, de la ciudad, de la playa, de deportes, del auto nuevo de Arthur (por eso Francis no lo reconoció cuando lo vio detenerse en la carretera, hacía unas horas), bromearon, rieron y sin darse cuenta pasaron horas en el restaurantito, charlando relajadamente y, cuando por fin repararon en la hora, ya estaba a punto de anochecer. Arthur se hubiera agobiado por haber permitido que pasara tanto tiempo, pero, al contrario, se sentía bien, como si esta salida era algo que necesitaba desde hace mucho. Un poco de tiempo desconectado de todo con la compañía de alguien agradable y una plática sencilla, sin pretensiones y ahora se sentía bien, renovado, dispuesto a continuar con su vida habitual una vez que llegase a casa. Mientras esperaban la cuenta y en un rato de cómodo silencio consideró que tal vez sería buena idea hablar de vez en cuando con el francés. Con él era con el único con el que se entendía casi perfectamente y no tenía nada de malo quedar para platicar una o dos veces al mes, ¿no? No es que estuviera haciendo algo malo. Así como Michelle salía todo el tiempo con sus múltiples conocidos, él podía tener un amigo al que frecuentar. Vaya que le hacía falta.

Ya con la cuenta saldada salieron del restaurante, subieron al auto y Francis comenzó a bromear nuevamente, decía cosas tan divertidas que tenían a Arthur casi doblándose de la risa, carcajeándose alegremente, como no se había reído probablemente en años. Tuvo que contenerse para no fallar al conducir y ocasionar un accidente. Durante todo el trayecto de regreso siguieron así y ¡por Dios! Cómo necesitaba Arthur este escape. Se sentía mejor que nunca, contento y relajado. Al llegar a la ciudad y durante un semáforo en rojo, volteó a ver a Francis y se dio cuenta que él estaba igual. Los ojos le brillaban y simplemente se veía tan bien. Tan apuesto. Algo dentro de Arthur se encendió, se sentía como un adolescente que sale por primera vez con su crush después de meses imaginándolo, quería seguir riendo y con la mente ligera.

Sin embargo, tuvo que regresar a la realidad. El viaje terminaba y le preguntó a Francis si quería que lo dejara en su casa. Éste contestó que no. Ya era tarde, pero tenía que ir a la boutique a terminar ciertos asuntos, no había estado en todo el día y seguramente había pendientes acumulados. Iría a ver qué hacía falta, lo organizaría para los días siguientes y, para terminar, buscaría el lugar en donde estaban reparando su auto para cerciorarse de que todo estaba bien. Al llegar a la boutique, ya estaba cerrada. Era normal, le dijo Francis, por la hora, ya no esperaba que estuviera nadie.

- ¿Quieres pasar? Te ofrezco una taza de café – le preguntó Francis. Arthur había detenido el auto hace unos minutos y ahora estaban sentados, inmóviles en un silencio extraño, probablemente esperando que el otro lo rompiera. El francés desabrochó su cinturón de seguridad e hizo ademán de abrir la puerta mientras esperaba la respuesta de Arthur.

"No debería". Pensó Arthur para sí. Tenía ya que llegar a casa, había descuidado sus obligaciones casi todo el día. En un par de momentos en el restaurante, revisó su celular, para responder los mensajes que requerían una respuesta rápida y había aprovechado para mencionarle a Michelle algunas características de los terrenos que visitó, además de decirle que se había detenido a comer y, por lo tanto, llegaría más tarde de lo esperado. Ella le contestó que saldría con un par de amigas para ir de compras así que probablemente, en estos momentos ella no estaría en casa.

- Ok. – Arthur aceptó la propuesta. Bajaron de auto, entraron a la boutique y entraron a la oficina del francés, que se disculpó por el desorden del lugar. Francis se acercó a una pequeña cocineta y encendió la cafetera, mientras Arthur observaba el espacio: era bastante notorio que Francis trabajaba y pasaba horas ahí, había retazos de tela tirados en varios lugares y tres maniquíes con telas enrolladas alrededor de ellos a modo de vestidos sujetos con alfileres. Además, en varias mesas y estantes había cintas métricas, tijeras, hilos y en un rincón cerca de la ventana se veían dos máquinas de coser. Una vez con el café listo, Francis se acercó a un sillón y con la mano libre quitó los cuadernos de bocetos que estaban en la mesita. Colocó ahí las tazas e hizo ademán de ordenar un poco para dejar espacio para sentarse. Arthur trató de ayudar a recoger y, una vez que estuvieron seguros de quitar todo lo que entorpecía o podía mancharse, se sentaron, uno al lado del otro. Arthur no le hizo caso a su taza, en lugar de eso, tomó un cuaderno de bocetos cercano y comenzó a ojearlo con curiosidad. Para su sorpresa, no fueron dibujos de vestidos lo que vio, sino múltiples esbozos a de diversos paisajes naturales y urbanos.

- ¿Todavía pintas? – le preguntó al francés, recordando su antiguo hobby.

- De vez en cuando. Ya casi no, el trabajo me absorbe – explicó Francis, mientras se recargaba en el asiento del sillón y echaba su melena hacia atrás con la mano. – cuando estuve en Nueva York pinté muchísimo.

- ¿Dónde están esos cuadros ahora?

- Algunos los vendí y otros los dejé en el departamento. No sé qué pasó con ellos. No traje ninguno de regreso a París. ¿Qué pasó con tu interés en la literatura?

Arthur soltó una risita despectiva.

