CAPTULO 2. VECINOS
SIETE AÑOS DESPUÉS
Lucy se calzó los zapatos cerca de la puerta, apoyándose sobre la pared para no perder el equilibrio. Alzó la voz para que llegara hasta la cocina, donde su madre terminaba de lavar los platos.
— ¡Ya me voy! —anunció con alegría.
— ¡Cuídate Lucy! ¿Llevas tu almuerzo?
— Si Mamá. ¡Adiós!
Lucy salió de su hogar cerrando la puerta tras de sí, pero lejos de seguir su camino hacia la escuela a pesar de saber que se le hacía tarde, se quedó mirando la acera de enfrente, como todos los días. Al ver esa casa no podía evitar sentir la culpa carcomiéndole por dentro.
Se acomodó el bolso sobre el hombro y pasó la calle con paso firme, centrando su atención en la puerta de entrada de los Kuroda. Lo último que quería era que le descubrieran.
Lantis corrió la cortina solo un centímetro. Estaba sentado en la silla más cercana a la ventana, como quien descansa después de una larga jornada. Dicho comportamiento sería perfectamente normal si no fuera la primera hora de la mañana y no tuviera que salir en menos de 20 minutos a tomar el tren que le dejaría en la universidad.
El espacio era apenas suficiente para ver a la muchacha de 15 años acercarse a la cerca de la entrada y sonreír ante el saludo de Raikou, quien le esperaba como todas las mañanas meneando la cola. El pastor blanco se acercó cojeando hasta Lucy y recibió las galletas que ella se empeñaba en traerle dos veces al día.
— ¿Otra vez espiándola?— dijo una voz a sus espaldas.
Lantis se sorprendió y perdió el control de la cortina, a lo que tuvo que alejarse inmediatamente para no ser descubierto. Confió en no haber movido demasiado la tela como para quedar en evidencia. No esperaba que su hermano estuviera tan pendiente de lo que hacía.
Dejando en paz a los protagonistas de aquel encuentro que se repetía todos los días, suspiró esperando la retahíla de Zagato.
— No estoy espiándola —respondió levantándose de la silla.
— No me digas. ¿Y qué es esa pose entonces?
— Me aseguro que no esté dándole mala comida, eso es todo.
— ¿A Raikou? Lucy ha estado haciendo eso desde que volvieron a la casa. ¿Será un mes ya? ¿Crees que soy tonto y no me doy cuenta de lo que haces?
— No estoy haciendo nada
— Precisamente. No estás haciendo nada ¿No sería más fácil que le invitaras algo? ¡Inventa cualquier excusa y háblale de una buena vez!
— No tengo necesidad de hacer una cosa así. No pienses cosas raras Zagato.
— Hermanito, tú eres el raro, esperando a que venga todos los días.
— Ya dije que no es eso.
— ¿Entonces prefieres graduarte de acosador? ¿Lantis el creepy?
— No estoy…—se interrumpió— ¿No estás muy viejo para ponerme apodos?
— Si tanto te gusta, no deberías perder la oportunidad.
— Por última vez Zagato, que no es ESO.
— Todos en esta casa sabemos que te gusta desde que tienes 11 años. No seas estúpido.
Zagato le dio un golpe en la cabeza – que según él era la personificación del amor fraternal- y se alejó, no sin antes acotar:
— Esa niña le hablaría amistosamente hasta a los insectos, así que no creo que una sabandija como tu tenga problemas.
Lantis lanzó uno de los cojines del sofá, pero no alcanzó acertarle en la presumida cara.
Se volvió a acomodar en la silla, tentado de mover la cortina para constatar si Lucy ya se había ido. Los dedos le picaban y trató de alcanzar la tela, pero se detuvo. Zagato no tenía el detalle de lo ocurrido, pero era cierto lo que decía. Su actitud no era la más sana del mundo.
Lucy era muy sociable, claro que lo era. Pero por alguna razón, cada vez que por casualidad se encontraban, ella no se acercaba. Y él no quería contrariarla con su presencia, así de simple.
Todo era debido a que estaba seguro que ella recordaba su cobardía. Ella había presenciado de primera mano la peor versión de sí mismo.
Y eso no podía cambiarlo.
