CAPÍTULO 18. TE AMO, TE ODIO
Feeling used, but I'm still missing you
And I can't see the end of this
Just wanna feel your kiss against my lips
And now all this time is passing by
But I still can't seem to tell you why
It hurts me every time I see you
Realize how much I need you
I hate U, I love U by Olivia O'Brien
Su miedo se materializaba. Los ojos de Lantis se fijaban en ella con horror. Una expresión que había querido evitar a toda costa.
— ¿Qué quieres decir? — preguntó el, con la piel lívida.
La noche ya había caído, como si se pusiera de acuerdo con la oscuridad yacente en sus palabras. Las luces de la calle se encendieron y Lucy vio en ellas la señal que necesitaba. Tomó aliento y se lo contó todo, como debió haber hecho desde el comienzo.
Esa tarde fatídica el teléfono repicó enfadado esparciendo la urgencia por toda la casa. Lucy bajó las escaleras como un rayo con la esperanza que fuera Presea.
Esperaba esa llamada con ansias. No eran grandes amigas debido a la diferencia de edad, pero ella solía avisarle la ubicación del siguiente partido.
Zagato organizaba torneos en diferentes partes y como era de esperarse, compartía la programación con pocas personas. Correr de un lado a otro del vecindario buscándoles le quitaba mucha energía, que debía conservar para cuando pudiera jugar. Eso suponiendo que dejaran que ingresara a la cancha.
Al escuchar la voz de su madre al otro lado de la línea sus ilusiones se esfumaron. Lo peor de todo era que su madre tenía malas noticias.
— Hola Lucy. ¿Llegaste hace poco de la escuela?
— Si Mamá.
— Escucha, Momo está enferma. Voy de camino al hospital del pueblo. Papá llegará allá tan pronto salga del trabajo. Su jefe no le dejó salir antes. —dijo terminando la frase con cierto odio.
"Momo" era el apodo que usaban con su abuela paterna, quien vivía en un poblado a dos horas de Tokyo. Lucy se imaginó a Momo en una cama blanca, conectada a una máquina que hacía "bip bip", como en las caricaturas. No era una visión agradable.
— ¿Momo está bien? ¿Qué le pasa?
— Estará bien, no te preocupes.
— ¿Puedo ir?
— Es mejor que dejes que vayamos con tu padre. Tarde en la noche enviaremos por ti.
— ¿En la noche?
— Momo necesita que estemos pendientes de ella, tendremos que hacer turnos con tu padre mientras tus tías llegan. Mientras tanto alista tu maleta para pasar el fin de semana allá. Millie irá más tarde para hacerte algo de comer y acompañarte a tomar el tren.
Millie era una conocida de su familia. Era una joven de unos 20 años que trabajaba como niñera.
— No es necesario mamá, puedo hacerlo sola
— Sé que puedes, pero todos necesitamos ayuda alguna vez. Además ella pagará el pasaje del tren.
Lucy hizo un gesto de resignación. Era cierto que no tenía dinero disponible y su madre no aprobaría que rompiera su alcancía si ya había hecho otros arreglos.
— Nos vemos más tarde, mi niña. Mucho cuidado.
— Si mamá. Dale un beso a Momo por mí.
Colgó. La casa adquirió una oscuridad repentina al saber que sus padres no llegarían esa tarde. El que Momo estuviera enferma tampoco ayudaba a eliminar ese súbito sentimiento de soledad.
Regresó a su habitación en la planta alta y comenzó a empacar como su madre le había dicho. ¿Dos pares de medias? Mejor cuatro, siempre se embarraba en el campo cuando jugaba afuera.
La casa de Momo quedaba en las afueras del pueblo, rodeada de cultivos y enmarcada por montañas. Los recuerdos de la pequeña casita de madera oculta por los altos árboles le hicieron sonreír. Podía incluso oler la hierba, y la fragancia de la tarta recién horneada que Momo le había enseñado a hacer la última vez que estuvo de vacaciones.
Pero si Momo estaba enferma, no habría juegos ni tarta. Era una lástima, ese postre era el favorito de Momo.
Una idea apareció en su mente.
¿Y si ella le llevaba la tarta? Momo estaría feliz. Sabía hacerla, no era difícil. Lo único complicado sería encender el horno. Ese aparato era "temperamental" en palabras de su propia madre.
Paris se quedó mirando a un punto fijo, fingiendo contar unos envases de azúcar pulverizada, sentado sobre unos costales de harina que le dejarían el trasero blanco cuando se levantara.