- Nunca me dediqué a ello. Ni siquiera recuerdo qué era lo que quería escribir.

- ¿Entonces no piensas intentarlo otra vez?

- No creo. Al igual que tú, no tengo el tiempo. Tal vez lo haga en un futuro, cuando me retire o algo así. – Arthur dejó el cuaderno en la mesita y tomó su taza de café. No pudo evitar hacer una mueca de desagrado al dar el primer sorbo. – ¡Arghh! – regresó la taza a su lugar – debo buscar ahora algo con que quitarme ese sabor.

Francis se echó a reír.

- Mon cher, no tengo nada más que ofrecerte – también dejó su café en la mesa. Colocó su codo en el respaldo del sillón mientras usaba su mano levemente cerrada para sostener su cabeza. Arthur imitó esa posición de manera que quedaban viéndose de frente. No sabían qué más decir. El inglés quería prolongar este momento, no deseaba irse a casa todavía. Tenía una fantasía de empezar a coquetear con Francis, que se veían tan seductor, con los ojos tan azules, su cautivadora sonrisa y ese semblante que era una mezcla entre encantador y sexy, quería empezar a provocarlo, para ver hasta donde podían llegar. Comenzó por pasar la mano ligeramente por la del otro con movimientos casi imperceptibles fue subiendo muy lento hasta colocarla muy cerca de sus labios entreabiertos. El otro alzo la ceja y emitió una pequeña sonrisa al percibir el tacto del inglés sobre su piel, pero no dijo nada, en cambio, tomó la mano que acababa de posarse sobre su cara y entrelazó sus dedos con ella, viendo fijamente las dos manos unidas. Eso fue todo lo que Arthur necesitaba. Sin detenerse a pensar si lo que hacía era correcto, se acercó a Francis hasta sellar sus labios con los suyos.


"¡Por Dios!" pensó Francis al sentir una descarga eléctrica en el beso de Arthur. Esto era todo lo que necesitaba, le daba vida y sentido a su existencia. Abrió la boca para permitir a Arthur entrar en ella y así estuvieron, en esta sensual batalla de lenguas y labios, quién sabe cuánto tiempo. Arthur comenzó a dominar el beso, elevándose un poco para quedar por encima de él mientras que Francis apretó con fuerza la mano que tenía entrelazada. Entonces fue que creyó que un balde de agua fría le había caído encima, al notar entre sus dedos el anillo de matrimonio del inglés. Con movimientos rápidos, como si el artefacto le quemara, apartó su mano de la del otro.

- Espera – comenzó a empujar al otro, que no entendió la señal inmediatamente y comenzó a besarle el cuello – Arthur, espera – dijo esta vez con más firmeza, hasta que, por fin, logró que lo escuchara y que se separara de él. Pero no fue mucho el espacio que quedó, apenas unos centímetros entre ellos. Francis puso la mano en el pecho del otro, para mirarlo a los ojos y mantenerlo a una distancia considerable. – No quiero hacer esto. – explicó con seguridad. Notó que Arthur quería protestar, pero antes de permitirle decir cualquier cosa, puso uno de sus dedos en los labios del otro, como señal de que callara. – No. – Suspiró. – Me rehúso a ser tu amante o tu aventura o como le quieras decir. No quiero tener ningún tipo de relación contigo mientras estés casado. No permitiré que juegues conmigo. – dijo con severidad y con esto, se alejó completamente y se puso de pie, dirigiéndose a la mesita de la cafetera, en donde se recargó, cruzando sus brazos. Vio que Arthur intentó decir algo, sin embargo, se quedó mirando su anillo de matrimonio, en la mano izquierda que tenía los dedos estirados. Se acomodó en el sillón, con ambos pies plantados en el suelo y colocó la cabeza entre sus manos, cerrando los ojos y calmando su respiración.

- Tienes razón – susurró luego de varios segundos. Se recargó otra vez en el respaldo, mirando al techo. Francis no se movió, pero esperaba que Arthur ya se fuera. No quería pasar más tiempo con él, necesitaba estar solo. – Lo lamento – dijo el inglés luego de un rato. Se levantó, preparándose para irse.

- Yo también – fue la respuesta que le dio Francis.

- Quisiera que… – Arthur se acercó a él. Francis volteó la cara, para evitar verlo, después enfatizó sus palabras – quisiera que las cosas fueran diferentes.

Francis cerró los ojos al sentirlo cerca. Sintió una ligera caricia en su mejilla seguida de un muy breve beso. No se movió. Sintió una brisa recorrer su cuerpo al notar que Arthur se alejaba y cuando abrió los ojos, el inglés ya estaba cerrando la puerta del taller. Esperó varios minutos, hasta escuchar el coche arrancar, señal de que Arthur ya se iba. Solo entonces fue que regresó al sitió que había ocupado en el sillón y dio rienda suelta al llanto que emergía de él y que se había acumulado desde varios meses atrás. Lloró por todo, por lo que había sido, lo que no pudo ser y se preguntó, amargamente qué era lo que él no tenía, qué le faltaba y por qué, no importaba cuando se esforzaba, no podía encontrar esa pareja que tanto deseaba. Tal vez para muchos era un deseo tonto o demasiado infantil, pero él sí quería encontrar el amor de su vida. Sí quería casarse, tener alguien a quien llegar todos los días, un par de brazos abiertos que lo recibieran en sus días malos y él estaba dispuesto a hacer lo mismo por el otro, sin pensarlo. Pero no lo encontraba, todos los hombres con los que había salido tenían planes distintos o estilos de vida tan diferentes en los que Francis no cabía. ¿Qué tenía de malo desear que alguien más lo quisiera como pareja? Y lo mas patético de todo, fue darse cuenta de que solo quería a Arthur. A nadie más. Con nadie se sentía tan completo, tan feliz. Que cruel era la vida que le había puesto al perfecto candidato al alcance de la mano solo para quitárselo una y otra vez.


