3. Nada está bien
Los siguientes días toda la familia al igual que yo, entramos en algo así como piloto automático. Comíamos, dormíamos, íbamos a la escuela y hacíamos nuestros deberes. La imagen del abuelo en su ataúd estaba demasiado presente todavía en nuestras mentes y en nuestros corazones como para dejarla ir. Recordarlo con los ojos cerrados dentro de aquella caja me resultaba todavía algo irreal, pues incluso pensaba que no se trataba de Pop—Pop, sino un muñeco parecido a él sin color e incluso más delgado. Habíamos llorado todo lo que tuvimos que llorar, que pensábamos ya no nos quedaban lágrimas que derramar… a excepción de mamá.
Mientras todos nos esforzábamos para continuar con nuestra rutina diaria e intentar superarlo, mamá enfermó de tristeza y es la única forma en que puedo definirlo. El doctor Feinstein le dio una semana para que se repusiera por su pérdida, pero en un par de días se cumplirían tres semanas de la última vez que mamá fue a trabajar. Tres semanas que pasaba en cama viendo álbumes de fotos anteriores al nacimiento de cualquiera de mis hermanas. Tres semanas en que papá junto con Luna y yo nos encargábamos por completo de la comida y con ayuda de la mitad de mis hermanas, del resto de los quehaceres. Casi tres semanas donde lo único que parecía evitar que mamá empeorara eran aquellas pastillas.
—Amor —le llamó papá durante comida tras ver que mamá se tomó una antes de empezar—. ¿Sí te las estás tomando como el doctor te indicó solamente, cierto?
Mamá pretendió que por tener la boca llena no podía contestarle. Cuando terminó de masticar lentamente el bocado y pasárselo, sencillamente tomó otro. Lori a su lado, quien desde lo del abuelo nos había visitado cada fin de semana para ver cómo estábamos, la miró con reproche y temor tras tomar el frasco de pastillas y examinarlo.
—Mamá. ¿Dónde fue que te recetaron estos antidepresivos?
—Hija, por favor. Tengo conocimientos médicos y sé lo que hago.
Con ello pretendió zanjar la discusión. Indignada y con justa razón, Lori sorprendida vio esta vez a papá que congelado en su lugar quedó con el bocado en el tenedor a medio camino de llegar a su boca. El mensaje de mi hermana era implícito: "Tu esposa se está auto medicando y tú no te enteras de nada".
—¡Mamá, no…!
—¡Cielos! ¡Ya déjenme en paz! —Se exaltó y se cubrió los ojos con una mano—. Miren… hablé por teléfono con el doctor Feinstein. Mañana ya regresaré a trabajar, así que pueden dejar ya de preocuparse por mí. Estaré bien, ¿de acuerdo?
Papá suspiró.
—Eso es bueno, querida. El trabajo te distraerá lo necesario.
Me costaba adivinar si lo decía pensando en lo mejor para ella, o sólo hablaba su preocupación por el considerable gasto que había hecho en los servicios fúnebres del abuelo que había mencionado en días pasados y por los que había discutido con Lori y Myrtle para no involucrar a mamá, con todo y que todos pusimos de nuestra parte para solventar los costos con nuestros ahorros. Prefería pensar que se trataba por ambos casos para no resentirme con él.
Lori parecía indecisa sobre si seguir discutiendo. Miró a Luna, a Leni y a Luan que parecían tan incómodas como ella sin saber qué decir. Con mi cuchara golpeé discretamente mi espacio de la mesa. Ellas voltearon a verme y negué con un gesto, después señalé con la cuchara hacia arriba. Comprendiendo mi mensaje que quería reunirme con ellas más tarde, miraron a Lori la cual asintió de acuerdo conmigo.
Mi propósito era por supuesto organizar todo para el cumpleaños de mamá dentro de dos semanas. Sería el primero que pasaría sin Pop—Pop, su papá, por lo que tendríamos que trabajar adicionalmente por hacerlo especial y tratar que recobrara su buen ánimo.