Pensativo, evaluó sus opciones. Lo que menos había esperado era que la chica estuviera ese día en el local, y para empeorar las cosas, estaba con Lucy ¿Cómo era posible que se conocieran?
— Paris, ¿estás bien? Estás sudando —anotó su hermana mirándole con curiosidad.
— Se me ha salido de las manos una rubia situación.
— ¿Perdona?
— Em, creo que hoy tenemos mala suerte los dos. La "situación" está allá afuera, hablando con mi mejor amiga.
— ¿Situación? ¿Dices Lucy? ¿qué tiene de malo que esté aquí?
— ¡La situación! —dijo arrastrando la palabra como si fuera lo más obvio.
— Paris si quieres contarme, debes hacerlo desde el principio. ¿Tiene que ver con el incidente del martes, no es así?
Su hermana tenía cierto don para que uno quisiera sincerarse, un encanto que él había aprendido a manejar si quería sobrevivir en su hogar. No podía andar contándole a la hermana que había roto una porcelana, o que no se había lavado los dientes, o que el arreglo de su habitación consistía en embutir las revistas debajo de la cama.
— Si tú te puedes esconder, yo también puedo quedarme aquí hasta que "la situación" se vaya.
— ¡No me escondo!
Paris se quedó mirándola sonriendo mientras ella se colocaba de todos los colores y hacía un puchero. Era la primera vez que la veía reaccionar así. La primera vez que su imagen perfecta cambiaba por la de una muchacha normal.
Quizás lo del tipo no era tan malo si la sacaba de esa melancolía, de esa soledad.
Pasó el rato, y ambos trataron de continuar con la labor sin añadir más a sus cobardes estados, pero era evidente que ese inventario iba a tardar una eternidad.
— ¡Mira! —dijo Marina señalando hacia la vidriera.
— ¡Es Lantis!
Anaís miró hacia la mesa donde estaba sentado el hermano. Aún no se había dado cuenta que Lantis estaba afuera. Eso era bueno, les daría tiempo.
Volvió a prestar atención a la pareja. Lucy estaba hablando mientras Lantis escuchaba mirándole con los ojos muy abiertos. Youko había decidido permanecer sentada, pero sus orejas estaban levantadas en señal de alerta. Hasta la siberiana sentía la tensión. No podía escuchar lo que Lucy decía, pero por su expresión la charla era delicada. Tenía los puños apretados y se inclinaba levemente hacia adelante. Era una pose que imploraba perdón. ¿Estaría hablando del incendio? No entendía el porqué de tanto arrepentimiento.
— Lucy está a punto de llorar. —Marina dejó de lado su refresco y se sentó derecha, atenta a lo que pasaba fuera de la cafetería. Anaís pensó que era una pose muy similar a la de Youko, pero no dijo nada.
— La expresión de él no es que sea esperanzadora.
— ¿Crees que terminará mal?
— Está pálido. —dijo Anaís haciendo un gesto doloroso— Como si Lucy le estuviera dando malas noticias.
Marina se levantó de la mesa y caminó hacia la salida. Anaís le siguió tratando de razonar con ella.
— ¡Espera Marina! No deberíamos interrumpirles.
— Quedémonos cerca. No me da confianza.
— Sí, pero…
Casi en la puerta y a punto de salir de la panadería, Anaís giró su cabeza en el momento justo para ver a Paris emerger de una puerta que se encontraba al fondo del local. Miraba hacia la mesa que ellas ocupaban hace unos segundos.
Paris siguió contando latas, al tiempo que sentía el impulso creciente de salir de la bodega y enfrentar lo que sea que viniera. Era probable que la muchacha conociera de primera mano todo su plan para hacerle la conversación, así que no perdería mucho.
Pero bueno, si lo sabía, ¿por qué estaba en la panadería?
La revelación le golpeó y las latas salieron a rodar cuando se levantó de un salto. Em también brincó en su puesto del susto.
— ¿Paris? — preguntó asustada.
— ¡LE INTERESA!—anunció con una gran sonrisa— ¡OHHHHH ESTÁ INTERESADA!
Su hermana mayor parpadeó como una chiquilla. Se veía adorable. Paris se abalanzó y le abrazó haciendo que ella soltara las bolsas de desechables que sostenía en las manos.
— ¿Realmente estás bien?—preguntó correspondiendo el abrazo.
— ¡Estoy feliz!
