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Anime: Jujutsu Kaisen
Pareja principal: Gojō Satoru x Itadori Yūji
Semi AU donde Yoshino Junpei sigue con vida y asiste a la escuela de hechicería junto al resto de chicos
SENTIMIENTOS INAPROPIADOS
«Junpei, ven a la escuela de hechicería. Hay profesores absurdamente fuertes y compañeros en quienes confiar. Si trabajamos juntos, te aseguro que encontraremos a quien maldijo a tu mamá. ¡Juro que le daremos su merecido!»
Aquellas fueron las palabras que lo iniciaron todo.
Aquellas fueron las palabras del amigo en quien decidió creer.
Aquellas fueron las palabras que le dieron un nuevo sentido a su vida.
Yoshino Junpei, quince años de edad, se convirtió en el cuarto estudiante de primer año del Colegio Técnico de Magia Metropolitana de Tokio y, también, en el principal objetivo del Hechicero más Fuerte vivo, Gojō Satoru.
Ese hombre, lejos de ser su profesor, era un tipo peligroso, amén de extraño, que le había declarado la guerra. Una guerra que no quería pelear. Una guerra que no deseaba ganar. Una guerra que no tenía pies ni cabeza.
—¿Y bien? —enunció Gojō en un tono profundo e impaciente que no solía ser escuchado con normalidad—. ¿Qué decides, Junpei?
El nombrado tragó saliva con dificultad. Inmóvil cual estatua, sus ojos viajaron hacia la banca pulverizada y el agujero en el concreto que su superior dejó luego de tronar los dedos y enunciar un «Alto ahí. Quiero hablar contigo.»
—Responde de una buena vez.
Junpei hizo puño una mano, extendió el dedo índice y el medio en una lánguida curva, que no alcanzó a elevar más allá de su diafragma para hacer uso de su ritual maldito.
Gracias a Megumi y Nobara, sin dejar atrás a Yūji por supuesto, había tomado más confianza en sí mismo. Con cada nuevo intento controlaba mejor sus habilidades, por lo que no dudaba en recurrir a ellas cuando se sentía en peligro. Como en ese momento. Sin embargo, ¿en verdad podría hacer frente al hombre más fuerte de todos? ¿Tendría la suerte de no sufrir las mismas consecuencias de la desdichada banca a su costado?
Dejó caer ambas manos a los lados de la cadera. Resignadas. Sin fuerza. Agachó la cabeza y fijó la vista en sus propios zapatos. Impotente, atemorizado, indigno.
Gojō esbozó una media sonrisa de intenciones dudosas. Soltó un bufido a modo de risa. Altivo. Ojalá sus enemigos fueran tan perspicaces como el muchacho frente a él. Dio unos cuantos pasos hacia adelante, cerrando la brecha lo suficiente como para poner una mano sobre el hombro contrario.
—Seré bueno y tomaré tus acciones como respuesta. —Dio ligeras palmaditas al finalizar.
Junpei estaba tan tenso, que sintió como si se encogiera. Entonces, Gojō se giró un cuarto de vuelta y regresó por donde vino.
—Te vigilaré por el resto de la semana —indicó con una voz más jovial y lisonjera, a la par en que agitaba una mano a modo de despedida.
Junpei tomó aire y exhaló como si un miasma putrefacto le hubiese obligado a contener la respiración durante minutos enteros. Sonaba exagerado, mas cada que Gojō se acercaba hacia donde se encontraba, se sentía como tal; algo apretaba sus pulmones y le revolvía el estómago.
Por si fuera poco, y como si se tratase de una maldición, la pregunta original del profesor, lo que había iniciado todo eso, no dejó de hacer eco en su memoria.
«¿Podrías alejarte de mí Yūji?»
Todo comenzó semanas atrás, cuando los altos mandos analizaron el caso de Junpei y dictaron la sentencia. Al inicio estaba decepcionado de sí mismo por haberse dejado manipular con tanta facilidad, cual indefensa marioneta en las manos de un experto titiritero. Pero un tal «Gojō-sensei», del que Yūji le habló con devoción cientos de veces en el camino hacia su futuro nuevo hogar, logró dejarlo libre y sin castigos que cumplir. La única condición, fue que se nivelara cuanto antes con el resto de los alumnos de primer año.
Por un tiempo sólo deseó conocer a Gojō en persona para agradecer de manera formal su ayuda; no obstante, en un abrir y cerrar de ojos, el hombre al que había idealizado como fuerte, agradable y despreocupado, se convirtió en su peor pesadilla.
Los primeros días creyó que Gojō debía vigilarlo para no salirse de control o algo similar. Es decir, sus acciones pasadas no fueron del todo correctas.
No le dio mucha importancia de buenas a primeras. En su lugar, los otros chicos lo motivaron a ser honesto con Gojō y ese fue su primer gran error.
Después de presentarse y agradecer por las atenciones, dio inicio una conversación que, si bien, no era densa, sí le inquietó y le obligó a sobreanalizar sus acciones y palabras.
—¿Cuáles son tus intenciones con Yūji? —inquirió Gojō, en un tono serio de dudosas intenciones.
Junpei quedó mudo, intentando descubrir lo que significaba aquella pregunta. Tal vez el hecho de que su amigo fuera el recipiente de Sukuna lo convertía en alguien valioso en un ámbito que desconocía y el profesor sólo intentaba mantenerlo íntegro.