Arthur tardó en llegar a casa. Dio varias vueltas alrededor de la ciudad y luego se quedó un rato a orilla de la playa, para intentar serenarse por lo que acababa de pasar. No se arrepentía. Pensó como había hecho lo que tanto había anhelado desde hacía tiempo, tenía una sensación agridulce por eso: no podía evitar sentir esta profunda tristeza, se sentía vacío, era absurdo como teniéndolo todo, aun así, quería aquello que ya estaba muy claro que no era para él.

Casi era media noche cuando llegó a la suite, y era de esperarse que las luces estuvieran apagadas. Cerró la puerta con suavidad, la oscuridad lo motivó a no hacer ruido: Michelle seguramente ya se había ido a dormir, Pero al acercarse al sillón de la sala de estar, se sobresaltó al ver movimiento.

- ¡Me asustaste! – dijo con una risita y llevándose la mano al pecho. Michelle estaba ahí, recostada en el sillón en medio de la oscuridad, iluminándose solo por la luz que entraba del enorme ventanal. Se incorporó al sentir la presencia de su esposo y se estiró un poco para encender la lámpara de pie que estaba al lado del sillón. La luz era tenue, pero suficiente para ver que Michelle estaba inquieta. Aun no se ponía su ropa de dormir, traía puesto un vestido floreado que compraron en un puesto callejero de Seychelles durante su luna de miel, por un precio risible, Arthur no sabía que existía ropa de tan bajo precio. Curiosamente, era uno de los vestidos que mejor le sentaban a su esposa, a él siempre le había gustado como se le veía. Pero ahora lo percibía extraño, como si fuera otro o como si la mujer que estaba ante él no fuera la joven con la que se había casado.

- ¿Dónde estabas? – preguntó Michelle, sin mostrar emoción alguna.

- Vengo llegando del Pueblo – explicó.

- Curioso que digas eso. Te vi entrar a la boutique de Francis, con él, hace más de dos horas.

Arthur sintió que el alma se le iba del cuerpo.

- Ah, - comenzó a explicarle a grandes rasgos lo que había pasado con Francis, desde el momento que lo encontró en la carretera hasta que lo dejó en la boutique, sin mencionar ningún detalle sospechoso. Michelle lo observó mientras le contaba, cuando terminó no dijo nada, sin cambiar la expresión impasible volteó a ver al frente, hacía el cielo nocturno que se veía a través del ventanal. - ¿Cómo es que me viste? – inquirió Arthur al terminar su relato. – Me dijiste que habías ido al centro comercial.

- Te dije que iría de compras. No te dije que iría a ningún centro comercial. Y no sé si te has dado cuenta, pero la boutique está en una calle llena de tiendas. – su tono era seco.

Se quedaron en un silencio muy tenso durante un buen rato. Arthur no sabía que decir. Seguramente Michelle se estaba imaginando cosas, pero quería saber qué tanto intuía antes de intentar defenderse.

- ¿Sabes? – comenzó ella, que no se quedaba quieta, movía las manos con agitación o golpeaba el piso rápidamente con los pies. – me estoy empezando a cansar de esto.

- ¿De qué?

- De todo esto – hizo un círculo con las manos – ya me cansé de estar fingiendo.

- Explícate.

- ¡Arthur! – se levantó, se quedó parada frente a él, que permaneció sentado, sintiendo que la mente se le quedaba en blanco, tenía miedo de actuar y empeorar las cosas - ¿Es que acaso no te das cuenta? ¡Llevamos fingiendo meses que estamos bien! – se alejó de él, hasta quedar al lado del ventanal. La luz de la luna iluminaba su cara. Arthur se levantó y se dirigió a ella, hasta que quedaron de frente. – Nuestro matrimonio no está funcionando y ya no sé si quiero seguir – dijo ella, con fatalidad.

- No, Michelle. – el pánico se apoderó de él, no quería escuchar ya nada más – es cierto que no han estado las cosas bie...

- ¿Qué hacías con Francis? – lo interrumpió ella, casi gritando.

- Ya te dije que lo llevé con una clienta porque se quedó sin llant…

- ¿Qué fuiste a hacer a la boutique? ¿Por qué te tardaste dos horas ahí?

Arthur se llevó el dedo índice y pulgar al puente de la nariz y cerró los ojos. Quiso hacer tiempo para responder por lo que, se acercó al interruptor de luz para iluminar la estancia.

- No estábamos teniendo sexo, si es lo que estás suponiendo – respondió, de espaldas a ella, tras prender la luz.

- Me prometiste que ya no lo verías.

- ¿Y qué querías que hiciera? ¿Qué lo dejara en la carretera en medio de la nada?

- ¡Cómo si esa fuera la única opción que tenías! De haber sido otra persona ni siquiera te hubieras detenido a ayudarlo, tú no eres tan buena persona.

Arthur levantó una ceja.

- Ah, ¿sí? ¡Y qué más tienes que decir?

- No me has respondido qué hiciste en la boutique.

- Platiqué con él un rato, ¿qué más da?

