N/A: Feliz cumpleaños querida amiga. Tqm 3.

N/A2: Para quienes no han leído "Tu Verdugo", "El Diario de una Máscara" y lo que va de "Fragmentos de otro yo", este capítulo parecerá muy extraño. Perdonen, pero así estaba pensado desde un inicio :(

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18. Me quedo

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Pasó la noche del domingo devorando cada libro existente en la sección prohibida, como un maldito ratón de biblioteca, tratando de encontrar algo que le permitiera torcer el juego a su favor. Porque no. No creía las palabras de ella. Estaba seguro de que, si efectivamente hubiera nacido antes, ella sería de él y de nadie más. Por algún motivo, estaba convencido de que lo único que impedía que ella le correspondiera era su puta edad. Nada más.

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Hermione Granger solo se estaba conformando con su padre.

Eso tenía que ser.

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–Es una pésima idea –una voz grave lo hizo dar un brinco de la silla donde se encontraba sentado y caer junto al libro de viajes en el tiempo que sostenía entre manos.

Luego de soltar una hilera de maldiciones por el susto y por el golpe en el coxis, Scorpius elevó su mirada filosa hacia el causante del accidente. Un hombre alto y fornido enfundado de ropas negras que se mimetizaban con la oscuridad. No veía su rostro, pero podía advertir que tenía facciones cuadradas y unos ojos que brillaban en la oscuridad, tan hipnóticos como escalofriantes. Por instinto, experimentó un súbito temor, que su orgullo rápidamente tragó en un semblante indiferente bien ensayado.

–¿Quién eres? ¿te mandó mi padre acaso? –espetó levantándose y tomando unos pasos de distancia del sujeto, sacando su varita para protegerse de él.

–Claro que no, Scorpius –respondió el otro, sin verse afectado por su reacción–. Tu odio hacia él es un bicho insignificante si lo comparo con cuánto lo detesto. Ergo, no me mandó él ni nadie. Sólo vengo a evitar que cometas un error. A ayudarte a hacer las cosas bien.

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¿Cómo sabía su nombre? ¿Cómo había entrado al castillo sin ser detectado? Una puntada de desconfianza aquejó sus pulmones, mientras observaba como el hombre se acercaba hasta que la varita desenfundada le quedó incrustada en el hombro izquierdo.

–Baja eso –añadió, con un tono burlón que disfrazaba una amenaza–. Te vas a picar el ojo.

Scorpius dejó caer lentamente su muñeca, aún indeciso si seguir entablando una conversación con ese completo extraño o bien, arrancar lo más lejos posible de su vista. Nada bueno podía resultar de eso, pensó. Ya era extraño que un alumno estuviera ahí en plena noche, iluminado por una insignificante vela, para que dicho panorama se volviera aún más sospechoso con alguien que no era ni estudiante ni profesor. Además, la sala se encontraba insonorizada, así que, si las cosas se tornaban color hormiga, nadie escucharía sus gritos.

–¿Quién eres? –repitió a la defensiva, estrujando la varita entre sus dedos, aunque ahora apuntaba al piso.

–Un viejo amigo de tu padre o, mejor dicho, un viejo enemigo –respondió él con una torcida sonrisa–. Tengo cuentas pendientes con él. Unas que traspasan cualquier universo o realidad.

Scorpius frunció el ceño, confundido.

–¿Qué pretendes?

El aludido tomó asiento donde solía estar Scorpius y con un ademán de mano, le indicó al joven que se posicionara al otro extremo de la mesa. Scorpius avanzó vacilante hasta llegar a aquel sector y poco a poco, flectó sus rodillas para quedar sentado frente a él. Sus ojos se engancharon entre sí, como dos piezas de un engranaje. "Extraño", comentó en su cabeza el muchacho. Aquel hombre parecía tener orbes tanto verdes como avellanas.

–Arruinarle la vida. Arruinarle cada una de sus vidas –respondió como si nada él, sacándolo de sus pensamientos–. Eso pretendo, Scorpius.

–Toma turno –bufó el rubio exasperado, cruzándose de brazos sin percatarse del plural utilizado en aquella frase–. Hay fila.

El hombre sonrió y se agachó hacia un lado para recoger el libro que yacía en el piso gracias al pequeño incidente de hace unos minutos. Examinó sus páginas con detención, las cuales eran tan antiguas que al pasarlas su fragilidad provocaba que los bordes se deshicieran como hojas en pleno otoño.

–Viajar en el tiempo no te ayudará –comentó el desconocido, mientras con su índice dibujaba las letras de su título–. Si hay un mínimo cambio en la historia, puede que no nazcas y termines logrando tu propia desaparición. Te creía más inteligente niño.

–¿Cómo...?

–Si lo que quieres tan desesperadamente es tener una oportunidad con ella –prosiguió, ignorándolo–, lo más seguro es cruzar a otro mundo, otra realidad, no viajar en el tiempo.

