43. La advertencia
Los días pasaron y últimamente estaba de mal humor, me refiero a más del que ya estaba de por sí a causa del encierro, las constantes visitas de Bart cuyo desagrado me hacía extrañar al abuelo, la ausencia de papá una vez más, pero también el incidente ocurrido noches atrás con Luan.
De verdad que trataba de olvidarlo y no darle ya tanta importancia, pero me fastidiaba lo que mi hermana sin intención me hizo sentir. En estos momentos la escuchaba junto a Lily y las gemelas hacer una interpretación de sus viejas rutinas como payasa, incluso se había pintado los labios y la cara con el mismo colorete viejo que encontró entre los cachivaches del sótano. Se veía absurda y resultaba a su modo graciosa, incluso para Lynn, pero por muy tonta que se viera, no podía quitarme esa imagen de mi mente de ella sin el maquillaje y técnicamente sin nada.
Tras la interpretación me recosté en el suelo de madera por ahí tratando de evitar deliberadamente tanto a Luan como el rincón del sótano donde se encontraba el espejo en el que mi hermana se miró. Una suerte que Leni lo estuviese ocupando con Lola para confeccionarle nuevas prendas.
—¿Y a ti que te pasa, apestoso? ¿Por qué sigues con esa cara todavía?
De pronto Lynn se recostó junto a mí, apoyándose de costado en su brazo para poder mirarme.
—Nada, es sólo… estoy aburrido y no se me ocurre algo nuevo qué hacer.
Lynn apenas y meditó por un muy breve instante mis palabras.
—¿Quieres ayudarme a montar otras hamacas? Estoy segura que serían más cómodas que el suelo. Así podríamos aburrirnos después los dos juntos.
Me conmovió la preocupación que mostraba por mí, así como me sorprendió también que no me propusiera algún reto de fuerza o resistencia de nuevo. Luan se alejó de mi mente, aunque siguiera presente por ahí.
—Esa… es una buena idea. ¿Qué es lo que me toca hacer?
—Lana dejó sus herramientas en la habitación. Ve por ellas mientras le pido a Leni alguna de esas sábanas y cobijas viejas que espero no necesite.
Me puse de pie y ella me pidió mi mano para impulsarse y hacerlo también. Después pasé a un lado de Lisa enfrascada más que yo en la mañana en sus lecciones de francés, de Leni y Luan, apenas prestando atención al espejo, tal vez de Lucy también, aunque en realidad no la vi.
Luan jugaba con Lily e irremediablemente me detuve frente a ella. Me miró dedicándome una sonrisa.
—Hola Linc. ¿Necesitas algo?
Y finalmente parecía que en ese momento conseguí superar el incidente. Sí. Vi desnuda a mi hermana, ¿y qué? Cosas que pueden suceder y que pasan. La vida sigue y me alegraba poder verla de nuevo como siempre sin formarme malas ideas.
—No, nada. ¿Qué están haciendo tú y Lily?
—¡Somos payasas!
Lily me contestó señalando los garabatos que Luan le había hecho en la cara semejantes a los suyos.
—Formo a una digna sucesora.
Tragué saliva ante la respuesta de Luan. Esperaba que ese fuera el chiste. El encierro sería más complicado con dos prospectos de comediante en el mismo.
—Ya veo. No olvides lavarle bien la cara después.
Luan me hizo una seña militar como si acatara mis indicaciones.
—¿Vas para abajo? ¿Puedes traerme un estuche de maquillaje que dejé sobre la cama?
Atrapamos la atención de Leni, quién se nos acercó.
—¿Podrías traerme también un rollo de tela rosa que dejé? Necesito un poco más para arreglar el vestido de Lola y creo que de ahí pueden agarrar Lynn y tú algo para las nuevas hamacas que me pidió.
Lana apareció repentinamente junto a Lucy.
—¿Puedes traerme una de las galletas que dejé? Necesito un nuevo cebo para la trampa que acabo de afinar con Lucy.
Suspiré. Parecía que de pronto estaba siendo más solicitado que nunca. Tal vez Lynn corrió rápido la voz de que estaba aburrido y por eso las chicas buscaron hacerme sentir útil aprovechando mi estado.
—Está bien, chicas. Espero poder con todo.
Tras tomar otros pedidos de Lucy y Lola, junto al osito de peluche de Lily y una libreta de Lisa, con mejor ánimo bajé a mi reducida habitación y de ahí a la habitación mayor casi corriendo.
A prisa comencé a tomar las cosas que me pidieron cuando de pronto me congelé en mi sitio por la persona que salió del baño en ese momento.