—Itadori...
Dirigió la vista al piso, recordando los buenos momentos junto a su compañero. Eso le hizo esbozar una sonrisa cálida que le dio valor para posar los ojos sobre la oscura venda que cubría los opuestos.
—Itadori es… —respondió con mucho optimismo y seguridad, los puños apretados—. ¡Es mi primer amigo! Es alguien realmente importante para mí, así que pienso mantenerme a su lado incluso en los momentos más difíciles.
Gojō hirvió de rabia con cada palabra que escuchaba. ¿Acaso estaba diciendo que sólo él era digno de Yūji? ¿Que no permitiría a nadie más acercarse? Eso era muy osado de su parte.
—¿En verdad?
—¡Definitivamente!
Gojō se sostuvo la barbilla, como si pensara en algo profundo. Después, sonrió con cierta malicia y habló con arrogancia.
—¿Sabes lo que estás diciendo, muchacho? ¿Tú? ¿De entre todos los estudiantes? ¿Planeas proteger al recipiente de la maldición más fuerte que haya existido jamás? —No soltó la carcajada porque un indescriptible ardor en la boca del estómago se lo impidió.
Junpei sostuvo el borde inferior de la chamarra del uniforme y no se intimidó del todo, pues creía que eso debía ser parte de alguna prueba. Ya le habían comentado que ese profesor en particular solía hacer cosas bastante estrafalarias en ocasiones.
—Deberías preocuparte por ti mismo antes de querer proteger a otros —continuó Gojō—. Yūji es más fuerte que tú y tiene un increíble potencial. Si te quedas a su lado siendo así de débil, sólo harás que lo maten y yo… No estoy dispuesto a dejar que eso suceda de nuevo.
Quizá fue por el tono enfadado en la voz de Gojō o por la forma en que sus labios y su mandíbula demostraban su sed de sangre, además de la energía maldita que dejó escapar para sofocar el ambiente, pero las rodillas de Junpei comenzaron a temblar y, de un momento a otro, creyó que sería asesinado.
Cuando Gojō liberó la presión para no alertar a otros hechiceros o estudiantes en la periferia, Junpei cayó de sentón al piso, respirando con fuerza y dificultad, como si un par de manos invisibles le hubiesen sostenido por el cuello durante minutos enteros.
¿Qué rayos había sido eso?
No tuvo tiempo de dar respuesta a su pregunta, pues el profesor se paró justo al frente y no se dignó siquiera a darle una mano o bajar la mirada.
—Te aconsejo que no interfieras entre Yūji y yo. En su lugar, prioriza tus estudios y concéntrate en mantenerte vivo. Tienes una madre a la cual vengar, ¿no es así? Deberías ser más fiel a ti mismo y priorizar eso.
Acto seguido, se alejó. Junpei no supo cuánto tiempo se mantuvo allí, sin mover un sólo músculo. Estaba seguro de que no era capaz ni de parpadear, los ojos le ardían.
Lo siguiente que recuerda es a Yūji y Megumi acercándose a él para preguntarle por la razón de su palidez. Él, por no generar molestias ni tensiones, sólo dijo que tuvo recuerdos nada gratos y que iría a dormir un par de horas para reponerse.
Yūji, quien conocía su pasado y comprendía el dolor de perder a su único familiar con vida, le dio el beneficio de la duda y lo dejó descansar.
—¡Llama si necesitas algo! —levantó la voz lo suficiente para que se escuchara a la distancia recién creada.
Megumi conocía el abatimiento de la batalla y las maldiciones casi tan bien como el duelo de un fallecimiento reciente y algo no cuadraba para él. Pese a todo, lo mejor era darle algo de espacio para que procesara las cosas a su ritmo.
Gojō no solía ser impulsivo y lioso. Quizás en ocasiones muy puntuales en las que podía sacar provecho a la larga, como el mantener vivo a Yūji, pero… ¿Pelearse con un crío?
«¿En qué estabas pensando, Satoru?» ¡Era ridículo!
Shōko le comentó en alguna ocasión que las cosas que hacía por Yūji podrían parecer extrañas a simple vista.
—Apenas podías controlar tu rabia cuando trajeron su cadáver —había dicho ella.
—Tenía un brillante futuro por delante. Incluso…, podría haberme superado —respondió.
Eso fue una ocasión.
—Lo tienes bajo el ala —comentó ella.
—También a los chicos de segundo y a mis amigos más cercanos.
—Cuando trajiste a Fushiguro y a su hermana hiciste que la escuela asumiera sus gastos; a Itadori lo mantienes personalmente, ¿no es así?
—Sabes que los altos mandos pondrían cientos de trabas por tratarse de un chico mitad maldición. Sería engorroso y puedo mantenerlo. No soy un miserable.
Fue una segunda observación.
—¿No crees que su contacto físico es excesivo?
—¿Qué tiene de malo? —Gojō se encogió de hombros—. Él es quien lo inicia.
—Podría malinterpretarse.
—Como si alguna vez hubieran visto las cosas que yo hago de forma positiva… —Chasqueó la lengua.
