Capítulo 9. Silencio

Águila regresó de hablar por teléfono. Lucy le vio acercarse con semblante serio, en contravía del ánimo que había mantenido durante la tarde. ¿Algo iría mal?

El muchacho evitó el contacto visual con Zaz Torque y los otros jugadores, y se dirigió a ella exclusivamente, como si sólo estuvieran los dos, ignorando por completo a los que hace unos minutos habían estado conversando con ella.

- Latis nos alcanzará en la biblioteca –dijo sacudiéndose algo de esa seriedad que le volvía una persona completamente distinta a la que ella pensaba conocer-

- ¿Pasó algo? –preguntó Lucy, con tiento- ¿Te encuentras bien?

Águila se sorprendió por el comentario y le miró con curiosidad. Lucy encontró en su mirada algo nuevo, un reconocimiento que quizás hubiera entendido si ella creyera posible que podría gustarle a alguien, razón por la cual le era muy difícil interpretar señales.

- ¡Para nada! –respondió Águila con una sonrisa tranquila en los labios, para luego dirigirse a los demás, que no habían cesado de hablar y hablar de las impresiones de su última victoria contra la universidad de Kyoto- Los dejamos, señores, tenemos un compromiso.

- ¿Nos la piensas arrebatar? –interrumpió Zaz Torque- ¡si acaba de llegar! No todos los días conseguimos a una admiradora.

- Prometo que volveré a verlos jugar –dijo Lucy, retirándose junto a Águila-

- Íbamos a dejarte jugar –insistió otro miembro del equipo-

- ¿De VERDAD? – Lucy abrió sus ojos marrones, entusiasmada con la propuesta-

- Hasta podríamos darte un uniforme, Zaz tiene uno pensado exclusivo para ti ¿no es así? –acotó dándole un codazo al aludido-

- No quisiera saber lo que está pasando por tu cabeza Zaz, y realmente espero que no lo digas en voz alta –le advirtió Águila de manera cordial, sin que ninguno pudiera descifrar si debían sentirse preocupados por esa amenaza disfrazada…excepto Lucy, quien lo tomó como una broma-

- Gracias por la oferta, Zaz –dijo ella, leyendo la impaciencia de Águila- la tomaré la próxima vez. Tengo que irme. Me dio mucho gusto conocerlos a todos –se despidió con una reverencia y una sonrisa- ¡Adiós!

Caminaron hacia la biblioteca. Era un edificio de tres plantas de ladrillos oscuros y grandes ventanales. La recepción se alcanzaba subiendo dos pares de escaleras, de amplios pasos. Al pasar las puertas eléctricas de vidrio, Lucy se encontró con un lustroso piso de cerámica clara y una impresionante altura, puesto que la recepción poseía el alto de los tres niveles, los cuales comenzaban unos metros hacia el fondo. Quedó extasiada con la enormidad del lugar, con el silencio intimidante y con las decenas de estudiantes que veía pasar por las escaleras que daban contra el vacío.

Se dio cuenta tarde que estaba distraída, ya que Águila tuvo que tomarle de la mano para indicarle que siguieran su camino, y a pesar que se veía claramente hacia dónde se dirigían, no la soltó hasta llegar a una sala llena de computadores.


Latis trató que la entrevista con el profesor Takeda fuera lo más corta y productiva posible. En gran medida lo logró y en poco tiempo estuvo en la biblioteca. Había estado recibiendo mensajes de Águila, donde le indicaba que podría encontrarlos en el segundo piso, en el ala de literatura.

Al entrar al edificio sosegó su paso y respiró hondo. Actuaría con calma, a pesar de saber que Águila había estado con ella más tiempo del que le hubiera gustado.

No fue muy difícil encontrarlos, pero si hubiera podido elegir el instante, hubiera preferido no ver semejante escena.

La pareja estaba al frente de un alto estante, con Lucy suspendida en el aire tratando de contener la risa, mientras Águila le levantaba tomándola de la cintura, para que la muchacha pudiera alcanzar un volumen que obviamente estaba fuera del alcance de la pequeña pelirroja.