Raikou se comió las galletas como un poseso. Lucy pasó la mano a través de la reja y lo acarició. El corazón se le estrujaba de pensar en lo que ese pobre perro había pasado para salvarla. Miró la patica blanca, con esa larga cicatriz. Raikou no se había repuesto por completo de las quemaduras, y menos del pedazo de madera que le había caído sobre el lomo.
— Te debo la vida — susurró— a ti y a tu amo. Me gustaría que el pudiera perdonarme. Tal vez estoy pidiendo mucho.
Levantó la mirada. La cortina de la ventana de la sala se agitó. Se apresuró a irse. Lantis podría molestarse si descubría que estaba dándole comida a Raikou sin su permiso.
— ¡Mamá! ¡Es Raikou! Está adentro. ¡Está adentro! No pude…
— Lantis ¡ESCUCHAME! ¡No entres a esa casa!
— ¡No puedo irme mamá! ¡Ven pronto por favor! La gente no me escucha. Están muy ocupados tratando que no se esparza el fuego.
— Lantis ¡ALÉJATE DE ESA CASA! Sal de ahí por favor.
— ¡La niña Shidou!¡No podré cargar con los dos! ¡No podré cargarlos! ¡MAMÁ RAIKOU ESTÁ LLORANDO!¡SE ESTÁN QUEMANDO!
Se despertó sudando. Hacía años no tenía esa pesadilla. Los pensamientos del día habían vuelto a él de la peor forma posible. Miró el reloj sobre la mesa de noche, que con grandes números rojos le informaba que apenas eran las 11:45pm.
Lantis se quedó mirando el techo de su habitación y negando con la cabeza, se levantó de la cama. Era una noche templada pero se colocó la parte superior de la sudadera gris con la que dormía.
Bajó las escaleras, sabiendo a quien estaba buscando. Raikou lo escuchó y le dio la bienvenida a la sala batiendo la cola. Lantis se sentó en el último escalón y abrazó a su amigo. El ya veterano pastor blanco, con la sabiduría perruna que dan los años, se quedó calmado mientras movía la cola de un lado para otro, barriendo el piso de madera. La pesadilla se diluyó mientras su corazón volvía a latir con tranquilidad, acompasado por el latido de su mejor amigo.
— Así que recibimos galletas de ella, pero le ladras a todo el que pasa. Incluso a los niños. — dijo Latis, recordando el episodio de la mañana mientras tomaba la cara de Raikou con cariño entre sus manos—
Raikou lo miró y ladeó su cara haciéndole ver que no entendía en absoluto el reproche.
— Es una noche tibia. Tus huesos no te dolerán. ¿Quieres dar un paseo? ¿Cómo en los viejos tiempos?
Raikou ladró con entusiasmo al ver que Lantis se levantaba y se dirigía hacia la despensa.
- ¡SHHHHH!—le calló Lantis llevándose un dedo sobre la boca— vas a despertarles.
Tal como hacía desde cachorro, Raikou bajó la cabeza, compungido por el regaño, soltando un pequeño quejido.
— Eres un perro dramático. ¿no crees? Estoy seguro que se lo sacaste a Zagato.
Lucy se dormía tan pronto su cabeza tocaba la almohada. Era considerado un superpoder en su círculo familiar. Muchos envidiarían su capacidad de descanso, lo que sin duda le proveía tanta energía al día siguiente.
Pero esa noche había dado vueltas en su cama una y otra vez, sin poder conciliar el sueño. Miraba el despertador en forma de vaca que su madre le había regalado en la pasada navidad pasar los segundos uno a uno, aumentando el desespero. Cada vez era más tarde y al día siguiente tenía que levantarse temprano para la escuela.
¡Duérmete ya!
Tic Tac Tic Tac Tic Tac —le respondió el reloj, burlándose de ella.
Volvió a mirar la hora, eran las 12:10 am. Llevaba más de dos horas en esa absurda guerra contra su cerebro. No aguanto más y se levantó con un suspiro sintiendo fastidio por el calor de la cama. Si no se ocupaba en algo, si no lograba "cansarse" no lograría dormir.
La ventana de su habitación daba hacia la calle, por lo que acercó la silla del escritorio para ver el firmamento. Era una noche clara. La enorme luna creciente parecía saciarse de oscuridad.
El ruido de una puerta, y de unas ruedas girando llenó el absoluto silencio de la calle. Lucy buscó la fuente del sonido. ¿Quién en su sano juicio saldría a las doce de la noche?
