CAPITULO 21. HIELO
How long has this been goin' on?
You been creepin' 'round on me
While you're callin' me "baby"
How long has this been goin' on?
You've been actin' so shady (shady)
I've been feelin' it lately, baby
How long – Charlie Puth
Las cajas soportaron el temblor como soldados espartanos cuando Esmeralda se topó con ellas acorralada por Zagato. Aquella preciosa mujer parecía disfrutar aquello tanto como él y mientras una fina lluvia de harina caía sobre sus cabezas, el corazón le daba tumbos fuertes. Era la primera vez en muchísimo tiempo que alguien conseguía ponerlo así de nervioso. Sentía que, aunque su actitud conquistadora era la de siempre, sus movimientos eran torpes. Sus sonrisas y expresiones deberían poseer el mismo efecto demoledor que dejaba a las chicas sin aliento, pero Esmeralda apenas reaccionaba. Le miraba con esos grandes ojos verdes brillantes, y su pequeña boca apenas entreabierta.
La primera media hora había trascurrido sin incidencias. Hablaban de sus gustos, de su vida. Esmeralda le estaba contando acerca del concurso para decorar el salón principal de la biblioteca de la Universidad, y de todo lo que se había esforzado para hacer equipo con los otros artistas participantes. Afuera, la lluvia arreciaba y en el depósito la sensación de calidez y seguridad se hacía más fuerte con el suave murmullo del golpeteo del agua contra los cristales de la panadería.
— Quizás nos cruzamos alguna vez en el campus —mencionó Zagato, agachado sobre los tarros de crema pastelera, contándolos por tercera vez para darle el dato del supuesto inventario que se demoraban en completar.
— No creo.
La voz de Esmeralda le sonó cortante, y por eso Zagato se volteó para indagar sobre lo que podía estar pasando. La encontró mirándole de arriba abajo, demorándose en su cara. Por desquiciado que sonara, el cabello dorado parecía flotar a su alrededor impregnándole de un aura intimidante. Una luz capaz de eclipsarlo por completo, de empequeñecerlo y luego borrarlo como el sol a las sombras.
Pero en vez de revolcarse en la nada, Zagato aceptó el reto con una sonrisa. Se levantó dejando el número de tarros de crema pastelera para una cuarta oportunidad, y avanzó hacia ella.
— ¿No crees? —preguntó fijando su mirada en ella, aunque le dejara ciego— ¿Por qué es eso?
— Lo r-recordaría —respondió—
No era suficiente. Sólo había sido un pequeño lapsus. Esmeralda todavía irradiaba seguridad. ¿Cómo esa mujer podía hacer eso? ¿Cómo podía ver pureza y deseo en sus pupilas? Le hervía la sangre. Sentía la tensión creciente en el aire, una corriente de voluntades que chocaban. Ella le estaba probando a ver si podía estar a su altura. ¿Podría llegar a su pedestal sin quemarse en la luz?
Avanzó un paso más. Esmeralda no se movió de su puesto.
— ¿Qué podría hacer para que me recordaras? — dijo él, arrastrando las palabras—
Esmeralda sonrió nerviosa y se quedó mirándole.
Zagato estuvo a punto de retroceder. Juró que había perdido el pulso por un segundo. Aquella sonrisa podía hacer que dejara su alma entre las latas de crema y ofreciera su ser en sacrificio pastelero a los dioses más antiguos. Pasó saliva y se calmó, refugiándose en su ego. Si ella decía que lo recordaría, era porque había algo que podía explotar.
Le acorraló entre las cajas de harina. Escuchó con beneplácito el choque suave de su espalda, y aprovechó para rodearle con el brazo derecho. Estaba ganando, por muy poco, pero en esa carrera invisible lo importante era no ahogarse en el intento.
— Cuidado, Esmeralda. Te harás daño si quieres escapar de mi.
— ¿Escapar? —siseó con suavidad, dejándose llevar hacia él.
El abrazo inocente se convertía en algo más. Zagato pudo sentir que sus armaduras de orgullo se diluían y quedaba el calor. El infinito, ardiente calor que le bajaba desde la coronilla, se concentraba en su vientre y le convertía en una pira de deseo andante.
Buscó sus labios, que no ofrecían ninguna resistencia. El beso llegó incandescente, húmedo. Su corazón anduvo a tres mil por hora. No escuchaba nada más que la respiración entrecortada de los dos, cuyos ecos se perdían en medio de la bodega. Aquel espacio se había convertido en una máquina de sensaciones, una caja de resonancia de pasión contenida. Nunca había sentido tal desborde de energía antes, era como besar el sol. Si no tenía cuidado le quemaría por dentro y dejaría sus pedazos carbonizados perdidos en medio del desierto.
Zagato sintió la perfección de aquellos labios amoldarse a los de él. Poco a poco el sol se eclipsaba, se hacía mas tibio, más maleable. Podía sentir su propia esencia que se acomodaba para sobrevivir, y para conquistar.
