CAPITULO 17. VERDAD
Oh, I'm good at keepin' my distance
I know that you're the feelin' I'm missing
You know that I hate to admit it
But everything means nothin' if I can't have you
- if I can't have you by Shawn Mendez
SÁBADO
La señora Shidou trataba de contener la risa. La muchacha que tenía al frente no conseguía hilar una frase completa, pero no era su culpa. La siberiana le halaba de la correa enloquecida, arrastrándole hacia la calle. El perro de los Kuroda tampoco paraba de ladrar al otro lado de la calle. Ambos canes se unían en un coro que levantaba toda la cuadra mientras Marina plantaba firme resistencia para evitar que la perra saliera disparada.
— PERDÓN QUE LE HABLE DESDE AQUIIII¡IIIIIAHH!
La amiga de su hija enterró los pies en la acera, pero terminó patinando sobre el pavimento. La última palabra se había convertido en un aullido de sorpresa al tiempo que la correa se tensaba como un relámpago.
Una carcajada le empujaba los dientes por detrás. Terminaría riéndose de la pobre muchacha si Lucy no bajaba pronto. Para su tranquilidad, Lucy apareció por el canto de la puerta y corrió hacia la chica, alzando su mano para despedirse.
— ¡NO ME DEMORO! — gritó Lucy uniéndose al volumen de voz aceptado para la situación.
— ¡REGRESA PARA LA CENA!
Lucy tomó la correa de las manos de su amiga como si fuera lo más natural del mundo y tras darle unas carantoñas a la siberiana, ésta ae calmó y dejó de ladrar. No ocurrió lo mismo con Raikou que siguió con la algarabía hasta que las dos muchachas giraron en la siguiente cuadra.
La señora Shidou anotó la aparente indiferencia hacia Raikou en el cuaderno de su mente. Hoy tampoco habría galletas para el perro. O un saludo. Con ese, ya cumplía cuatro días.
— Pensé que saldríamos a caminar con Raikou —dijo Marina tan pronto doblaron la esquina.
Los ladridos de Raikou resonaron en su mente. El bicho de la culpabilidad reptó por el cuello de Lucy y se agarró de sus amígdalas.
— Perdóname. —dijo con un hilo de voz— ¿Estás molesta?
— ¡Para nada! Me alegra que decidieras llamarme. Es insoportable pasear éste demonio sola.
Lucy pensó en sus solitarios paseos por la ciudad de los últimos días y asintió con una sonrisa triste.
— ¿Te ocurre algo?
— ¿A mí? ¡No! Estoy bien. —mintió.
— Humm —Marina levantó las cejas — Entonces, ¿Nos dirigimos hacia el parque?
El atardecer emergió entre los nubarrones después de pasar la tarde corriendo de un lado a otro entre los gritos de Marina y la terquedad omnisciente de la perra hacia cualquier orden que le dieran. Lucy vació la mente y logró reírse de forma auténtica un par de veces.
Pero cuando el sol murió en el horizonte los recuerdos ganaron la partida.
Se transportó a dos noches particulares que no le dejaban dormir ni concentrarse en la escuela. Dos noches que le hacían huir de casa para no ver la casa de al frente.
Dos noches con dos protagonistas. Latis significaba fuego, pasión, beso. Y luego estaba Aguila…
Águila. ¿Qué había sido eso? ¿Cómo debería interpretarlo? ¿Por qué todo era tan difícil? Quería gritar.
— ¡LUCY! —dijo Marina parándose al frente suyo.
— ¿Eh?
— Si no estás a gusto, simplemente dímelo. —dijo cruzando los brazos sobre su pecho.
— No entiendo —Lucy pasó saliva.
— Llevas toda la tarde en las nubes. Te he preguntado más de cinco veces si quieres que nos vayamos y no dices nada.
— ¿Cinco veces…?
— Creo que regresaré a casa.
Marina se alejó en busca de Youko. Lucy le siguió de inmediato.
— ¡Marina!
La chica se detuvo y se volteó sin decir nada. Estaba muy seria.