Su discurso mental de tomarlo con calma se fue al traste. Podía ver con claridad las manos de Águila rodeando el cuerpo de Lucy, un tacto que él había soñado, pero que hasta el momento no se había permitido. En menos de un segundo comprendió que Águila estaba tomando la iniciativa, utilizando una fachada de amabilidad que no le era desconocida en sus tácticas, pues lo había visto varias veces. Sin duda había cierto interés flotando en la atmósfera. Águila estaba demasiado feliz, podía verlo disfrutando aquel juego, podía leerlo en su mirada.

Los celos le aplastaron de una abrumadora y desconocida forma. Sin dar fe de sus actos, ya estaba al pie de su hasta ahora mejor amigo, empinándose lleno de rabia, para tomar de un empellón el libro que estaban tratando de conseguir.

Águila sabía lo que hacía. Su actitud siguiente lo delataba. Latis no necesitaba decirle lo que Lucy significaba para él. Se conocían bastante bien como para ignorarlo. Águila sabía que estaba jugando con fuego, que aquello podría destruir su amistad. Pudo leerlo en sus ojos, llenos de confusión, mientras bajaba con rapidez a Lucy, quien había interrumpido la sonrisa al notar su agria actitud.

- Gracias por acompañarla –dijo Latis con voz grave, serio, sin proyectar dicho agradecimiento a su tono, o a su mirada, que no se quitaba un centímetro de la cara de su interlocutor-

- Fue un placer –dijo Águila, sonriendo con ironía, alejando sus dudas y aceptando el reto- Lo haría de nuevo.

- No creo que sea necesario –respondió hirviendo por dentro, jurando que nunca más le daría la oportunidad para acercarse a ella, y eso comenzaba justo ahora-

- ¿Latis?

La voz de Lucy se encargó de disminuir las revoluciones. Era como un polo a tierra ante la inminente tormenta eléctrica que se fraguaba al choque de esas dos voluntades. Latis dejó de momento a Águila, y se concentró en ella, que lo observaba con sus hermosos y brillantes ojos marrones.


Latis estaba molesto. De nuevo tenía ese gesto oscuro, agresivo, que empequeñecía sus ojos. Era la clase de reacción que espantaría a cualquiera. Cuando esa actitud salía relucir, Latis realmente daba miedo. Lucy no entendía a qué iba todo ese enojo, y menos que el depositario fuera quien le había hecho divertido el tiempo de espera. No tenía sentido.

Repasó los últimos minutos. ¿Podría ser que….?

Se rio de sí misma. No, no. Eso era imposible. Era una tonta por pensarlo.

- Me alegra que pudieras encontrarnos-siguió Lucy, tratando de bajar los ánimos- Esperaba no causarte inconvenientes, pero parece que he alborotado tu horario de clases.

Él no le contestó de inmediato. Se limitó a mirarla. En medio de ese silencio, quedó atrapada en el remolino violeta de su mirada, con el corazón dando tumbos en el pecho.

- No tienes de qué disculparte. –respondió- Me retrasé más de lo que esperaba.

Su voz era suave, grave, lenta, como una caricia en el aire. Escucharle hablar de ese modo hacía que se le desconectaran las neuronas. ¿Cómo podía haber dudado de lo mucho que Latis le gustaba?

Latis estiró su brazo, para darle el libro. Ella lo recibió con gusto.

- No sabía que te gustaran los libros de George Orwell –dijo Águila, recordándole que el mundo existía más allá de ella y Latis-

- Oh! No es para mí –aclaró- Aunque quizás lo ojee a ver de qué trata

- ¿Y cuál era el otro libro que necesitabas? – siguió Águila, acaparando su atención, apropósito-

- Oh! ¡Es algo acerca de la ceguera! ¿Cómo era? Espera –dijo buscando en su pantalón el papel donde había anotado los libros-

- Águila, deberías ir saliendo -sugirió Latis- faltan 20 minutos para las 5.

Lucy quedó con el papelito en la mano, suspendido. Águila tampoco parecía entender a qué iba el repentino comentario.