Luego de un momento de perplejidad por cómo aquel extraño parecía estar al tanto de su vida y sus planes, Scorpius soltó una risotada, retornando rápidamente a una expresión severa y desafiante.

–¿Otro mundo? –espetó ceñudo–. No sé por qué pierdo mi tiempo escuchando imbecilidades.

Se levantó sin otra palabra. ¿Qué clase de loco se había topado? De seguro era peligroso y debía alejarse lo antes posible. Aunque no le sorprendía. Su padre tenía la capacidad de arruinarle la vida y la mente a su entorno, así que este sujeto no debía ser más que otra víctima en su lista de errores y pecados.

Procuró avanzar a largos trancos sin mirar atrás, sin embargo, antes de lograr salir de la sección prohibida, percibió como el hombre lo tomaba del brazo para detener su escape y susurrarle al oído.

–¿Has oído hablar de los universos paralelos?

No alcanzó a responder.

La sensación de ser engullido por un hoyo negro lo jaló desde los zapatos hasta la última hebra de su cabello, y por un instante, Scorpius creyó que moriría. Sentía como sus órganos internos trataban de atravesar su piel para desparramarse en el espacio. Es más, estaba seguro de que perdió la consciencia al menos por un segundo un par de veces, hasta volver a sentir tierra firme bajo sus pies.

–¿Qué mier…?

El muchacho no alcanzó a terminar su frase antes de que la cena trepara desde su estómago hasta su garganta, expulsándose en el árbol más cercano. Una vez que Scorpius terminó de vomitar, se percató de que ya no era de noche, sino de día. Y que no se encontraban en Hogwarts, sino al aire libre, en un lugar completamente ajeno a él. Incluso parecía otro país.

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Mierda, completó en su cabeza.

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–¡Dónde demonios me trajiste! –farfulló, tan indignado como asustado, ya que según tenía entendido, el castillo, y particularmente la sección prohibida, estaban totalmente protegidos para que alguien pudiera intentar cualquier clase de aparición.

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Eso quería decir que el mago a su lado no era cualquier mago.

Debía ser muy poderoso para haber logrado evadir esas protecciones milenarias.

Y peligroso.

Muy peligroso.

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El hombre no le respondió. Solo le entregó un pañuelo para que limpiara los restos de su exabrupto y a continuación apuntó hacia el frente. La mirada de Scorpius siguió la dirección hasta toparse con una imagen que le arrebató el aliento como una buena patada en los testículos. Ahí, sentada en los primeros peldaños de una escalera que llevaba a un edificio con columnas en su fachada y con pendones color carmesí, se encontraba ella.

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Era ella.

Pero a la vez, no lo era.

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–No puede ser... –exhaló pasmado.

–Mis habilidades en comparación a Chronos son insignificantes, pero aprendí a moverme a voluntad entre universos.

Scorpius tragó espeso, aún sin comprender bien qué le estaba tratando de transmitir aquél hombre. ¿Quién diablos era Chronos? ¿Quién diablos era él? Pero tales preguntas solo quedaron en el fondo de su consciencia, al ver como la muchacha parecía estar tan imbuida en ese libro que reposaba en su regazo, que solo le podía recordar a una persona.

–¿Es…? –preguntó descolocado.

–¿Hermione Granger? Sí, es ella. ¿La misma que conoces? No. Es otra versión, pero todas tienen la misma esencia, al fin y al cabo.

Scorpius boqueó unos instantes, tratando de darle sentido -sin éxito- a lo que estaba presenciando.

–No comprendo.

El hombre soltó una risotada.

–No te lo reprocho. Eres un simple humano. Pero trataré de explicártelo en simple –esbozó con tedio–. Te traje a un universo paralelo. Listo. Es lo más que puedo hacer. Cualquier otra explicación te confundirá más y, honestamente, no me agradas lo suficiente como para perder saliva tratando de dibujarte cómo funciona esto. Tan sólo cree lo que los sentidos te muestran. Es ella.

–¡Deja de joderme y dime qué mierda pasa! –respondió estresado, en un gruñido que solo terminó por sonar a súplica.

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Todo le daba vueltas.

Nada tenía sentido.

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–Esa mierda pasa, Scorpius –contestó a su vez el hombre–. Estamos en un universo paralelo de una Hermione Granger de dieciocho años que está en su primer año de universidad y que no conoce ni por asomo a Draco Malfoy por la sencilla razón de que nunca fue a Hogwarts porque Hogwarts no existe. Esta Hermione se ganó una beca en Harvard y se cambió de continente para estudiar.

Por segunda vez en menos de una hora, Scorpius se había quedado boqueando sin palabras.

–Me estás tomando el pelo –atinó a murmurar.