Por alguna razón desconocida varias mariposas volaron en su estómago al ver a su vecino de enfrente, Lantis, salir con un carrito tirado por una larga manija. Pero lo más curioso no era ver a Lantis tirando del carrito, sino ver a Raikou sentado sobre el artefacto, como un rey sobre su carroza, desfilando por la calle. Lucy no aguantó la risa.
Lantis le hablaba a Raikou y sonreía. No alcanzaba a distinguir sus palabras, pero se le veía relajado. Se veía feliz. Lucy sabía cuánto Lantis amaba a ese blanco ángel de cuatro patas. Lo sabía muy bien.
Tuvo el impulso de correr para alcanzarlos. Deseó ir con ellos. Por centésima vez desde que volvieron al vecindario, Lucy quiso hablar con el muchacho que le había salvado la vida sin estar inmersa en esa aura de culpa que le hacía quedarse en silencio cada vez que por casualidad coincidían al llegar a sus hogares.
Se aguantó las ganas de ir tras ellos y los vio desaparecer de su rango de vista.
Sintiéndose ligera, volvió a la cama.
Al día siguiente una pálida y ojerosa figura bostezaba al cruzar la calle, para cumplir con la cita de todos los días a pesar de tener el tiempo justo para llegar a la escuela. Se sentía agotada y la cabeza le pesaba. Seis horas de sueño no eran nada. Le esperaba un largo día.
Hurgó en su bolso buscando la bolsa de galletas, para luego detenerse en frente de la cerca. Raikou ya debería haber salido a saludar, pero no lo veía por ningún lado. Se agachó para otear entre los barrotes de la cerca, por si el perro estaba dentro de su casa de madera, pero allí sólo estaba el destrozado pollo de hule, el juguete preferido del pastor.
Quizás está dentro. — pensó— Debió entrar con Latis después del paseo.
Con un ruido sordo la puerta de la casa se abrió de improviso y Raikou se precipitó hacia la cerca. Ante la sorpresa, sus adormecidos reflejos no se decidieron entre hacerle permanecer agachada o levantarse, generando la triste consecuencia de que estampara su trasero contra el pavimento mientras Raikou meneaba la cola con efusividad y trataba de alcanzare entre los espacios de la reja.
Lucy se rio de sí misma a pesar del golpe. No le importaba estar en el suelo si era debido a la alegría de Raikou por verla. Estaba intentando ponerse de pie cuando cayó en cuenta que los perros no abrían puertas. Bueno, no puertas aseguradas con cerraduras.
Lantis estaba en la entrada de la casa con la mano aún sobre el canto de la puerta, observándola en silencio.
Escuchó con claridad su pulso acelerarse. Muchos pensamientos llegaron de improviso, pero ninguno de ellos era coherente. Se quedó pasmada en el suelo, hipnotizada por su profunda mirada.
Exacerbada por la contradicción que suponía estar anhelando durante 7 años reencontrarse con él y su incapacidad para dar el primer paso ahora que habían vuelto a habitar esa casa, —a pesar que ya había transcurrido un mes entero— se atragantó con su saliva.
Lantis ya no era ese niño con el que habló cuando estaban en recuperación. Ahora tendía unos 18 años. Aun así, los eventos del pasado se confundían con los sentimientos. Cada vez que lo veía temía encontrarse con la rabia emanando de sus ojos violetas, con ese profundo odio que le había dispensado, con la tristeza. Sobre todo recordaba la tristeza. ¿El muchacho que ahora no le quitaba la mirada de encima seguiría atado con intensidad a esos eventos?
Tenía la oportunidad de averiguarlo. Los astros se alineaban para darle la oportunidad. Pero ¿cómo estaba ella? En la peor situación posible, con una terrible cara de trasnocho, el trasero en el suelo y descubierta husmeando al frente de su casa.
Sin ocurrírsele nada más que decir, empezó por lo simple.
— Bu…¿buenos días?
Atónita, vio cómo Lantis se acercaba, sin corresponder su saludo. Temió lo peor y se levantó como un ringlete.
¿Se habrá lastimado? —pensó Lantis al verla caer hacia atrás, sintiéndose culpable por haberle sorprendido de esa manera— No. Se está riendo. Además Raikou está tranquilo. ¿Aceptará que le ayude a levantarse?