- Creo que el horario no me afecta, a menos que haya alguna promoción de postres que yo desconozca -Águila se volteó hacia ella, mirándole con interés- y si es así, podemos ir a probarlos.

- La clase de programación es al otro lado del campus. –siguió Latis con una calma alarmante, calculada- Podrías quedarte por fuera. Si bien recuerdo, ya has faltado a dos. Lamento no haber coordinado con Geo la firma de la asistencia.

Sus palabras no tenían nada que ver con su expresión. De nuevo, Latis daba miedo.

Águila para su sorpresa sonrió, relajado. Parecía que se había quitado un peso de encima.

- Latis tiene razón, no puedo perder esa clase. Me encantó pasar este tiempo contigo. Adiós Lucy

- A mí también. Muchas gracias por tu compañía.

- Espero podamos vernos de nuevo. Podemos probar nuevos sabores de malteada, si estás dispuesta. Latis no le agrada acompañarme, por lo que debo sufrir solo.

- Jajaja no creo que sufras con esa cantidad de dulce. ¡Pero te acompañaré con gusto!

Caminó unos pasos, cruzándose con Latis y cuando estuvo al lado, le susurró unas palabras, que formaron una pequeña sonrisa de suficiencia en el rostro de su vecino.


- Bien jugado. –Fueron las palabras que Águila le dijo al irse- Más te vale que lo aproveches

Debido a su larga y despreocupada conversación, unos alumnos habían ido a quejarse con la coordinadora de salas, para que impusiera orden. Latis presintió que los iban a reprender cuando vio a la mujer subir las escaleras con disgusto, rumbo hacia ellos.

- Bajemos –le dijo a Lucy, tomándola de la mano-

Latis no miró hacia atrás. No quería ver la expresión de Lucy ante su contacto. Se limitó a caminar de prisa para evitar otro contratiempo. Podía sentir la piel aterciopelada de la chica bajo sus dedos y la firme presión de su mano, respondiendo. Bajaron por las escaleras del extremo sur y se perdieron entre las personas que estaban reclamando fotocopias ante la ventanilla de encargos.

Con paso más normal, giraron hacia la derecha, por un pasillo que desembocaba a una magnífica sala de lectura, ocupada por cientos de personas leyendo sobre largas mesas de madera, sentadas sobre cómodas sillas acolchadas en cuero, iluminándo su labor con lámparas personales. Al fondo presidía un descomunal mural pintado a mano por los estudiantes de la facultad de artes, reproduciendo una de las obras de Hokusai: La bahía de Noboto. Lucy se detuvo para admirar la pintura, por lo que él se quedó a su lado. Su pretexto para tomarle de la mano se esfumaba con los segundos, y decidió soltarla. Creyó ver un ligero respingo de la pelirroja, pero lo dejó pasar.

- Es hermoso –susurró ella, guardando el tono ante el impasible silencio del lugar donde se encontraban-

- Lo restauraron hace poco. –mencionó él, hablando bajo, tratando de no importunar a los demás-

- ¿Qué? No te escucho.


Lo vio en cámara lenta, inclinándose hacia ella para hablarle cerca de su oído. No estaba preparada para eso, y todos los microorganismos que pudieran haber vivido en su estómago, murieron del susto. Una suave descarga eléctrica le subió por la nuca al captar su olor, que le recordaba las hojas de colores mixtos del otoño.

- El original lo hicieron los estudiantes de artes, en la década de los 80s. Hace unos dos años, la facultad decidió que era hora de retocarlo, por lo que hicieron un concurso, para saber quién sería el escogido a cargo de la obra. Dio mucho de qué hablar.

- ¿Por qué? –preguntó con renovado interés, mientras su pulso no decidía si debía calmarse o dar alocados pasos-

- Ven, hablemos allí –dijo señalando un grupo de salas a su derecha-

Fueron hacia las salas. Eran espacios diseñados para pequeños grupos de estudiantes que debían realizar trabajos en conjunto. Esa tarde, para su fortuna, estaban libres en su mayoría.

Se sentaron uno al lado del otro, y cerraron la puerta de madera del cubículo de vidrio. Lucy dejó el libro sobre la mesa.