La lista de conversaciones esporádicas respecto al tema era larga en el baúl de los recuerdos. En cada uno de ellos, Gojō era cada vez más consciente de que sus sentimientos por Yūji no eran los que le dirigiría al estudiante promedio. No los tenía por Megumi. No los tenía por Yūta. No los tenía por Maki.
¿Por qué sólo con Yūji?
Al inicio creyó que era por la emoción, la curiosidad de ver todo lo que era capaz de lograr como recipiente de Sukuna. Un ser humano capaz de fusionarse con un objeto maldito… ¡Era una completa locura! ¿Quién no caería ante eso? Al parecer, todos en el mundo con excepción de él.
Después estaban todas las sonrisas, todas las miradas que le aceleraban el corazón y por las que hacía cosas cada vez más espontáneas para llamar su atención. ¡Se puso la falda de Nobara por eso! El coscorrón que recibió después lo tuvo bien merecido, aunque había valido la pena cada maldito segundo.
Yūji era el único que estaba con él en sus desvaríos. Yūji era el único que disfrutaba de forma genuina de su compañía. Yūji era el único que se preocupaba por él sin segundas intenciones y que lo trataba como un ser humano.
«¿Qué rayos es esto?» Tantos años tratado como una deidad, como un monstruo, como el punto de quiebre de un balance perfecto establecido por años. ¿Cuándo fue la última vez que recibió el trato de un simple y sencillo hombre? ¿Había existido una primera vez acaso?
Durante tanto tiempo como recordaba se dedicó a idear una forma de alterar el mundo de la hechicería; cambiar las reglas, mejorar las condiciones de sus compañeros. En un mundo tan podrido como el que habitaba, sólo alguien con su talento podía hacer una verdadera revolución. No por medio de la fuerza, sino desde dentro, con un boicot perfecto.
Había pasado su vida sumergido en todo menos en sí mismo. Rara vez reparaba en las necesidades de lo que residía en lo profundo de su pecho.
No era idiota. Sabía que estaba enamorado de Yūji. Ansiaba sentir su cuerpo, saborear sus labios, embriagarse con su aroma y fundirse con su calor. Deseaba tanto a su preciado estudiante, que cualquier sentimiento concebible parecía inapropiado y grotesco, pero no podía suprimirlos. Cada vez era más difícil. Más complicado. Y Junpei no había hecho sino destruir el delicado balance que apenas lo mantenía cuerdo.
Cualquiera podía cerrar los ojos a lo que no deseaba ver, pero él, sumergido en la más profunda de las penumbras, era capaz de ver con claridad. ¡Claro que a un hombre como Satoru Gojō no se le permitiría ser feliz mientras viviera! Y, pese a saberlo, deseaba experimentarlo; sin embargo, no podía hacer nada al respecto.
¿Qué tan inapropiado era involucrarte más allá de lo debido con tu estudiante?
¿Qué tan inapropiado era involucrarte con alguien sin familia, alguien solo en el mundo?
¿Qué tan inapropiado era involucrarte con la persona que dependía económicamente de ti?
¿Qué tan inapropiado era involucrarte con aquel que prolongaba tu sentencia de muerte?
Esas eran sólo algunas de las cuestiones. Le llevaba más de diez años al muchacho, ambos eran del mismo sexo y a ojos de todo el mundo parecería que se aprovechaba por los beneficios de los que lo proveía. Incluso si se declaraba de forma apropiada, Yūji no podría rechazarlo a causa de todo lo que hacía por él. Era el pensamiento más racional y lógico. El más evidente.
Lo deseaba como nunca hizo con nada en la vida y, aun así, sabía que no podía tenerlo.
Lo que menos quería que ese sol hecho persona lo odiara, y que ese desagradable sentimiento comenzara a apagarlo poco a poco. Yūji era lo único que iluminaba su camino. No podía perderlo. No de nuevo. No a él. Todo menos a él.
Lograba mantenerse a raya pensando que, si no podía tenerlo, nadie más lo haría. O así fue hasta que apareció Junpei. Pensar en él fue suficiente para que su puño, cubierto de energía maldita, deformara el metal de la máquina expendedora frente a la que llevaba siglos meditando.
El momento coincidió con el instante en que Megumi giró la esquina y presenció la violencia desmesurada que la pobre máquina recibía.
Gojō giró el rostro con lentitud.
—¿Pero qué rayos…? —dijo Megumi, las cejas arqueadas y la reprobación en la mirada.
—Se tragó mi billete —soltó el primer pretexto que se le ocurrió.
Con el transcurso de las semanas, el miedo y el acoso constantes, la salud mental de Junpei comenzó a verse afectada. Entre horas de cavilación y la lucha contra la ansiedad, decidió tomar cartas en el asunto.
Llamó a la puerta de Megumi. Éste le abrió al cabo de unos segundos.
—¿Interrumpo?
—No realmente. —Encogió los hombros. Estaba sumergido en una lectura pendiente—. ¿Necesitas algo?
No lucía entusiasmado por ayudar o entablar una charla, pero cuando menos él era educado y no irrumpía en su habitación sin permiso, así que debía responder con la misma amabilidad.
—Necesito hablarte de algo… ¡A-Ah! ¡No te quitaré demasiado tiempo! Pero necesito un consejo. —Se frotó la parte trasera del cuello con algo de timidez.