Em no respondió, pero se hundió en sus brazos. Paris sabía que ella también sonreía. Su hermana merecía el mundo entero. ¿Por qué insistía en negarse la felicidad?
— Deberías salir también, y darle una oportunidad al tipo.
Em se puso rígida. Paris le soltó sabiendo que había dicho lo suficiente para darle un pequeño empujón. Bastante había visto de la actitud distante a la que se condenaba por temor.
— ¡Deséame suerte!
Se encaminó a la puerta y dio un vistazo hacia la mesa donde habían estado sentadas con Lucy. Ya no había nadie. Dio un paneo por el local, pero una sensación de ser observado le cosquilleó en la nuca por lo que giró para fijarse en la puerta de acceso.
Los ojos verdes de su "situación" le devolvieron la mirada con furia.
No había nada que hacer. Pasó saliva y salió al local.
Lantis le estaba escuchando con atención. De vez en cuando ella se encontraba con su mirada, sombría, triste.
No querrá volver a verme — pensaba al tiempo que su boca seguía contando la historia— pero no tengo otra opción ¿verdad?
— Dejé mi equipaje de lado y bajé a la cocina. —siguió— Tenía todos los ingredientes. Creí que era una especie de milagro. —Lucy sonrió torciendo la expresión en un gesto doloroso, haciendo una pausa para recordar la felicidad que aquello le había dado. — Prendí el horno, ese horno que mi mamá quería reparar porque no se apagaba así le colocaran un límite de tiempo y en ocasiones quemaba la comida. Pero yo no sabía eso. No tenía idea, o no lo recordaba. Te juro que no lo sabía.
— Lucy…
Era la primera vez que decía algo desde que ella comenzó a hablar. Seguro ya había adivinado a qué iba todo.
— Por favor déjame terminar. —le interrumpió. Su garganta repasaba un sabor salado lleno de ansiedad y culpa.
Cuando el horno hizo corto circuito Lucy estaba en su habitación, en la segunda planta. Le había programado 30 minutos máximo, pero ya había pasado una hora.
Había puesto música a un volumen altísimo y se entretenía haciendo su maleta. Eligiendo qué prendas llevar no escuchó el golpe seco del gas dentro del horno.
En el momento en que los trapos de cocina que colgaban de la manija ardieron como piras, Lucy tarareaba una canción de pop.
Sólo fue cuando la casa retumbó con el estallido de la tubería de gas que Lucy se percató del humo que entraba por debajo de la puerta de su habitación.
Era demasiado tarde.
Cuando Lucy había dicho que ella había causado el incendio los músculos se le tensaron como si estuvieran a punto de encalambrarse. Se mantuvo en silencio, incapaz de procesar su estupor. Lucy no podía ser capaz de eso, ni en un millón de años. No era posible.
Conforme el relato avanzaba, la rigidez de su espalda comenzó a aflojarse y el impacto inicial se disolvió ante su deseo.
Le veía desmoronarse delante de él, presa de un trauma con el cual él podía sentirse identificado. Él sabía de primera mano aquel sentimiento de impotencia, de culpa. Las heridas seguían abiertas después de siete años.
Le comenzaron a estorbar los brazos, como si no fueran parte de su cuerpo. No sabía qué hacer con ellos, porque le consumían las ganas de abrazarla y así darle algún tipo de consuelo, pero lo único que conseguía era un movimiento ecléctico con sus manos que podía ser malinterpretado.
— Perdóname, por favor. —dijo ella cerrando los ojos por un segundo. Parecía se le estuviera perforando el corazón.
— Fue un accidente. Lucy, no tengo nada que perdonarte —respondió.
Lucy se mantuvo en silencio, evaluando sus palabras como si fueran una gran mentira. ¿En serio? ¿Le creía tan cruel?
— ¿Ya no me…no me odias? —preguntó Lucy, animada por su silencio.
La miró confundido. ¿No acaba de decir que no tenía nada que perdonarle? ¿Odiarla? ¿Otra vez con eso? ¿De dónde lo sacaba? ¡La había besado! ¡No podía haber una acción más clara para demostrar lo contrario!
En un segundo aquella frase de Shibuya cobró sentido. "No quiero que me odies" había dicho Lucy. ¿Se refería al incendio? ¿Todo este tiempo…era eso?
Aunque siendo sinceros, todo eso era su culpa ya que él lo había iniciado.
La siberiana le distrajo. Se había incorporado y ladraba con vehemencia hacia un recién llegado, que caminó hacia ellos y se colocó a espaldas de Lucy.