El hombre parecía estar perdiendo la paciencia, pues su mandíbula cuadrada se rigidizó a la vez que lo tomaba por las solapas de la túnica hasta dejarlo a centímetros de su rostro.

–Me estás exasperando chico, pero trataré de iluminarte un poco más sin asesinarte en el proceso –esbozó entre dientes–. Hogwarts no existe porque en este universo no hay magia. A decir verdad, este es el único de todos los universos existentes donde cada uno de los habitantes del planeta son muggle. Sueñan con la magia, escriben sobre ella, pero son incapaces de conjurar algo porque no son seres mágicos. Solo es ficción para ellos. Una linda pero imposible ficción. Nadie recibe una carta el primero de septiembre. Todos humanos corrientes.

–¿Y cómo tú pareces conservar tu magia acá?

El hombre levantó una ceja. Parecía ofendido.

–Yo no soy humano, chiquillo. Dejé de serlo hace mucho tiempo.

Scorpius tragó espeso, sin poder procesar esa información.

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Si no era humano, ¿qué demonios era?

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Su mirada se desvió y vagó hasta la silueta que tenía unos metros al frente, sentada y tan concentrada que no parecía reparar en lo que ocurría en su entorno.

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Maldición.

No lo podía creer.

No podía ser real.

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Pero sus ojos le estaban demostrando lo contrario. Efectivamente esa muchacha era la copia exacta, pero joven, de aquella profesora que tanto lo enloquecía. Sus curvas no estaban tan acentuadas y aún conservaba cierta redondez en las mejillas, pero el resto era prácticamente lo mismo. Su cabello ondulado. Esa piel que a lo lejos adivinaba suave…

–Te ofrezco dejarte aquí –el sujeto interrumpió sus divagaciones, mientras lo liberaba de su agarre–. Aquí, tienes una oportunidad con ella, tal como deseabas. Eso sí, si te quedas, no podrás hacer nunca más magia, pero créeme que es una realidad más amable donde puedes partir de cero. Y como bonus track, enloqueces de culpabilidad a tu padre con tu desaparición. Es una situación ganar / ganar. Para ti, porque es un nuevo comienzo, dado que no hay nada ni nadie que realmente te importe en tu propio mundo, ¿o sí? Y para mí, porque lastimo a tu padre... ¿Qué dices?

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–No tenías que venir conmigo. Puedo cargar mis cosas, no son tantas.

Hermione soltó la frase reprimiendo una sonrisa al verlo entrar a su despacho cargando una caja de cartón donde estaban sus ítems esenciales. Sus papeles, pegatinas de colores para identificar urgencias, un montón de destacadores de distintas tonalidades, un par de retratos y un cactus de decoración, que le regaló su madre ya que era incapaz de cuidar plantas de manera consistente.

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Suspiró.

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El rubio había insistido en acompañarla a su oficina en su primer día de regreso al Ministerio para ayudarla con sus cosas, aunque bien sabía que lo fuerte, sus libros, serían despachados por un flete especial. Es más, notaba que desde la noche que compartieron en el Waldorf, y más precisamente desde la mañana siguiente, él no se le despegaba como si temiese que se le fuese a perder.

–Tonterías –espetó Draco, dejando la caja a un costado–. Si no venía, ¿cómo íbamos a inaugurar tu escritorio? –agregó, descansando su retaguardia en la orilla del mueble y dándole palmadas a la madera de forma sugerente.

–Maldición Draco –contestó ella, aparentando sentirse ofendida–. ¿Solo piensas en eso? ¿En mancillar mi escritorio?

–No –replicó él, pasando su mano derecha para echar atrás su cabello, y Hermione se perdió unos instantes apreciando como estiró su cuello, reprimiendo las ganas de marcarlo–. Ahora que veo tu sofá, se me ocurren un par de ideas sobre cómo aprovecharlo. Tu despacho es un mundo de posibilidades, cariño.

Hermione rodó los ojos y lo empujó para quitarlo de su bufete, colocándose manos a la obra para empezar a dejar listo su nuevo lugar de trabajo, ante la atenta mirada de su… ¿qué eran? ¿novios? ¿amantes? ¿algo entre medio? No sabría definirlo. La declaración fue que "estaban juntos", pero eso no estaba bien delimitado y no habían vuelto a tocar el tema desde que ella se puso territorial en plena cena de beneficencia para evitar que fuera subastado como un vil trozo de carne. Ugh. Hermione odiaba las escenas de celos, pero la situación había hecho que todo su lado visceral floreciera.

–Pórtate bien –ordenó, tratando de empujar al fondo de su cerebro todas las preguntas que la inundaban–. Me tomo muy en serio este puesto. No puedo arriesgarme a que el primer día me encuentren "inaugurando" el mobiliario, Draco, por muy tentador que sea.