- ¡Qué pasaste todo el día con él! Me mentiste diciendo que estabas en un restaurante y no sé qué más, pero en realidad estuvieron juntos todo el tiempo.

Arthur quería interrumpirla, se estaba molestando por sus conjeturas, pero Michelle siguió hablando, con cada oración que decía su voz se incrementaba.

- Y no sé cuántas veces más has hecho esto. Y tienes el atrevimiento de enojarte, como si fueras un santo, y yo soy la loca por reclamarte lo que es mi justo derecho como tu esposa. Te burlas de mí, no me das mi lugar, no me respetas y…

- ¡Michelle cálmate! ¿Te estás escuchando?

- ¿Cómo me voy a calmar? ¿Sabes lo que están diciendo todos de nosotros?

- ¡Qué me importa lo que dicen! Tú y yo sabemos que no es cierto.

- Aseguran que eres gay. – Ahora fue Michelle la que lo siguió, hasta quedar frente a él. Tenía fuego en los ojos - Que por eso nunca estamos juntos, que seguramente ni me quieres y solo soy tu tapadera para que todos crean que eres heterosexual. Y ahora vas, y te pierdes por horas con tu exnovio, dándoles la razón a todos ¿y todavía pretendes que haga como que no pasa nada?

- Tal vez deberías dejar de juntarte con esa gente estúpida para que ya no te llenen la cabeza con esas idioteces.

- Pues fíjate que estaba con "esa gente estúpida" cuando te vi bajar alegremente del auto enfrente de la boutique. También ellas te vieron, y no tienes idea la mirada de lástima que me enviaron al descubrir que eras tú.

- ¿Y qué con eso Michelle? ¿No puedo tener amigos porque tus descerebradas amigas creen que me acuesto con ellos?

- Francis no es tu amigo. Eso lo sabes mejor que yo.

- La gente siempre va a hablar, ya deberías de estar consciente de ello. ¿Tú crees que, si estuviera haciendo algo malo, lo haría en la boutique, enfrente de todos?

- No lo sé. Dime tú.

Arthur suspiró y se pasó las manos por la cara. No quería seguir dándole vueltas a este asunto.

- Pero ya sé que me vas a decir – continúo Michelle, al ver que Arthur no respondía – me vas a prometer que esta es la última vez que lo haces, que lo sientes mucho, que ya no lo vas a ver, solo para volver a sus brazos a la primera oportunidad que tengas. Ya me están hartando tus mentiras y tus falsas promesas.

- ¿Te das cuenta de que estás dejando que otros opinen en nuestro matrimonio? Aquí somos nosotros dos, Michelle, solamente nosotros. ¡Qué importa que los demás digan o hagan mil cosas? Tú error es que los dejas entrar, como si los tuvieras aquí siendo espectadores.

- Y tú error es que eres un mentiroso hipócrita que aparenta ser una buena persona y un buen esposo.

- ¿Y no lo soy? ¿No me estoy esforzando todo el tiempo para mantenerte feliz?

- Ah, sí claro, como soy tan feliz ahora.

- ¿Qué mas quieres que haga? Michelle, solo me exiges, crees que tu felicidad depende de mí, ya es tiempo que tú también pongas de tu parte. Yo no soy el único aquí que comete errores.

- ¿Entonces quieres que me quede callada mientras andas por ahí dejándote seducir por otros? ¿Tan poca cosa crees que soy? Mejor deja de mentir, de poner excusas y de darle vueltas al asunto. Extrañas a Francis por mucho que quieras negarlo.

Arthur estuvo a punto de decir que no le mentía. Pero no era verdad. Ya había perdido la cuenta de cuántas veces omitía decirle algo a Michelle o de plano le negaba los hechos, aunque los tuviera enfrente. Arthur fue a la mesa del comedor, en donde se sentó un rato. Michelle no lo siguió. Estuvieron así, cada uno en una habitación diferente, sin decir palabra durante bastante tiempo. Estaba sorprendido, ellos rara vez peleaban y ahora no sabía ni como defenderse, así que empezó a buscar opciones, a hacer planes. Le dolía la cabeza de tanto pensar, se levantó y fue a buscar a su esposa, que se había vuelto a sentar en el lugar del sillón en el que seguramente había pasado la noche.

- ¿Sabes qué, Michelle? – dijo, luego de idear un plan - Vámonos de aquí.

- ¿Qué dices? – respondió ella, con fastidio.

- Vámonos. A otro lado, a otra ciudad, donde quieras. Es esta ciudad la que nos está haciendo daño.

- ¿Esa es tu solución? – preguntó Michelle, incrédula.

- Sí. El hotel ya funciona perfectamente, ya no nos necesitan aquí. Abramos otra sucursal, en otro lado y empecemos de nuevo, sin todo este veneno que hay aquí alrededor.

- No puedo creer lo que estás diciendo. ¿Crees que así se solucionará todo?

- Al menos estoy sugiriendo algo – Arthur empezaba a impacientarse con la necedad de su esposa – Tú ya quieres tirar todo por la borda, solo porque tenemos un malentendido.

- ¡Un malentendido! Arthur, llevamos meses así. Meses aparentando que este matrimonio funciona y que no tenemos problemas y no es verdad.

- ¿Qué quieres hacer entonces?

Michelle no contestó. Se alejó de él otra vez, nuevamente para mirar por el ventanal. La marea había subido y se veía el mar azotar con fuerza. La noche era bastante cálida, pero Arthur se sentía frío.