— Lantis, hermanito ¿me tenías sufriendo mientras hablabas con nuestra vecina? No es muy cortés de tu parte. —Zagato miró a Youko, que seguía ladrando— ¿Y este quién es? Niñata, ¿te has cansado de nuestro Raikou?
Lucy bajó la cabeza sin replicarle a Zagato la acusación y se dedicó a acariciar a Youko. Su reacción no pasó desapercibida ni para Lantis ni para su hermano, que levantó las cejas y le volteó a mirar.
— Toma el dinero— dijo Lantis acercándose y extendiendo la mano con la esperanza que con ello su hermano tuviera suficiente y desapareciera para seguir su conversación.
Zagato se acercó a él y le susurró al oído
— Cierra el asunto.
Lantis retrocedió. El tono de Zagato asemejaba una orden, pero debajo de ello le estaba alertando. Estaba en la cuerda floja y no podía darse el lujo de caer en el abismo. No habría ninguna red para evitar que se estrellara contra el suelo.
Lantis no había respondido a su pregunta. La había dejado colgando en el aire hasta que el viento se la tragara. ¿Por qué entonces? Si en realidad continuaba odiándola, ¿Por qué le había besado?
Al ver a Zagato diciéndole algo al oído a Lantis, la advertencia de su madre cobró vida. Tenía la respuesta ante sus ojos pero seguía resistiéndose. Desde que le conocía sólo le había mostrado amabilidad. ¡Lantis le había salvado la vida!
Pero…
Desde hacía tres días vagaba de un lado a otro después de la escuela tratando de poner su mente en orden, eliminando la posibilidad que bullía en su cabeza desde la noche del miércoles. Cuando Anaís sugirió que hablar del incendio podría levantar ese obstáculo entre los dos le tomó la palabra, sabiendo lo que arriesgaba.
Pero…la apuesta.
Águila no lo había negado, ni siquiera cuando mencionó a Primavera.
¿Esa apuesta tenía algo que ver con el beso? ¿Era un juego? ¿Algo que demostrarle a Primavera? No. No quería creerlo. Ese no era el Lantis que ella conocía. No ¡no! ¿Cuándo Lantis había perdido sus emociones? ¿Cuándo se había vuelto tan cruel?
Y lo peor de todo. ¿Por qué seguía anhelando que le tocara, que se acercara, que le abrazara, que le...besara?
El pecho le dolía. Sentía que se desgarraba por dentro. Nunca en su vida había sentido nada similar. Tenía que irse de allí. Tenía que irse.
Dejó de acariciar a Youko, deseando más que nunca borrar de su mente aquel beso. Necesitaba quitarse los labios y reemplazarlos por otros para que no ardieran de esa forma. Ante un engaño. Un engaño.
— Adiós niñata
— Yo también debería irme —dijo sacando fuerzas.
— ¡Ah! ¿Vas a volver a la panadería? Tus amigas están algo ocupadas.
Lucy sintió un escalofrío. ¿Zagato se había dado cuenta que había estado en conversando con Marina y Anaís?
— No deberías interrumpirles ahora —continuó señalando hacia la panadería— no sería bueno otro escándalo en este sitio.
Lantis le envió una mirada fría a Zagato y este la recibió con una pizca de incomodidad.
No se le escapó. Zagato había dicho "otro escándalo". Era la confirmación de lo que había relatado Anaís.
Lucy miró hacia el interior del local a través de la vidriera. Vio a Paris tratando de tomar de la mano a Anaís, y Marina con las manos cruzadas sobre el pecho dándole una mirada de desaprobación. Se habían apartado del centro y discutían en una esquina, con el objetivo de mantener al margen a los clientes.
Detrás del mostrador una figura salió desde una de las bodegas. Lucy le vio caminar con una gracia fuera de este mundo. Era Esmeralda, que sin poner mucha atención a su hermano, buscaba a alguien entre la multitud.
Sin agregar nada Zagato giró y regresó a la panadería caminando a grandes zancadas. Ella también comenzó a caminar, desobedeciendo el consejo que le habían dado. El comentario de Zagato había sonado como si quisiera alejarla de ellas y eso le producía desconfianza. Lo que menos quería ahora era perder esos lazos que había construido.
— Lucy, espera —dijo Lantis
— Gracias por escucharme. Me alegra haberte contado todo.
Lo que decía era verdad. Disculparse con Lantis, hablar del incendio, hacer algo por Raikou y por su amo. Esas habían sido sus tres razones para volver. Lo que había sucedido después nunca lo planeó.