Ella esperaba que lo último le sacara al menos una mirada cómplice, pero él no estaba en este universo. Su mirada se había perdido en un punto de la pared opuesta y parecía tan distraído que Hermione dudaba que recordara dónde se encontraba en estos momentos. Un incipiente ceño fruncido comenzó a dibujarse en sus pálidas facciones.

–Algo te molesta y no poco –soltó ella, un poco preocupada por el diametral cambio de ánimo– ¿Quieres hablar de ello?

Él parpadeó volviendo en sí, comenzando a negar con la cabeza para desestimar sus preocupaciones.

–No pasa nada –contestó de manera poco convincente–. Solo estoy cansado.

Hermione exhaló todo el aire de sus pulmones, tratando de controlar la irritación que le provocó esa respuesta. La falta de comunicación y transparencia era lo que había quebrado su relación con Ron, y no estaba dispuesta a seguir por ese sendero otra vez.

–Presiento que no estás siendo honesto –le dijo–. Si quieres que realmente me embarque en esto tienes que empezar a aprender a hablar abiertamente conmigo. No voy a perder tiempo tratando de adivinar qué estás pensando como una adolescente–le advirtió–. Ya estoy demasiado grande para eso. Necesito saber si algo está mal y conversarlo si es el caso.

Draco pareció titubear, como si su cabeza estuviera batallando en decidir si debía pronunciar las próximas palabras o no. Finalmente, gruñó rendido.

–A riesgo de sonar como un absoluto imbécil… la imagen de Nott y tú trabajando juntos, no me gusta para nada.

Ella lo miró extrañada.

–¿Por qué?

Fue ahora él quien exhaló con firmeza. Parecía enojado consigo mismo y Hermione podía percibir esa frustración atravesar sus poros y estrellarse en las paredes.

–Digamos que tengo demasiada historia con él y me había propuesto eliminarlo de mi vida. Pero ahora que será tu colega, inevitablemente estará en ella y me saca un poco de mis cabales.

Hermione asintió, aunque estaba confundida. ¿Qué sería tan grave como para ponerlo así? No quiso preguntar, aunque la curiosidad la carcomía. Así que, tratando de calmar las aguas, se acercó hasta el rubio y lo abrazó por encima de los hombros.

–Ya, pero no trabajará contigo como para que te altere tanto –esbozó, tratando de bajarle el perfil.

–Pero contigo sí –replicó, aún más ceñudo–. Y en lo que a mi respecta, eres parte de mi vida y no pretendo dejarte ir.

El corazón de Hermione se saltó un latido. A pesar de que desde que ese hombre se había quitado todas las máscaras le declaraba a viva voz que la quería a su lado, cada vez que lo hacía no dejaba de alterar sus hormonas como si cada vez fuera la primera vez. Nunca se acostumbraría a las demostraciones de ¿deseo? ¿cariño? de Draco Malfoy.

–No sé si sentirme halagada o amenazada –soltó juguetona.

–No es un halago ni una amenaza. Es un hecho.

La seguridad en su tono de voz le había encrespado, cambiando su ánimo en un chasquido. No le gustaba que él creyera que podía dominarla. Ella aún tenía el poder en esto que denominaron "estar juntos", y Hermione no quería que él pensara que la tenía en el bolsillo, aunque en parte fuera así. Además, ella no le pertenecía a nadie y después de tanta toxicidad en los últimos meses, no estaba en sus planes involucrarse en una relación virulenta y demandante. No es que la actitud de él estuviera por ese sendero en la actualidad, pero Hermione sintió la necesidad de ponerle freno a cualquier connato de ello.

–¿Y si un día no quiero más? –lo toreó, soltándolo para tomar distancia.

Los ojos grises de Draco brillaron como metal al sol para luego apagarse como dos piezas de concreto. Hermione reprimió el impulso de pedirle disculpas por lo dicho. Parecía que todo este tema con Theodore Nott le traía los peores recuerdos y que su respuesta, solo le había dado la estocada final a su estado anímico, tal vez, aumentando las inseguridades de aquel hombre que, por lo general, se desenvolvía por el mundo como si le perteneciese.

–Me costará –esbozó él, con voz gélida, después de un lato silencio–, pero eventualmente tendré que aceptarlo, si eso es lo que decides.

Hermione no tuvo tiempo para tratar de enmendar el rumbo de la conversación. Draco sencillamente se despidió con un movimiento de cabeza y, con un "que tengas un gran día Granger" a la pasada, desapareció del despacho, sin esperar una respuesta, como si estuviese tratando se protegerse de ella. Por su parte, Hermione quedó con dos balas pasadas que le dejaron un mal sabor, ya que:

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1.- No le había dado un beso de despedida.

2.- La había tratado por su apellido.

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Había escuchado el ofrecimiento, pero Scorpius no se molestó en responderlo. Como un zombie, sus pasos se dirigieron hasta la muchacha para verla más de cerca y asegurarse que no era todo un maldito oasis. Una ilusión fabricada a medida para satisfacer sus deseos. O tal vez, un acceso de locura en medio de la desesperación.