— ¿Qué?
— Lo siento mucho. — Lucy se adelantó unos pasos—
— Ajá.
— Te he usado de excusa. De verdad lo siento mucho.
Las últimas palabras salieron en un tono más alto, ese tono que delatab el hastío de su propia situación. Ese tono que era necesario esconder a cualquier precio.
Lucy no quería descomponerse. Acababa de conocer a Marina y ella no tenía nada que ver en sus dramas, que pensándolo bien no deberían siquiera importarle a ella misma porque eran una tontería. ¡Habiendo tantos problemas en el mundo y aquí estaba ella! ¡Volviéndose un ovillo por semejantes cosas! Lo que tenía que hacer era dejar de pensar y alejarse y así todo se sol…
— ¿Excusa? —preguntó Marina avanzando hacia ella— ¿Tiene algo que ver con el dueño de Raikou?
Lucy se quedó mirándola. El corazón le latía muy rápido. Quería negarlo con todas sus fuerzas, pero sería como negar que se había comido un paquete de galletas con las migas todavía reluciendo sobre la camisa.
Aún así no se atrevía a responderle.
— Creo que será mejor que me vaya.— dijo Marina cerrando el asunto—
— ¿Me escucharías? —Ese tono se le enredó en las sílabas y tuvo que aclararse la garganta.
— He tratado de hacerlo toda la tarde.
— ¿Eh? ¿En serio?
— ¡No es cierto! —Marina hizo una mueca de incredulidad— ¿No te diste cuenta? ¿DE VERDAD?
— Yo…
— No eres muy buena con las indirectas, ¿AH? ¡Hasta he mencionado "dueño de Raikou" varias veces!
— ¿Dueño de Raikou? —Lucy se puso colorada. ¿Marina podía leerle los pensamientos?
— Ahí está de nuevo.
— ¿Qué está de nuevo?
— ¡Te pones como un tomate! Tu subconsciente te delata. Algo ha pasado entre los dos. Ya me parecía cuando les conocí.
— No ha pasado nada…
— ¡Ay por favor! — dijo entornando los ojos— No tienes porqué mentirme.
— Das un poco de miedo.
— Soy perceptiva.
— Podría servirme un poco de eso.
— No cobro por la asesoría. Bueno, ¿quizás un refresco?
— ¡Un refresco estaría bien! ¿Eso quiere decir que no te irás?
— Estarías perdida sin mi valiosa opinión. Estoy haciendo un servicio social.
Ambas rieron. Lucy podía sentirlo: una conexión. El inicio de una amistad.
— Déjame ir por Youko. Ese demonio…
— Marina, tienes que dejar de llamarle demonio o nunca se llevarán bien.
— ¡Hey! ¡Podrías enseñarme a contener al terremoto peludo!
— Comencemos por llamarla por su nombre
— Pides demasiado.
Anaís sostenía el libro y las palabras impresas en tinta le revoloteaban por los ojos sin que su mente les diera un significado. Alzó su mano para sostener el delicado pocillo de porcelana y consideró tomar sorbos más pequeños. Necesitaba que ese café le durara.
En su mente escuchó a Kuu burlarse de ella como si estuviera sentada en esa pequeña mesa, pero no se le ocurría ningún pensamiento ingenioso para contrarrestarla.
Repasó por quincuagésima vez el mostrador de la panadería francesa.
¿Sería posible que hoy no trabajara? ¿Precisamente hoy? ¿Dónde estaba?
Sus uñas tintinearon sobre el pocillo con cadencia. Miró hacia la puerta. Miró hacia el mostrador. Otro pequeño sorbo. Pasó una hoja del libro.
Tintineo. Puerta. Mostrador.
Su café desapareció sin darse cuenta. Se quedó mirando la tasa vacía como si fuera un pronóstico de lo que debía hacer. Miró el reloj y se dio cuenta que llevaba allí demasiado tiempo para el conteo de su orgullo. Enojada consigo misma tomó su bolso y se levantó.