El abuelo me miró ceñudo como de costumbre y luego bajó la vista hacia las cosas que ya llevaba en mano.
—Bon après-midi, grand-père. Je ne savais pas quand tu es arrivé.
(Buenas tardes, abuelo. No me di cuenta cuando llegaste.)
Esperé que con lo que aprendí del francés mi abuelo mejorara su trato hacia mí, pero al igual que una piedra, no parecía demostrar otra expresión más allá de la estoica acostumbrada.
—¿Qué es todo eso que llevas ahí?
Supuse que no estaba de humor para evaluar mis avances con el idioma.
—Cosas que las chicas me pidieron para pasar tiempo en el ático. ¿Cómo te encuentras? Bart mencionó que no te sentías bien.
Gruñó y giró los ojos antes de responderme.
—Estoy bien, niño.
—¿Qué hacías en nuestro baño?
—¿Su baño? Es mi baño, mi habitación, mi ático. Puedo entrar si me da la gana a cualquier parte de mi casa sin tener que darle explicaciones a nadie.
A pesar de su acostumbrado mal genio y que decía estar bien, tenía un ligero tono verduzco en la cara, la cual parecía humedecida como si acabara de mojársela. El carrito con la cena que apenas noté se encontraba en un rincón.
—Bueno… iré arriba a decirles a las chicas que estás aquí para que bajen, sirve que también les dejo esto.
—¿Es que eres algo así como el lacayo de tus hermanas?
—¿Disculpa?
La pregunta me desconcertó tanto como el modo en que me miraba.
—¿Por qué tienes que ser tú el que baje por todas sus cosas? ¿No puede cada una tomar lo que necesita sin que te tengan que enviar a ti?
—No tengo problemas en ayudarles. Son mi familia. Es lo que hago.
—Sí. Puedo darme cuenta de ello cuando estoy aquí. Pareces del tipo ya acostumbrado a siempre dispuesto a darles una mano… para que a su vez ellas te tomen del brazo.
Resentí sus palabras. Podía entender a lo que se refería, pero no quería darle el gusto de decir que tenía razón. La verdad es que en más de una ocasión sentía que mis hermanas abusaban del aspecto en que siempre podían disponer de mi ayuda cuando la necesitaran, aun cuando tenía otras cosas qué hacer, por no mencionar que los métodos que usaba a veces para liberarme de algún compromiso con ellas en ocasiones llegaba a volverse en mi contra. Ciertos incidentes pasados afloraban en mi mente, cosas que no quería recordar. Puse las cosas sobre una cama presintiendo que tenía que dejarle algunas cosas en claro.
—No nos conoce tanto como cree. Además, mis hermanas muchas veces compensan mi ayuda.
Su expresión confiada pareció alterarse.
—¿En serio? ¿De qué manera?
—Pues… cosas. Me ayudan con cosas que necesito. También a mí me dan una mano en algo. Saben cómo acercarse a mí.
—¿Qué tanto se te acercan a ti?
—Pues… mucho.
Se llevó una mano al mentón pensativo.
—¿Ojos de cachorro? ¿Interrumpir en tu habitación cuando te necesitan? ¿Tal vez pedirte que seas su compañero de actividades?
Daba miedo la manera en que acertaba en cómo mis hermanas se comportaban en ocasiones conmigo, ¿es que papá le contaría algo de eso? Seguramente lo hizo, por lo que no había caso negarlo.
—Sí. Sobre todo eso, en especial lo de los ojitos de cachorro. Es algo a lo que no puedo resistirme.
—¿De qué otras maneras te han coqueteado o intentado seducirte?
Me sonrojé tan violentamente como me indigné ante su horrible insinuación. Lo encaré molesto olvidando que se trataba de la figura amenazante con la que debería irme con cuidado.
—¡De qué rayos estás hablando! ¡Mis hermanas no hacen eso conmigo! ¿Estás loco?
No pareció inmutarse ante mis gritos. Continuaba mirándome al igual que Lisa a un espécimen de estudio.
—Todas las mujeres son iguales, niño. Conocen muy bien los encantos que tienen y cómo usarlos para conseguir lo que quieren con los hombres, pues saben que son nuestra mayor debilidad. Los hombres más fuertes no son lo que tienen más músculos, sino los que tienen más cerebro y pueden darse cuenta cuando son manipulados para evitarlo.
—Yo no… Ellas no me…
—Ellas tienen armas y nunca dudarían usarlas para algún fin. El que seas parte de su familia no significa que harían una excepción contigo.