- Sigue contándome –le invitó con una sonrisa- ¿por qué el concurso fue tan especial?

- Porque jamás se había visto una victoria tan aplastante. La facultad de artes se precia de educar a los mejores, pero tal vez no habían estado en presencia de un genio verdadero…

Lucy se tomó un momento para evaluar la perfección de aquel momento. El fantasma de la culpabilidad, del horrendo pasado, les había dejado en paz. Latis hablaba como si el incendio jamás hubiera ocurrido, con una increíble naturalidad. Ella no podía dejar de leer su rostro, sus ojos, cada micro-sonrisa que aparecía en sus labios, con un deleite que jamás creyó posible.

- …y cuando descubrieron el último de los trabajos, era como si el mismo Van Gogh hubiera reencarnado. Los jueces quedaron estupefactos y la sala en silencio absoluto. Nadie lo podía creer.

- ¿De quién era la pintura?

- Es lo más interesante. Era de una chica de primer año. Se supone que al concurso sólo podían entrar estudiantes de quinto, pero no sé cómo logró colarse. Por eso no había nadie en la exposición para presentarse como autor. Tal parecía que la muchacha no pensaba causar tal impacto. Tuvieron que buscarla, pues el único indicio era su firma. "Em"

- ¿Em?

- Se llama Esmeralda.

- ¿Y le dieron el proyecto? ¿A pesar de ser de primer año?

- Se lo dieron. Ella convocó a los que habían quedado en los primeros 10 puestos, lo cual fue una increíble excepción, puesto que la tradición es que cada artista trae a sus propios amigos, a su equipo. Debió ser muy difícil trabajar con todos esos egos, pero al final, los que participaron en el proyecto no querían despedirse, aún después de la graduación.

- Suena que Esmeralda es una persona increíble

- Así es

- ¿aún estudia aquí?

- Si. Pero a pesar de la historia que acabo de contarte, Esmeralda es una belleza solitaria.

- ¿A qué te refieres?

- No lo sé. Los que la conocen de cerca hablan de lo amable y delicada que es, pero nunca se la ve salir con amigos. Suele andar sola. Y dudo que realmente le agrade esa situación.

"Una belleza solitaria" repitió Lucy en su mente, mientras miraba hacia afuera, hacia el enorme mural que cautivaba a cualquiera que cruzara por el salón. ¿Cómo alguien capaz de semejante genialidad, alguien tan maravilloso, podría estar tan solo?


Se había quedado callada, y sus ojos destilaban tristeza. Pero Latis sabía que la historia le había gustado. Alejó la posibilidad que el estar los dos, solos en aquella sala fuera un motivo de preocupación para Lucy.

- Aún me falta un libro –dijo ella recordando de súbito el motivo de su visita-

- Vamos a la sala de computadores

Salieron de la salita y caminaron, regresando por el pasillo hasta la recepción.

- Se llama "ensayo sobre la ceguera"

- ¿Los dejaron como trabajo para tus clases?

- No, es para un amigo

¿Un AMIGO? Mejor que no sea…

- ¿Un amigo?

- Si. Trabaja en la panadería Francesa donde compré el pastel que llevé a tu casa.

Latis quería gritar, pero en cambio, mantuvo su paso firme, algo rezagado para andar a la par de su vecina. Guardó un silencio sepulcral el resto del recorrido.

¿Entonces toda esa odisea era para conseguir las próximas lecturas del desconocido de la panadería francesa? ¿Qué clase de broma cruel era esa?


Lucy llevaba ambos ejemplares abrazados a su pecho, caminando de vuelta por el sendero empedrado del campus. Había oscurecido, y las sombras les seguían, proyectadas por las lámparas que bordeaban el camino.

Hacía frío. Pero más que el ambiente, toda la conversación estaba congelada. Atrás había quedado el instante perfecto, olvidado. Ahora entre los dos se había erguido una pared invisible. Latis de vez en cuando, le miraba de reojo, como si estuviera decidiendo hablar o no.

Al ver que él no volvía a iniciar conversación, se decidió a preguntar algo que tenía en el corazón desde hacía horas.

