El comienzo de una semana ajetreada
Todo estaba cubierto por una oscura e inmensa sombra, y Alfem, no sabía dónde estaba, no podía sentir nada, no podía ver más allá de su cuerpo, sentía que flotaba en el vacío. En ese estado, comenzó a divagar y a pensar para entender donde se encontraba. Entonces, de forma lenta y paulatina, su nariz, comenzó a percibir unos olores parecidos a la ceniza y al hierro, al mismo tiempo, que un calor se esparcía de forma gentil por todo su cuerpo, arremolinándose y reconfortándolo, proporcionándole un abrigo familiar. Esta calidez era nostálgica y agradable, y entonces, como si fuera humo, la oscuridad comenzó a alejarse, expandiendo su vista, mostrándole en donde estaba.
El sitio era un lugar inundado y dominado por el calor y el fuego. Estaba en medio de un camino con un piso brillante, como sí este mismo estuviera al rojo vivo, las casas que estaban a sus costados se encontraban entre llamas que las rodeaban, e incluso en el mismo aire había flamas que se movían, flotaban y bailaban; pero al mismo tiempo, nada se consumía, esto no era un incendio, era más bien, el estado natural de este lugar, ese color escarlata que pintaba su alrededor, era uno que le provocaba añoranza.
El inframundo de llamas, ese era el nombre de donde se encontraba, y su antiguo hogar. Aquí nació y creció, también fue testigo de sus primeras risas y llantos, aquí fue donde dio sus primeros pasos, el lugar donde pasó la mayor parte de su vida, y aunque… también donde solo creció para convertirse en un tonto que… sería traicionado y olvidado.
A pesar de que, al estar de pie entre aquellas casas le entregaba una gran cantidad de sentimientos conflictivos, una sensación ajena se sumó al malestar en su mente, la idea de que algo no andaba bien, crecía en su pecho, apretándolo. Muy pronto se daría cuenta de lo que su ser le gritaba, aquel sitio, que debía estar lleno de vida y bullicio, se encontraba desolado. No veía a ninguna de las caras familiares que, en ese tiempo, se había acostumbrado a ver, además, a esto se le unía aquel extraño olor que solo lo inquietaba, un olor del cual no era ignorante, a pesar de que instintivamente se negaba a reconocer, aun así, buscaba su origen.
—¿De dónde viene…? —se preguntó mientras sus ojos y cabeza buscaban de forma somera.
Aun negando la respuesta que conocía, seguía pensando en el peculiar olor que se mezclaba con la ceniza y azufre, como si buscar algo que sabía le ayudaría a mentirse a sí mismo, pero era inútil, el temor ya lo había invadido, y se había posicionado en él.
El miedo se disfrazó de obsesión, los latidos de su corazón solo indicaban lo rápido que iba a caer sobre sí mismo, tenía la ingenua esperanza que si buscaba encontraría una respuesta distinta, una que se alejaba de lo que ya sabía, pero todo eso era un intento vano…
—¿De dónde…? ¿De dónde? ¿De dónde… proviene…? —dijo mientras buscaba, y en un momento, sus pupilas se contrajeron, junto a un aliento.
El intento inútil de huir de la verdad solo lo hundió más en la desesperación, si tan solo lo hubiera ignorado, si solo hubiera sido indiferente, tal vez no le hubiera dolido tanto, tal vez, ni siquiera hubiera volteado, y no habría visto aquello. Un camino macabro de horror y muerte, con todos los cuerpos de a quien conoció repartidos como semillas de granada.
Aquella visión pavorosa y macabra, solo era resaltada tétricamente, por las "huellas" de aquello que provocó esta vomitiva escena. Había signos de que nada de esto fue rápido e indoloro, nadie de aquí tuvo una muerte sorpresiva provocada por una fuerza abrumadora, no, nada de eso, más bien, parecía la firma de alguien que él conocía bien, la insignia de "esa persona", cosa que solo lo hundía más en la angustia.
"No podía ser real", eso era algo de lo que se decía. "Todo esto debía ser un sueño", se gritaba a sí mismo mientras no podía ignorar la onda sanguinolenta que provocó su pie, al tratar de no perder el equilibrio en aquel camino, que alguna vez fue brillante, ahora convertido en un arroyo carmesí. Esto lo mareaba y lo asqueaba.
—Que esto pasara, fue tu culpa —dijo una voz espectral, que provino de su espalda. En cuanto lo escuchó, sintió como todo su cuerpo se volvió como el cemento—. Esto pasó por tu propia debilidad, por ser un pobre enclenque y un cobarde, solo tenías que convencerla de alguna forma, pero como no tenías poder, no pudiste detenerla.