Empujó su cuerpo hacia adelante. Una nueva lluvia de partículas cayó sobre sus cabezas. Esmeralda se apretó más a él, como si quisiera absorberlo.
El beso continuó, cada vez más desinhibido. Zagato aprovechó para apartar el cabello que se agolpaba en el cuello de Esmeralda y le besó justo en el nacimiento de sus hombros. Ella dio un respingo, pero le abrazó con fuerza.
Se detuvieron un momento, para mirarse buscando la respuesta a una pregunta a la que los dos ya habían accedido, pero de lo cual aún no estaban seguros. ¿Era muy pronto? Lo era. Sus mejillas arreboladas, consientes de que aquello parecía apenas comenzar, palpitaban en sus rostros urgiéndolos a tomar una decisión.
Pero esa noche los hermanos Kuroda habían sido maldecidos. El timbre insistente del celular de Zagato interrumpió el momento, y agrió la atmósfera.
Zagato quiso continuar, y al comienzo lo logró, porque Esmeralda haciendo caso omiso del aparato, le volvió a besar.
Pero el timbre volvió una y otra vez. Ante la desconcentración evidente de Esmeralda y una sospecha que crecía en intensidad, Zagato tuvo que apartarse.
En el fondo sabía quien era. Nadie más podía llamarlo cinco veces la noche de un Sábado. Sacó el celular de su bolsillo con reticencia, deseando haber recordado que esa misma noche había quedado de verse con ella, deseando haber puesto el celular en silencio.
Pudo leer en la expresión de Esmeralda que fue su propia actitud la que lo terminó de delatar. No tenía necesidad de decir nada. Una mirada de desprecio le bastaba. Allí estaba aquel sol, esta vez listo para quemarlo sin piedad. ¿Era esa la misma mujer que había entrado con él en la bodega? Parecía otra persona.
Cuando Zagato trató de articular una excusa, una evidente mentira, su compañera se había convertido en una diosa terrible, con destrucción y dolor titilando en sus ojos.
Lantis subía las escaleras a pasos perezosos pensando en lo que le parecía haber visto en la secadora antes de abrir la puerta para sacar la ropa, cuando el timbre de la casa sonó una y otra vez como si la vida dependiera de ello. Sus pensamientos eran ocupados por una única persona y por ello se devolvió de inmediato, pensando que algo había olvidado, o que había tenido problemas con su Mamá.
Abrió la puerta sin molestarse por corroborar de quién se trataba. El deseo de ver a Lucy era más fuerte que la prudencia. Jamás pensó que la oscuridad escondiera a alguien distinto. La sombra se abalanzó sobre él y se colgó directo a su cuello, desarmándolo. La cabeza empapada se retorció en su pecho y se alzó hacia su cara antes que pudiera articular una protesta. Un olor fuerte y almizclado le atacó la garganta mientras los tacones ingresaban a la residencia apurando el paso. Los labios le buscaron con el afán de satisfacer una necesidad primaria y el cuerpo enfundado en la minifalda negra y la blusa de satín se le pegó como el agua.
Lucy subió de inmediato a su cuarto tras pasar por un breve interrogatorio. Si alargaba la conversación con sus padres, terminaría trasluciendo el engaño que se había obligado a decir. Odiaba la situación en que se había puesto, y odiaba tener que mentir de forma tan descarada pero hasta que no aclarara sus ideas respecto a Lantis tendría que ser de esa forma.
Pero a pesar de todo, hoy había sido un buen día. Por fin su corazón se sentía tranquilo ¡Los secretos habían sido expuestos! Y también había algo más, ¿verdad?
Recordó la sonrisa de Lantis, sus ojos violeta brillantes, el calor que despedía su cuerpo. La sensación de estar sentada encima de su pierna. Se rio nerviosa, y luego extendió los brazos dejándose caer sobre la cama, rebotando sobre el colchón. De pronto tenía muchas ganas de saltar y dar muchas vueltas, aún sabiendo que técnicamente lo que sentía no le era permitido.
¿O quizás si? ¿Y si Lantis ya hubiera terminado su relación con Primavera…? ¿Sería posible? Es que no podía imaginarse a Lantis t-tocándole de esa forma y al mismo tiempo…
Aquella posibilidad le llevó a buscar por la ventana de su habitación una luz encendida en la casa de al frente o algún signo de que Lantis estaba en su cuarto. ¿El estaría también allí, esperando verla? Quería que así fuera.
No había ninguna luz en la segunda planta, pero desde la puerta se alargaban las sombras sobre la entrada. Su sonrisa murió al instante.
Las sombras luchaban por entrelazarse en medio de la noche. Sabía que no había nadie más que Lantis en la casa, así que tenía que ser él. Pero entonces ¿cómo era posible que una mujer le abrazara de esa forma? No podía verla con claridad, la lluvia y la oscuridad no se lo permitían, pero sin duda era una mujer.