- Hoy me crucé con una chica mientras Águila compraba unas malteadas –comenzó, mirando al suelo-

Había captado su atención. Latis aminoró más aún el paso.

- ¿Una chica? ¿Alguien que conocías?

- No, no. Es alguien que te conoce a ti. Su nombre es Primavera.

- Si, así es, la conozco

Lucy se resolvió a mirarle, porque notó una nota de duda en su voz. De pronto tuvo mucho miedo de continuar por ese rumbo.

- ¿Te dijo algo?-siguió él-

Si. En definitiva algo pasaba con Primavera. A Latis no le gustaba tampoco ese tema.

- ¿Eh? No…no. Sólo hablamos un poco.

¿Qué debía hacer? No podía ir preguntándole cosas como "¿Primavera es tu novia?". No tenía ningún derecho a inmiscuirse en su vida. No tenía la suficiente confianza para eso.

Pero…

- Es bastante enérgica –tanteó, más para ver su reacción que otra cosa. Necesitaba saber al menos lo que él pensaba acerca de Primavera-

- Se podría decir –concluyó con sequedad-

- ¿Se conocen hace mucho tiempo?

- Desde que entramos a la Universidad

- Ya veo…parece una buena persona. Creo que te tiene en buena estima.

- No lo dudo –dijo en con una voz distinta, con una pizca de ironía-

No estaba obteniendo nada. Las dudas que tenía sólo se acrecentaron ante las respuestas de Latis, que estaba evidentemente incómodo.

Suspiró. Aquel día no había resultado como esperaba. Parece que sólo le estorbaba. Quizás nunca debió haber ido, quizás sus diferencias eran demasiadas, quizás ese sentimiento que germinaba sólido en su pecho no era suficiente para apaciguar los remordimientos, la ira.

Hacía frío. Un frío visceral que se colaba por su ropa hasta los huesos. Recordó la última vez que había sentido un frío como aquel, un frío que podía arrasar con su propia alma, para llevársela por caminos pedregosos, llenos de enredaderas. Curiosamente, Latis también había estado allí.

Se habían quedado solos. Su Mamá había salido, tenía que desayunar algo tras largas horas de estar en vela junto a su cama. La madre de Latis ese día se había retrasado fuera de lo normal.

Llevaban tres días en el hospital. Si todo salía bien, podría salir al día siguiente, no sin algunas recomendaciones y las órdenes de terapia pulmonar y física.

Lucy corrió la cortina que separaba las camillas. Aún no eran las seis de la mañana, y el sol se escondía bajo las brumas de un día lluvioso. Latis estaba dormido aún. Tenía un sueño pesado, al igual que ella. Se quedó observándolo. Su cabello era de un negro lustroso que contrastaba con su piel blanca. El niño abría y cerraba los labios, como si estuviera hablando en sueños. Al principio le pareció gracioso, pero luego se fijó en la frente arrugada, en el sudor que bajaba por la coronilla y en las pupilas que se movían con rapidez dentro de los párpados cerrados. Estaba teniendo una pesadilla.

Preocupada, quiso despertarlo. Le llamó varias veces, pero su voz ronca y fea, aún en recuperación, no parecía alcanzarle. Latis comenzó a moverse con pequeños respingos: sus brazos, sus piernas, su cabeza. Veía que estaba sufriendo. No podía dejarle así.

Estaba mejor que ayer, ¿podría sostenerse?

Bajó de la camilla despacio. La bata que tenía apenas le cubría las rodillas y la gravedad le golpeó sin misericordia. La habitación se puso a dar vueltas y tuvo que sostenerse de la mesita. Hacía un frío horrendo, que le subía por las piernas y le abrazaba entera. Sus pies desnudos contra las losas de cerámica blanca parecían pisar vidrios filosos. Fue muy consciente de su minúsculo cuerpo y de la enormidad que representaba dar esos cinco pasos hasta la camilla de su compañero de habitación. Pero tenía que hacerlo.

Uno

Estaba bien. Podría soportarlo. Si tan sólo no hiciera tanto frío

Dos

Llegaría hasta él. Se lo debía.

