Dos adolescentes y un niño de diez años corrían alegremente en un jardín alrededor de una fuente, detrás de un perro labrador que no se dejaba alcanzar. Las risas que emitían llegaban hasta Alistair, que los veía desde su escritorio, en el estudio de su casa cuya ventana daba a justo a ese jardín. Era un día de verano, las vacaciones escolares apenas estaban empezando y él sonrió con los juegos de sus hijos, el mayor que el próximo año se iría a la universidad, la de en medio, que entraría al internado de Bélgica también el próximo año y el más chico, que, sin darse cuenta estaba viviendo la separación de sus hermanos que crecían a pasos agigantados y lo dejaban atrás. Al menos estaban jugando. Ese mismo día, durante el desayuno, los más grandes habían estado peleando, gritándose e insultándose. Y cuando Alistair quiso intervenir y callarlos diciéndoles que entre hermanos no deberían de pelear, la jovencita, en una típica altanería adolescente, le recriminó que cómo es que se atrevía a usar ese argumento cuando él mismo no se hablaba con el Tío Arthur desde hacía quién sabe cuántos años.

Eso fue lo que lo llevó a reflexionar en que los niños no habían convivido casi nada con Arthur porque éste se había alejado luego de todo el fiasco de su juventud. Es más, la última vez que lo vieron fue hace cuatro navidades, en Nueva York, cuando todos acudieron a ver al hijo de Alfred que acababa de nacer. Y ni siquiera convivieron tanto. Recordó haber sentido celos fraternales porque Arthur y su esposa Michelle se la pasaron casi todo el tiempo con Alfred y Natalia, hasta los ayudaban con el bebé. Y cuando no estaban con los nuevos padres, se iban con Matthew. Las pocas veces que coincidieron los cuatro hermanos Kirkland, Arthur estaba distante, como si no quisiera estar ahí y se iba a la primera oportunidad que tuviera. Tuvo un dejo de amargura al pensar que, cuando nació su hijo menor, Alistair le pidió a Arthur que fuera su padrino (ya Patrick y Owen eran padrinos de los primeros dos), pero éste se negó rotundamente. Alistair pensó que tal vez era porque entonces estaba en rehabilitación y no tenía interés en cuidar a un bebé cuando ni él se podía cuidar. Pero tampoco quiso ser padrino de los hijos de Patrick ni de Owen, sin embargo, sabía que Arthur sí estaba presente en la vida del pequeño Jones – Williams, a él si lo veía cuando podía, lo mimaba y le compraba toda clase de chucherías. No está de más admitir que tales acciones sí le calaban un poco.

Después de eso, Arthur y Michelle, regresaron al Caribe mientras Alistair y su familia fueron de vuelta a Escocia, en donde Arthur nunca los había visitado.

Nunca pudo acercarse a Arthur. Por más que lo intentó, su hermanito (sí, Alistair todavía lo consideraba su hermanito, a pesar de que Arthur ya estaba a la mitad de sus treintas) siempre huía de cualquier proximidad que Alistair quería hacer. No es que fueran muchas, pero era una molesta herida, saber que se había equivocado tanto, al grado de que Arthur prefería pasar el tiempo con sus primos en el mejor de los casos o con extraños en el Caribe antes de estar con su familia cercana. Dicha familia nunca le recriminaba al respecto, pero sabía que ellos tampoco estaban contentos con el giro que habían dado las cosas. Lo veía en la mirada de resignación de su madre cada vez que Arthur declinaba cualquier oferta de pasar alguna fecha importante con ellos en Inglaterra y cuando accedía, llegaba de mala gana, hablaba muy poco y se iba lo más rápido posible. Con todo eso y de una forma necia y enfermiza, la familia respetaba su lugar en la mesa, quedando todo el tiempo un par de sillas vacías en cualquier reunión familiar de los Kirkland: la de Arthur y la de Michelle.

Y ya ni siquiera la de Michelle. Alistar suspiró al recordar la esperanza que había sentido cuando su madre le dijo el año pasado que Arthur estaba de visita en Londres. En su mente empezó a hacer planes para hablarle, pensando cómo comenzar a hacer las paces con él, tal vez por fin Arthur se había dado cuenta que necesitaba estar cerca de sus padres y hermanos y por eso estaba aquí, pero al escuchar que la razón que había llevado a Arthur de regreso a Inglaterra era para firmar su divorcio, esa esperanza se rompió, dando paso a una profundo dolor interno. El más pequeño de los hermanos Kirkland se quedó muy poco tiempo en Inglaterra, al parecer, el divorcio fue bastante tranquilo, los dos estaban de acuerdo y no hubo pleitos ni cantaletas. Todo fue formal y rápido, en menos de un mes ya estaba finalizado y Arthur, que durante esa estadía solo visitó la casa de sus padres, se volvió a ir.