Conocía de forma parcial la historia de Megumi. Él fue acogido por Gojō cuando era más pequeño, por lo que era el más indicado para lidiar con esa persona. Seguro que cualquiera le hubiera dicho que Yūji lo entendía mucho mejor, pero a juzgar por la relación que éste último tenía con el profesor, la opción más viable era no poner en duda sus acciones.
—Pasa.
Megumi regresó al interior de la habitación. Se sentó al borde de la cama e invitó al otro a hacer lo mismo.
—Gracias —dijo Junpei—. Verás… Sé que entre nosotros (los estudiantes), eres quien más tiempo ha conocido a Gojō-sensei, así que quería pedir tu opinión respecto a algo que ha estado pasando últimamente. —Entrelazó los dedos y los reposó sobre las piernas.
Entonces, inició el relato desde el día en que se presentó con el susodicho, pasando por las conversaciones extrañas, donde todas y cada una de ellas atentaban contra su vida e involucraban a Yūji.
A oídos de Megumi las cosas eran muy claras. Gojō estaba a la defensiva, experimentando un ataque de celos, que era incapaz de controlar, por uno de sus estudiantes.
Sabía que Gojō no era la encarnación de la moralidad. Tenía la suficiente capacidad mental para razonar que involucrarse con alguien trece años menor que él —de su mismo sexo—, con quien debía mantener una relación académica, no era ético. Diría que «lo metería en problemas», aunque Gojō poseía el suficiente poder y capital para evadir ese tipo de situaciones. Además, la asociación de hechiceros se regía por una entidad separada del gobierno, por lo que denunciarlo no era opción.
—Yo…, no sé cómo encararlo para decirle que no es lo que piensa, pero… —Junpei dejó de hablar.
Ahora que lo razonaba mejor, era estúpido no haber buscado al profesor para aclarar las cosas; sin embargo, tenía miedo por la forma en que éste pudiese reaccionar. En el fondo, quería que alguien más le brindara apoyo moral.
—¿Itadori lo sabe? —Megumi se sobó la frente con una mano, amortiguando un posible dolor de cabeza. Odiaba lidiar con dramas de novela y malos entendidos.
—¡No! Lo que menos quiero es causar un problema entre ellos.
No obstante, Yūji había escuchado todo lo que estaba ocurriendo. En los últimos días Junpei parecía alejarse de él como si le temiera. Pensaba entrar por sorpresa por la ventana de su cuarto para poder platicar acerca de por qué lo evitaba; si había hecho algo malo o si había dicho algo que pudiese ofenderlo por accidente.
Las habitaciones de los chicos se encontraban una seguida de la otra; debía pasar por la de Megumi y la suya para llegar a la de Junpei. Como el primero de ellos tenía los cristales abiertos, se paró por un lado a escuchar el chisme. No le gustaba entrometerse en lo que no debía, pero al oír su nombre y la explicación que iba a buscar desde el inicio, no pudo evitar prestar atención en silencio, las manos tras la espalda, siendo éstas las que lo separaban de la pared.
«Así que… Le gusto a Gojō-sensei, eh» dijo para sus adentros, haciendo que una media sonrisa se dibujara sobre sus facciones durante un par de segundos, antes de adquirir una neutralidad reflexiva, poco usual en él.
Sin nada más que hacer allí y con un nuevo objetivo, se retiró de los dormitorios con las manos dentro de los bolsillos de la sudadera.
El lado amable es que a él también le gustaba Gojō. Cuando se conocieron pensó que se trataba de una admiración fuerte a causa de convivir con el poseedor de un poder abrumador. Admiración que sólo se hizo más intensa al ser escondido, protegido y entrenado por la misma persona.
No dejaba de pensar en lo asombroso que debía ser tener a todos comiendo de la palma de tu mano; sin embargo, conforme comenzó a pasar más tiempo con su profesor, cocinando para él en ocasiones a modo de agradecimiento y viendo de cerca su trabajo, no pudo evitar sentir preocupación por una cosa: la soledad.
Gojō tenía una sonrisa agradable y una personalidad juguetona la mayor parte del tiempo. Yūji lo pasaba bien en su compañía, aunque siempre lo veía solo. Nadie cubría su espalda, nadie podía darle una mano, nadie estaba a su lado para prestarle un hombro en el cual recargarse. Yūji tuvo la imperiosa necesidad de convertirse en esa ayuda. En ese igual. En el hombre que su profesor pudiera decir «Me alegra que hayas llegado.»
¿Acaso nadie era consciente de que, aunque parecía tenerlo todo, Gojō también era un ser humano? Un ser humano capaz de enfermar, de llorar, de sufrir.
Gojo estaba solo por sus increíbles habilidades.
Yūji estaba solo por ser el recipiente de Sukuna.
Podía recordar con claridad el día que se puso feliz al encontrar esa similitud entre ellos (un peluche maldito lo golpeó). Significaba que estaba un paso más cerca del hombre que apreciaba.
Asimismo, por aquellos ayeres, descubrió que no había hecho más que preocuparse por él; por el estado físico y mental en que se encontraba, por tener lista una comida caliente para el instante en que escuchara la puerta abrirse, los pasos cansados de su maestro y aquella voz grave y alegre entonando un «Estoy en casa, Yūji. ¿Sigues despierto?»