—Ellas no son malas. Son niñas buenas.
—No todas lo son. Además, cuando dejan de ser niñas aprenden a ser malas. Incluso desde antes pueden aprender si las mayores les enseñan, como esa mocosa rubia de… ¿Lana? No. Lola. Es un claro ejemplo de lo que digo.
Tenía que reconocer que Lola a veces tenía un comportamiento severamente cuestionable. Cerré los puños con frustración al no ocurrírseme una manera de poder defenderla. El abuelo continuó mirándome esperando por alguna reacción de mi parte.
—¿Por qué me dices todo esto? Aun si tuvieras razón, ¿qué más te da a ti como me tratan mis hermanas?
—Porque no quiero que bajo mi techo suceda alguna situación aberrante de nuevo. No puedo vigilarlos todo el tiempo, así que por lo menos espero que en esa cabeza tuya entre el sentido común suficiente para que las detengas cuando intenten buscar de ti algo más que tus servicios de criado.
—Estás enfermo, viejo.
En otras circunstancias de verdad que estaría aterrado por él y nunca me habría atrevido a hablarle de esa manera a riesgo que me dejara en el suelo peor que las gemelas, sin embargo al entender sus insinuaciones, estaba colmando mi paciencia como lo hice con la suya. De pronto con una mano me tomó por el frente de la camisa y me asió hacia él para verme de frente.
Mantuve mis ojos abiertos, pues si iba a darme una paliza, no le daría el gusto de cerrarlos demostrándole miedo. Que viniera lo que tuviera que venir. Pude sentir su aliento en mi cara cuando me habló.
—Tal vez la enfermedad sea de familia, pero créeme que no viene de mi lado… y confío que tengas lo suficiente de mí para que tú tampoco tengas la locura de los auténticos Silence que tu padre terminó por heredar.
—No soy un Silence. Soy un Loud.
Sonrió con ironía ante mi despectivo.
—Sí. Eres un Loud tanto como yo soy un Silence. El apellido no significa tanto para mí como crees que me gusta pensar… pero por otro lado… la sangre.
Con la otra mano pasó sus dedos sobre mi mejilla haciéndome sentir bastante incómodo. De pronto me soltó con un empujón y se dio la vuelta dejándome temblando.
Colocó las cosas de la comida pasada en el carrito ya vacío tras dejar en una mesita la cena. Antes de marcharse, se dio la vuelta y me miró con una expresión dura.
—No bajes la guardia ante ellas, hijo mío. O acabarás tan mal como lo hizo tu padre cuando lo hizo ante su propia prima. La mayor arma de las malas mujeres, es el saber aparentar demasiado bien que son buenas.
Y tras escupirme su veneno, se marchó antes de que se me ocurriera algo para responderle.
Cuando subí de regreso al ático con dificultad por todas las cosas que llevaba, las chicas se aproximaron para tomar lo que necesitan agradeciéndome y regresando a lo que estaban haciendo. Lynn miró las sábanas que llevaba.
—¿Por qué tardaste tanto, apestoso?
—El abuelo me entretuvo. Acababa de llegar para dejarnos la cena en la habitación y lo entretuve hasta que se marchó..
Chistó con disgusto.
—Bien, al menos no tuvimos que verle la cara a ese viejo horroroso. Gracias por cubrirnos, Linc.
—Sí, gracias por soportarlo por nosotras —Luan mencionó—. A eso lo llamo un gran sacrificio.
Lucy asintió.
—Es verdad. Se te agradece el sacrificio que brindaste por nuestro bienestar, hermano.
—Gracias, Linky —Lola continuó seguida de Lana.
Todas las chicas me sonrieron agradecidas como si lo que hubiese hecho fuese la gran cosa, incluso Lynn me miraba de una forma curiosa conforme montábamos juntos las hamacas.
Todo eso me hizo sentir muy bien y especial como de costumbre ante lo útil que veo puedo serle a las chicas. Lily se acercó hacia mí y me abrazó con otro peluche mostrándome una mejora que Leni le hizo, aunque su expresión embellecedora me recordó mucho a la misma que Lori hacía cuando a Bobby le… ¿coqueteaba?
Miré a Luan que tras darse cuenta que la observaba, me miró sonriendo de la misma manera. Recordé una vez más el incidente de hace unas noches y me sentí de nuevo angustiado. ¿Acaso ella…?
No.
Mis hermanas eran buenas y me amaban del mismo modo que yo a ellas.
No tenía motivos para prevenirme ante las tonterías y ridiculeces que salieron de la boca de un anciano gruñón lleno de malos pensamientos.