La sombra se movió y buscó la cara de Lantis. Lucy retrocedió dos pasos. ¿Quién era? ¿Estaba allí esperando a que ella se fuera?
Se enredó con los pies y soltó la cortina para no caerse al suelo. Puso la mano sobre la colcha de su cama mientras la sorpresa le arrugaba el estómago y lo lanzaba con una venia por un precipicio.
Se irguió de nuevo y apartó la cortina sin estar segura de querer ver lo que pasaba en ese porche, pero la puerta de la casa ya estaba cerrada. La luz seguía encendida en la sala.
Se llevó las manos a la cara. El sollozo murió en su garganta, cansado de esa tristeza, cansado de permitir que le afectara tanto algo que ya sabía. Esa mujer no podía ser otra que Primavera.
Su respiración se aceleró. Su corazón empezó a palpitar más y más, asustado. Pasó saliva, que le supo agria y escasa. Miraba hacia la nada, un punto fijo en su habitación que se diluía como si estuviera hecho de humo.
Las palabras de Águila comenzaban a tomar sentido. Una apuesta.
Se dio cuenta que estaba hiperventilando. Se sentó en el suelo y tocó con las manos el suelo duro de madera. Sus dedos presionaron los pliegues y las irregularidades de la superficie.
¿Una apuesta? ¿Ella…ella era el reto?
¿A ver hasta dónde podía llegar con ella, sin perder la relación con su actual novia?
Sus oídos se taparon. Se sentía en lo más profundo de un lago. Rememoró el conjunto de sensaciones que ese día había recolectado y sus emociones. ¿Eran de una vía? ¿Eran una farsa?
¡Qué era esta crueldad!
Una lágrima se escurrió y fue a parar al suelo. Le siguieron otras. El lamento que subía desde su estómago cobró vida. Se tapó la boca con una mano para que no le escucharan en la planta baja.
¿Qué papel tenía Águila en ese trato?
Quería levantarse, necesitaba levantarse, pero su cuerpo pesaba tanto…
Se arrastró hacia su cama, y buscó una almohada. La empujó desde su posición hasta que la tuvo encima de sus rodillas. Hundió su cara en ella y gritó tan fuerte como pudo mientras sus lágrimas mojaban la funda.
LUNES
Lucy se encontró con Marina y Anaís a la salida del colegio. De forma inexplicable Paris se materializó a su derecha, como si hubiera sido invocado al instante en que terminaron de saludarse con sus nuevas amigas. Estuvo a punto de preguntarle qué estaba haciendo allí, pero Marina le dio un codazo.
Caminaron hacia la estación divididos en dos grupos. Anaís y Paris quedaron atrás mientras las dos muchachas presidían la marcha.
— ¿Algo pasó el Sábado? — murmuró Lucy hacia Marina
— No lo admiten, pero esto es como una cita. Los hubieras visto esa noche en la panadería. Coqueteo para acá, de vuelta y a la redonda – Marina se abrazó e hizo una mueca– tanto azúcar me tenía mareada.
— Que bueno —Lucy sonrió con tristeza— Me alegra.
— Lucy ¿Estás bien? Estás muy callada.
— Si, es sólo que hoy tuvimos un entrenamiento muy largo —mintió. La verdad era que no quería ir a la universidad de Lantis ni en un millón de años, pero ella había sacado esos libros y por tanto, ella debería devolverlos.
Agradecía que al menos tenía compañía.
— ¿Cómo te fue a ti el Sábado? —siguió Marina— ¿Pudieron conversar?
— Si —las palabras salían como si fuera una muerta en vida— Creo que ya puedo estar tranquila. Cerrar ese capítulo de mi infancia.
— ¿Y aparte de eso? — dijo levantando una ceja y sonriendo de medio lado.
— ¿Qué quieres decir?
— A ti te gusta Lantis, ¿no?
Tardó un poco en responder y el dolor se acomodó en su corazón. Pero tampoco tenía sentido decir mentiras y menos a Marina, que era tan perceptiva. El Domingo lo había pensado y le había dado mil vueltas. Había decidido que tenía que ser sincera consigo misma: aceptar lo que sentía y ya. Pero sobre todo tenía que estar segura de la situación real. Tenía que averiguarlo. No quería seguir en la espiral del sufrimiento ni podía alzar su casa para situarla en el otro extremo de la ciudad para no volver a verlo. No había alternativas.
— Me gusta. Mucho. —Lucy soltó aquella bomba sin pensarlo. Casi era un alivio decirlo en voz alta— Pero a pesar de que sé que no me odia, creo que ambos no sentimos lo mismo. Al menos no al nivel o intensidad que yo quisiera.
Marina no dijo nada. Caminaron en silencio un buen trecho. Atrás se escuchaba la risa de Páris y en un tono por debajo, la de Anaís.
— Si quieres nosotras devolvemos los libros. —dijo Marina al fin— no tienes que ir en persona.