Tres

La habitación quiso moverse pero ella no la dejó. Su apagada voz gritó un "quieta", dándole la orden de permanecer en su sitio, de no hacer locuras.

Cuatro

Frío. Frío. Frío. Frío.

Cinco

Se agarró a los barandales de la camilla de Latis como si fuera un náufrago en medio de una tormenta. Había llegado. Estaba allí. Si pudiera, daría un brinco de alegría. Miró hacia atrás, como quien se siente orgulloso de pasar una dura prueba.

No podía estar más de pie. Era imposible.

Como pudo se impulsó. La camilla podría haber sido igual de alta que el monte Fuji. No pudo llegar ni a la mitad. Se restregó los ojos, la habitación de nuevo quería convertirse en un tobogán.

Mareada, tanteó el suelo, buscando el banquito. Lo encontró a su izquierda, puso un pie, luego el otro y temiendo balancearse hacia la dirección contraria, haló las cobijas y el colchón como la tabla de su salvación.

Se encontró en la camilla del niño, que aún no despertaba. Lucy hizo un amago de sonrisa, que sin duda debería verse horripilante, y se acomodó como pudo. Tenía mucho frío. Necesitaba las cobijas. Se hundió entre las frazadas, sintiendo el calor, reconfortante, increíble. El niño pataleó en sueños y ella sin pudor, le empujó suavemente para que le hiciera campo. Estaba cansada, los ojos le pesaban, pero tenía que lograr tranquilizarlo. Con Latis de espaldas, le abrazó por la cintura. El contacto pareció funcionar, ya que poco a poco se fue calmando, al tiempo que ella se vencía, y se deslizaba a los dominios de Morfeo...

Un movimiento brusco le despertó. No debía haber pasado mucho tiempo. Latis le miraba con furia, incorporado en su cama, con los ojos violetas empequeñecidos, oscuros.

- ¿Qué haces aquí? –le espetó con furia-

- Tenías una pesadilla –se justificó ella- yo creí que…

- No tienes que creer nada. ¡Fuera!

- Pero…

- Mamá dijo que Raikou quedará lisiado de por vida. ¡Es tu culpa! ¡Fuera! ¡no quiero verte!

Su madre había llegado en el momento exacto para escuchar esa última frase. Sin decirle una palabra, la sacó de la camilla de Latis y le depositó en la suya, corriendo la cortina para evitar mirar esos ojos llenos de resentimiento.

Su cama se sentía helada. Helada a pesar de las cobijas.

Y así se quedó el resto del día.


No podía seguir así. Sabía que lo estaba arruinando, pero ¿cómo estar seguro?

Una idea cobró vida en su mente, y gracias a ella, decidió que dejaría de lado sus sospechas, por lo menos por esa noche. Además no le gustaba que Primavera hubiera conversado con Lucy. Eso no podía terminar bien.

Lucy caminaba a su lado, como una llama a punto de extinguirse. Detestaba verla así. Él no quería ser el instrumento de su tristeza, no de nuevo. Se había arrepentido millones de veces de las palabras pronunciadas en esa ocasión en el hospital, producto de la rabia, del miedo de perder a su mejor amigo y el único recuerdo vivo de su padre. Gracias a esas palabras, su relación había cambiado para convertirse en un espinoso manojo de culpabilidades, que había horadado lo que quedaba de su inocencia. Debía cambiarlo. Aún si no podía tenerla realmente, aún si sólo podía aspirar a ser su amigo, debía cambiarlo.

Lucy tenía frío, le castañeaban los dientes de una forma no muy femenina. Sonrió por lo bajo. Le recordaba a esa niña impulsiva que le robaba los balones a Zagato justo cuando se alistaba para tirar al arco.

Se quitó el abrigo y se lo puso en los hombros. Sorprendida, ella volteó a verlo, abriendo sus bonitos ojos y pestañeando repetidas veces.

- E..estoy bien. No tienes porqué hacerlo –dijo quitándose el abrigo de encima y haciendo el ademán de regresarlo

- Tenías frío –respondió práctico, pero suavizando sus palabras-

- No es para tanto, ¡de verdad! ¡Toma por favor!