Al hacerlo reconoció a pocas mesas de distancia a uno de los hombres del escándalo del martes. Picaba con una cucharilla un postre de chocolate y sostenía el celular en su oreja con cara de pocos amigos. No vestía traje, pero sin lugar a dudas era él. Anaís se deslizó hacia la salida, pasando al lado de la mesa del hombre. Le parecía increíble que después de lo que había pasado estuviera allí tan campante.
Aferró el picaporte de la salida sintiendo un hormigueo en la espalda conminándole a voltearse hacia el mostrador para darle una última mirada. A pesar que lo deseaba, siguió adelante y sin darse cuenta se encontró con una pelirroja bajita que al reconocerla le sonrió como si fueran las mejores amigas del mundo.
Eran pasadas las cinco de la tarde del Sábado y Latis acababa de entrar a casa con Raikou a su lado meneando la cola.
El hambre le obligó a ir directo hacia la cocina tras haber estado estudiando en las salas focus de la biblioteca desde muy temprano. No era que adorara quedarse la tarde encerrado en un cuartico de un metro cuadrado, pero era mejor que reciclar pensamientos y dar vistazos furtivos a la casa de Lucy.
El móvil repicó en su bolsillo justo cuando sacaba un empaque de jamón de la nevera. Miró la pantalla y arrugó la frente.
¿Zagato? ¿Zagato llamándole un Sábado en la tarde?
Raikou no perdía de vista el jamón y se le sentó justo al frente relamiéndose mientras él atendía la llamada.
— ¿aló?
— ¡Hermanito! ¿Estás en casa?
— Si. ¿Por qué?
— Necesito que vengas a traerme un dinero. En la cómoda de mi habitación tengo una caja…
— No voy a cruzar toda la ciudad hasta la casa de Alanis.
El pastor blanco avanzó unos centímetros hacia el empaque. Latis le hizo una advertencia silenciosa.
— No estoy con ella —dijo Zagato aclarándose la garganta.
— Menos todavía. No voy a patrocinar tus andanzas múltiples.
Latis sacó una tajada de jamón para comérsela pero vio la cara de esperanza del perro. Recordó que él era el causante que el pobre Raikou no hubiera obtenido su ración diaria de galletas extra, dado que Lucy no había vuelto.
Le ofreció la tajada acercándola a su hocico. Al instante fue devorada sin el más mínimo pudor.
— No es eso. Ordené demasiados cafés y ahora no me alcanza el dinero para pagar el siguiente. No quiero causar más problemas en este sitio así que…
— ¡¿Cafés?! —preguntó presintiendo dónde se encontraba Zagato. Era la segunda vez esa semana que escuchaba que Zagato estaba tomando "café"
— ¿No te he ayudado mucho últimamente? Es hora que me devuelvas el favor Latis.
Le tomó un momento responder.
— ¿Dónde dices que está el dinero? —dijo tragándose el cansancio.
— Em
— ¿Qué?— dijo con los brazos cruzados, sin mirar a su hermano.
Estaban discutiendo hacía un buen rato, escondidos en la bodega de la cafetería. Esmeralda sentada sobre una caja miraba hacia el infinito sin reparar en la cara de cansancio de Paris.
— Tienes que salir a atender la caja. Mizuha no puede hacerlo todo.
— No quiero.
— Ese hombre ya te pilló un par de veces. Está esperando que salgas.
— Esperaré aquí a que se vaya.
— Entonces lo echo yo —dijo Paris exhibiendo una sonrisa—después de lo ocurrido el Martes estoy ansioso por la oportunidad.
— El que armó el alboroto no fue él. ¿Lo recuerdas?
— Me da igual. Ese tipo me da mala espina. ¿Qué fue lo que pasó?
— Nada, nada.
Volteó la cara para que Paris no notara que se ponía roja hasta la coronilla. ¿Cómo decirle que la conversación que acaba de tener rebotaba por todo su cuerpo como si tuviera vida propia?