— Es un compromiso que adquirí. Debo cumplirlo. Además podemos pasar tiempo juntas.
— Sabes que aquí estoy si necesitas desahogarte. No es bueno que te guardes todo el embrollo en la cabeza.
Lucy paró en seco.
— ¿Lucy? — Marina se acercó con cautela— ¿Qué pasa?
Lucy rodeó a Marina de improviso y le dio un abrazo nacido de quien sabe dónde. No se conocían hace mucho, y no sabía explicarlo, pero simplemente se sentía bien.
— ¿Es la hora de los abrazos? — dijo Páris acercándose a las dos chicas—¿Puedo participar?
— No seas impertinente —le recriminó Anaís alzando los ojos.
— ¿Me regañas porque no te abrazo a ti?
Anaís balbuceó una excusa y se puso colorada. Marina no aguantó la risa.
Lucy esbozó una sonrisa, tratando de no ser una aceituna amargada en medio de ese coctel de felicidad.
Ir a la universidad no podía ser tan terrible después de todo. No tenía que privarse de lugares sólo porque sentía miedo de encontrárselo. Miedo de confrontarlo. Miedo de oír la verdad. Miedo de ser traicionada. En esa tarde acompañada de sus amigos, Lucy sentía que aún si se topaba con Lantis, era más fuerte.
— ¿Explícame de nuevo por qué no estás en el trabajo? — preguntó Lantis mientras salían de la estación de tren y caminaban hacia la entrada de la universidad.
Zagato sonrió sin mirarle y siguió dando largos pasos. Llevaba un impecable traje negro que contrastaba con la ropa de colores que llevaban la mayoría de estudiantes.
— El día en que tenga que darte explicaciones de mis actos será el día en que el mundo se acabe.
— Tomé una bala por ti el Sábado, por si se te olvida.
— Mi pobre hermanito. ¡Debió haber sido terrible! Una mujer hermosa dispuesta a hacer cualquier cosa porque estaba tan borracha que te confundió conmigo. —dijo torciendo la boca llena de sarcasmo.
— Podría haberlo arruinado todo con Lucy si llegaba 5 minutos antes.
— Pero eso no ocurrió. Deja la amargura. Además tuviste un buen tiempo a solas con la niñata. ¿no? Espero lo hayas aprovechado adecuadamente.
Zagato volteó a mirarle, buscando algún indicio de lo que había pasado esa tarde, pero no encontró nada que pudiera usar en el rostro de Lantis.
— ¿A propósito, —continuó Zagato— por qué te levantaste el Domingo en la madrugada? Espero que no quieras volver con tus excursiones nocturnas con Raikou. ¿O tuviste pesadillas de nuevo?
Lantis trató de no traicionarse y siguió caminando como si nada.
Lo cierto era que después que Alanis se había ido, volvió sus pensamientos a la secadora y a esas dos prendas blancas con encaje que le había parecido identificar justo antes que Lucy llegara corriendo a sacar la ropa para irse.
Hacia las 2am no había tenido más alternativa que levantarse a darse una ducha BIEN FRÍA.
— ¿Ya hablaste con Alanis? — preguntó Lantis, tratando de volver a la conversación inicial y alejando de sí el episodio o de lo contrario no podría concentrarse en clases.
— ¿Para qué? Ya le dije lo que tenía que decirle.
— Pero…
— Nunca estuvimos "juntos". El arreglo desde el principio fue que nos divertiríamos sin compromisos.
— ¿Ella sabe eso?
— Alanis sólo tiene problemas de memoria. Déjalo.
— Zagato… ¿Recuerdas lo que te dije? Ella…
— He dicho que lo dejes.
Lantis se olvidó de discutir con Zagato. Ya se lo había advertido cuando llegó esa noche. Su hermano podría burlarse lo que quisiera, pero la situación de la noche del Sábado no había sido fácil.
Alanis se había lanzado sobre él y le había tomado fuera de guardia. Apenas alcanzó a rozar sus labios antes de apartarla, pero su error fue que retrocedió dando varios pasos sobre el umbral, permitíendole la entrada a la casa.
En la confusión, él le empujó hacia adelante, y ella gritó alguna cosa inteligible y cerró la puerta de una patada.
Su aliento apestaba a licor, y una vez que Lantis procesó lo que estaba pasando, su único objetivo fue tratar de sacarla. Sabía que Zagato estaba en la cafetería, y que se traía algo. No quería que su madre llegara y se encontrara con esta mujer borracha y despechada.
Pero siendo sinceros, lo que más temía era que Lucy se asomara por la ventana y viera a Alanis, que le coqueteaba como si estuviera con su hermano. Tuvo que frustrar abrazos, tentativas de besos y detenerla cuando empezaba a quitarse la blusa. Hubo un punto en que la situación dejó de ser incómoda para ponerse triste e inquietante. Después de 15 minutos de rechazos, gritos y que Alanis tratara de apuñalarlo con un tacón, por fin se sentó en el suelo, empapada como estaba y comenzó a llorar.