— Bu…¿buenos días? — dijo ella.
Lantis avanzó resuelto a ayudarle a incorporar, pero Lucy ya se estaba irguiendo, mirándole con una pizca de incomodidad.
— Es tarde, ¿No deberías estar de camino a la escuela? — dijo con suavidad tratando de iniciar una conversación, pero olvidándose de corresponder al saludo a lo que se arrepintió una milésima de segundo después.
— Yo…este…si. —titubeó.
Parecía que lo último que ella quería esa mañana era encontrarse con él. Hasta se le veía cansada. Pero lo cierto era que él si quería verla, así que se acercó, con la excusa de calmar a Raikou, manteniéndose de su lado de la cerca por si ella no quería que se le acercara tanto.
Lucy apretó los labios con nerviosismo, pero luego sonrió. La curiosa transición era un gesto que siempre le había parecido bonito y que evocaba desde antes de los días del hospital. Recordó la última noche que habían pasado en recuperación; la niña le había mirado muy similar ese día, y luego le había sonreído. Deseó poder ver todos los días esa sonrisa, una sonrisa dedicada solo para él.
— ¿Estás bien? —preguntó indagando acerca de la caída.
— No fue nada — dijo ella abriendo un poco los ojos.
— Hacía mucho que no veía moverse a Raikou tan rápido — Lantis acarició la cabeza del perro que no se quedaba quieto— Le agradas.
Lucy guardó silencio. Miraba a Raikou con intensidad.
— ¿Sales a menudo?—dijo ella— ¡Digo! Eh… ¿sales a pasear con Raikou?
— No tanto, Raikou no puede mantener el paso por largo tiempo. A las tres cuadras ya está sentado en la acera esperando que lo carguen.
— ¿Entonces permanece en casa?
— Tenemos una solución para eso. Es algo diferente. — suavizó el, pensando en las burlas recibidas años atrás por parte de sus compañeros de curso.
— ¡El carrito!
Los colores subieron a su cara tan pronto cayó en cuenta que no debería saber eso. Se le había ido la lengua y ahora estaba en un aprieto. ¡Iba tan bien la conversación! Cuando él comenzó con el obvio hecho que debería estar en el colegio en vez de estar de fisgona, creyó que la echaría pero luego, de manera increíble se preocupó por su caída. Pero ahora…ahora…
— ¿Carrito? ¿Lo has visto? — preguntó intrigado.
No quería mentirle. Le debía mucho a Lantis como para hacer eso.
— Yo sé que no debí hacerlo, pero anoche yo… te vi saliendo con Raikou. —confesó. De ahí en adelante las palabras salieron una tras otra pegadas con ansiedad, superponiéndose con una velocidad de cuña radial de menos de 3 segundos— ¡Te juro que no era mi intención! ¡No te estoy espiando ni nada parecido! ¡No podía dormir y me acerqué a la ventana! Oí los ruidos y entonces…
— ¿Escuchaste los ruidos?
Ahora era el turno de Lantis de sentirse incómodo. ¿Hasta qué punto había escuchado? ¿Habría notado algo de su conversación con Raikou? Suponía que no había hablado tan alto. ¿Sabía algo? Repasó lo que le había dicho al perro, pensando en las excusas que Zagato le había dicho que inventara, pasando por "deberías hacerte el perdido y aparecer en su puerta" y "podrías hacer un escándalo cuando te esté dando las galletas"
Raikou le volteó a mirar interrogante, como si supiera que aquel secreto entre los dos podía estar en grave peligro.
— Te digo la verdad, ¡es que no podía dormir! —aseguró, la chica.
Al sentirse el centro de atención, el perro volvió a ladrar para recordarles que estaba encantado que hablaran de él. También era su forma de acotar las conversaciones. Lucy suspiró.
— Me quedé mirando porque me pareció muy bonito, me dio envidia no poder hacer algo así por él.
— ¿Quieres hacer algo por Raikou? —preguntó esperanzado. Esa era la oportunidad perfecta.
Lucy quería hacer mucho más que eso. Quería devolverle la juventud, quería sanarlo, quería borrar el dolor y las cirugías. ¡Quería rehacerlo todo!
— Así es —afirmó, bajando la cabeza— Es lo que más deseo.
— Entonces vuelve a las cinco
— ¿A las cinco?
— Raikou estará listo para salir a esa hora