Alistair echó la cabeza hacia atrás, para apoyarla en el lujoso respaldo de piel de su silla y cerró los ojos. Lo peor de todo es que ahora entendía perfectamente que todo lo que hizo con Arthur y su relación con ese tal Francis había sido solo para satisfacer su propio ego. Todas esas patrañas que dijo acerca de querer ayudarlo no eran más que una farsa que había inventado para no quedar tan mal ante los ojos de los demás y de sí mismo. Quería autoconvencerse de que había obrado bien, pero todo era una grandísima mentira. Realmente, lo hizo porque quería ver qué tan lejos podía llegar. Qué tanto poder tenía en sus manos y qué podía hacer con él. Un muchacho ignorante y ambicioso como había sido él en ese entonces no debería tener ese nivel de influencia al alcance. Fue interesante mientras planeó todo y era cierto que entonces creyó que Arthur estaba jugando y que su relación no era más que un amorío insulso de juventud y que, por lo tanto, no pasaría nada si interfería un poco. Y lo único que consiguió fue ganarse la total desconfianza de Arthur, su rechazo y aprensión. Desde entonces, nada dentro de la familia Kirkland regresó a ser como antes y ni siquiera había un atisbo de como reparar tan grande error y Alistair se recriminaba constantemente por eso.

De manera que, cuando Arthur se casó, Alistair respiró un poco, pensando que las cosas estaban cayendo en su sitio y para bien: su hermano era bueno en su trabajo, era confiable y había conseguido una mujer con la que podía vivir el resto de su vida. De alguna forma, eso lo consolaba, qué importaba que Arthur estuviera lejos de la familia si podía tener una buena vida. Así que, enterarse de su divorcio solo trajo a colación el hecho de que Arthur no estaba bien y seguramente no era feliz.

Pasó casi todo el día meditando ese asunto, sus hijos ya habían dejado de correr y ahora estaban compartiendo un bote de helado. Frunció el ceño al ver a Dexter, el perro, comiendo el helado que se les caía y dejando grandes manchas de azúcar en el piso de cantera importada, alrededor de la fuente. Los regañaría, pero no arruinaría ese momento entre ellos, pensó que al menos sus hijos se llevaban bien y él haría todo lo posible para que tuvieran buenos recuerdos de su infancia. Eso lo hizo tomar una decisión.

Ese mismo día, a la hora de la cena, él y su esposa les avisaron que alistaran sus cosas porque en tres días saldrían de vacaciones. Sonrió, muy satisfecho al ver que los niños estaban felices con la nueva noticia.


El sudor caía a borbotones de su frente y le empapaba la camisa. Era sábado, no tenía ni un día desde que habían aterrizado en Hawái y Alistair ya se había arrepentido de estar ahí. De su familia, solo su hijo mayor estaba sufriendo el calor como él, los otros dos y su esposa estaban felices con el cambio de clima, de un suave calorcito veraniego en Escocia a estar a casi 40°C, estaba seguro de que en algún momento dentro de las próximas horas caería muerto de deshidratación. Pero había venido por una causa y no se iría sin lograr, aunque fuera un avance, así que, tras estar un buen rato en el aire acondicionado de la casa que uno de sus amigos muy amablemente le había prestado para alojarse durante sus vacaciones, se despidió de su familia, ellos saldrían a divertirse a quién sabe dónde mientras él iría a cumplir su manda.

Se subió al auto que había rentado y con ayuda del GPS llegó a un camino rodeado de una diversidad enorme de árboles que recorrió hasta encontrar lo que buscaba. Ahí estaba: un encantador bungalow de color azul turquesa con un porche de madera y rodeado de por lo menos cinco árboles frutales que seguramente tenían bastantes años, puesto que sus raíces estaban rompiendo el suelo hecho de bloques de madera y tierra apisonada, creando una natural atmósfera verde y llena de vida. De repente se sintió nervioso y tuvo que contenerse para no regresar en la dirección por la que había venido. Pero no había hecho todo el viaje desde Escocia hasta acá para darse por vencido, así que se armó de valor, tomó una caja que había traído con él, bajó del auto, se adentró en el caminito que daba al bungalow y se acercó a tocar el timbre. Esperó un poco, observando a su alrededor. Se veía un garage al lado del bungalow y otras residencias parecidas esparcidas por aquí y por allá. De pronto, escuchó ruidos adentro, señal de que alguien se acercaba y se enderezó cuando vio que la puerta se abría un poco, para dejar ver el mechón de cabello rubio, las características cejas pobladas, herencia de todos los Kirkland y el ceño completamente sorprendido de Arthur.

- ¿A – Alistair? – dijo incrédulo - ¿Está todo bien? – no abrió la puerta del todo, pero miró hacia todos lados, buscando algo más, como si diera crédito a lo que estaba viendo.

- Hola Arthur – saludó Alistair, sonriendo afable - ¿cómo has estado?

- Bien – fue la seca respuesta de Arthur - ¿Pasó algo con mamá? – preguntó. Alistair supuso que seguramente su hermano pensaría que la única razón por la que el mayor estuviera en su puerta era que había ocurrido algo muy grave y no lo podían contactar de otra forma.

- Sí, Arthur. Esta todo bien – le dijo, tranquilizador - ¿Puedo pasar? – intentó dar un paso en dirección al umbral, pero Arthur lo detuvo, cerrando aún más la puerta que no estaba del todo abierta.