— ¿Qué tengo que hacer para que me ames, Zagato? ¿No eres capaz de amar? He arriesgado mi trabajo por ti. Sabes bien que tenemos conflicto de intereses.
— Alanis, Zagato no está aquí. Ya te lo he dicho. —replicó con cansancio, sin acercarse a ella, temiendo un nuevo ataque — He llamado un taxi que no debe tardar en llegar.
— Te conviene amarme Zagato. — dijo con sorna— Puedo destruirte.
La amenaza sonaba muy real. Alanis miraba al suelo y su cara se convertía en una mueca de odio.
Zagato podría ser lo que fuera, pero era su familia. Aquello no le gustaba.
— ¿Qué quieres decir?
Alanis se rió, mientras se pasaba una mano por los ojos para secarse las lágrimas. Se examinó los dedos, teñidos de rímel.
— Ya verás — dijo al erguirse, tomando sus zapatos desparramados por el suelo, como soldados heridos de guerra—
Se acercó tambaleante a la puerta y sin decir más, desapareció en la noche.
¿Nada de ese episodio preocupaba a Zagato? ¿O era demasiado orgulloso para reconocer que se estaba metiendo en un problema grave?
— Bueno Hermanito, hasta aquí tendrás el honor de mi compañía. —dijo enfilándose hacia la biblioteca—nos vemos más tarde.
— Adiós.
Zagato se perdió entre la multitud del campus. Cada vez estaba más extraño. Primero sus idas a la cafetería y ahora ésto. Su comportamiento estaba por fuera de la norma.
Esperaba que la advertencia se le hubiera colado en su terca cabeza.
Caminó hacia el edificio de su facultad. No era que no necesitara ir a la biblioteca, puesto que tenía asuntos importantes allá, pero pasaría después de finalizadas sus clases. Apenas eran las 2pm. Aún tenía tiempo. Los libros que estaban a su nombre vencían su plazo y tenía el presentimiento que Lucy los entregaría personalmente; pero eso ocurriría después de las cuatro.
Sonrió al considerar su próximo encuentro. Deseaba verla como nunca. Estuvo tentado a ir el Domingo a su casa, pero consideró prudente no presionarla de ese modo. Además, él mismo necesitaba algo de sosiego después de los juegos a los que su mente le había sometido la madrugada del día anterior. Aquella tarde del Sábado había dado paso a un mundo de posibilidades y su imaginación estaba demasiado activa.
Le pediría que salieran juntos. Una cita. No tenía que ser efectiva de inmediato, después de todo, era apenas Lunes. Podía ser paciente, pero si no hablaba con ella lo más pronto posible, no podría dormir en toda la semana.
Si no la encontraba en la biblioteca, iría a su casa, y si eso también fallaba, le llamaría. No perdería más tiempo.
"No... ¿Tal vez?" — repitió en su mente.
Contaba con eso.
Los Lunes eran días crudos, ásperos al ánimo. Águila rara vez ponía sus pies en el campus porque temía empaparse de la amargura que el deber impregnaba en el ambiente. Pero ese Lunes era especial. Se cumplía el plazo para que cierta personita devolviera los libros.
Se sentó en las escalerillas de la biblioteca. Miró su reloj para constatar que estaba a tiempo. Las manecillas le indicaron que eran pasadas las 3:30 pm.
Lucy respiró profundo, alistándose para lo que podía pasar, cuando el grupo pasó el enorme portal de la entrada oriental a las 3:45pm. Habían llegado temprano puesto que todos habían salido anticipadamente de sus clubs para poder ir al parque con Youko. Anaís hablaba algo acerca de un picnic, y de las cosas que recogerían en la panadería camino de vuelta, pero su mente estaba a 500 millas luz de distancia, pendiente por si divisaba una figura de 1.87 de alto, cabello oscuro y ojos violetas.
Se acomodó la mochila y tiró nerviosamente de las correas sobre sus hombros. Estaba con sus nuevas amigas y con Paris. Podía con eso. Tenía que poder.
Si se lo encontraba le preguntaría acerca de Primavera, y la apuesta. Era crucial saberlo todo, así le terminara de romper el corazón. Respiró profundo y atravesó el campus con paso seguro.
Sin embargo, en los escalones de entrada de la biblioteca le esperaba otra persona. El muchacho se levantó al verla y le saludó con una sonrisa cortés.
— ¿ Águila?
— Hola Lucy.
Se quedó pasmada, pensando que se había olvidado por completo que aquel otro encuentro podía suceder.
— ¿Quién es? — preguntó Marina a Anaís susurrándole cerca a su oreja—
— No tengo idea.
Anaís buscó la respuesta mirando a París, quien le respondió con un movimiento de hombros. Él tampoco le conocía.
— Me gustaría hablar contigo, en privado. — siguió Águila— ¿Me acompañarías un momento?