—¡T-Te equivocas! —dijo con voz fuerte, pero temblorosa, trató con todas sus fuerzas de acallar a aquella voz, que como víbora se movía por su oído— E-Ella… Ella… nunca haría…
—¡Oh! ¡Vaya! No pareces muy convencido. No pareces muy seguro de eso. Entonces dime —instigaba maliciosamente, sabiendo los sentimientos más profundos de su corazón—, ¿por qué no vuelves? No estás muy convencido, así que vuelve a comprobar que los otros están bien.
Alfem guardó silencio sepulcral, ni el sonido de su respiración se podía escuchar.
—¡No puedes! ¡Realmente eres un miserable! ¡Prefieres quedarte cómodo y no hacer nada! ¡¿Solo tienes la excusa que si vas no cambiaras nada?! ¡Patético! Alguien como tú no debería seguir existiendo.
—¡CALLA! ¡Cállate! —exclamó, hasta que hizo picar su garganta— ¡No te quiero oír! ¡Esto realmente no ha pasado! ¡Ellos están bien! ¡Ella tal vez… ¡Pero si llama la atención de él…! ¡No le permitiría seguir…! ¡No jugaría con su gente así… Solo quiero creer…
—¿Le tienes confianza a un cabeza hueca como él? Que gracioso eres —dijo con claro tono burlón, mientras algo que le llamó su atención le hizo reír silenciosamente—. Entonces, si estás tan seguro de ti, ¿por qué no la saludas?
Aquella insinuación lo descontroló de tal forma, que solo deseó encarar al propietario de la voz que lo acosaba, pero en cuanto su vista giró la vio; una joven de cuernos y cola inconfundibles, de ropajes rojos tan carmesís como la sangre fresca que cubría y goteaba de la prenda. Estaba de pie, encima de una pila de cadáveres, en medio de toda la terrible escena, dándole la espalda, quieta, como si el origen de todos sus males estuviera congelado en el tiempo.
—¿Qué… está sucediendo…?
Aquel pequeño e insignificante susurro, fue el detonante para despertar a la bestia dormida. La joven que por un momento estuvo quieta, ahora giró con gracia y delicadeza, que cuya expresión de expectación ante la ruptura de su trance, cambió radicalmente a una maliciosa, y espeluznante sonrisa en cuanto su mirada se clavó en él. Con ojos impregnados en la malicia más profunda, comenzó a caminar lentamente, y con cada paso que hacía, una risa infantil que hacía eco se incrementaba cada vez más.
El pánico le estaba jugando una mala pasada, aunque este le gritaba que huyera, era este mismo el que había convertido sus pies en piedras. Su parálisis era tal, que ni el más mínimo de sus dedos le respondía. Entonces, fue inevitable la instancia en la que ella llegó finalmente ante él, mirándolo directamente a los ojos, con una mirada altanera, mientras todo hizo silencio a su alrededor.
—Volviste… No sabes cuánto te extrañé… mi juguete roto. —dijo con voz calmada y amable, posando primeros sus palmas en sus mejillas, para después tocar su frente con la suya.
Aquel contacto físico no hizo más que detener la respiración del angustiado demonio, que solo deseaba que se alejara, que solo se desvaneciera como el humo del incienso, pero lo único que obtuvo cuando ella al fin finalizó aquel acto, fue el verse a sí mismo atado a una silla.
De un momento a otro, todo había cambiado, en donde se encontraba era distinto, pero bien conocido. Lo poco que le permitían ver sus ojos congelados por el espanto, era un conjunto de paredes, muebles, y objetos que el tan solo verlos, le provocaba gritar, pero que lo enmudecían a la vez. Solo se podía quedar quieto mientras veía sus alas, cuernos y aretes colgados, expuestos a él como en una carnicería. Aquel sitio era ese taller, la "sala de juegos" de ella.
—Cada vez estoy más cerca. ¡Esta vez sí lo conseguiré! —dijo ella mientras inspeccionaba y seleccionaba sus herramientas—, así que, por favor, sé obediente, y ayúdame. Volverás a hacerlo, ¿verdad? Como en los viejos tiempos.
El cierre brusco y sonoro de la metálica herramienta que tenía en mano, hizo que algo primitivo dentro de él le diera cierta pizca de lucidez; tenía que huir.
Comenzó a forcejear con todas sus fuerzas, pero no podía siquiera mover las cuerdas, y ella se acercaba cada vez más a él, tenía que huir, no podía volver a vivir eso otra vez, se decía a sí mismo que ya no era el mismo de antes, solo para que, al mirarse, se diera cuenta que tenía sus antiguas vestimentas.