–Hola, ¿te puedo ayudar en algo?

La voz de esa Granger lo hizo reaccionar. Tan sumido iba en sus pensamientos que no se percató que se había acercado más de la cuenta, quedando frente ella, tapándole el sol con su cuerpo y, por lo tanto, obstaculizando su lectura.

Scorpius tardó unos segundos en contestar. Su intención original era verla un poco más de cerca, no interactuar inmediatamente con ella, así que ahora tendría que improvisar, aunque la sonrisa amable de esa Hermione, quien había formulado la pregunta con total inocencia, no se lo hacía fácil.

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Recién conocía a esa versión y ya lo había encandilado.

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–Scorpius Mal... Greengrass. Scorpius Greengrass –se presentó, estirándole la mano.

–Hermione Granger –respondió ella, estrechándosela–. ¿También es tu primer día en Harvard?

–No, no vengo a estudiar acá –confesó–. Pero es mi primer día en este mundo, si de algo sirve –añadió.

Ella lo miró sorprendida y luego dejó escapar la risa más tierna que en su puta vida Scorpius Malfoy había escuchado.

–Eres gracioso, Scorpius ¡Pues bienvenido a este mundo! A veces te patea en el suelo y es difícil, pero generalmente todo estará bien sin te mantienes firme y positivo –expresó sin dejar de sonreírle, hasta que miró su reloj de pulsera y se percató de la hora–. ¡Oh diablos! Tengo que ir a mi próxima clase. Un gusto.

Esa Hermione Granger rápidamente colocó todas sus pertenencias en el bolso que estaba a sus pies y se lo echó al hombro, dispuesta a correr escaleras arriba para no atrasarse. Cuando sus pies estaban por tocar el último escalón, el muchacho reaccionó.

–¡¿A las nueve?!

Ella se giró y lo observó extrañada. Scorpius, sin romper el contacto visual y demostrando su usual galantería, subió también las escaleras hasta quedar a su lado.

–Una cena. Tú y yo –soltó como toda explicación.

La muchacha retrocedió un paso ante la osadía de su interlocutor. Desconfianza chispeaba en sus orbes marrones.

–Pero... ¿de qué estás hablando? Apenas te conozco.

–Tienes razón. Entonces partamos por un café. Regálame tu tiempo y tomemos café juntos hasta que me conozcas y quieras salir conmigo.

Ahora la mirada de ella era confundida, y Scorpius no la culpaba. ¿Quién en su sano juicio hacía lo que él estaba haciendo? Nadie, pero él ya no quería perder más el tiempo en planificar y complotar. Quería actuar según le dictaran sus entrañas. Y sus entrañas querían conocer lo antes posible a esa versión de Hermione Granger.

–¿Por qué quieres salir conmigo? Literalmente me acabas de conocer –preguntó ella, escudriñándolo con la mirada.

–Porque eso me bastó para querer conocerte más, ¿flechazo a primera vista le dicen? –explicó él, agregando inmediatamente–, pero entiendo tu reticencia. El mundo es un lugar perverso y no se puede confiar en nadie. Pero te prometo que no tengo otras intenciones que conocerte.

Ella lo miró en absoluto mutismo y Scorpius podía ver cómo su cerebro hacía cálculos de riesgo. Luego, ella miró otra vez su reloj solo para torturarse de que ya no llegaría a la hora a su clase, bufando exageradamente. No obstante, Scorpius no estaba del todo desesperanzado con su reacción, pues perfectamente podría haberle dicho que no tan pronto oyó su proposición. Pero ella aún no se pronunciaba. Lo estaba pensando.

–A las siete acá mismo, a la salida de mis clases –concedió finalmente, aunque estaba seria, aún no muy convencida de su propia decisión–. Una gaseosa en un lugar público. No me gusta beber café tan tarde, me desvelo. Y déjame decirte que tengo cinturón café en Taekwondo, así que ni pienses en hacer algo extraño.

Y se marchó, desapareciendo su figura en el interior de dicha facultad.

Scorpius podía sentir como se formaba en su cara la sonrisa más estúpida de la raza humana, pero no le importó. Desconfiada y todo, esa Hermione Granger accedió a verlo esa tarde. Esa Hermione había decidido darle una oportunidad, aunque fuera para tomar una bebida en la escalera. Esa Hermione no le había cerrado la puerta en las narices como su profesora, por lo que, a su juicio, se comprobaba su teoría.

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Su maldita edad era lo que le jugaba en contra.

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–Veo que tomaste una decisión.

La voz del hombre llegó desde el costado izquierdo y Scorpius lo miró con suspicacia. Nunca lo veía venir. Era un maldito y sigiloso gato.