Al sobreanalizar la escena, ¿no era eso muy similar a ser un amo de casa que espera por la llegada de su esposo?
Se puso rojo hasta las orejas y apretó de más lo que sostenía entre manos: el peluche del mal, que le dio otro golpe; lo necesitó en el momento.
Luego de eso se sorprendió a sí mismo masturbándose en el baño tras finalizar una película erótica. Todo normal hasta ahí, salvo que no dejaba de pensar en su profesor y cómo sería el sexo con él. Era un hombre alto y ya lo había visto sin la chamarra que siempre llevaba encima. No estaba nada mal de cuerpo. ¿De qué tamaño tendría el…?
Agitó la cabeza para espabilar. Gojō era atractivo, seguro que no le faltaba quien lo pretendiera. También, ¿qué tan probable era que se fijara en un simple adolescente de quince años? Peor aún, en un joven de su mismo sexo. Si Yūji fuese una chica como Nobara, ¿tendría alguna oportunidad?
Él mismo se encargó de romper sus propias ilusiones y reprimir aquellos sentimientos. Era más que evidente que nunca tendría entrada en su vida. Después de todo, Gojō lo mantenía con vida con el objetivo de juntar los dedos de Sukuna. Moriría después de eso. ¿Qué sentido tendría esforzarse emocionalmente por alguien más? Eso sería egoísta de su parte y lo que debía hacer ahora era ayudar a tanta gente como pudiera y morir de la forma que le prometió a su abuelo. Nada más. Su destino ya estaba escrito.
Para bien y para mal, escuchar el relato de Junpei hizo que el suelo bajo sus pies comenzara a quebrarse. Tenía el camino libre ahora, aun así…
—¡Oh, Gojō-sensei! —exclamó, topándose con el rey de Roma al día siguiente, en uno de los pasillos—, ¿tiene un momento?
—Bueno, soy un hombre realmente ocupado, pero supongo que puedo hacer tiempo si se trata de Yūji —respondió en un tono bromista, levantando el pulgar y deteniendo su andar. Vestía un conjunto casual con lentes oscuros. Nunca salía a misiones con esas pintas, por lo que era fácil asegurar que tenía el día libre.
—¿Puede venir conmigo?
Gojō asintió y procedió a seguir al chico hasta la sala de entrenamiento.
—Temo que debo atender un pendiente más tarde, así que no podré entrenar demasiado —aclaró, comenzando a estirar las piernas.
—Ah, no es eso. Es sólo que no se me ocurría un lugar más privado para hablar.
—Oh… —Recuperó la compostura, manteniéndose a la expectativa.
—Verá, sucede que escuche de una situación bastante peculiar que ocurre con Junpei. Parece que alguien lo está amenazando. ¿Tiene alguna idea, sensei?
Mientras hablaba, Gojō escuchó los cambios en la voz del chico. No sonaba molesto, aunque sí lo parecía. Forzaba la neutralidad.
Inclinó el rostro lo suficiente para asomar los ojos por encima de los lentes. La cara ajena exhibía matices nunca antes vistos, serios y severos, con los ojos abiertos como un tigre fijando a su presa, oculto tras la hierba, esperando el momento preciso para atacar.
Gojō tensó la mandíbula. Guardó silencio. ¿Qué probabilidad había de que Junpei le hubiera contado lo que le ordenó que no dijera? Esos últimos días los había visto bastante alejados, no había… ¿O sí?
—¿Sensei? —preguntó de nuevo, exigiendo una respuesta.
—¿A-Amenazar? —¿Por qué tartamudeaba? Se aclaró la garganta antes de continuar—. Es una palabra un poco ambigua, ¿no crees?
—¿En qué sentido? —Sus palabras eran certeras, rápidas. No lo dejaría escapar ni cambiar el tema.
Gojō se puso nervioso sin ser tan evidente.
—Por ejemplo, muchas cosas que Maki dice suelen sonar amenazantes, pero es muy buena chica, a veces sólo está algo irritada. ¿No crees que pudo malinterpretar la situación?
—No creo, la persona que lo acosa ya destrozó una banca y dejó un agujero en la pared una vez.
«¡Mierda!» Gojō estaba seguro de que Junpei le había contado. Sonaría como un imbécil si fingía demencia. Cualquier pretexto lo dejaría mal parado.
Yūji apretó las manos durante todos esos segundos en silencio. Los nudillos se tornaron de color blanco. Después, suspiró, dejando de hacer presión.
—Si le pregunto algo… ¿Me respondería con la verdad?
Gojō asintió, mas no dudaría en mentirle si era algo que no debía decir.
—¿Le gusto, sensei? ¿Yo le gusto?
Gojō reparó en su respuesta. Se tentó a decir que no, pero la mirada tan determinada del muchacho parado frente a él y el hecho de que sabía sobre lo ocurrido con Junpei le hicieron dar una afirmativa más con la cabeza.
Yūji sonrió. Era una sonrisa triste, casi decepcionada.
—Sabe, llevo un tiempo enamorado de alguien.
Gojō sintió cómo se le estrujaba el corazón y se le oprimían los pulmones.