Lucy no se detuvo. Sólo quería irse. Si volteaba a mirar y se encontraba con sus ojos no podría hacerlo.
— Nunca te he odiado —dijo Lantis a sus espaldas.
Su corazón perdió un latido y la sangre huyó de sus manos. Lucy se volteó con lentitud, temiendo haber escuchado mal.
París no se arrepentía de haber salido de su escondite. La cara roja de Anaís era suficiente pago. Más cuando sospechaba que su actitud tenía que ver con él.
— Mucho gusto Anaís. —dijo tendiéndole la mano— creo que no nos habíamos presentado del modo apropiado. Ahora, ¿Me podrías decir por qué estás tan furiosa?
Anaís se dio cuenta de inmediato por dónde él deseaba desviar la conversación y los colores se acentuaron con mayor fuerza en su rostro.
— Más bien dinos por qué has estado evitando a Lucy toda la semana y de paso a nosotras por lo que veo —dijo la otra chica, dándole tiempo a Anaís para recomponerse.
— ¿Te conozco?
La aludida levantó las cejas con suficiencia, como si ella fuera alguna estrella pop que debía ser conocida por toda la plebe.
— Soy Marina. Yo ya sé tu nombre.
— ¿Ah? ¿Cómo sabías mi nombre? ¿Será posible que Anaís ha estado averiguando de mí por intermedio de Lucy?
Una ráfaga roja pasó por las mejillas de Anaís, pero en menos que lo pensaba, le devolvió el ataque.
— A mí también me gustaría saber la respuesta a esa pregunta—declaró Anaís.
Ese intercambio de voluntades era muy divertido. Se imaginó muchas discusiones con ella. Las ansiaba. Si en todas su orgullo era opacado por continuos sonrojos, podía verse atizándola más y más.
— ¿A todas estas cómo es que ustedes de súbito se conocen? —dijo para tratar de evadirse.
— Lucy tiene que devolver esos libros o se meterá en problemas —respondió Anaís más calmada— no son de ella.
— Eso ya lo sé.
— ¿Entonces?
— Es por el hermano de ese tipo. —dijo mirando hacia la puerta y señalando con un gesto.
Zagato entró en la panadería sin reparar en ellos. Avanzó directo hacia el mostrador, desde donde su hermana se paraba rígida, perdiendo esa aura de ángel que solía acompañarla. Esmeralda estaba tan nerviosa que tal vez había olvidado cómo permanecer de pie.
— ¿Qué tiene que ver Lantis? —preguntó Marina.
— Veo que ambas están muy enteradas —replicó hastiado y haciendo una pausa para tomar aire— Ese tal Lantis se sentó toda la tarde del Martes mirándome de reojo con odio. Y luego saltó hacia el mostrador en el momento en que conversaba con esta señorita. —dijo haciendo una pequeña reverencia con su mano derecha.
— ¿Más bien en el momento en que descubrió que tú eras el que tenía los libros? — Anaís se llevó un dedo a los labios en actitud que quería pasar como pensativa, pero con la ironía en la punta de la lengua.
Se distrajo con el movimiento. ¿Se daba cuenta de lo adorable que se veía? ¿De que no hacía más que invitarlo al reto?
— Lantis me chantajeó para obtener la ubicación de Lucy. Hizo que le llamara a averiguar como si fuera cosa mía. Asumo que luego se fue a buscarla.
— ¡Oh! ¿Y cómo es que le das la ubicación de tu amiga a un completo extraño? —Marina se llevó las manos a la cintura.
— No es que ellos no se conocieran. El apellido de Lantis es Kuroda. Lo vi en la tarjeta de préstamo de los libros. Si es así, ella compró una torta para esa familia hace 8 días. Tenía una cena y se veía muy emocionada por el hecho.
— Me sorprende que hayas abierto los libros. ¿No era suficiente sólo con la portada?—dijo Anaís con una sonrisa casi maligna.
— Si consigo tu atención, hasta podría leerme las dos primeras páginas —respondió con el tono más travieso que encontró en su haber— Tenía muy buenas razones.
Ahí estaba de nuevo el leve sonrojo. ¿Cuántos podría obtener si continuaba?
— ¿Tan buenas como para esconderte toda la tarde? —dijo ella acomodándose la sonrisa.
— ¿y cómo sabes que fue toda la tarde?
— Si estás asumiendo que puedo perder mi tiempo…
— ¡HEY! ¡Dejen de coquetear por un momento!