Ella ya había llegado al frente suyo, y él aún se encontraba atado. La desesperación lo consumía, no quería, no quería, no quería vivir ese infierno otra vez, pedía por favor que alguien lo salvara; "Sálvenme", "No quiero", "Por favor", gritaba internamente, silenciado por el mismo miedo.
La mano de ella se acercaba lentamente a su cabeza, y él solo deseando que se detuviera, con una euforia y en su completa exasperación, logró romper sus ataduras, y como un acto catártico, volvió a pronunciar algo que nunca hubiera querido decir otra vez, gritó, llamándola por su nombre.
—¡Poemi! —gritó mientras rompía las sábanas en las cuales se había enrollado, para después, caer de la cama por el fuerte impulso.
En el piso, agotado, se quedó un momento quieto, aún no entendía que había pasado, había un piso alfombrado, y una tela blanca lo envolvía, tenía que recuperar su respiración, así que a eso se dedicó. Una vez que el temblor de su cuerpo le permitió moverse medianamente, pudo observar su alrededor.
Unas pequeñas estelas de luz se filtraban entre las ranuras de las cortinas, que indicaban que la salida del sol se aproximaba en unas horas, le ayudaban a ver una muralla rasgada y quemada, cerca de una cama mal trecha por sus violentos sueños, y los pedazos de tela que tenía entre sus manos; esa era su casa, estaba de vuelta, había regresado a su actual hogar, El jardín gris.
Todo fue una horrenda pesadilla, solo un sueño, aun así, no dejaba de temblar, y un sudor frío le recorría todo su cuerpo. Se sentó en el piso, apoyando su espalda en su cama, mientras se arropaba con el resto de la sábana, tratando de calmarse. No era la primera vez que le pasaba, tenía que ya estar acostumbrado, pero no podía, ver en sueños a la niña que vio crecer le congelaba la sangre, no era algo que pudiera controlar, aun así, tenía que reponerse, pero le era difícil.
¿Estaba realmente en su casa? Y sí lo estaba… ¿Estaría seguro? Era un exiliado de su tierra, desechado en cuánto ya no fue útil, asilado en un mundo extranjero que además era enemigo. Había sido olvidado por los que alguna vez concibió como familia o amigos… Ya habían pasado seis años, o tal vez un poco más, y no recuerda que hubieran venido a buscarlo, no es que tuviera la intención de volver, o que le gustara la idea de que lo obligaran a regresar, era solo que… ¿se habían olvidado de él? ¿Alguna vez tuvo verdaderos amigos?
Esas preguntas solo lo atormentaban más, la señorita Froze ya le había dicho que tenía que evitarlas cuando estuviera solo, que no le hacían ningún bien, y que, si era algo que ya no podía soportar más, debía usar su medicamento recetado, eso le ayudaría a calmarse. Tenía que recordar que esta sí era su casa, aquí sí tenía amigos, y aquí lo cuidaban, no importaba nada más. También que la podía llamar cuando él necesitara de su ayuda, pero obvio que él no lo haría solo por un sueño, o si no, no habría noche en la que la dejara dormir, tenía que ser fuerte.
Así que se quedó sentado en posición fetal hasta que pudo recuperar por completo la calma, tenía que recordar que no estaba solo, no importaba si había quienes lo odiaban por quien fue, solo debía enfocarse en los que le querían, eso era lo importante, y eso le daba las fuerzas para seguir adelante. Viviendo en este lugar conoció a personas que realmente lo aprendieron a apreciar, ese era su mayor consuelo, y, por lo tanto, eran dueñas de su mayor agradecimiento.
Una vez con la mente aclarada y la alarma del despertador siendo estridente, procedió hacer su rutina diaria, para prepararse para un gran día de trabajo, que se repetiría por los siguientes siete días. La basura que traerían el mar de turistas que invadiría el lugar, multiplicaría su trabajo, así que se le asignó un grupo de personas que le ayudarían a mantener la dignidad de todo el lugar. Debía organizarlos y repartir responsabilidades, además de llenar papeleo, y preocuparse que no tuvieran problemas o no se metieran en ellas. Así que, una vez ya estaba listo, alineo sus lentes y se fue.
El cielo comenzaba a aclarar, el frío de la madrugada solo era acompañado por el silencio que de a poco era interrumpido tímidamente, por quienes se alistaban para comenzar la semana más ajetreada de toda su vida, el primer día de un evento creado por mero capricho de su diosa, llamado Prismatic Festival.
El propósito inicial de este evento era netamente sacar de la rutina a este mundo gris, siendo solo una festividad para los habitantes, pero por la influencia de ciertas personas, esto se terminó tornando cada vez más grande, y todo gracias a unas reuniones en las cuales estaba obligado asistir el diablo.