— Yo... — dudó— Tengo que devolver los libros. No tengo tanto tiempo.
— Sólo serán cinco minutos. ¿Por favor?
Águila le dedicó una mirada de súplica que no había visto antes. ¿Qué pretendía? ¿Lantis le había enviado?
Marina se adelantó al ver la incomodidad de Lucy, detallando a Águila de arriba a abajo.
— Tenemos prisa — declaró entrelazando su brazo con el de Lucy—
— Marina, está bien. — dijo Lucy en un susurro—
— ¿Estás segura?
— Si son 5 minutos, si.
— ¿Necesitas que te saque de la conversación si se alarga?
Lucy le sonrió y asintió soltando una risita.
— Gracias
Águila le llevó aparte del grupo, pero no se alejaron demasiado. Una vez estuvieron uno al frente del otro, soltó una de esas sonrisas sinceras que encantaba a la mayoría de personas. Pero aquello no funcionó con la chica que tenía al frente, que le miraba con suspicacia, expectante.
Estaba bien. Imaginaba que iba a ser de ese modo.
— Gracias por permitirme hablar contigo. Creo que necesito pedirte disculpas. — empezó.
Pudo ver en su reacción que no esperaba eso. Perfecto. Sorpresa y un ángulo distinto al acostumbrado era lo que deseaba lograr.
— Malinterpreté la situación. Ahora que sé que Lantis y tu están saliendo, prometo no inmiscuirme más. Perdóname.
El anzuelo había sido lanzado. Ese era el primer paso: tratar de llevar las cosas a donde realmente estaban. Recordarle los hechos y cerrar las posibilidades. Era cuestión de esperar.
— Lantis y yo no estamos saliendo — dijo Lucy, bajando la mirada hacia sus propias manos— ¿Por qué lo dices?
Bingo
No era demasiado tarde. No aún.
— ¿No lo están? Pensé que por eso mi comentario de la noche anterior te había incomodado.
— No es por eso. — aclaró ella, haciendo una pausa — ¿Acaso Lantis te dijo que nosotros éramos...?
— No utilizó esas palabras. Ya sabes lo reservado que es.
Lucy seguía jugando con sus manos. Se veía que no le gustaba la conversación. Era hora de dar el segundo paso: Su rival tenía que verse como un obstáculo, incluso para temas simples.
— Si ustedes no están saliendo, ¿crees que podamos seguir siendo amigos?
Lucy no dijo nada. Se quedó mirándolo como si no entendiera la pregunta.
— ¿Por qué eso decidiría si tu y yo podemos ser amigos? — preguntó Lucy.
— Porque quiero pasar la mayor cantidad de tiempo contigo. Vamos a estar solos muchas veces y... Lantis podría molestarse.
Se acercó y tocó el cabello que reflejaba voluptuosas luces rojizas. Era preciosa, pero no parecía darse cuenta de ello. No tenía idea del poder que podía ejercer. Ansiaba el momento en que ella usara ese poder en él. Aquello le dió la energía que necesitaba para dar el tercer paso.
— Además — remató— ya te lo dije. Me gustas.
— ¿Tiene eso algo que ver con la apuesta? — dijo Lucy, muy seria, retrocediendo para evitar el contacto.
Ahí estaba de nuevo. Aquel desliz que ella no iba a dejar pasar. Tenía que salir limpio de eso porque de lo contrario no iba a tener la más mínima oportunidad.
— No — volvió a avanzar, para disminuir el espacio entre los dos— No tiene nada que ver con eso. Debes creerme.
— Esa apuesta me involucra a mí, ¿No es verdad?
Lucy parecía una chica más madura conforme hablaba. Águila no podía descifrar si estaba enojada o dolida. Era difícil mentirle cuando no le quitaba la mirada de encima. Le estaba retando a ver si se atrevía a decirle algo inconsistente.
Debía elegir muy bien sus palabras. Tanto, que decidió decir la verdad.
— Si lo que quieres saber es si estoy actuando con malas intenciones o de alguna manera te dije que me gustabas sólo por cumplir un reto, no es así.
Lucy le volvió a dirigir una mirada indescifrable, pero creía que había asestado a la diana.
— ¿Lo prometes? — dijo ella, todavía con reticencia.
— Te lo juro, sobre lo que tu quieras.
— ¿Es decir que tu no estás involucrado en la apuesta? — preguntó dirigiendo sus ojos a la nada— Pensaba que estaban discutiendo por eso.
— ¿Por qué no le preguntas a Lantis directamente? El te dirá todo lo que necesitas saber. — dijo desviando aquella granada sin pestillo, que podía estropearlo todo. Si tenía que explotar, prefería que lo hiciera en manos de Lantis.
— Si. Lo haré.