- ¿Cuánto tiempo vamos a seguir así, Arthur? Pretendiendo que somos una pareja perfecta cuando estamos lejos de estarlo.

- No existen las parejas perfectas. Debemos esforzarnos para hacerlo.

- ¡Ese es el punto! Que nos estamos esforzando demasiado.

- Vivir en pareja no es fácil, Michelle. No creas que para mí es fácil vivir contigo.

- Pero cada vez nos esforzamos más ¿no lo ves? ¡cada día que estamos juntos nos alejamos, en lugar de acercarnos o de tratar de entendernos! ¡Este matrimonio se ha vuelto una carga que llevamos! Llegamos a vivir aquí para mejorar las cosas y solo empeoraron.

- ¿Cómo no va a ser una carga si te la vives celosa, esperando que me acueste con alguien más para inculparme?

- ¿O sea que la culpa la tengo yo? ¡Claro, porque tú eres un santo que nunca hace nada malo! El perfecto Arthur que hace todo bien y somos los demás los que lo malinterpretamos.

- ¡Pues sí! ¡Te la pasas juzgándome por cosas inofensivas o por cosas que ni he hecho!

- ¡Porque das pie a todo! Deja de hacer cosas buenas que parecen malas si no te gusta tener problemas.

Arthur se acercó a ella. Tenía el dedo índice levantando, como señal de que iba a decir algo, pero se contuvo. Ya ni siquiera sabía que decir. Esta pelea lo estaba agotando, pero Michelle no quería ceder y al parecer, no quería terminar de pelear.

- ¿Qué hacemos entonces? Ya te di soluciones y ninguna te parece.

Arthur vio, con temor, que Michelle se estaba rompiendo. Los ojos le brillaban con lágrimas que intentó contener, pero ya no podía. Trató de enjugarse con la palma de la mano algunas lágrimas que empezaban a asomarse. Luego se abrazó a sí misma, parecía considerar todo, volteó a ver el departamento, después el mar y finalmente a Arthur que estaba otra vez frente a ella, esperando.

- Quiero que te vayas – dijo, tras soltarse.

Arthur abrió mucho los ojos al escuchar eso, el corazón le latía con fuerza. No lo esperaba. Pensaba que Michelle gritaría otro rato para después calmarse entre los dos y terminar esta pelea sin sentido.

- ¿Por qué? – dijo casi inaudible.

- Decías que querías estar solo, ¿no? Llevas meses huyendo, tratando de escapar. Bueno, pues te concedo tu deseo. Vete por favor, déjame sola, quiero pensar.

- Michelle – ahora era Arthur el que no creía lo que escuchaba - ¿quieres que me vaya solo porque me viste con Francis?

- ¿Es que no lo entiendes Arthur? – dijo ella con angustia – No es que te haya visto con él. Es la expresión que tenías mientras estabas con él. Nunca me has visto a mi como ves a Francis.

Arthur abrió la boca para contestar, pero al parecer lo pensó mejor. También él empezó a sentir el esbozo de lágrimas acumulándose, no se quería ir, pero tampoco quería escuchar esto.

- Michelle, yo quiero estar contigo – dijo con calma, cuando pudo contenerse.

- ¿Para qué? ¿Para seguir haciendo como que no pasa nada? ¿Para castigarme con esa expresión culpable que pones siempre que haces algo que no deberías? No, Arthur. Yo sé que te quieres ir con él. Es obvio.

- ¿Así nada más? ¿No vamos a intentar siquiera luchar por esto?

- Llevamos meses intentado. Años. Y no funciona. Y, además – exhaló con gravedad, aún trataba de no llorar – yo también quiero alguien que me vea así. Que me ame plenamente y no solo porque tiene que hacerlo. Quiero a alguien que esté enamorado de mí. Me lo merezco.

- Yo te quiero, Michelle, siempre te he querido.

- Pero no me quieres como yo quiero que lo hagas y ese es el problema.

Él suspiró. Miró a su esposa, se sentía deprimido, desilusionado, molesto por todo lo que estaba ocurriendo, por escasas las oportunidades que tenía para reivindicarse y que cada vez eran menos. Se sentó casi bufando por lo exasperado que estaba, él también sentía como si algo se estuviera quebrando adentro de él. Pasó otro rato sin que ninguno de los dos dijera nada. Arthur estaba esperando a que Michelle se retractara por sus palabras, pero ella solo lo miró, esperando su respuesta.

- Está bien – concedió – me iré un par de días. Te doy el tiempo que quieras para que pienses, te dejaré en paz. – fue a la habitación que compartía con ella, con pesadumbre, como si cargara el peso del mundo en sus hombros, sacó una maleta y con manos temblorosas por el remolino de emociones que tenía, empezó a guardar algunas cosas. Michelle lo siguió, lo veía desde la puerta. Se veía igual de alterada que él. Cuando estuvo satisfecho con lo que había puesto en la maleta que le serviría para algunos días afuera, regresó a su escritorio, desde donde tomó otros artículos de trabajo, los puso en su portafolios y se dirigió a la puerta. - ¿Estás segura de esto? – preguntó, antes de salir, porque él no lo estaba.

Ella tenía mucha incertidumbre en la mirada. Se veía completamente triste, como si se estuviera convenciendo de que lo que hacía estaba bien. Levantó la vista hacia él y asintió con la cabeza antes de hablar.

- Sí. Sí, lo necesitamos.

- Ok – parpadeó rápido, seguía luchando con las lágrimas, suspiró otras veces hasta calmar su respiración – Llámame cuando quieras que regrese.