Gracias a esta intervención, se determinó que se entregarían invitaciones a distintos mundos dominados por diablos o dioses, pero que estos, no importando su origen, debían seguir las normas de este mundo, dejando en claro que debían dejar sus diferencias de las puertas para afuera. Debían tener en mente que este festival era para despejarse del día a día, una semana de vacaciones para todo el que quisiera relajarse.
Así que hoy debería venir la primera oleada de extraños que pasearían y consumirían en estas tierras, por lo cual la presentación era lo más importante, en ningún momento se podía ver sucio, todo debía verse impecable, todo debía brillar como el sol.
—Chicos, eso es todo lo que tenemos que hacer —dijo Alfem después de terminar la explicación a un pequeño grupo de ángeles y demonios con overoles parecidos a los de él, agrupados en una de las esquinas del pueblo—. Sé de primera fuente que este no es el trabajo más apreciado ni mucho menos el más glamuroso, pero sí uno digno como cualquier otro e importante. Hacer el trabajo más fácil para la señora Etihw, el de mantener limpio este lugar en todo ámbito, ese es nuestra labor, ya que, aunque ella pueda mantener limpio con su poder, con todos los tipos de personas que vendrán, es mejor que nosotros nos encarguemos de este asunto menor, mientras ella se encarga de otras cosas más importantes; La seguridad del Jardín Gris. ¿Alguna pregunta?
—Si Etihw puede mantener limpio por ella misma, ¿Para qué estás tú aquí? —preguntó uno de los demonios que ahí estaba.
—Excelente pregunta colega —afirmó Alfem—, cuestiones como esas no me dejan dormir por las noches. ¿Alguna otra duda?
Solo un silencio lleno de dudas le respondió. Todos estaban tan impactados por la inutilidad de todo este asunto, y desconcertados de que, si todo este trabajo valdría la pena o no, pero nadie se atrevió a decir algo al respecto, ni siquiera una amiga que estaba entre ellos se atrevió a ello. Es como si de forma unánime sintieran compasión por el sujeto que estaba al frente de ellos.
—Bueno, si no hay más dudas, ya les expliqué dónde va cada uno —les apuntaba al mapa junto con las indicaciones que se les había entregado—, tengan presente que, aunque vayamos en grupo de dos o tres, normalmente estaremos separados uno de los otros para cubrir más espacio y, además, de vez en cuando iré a visitarlos para ver si tienen alguna pregunta. Eso es todo, manos a la obra.
El pequeño grupo se esparció como ya se habían acordado. Alfem, se dirigía al castillo como el primer lugar de chequeo. Era uno de los puntos fuertes para los turistas, aunque no pudieran pasear libremente por todo el castillo, cosas como el jardín y la biblioteca estarían abiertas al público.
En eso, mientras daba una ronda por el castillo para asegurar que todo estuviera impecable, se encontró con el jefe de los ángeles, lo que provocó que respirase hondo, para obligarse a relajarse antes de ir a su encuentro.
—¡Hey! ¡Wodahs! —saludó casualmente al ángel del ojo parchado y cara seria— ¿Cómo has estado con los visitantes?
—Si tuviera que decir algo, diría que son una molestia —dijo un tanto agotado—, solo me dan más trabajo. Solo espero que esto acabe pronto, estoy preocupado por las plantas del jardín.
—¡No te preocupes! —dijo Alfem colocando su mano en su pecho— Para eso estamos, no permitiremos que arruinen el hermoso jardín ni ningún otro lugar.
El ángel le dio una mirada penetrante que puso nervioso al confiado demonio, como si le estuviera diciendo que, si algo les pasaba a sus amadas plantas, él pagaría el precio. Alfem podía sentir el aura asesina de Wodahs, pero solo se podía quedar quieto con una estúpida sonrisa, toda la confianza que había adquirido se desmoronaba a cada segundo.
—Por cierto —dijo Wodahs cortando el silencio—. ¿Cuándo me vas a terminar el inventario que me prometiste?
—¡O-Oh! Eso… —Aunque ayer era un tema que le carcomía la cabeza, con la salida al karaoke con Kcalb, y el hecho que tenía que organizar al grupo encargado de la limpieza, el tema del inventario lo había olvidado por completo— S-Sí tienes razón, eh… Hoy a la noche lo terminaré, l-lo prometo.