Pero ella no podía darse el lujo de una relación, y menos con una persona tan atractiva como Zagato. Estaba condenada a arruinarlo.
— ¿Te trató mal?
— ¡No! No es nada de eso.
— ¿Entonces qué haces aquí? ¡Yo soy el que está encargado del inventario hoy!
— Cambiemos por esta vez, por favor.
— Yo no puedo quedarme el siguiente fin de semana. Tengo planes.
— Entonces haré turno doble
— Em, ¿no se supone que cada 15 días vas a los talleres de arte? ¿no faltarías si lo cambias?
— No va a haber clases —mintió.
— ¿Tanto te preocupa?
— Quiero estar sola.
— Ok!OK...¡Quién te entiende!
Paris se volteó y tomó el pomo de la puerta de la bodega para salir, pero se detuvo justo en el canto.
— ¿Qué pasa? — preguntó ella
— Quizás deba ayudarte un rato aquí en la bodega. Esta semana ingresó mucha mercancía.
— ¿No decías que Mizuha no podía encargarse de todo?
— Media hora no le hará daño.
A Anaís le pareció ver a Paris asomarse por una de las puertas interiores del establecimiento pero se había cerrado con tanta prisa que no estaba segura que fuera él.
— ¿Entonces tú estabas aquí durante el escándalo?—preguntó Marina.
— Así es. —respondió Anaís— pero yo no soy la única que ha vuelto.
Anaís hizo una seña hacia la mesa del fondo. Lucy estaba de espaldas y se volteó para luego quedarse en su puesto convertida en piedra.
— ¡Es Zagato! — susurró.
— Ese es el hermano de tu vecino, ¿cierto?
— No soy del agrado de Zagato. Cuando éramos niños no le gustaba que pasara tiempo con ellos.
— ¿Quieres que vayamos a otro lado?—sugirió Marina examinando al hombre y desaprobando lo que veía—
— No se preocupen, estamos lejos y no creo que nos oiga. —respondió Anaís, poniéndose nerviosa—
Anaís notó la mirada inquisidora de Marina y los colores le subieron a la cara sin poder evitarlo.
— Lucy, ¿Paris ya te devolvió los libros? —preguntó Anaís tratando de cambiar de tema.
— No ha tenido la oportunidad. Esta semana ha estado muy apurado. Al venir pensé que estaría aquí y sería un mejor momento.
— ¿No será que está evitándote? —Marina dio un sorbo a su refresco, levantando las cejas.
— ¿Evitándome? ¿Por qué?
— Son compañeros de clase Lucy, es muy extraño que no te los haya devuelto sabiendo que su plan fracasó. —completó Anaís.
— Hablando de eso, es interesante que estés aquí a pesar de saber lo que Paris estaba tramando — dijo Marina sin mirarla, volviendo a su refresco.
Anaís apuró su té, con riesgo de atragantarse con él.
— No tengo por qué cambiar mis hábitos. El pan de aquí es delicioso. —dijo simulando calma— pero Lucy, creo que debes pedírselos lo más pronto posible. Te puedes ver en problemas dado que están a nombre de tu vecino.
— Le dije que yo misma los devolvería a la biblioteca. — rememoró Lucy con melancolía — voy a cumplir mi promesa.
— ¿Ya intentaste volver a hablar con él? ¿Con calma?
— Si Lucy. —le apoyó Marina— ¿tienes alguna idea de por qué de un momento a otro se comportó de esa manera? Según dices no es normal en él.
— Hablar…
— ¿Han tocado el tema del incendio? —insistió Anaís— dejando atrás todo el resto, creo el pasado es lo que les está alejando.
La cara de Lucy se transformó del estupor a la tragedia, pero luego quedó el miedo flotando en sus pupilas.
— Voy a ver cómo está Youko — declaró Lucy levantándose de la silla.
— El monstruo está bien, desde aquí lo vemos.
— Creo que la correa puede estar apretándole mucho. Ya vuelvo.
— Pero…
— Te esperaremos, no te preocupes —interrumpió Anaís leyendo las intenciones de Lucy.