- Umhh – Arthur volteó hacia adentro de su casa, como si resguardara algo – No. – dicho esto, salió, cerrando la puerta tras de sí, aunque se quedó parado en el umbral - ¿Qué pasa? – preguntó otra vez, aprensivo.

- Bueno – El humor de Alistair cambió al ver la actitud de Arthur, ahora estaba inseguro de lo que estaba haciendo. Se convenció de sonreír otra vez, tratando de calmar a su hermano – He venido a hablar contigo.

- ¿Por qué? – El rubio daba la idea de que su visita era algo totalmente innecesario e indeseable.

- Porque… - Alistair insistió – creo que deberíamos pasar. – volvió a hacer esbozó de entrar a la casa, pero Arthur permaneció inmóvil en su sitio.

- Yo creo que n… - el más pequeño trató de replicar cuando, sin ningún aviso, la puerta se abrió de nueva cuenta, desde donde otra figura salió.

- ¿Arthur, quien llamó? – el aludido abrió mucho los ojos y con rapidez, casi cierra la puerta en la nariz del nuevo individuo, pero fue demasiado tarde, el otro ya había visto a su visitante – Ah – dijo con la misma expresión sorprendida de Arthur – Oh.

Alistair casi se queda boca abierto al ver un rostro que pensó que nunca más volvería a ver, pero se repuso rápidamente.

- Hola Francis – extendió el brazo para saludarlo – no sabía que estabas aquí.

- Hola Alistair, buen día – Francis aceptó el saludo, pero no mostró mucha emoción.

- ¿Cómo está tu madre?

- Muy bien, gracias por preguntar.

- Me alegro.

Nadie habló más, dejando que se colara un silencio que se hacía más incómodo con cada segundo que pasaba. Alistair notó que Arthur se había colocado justo enfrente de Francis, como si quisiera protegerlo. En otro momento se hubiera impacientado por la desconfianza hacia su persona, pero sabía esta vez, que Arthur tenía razón en estar receloso. Y justamente había venido a enmendar esa situación. Supo entonces que ninguno de ellos hablaría, así que no tuvo otro remedio que empezar otra vez la charla. Al final, él era el que estaba interrumpiéndolos.

- Ok, Arthur. Como te decía, he venido a hablar contigo. – su hermano no contestó. Alistair le acercó la caja que había traído con él – Toma, te traje un regalo – Arthur no la tomó, más bien, pareció salir de su trance, parpadeó y se volteó hacia su compañero, pero antes de que pudiera decir algo, el pelirrojo habló. - ¿Viven juntos? – estaba de más decir que Alistair no estaba enterado de la nueva vida de su hermano. Arthur se enderezó completamente y sin quitarle la vista de encima contestó, desafiante.

- Sí, ¿por?

- Solo preguntaba - Ahora entendía por qué se había negado a visitar Inglaterra éstos últimos meses. Si la primera vez que Arthur y Francis estuvieron juntos presumían abiertamente su relación a cualquiera que estuviera dispuesto a verlos y había terminado de forma tan desastrosa, era obvio que, si ahora se estaban dando otra oportunidad, quisieran ser más discretos.

- Francis – susurró Arthur a su compañero – entra a la casa, yo me encargo de esto.

- No, no – declaró Alistair, que, al ver que Arthur ignoraba su regalo, lo puso encima de la banca del porche que estaba al lado de la puerta – puedes quedarte Francis. En realidad, sería bueno que me escuchen los dos.

Esto hizo que Arthur entrecerrara los ojos, con absoluta desconfianza, pero al menos, Francis no se fue.

- Mira, Arthur, Francis, miren. Vengo en son de paz realmente. Estoy aquí – estaba nervioso – porque quiero pedirte perdón.

Arthur abrió la boca completamente. Era evidente que no se lo esperaba. Alistair prosiguió, ahora que se había armado de valor, no se iba a detener.

- Me he dado cuenta de que no quiero que sigamos alejados – prosiguió – somos familia y sé que te hice mucho daño y fueron mis acciones las que te alejaron de nosotros. Quiero terminar con esto. Quiero que tengamos una buena relación. Me gustaría que formaras parte de mi vida tú y – volteó a ver al francés – Francis. Por supuesto que tú también eres bienvenido, si así lo deseas. También sé que no será rápido y no te pido que seamos hermanos ejemplares de un día para otro, pero sí que nos demos una oportunidad. Aunque no lo parezca, siempre te he querido en mi vida y no hay día que no me lamente el que no estés con nosotros, acompañándonos y que no nos permitas estar contigo. ¿Qué dices?

Arthur tardó en responder. Parpadeó varias veces, como para recordarse que se podía mover y luego volteó a ver a Francis, qué no había cambiado su expresión impasible.

- ¿Cómo supiste que vivía aquí? – dijo, después de algunos segundos.

- Le pregunté a mamá tu nueva dirección.

- Ya veo.

Pasó otro momento sin que nadie dijera nada.