Un aura oscura se había posicionado en el semblante de Alfem, se notaba que esté no quería hacerlo pronto, tenía muchas otras cosas que atender, y eso para el ángel no pasó desapercibido. A pesar de que no era algo de suma importancia, de hecho, era algo que originalmente lo iba a hacer terminando todo este espectáculo, pero fue un compromiso. Que hubiera huido momentáneamente por la intervención de Etihw, eso no significaba que su apuesta hubiera sido olvidada, sí él quiso "pasar el rato" con esas gatas, con estas complicadas fechas tan encima, era su culpa, y debía pagar el precio.
—¿Aún te duelen? —preguntó el ángel jefe cambiando el tema.
—¿Qué cosa? —preguntó de vuelta con una obvia cara de duda.
—Tus heridas… —respondió un tanto molesto como sorprendido, era algo importante, no entendía la razón de su reacción— Como siempre esas dos no tienen escrúpulos, no sé cómo no estás postrado en cama, y ni siquiera me puedo imaginar porque te gusta acceder a eso.
—¡Ah! ¡Eso! No te preocupes, estoy bien, tengo una buena regeneración, así que no hay problema —dijo sin ninguna preocupación—. Además, le pedí a una ángel, amiga mía, que me ayudara con las heridas más molestas cuando estaba haciendo el aseo en la aldea.
—¿Por qué no se lo pediste a Etihw?
—No quería molestarla con esta cosa tan insignificante, además me hubiera regañado. No hubiera aprobado mis intenciones de entrenar aun en estas circunstancias, aunque fuera una sesión ligera —dijo un tanto apenado.
—Sesión ligera… —susurró Wodahs ante tal estupidez.
Es verdad que él mismo había puesto restricciones cuando atrapó al trío de idiotas que se dirigían a un lugar tranquilo para "jugar", pero aun así lo que dice era absurdo.
Este sujeto era un total enigma, no sabía si se hacía el tonto o si realmente era un idiota. Se preocupaba de las cosas más insignificantes, pero menospreciaba las importantes, o al menos así era enfrente suyo. Wodahs no creía que se comportara como un bufón todo el tiempo sin ninguna razón, por eso no podía quitar su ojo sobre él cada vez que podía.
—Sí no tienes algo especial que decirme, me retiro —dijo el ángel jefe.
—Sí, ya es tiempo de seguir, esto es solo el inicio, no quiero que se me acumule el trabajo. Nos vemos.
Ambos se despiden y se van por caminos opuestos.
Alfem, casi de forma instintiva, va hacia la parte externa del edificio, para asegurarse de que el jardín frontal del castillo estuviera bien. Sí hoy era el primer día, tenía que comprobar el buen estado de ese sitio, no quería sorpresas más tarde.
Chequeó cada jardinera, cada árbol, la humedad de la tierra, y la limpieza del lugar, aunque suena laborioso, aquello no era algo que le tomara mucho tiempo, así que pronto comprobó que todo estaba impecable, cosa que solo lo preocupó; ahora que ya había revisado su buen estado, tenía que asegurarse que así se mantuviera al final del día. Solo rogaba que los turistas no hicieran nada estúpido.
En eso, mientras pensaba como evitar que los visitantes no lastimaran aquel sitio, notó como un pequeño grupo de ellos estaba ingresando a aquel sector. Aunque estaban un poco lejos, se podía ver que era un grupo de tres, dos de los que parecían ser chicas demonio, y un chico… que a primera vista no se podía diferenciar que era, pero algo en él le había llamado la atención, algo en ese sujeto le parecía familiar, él era igual a…
—¿Qué coño hace aquí? —dijo con el pensamiento que se le escapó por la impresión.
No sabía si estar feliz o enojado por toparse con él en este lugar, su querido y amado amigo, a quien tanto extrañó, y del cual nunca supo más nada. Aquel que los abandonó, porque no pudo resolver un conflicto que tuvo con el gobernante del mundo llameante, pero más allá de eso, no dio mayores explicaciones, solo se fue para nunca volver, ni siquiera trató de comunicarse con los que dejo atrás, al menos no con él…
A pesar de todo lo que sentía, no podía permitir que lo viera ahora, nada más importaba en ese momento. Una parte de él no quería que lo viera en este estado, se veía lamentable si lo comparaba con su antigua imagen… pero la otra pensaba en el hecho que no lo reconocería, si lo llegaba a ver, eso sería lo más probable. Pensar en eso le dolía más, y en definitiva, no quería eso.
El tan solo verlo, lo mareaba, le hacía recordar los mejores tiempos que tuvo en su anterior vida, pero todo eso había pasado, ya había abandonado hasta su nombre.
El grupo seguía un camino recto que se dirigía a la puerta principal, mientras que Alf, barría dándoles la espalda, pero se detuvieron cerca de él, lo suficiente para que, a él se le fuera posible escuchar su conversación.