Ambos quedaron de piedra. Anaís cortó la frase para jamás completarla y él encontró algo súbitamente interesante en la pared contigua.
— ¿Entonces has estado evitando a Lucy porque temías que ella supiera que la traicionaste por un interés particular? ¿Así es? —siguió Marina.
— No sólo por eso. Desde el Miércoles Lucy ha estado muy deprimida. — respondió sin atreverse a devolver la mirada de la pared.
— Te sentías culpable. — completó Anaís.
Le sorprendió el tono que escuchó. Era dulce y condescendiente. Volteó a verle, esperando encontrar un rostro que hiciera juego con eso, pero Anaís había cerrado los ojos y negaba con la cabeza. No iba bien, presentía que iba a explotar.
— ¡Pero estás metiéndola en un mayor lío si no le devuelves los libros! —sentenció al final, molesta.
— Pensaba ir a llevarlos yo mismo para ahorrarle que fuera al sitio donde estudia Lantis. No es que la ubicación sea un misterio.
— ¡Si haces eso deberías informarle!— Anaís cada vez más hablaba más alto— En serio, eres un inconsciente.
— ¿Al menos soy un inconsciente responsable?
Ella guardó silencio. Lanzaba rayos por los ojos e inflaba las mejillas con disgusto. Paris sonrió tratando de amortiguar el chiste.
— Creo que Lucy necesita cumplir esa tarea. Cada vez que le mencionamos algo acerca de los libros lo toma como si fuera su obligación. No sé si ve alguna catarsis en eso. O tal vez quiere cerrar el asunto por sí misma. — dijo Marina buscando a Lucy a través del cristal de la ventana— eh…¿Anaís?
— ¿Qué pasa?
— Lucy está haciéndonos señas, mira.
— ¿Ese es Lantis? — Paris no alcanzaba a ver la persona que estaba detrás de ella, pero parecía…
¡Le habían visto! ¡Era como si les hubiera llamado con el pensamiento! Lucy sonrió como si todas sus preocupaciones se hubieran diluido y agitó su mano hacia ellas. No quería irse sin despedirse. Se llevó la mano a la oreja asemejando un teléfono y ellas asintieron a pesar de mantener su expresión de asombro.
No podía culparlas, para ella esto también era impensable.
— ¿Vamos? —dijo Lantis.
Lucy asintió ocultando su nerviosismo. Caminó al lado de él sabiendo que la atmósfera era más clara, pero que de ninguna manera el muro había sido disuelto.
Sólo esperaba que su madre no se diera cuenta cuando entrara a la casa de Lantis.
NOTAS DEL AUTOR
Bueeenas. Tengo alborotada la vena romántica así que vengo a actualizar Raikou :P
Lita Wellington: Waa! no te has olvidado! Gracias por leer! Ya por fin vamos ir cerrando el capítulo del "incendio". Los personajes estaba gritandome que lo hiciera, así que toca acomodarse a sus deseos. Cuando pensabamos que Águila enía la ventaja, pues mira que Lantis ni corto ni perezoso la invita a la casa. Espero que te haya gustado! Un abrazote.
Lin: Qué calorsh jajajaja. Me sinto culpable por que hayas pasado penas en el trabajo XD. (No en realidad? jajajaja me gusta, me siento honrada :D) Espera el próximo porque esto va a ponerse aún más interesante buajaja. Y por supuesto las gracias van hacia ti por leer. MIL GRACIAS!
Nikita Shinoda: (emoticon de monkey tapandose los ojos) WAAA! Muchas gracias por tus palabras! Trato de hacer lo mejor posible para que quien lo lea se sienta inmerso en la trama. De ninguna manera voy a olvidarme de Raikou, si es mi shoujo por excelencia jaja! Todo mi armamento de fangirl está aquí :P . Espero que te haya gustado y muchisimas gracias por tus reviews.
James Birdsong: Thanks a lot! Thank you for reading.
Leonessa Blue: Kyaa! Gracias por leerlo, me haces supremamente feliz. Espero que pueda cautivarte a pesar de todo. Un abrazo.
Magda: Estoy un poco tarde con esta actualización. Quería que fuera a primero de septiembre, pero el maldito trabajo siempre hace de las suyas. Ya sabes que el que lo leas significa mucho para mi. Siempre tu tiempo será preciado. Gracias mil por tus hermosas palabras.
Gracias a los lectores fantasmas tambien. Un review sería lindo XD, quisiera saber que piensan. Nos estamos leyendo!