Esperó unos segundos antes de abrir la perilla de la puerta, luego se quedó ahí otro rato más, pero Michelle no lo detuvo. Al salir, cerró la puerta sin hacer ruido, una vez afuera, no demoró en salir del hotel. No quería que nadie lo viera, además de la pesadumbre que tenía por todo lo que acababa de ocurrir, no podría soportar la humillación de salir en medio de la noche del que había sido su hogar hasta que su esposa lo echó a la calle.

Pero al subir al auto, tardó en ponerlo en marcha. Las lágrimas ahora salían libremente, impidiéndole ver con claridad, sintiéndose fatal por todo. Era increíble como en unos segundos puede cambiar todo, hacía unas cuantas horas estaba riéndose como nunca con Francis y ahora lloraba amargamente, lleno de pesimismo y temeroso por lo que pasaría en el futuro.


La ciudad no era tan grande y, por lo tanto, los rumores no tardaron en correr. Francis al principio no les hizo caso, total, los chismes siempre eran exagerados, pero a la tercera clienta que, con actitud cómplice llegó a decirle las noticias recientes, empezó a dudar. Todos decían que Arthur y Michelle, se estaban separando. Según lo que se oía, desde hace semanas que Arthur ya no vivía en el hotel Vidot, y luego, Erika, su asistente, confirmó los hechos. Al parecer, su hermano era guardia de seguridad de un edificio de departamentos en una zona residencial nueva, en donde vio que el inglés había rentado un pent-house y había estado llevando poco a poco sus cosas.

Tal vez, pensó, Francis, todo era un malentendido y solo se estaban dando tiempo para pensar. No llevaban mucho tiempo separados y por lo que sabía, muchas parejas hacían eso de distanciarse para darse un respiro de vez en cuando o para renovar su relación. No podía decirlo con seguridad, a él nunca le había pasado y ninguna de las parejas que conocía lo había hecho, pero probablemente sí era un hecho ocurrente.

Pronto llegaron los chismes más jugosos y dañinos. "Arthur tiene una amante", "no, no es una amante es un amante", "Arthur dejó a Michelle porque no puede tener hijos", "escuché de unos amigos de Europa que los casaron a la fuerza". De haber sido acerca de otras personas, Francis hubiera aportado a las conversaciones con sus conjeturas, divirtiéndose a costa de los demás, pero ahora le molestaba, sabía cómo le afectaban a Michelle esa clase de habladurías. Y eran sus supuestas amigas las que lo decían. Arthur no le importaba tanto, él siempre había sido objeto de pláticas parecidas y ya tenía la piel gruesa para soportarlo.

Aun así, no se atrevió a acercarse a Michelle. Entendía que, si no era él la causa de los problemas matrimoniales de los Kirkland, por lo menos había tomado parte. Se recriminó bastante por haber actuado como lo había hecho, todo esto se hubiera evitado si hubiera aclarado las cosas de frente, desde el principio y antes de permitir que el problema se hiciera tan grande que había colapsado todo. Maldita sea. Se sentía arrepentido, seguramente había arruinado la buena imagen que tenía ante Michelle, ella lo consideraba un buen amigo y ahora quién sabe si siquiera le contestaría una llamada. No lo averiguaría, no se sentía cómodo buscándola cuando seguramente ella estaba enojada con él.

Pasaron varios días más. Francis estaba terminando de comer su habitual sándwich de pescado en el restaurante cercano a la barranca, cuando, por la ventana vio a Arthur salir de uno de los restaurantes aledaños y caminar hacia una de las bancas del mirador. Era temprano, pero el inglés traía una lata de cerveza en una mano. Le dio un trago, se sentó y se quedó casi inmóvil, contemplando el mar, de espaldas a Francis, quien dudó un poco, pero, luego de pagar su cuenta, salió del restaurante y se encaminó hasta a la banca en donde se sentó al lado de Arthur. Este levantó una ceja cuando lo vio.

- Cheers – dijo, sin mucha emoción, levantando su cerveza en dirección al francés a modo de saludo y dándole otro trago. Estaba ojeroso, con el pelo enmarañado y una barba de tres días. En otras circunstancias sería gracioso, porque a Arthur le crecía una barba abundante que le daba un aspecto de un rudo y salvaje leñador y contrastaba con su imagen de pulcro hombre de negocios contemporáneo.

- Creí que ya no tomabas.

- Pfff – Arthur vació la lata y la dejó a un lado de la banca – no me estoy embriagando. Me quiero relajar un rato, eso es todo.

- ¿Cómo te sientes? – Francis consideró pertinente obviar lo que ya sabía e ir directo al grano. Arthur se encogió de hombros al escuchar la pregunta.

- He estado mejor. He estado peor. Son cosas que pasan ¿no? Solo que nunca esperamos que nos pasen a nosotros. – sacó de su bolsillo una cajetilla y un encendedor. En los movimientos que hizo para prender el cigarro, Francis notó la falta de la desventurada alhaja en su dedo izquierdo. Arthur reparó en los ojos del francés sobre su mano y respondió la pregunta que el otro no quería hacer – Nos vamos a divorciar – dijo gravemente - Ya no quiere que esté con ella.

- Y ¿cómo te sientes al respecto? – volvió a preguntar.