—Es un hombre muy alto, albino —continuó—, y suele cubrir parte de su rostro. Es asombroso, todos dicen que es el más fuerte. Me agrada que no le importe lo que dicen de él; es bromista en ocasiones y también es maduro cuando el momento lo requiere. Ha cuidado de mí todo este tiempo y fue difícil saber cómo me sentía al principio porque lo confundía con admiración —hasta ese momento, había hablado mirando a los pies opuestos, por lo que levantó el rostro—. Pero, ¿sabe por qué no puedo estar con él?
—Porque… —tuvo un segundo de cavitación—, ¿es de tu mismo sexo? —Habría apartado la mirada y terminado con esa conversación, pero ansiaba saber qué era lo que impidió a Yūji confesarse antes.
—¿De verdad cree que ese es un impedimento?
No, no lo era.
—¿Porque es mayor que tú? —Hizo un segundo intento.
—Esas cosas no me importan. —Encogió los hombros—. ¿A usted sí?
No, tampoco le importaban.
—¿Porque es tu profesor? —¿Por qué seguía formulando preguntas en lugar de ir directo al grano? De algún modo, se sentía cohibido por la manera en que Yūji le estaba hablando—. Sería algo inapropiado.
—¿Inapropiado? —Resoplo, no de burla, sino porque aquello no podía ser más ridículo y patético al mismo tiempo—. Inapropiado es que hagan cosas a mis espaldas —explicó—. Inapropiado es cuando abusan de otras personas. Inapropiado es cuando amenazan a mis amigos, a la gente que me importa. ¡Eso es inapropiado! —puntualizó con un último grito.
Estaba furioso. La persona a quien tanto quería y respetaba estaba destruyendo sus relaciones amistosas a expensas suyas. ¡¿Cómo no iba a enojarse con algo así?!
Esperaba que su maestro entrara en razón; no podía hacer más por él. Él ya había dicho lo que tenía que decir. Una confesión brusca con todo lo que sentía y pensaba.
No, aún faltaba algo.
—No vuelva a amenazar a Junpei. No me quedaré de brazos cruzados si lo hace otra vez. —Dio media vuelta y se dispuso a regresar a su habitación.
Gojō actuó justo a tiempo para detenerlo por el brazo antes de que saliera. Se le había declarado, ¿no es verdad? ¿Significaba que tenía algo de esperanza? ¿O que las cosas entre ellos no volverían a ser como antes? Si Yūji deseaba mantenerse al margen no insistiría más; no obstante, no soportaría su indiferencia o que lo tratara como a un desconocido.
—Espera, Yūji, no has escuchado lo que tengo que…
—Ya no tenemos nada de qué hablar —interrumpió, cortante, soltándose de un tirón—. Si quiere continuar con esto tendrá que disculparse con Junpei primero, de lo contrario, me parece que esto es todo.
Gojō sintió los pies pesados. Incapaz de dar un sólo paso. Se mantuvo de pie hasta dejar de escuchar a la distancia los pasos de Yūji.
Una vez más, estaba solo.
Tan cerca y a la vez tan lejos.
Era frustrante. En especial porque tenía una misión al día siguiente y no volvería sino una semana después.
En el trayecto a su propia recámara, se cruzó con Megumi.
—Gojō-sensei, tenemos que hablar.
—Tuve suficientes charlas hoy —agregó con un tono de voz poco accesible, distinto al lisonjero de costumbre.
—Es algo importante. —Se paró frente al otro para cortarle el paso.
—No estoy de humor —puntualizó, poniendo la mano sobre la cabeza del chico y haciéndolo a un lado.
Megumi no insistió porque era raro ver a Gojō de mal genio. Aparte, sabía que no dudaría en hacer uso de alguna de sus habilidades para dejar el lugar si intentaba frenarlo por la fuerza.
Durante el viaje Gojō se dedicó a pensar mejor las cosas. De su conversación pasada con Shōko concluyó que quería mantenerlo tras la línea de la ética profesional. Ahora que había pasado eso con Yūji, tal vez, ¿buscaba darle coraje para aceptar sus sentimientos inapropiados y hacer las cosas bien? Era un enigma descifrar lo que pensaba esa mujer. ¿No podía ser más directa?
Puede que con Yūji se hubiera comportado como un cretino, pero al menos el chico había dejado las cosas claras.
Todo eso le resultaba molesto. No tenía por costumbre hacer introspecciones profundas.
Desquitó la frustración deshaciéndose de un par de maldiciones. Nanami advirtió que estaba exagerando en el uso de rituales malditos destructivos y supo que algo andaba mal con él. Gojō no quiso hablar. Estaba ocupado haciendo berrinches de adulto.
Por suerte, todo se solucionó con un «Es hora de regresar» y un parfait de fresa en el avión.
A la mañana siguiente, Gojō divisó a Junpei sobre una banca nueva cerca de las máquinas expendedoras y no dudó en sentarse a un lado. Vio la clara intención ajena de huir, así que usó su propio brazo como freno, al cerrar los dedos en torno al metal del extremo que delimita el final de la banca.
Junpei se sentía a bordo de una atracción suicida en la que lo habían subido a la fuerza y de la que no tenía escapatoria, pues habían bajado la barra de seguridad.
—Sabes —dijo Gojō—, creo que tú y yo comenzamos con el pie izquierdo.