- Arthur – Alistair tomó la palabra otra vez – Estoy aquí, en Hawái, vine de vacaciones con mi esposa y mis hijos. Estaremos todo el mes. Me gustaría que vinieras con nosotros. Que vinieran los dos, si quieren, claro. Haremos lo que ustedes quieran, podemos organizar una comida o cena, o podemos hacer alguna actividad juntos. Como ustedes digan. Me encantaría que convivas con mis hijos, son buenos muchachos, te lo aseguro. Mucho mejores que yo. Realmente, Arthur, estoy aquí porque también yo quiero formar parte de tu vida antes de que sea tarde y estemos viejos y ya no tengamos oportunidad de pasar el tiempo juntos, como familia.

- Yo… no sé qué decir – contestó Arthur.

- Te dejo, para que lo pienses – Alistair se dio cuenta de que Arthur no estaba listo todavía, ni siquiera lo dejó entrar a su casa, así que lo mejor era dejar las cosas por este día y buscarlo después, una vez que hubiera asimilado su presencia. Le dio una pequeña palmada a su hombro – por favor, contáctame. ¿Tienes mi número, cierto?

- Sí, lo tengo – fue todo lo que Arthur pudo contestar.

Alistair sonrió, se despidió de ellos, se alejó, regresó a su auto y se volvió a despedir con un saludo de mano. Cuando se fue, Arthur tardó en reaccionar, entró a la casa y de no haber sido porque Francis tomó el regalo de la banca, Arthur se hubiera olvidado completamente de él.


- ¿Y, piensas ir con Alistair? – preguntó Francis. Ya habían pasado bastantes horas desde que el pelirrojo se fue. Arthur estaba sentado en la mesita de la cocina, mientras el francés picaba verduras para echarlas en una sartén.

- No lo sé. ¿Qué opinas?

- Tal vez sea buena idea.

- ¿Y si no? ¿Qué tal si todo vuelve a ser como antes? Alistair es un cretino, me cuesta creerle.

- Sus intenciones parecían genuinas.

- No creo que Alistair sea capaz de hablar con la verdad. Siempre está planeando cosas, de seguro ahora trae algo entre manos – se cruzó de manos, obstinado.

- Bueno, eso no lo sabemos. Tiene años que no hablas con él ¿no?

- Sí hablo con él. A veces, cuando voy a Londres. Pero no mucho. No creo que haya nada de mi vida que él necesite saber.

- No has ido a Londres en años.

- No he tenido ninguna razón importante para ir – pensó con amargura que a él le encantaba su ciudad de nacimiento. Era londinense de corazón, pero por culpa de su estúpido hermano se había alejado del lugar que tanto quería porque no soportaba los recuerdos ni las interacciones que se veía obligado a tener mientras vivía ahí. Si no hubiera sido por todo lo que pasó, él nunca se hubiera ido de Inglaterra.

- Tal vez deberías darle una oportunidad.

- ¿Cómo puedes confiar en él?

- Porque creo que la gente cambia de opinión. Y Alistair ha intentado hacer las paces contigo muchas veces, tal vez sea cierto lo que dijo.

- O tal vez todo sean artimañas.

- Considera esto: Ya no somos los niños ingenuos que éramos hace quince años. Ahora sabemos tomar mejores decisiones. Si Alistair planea algo, no lo dejaremos, ya no puede influir entre nosotros ni hacernos daño ¿no crees? Así que, si notamos algo sospechoso en él, lo dejamos de frecuentar y ya. Piensa también que él se regresará a Escocia en un mes, así que como sea, no es que lo vayamos a frecuentar tanto.

- Puede ser… Pero es que – Arthur se estaba fastidiando – no lo entiendo – observó que Francis ya había terminado de picar las verduras y ahora estaba mezclado algo en una licuadora. Tuvo que esperar a que terminara de licuar para poder seguir hablando sin el molesto ruido que ahogaba sus palabras - ¿Cómo se atreve a venir aquí, después de todo lo que hizo? ¡Y pretender que podemos ser los mejores hermanos! Casi… - suspiró – casi me arruina la vida. También a ti. Hubiera preferido que no viniera, debió de haber dejado las cosas como estaban y mejor para mí.

Francis ya había colocado las verduras, la salsa licuada y otros ingredientes en la sartén y ahora se cocinaban a fuego lento. Se acercó al fregadero para lavarse las manos y se sentó en la mesita, enfrente de Arthur. Tomó una de sus manos y comenzó a darle círculos tranquilizadores en el dorso.

- No estamos obligados a ir. Le escribiremos para decirle que no estamos interesados. No pasa nada si no quieres ir.

- También hay que decirle que se meta sus disculpas en el culo - espetó Arthur - ¿por qué tú no estás molesto? ¿Te agrada Alistair?

- No, no me agrada. Pero ayudó a mi mamá. No puedo estar enojado con él, porque él si pagó el tratamiento y gracias a ello mi mamá todavía está viva – emitió una leve sonrisa – yo fui el que no cumplió su parte del trato, viviendo aquí contigo ¿no?

- Arghh – Arthur dijo, con fastidio – no creo que a él le importe. O no sé. No sé qué pase por su mente ni qué cosas le importan.

- ¿Y qué tal los niños? ¿No te interesa conocerlos?

- Si son como él, no. No sé si Alistair sea capaz de criar personas de bien.