- Dependiendo del momento en que me preguntes. Es… todo ha sido raro, todo nos ha salido mal. Me duele pensar en lo felices que fuimos, porque sí lo fuimos. A ratos la detesto, porque se las da de víctima, como si yo hubiera sido el único que provocó todo, como si fuera mi culpa. Pero también sé que tiene razón. No es justo que sigamos atrapados en una relación que no va a ningún lado y ella se dio cuenta antes que yo.

- Lo siento.

- Yo también – exhaló humo de cigarro - Pero ¿sabes? Éstos últimos días me han servido para pensar que… - se detuvo, como si no quisiera decir lo que tenía en mente – me he dado cuenta de que realmente puedo seguir sin ella. La extraño, la extraño mucho, pero sé que no quiero regresar. Al principio no quería dejarla, me negaba a hacerlo. Creí que nos reconciliaríamos y todo seguiría igual o incluso mejor. Que usaríamos esta pelea como un impulso para crecer. Pero ya no quiero eso. Me da miedo darme cuenta de que me siento liberado, siento que ya puedo hacer lo que quiera sin temor a represalias y sin nadie que me detenga. Fue hasta ahora que me di cuenta de que, sin saberlo, estaba atrapado en una relación que no me dejaba respirar. Y yo no la dejaba respirar a ella, la estaba usando solo porque me daba confort.

- ¿Entonces es definitivo?

- Sí. Parece que sí. Hemos hablado de esto. Michelle está decidida y yo también. – Subió los pies a la banca y dobló las rodillas, apoyando la mano que tenía el cigarro en una de ellas, el otro pie debajo, mientras recargaba la espalda en el reposabrazos, mirando casi de frente a Francis, que imitó la posición, pero sin subir las piernas a la banca.

- ¿Qué harás ahora?

- Ni idea. – emitió una risa despectiva - Estoy desempleado, no he vuelto a trabajar en el hotel. – no es que fuera una fatalidad en el caso de Arthur, seguramente tenía dinero suficiente para vivir sin trabajar durante varios años.

- Puedo ofrecerte trabajo en la boutique, si lo necesitas – bromeó Francis. Arthur rio.

- Sí, claro, como sé cómo pegar botones.

- ¡Hey! Ese no es el extenso de mi trabajo.

- No veo que más puedas hacer.

- Muy gracioso – Francis se sintió aliviado de que al menos, pudo sacarle una sonrisa - ¿Regresarás a Inglaterra?

La sonrisa de Arthur se esfumó

- No pienso regresar a Inglaterra. Tampoco planeo quedarme aquí. La verdad no tengo planes. Pero me gustaría buscar un lugar sin tanto drama.

- No creo que eso sea posible.

- No, no lo es. – echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Ya había terminado el cigarro, pero aún lo tenía en la mano, consumiéndose. Abrió los ojos y volteó hacia el mar.

- Lamento que hayas tenido que pasar por todo esto – ofreció Francis, con sinceridad.

- Gracias.

- ¿Hay algo en lo que te pueda ayudar?

Arthur lo miro un largo rato.

- ¿Sabes que quiero? – Francis levantó las cejas al escuchar esta pregunta – quiero comprar unas diez botellas y acabármelas todas, hasta quedar inconsciente.

- Arthur, no creo que sea buena idea – Francis se puso receloso al escucharlo.

- No lo es, pero ya no tengo que perder. O también…

Francis no le quitó la vista de encima.

- Deberíamos ir a tu casa. – dijo Arthur viéndolo sin apenas parpadear.

Francis abrió los ojos al escucharlo.

- ¿A mi casa?

- O a la mía, si quieres. Se me ocurre tu casa, porque está más cerca.

- ¿Qué quieres hacer ahí? – Francis casi se abofetea a sí mismo al hacer una pregunta tan ingenua.

- ¿Qué crees que haremos? – Arthur lo miró con una expresión de obviedad.

- Arth… - empezó a decir Francis, dubitativo.

- Si me rechazas otra vez, no te insistiré. – los ojos le brillaron con determinación – no iré detrás de ti, no pienso volver pasar por todo esto. Me voy hoy mismo a buscar otra ciudad, otro país y ya no sabrás más de mí.

- ¿Crees que esto está bien? – susurro

- ¿Qué importa si está bien o no? Hemos pasado años haciendo lo que supuestamente está bien y míranos. Estoy a punto de divorciarme y tú has tenido miles de parejas, cada una peor que la anterior. Ya es tiempo de que hagamos lo que queremos y no "lo que está bien".

Francis suspiró al escucharlo. Seguía teniendo sus reservas.

- Y no sé tú, – continuó Arthur – pero yo ya no estoy dispuesto a seguir así. Ahora estoy seguro de que te he querido casi desde que nos volvimos a ver. Te he deseado. Ya soy un hombre libre, podemos estar juntos, ¿no fue la condición que pusiste?

La mente de Francis se quedó en blanco un par de segundos, antes de ponerse a pensar a mil por hora en todo lo que Arthur estaba sugiriendo. Se dio cuenta de que tardó en reaccionar porque Arthur comenzó a moverse, levantó la lata vacía y echó ahí la colilla de cigarro. Se le veía decepcionado, desencajado, aunque poco a poco iba tomando una expresión resignada y miraba hacia todos lados menos a él, haciendo tiempo antes de retirarse de ahí. Francis supo entonces que tenía que decidir rápido si no quería perder otra vez a Arthur.

- ¿Nos vamos tu auto o en el mío? – preguntó al final.

Supo que era la pregunta correcta, al ver el rostro de Arthur iluminarse ligeramente, aunque su eterna necedad le impidió mostrar más emoción.