La chica salió de la panadería y le vieron por la ventana llegar hasta la siberiana, que estaba atada justo afuera.
— Se pone muy nerviosa cuando se trata del incendio —concluyó Marina.
— Le marcó la vida y ella se niega a aceptarlo. Jamás pensé que su historia fuera tan complicada. Ahora creo entender su actitud el día que la conocí.
— Anaís, ya que Lucy nos ha contado su parte, creo que podríamos ayudarte también.
— ¿De qué hablas Marina? —preguntó fijando su vista en el té pero sintiendo el calor en sus mejillas.
— Pareciera que quieres permanecer aquí todo lo que puedas. ¿Será posible que Paris…?
— Oye Marina, ¿Por qué le dices monstruo a tu propio perro?
— ¡No es mi perro! ¡Ni en un millón de años! ¡Sólo la estoy cuidando! ¡Ya quisiera ese engendro peludo tener la suerte de una dueña como yo! ¡Pero hey! Sé lo que haces. ¡no cambies de tema!
Anaís rio, estaba disfrutando aquella conversación. A pesar que el agudo sentido de Marina le había acorralado, se sentía extrañamente a gusto.
Además la chica estaba en lo correcto. Esa tarde su orgullo necesitaba una excusa para quedarse en la panadería. Volvió a repasar el mostrador y la puerta de la bodega en un paneo rápido sin perder hilo de lo que decía Marina.
Lucy no había tenido valor para contarles que había algo más allá del incendio y del comportamiento que Anaís había visto.
Nada había dicho acerca del beso o de Primavera.
Ni tampoco había hablado de Águila.
Mucho menos de la apuesta, esa palabrita que le provocaba sentimientos encontrados.
— Hola Youko —saludó a la siberiana, quien meneó su cola ante su presencia— ¿te sientes sola?
Youko se sentó en el piso y dejó que le acariciaran la cabeza. Lucy verificó que la correa no estuviera muy apretada y agradeció que el clima estuviera templado.
Sin pensarlo mucho, se quedó inclinada por un rato tratando de decidir si quería contarles todo a Marina y Anaís. Por alguna razón se resistía a descargar sus preocupaciones con los demás. Era imponerles problemas que ella debía poder manejar. Suficiente era el drama de su pasado para seguir sumando complicaciones.
Se incorporó para regresar. Se sentía mejor con el simple hecho de compartir tiempo con ellas. Quizás aceptaran volver a reunirse en el futuro.
La sonrisa se interrumpió al ver la persona que tenía al frente. Sus labios ardieron recordándole una pasión suspendida que podría haber sido suya, con una precisión inequívoca.
Era natural que Latis le viera antes. Llevaba años entrenándose como si fuera un robot detector de "Lucy" por si de casualidad se la encontraba en la calle.
Siete años fantaseando con encontrarse para ahora maldecir su destino.
Latis había sido dado de alta del hospital a regañadientes. Su deseo de quedarse interno junto a Lucy iba en contravía con el querer visitar a Raikou y eso le tenía de un humor de mil demonios. ¡No entendía su propia actitud! Fueron necesarios varios días para que se acostumbrara a su nueva realidad, y comprendiera que aquel sentimiento de pérdida se traducía en uno más fuerte, que era desconocido para él.
Raikou también fue dado de alta dos semanas después. Era el inicio de una recuperación larga pero la familia Kuroda tenía toda la voluntad en ello. Con su hermano ensamblaron el "carrito" mientras los días pasaban y la casa de al frente crujía y se desternillaba con el viento que soplaba por sus pasillos vagabundos, como un monstruo de madera que había fallado en cobrarse las vidas que requería como sacrificio.