Latis no le contestó, no porque no supiera que decirle, sino porque no quería delatarse más de lo necesario. Siguió caminando como si no escuchara sus quejas.

- Te digo que no tengo tanto frío ¿Latis? ¡Toma tu abrigo! ¿Latis?

Lucy se quedó atrás, con el abrigo en las manos. El paró un metro más adelante, esperando, cruzando los dedos para que ella finalmente lo aceptara.

La chica se arropó con su abrigo, y caminó hacia él con una sonrisa en sus labios.

- ¿Vas para tu casa? –preguntó él, de antemano conociendo la respuesta-

- Si

- ¿Está bien que te acompañe?

- S..i. ¡Claro que si!

Caminaron unos metros más, pronto pasaron el amplio portón de la famosa entrada occidental. Latis miró el sitio con recelo. Nada de eso hubiera pasado si él hubiera estado allí a tiempo...

Pero ahora estaba junto a ella. Eso era lo que importaba.

- ¿Cuándo le vas a dar los libros a tu amigo?

- Me encontraré con él mañana. Los Martes siempre paso por allá.

La sangre le hirvió, pero recordó su decisión. Además era un dato importante para lo que se disponía a hacer.

- Sólo tiene una semana de préstamo. ¿Podrá leer ambos?

- Estoy segura que si –afirmó riendo- tiene un buen incentivo para ello.

- ¿Qué es acaso? ¿Un trabajo final?

- Nada de eso. Pero no puedo decirlo. Juré que guardaría el secreto.

Se imaginó una apuesta, ella habría leído dos libros y ahora él debería leer dos libros. ¿Y cuál era la penitencia? Por su mente desfilaron varias opciones, cada una más terrible que la otra. Cada una implicaba menos ropa que la anterior. Respiró hondo.

Ese sería un largo retorno a casa.


NOTAS DEL AUTOR

Volví!

Perdón por el abandono. Éste no ha sido mi año en lo que a salud respecta (nada grave, nada grave) pero aquí ando!

Como raro, Raikou se escribe muy fácilmente. Díganle como quieran pero todas las tropas de fangirl andan en sus posiciones! jajajja.

Gracias a quienes leen y a quienes han marcado a Raikou como su favorito, o a quienes han dado un follow. No saben lo bonito que es recibir mail con esas notificaciones. Le hacen el día a uno, de verdad. (Luna Alondra10, EternalMoon18)

Y a las personas que dejaron un review ¡MUCHAS GRACIAS! Me encanta saber sus opiniones. ¡Me dan mucho ánimo para continuar! LucyKailu (Pobre Zaz, el es el que menos tiene que preocuparte, más bien me cuentas cómo viste a Águila jejeje Gracias por tus palabras, ya sabes que Raikou no sería lo que es sin ellas) EternalMoon18 (Primavera nació para ser insoportable, aunque eso de "Lantis es mio" no podría negar que no lo he dicho XD Gracias por tu review! que lindo leerte) Lita Wellington (a mi me encanta ese capítulo. Le tengo banda sonora y todo jejeje. Trato de conservar lo que más puedo de las personalidades dadas las circunstancias, me alegra que hayas recordado episodios. Raikou la versión perruna de Mokona jajajaja siii no lo había pensado! Mokona siempre fue una casamentera!gracias por tus reviews, espero que sigas contandome como va la historia) Alondra Luna (jajajajajaj no pude parar de reir. "un ofertón" yo me ofrezco, yo me sacrifico si me dice eso :P y si, a veces el pobre Lantis se pasa, pero es que tampoco las circuntancias le ayudan, pobrechito) Lulu Hououji (confieso que Zagato me está gustando mucho en Raikou. y si, Águila sólo quiere joder PEEROO ya se está dando cuenta que puede convertirse en más que un simple jueguito. Me cuentas que tal!) Gabyhdzv (Gracias! Perdón por tardar tanto. Ya tengo alguito más de es tan sólo tu imaginación. No prometo un cap largo, pero prometo que sale algo!)

Un abrazo! nos leemos a la próxima.