Nota: Esta es una pequeña historia de dos capítulos, narrada en primera persona, primero por Strauss y luego por Hotch. Mañana colgaré el segundo capítulo. ¡Disfrutad!
Capítulo 1
Nadie espera irse de este mundo el mismo día que ha llegado a él, y yo tampoco, por supuesto. Y mucho menos, de la forma en la que todo ha sucedido.
Supongo que ser hija única me hizo inevitablemente un poco egoísta. Tenía todo lo que quería, y no tenía que compartirlo con nadie. Por el contrario, estaba tan llena de amor que me llevé más de una decepción por ser demasiado intensa.
Fue a los dieciséis años cuando, después de dejarme convencer por el que era mi novio para acostarme con él por primera vez, lo encontré con la que era mi mejor amiga desde la guardería, decidí que ya nadie se burlaría de mí. Construí una muralla alrededor de mi corazón y cambié totalmente mi actitud hacia los demás. Pasé de ser cálida y amorosa a ser fría y distante. Fue en ese momento cuando nació la Reina de Hielo.
Cuando conocí a Mark, al principio me costó volver a confiar en él, no me fiaba ya de ningún hombre. Pero fue tan dulce y encantador que caí rendida a sus pies sin poder evitarlo. Y durante muchos años, no me arrepentí de mi decisión.
Pero el trabajo, los niños, y la vida en general pasan factura a un matrimonio que apenas se ve unas pocas horas a la semana, y él decidió buscar la felicidad fuera de casa, mientras yo hacía lo propio en el trabajo y en una botella.
Después del divorcio, y de que el amor hubiera dado paso al rencor y al odio, tanto como para llevarse a los niños con él, por su propio bien, según sus propias palabras (¡ja!), pensé que iba a quedarme sola para siempre. Me refugié en el trabajo, que era lo único que me quedaba, y me preparé a vivir sin más.
Cada día luchaba contra mi misma para lograr superar un día más sobria, para demostrarme que podía hacerlo, que no iba a perder también eso. Y aunque había pasado algo más de un año, aquella noche estuve a punto de echarlo todo a perder.
Había pasado la tarde con mis hijos, y antes de despedirnos, Nora comentó de pasada que Nicole, la novia de su padre, la llevaría de compras para su baile de graduación. Soy su madre, ¿no se supone que eso debería hacerlo yo? Pero sólo pude sonreír, abrazar fuerte a mi hija y recordarle que la quería. Luego entré en una licorería y compré una botella de vodka.
Me senté durante horas en mi despacho, mirando fijamente la botella, decidiendo si en realidad quería hacerlo o no, mientras las lágrimas nublaban mi vista. Lo siguiente que recuerdo es cómo alguien me levantaba suavemente de la silla y me acostaba en el sofá. Cerré los ojos y me quedé dormida.
Me despertó el olor del café recién hecho, y aunque la mirada de Aaron no era de reproche si no de comprensión, como si supiera que algo me hubiera afectado tanto como para retroceder en mi avance, yo estaba muerta de vergüenza.
Me pasó una taza de café, y mientras lo tomaba, acurrucada en una esquina del sofá de mi oficina, se lo conté. Vertí mi corazón en esa conversación, no sólo cómo me hizo sentir la confesión de mi hija, que ahora parecía que prefería a la otra mujer antes que a su madre; sino en cómo me sentía desde el divorcio, desde rehabilitación, desde que mi vida había cambiado. Ni siquiera con mi terapeuta había sido nunca tan sincera. Pero Aaron me escuchó en silencio, asintiendo de vez en cuando, y por primera vez en mucho tiempo, me sentí en paz conmigo misma.
Desde entonces, cada vez que tenía un antojo, que las ganas de beber me superaban, lo llamaba. Hablábamos un rato y me sentía mejor. Me hizo prometerlo aquella mañana. Y siempre bromeaba con él diciéndole que había sido mi salvador, mi ángel de la guarda.