—Me pregunto si nos recibirán —comentó una de ellas, para ser exactos la de pelo rosa trenzado.
—No perdemos nada al preguntar. ¿No? —mencionó la otra, la del pelo oscuro, aunque se notaba que no tenía muchas expectativas— Es mejor que nos conozcan, y tal vez quieran comunicarse con nosotros en un futuro.
—Aunque sean unos pacifistas, en algún momento querrán encargarse de alguien, y nosotros somos perfectos para hacer el trabajo sucio de los demás —dijo el joven que Alf quería evitar.
Escucharlo solo hacía que todos los pelos del cuerpo de Alfem se erizaran, solo seguía barriendo, caminando lentamente hacia la salida.
—Solo espero que no nos desprecien solo por ser mercenarios —mencionó la peli rosa.
—Pero debemos encontrarlos primero, veamos… que tal si le preguntamos a aquel chico —dijo la otra.
Alfem se estremeció en silencio, miró alrededor, por la pequeña posibilidad de que, si se dirigían a alguien más, pero como era el único en ese lugar por el momento, era obvio que se referían a él.
—Oye tú, ¿sabes cómo encontrar a los gobernantes de este mundo? —dijo otra vez, la demonio de pantalones cortos y medias rojas.
El nerviosismo se intensificó, llenándolo de gotitas de sudor, pero debía responder rápido para que lo dejaran en paz.
—Eh… Bueno, verán… No… No los he visto en todo el día, así que… no lo sé. Sí buscan adentro, alguien los puede guiar a ellos, yo me tengo que ir— dijo sin voltear ni una vez, tratando de huir lo más rápido que podía.
—¡Espera un momento! —gritó el indeseado— ¡¿Quién te crees que ni nos miras?!
—No… No me creo nadie señor, es solo que tengo prisa.
En eso, trató de correr.
—¡Te dije que esperaras!
Tan pronto como corrió, esta persona lo agarró del hombro con fuerza. Un pequeño forcejeo había comenzado, y mientras Alfem trataba que no le viera, en el intento de quitar sus manos de la cara, sus gafas fueron arrojadas, mostrando así todo su rostro. Al verlo, aquel visitante quedó helado, no podía creer lo que tenía al frente suyo, tenía que estar equivocado, no había razón para que él estuviera en este lugar.
Entonces, en su incredulidad, antes que Alf pudiera hacer algo, el chico le quitó uno de sus guantes, desvelando una mano maltrecha, llena de cicatrices, pero también cuya piel está hecha de grandes escamas rojas, características de un demonio de la flama. Aunque le preocupaba el estado de sus manos, que hasta le faltaban garras, no podía sacarse la impresión que tenía, aquel era su viejo compañero, su mejor amigo.
—¿E-Emalf…? ¡¿Qué mierda estás haciendo aquí?!
A quien tenía agarrado firmemente del brazo permaneció callado, esto solo lo angustiaba más, y esto se reflejaba en un gran enojo, el cual se manifestaba cuando le gritaba por respuestas.
En eso, a lo lejos, Froze, quien estaba haciendo una ronda antes de ir a los portales a fiscalizar, comenzó a escuchar el escándalo que estaba generando aquel visitante. Ella, era una de las que menos le agradaba toda esta idea, así que en cuanto escuchó los gritos fue de inmediato.
—¡Emalf! ¡Maldita sea! ¡¿Por qué te quedas callado?! ¡Responde! —gritaba el demonio rubio— ¡¿Estos hijos de perra te hicieron esto?! ¡Por la puta! ¡Di algo!
—Vendetto¹, cálmate… —dijo una de sus compañeras notablemente nerviosa— No creo que te pueda responder si lo sigues presionando de esa manera.
—¡¿Cómo quieres que me tranquilice Ver?! —exclamó mirando a su compañera con frustración, sin soltar al que trataba de interrogar— ¡Es posible que estos bastardos le hayan hecho esto a mi viejo amigo!
—Perdonen, pero ¿qué está pasando aquí? —interrumpió Froze— También me gustaría saber a quién te refieres con "esos bastardos".
Ella claramente estaba molesta. ¿Cómo se atrevía este foráneo ignorante a hablar mal de ellos en su mundo? Además, estaba hostigando a uno de ellos, si llegaba a notar otra cosa, no importa lo menor que fuese, lo mandaría afuera del Jardín Gris antes que se diera cuenta.
—Tú… —dijo el rubio con una gran hostilidad.
El rubio, en cuanto se dio cuenta de que la banda que tenía en el brazo era de los que fiscalizaban las fronteras, soltó a Alfem, pero esto no impidió encararla para buscar respuestas.