–Háblame sobre la letra chica –le dijo–. Qué otros contra hay a parte de la falta de magia.

El sujeto se llevó la mano al mentón, pensativo, como si realmente estuviera sopesando la parte mala de su trato.

–Bueno. Este universo avanza más rápido que el tuyo. Un día de tu mundo equivale a un mes de acá. Por lo tanto, para que tu padre sufra tendrás que esperar. Lo bueno es que se trata del más joven de los universos, el más nuevo, por eso Granger tiene casi tu edad.

–¿Solo eso? ¿Esa es la letra chica? –quiso asegurarse el rubio–. Me cuesta creerlo.

El hombre se encogió de hombros.

–Bueno, y que no tendrás a nadie –añadió sin darle mucha importancia–. Estarás por tu cuenta. Tendrás que hacerte toda una vida por tus propios medios. Puedo ayudarte con algunas cosas básicas como, por ejemplo, darte existencia legal acá y otras banalidades, pero acá tendrás que rascarte con tus propias uñas.

Scorpius dejó escapar un suspiro, ¿triste? ¿resignado? ¿ambos?

–Nunca he tenido a alguien realmente –comentó–. Así que no lo veo como un contra.

–¿Entonces? La oferta es solo por hoy.

La cabeza del muchacho se giró para mirar por última vez en la dirección por donde ella había desaparecido. Quizás estaba loco, quizás era imprudente, o quizás realmente no le importaba su jodida vida. En ese momento se dio cuenta que su existencia hasta ahora había sido avanzar por inercia, encapricharse, obtener y seguir adelante, sin que nada ni nadie le diera la suficiente satisfacción como para sentirse feliz, contenido.

Si bien reconocía que la obsesión con su profesora no podía ser algo que le trajera dicha, al ver esta nueva oportunidad que se abría frente a sus ojos con su versión joven e inocente, sentía que se le había formulado una promesa de cambio, de propósito, que no se sentía capaz de dejar pasar.

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Así que decidido, tomó una resolución.

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–Me quedo –sentenció.

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Hermione sabía de primera mano lo atento que era Alexander Bleu, pero aun así se sorprendía de su cálida personalidad. No solo apareció a los minutos que ella se había instalado en su oficina con el afán de ayudarla, sino que también la invitó a ella y a Theodore Nott a desayunar, en plan de camaradería.

Ella ya había comido abundantemente esa mañana junto al rubio antes de la desastrosa conversación, pero no pudo evitar devorar los deliciosos y estéticamente perfectos bocadillos de la pastelería francesa del frente del Ministerio, cuya dueña parecía adorar a dicha autoridad ya que las porciones servidas sobrepasaban cualquier foto del menú.

Mientras hablaba con ambos hombres, Hermione se dio cuenta que no se sentía como si fuera su primer día. La conversación fluía con tal naturalidad, los planes que bosquejaron acerca del futuro del Departamento de Seguridad Mágica se escuchaban tan sólidos, que era increíble que recién los estuvieran construyendo entre los tres.

Pero había algo más. La curiosidad de Hermione la llevó a poner especial atención en su compañero, tratando de encontrar una bandera roja en el comportamiento de Theodore Nott. Sin embargo, no encontró nada que la llamara a estar alerta o que le provocara estar a la defensiva. El sujeto en sí era encantador, se notaba seguro sin ser soberbio, además de ser inteligente y astuto en sus respuestas al Ministro. Adicionalmente, su trayectoria era increíble, al igual que su fama.

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Eso era peor.

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Debería haberse quedado tranquila con su primera impresión, pero no haberle encontrado un "pero" a ese hombre realmente la dejaba más confundida, porque seguía sin entender qué podría haber orillado a Draco a odiarlo de esa forma tan intensa para eliminarlo de su vida sin retorno y para estar tan a disgusto con el hecho de que ella lo tuviera de compañero.

Luego de aquel extenso y trabajado desayuno, regresaron prácticamente rodando al despacho de ella, afinando unos puntos pendientes hasta que Alexander volvió a su oficina para atender otros menesteres.

–¿Y bien? –le preguntó Theodore una vez que estuvieron solos–. ¿Te convenciste de que no soy el monstruo que te pintaron?

Los nervios de Hermione se activaron, elevando sus pulsaciones al por mayor.

–No sé de qué estás hablando.

Pero Theodore si algo tenía, era una capacidad de ser brutalmente directo en cada una de sus interacciones.

–Noté que me tenías puesto el ojo encima durante todo el desayuno, Granger. Era como si estuvieras esperando que me sacara el disfraz de humano y me salieran cuatro brazos y un hocico... ¿Tan mal me pintó Malfoy?

Ella negó con la cabeza. Se sentía un poco incómoda con el tópico pero al menos hablarían del mismo de entrada para evitar malos entendidos en el futuro.