Francis suspiró. Se veía decidido a no pelear por algo así y Arthur estaba de acuerdo con ello, pero seguía molesto así que buscando algo en que despejar su mente, dejó al francés en la cocina y se metió a su oficina a seguir con la actividad que había dejado pendiente desde que Alistair tocó a su puerta.

Frunció el ceño al pasar por el taller que Francis había instalado al lado de su oficina, en el bungalow. No soportaba ver tal desorden, entendía que Francis tenía un trabajo manual que requería que los materiales estuvieran a la vista y aunque Francis juraba que estaba todo ordenado y limpio a Arthur no le parecía así. Como era su lugar de trabajo en casa, no permitía que nadie, ni siquiera el personal de servicio que tenían entrara a ordenar así que la habitación pasaba semanas con retazos, hilos y papeles tirados por todo el piso. Nada que ver con la oficina de Arthur, que estaba tan pulcra que brillaba.

Cuando Arthur y Francis retomaron su relación, en una plática Francis le comentó que no entendía porque la boutique no crecía si, a su parecer tenía buenas ventas y creía que funcionaba bien. De manera que Arthur, siendo experto en esa área, revisó la documentación financiera de la boutique y encontró varios errores. Francis era experto en moda, sabía todo acerca de tipos de telas, patrones y texturas, pero no entendía ni un ápice de números y eso era lo que le estaba causando problemas. Afortunadamente, Arthur llegó a salvarlo, él desconocía el negocio de la moda, pero no tardó en aprenderlo y ahora era él el que ayudaba con el área financiera de la boutique. Pasaron varios meses para que se pudieran solucionar todos los problemas y, aun así, Arthur seguía encontrando inconsistencias, pero, con su experiencia, pudo hacer crecer la boutique. Al mudarse a Hawái, Francis no quiso cerrar la tienda en el Caribe, le tenía mucho cariño y estaba funcionando bien, en lugar de eso, dejó a Erica como encargada y abrió una planta en Honolulu, en donde ya tenía un taller grande y dos sucursales. Además, abrió otra sucursal en Miami y si todo seguía según lo planeado, para el próximo año, se abrirían otras dos más en Estados Unidos. Francis se veía contento con su empresa, estaba creando una marca de vestidos de lujo que se vendían en tiendas departamentales y le gustaba saber que varias personas usaban sus creaciones.

Francis convenció a Arthur de que no debería de trabajar tanto, se sumergía por completo en reportes de movimientos de dinero y en ocasiones estaba tan estresado que podía pasar semanas sin comer o dormir. Lo ayudó a buscar alguna afición que lo entretuviera con el argumento de que no era saludable trabajar así. Finalmente, regresó a su primer interés en la juventud: se puso a escribir. No era algo que hiciera seguido, pero de vez en cuando dejaba vagar su mente con personajes, ambientes y conversaciones que se inventaba y los escribía. Lo encontró relajante, mucho más que los miles de análisis a reportes que hacía constantemente. Y hoy, con la llegada de Alistair, tenía la mente fluyendo con ideas, se puso a escribir diálogos entre sus personajes en los que se decían todo lo él estaba sintiendo en ese momento.

Esa misma noche, luego de terminar sus labores, estaban sentados en la sala del bungalow, viendo una película, o más bien Francis la veía. Arthur seguía inquieto. Tenía la vista fija en la caja que había traído Alistair y que Francis dejó en la mesa de centro cuando entraron a la casa. Hubiera querido olvidarse de ella, pero parecía que lo seguía, posándose sobre él como una sombra. Seguía enojado, no había dejado de pensar en lo que había dicho su hermano y eso lo había orillado a recordar distintos episodios de su infancia, algunos agradables y otros que hubiera preferido olvidar. Trató de ignorar la caja, pero sin pensarlo, la tomó en sus manos, notó que seguramente contenía algún objeto sólido que no era excesivamente pesado.

- ¿La vas a abrir? – preguntó Francis, que seguramente había percibido la inquietud de su pareja y había seguido sus movimientos con la vista.

- No. O no sé ¿qué crees que sea?

- No lo sabremos si no la abres. No se me ocurre qué podría regalarte Alistair.

- Umhh – Arthur murmuró. Le dio varias vueltas a la caja, sopesando su contenido. La regresó a la mesita, para fijar su atención en la película, solo para volver a tomar la caja ya así una y otra vez hasta que Francis se levantó del sillón, salió de la estancia y regresó con un cutter en la mano.

- Vamos a abrirla – sentenció. Arthur seguía dudando - Por Dios, Arthur, no va a pasar nada ¿qué puede tener? ¿Piensas seguir toda la noche jugueteando con ella y sacándome de quicio?

- Tal vez sea una bomba – Arthur quiso bromear.

- No creo que lo sea – dicho esto, le pasó el cutter a Arthur. Éste lo tomó y fingiendo desinterés en abrirla, aunque en realidad sí quería saber que contenía, cortó las cintas que la mantenían cerrada. Levantó la tapa y frunció el ceño, extrañado cuando vio el contenido.