Las pesadillas se habían vuelto pan de cada día, y la visión de esa casa fantasmal que en las noches emitía ruidos no ayudaba que Latis dejara de proyectarse a ese día. Los Shidou tampoco habían vuelto. Latis vivía en las sombras con respecto a lo que podrían pensar acerca de lo ocurrido. ¿Era el que había sacado a Lucy o el que se había arrepentido de salvar a su hija en vez de salvar primero a su perro? Nada le ayudaba a recuperar su confianza en las decisiones que había tomado, o en la imagen que tenía de sí mismo. Sus sueños se encargaban de recordarle que en sus acciones se había posado un resultado u otro. Se hizo recurrente la pesadilla en que por su culpa Raikou, Lucy y él morían abrasados entre el fuego, todo porque él no podía tomar el camino correcto.
Nunca antes tuvo conciencia de lo poderoso que podía ser un instante, un segundo, un pensamiento. El incendio había significado el paso drástico a la adultez de su yo de 11 años, un escalón donde perdía el equilibrio entre las dudas.
Quizás si Lucy hubiera estado cerca las cosas habrían sido diferentes. Quizás se hubieran encontrado en un partido de futbol y terminarían hablando de ese día. Si, tal vez su mente habría encontrado calma y se hubiera ahorrado un año entero de sudores fríos al despertarse cada noche.
Pero no fue así. La última vez que la vio fue el día en que los Shidou fueron a despedirse, tres meses después del incendio.
Ese día se había quedado horas extras en el colegio por lo que la tarde estaba por terminar cuando llegó al vecindario. Aceleró el paso cuando vio tres cuadras atrás que un auto estaba parqueado al frente de su puerta. El reflejo del sol iluminaba con rayos moribundos el cabello rojo de la niña que acariciaba a Raikou a través de la reja, y el señor Shidou abría la puerta del vehículo mientras la madre daba la vuelta para situarse del lado del pasajero.
Lucy subió al auto sin percatarse que él corría para alcanzarle. Su corazón comenzó a bombear con fuerza desesperado por llevar la energía que necesitaban sus piernas. Necesitaba volar y alzarse por encima del pavimento.
— ¡LUCY! — gritó
El auto arrancó en dirección contraria pero él siguió corriendo.
— ¡LUCY!
El segundo grito salió ahogado y tembloroso de su boca que le urgía ahorrarse aliento para seguir corriendo.
En el asiento trasero del vehículo, la niña volteó la cabeza y le vio. Sus ojos se abrieron y dijo algo ininteligible para él. Ambas manos se apoyaron en el vidrio.
Latis pasó la puerta de su casa como un relámpago y siguió derecho ante el grito de advertencia de su madre pero no pudo alcanzar el vehículo, que se perdió entre las calles de Tokyo. Latis cayó al suelo y su rodilla lastimada en el incendio le recordó la locura que acababa de hacer.
A nadie le confió que años después cuando se unió al club de atletismo visualizaba ese mismo auto antes de pararse sobre la línea de salida cuando comenzaba una carrera.
Lucy estaba allí. Irónicamente su fantasía de niño se volvía realidad justo cuando prefería alejarse de ella. Siete años después el destino se le reía en la cara.
Siguió caminando porque su instinto era más fuerte que la razón y éste le instaba a avanzar. El hecho de verla acariciando a un perro que no era Raikou le hizo pensar que incluso eso había cambiado en poco tiempo.
Lucy por fin se dio cuenta de su proximidad y se quedó mirándolo contrariada. Era evidente que no era el único incómodo por ese encuentro.
La piel le ardía como si no hubieran pasado cuatro días desde que probó sus labios. Parecía que se tele transportaba a ese parque y que acababan de recuperar el aliento. Ese beso que había tenido terribles consecuencias en su concentración, que no le dejaba dormir, que al recordarlo se inundaba de deseo de una forma que jamás creyó posible estaba vivo y palpitante.
Pero luego la imagen de Águila descendiendo sobre ella cubierto por la oscuridad tan sólo un día después se interpuso y le enfrió con mayor efectividad que una ducha helada.
Después de todo ya sabía lo que "no quiero que me odies" y "lo siento" significaban.
— Hola —empezó ella.
— Hola
Inconscientemente se quedó mirándole la boca. Al darse cuenta de lo que hacía, se obligó a apartar los ojos.