Junpei se apretó lo más que pudo contra sí mismo, siendo un vago «Hn» lo que medio dejó escuchar en el fondo de su garganta.
—Creo que deberíamos empezar de nuevo.
Acto seguido, soltó el metal y puso la mano con la palma hacia arriba, frente a Junpei. El chico, inseguro sobre si aquello era un tipo de broma, acercó la mano para estrechar la opuesta.
Era una posición incómoda, pero así lo hicieron.
—¿Quieres algo de beber? —preguntó Gojō.
—Aquí tengo lo mío. Gracias —dijo Junpei, temeroso, mostrando el jugo que sostenía en su diestra.
—Ah —¿Qué más podía decir?—, ¿cómo te ha ido con los chicos?
Junpei se sentía incómodo. Eso era muy extraño. ¿Acaso era una nueva forma de tortura psicológica? ¿En qué momento aparecería el cuchillo con el que le atravesarían el cuello?
—Bien —agregó.
—¿Te han asignado alguna misión?
—Sí… Un templo abandonado…
—¿Con quién fuiste?
—Esto… Nos llevó el señor Ijichi.
—¿A quiénes?
—A mí, a Kugisaki, a Fushiguro y…
—Y a Yūji, supongo.
Junpei asintió, esperando alguna clase de amenaza en la que le pediría detalles y como hubiese hablado más de tres minutos con Yūji en el día, le rompería los dedos. Por suerte, aquello nunca pasó.
—¿Todo acabó bien?
—S-Sí…
—¡Maravilloso! —Le puso una mano al chico sobre el cabello, despeinándolo—. Continúa esforzándote.
Se levantó, despidiéndose y poniéndose en camino hacia el edificio del centro.
Al cabo de unos días, todo regresó a la normalidad, salvo que Yūji no buscó a Gojō. En consecuencia, éste último comenzó a preguntarse qué había hecho mal. Es decir, hizo las paces con Junpei. ¡Se estrecharon las manos! ¿No era eso lo que le había pedido Yūji?
En la noche, accedió a los dormitorios de alumnos y llamó a la puerta del niño que le alborotaba las hormonas. Este le abrió con una cucharita en la boca y un pudín en mano.
—¡Sensei! —exclamó—. ¿Sucede algo? Es raro verlo por aquí a estas horas.
Gojō no supo cómo tomar aquello. No lucía enojado. Tampoco lo recibía como antes. ¿Dónde estaba su abrazo de bienvenida?
—Me enteré que hicieron un buen trabajo los cuatro.
—¡Sí!
—Y… —hizo una pausa, buscando a alguien más en el interior de la habitación—, ¿estás con alguien?
—No. Veía una película.
Se miraron unos segundos. Bueno, Yūji lo hizo. Gojō se centraba en la silueta de energía maldita con forma de joven.
—Sobre lo que hablamos la última vez…
Yūji se puso un dedo sobre los labios, indicando que guardara silencio. Se asomó en ambas direcciones y dejó pasar al otro a la habitación.
Dejó el pudín sobre la mesa.
Gojō tomó esos valiosísimos segundos para espabilar. Había resuelto las cosas de forma madura con Junpei, ¿no es verdad? Yūji le pidió que diera una disculpa. Si bien, no lo hizo al pie de la letra, sí dio borrón y cuenta nueva, que era más o menos lo mismo.
Yūji se declaró de manera formal, poniendo en palabras todo lo que sentía en un discurso ordenado. Él podía hacer lo mismo. Confesarse. No debía ser tan complicado. Jamás en la vida lo había hecho, pero ¿acaso existía algo imposible para el poderosísimo Gojō Satoru?
Se llevó un par de dedos a la cara, para retirar la venda de los ojos, pero no pudo. Tragó saliva y bajó la mano. El corazón le latía con fuerza. Podía escucharlo retumbar en sus oídos. Sintió una opresión en la boca del estómago.
«¡Es más difícil de lo que parece!»
Lógico. Para una persona con inteligencia emocional casi nula, aquello era una hazaña más allá de la compresión humana.
—Yūji —habló al reunir el valor necesario.
—¿Sí? —Su expresión era tranquila, sosegada.
—Yūji —repitió.
—Gojō-sensei —acompañó las palabras con una sonrisa casual.
Gojō pasó de experimentar el nerviosismo que le carcomía las entrañas, a relajarse por completo. Era ridículo que el estado de ánimo de su muchacho influyera tanto en él. Si Yūji estaba bien, él se mantenía tranquilo; si Yūji estaba mal, él buscaría a los culpables de su pesadumbre para arrancarles la cabeza.
—¿Yo aún te gusto? —preguntó, señalándose a sí mismo.
—¡Uhm! —Asintió con el entusiasmo que le caracterizaba.
—¿Quieres salir conmigo?
En lugar de responder, Yūji terminó soltando una risilla que sofocó con un pffft. Era imposible seguir fingiendo que no le parecía chistoso que un adulto tuviera tantos problemas para lidiar con ese tipo de temas, mas no lo juzgaba. Lo sabía. Por la manera en que su profesor actuaba, suponía que los asuntos sentimentales no eran lo suyo.
—Lo siento, lo siento, es sólo que… —negó con la cabeza—, no. No es nada.