No le convenía que ella supiera lo ansioso que se puso su mejor amigo por llegar a Shibuya, ni que ella supiera de sus intenciones ese día. No creía que Lantis fuera a decirle la verdad y si lo hacía, sería bueno saber si estaba dispuesto a mantener su versión cuando Lucy le preguntara. Águila todavía no estaba seguro si se había inventado lo del primer beso, aunque eso sería inusual en él. Pero ella negaba estar saliendo con él, así que quedaba el beneficio de la duda.
— No has dicho nada acerca de lo que dije — continuó, tratando de volver sobre lo que le interesaba— ¿debo aceptar que no podré volver a verte?
Se acercó un poco más, con suavidad. Tomó las manos de Lucy entre las suyas y las acarició con los pulgares, tratando que su contacto no fuera intimidante.
— ¿Deberé resignarme a tomar malteadas solo por el resto del semestre? ¿Los cupones quedarán olvidados y tristes en un rincón de mi billetera? ¿El chocolate se pondrá amargo de tanta soledad?
Lucy se rio, pero no añadió ninguna palabra. Le miró dulcemente, dejando atrás su actitud defensiva. Eso era lo que buscaba.
— Prometo no volver a asustarte de esa manera. Fui demasiado rápido, ¿quizás?
— Me caes muy bien, Águila. Cuando estoy contigo me siento feliz. — dijo al fin— Tu también me gustas, pero...
— ¿Pero no todavía de esa manera? — completó él.
Ella asintió.
Eso no era un problema. Lo sabía desde el principio. Precisamente para eso estaba allí. Lo que necesitaba era tiempo y cercanía. Apenas llevaba un poco más de una semana de conocerse. Lo demás vendría si estaba destinado a ser.
— ¿Y si por ahora somos amigos?
— Eso me gustaría.
— Amigos que pueden salir…solos, ¿verdad?
— ¿Por qué siempre preguntas eso?
— Sólo quiero aclararlo
— Sigo sin ver el problema
— Me lo imaginaba —Águila se llevó la mano a la nuca y se rio. Ojalá viera el problema algún día.
A lo lejos, Primavera observaba aquella conversación entre la chica que Lantis estaba besando hace unos días y Águila. El mejor amigo de Lantis estaba claramente interesado en ella, ¿pero ella estaría interesada en él? Si eso ocurría, podría tener el camino libre de nuevo. ¿Quizás podría darle un empujón? ¿Qué podría usar?
Dejó que Águila terminara la conversación y que la chica se uniera a su grupo. Ingresaron a la biblioteca.
Se apresuró a seguirlos. Tenía que pensar rápido. ¿Qué podría usar? ¿Qué? ¿Qué sabía de esa niña? ¿Y qué sabía esa niña de ella?
¡Demonios! ¡No se le ocurría!
De pronto recordó la última vez que habló con ellos. Recordó a la novia del hermano mayor y su referencia a la infidelidad, que de algún modo parecía conocer. La expresión de la niña cuando les sorprendió en el beso. ¿Culpabilidad? Quizás…
No estaba segura, podría descubrir que mentía…todo dependía de qué tanto había avanzado con Lantis. Pero no perdía nada. Tenía que agotar el único cartucho que le quedaba o podía olvidarse de él.
Lantis salió de clases. Faltaban cinco para las cuatro pero prefirió ir a la biblioteca de una vez. Hacía mucho tiempo no sentía tal euforia, tanto que quería correr por el campus, pero era un absurdo. Se rio de su actitud infantil y caminó a paso rápido entre los estudiantes.
Lucy estaba en la fila para las cabinas de entregas. Podría haberlos dejado en el buzón, pero quería asegurarse que por estar en el límite del tiempo no multaran a Lantis. Marina, Anaís y Paris se habían quedado atrás conversando mientras le esperaban. Cuando se liberó uno de los cubículos, avanzó hacia el y deslizó los libros por la ranura. El dependiente los recibió sin mirarle y pasó la pistola de código de barras por el lomo de los libros. Recibió a cambio una tirilla que confirmaba su entrega.
Con la tirilla en la mano, Lucy se dispuso a reunirse con sus amigos, pero en ese instante, alguien tropezó con ella y la tirilla fue a dar al suelo.
— ¡Oh! Lo siento —dijo la joven que le había empujado.
— No hay proble…
Lucy no acertó a completar la frase. Sintió que se le aceleraba el pulso al reconocer a Primavera, quien recogió la tirilla y la leyó con desdén.
— Ya me parecía reconocerte — mencionó Primavera con desprecio— la roba-novios. Espero no estés aquí para acosar a Lantis.
— Primavera — Lucy no sabía que decir. Se sentía terriblemente culpable no sólo porque ella los había visto besándose, sino porque el Sábado estuvo a punto de hacerlo de nuevo, aún con pleno conocimiento que eso heriría a Primavera. Se había convertido en un monstruo.
— ¿Disfrutaste aquel beso? ¿Ya obtuviste suficientes puntos en ese juego?
— ¿Juego?