Y aunque nunca habría pensado en que Aaron y yo pudiéramos tener si quiera una gran amistad más allá de las llamadas y algún café, en algún momento esa amistad se transformó en amor. De repente me encontré deseando sus llamadas (había empezado a llamarme cuando estaba en un caso), o que fuera a mi oficina para cualquier cosa solamente para vernos unos minutos. Cuando me di cuenta que me estaba enamorando y el problema que nos traería, intenté alejarme, pero Aaron Hotchner no deja de ser un gran perfilador.
Quiso respuestas, y aunque intenté con todas mis fuerzas no revelar nada, y que todo volviera a ser como era al principio, Aaron consiguió mi confesión. Le supliqué que se fuera, que olvidara la amistad que habíamos construido los últimos meses, que era lo mejor para los dos, que estaría bien y que no se preocupara más por mí, pero su respuesta fue besarme. Me besó como nadie lo había hecho nunca, y me desarmó. Todas las barreras que había construido a lo largo de mi vida desde los dieciséis años, con aquel primer novio; con Mark y su traición; o todo mi problema con el alcohol. Todo se fue resquebrajando poco a poco con un beso. Me sentí vulnerable, pero por primera vez en mucho tiempo, también amada y querida.
Cuando estaba con Aaron, siempre flotaba en una nube. Él hacía que los días a su lado fueran pura felicidad. Era la calma en la tormenta, y luz que iluminaba mi oscuridad. Sé que conmigo consiguió también separar trabajo y vida.
Fueron ocho meses maravillosos a su lado, que hubieran seguido siendo así si esta mañana hubiéramos tomado otra decisión.
Todavía nadie conoce nuestra relación, decidimos mantenerla en secreto para todos, excepto para nuestros respectivos hijos. Supongo que eso cambiará cuando todos se enteren de lo que ha pasado.
Faltan diez días para Nochebuena, y la ciudad ha amanecido cubierta de nieve. Desde niña adoro la nieve, hacer muñecos, patinar sobre hielo, y todo lo que tenga que ver con él elemento blanco. Es mi cumpleaños, y aunque es Martes, he convencido a Aaron para tomarnos el día libre e irnos al parque a patinar. No parece muy emocionado, pero termina aceptando. Sé que lo hace por mí.
Hay más gente en el parque de la que pensaba, sobre todo porque está empezando a nevar nuevamente y hace frío. Vamos cogidos de la mano, riendo por algo que me ha contado, hasta que escuchamos una conmoción delante de nosotros.
Un joven que apenas llega a los veinte años, amenaza con una pistola a un hombre. Aaron intenta adelantarse y hablar con el joven, pero yo tiro de su mano hacia mí. Sé que es deformación profesional, y que lo único que quiere es ayudar, pero no quiero que intervenga. De repente, tengo un mal presentimiento. Él me da un fuerte apretón y me tranquiliza con la mirada, aunque yo siento que el corazón se me va a salir del pecho.
Da un paso hacia el joven mientras empieza a hablar con él, intentando que se tranquilice. No hay más que mirarlo a la cara para ver que está bajo los efectos de alguna droga. El chico cae en la cuenta en ese momento que está rodeado de gente, y cuando se escuchan a lo lejos los sonidos de las sirenas de policía, se pone todavía más nervioso. Es entonces cuando todo cambia para nosotros dos.
Aaron ha conseguido acercarse un poco más a él, pero las sirenas lo han alterado todavía más y dispara.
Durante los siguientes segundos, no me doy cuenta de lo que ha pasado, hasta que siento cómo la nieve me cae directamente en la cara y Aaron vuelve a estar a mi lado. Intento hablar, pero sólo escupo sangre. Me duele el pecho, apenas puedo respirar y tengo mucho frío.
Aaron me aprieta fuerte la mano, mientras me suplica que aguante. Lo intento, pero los ojos se me están cerrando y apenas tengo fuerzas ya. Ahora sí soy consciente de lo que está pasando, aunque no quiero irme. Tengo mucho por vivir todavía; quiero ver a mis hijos convertirse en adultos, y quiero disfrutar de mi segunda oportunidad con Aaron.
Pero ya no tengo fuerzas, y mientras Aaron se abraza llorando a mí, también consciente de la situación, repitiendo una y otra vez que me ama y que pronto estaremos de nuevo juntos, yo cierro los ojos mientras la nieve sigue cayendo sobre nosotros en una imagen angelical.
Continuará
