La vida secreta de los amores en flor


I


Las pisadas secas y feroces de los caballos eran amortiguadas por la humedad del terreno. El sonido le aturdía, pero ya se había acostumbrado a él. Llevaban horas cabalgando y el cansancio se hacia visible en el rostro de sus hombres. La batalla fue sangrienta, una de las peores que han tenido por las muchas bajas entre los suyos, pero la victoria debía darles un poco de consuelo ante las pérdidas o al menos eso se decía e intentaba hacer lo mismo con sus hombres. Como futuro duque debió responder al llamado del rey para proteger las tierras de hombres franceses. No era un llamado al que pudiera negarse, aunque lo hubiese querido. Incluso los condes de las tierras altas habían respondido al llamado. La lucha de la mano con William Albert conde de Andley fue un gran aliciente para fortalecer las filas de ambos y no dejarse vencer.

Pero ahora que retornaba a casa después de una larga estadía fuera de ella, no estaba seguro si lo que sentía era cansancio o fastidio de las condiciones militares y políticas de su tierra. La situación no era buena a pesar de haber logrado el cometido de repeler la flota francesa. El rey faltó a su palabra de dar seguridad y reducir algunos impuestos. Con la intención de castigar a algunos rebeldes que produjeron revueltas poco antes de la invasión, se mantuvo una política cruel y hasta abusiva sobre los impuestos a pagar. Él apenas se enteró de esto antes de emprender el viaje de regreso. Supuso que su padre ya sabría del asunto y seguro planearía una forma de contrarrestarlo. Así que, a pesar de desear un prolongado descanso empezó a hacerse a la idea de que una vez en casa, tendría que ajustar cuentas con su padre y evitar que su ducado se viera afectado por las nuevas imposiciones del reino.

El camino fue sinuoso, pero a la distancia pudo distinguir sus tierras conocidas. Sus vasallos salieron a recibirlo y otros hombres más. Cuando llegaron al castillo Grandchester lo esperaba su padre, su madre y los regentes del ducado encargados de llevar las cuentas de las tierras. Dio un largo suspiro antes de detenerse considerablemente cerca de la comitiva que lo recibía. Sus hombres pararon tras él con un largo relinche de los caballos. Abajo, su padre fue el primero en darle una bienvenida bastante calurosa. Aunque no siempre mostrara afecto a su hijo lo tenía y su regreso era una ocasión que ameritaba un abrazo largo. Atrás su madre esperaba impaciente por abrazarlo. Como heredero y hombre de guerra, mostró la alegría esperada por ver a los suyos a pesar de que el cansancio lo tenía a tope.

El saludo de los demás fue casi un grito victorioso que recibió con buen agrado. Sus hombres se unieron a la bienvenida que los duques prepararon en el castillo cuando su hijo envió un mensajero para anunciar su retorno. El ambiente, la comida y todos los presentes mostraban algarabía tanto por haber ganado la guerra como por el regreso de su señor. La alegría parecía hacer a un lado o casi olvidar la situación preocupante que se cernía sobre ellos. Terrence Grandchester decidió que, por ese momento, se dejaría llevar por el recibimiento caluroso que el castillo le hacía. Tenía la certeza de que no sería nada fácil lo que vendría, pero su posición y sus habilidades le daban cierta ventaja.


En tierras altas, por otro lado, el regreso del conde William Albert a su hogar se vio opacado por las disputas familiares desatadas a la muerte de uno de sus sobrinos y heredero de su rango. Aunque su regreso fue festejado por su gente, la noticia no cayó nada bien al conde; la pérdida de su heredero por elección lo ponía en una difícil situación. La disputa familiar sumada a las leyes dictadas por el rey no era una bienvenida alentadora para el conde que dio por terminada la celebración de su retorno para retirarse a sus habitaciones. La muerte de su sobrino lo obligaba a reorganizar sus diligencias, especialmente con la cuestión del heredero al título. Su tía abuela Elroy fue la primea en darle la noticia y la primera en sugerir un nuevo nombramiento de heredero, a pesar de conocer las reglas tal frialdad sobre el tema lo descolocó, además que le exigió no romper con el pacto de matrimonio que acordaron con los nobles de White.