Gojō se llevó el índice a los labios, inclinando el rostro mientras se preguntaba si había hecho algo gracioso. ¿Acaso la gente ya no pedía las cosas así?
—¡Sí! Claro que quiero salir con Gojō-sensei. —Un tenue rubor le coloreó las mejillas.
Gojō experimentó un súbito impulso por apachurrar las mejillas opuestas con ambas manos. Algo que le fascinaba de Yūji era su actuar. Podía ser muy lindo en ocasiones, sin perder su masculinidad.
Gojō no estaba acostumbrado a ver una alta gama de reacciones en un hombre. Tal vez porque sus allegados siempre lucían cansados, molestos o sumergidos en el tedio. Él era la alegría del lugar (por absurdo que pareciese y aunque todos dijeran lo contrario), hasta que llegó Yūji.
—Pero —continuó el chico, frotándose la parte trasera del cuello—, ¿no será problemático? E-Es decir, soy el recipiente de Sukuna, tengo una orden de ejecución pospuesta y sensei es la cabeza del clan Gojō. Podría tener más problemas que…
Gojō cortó sus palabras al tomarle del rostro y acercarse. Primero le daba el coraje necesario para encarar sus emociones y, luego, consideraba los posibles escenarios. Esa era la clase de chico que lo volvía loco. Ese era Itadori Yūji.
—Tú deja que yo lidie con los asuntos que se te salen de las manos por ahora. ¿O es que acaso dudas del más fuerte?
Yūji sostuvo con una mano la de su profesor, sin retirarla. Suspiró antes de hablar.
—Ni por un segundo.
Como no había forma de seguir la conversación y tampoco querían perder el contacto, Gojō se agachó un poco más. Yūji dirigió un par de dedos hacia la venda oscura. Al inicio dudó, pero al ver que el otro no se oponía, terminó retirándola.
Pese a haberlos visto antes, consideraba que era la primera vez que podía analizar los ojos de su maestro tan de cerca. Eran casi irreales. Si los hubiera visto en fotografía, sin duda alguna hubiera pensado que un computador los había retocado.
Por mero instinto, echó una mirada furtiva a los labios ajenos antes de regresar a los ojos. Gojō sonrió. No conocía mucho sobre lenguaje corporal, mas era evidente lo que el otro quería. Y también él, para qué lo negaba.
Al inicio rozó sus labios con los opuestos, obteniendo un leve respingo en respuesta. Yūji se mantuvo en su lugar. Cerró los ojos poco a poco conforme el contacto entre ambos se intensificaba.
Un agradable mariposeo le recorrió más que el estómago. Sabía que estaba bien. Se preguntaba si su profesor sentía lo mismo. Le pasó las manos por el cuello, dejándolo beber de su boca.
Gojō le hizo dar unos cuantos pasos hacia atrás, hasta que la parte trasera de las rodillas de Yūji chocaron contra el lateral de la cama. Gojō lo sentó sin romper el contacto y lo acostó, acomodándose encima. Eso era más cómodo que mantenerse en pie, agachado.
Le sostuvo el mentón con el índice y el pulgar, haciendo que abriera un poco más la boca. Introdujo la lengua y con maestría comenzó a ambicionar la opuesta. No quería parecer desesperado, pero lo estaba. Nunca tenía suficiente de Yūji y su deseo por él era más intenso de lo que imaginaba.
Lo que ninguno de los dos vio venir, fue la puerta abriéndose con un golpe violento.
—¡Itadori, desgraciado! ¡Confiesa! ¡Fuiste tú quien agarró mi pudín del refrigerador! —bramó Nobara, entrando con una elegancia asesina.
Los tres se quedaron congelados, incómodos.
Junpei llegó a los pocos segundos, jadeando.
—Lo siento, no pude detenerla. Es muy rápida y…
—¡N-No es lo que parece! —vociferó Yūji, empujando a Gojō hacia un lado para sentarse sobre la cama. Su rostro hacía competencia con el color de la grana.
—Pero qué dilema —musitó Gojō, soltando un suspiro pesado. Eso no era parte del plan. ¿Y si los castigaba a todos por no tocar las puertas antes de entrar?
—Más les vale que todo este maldito escándalo sea por algo razonable —añadió Megumi, apareciendo en la habitación—. ¿Qué ocurre?
—Tenemos a un viejo verde —respondió Nobara, sacando su martillo de algún lugar.
Junpei fingió demencia y centró la mirada en la pared más cercana.
—Me imagino —añadió, juntando las manos para invocar a sus perros shikigami.
—¡Esperen! ¡Esperen un momento! —Gojō se puso en pie—. ¿No venían a hacer justicia por el pudín de Nobara? —Debía librarse de una probable decapitación.
Yūji lo señaló con ambas manos.
—Todo suyo.
—¡Traidor! —¡Su primer novio lo había canjeado por algo que valía menos de un dólar!
Gojō tuvo que salir por la ventana, siendo perseguido por Nobara.
Megumi iría como apoyo, no sin antes dar un coscorrón a Yūji.
El único que parecía no estar en contra de eso fue Junpei, quizá por las semanas de pesadilla que vivió amenazado. Dejando eso de lado, ese par en verdad daba la impresión de ser justo lo que el otro necesitaba. Sólo esperaba que los celos del profesor no se extendieran a otros estudiantes en el futuro.