–No me dijo nada específico de ti a decir verdad. Solo que no le agrada que trabajaremos juntos.

–¿Y?

–¿Y qué?

–¿Qué piensas hacer?

Hermione lo miró extrañada.

–Nada –respondió–. Soy profesional, Nott. Puedo separar los temas personales de los laborales. No sé cuáles serán los problemas entre ambos, pero de seguro no me competen a mí. Creo que prefiero mantenerme al margen y no tocar el tema con ninguno de los dos.

Theodore pareció encantado con su forma de ver las cosas, y colocando las manos en los bolsillos, comentó.

–No has cambiado nada, Granger, por eso le gustas. Siempre tan perfectamente correcta.

–Disto mucho de serlo –lo corrigió ella levemente sonrojada–. Pero le gusto así, imperfecta y todo –agregó con falsa soberbia.

Sin embargo, decirlo en voz alta le ayudó a tomarle el peso a los sentimientos del rubio.

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Y entender lo mucho que debió lastimarlo con su comentario.

Al punto que no recurrió a ella en su momento más oscuro…

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Lunes por la noche y Lorenzo sentía que le había pasado el equipo completo de Durmstrang por encima.

Le tomó toda la bendita jornada ponerse al día con las materias de la semana en que estuvo suspendido y ni siquiera tuvo tiempo de ejecutar sus primeras maniobras de acercamiento a su ¿mejor amigo? y a la muchacha que le interesaba pero que podía o no odiarlo en estos momentos.

Frunció el ceño mientras transcribía la última clase de pociones. Ahora que lo pensaba con calma, no recordaba haber visto a Scorpius en ninguna clase, lo cual era extrañísimo ya que según tenía entendido, su único castigo había sido limpiar calderos. Es más, no recordaba haberle visto la nariz al volver al castillo.

Con un mal presentimiento, Lorenzo se levantó y consultó a los escasos alumnos que encontró a esas altas horas de la noche, pero nadie tenía idea del paradero del rubio.

¿Era necesario preocuparse? ¿Si le avisaba a su padre se sentiría traicionado en caso de que no se tratase sino de otra de sus maquinaciones? Aún contra su sentido común, decidió esperar hasta el día siguiente, ya que no quería seguir subiendo al top ten de la lista negra de Scorpius. No si pretendía seguir siendo su amigo. Así que terminó sus deberes y se fue a acostar, con una espina en los pulmones de una incipiente preocupación.

Al día siguiente, ya más atento a lo que pasaba a su alrededor, Lorenzo lo buscó en cada oportunidad que pudo sin éxito, comenzando a preocuparse de verdad. Tanto así que, al acaecer la tarde, se acercó a la persona menos indicada.

–¿Y qué voy a saber yo donde anda ese bastardo? –respondió Rose ceñuda y de brazos cruzados–. La última vez que lo vi lo único que hizo fue mancillar aún más mi autoestima y amenazarme con quitarme el primer lugar. Ojalá no verlo nunca más. Por mí, que desaparezca de la faz de la tierra.

Lorenzo bajó la cabeza y empezó a darle puntazos al piso con el zapato.

–Tienes razón –aceptó en voz baja–. No sé qué estaba pensando cuando te pregunté. Claramente no es tu persona favorita y no podría importarte menos que desde ayer no se le ve.

Rose suspiró y se descruzó de brazos, para luego agregar.

–Dicho eso, si de verdad estás preocupado, quizás deberías avisarle a su padre. O quizás a tu madre para que ella le diga... Son amigos entre ellos ¿no?

–Es lo responsable y lo razonable –concedió el moreno–, pero tú sabes, somos complicados, especialmente cuando se trata de hacer lo correcto.

–Ni que lo digas.

Lorenzo esbozó una sonrisa cansada a modo de despedida y se giró. Sin embargo, no avanzó más de tres pasos antes de volver a girarse para observarla. En ese momento, recordó la historia de Alexander y su madre. Recordó el consejo de él y se dio fuerzas que no sabía que tenía para dar una lucha que probablemente perdería.

–¿Significó algo? –preguntó, sin explicarse.

Ella ladeó su rostro, extrañada.

–El beso –aclaró, sin despegarle la mirada de encima–, ¿Significó algo o solo fue revancha contra Scorpius?

Rose bajó la vista con un ademán nervioso, mientras sus mejillas se coloreaban de un rubor tan intenso como el matiz de su cabello. Reordenó unos mechones detrás de su oreja izquierda antes de contestar.

–Revancha. Estaba algo borracha y lo inicié a modo de revancha.

Ella levantó la mirada algo pasmada porque él no parecía ofendido con su respuesta. Es más, luego del incidente, Rose de alguna forma creyó que el moreno no le volvería a dirigir la palabra por arruinar su amistad y utilizarlo de aquella forma.

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Pero la actitud de Lorenzo no le cuadraba con la fama que tenía su personalidad.