- ¿Un libro? – dijo, con duda en su voz. Pero no era un libro. Forrado de piel, en color verde oscuro, tenía grabadas las iniciales A. K. en la portada. Se veía elegante, como si fuera un tomo de algún libro antiquísimo, pero era una encuadernación artesanal, mandada a hacer recientemente. Abrió la portada. La primera hoja contenía una pintura en acuarela de la cascada del bosque que estaba en la Granja. La segunda hoja era una carta, escrita a mano, con una caligrafía que intentaba ser elegante, pero se veía descuidada, como si quien escribía no supiera muy bien qué estaba haciendo. No leyó lo que decía, la mente no le daba para eso en ese momento, pero vio que la firma era del propio Alistair. Después de esa página había otra similar, solo que esta estaba firmada por Patrick y la última tenía la firma de Owen. La carta de Owen era mucho más breve que las anteriores, apenas un párrafo escrito de manera sencilla. Arthur se sintió cohibido y un poco avergonzado de destapar esto enfrente de Francis, que veía todo expectante. Se le fue el aire de los pulmones al ver qué más contenía el libro. Era un álbum de fotos, rebozado de todo tipo de imágenes, ordenado desde la más antigua a la más reciente. Todas las fotos eran de él, de niño y en casi todas estaba acompañado de alguno de sus hermanos. Miles de recuerdos, sonriendo, jugando, de vacaciones, en casa, en la escuela, Arthur le estuvo dando vueltas al álbum, se había quedado sin habla. Muchas fotos llamaron su atención, sonrió con una en la que se veía a los cuatro hermanos posando en una de las salas de la granja, en medio de ellos estaba la nana que tenía al pequeño Arthur de unos tres años en su regazo mientras Owen estaba de cabeza en el sillón y los otros dos hacían caras a la cámara. Arthur nunca fue muy fan de sacarse fotos, casi siempre lo tenían que convencer y para eso la nana siempre estaba lista con juegos y canciones para entretenerlo. Tardó bastante tiempo viendo cada una de las fotos, vio que no había tantas de la adolescencia de ninguno de los hermanos, puesto que para esa etapa ya se habían ido a Bélgica, no había tantos recuerdos. Llegó a las últimas que cambiaban abruptamente. Ya no se veía él o sus hermanos en las fotos, sino otros niños, los hijos de sus hermanos. A pesar de que los había visto varias veces en su vida, fue apenas al ver estas fotos que notó realmente el parecido que tenían los niños con el resto de la familia. Hubo uno de ellos, uno de los hijos de Patrick que se parecía muchísimo a él, rubio y de grandes ojos redondos en lugar de pelirrojo, como Patrick. Terminó de ver el álbum y regresó a las cartas. Primero les dio una leída rápida, pero luego les puso mejor atención. La de Alistair decía más o menos lo que les había dicho en el porche, era una larga misiva explicando cuánto sentía estar separado de él y que esperaba realmente poder ser cercanos algún día, que lo extrañaba y que siempre lo había querido, además, le decía que había recopilado todas las fotos que pudo encontrar y se las regalaba, como muestra de que siempre tuvo un lugar especial dentro de la familia. La de Patrick era parecida, decía que lo esperaba con brazos abiertos cuando decidiera regresar a la familia y la de Owen era menos personal, unas cuantas bromas acerca de lo cursis que eran Alistair y Patrick, pero invitándolo a pasar unos días en su nueva casa de campo en Anglesey, cuando quisiera.

Tras cerrar el álbum estuvo inmóvil durante varios minutos, se sentía como si hubiera hecho un viaje astral y estuviera separado de su cuerpo, reviviendo a máxima velocidad los cientos de recuerdos que habían llegado de golpe con las fotos. Se repuso, parpadeó muchas veces, regresando a la actualidad, el ruido de la película volvió a tener sentido y levantó la cara a ver a Francis, que lo miraba con ternura. Arthur carraspeó, se pasó las manos por la cara al sentirla caliente por rubor que recorría su piel. Dejó cuidadosamente el álbum en la caja y lo puso otra vez en la mesa, se acercó a Francis, recargó su cabeza en el hombro de su pareja que lo abrazó y recorrió su brazo con la mano para reconfortarlo, en silencio.

- Haremos lo que tú digas – susurró Francis después de varios minutos. Le dio un ligero apretón que Arthur agradeció, más no se movió del abrazó reconfortante que Francis le daba.


Tras darle muchas vueltas al asunto, Arthur pensó que tal vez Francis tendría razón y sería buena idea darle una oportunidad a Alistair. Eso sí, él pondría los términos. No quiso recibirlos en el bungalow, sería abrirles demasiado las puertas y no se sentía listo para eso. Pero se comunicó con su hermano para decirle que le parecía bien organizar una reunión. Acordaron cenar juntos: Alistair, su esposa, sus hijos, Francis y Arthur. Por un momento se le ocurrió no incluir al francés, en caso de que éste se sintiera incómodo en la presencia de Alistair, pero Francis dijo que iría, no pensaba dejar solo a Arthur en esta visita que le estaba costando tanto esfuerzo.