Arthur estaba sediento. Había pasado las últimas horas metido en la cama de Francis, que se había saltado ese día de trabajo y se quedaran juntos recorriendo a besos y mordidas el cuerpo del otro. Tras colapsar después del éxtasis, Francis estaba empezando a dormitar y a Arthur le hubiera encantado pasar el rato acariciando su cabello y viéndolo dormir, con la expresión que tenía justo ahora, satisfecho y pleno, pero realmente tenía la boca totalmente seca y necesitaba un trago de agua. Con mucho esfuerzo logró soltarse del amarre que Francis tenía sobre su cintura y al decirle que quería tomar algo, el francés no fue un buen anfitrión, ya que, en lugar de ir a buscar el agua que tanto le solicitaba su ahora "amante", lo mandó a él a la cocina a servirse a sí mismo.

Faltaban todavía varias horas para que el sol se pusiera, así que se levantó, se puso la ropa interior que había dejado en el suelo y se dirigió al refrigerador en donde se sirvió un gran vaso de agua fría. En eso estaba cuando escuchó la puerta principal abrirse y, tras unos minutos, una voz conocida, pero que hacía tiempo no escuchaba se hizo presente.

- Francis, ¿de quién es el auto que está obstruyendo la entrada? – dijo Antonio, al reparar en la figura que estaba detrás de la puerta abierta del refrigerador y que no había notado todavía que no pertenecía a su compañero de casa.

- Hola Antonio – le contestó Arthur – tanto tiempo sin verte. – no le sonrió, pero tampoco había hostilidad en su saludo. Era extraño que, después de tanto tiempo viviendo en la misma ciudad y con algunos conocidos en común, esta era la primera vez que coincidían y se hablaban.

- ¿Arthur? ¿Qué haces aquí? – Antonio primero se sobresaltó, pero al fijarse que Arthur solo traía su ropa interior puesta y estaba tranquilamente en su casa como si la conociera de toda la vida, tuvo la revelación que respondió su pregunta.

- Iba pasando por aquí y me detuve a saludar – Arthur contestó, ligeramente divertido.

- Me imagino que el auto es tuyo.

- ¿El Aston Martin? Sí, es mío.

- Hola Antonio – los dos voltearon a ver a Francis salir de la habitación, que al igual que Arthur, no vestía otra ropa más que la interior. Arthur se acercó a él, lo abrazó fuertemente y luego le dio un apasionado beso que Francis, que lo tomó de la cintura con una mano, no dudó en responder. Cuando terminaron y aun abrazándose, el inglés volteó a ver a Antonio, retándolo a mostrar su desagrado acerca de su renovada relación: se moría de ver la expresión en la cara al verlos tan afectuosos. Como lo esperaba, Antonio estaba serio y parecía querer recriminar a Francis, lo que provocó que el inglés sonriera satisfecho. Siempre era un buen día para hacer enojar a Antonio. Se soltó del abrazo y se metió en la habitación, buscó entre sus cosas la llave del auto y salió nuevamente, para aventárselas a Antonio.

- Mueve el auto si quieres – le dijo, cuando Antonio atrapó las llaves y examinaba qué eran – solo no seas muy brusco con él.

- Tal vez se me resbale el freno y lo termine chocando – contestó Antonio, impasible.

Arthur soltó una carcajada antes de meterse a la habitación. Se detuvo en el umbral, volteó hacia Francis, le susurró un "no tardes" y cerró la puerta tras de sí.


Francis también quiso reír al ver las tonterías que hacía Arthur, pero sintió en él la mirada casi fulminante de Antonio y se serenó.

- ¿Estás seguro de esto, Francis? – preguntó el español, atónito a lo que acababa de ver.

- Sí. Nunca he estado mas seguro de algo en mi vida.

- Si tú lo dices – Antonio se encogió de hombros.

- Es verdad.

Antonio no dijo nada más y Francis le agradeció mentalmente por ello. Hoy se sentía bien, no quería discutir ni hablar de cosas tan serias. Por el momento solo quería estar con Arthur y recuperar todo el tiempo perdido. Así que Antonio se encogió de hombros, dejó las llaves de Arthur en la mesa y salió de la casa, probablemente para darles mas tiempo para estar solos. Francis recordó que él también tomaría algo, pensó que sería un buen día para celebrar y buscó una botella de vino, sacó dos copas y las llevó al cuarto, en donde el inglés lo esperaba ya, impaciente, para empezar otra vez con lo que habían estado haciendo todo el día.

Tenían tiempo. Si todo salía bien, mucho tiempo, muchos días, meses y años para poner las cartas sobre la mesa y dejar en claro el estado de su relación. Para sanarse mutuamente. Qué importaba si ahora no todo estaba bien entre ellos, si Arthur estaba vulnerable, si Francis estaba receloso, al fin, después de tanto tiempo y de tantos problemas y circunstancias, consiguieron estar juntos. Esta vez aprovecharían cada instante, sin cometer los errores del pasado, sin dejarse llevar por los demás, ya sea familia, amigos o cualquier otro personaje externo. Ya habían madurado, entendían mejor las cosas, ya no eran esos veinteañeros ingenuos, habían aprendido y si la vida les estaba regalando esta nueva oportunidad, entonces la utilizarían. No les quedaba más que ser felices, estaban completamente convencidos de que esto era lo que habían estado esperando desde el instante en el que se dijeron adiós, aquella noche en oscuro y lúgubre departamento de Londres, hace mas de diez años atrás.