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–Entiendo. Lo empezaste por desquite –soltó Lorenzo–. Pero en ese momento, cuando ya estabas besándome… ¿sentiste algo?

–¿Por qué preguntas eso? ¿Importa acaso?

–Pregunto precisamente porque me importa. Yo sí sentí algo.

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Rose percibió que el piso se movía bajo sus pies.

Mientras Lorenzo advirtió que sus pulsaciones galopaban gracias a la adrenalina que le provocó ser tan honesto por primera vez en su vida.

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–¿Qué? –logró manifestar ella.

Lorenzo esperaba que no se notara como sus orejas se habían coloreado. Las sentía arder.

–Que podría haber seguido besándote toda esa noche, y al día siguiente, y al siguiente de ese.

Rose sintió que se atoraba con su propia saliva, mientras se encendían aún más sus mejillas.

–¿Qué estás tratando de hacer, Lorenzo? –cuestionó, incrédula.

–Algo que nunca había hecho antes, Rose. Ser sincero –Lorenzo redujo la distancia que se había formado hasta quedar frente ella–. Me gustas Rose Granger-Weasley. Es la primera vez que me pasa y no sé como reaccionar. No sé qué hacer. Estoy en blanco.

La joven se mordió el labio. Lorenzo no sabía si Rose le creía o no, pero de seguro algo había removido en ella. El nerviosismo de sus gestos la delataba.

–Por ahora, avisa de la desaparición de ese truhan que llamas amigo –le dijo, evadiendo dar una respuesta–. Luego veremos qué pasa.

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No era un sí, pero tampoco era un no.

Y Lorenzo daba eso por victoria.

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Con una sonrisa y un leve asentimiento, se retiró de ahí, acercándose hasta el despacho de la directora McGonagall para comentarle su preocupación. La anciana, extrañada porque ningún profesor le había informado de las ausencias de Scorpius a clases durante dos días, no tardó en enviar una lechuza urgente a su padre, con el fin de saber si el menor se encontraba con él.

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La respuesta fue casi inmediata.

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Draco Malfoy se materializó como un torbellino en el lugar demandando explicaciones de dónde estaba su hijo, ya que en la mansión no se encontraba y debido a la falta de comunicación entre ambos, no tenía cómo saber que se había esfumado del colegio, donde supuestamente se encontraba a salvo y en custodia. McGonagall palideció y citó al profesorado a una reunión inmediata, procediendo todos a revisar de arriba abajo el castillo, pero ni una pista recolectaron en las horas de búsqueda.

Lorenzo veía pasar los minutos alarmado, cada vez más culpable por no haber avisado ni bien se dio cuenta de su ausencia. Se dejó caer en el sofá situado afuera del despacho de la directora, hundiendo las manos en el rostro, apesadumbrado.

¿Y si se había escapado para no volver? ¿Y si en otro de sus planes había cometido un error fatal y se había lastimado? ¿Y si estaba en peligro? ¿y si…?

Al parecer, Draco Malfoy reparó en su estado anímico pues a pesar de su propia preocupación, se tomó el tiempo de sentarse a su lado y colocar una mano en su espalda para reconfortarlo.

–Tranquilo. Estoy seguro de que aparecerá –le dijo, pero Lorenzo no se sentía capaz de mirarlo a la cara–. Tal vez su plan es precisamente darnos este susto. Lo importante ahora es encontrarlo.

–Y si…

Lorenzo no alcanzó a proferir esa preocupación que le estaba carcomiendo el alma. Su madre, acompañada de cerca de Alexander, irrumpieron en el despacho de improviso. Como un pequeño, él se levantó y se estrelló en los brazos de ella, mientras escuchaba de fondo como el Ministro de Magia aseguraba que pondría en movimiento todas sus herramientas para encontrar al alumno desaparecido. Al parecer, la anciana directora también los había notificado al respecto.

Por el rabillo del ojo, Lorenzo notó como Draco Malfoy trataba de mantener la calma y comentaba cada lugar en el cual su hijo podría estar, de manera de extender la búsqueda por dichos lares. Sin embargo, por el rabillo del ojo también pudo notar que la calma era solo humos y espejos, y que al mayor de los Malfoy le estaba costando respirar a causa de la ansiedad.

Lorenzo miró la escena desde afuera, sabiendo que ese hombre estaba interpretando un personaje, el cuál pronto se derrumbaría si Scorpius no aparecía pronto.

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Y como si Lorenzo hubiera visto el futuro, exactamente eso ocurrió.

El personaje que interpretaba Draco Malfoy desapareció, tornándose un hombre miserable, al borde de la desesperación

Pues ocho días transcurrieron sin noticia alguna sobre el paradero de su hijo.

Como si la tierra se hubiera tragado a Scorpius Hyperion Malfoy.

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Continuará...