— Si, juego. ¿O es que crees que Lantis te va a tomar en serio? Pobrecita ¿Un Universitario con una niña inmadura que no ha terminado la secundaria? ¡Ay! ¡DESPIERTA! ¡Es hora de que te des cuenta! Todo esto es sólo una entretención.
Mientras más hablaba Primavera, más se sentía hundirse. Quería que la tierra se la tragara.
— De hecho estuvimos hablando de eso el fin de semana —continuó Primavera— de lo fácil que eras.
— ¿Qué quieres decir? — un puñal helado se abría paso por su carne— ¿Hablando con quién?
— No es la primera vez que cuenta con lujo de detalles sus encuentros. Todos los chicos lo hacen. ¿O no sabías? Es para ponerle picante a los días, ya sabes —Primavera le guiñó un ojo— historias de media noche. Aunque ese día que los vi, me sorprendió lo buen actor que puede ser. Sin embargo, presiento que muy pronto se cansará de tí.
— No. No es verdad. No.
Le faltaba la respiración. No podía ser cierto. Ese no era el Lantis que conocía.
No.
Pero ella los había visto. Había visto a alguien entrar a la casa de los Kuroda después de su visita. Volvió la mirada sobre Primavera. Estaba sonriendo.
— Águila fue el único que no estuvo de acuerdo con esto. Parece que está interesado en ti, ya sabes…interesado de verdad. —Primavera se acercó y le tocó con suavidad el hombro— prefiero que te des por vencida antes que te hagan daño… jaja, ¡más daño!. No me gustaría estar en tu posición. Te estoy diciendo esto por tu bien. Los Kuroda tienen cierta fama.
Lucy sintió que alguien se aproximó por la espalda. Era Anaís.
— Buenas tardes — saludó cortésmente a Primavera— creo que no nos han presentado.
Primavera se limitó a mirarla. No dijo nada y se limitó a dar dos pasos en dirección a la salida, no sin antes rematar su conversación.
— Saluda a Lantis de mi parte.
No le salían las palabras. Se quedó mirando mientras Primavera se alejaba entre la multitud ondeando su largo cabello.
No.
Anaís le preguntó si estaba bien, pero ella no podía contestarle. Si hablaba quizás comenzaría a llorar y no podía hacer eso allí en la mitad de la biblioteca. Los demás se acercaron y le preguntaron lo mismo. Tenían que darle un momento, un momento para reaccionar…para respirar.
Lantis llegó a la biblioteca justo para ver a Lucy salir con sus amigas y Paris por la puerta principal. No esperaba que tuviera tan copiosa compañía.
De inmediato notó lo pálida que estaba. Los demás tenían expresiones de consternación surcando sus rostros. Apretó el paso, preocupado porque estuviera enferma. ¿Se había resfriado? Les alcanzó cuando terminaron de bajar los escalones hacia el campus.
— ¡Lucy! — le llamó, acercándose a ella. No le gustaba lo que veía.
Ella alzó su mirada, llena de un dolor absoluto que le recordaba ese aciago día en el hospital, el día en que él le echó de su cama. ¿Qué había pasado? Avanzó hasta que estuvo a unos cuantos pasos.
— No —dijo ella, tajante.
— ¿Lucy? ¿Qué pasa? — trató de tomarle de la mano, pero ella la retiró de inmediato.
— No —repitió— No más. Ya hice lo que tenía que hacer. No quiero verte.
NOTAS DEL AUTOR
Hace mucho no pasaba por aquí. Realmente lamento la larga ausencia. Entenderé si muchos lectores ya no se encuentran por aquí o si perdieron el interés en esta historia.
Han sido dos años complicados. Y contando.
Volví a Raikou porque necesitaba felicidad. Escribir y traer a los personajes a la vida me hace feliz y trae consigo algo de la normalidad que ahora es tan esquiva. A los que siguen por ahí, espero que leer también les haga felices.
malina16: Thanks a lot for reading! I saw your review a couple of weeks ago. I know, I Know, too late. it's been a while. How are you? I hope everything is fine.
Lin: Respondí tu pregunta acerca de si los había visto? XD. Gracias por tus reviews! Esos capítulos son una delicia. Yo sigo sorprendida de haberlos escrito. No sé como salieron tan...hot. Lo prometido es deuda, y aquí está el enharinado. Gracias por animarme y seguir animándome! TKM!
James Birdsong:Thank you!
Vanessa: Lo haré. Pero mi ritmo a veces no es el que yo quisiera. Espero que te guste el nuevo capitulo. Gracias!
Guest (Magda): Ups, creo que eso se complicó más jajajaja. Perdón, pero el drama es necesario. Gracias mil por leer!
Guest: Que bueno que te haya gustado! Aquí resucité. Perdón por la espera.
LucyKailu: Estoy muy contenta que hayas vuelto a leer Raikou. 3 No sé si este capítulo es el que esperas, pero bueeno, ya sabes...drama.