—Respóndeme algo puta. ¿Ustedes fueron las escorias que dejaron así a mi amigo?
—¿Cómo la llamast…?
Alfem fue interrumpido por Froze, antes que este pudiera intervenir.
—¿Debería siquiera responder a una persona tan grosera como tú? —dijo Froze con una mirada feroz— Eres solo un forastero y ¿vienes a insultarnos? Si no te agradamos, ni nuestra forma de vida, debes saber dónde está la salida, la puerta es ancha, para que saques tu asqueroso y horrendo ser de nuestro hermoso hogar.
—Maldita cretina hipócrita… —dijo Vendetto, injuriando con la sangre en la cabeza.
—Wow, wow, wow. ¿No sería mejor que nos calmáramos un momento? ¿No lo creen así, mis… estimados…? —dijo Alf, interrumpiendo la discusión mientras se colocaba entre los dos. No importaba cuanto deseara hundirle su puño en toda la cara por insultar a la señorita Froze, tenía que evitar lo peor— Ah… ¿Ya están calmados? Todo esto es un malentendido, así que cálmate, o acaso ¿quieres que te expulsen a ti con tus compañeras en el primer día? Y señorita Froze, usted no es así, guarde la calma un momento, y resolvamos esto.
Ella solo lo miró como diciendo; "arregla esto antes que pierda los estribos". Ese sujeto desagradable los había insultado, por eso ella perdió fácilmente la paciencia. Ella le dio la espalda, entonces Alfem, respiró profundo y se dispuso a hablar.
—Primero, perdón por haberme quedado callado, es que… realmente no quería verte, y en cuanto me descubriste me quede en blanco, ni siquiera me había dado cuenta de que me estabas gritando. Verte aquí también me sorprendió, ¿sabes?
Aquel que llamaban Vendetto se quedó callado, mientras su amigo mostraba una expresión un tanto triste, esto realmente lo desconcertaba. ¿Qué era eso de que no quería verlo?
—Segundo, no quiero volverte a escuchar hablando mal de mis salvadores. ¿Entiendes? Ellos fueron los que me sacaron de las garras de la muerte, no los que me llevaron a ellas. Les debo mi maldita vida, así que, si lo vuelves a hacer, no prometo recordar nuestra antigua amistad, en especial si le faltas el respeto a la señorita Froze.
—Entonces… ¿no fuiste capturado o algo así? —dijo un tanto confundido, aquella reacción lo había dejado sin palabras— Es que pensé… Como me entere de que ese cabeza hueca había atacado este lugar yo…
—Eso es noticia vieja, ni siquiera sé cuánto tiempo ha pasado desde aquello, pero lo que sí recuerdo es como nos echaron a patadas —dijo algo apenado, aquello no era algo de lo cual sentirse orgulloso, pero es algo que no se puede borrar—, pero verás, no estoy aquí hace tanto.
—Entonces ¿Cómo? ¿Quién?
Vendetto se preguntaba para sí mismo, como para su antiguo amigo.
—Espera… No me digas que el patán de mi… —dijo Vendetto pensando en la peor posibilidad que se le pudo ocurrir, aquello le era inaudito, pero era el único con autoridad para hacer tal cosa.
—Te… equivocas de nuevo —dijo un tanto serio y un tanto triste, ya que era imposible que él llegara por sus propios medios a la respuesta correcta—. Se… podría decir que él fue el motivo, pero no, de hecho, podría apostar que ni se ha dado cuenta de mi ausencia.
—Man, eso no tiene sentido… —dijo Vendetto sin entender nada. Quería saber cuántas cosas habían pasado en su ausencia, quería saber cómo llegó a esto, esto a su vez, muy en el fondo, le hacía sentir culpable.
Él se había olvidado conscientemente de ellos, no quería volver a encontrarse con ellos, no quería topárselos, porque eso significaría encarar a aquel que era su padre… No lo soportaba, pero si esto lo involucraba de alguna forma, significaba que tal vez, ¿su ausencia permitió todo esto? No quería pensar en eso, era mejor ir un paso a la vez.
—¿Entonces quién…?
Alfem solo lo miraba fijamente. No sabría cómo reaccionaría al decirle quien era el culpable.
—Eso ya no importa… —respondió como dando un suspiro, dejando atrás los recuerdos que vinieron con esa pregunta— Además, creo que ya se aclaró esto, ahora le debes una disculpa a la señorita presente.
—¿Por qué demonios me tengo que disculpa…?
—Por supuesto que se disculpará de inmediato —interrumpió una de las demonios que acompañaban al rubio, la de pelo castaño, con una gran sonrisa, lo agarraba del pelo, para que inclinara su cabeza junto con su cuerpo entero.