Esperó para saber si ella diría algo más, pero el silencio les atrapó en sus hélices y orbitó como un enorme planeta alrededor de los dos.
Pensó en preguntarle si esa era la misma perrita que había perseguido Raikou, pero eso le llevaría hacia el recuerdo del parque. No era algo que deseara sacar a flote. Latis decidió que debía terminar lo que había ido a hacer y se iría.
— ¿Buscas a Zagato? —preguntó Lucy con más normalidad de la que él quisiera—Está adentro.
— Gracias. —dijo tratando de no enloquecer
Latis siguio su camino. Le vio avanzar hasta la puerta de entrada y apoyar su mano sobre la superficie metálica. No podía explicarlo, pero presentía que en cuanto cruzara esa puerta Latis se iría para siempre.
Podría verlo todos los días, podrían saludarse respetuosamente, pero día a día la distancia sería mayor. Un mes y luego el otro y sus labios ya no arderían al recordar que él los había tocado. Cinco meses más y ya podrían actuar con mayor naturalidad. Se cruzarían de camino a casa, intercambiarían una palabra y rogarían para que eso no ocurriera de nuevo. Un año, y ella podría de vez en cuando ir a saludar a Raikou. Se convertiría en Latis "el vecino", una figura lejana que significaba arrepentimiento.
Ese era el momento en que todo acababa.
¿Para eso había insistido en volver? ¿Para qué había vuelto?
El corazón le palpitaba fuerte en el pecho. Latis ya había abierto la puerta.
— El día en que nos marchamos del vecindario fuimos a despedirnos, pero no estabas.
Latis se detuvo, pero aún no volteaba a verle. Lucy continuó con la esperanza que le escuchara.
— Yo necesitaba verte e insistí en que debíamos esperarte. Pero mis padres tenían prisa. Creo que no soportaban estar cerca de esa casa.
Esta vez lo consiguió. Latis volteó, para fijar sus ojos sobre ella con esa intensidad que podía reducirla a pequeños trozos, pero si pensaba en ello no podría asegurar la claridad que era necesaria para ese momento. Sólo tenía esa oportunidad.
— Subimos al auto y habíamos arrancado. Fue entonces cuando quise darle una última mirada a Raikou y me apoyé para ver por el vidrio trasero. Te vi llegando a casa a toda carrera. Y yo grité pero no me escuchaste. Por eso lo diré de nuevo. ¡Perdóname!
Pasó saliva y respiró profundo. Tenía miedo, mucho miedo.
— ¿Perdonarte? ¿Perdonarte por qué?
— Nunca quise que por mi culpa Raikou terminara herido. O tú. Debí decirte que todo era mi culpa, pero yo tenía tanto miedo…
— ¿cómo va a ser tu culpa? Lucy, no tengo nada que perdonarte.
— ¡Es que no lo SABES! —gritó desesperada.
Latis calló. Su grito le había sorprendido. Hasta Youko se había levantado y detallaba su actitud, atenta.
— No sabes — repitió, escuchando el latido enloquecido de su corazón— No sabes que yo causé el incendio.
Águila levantó su trago de Merlot de la mesa de centro y recostado cuan largo era en el sofá miró el líquido con detenimiento antes de darle un trago largo y perezoso.
La televisión reflejaba su brillo azuloso en una sala que tenía las cortinas completamente abiertas para apreciar las luces de la ciudad que comenzaban a encenderse con el anuncio de la noche.
"Tú también me gustas"
Eso era lo que había respondido Lucy. Tenía la seguridad que había respondido de manera automática sin captar el significado completo de su declaración. Alcanzó a notar que un segundo después de terminar había dudado de su propia frase.
El problema había surgido justo después.
—Quisiera gustarte más, Lucy. — dijo acariciando su rostro.
—¿Águila?
Ese había sido el momento en que ella había entendido a qué se refería. Lucy retrocedió un paso y se quedó en silencio, entre confundida y asombrada.