Así fue como asistieron a una velada al atardecer a la casa en la que la Alistair y su familia se estaban hospedando, ellos dijeron que harían algo para comer por lo que Francis insistió en llevar el postre, traía en las manos una pavlova de mango y coco lo suficientemente grande para que todos comieran dos porciones por lo menos. Arthur bromeó con que era buena idea que llevara algo tan dulce, así todos morirían por el exceso de azúcar y de no ser porque a Francis tardó mucho tiempo decorando el postre, se lo hubiera estampado en la cara a su pareja.

Para Arthur, la reunión fue… extraña. No importaban las intenciones de ninguno de los participantes, ni que Arthur y Alistair fueran hermanos, la verdad es que eran casi desconocidos con algunas cosas en común y que estaban unidos por la sangre. Fuera de eso, para Arthur podían haber estado toda la vida sin hablar y él no lo hubiera extrañado. Pero le daba crédito a su hermano: se esforzaba en sacar temas de conversación, les preguntaba genuinamente de su vida y todo el tiempo se mostró interesado en lo que Arthur o Francis tenían que decir. Hubo varios silencios que pudieron haber sido incómodos, de no ser por la facilidad de Francis para romper el hielo y que, en medio de las pláticas, descubrió que la hija de Alistair era fanática de la moda, y gracias a eso pudieron tener una conversación agradable cuando los demás no sabían qué más decir.

Terminado el postre, Alistair le ofreció un cigarro a Arthur. Éste último estaba intentando, por enésima vez, dejar de fumar, ya no fumaba diario, solo de vez en cuando, así que se lo aceptó a su hermano, pero no lo encendió. Platicaron otro rato más, hasta que Arthur sintió una pequeña vibración de su celular, lo sacó para ver quién lo buscaba. Era un mensaje de Michelle. Sintió curiosidad por ver qué le había mandado así que se excusó, salió un rato con el cigarro en la mano y lo prendió mientras desbloqueaba el teléfono y veía el mensaje. Una ola de calidez se adueñó de él al ver que le había mandado una foto, en ella se veía a su exesposa, sentada en una banca, a su lado estaba dos niñas a las que abrazaba. Arthur sonrió al verla tan radiante, detrás de ella se veían las luces de un parque de diversiones que le daban a su cabello y ojos un brillo especial.

Arthur no sabía qué tan amargo sería pasar por un divorcio, hasta que le sucedió a él. Y eso que ellos estaban en términos más o menos buenos. La experiencia fue depresiva al punto que se tenía que convencer todos los días de levantarse a seguir con su vida y no recaer en malos hábitos. Todos los días que duró el proceso llegaba a casa y se quedaba a oscuras, meditando y dándole vueltas una y otra vez a todos los errores que cometió, uno tras otro, hasta que ocasionar que Michelle no pudiera soportarlo más. Y, a pesar de saber que el divorcio era lo mejor, no por eso era menos triste. A ratos pensaba que todo hubiera sido más fácil si se hubieran odiado, si fueran de esos matrimonios en los que se vuelven enemigos, que Michelle fuera una pésima esposa, horrible e insoportable de trato y carácter o incluso que le pareciera fea. Así no hubiera tenido ningún tipo de remordimiento en comenzar una relación adúltera. Pero no era nada de eso y así fue como se complicó todo, porque no tenía nada que reclamarle. Supuso que ella se la estaba pasando igual o peor ya que ella sí había estado muy enamorada de él. Asimismo, sus convivencias durante el divorcio fueron deprimentes, pasar de convivir cuatro años, compartir todo tipo de secretos y de intimidades incluso hasta compartir el cepillo de dientes más de una vez a estar ahora hablándose solo por medio de abogados o con ellos presentes en todas las interacciones era terriblemente desalentador. Y sin esperarlo, el dinero también fue problema. Los dos eran ambiciosos y les gustaba ir por más. Michelle quería que Arthur se alejara por completo de los hoteles, pero Arthur no estaba dispuesto, tenía mucho dinero colocado ahí en forma de inversiones, no era de los socios mayoritarios, pero sí recibía importantes ganancias cada trimestre. No tenía pensado dejar eso, independientemente de su relación con la dueña. Michelle también quiso quedarse con una parte de las acciones que Arthur tenía en el Consorcio Elton con el argumento de que él había sido el que la había ofendido y, por lo tanto, merecía una indemnización. Al final, luego de miles de asesorías legales, llegaron al acuerdo de que Arthur le cedería a Michelle un porcentaje de sus acciones en los hoteles, más no todas y le dejaría el total de acciones de otras tres empresas que no eran Elton, pero en las que Arthur había intervenido alguna vez y que le generaban un aumento constante de capital. Michelle se quedó contenta con ese trato, puesto que ya con los resultados, su fortuna se incrementaría bastante. Después de eso no pelearon más, hubo varios trámites burocráticos que los atrasaron, pero todo se hizo en el Caribe con la finalidad de regresar a Londres al final. Ese último día, ya con los papeles definitivos firmados y sellados y con el matrimonio formalmente finalizado, fue la primera vez en varios meses que los ahora exesposos hablaron sin la presencia de abogados. Se alejaron varios metros de la oficina del ayuntamiento hasta llegar a un café y estuvieron cerca de dos horas hablando, cerrando ese ciclo en paz, sin testigos y sin interrupciones, tratando de dejar todo en claro, disculpándose y al mismo tiempo agradeciendo por el tiempo que pasaron juntos. Michelle dijo que regresaría a su oficina del Caribe y seguiría viviendo ahí por lo menos lo que restaba del año. Arthur no quería regresar. Tomó dos meses de vacaciones, estaba harto de todo y simplemente se alejó. Cuando regresó al Caribe, solo lo hizo fugazmente, en su viaje había visitado Honolulu y quedó encantado así que convenció a Francis de mudarse ahí, compró el bungalow y se instalaron juntos, listos para comenzar nuevamente.