—Ver, ¿Qué haces…? —gruñó Vendetto.
—¡Acaso has olvidado porque hemos venido aquí! —le susurró.
Él dándose cuenta de lo que pasaba, solo guardó silencio, agachando la cabeza. Por fin recordó la razón por la cual estaban aquí, no podía permitir que algo así se interpusiera ante una posibilidad de empleo. Tenía que ser profesional.
—Él siente mucho todo este alboroto que ha provocado —insistió la demonio que llamaron Ver—, lamentamos mucho todo esto, nunca fue nuestra intención ofenderlos, simplemente este chico se deja llevar muy rápido, solo queremos hablar un poco con sus jefes, y después disfrutar de las cosas que ofrece este hermoso sitio. Eso es todo.
—¿Quiénes son ustedes exactamente? —dijo Froze mucho más tranquila y serena.
—Nosotros somos mercenarios —dijo felizmente la demonio de pelo rosa.
—¿Mercenarios? —contestó una incrédula Froze.
—Tal como dijo mi compañera, somos mercenarios en busca de nuevas oportunidades de contrato, ellos son Laurentia y Vendetto, y mi nombre es Ver Million —dijo estando todos más tranquilos, pero ella aun estando un poco nerviosa, de esto podría marcar una diferencia si querían promocionarse en ese mundo—. Como verás, este mundo es pacífico, pero hay que estar preparados por cualquier eventualidad, y en vez de arriesgar la vida de sus propios habitantes, es mucho mejor contar con gente externa. Vez, no somos tan malos, solo queremos hacer negocios.
Aun con aquella explicación, aquella ángel no estaba tranquila, para ella eran posibles enemigos. Los mercenarios no tienen bandera ni lealtad, solo se venderán al mejor postor, o al menos eso es lo que ella pensaba. Al notar esto, Alfem comenzó a intervenir, no quería más alboroto de lo que ya había creado.
—¿Por eso preguntaban por mis señora Etihw y mi señor Kcalb?
—Correcto… ¿Emalf…? ¿Verdad? —dijo Ver un poco dubitativa, pero sin dejar de sonreír.
—Por favor llámame Alfem o Alf, realmente no me gusta que me llamen de la otra manera —afirmó un poco disgustado—. Hay una razón, pero por favor no pregunten por eso.
—Comprendo Alf. Ahora que estás más tranquilo. ¿Podrías llevarnos con sus líderes? —preguntó Ver muy cortésmente— Como ya sabes, no somos de aquí, y no queremos perdernos.
—Sobre eso…
Volteando su cabeza para mirar fijamente a Froze, haciendo que esta se sintiera incómoda por lo que iba a venir.
—¿Podría la señorita Froze llevar a estas personas al salón gris?
—¿Por qué debo hacerlo yo? —reclamó sin perder su habitual templanza— Llévalos tú, al menos conoces a uno de…
Antes de poder terminar su frase entendió por qué realmente se lo pedía, no era solo porque tal vez también tenía mucho trabajo, como ella, sino, era por la misma razón que ella lo reprendía, no debía sentirse listo para estar cerca de él. Ella lo entendió rápidamente, después de todo, ella era la responsable de ayudarlo en estas circunstancias.
—Está bien, yo los guiaré.
Realmente no quería ayudarles, pero era mejor que ella los vigilara; si ellos no tenían buenas intenciones, al menos se aseguraba que nada raro pasaría, además de comprobar si Alfem sería capaz de afrontarlo.
—Muchas gracias, y perdón por las molestias causadas por mi colega —dijo Ver al notar que ya estaba todo decidido.
—Por el momento, yo me despido —dijo Alfem—, espero que los atiendan, adiós.
—Espera un poco —dijo Vendetto antes que se fuera—. Me debes una explicación.
—No te debo nada, tú fuiste el que desertó —dijo mirándolo con desdén—. Tal vez sí tienes suerte, una vez que se esconda el sol, puede que me encuentres en algún lugar. Sí te das un paseo por la aldea, tal vez te hagas una idea.
Así se retiró en una lengua de fuego para ya no ser interrumpido, dejando solo incertidumbre a aquel que solo le traía un sabor amargo a la boca.
—Por favor, síganme, es por aquí —dijo Froze entrando al gran castillo.
¹ Es un error común pensar que su nombre verdadero es Adauchi (仇討), digo esto porque en el tiempo cuando escribí esto su nombre aún era desconocido. Vendetto es como la traducción de Adauchi, para que el chiste que aparece en su descripción en la sala bonus tenga sentido.