No escapó a su percepción el par de miradas furtivas hacia la casa de en frente.
—Quiero gustarte más—repitió— por eso quería tener mis manos libres.
De nuevo los ojos de Lucy no se centraban en él. Sus pensamientos iban hacia la casa de Latis y de vuelta.
—La apuesta —dijo ella muy seria— ¿Qué apuesta tenían con Latis ayer?
Águila desconocía esa faceta de Lucy. En la semana que llevaba de conocerle sólo había visto a la niña dulce, enérgica y adorable. Ahora veía una persona diferente ante sí. Las pupilas de la chica se clavaban en él exigiendo una respuesta inmediata.
—En la cena dijiste que me dirías el por qué discutías con Latis cuando tuvieras las dos manos libres. —insistió Lucy con voz fría y sosegada— y recuerdo que en Shibuya mencionaste una apuesta. Dime ahora.
—Es una tontería.
Avanzó un paso hacia ella, pero Lucy retrocedió la misma distancia hacia la puerta de su casa. Las cosas no iban como él esperaba.
—¿Tiene que ver con Primavera?
La mención de Primavera le hizo dudar si Lucy sabía algo acerca de su plan del día anterior para arruinarles la noche, pero lo descartó. Sin embargo era demasiado tarde. Ese instante de duda era todo lo que Lucy necesitaba.
—Lo siento Águila. Creo que necesito estar sola.
Así había terminado esa noche. Con él en frente de una puerta cerrada, detenido en la incredulidad.
Apuró su trago. Se sentía como una basura. Ahora veía que había actuado como si Lucy fuera una más, un reto para su haber sin importarle lo que sintiera ella por sus métodos. Lucy en definitiva no era una conquista más. Tenía que compensarlo.
La ventaja era que él sabía que el Lunes Lucy iría a la Universidad a devolver los libros a la biblioteca.
Contratacaría. Sería mejor.
NOTAS DE AUTOR 1
¿Saben cuántos días han pasado (en la historia) desde el capítulo 1 exceptuando los flashbacks del incendio?
Semana y media. Para llevar un conteo del tiempo trascurrido este capítulo y los consecuentes tendrán el día de la semana en que se desarrolla la acción como referencia. Perdonen a esta principiante que apenas se da cuenta de sus errores al no situar apropiadamente al lector.
¿Y cuánto tiempo desde la publicación real del fic?
jajajaajaj mejor no hablemos de esas cosas, ¿cierto?
NOTAS DE AUTOR 2
Si, no lo he abandonado. Ya sé que me he tardado una eternidad.
Gracias a las personas que han dejado sus mensajitos a esta autora, haciéndole saber que leen y que de alguna manera aún se interesan en esta historia.
Lita Wellington (que si antes estabas enojada ahora si me aventarás un zapato jajaja. Y tu predicción se hace realidad con Zagato adicto a la cafeína :P Gracias por dejarte trasnochar por esta escritora que lo que más desea es hacer feliz a sus lectores)
LucyKailu (ya sé que te gustan los chicos más directos como Eagle, pero ese pobre chico directo no cuenta con la inocencia de Lucy. Gracias por leer!)
Lin (yo también lo amo. Es un rayo de sol que ilumina a Lucy justo en el momento en que más lo necesita. Gracias por leerme, y por estar ahi)
James Birdsong (Thanks!)
luna alondra10 (hola! que gusto volver a leerte. yo tambien te quiero mucho! Que bueno que te guste! 3. Gracias por leerme que bella)
niche gomez nova (cuando me llegó tu mensaje me dije: mi misma, pero que diablos haces, deja de imaginarte el capitulo en la cabeza y ponte a producir! Gracias por el empujón. Gracias por no perder la esperanza)
Magda (la última de este párrafo pero no la menos importante. Gracias por empujarme, por decir que estás esperando que actualice y que ya quieres leer un final hermoso para este par de tortolos. Gracias por tener fe en mi)
Todos los reviews y comentarios son bienvenidos. Tomatazos también. Dejenme saber qué piensan