Con Michelle no hubo comunicación en varios meses. Creyó que sería extraño seguir hablando como si nada, después de todo lo que pasó. Sin embargo, aún le tenía cierto cariño, habían pasado por tanto en los casi cinco años que compartieron desde que empezaron a salir y se habían llevado tan bien que no era fácil dejarla de lado en su vida. Por eso, en la tarde del 31 de diciembre del mismo año en que se divorciaron se armó de valor y le mandó un mensaje con un tímido "Feliz año nuevo". No quiso escribirle más. No tenía caso escribir una cátedra, ya todo lo que se tenían que decir lo habían dicho, pero pensó que sería bonito seguir en contacto y saber si estaba bien. Francis estuvo de acuerdo, él tenía un remordimiento interno por las acciones que hizo que ocasionaron el divorcio por lo que creyó que sería buena idea saber cómo estaba la mujer. Michelle no contestó inmediatamente. Arthur se resignó a que, probablemente Michelle no querría saber más de él, pero al día siguiente, cuando se despertó, tenía la respuesta de ella, enviada cuatro horas antes: "Gracias, feliz año nuevo a ti también ¿cómo estás?"

Fue así como empezaron a hablar de nueva cuenta. Los mensajes nunca fueron extensos, ni se contaban muchas cosas, solo se mantenían al día con alguna que otra noticia relevante y ni siquiera era tan seguido. Así se enteró de que Michelle ya no vivía en el Caribe, había regresado a Seychelles en donde se unió al equipo administrativo que operaba todos los hoteles Vidot del este de África. Y muchos meses después, ella le dijo que había empezado a salir con un antropólogo seychelense, y por lo que Arthur supo, parecía buena persona, era viudo, con dos hijas de cinco y dos años. Michelle, además de estar muy contenta con su nueva relación, estaba fascinada con las chiquillas, las llevaba a todos lados, hasta remodeló una parte de su oficina para hacer una sala de juegos y así estar al pendiente de ellas cuando estaba trabajando y las niñas no estaban en la escuela. Como Arthur no era muy dado a tomarse fotos, no había muchas de su matrimonio, pero ahora que Michelle era libre, fotografiaba todo, y era común que enviara esas imágenes de su vida a todos los que las quisieran ver. Por eso, Arthur no se sorprendió de recibir esta foto en la que estaba con las niñas.

Se veía radiante. Se dio cuenta que, aunque tardó en asimilarlo, el divorcio le hizo bien. No era justo para ella que Arthur la retuviera, porque, a pesar de que ella era de un carácter bastante jovial y relajado y el matrimonio tuvo sus momentos buenos, él ni siquiera sabía que Michelle se podía ver tan resplandeciente y lozana, al lado de él nunca se vio así.

Luego de ver la foto, le mandó un saludo rápido y se metió a la casa de Alistair otra vez, para continuar con la velada.

Estuvieron varias horas ahí. Al despedirse, Alistair consiguió que Arthur y Francis accedieran a un paseo por Honolulu el fin de semana y un esbozo de promesa de seguir frecuentándose en otras ocasiones. Arthur no quiso asegurar nada, pero mientras Alistair y el resto de sus hermanos se comportaran a la altura con él y con Francis, pensó que sería bueno retomar el contacto.

Era de madrugada cuando salieron de ahí. Se fueron caminando, el bungalow no estaba tan lejos del hospedaje de Alistair y prefirieron no llevar los autos porque tardarían más tiempo entre el tráfico y las curvas de la carretera. Iban tranquilos, con la luna llena enorme iluminándolos y el ruido de cientos de turistas alrededor de ellos que no se irían a dormir. Pero se sentía mágico, ellos dos solos, en paz y en calma. No tenían sueño así que se quedaron un rato cerca de la playa, observando las enormes olas de la marea nocturna. Arthur pensó que después de todo, ya por fin, los dos habían encontrado su lugar.

Y fin. Con esto termino esta historia. Al empezarla no se me ocurrió que fuera a ser tan extensa. Fin de año, fin de la historia. Tampoco planeé terminarla justo el 31 de diciembre, pero así es esto.
A quienes le hayan dado una oportunidad y estén leyendo esto, muchas gracias :D Ni siquiera sé si alguien va a leer este final.
Traté de cerrar todo, de dejar todo ya concluido y espero que no se me haya escapado nada.
Mil gracias nuevamente por leerme y nos vemos en cualquier otra historia que vaya a escribir. Si escribo otra, claro está.