Cuando pensó que con la llegada de su sobrino a su posición lo dejarían libre de explorar cuantas tierras inimaginables quisiera conocer sin tener que cargar con la vida y administración de todo su clan, ahora tenía que pensar el modo de no desairar a Edward de White sin que éste le quitara el beneficio de sus hombres como apoyo para futuras batallas a enfrentar. La matriarca de la familia ordenó no filtrar la noticia del fallecimiento de su sobrino hasta su llegada. Los rituales funerarios no se habían hecho todavía, por lo que los White aún pensaban que la boda entre su hija mayor con el primer sobrino del conde de Andley se llevaría a cabo una vez finalizada la guerra, lo cual ya había ocurrido.

Archibald es el indicado – la fuerte voz de Elroy lo sacó de su ensimismamiento en la oscuridad de su habitación – eso he escuchado de la boca de los Cornwell

¿Hace cuanto que estás ahí tía-abuela?

Es el que le sigue en edad a Anthony y pertenece a la familia Andley

¿no te parece demasiado pronto nombrar al sucesor? – permaneció sentado en el mismo sitio oscuro desde que la tía-abuela lo vio frotarse la sien – ni siquiera ha empezado su funeral

Anthony lleva un mes muerto, Albert, el tiempo corre y no podemos perder a los White, no después de los impuestos que nuestras tierras deben pagar al rey

El dinero de los White no nos salvará

Son gente venida a más y su dinero también, por ahora son prósperos, los necesitamos

¿Entonces estás de acuerdo con nombrar a Archibald mi sucesor?

Por supuesto que no – dijo con voz firme provocando que el conde la mirara al fin -tú te casarás con la joven y nos darás un heredero


Los cambios siempre fueron algo difícil de afrontar en la vida de cualquier persona, pero recientemente para Candice lo era aún más. Enterarse del fallecimiento de su futuro esposo la descoló más de lo que imaginó. Cuando decidió ceder a las negociaciones que sus padres habían hecho para su futuro, se entera que el heredero de los Andley murió en una aventura poco clara mientras montaba a caballo. El mensajero del conde llevó la noticia a su padre y aunque su madre aún no le había dado oficialmente el aviso, su hermana Annie alcanzó a escuchar a través de la puerta. Fueron los mismos Andley quienes mantuvieron la palabra del casamiento, el matrimonio ahora no se celebraría con Anthony Andley sino con William Albert el mismo conde de Andley. Por supuesto que sus padres estaban más que encantados con los últimos sucesos acontecidos. No tardaron en dar su consentimiento, pero ella no estaba convencida; ni con esa ni con ninguna otra decisión que sus padres tomaron en su lugar desde que el matrimonio con los Andley se concertó. Pero pocas posibilidades había de salir de esta, a menos que…

-¿Y qué se supone que harás en Londres, trabajar para vivir?

-No lo sé, tal vez, hay mujeres que lo hacen

-Malas mujeres, Candice y de mala reputación

- Por supuesto que no, ¿qué pasa con todas esas mujeres de las que leemos en libros?

-son fantasía Candice, muchas de ellas ni siquiera son mujeres, son hombres que firman como mujeres, ninguna que se precie ser de buena familia podría vivir de algo así

- Annie, necesito irme no quiero este matrimonio

-pero hermana, eres la mayor, es tu deber, si hubieras nacido hombre otra historia contaríamos -sentenció la joven desalentándola – además no puede ser tan malo, cásate con el conde, dale un hijo y él estará en la obligación de darte todo lo que mereces, podrás viajar a Londres y a donde tu quieras

-¿por qué nada de lo que dices me hace ilusión, Annie? – preguntó con sincero pesar

-No lo sé hermana, pero debes empezar a cambiar esa forma de pensar tuya tan extraña e insana, no te traerá cosas buenas -dijo dejando a la mayor de los White en una nube de incertidumbre y malestar que le duraría toda la semana.

Para cuando su madre le dio la noticia ya contaba casi dos semanas. Ni siquiera esos días le sirvieron para reponerse y mostrar la felicidad que su madre tenía luego de darle los pormenores. Se esforzaba por sonreír y procuraba seguir la energía de su madre en las conversaciones sobre su futura boda con otras nobles que enviaban invitación al té para hablar de sus "asuntos generales". Este método de "dar las buenas nuevas" de su madre le resultaba tan irritante, pero ella y Annie se desenvolvían con bastante soltura, un poco más que ella, pero logró salir adelante con todas las expectativas que debía cumplir; incluidas las sonrisas y las intervenciones decorativas que le exigían sus interlocutoras como "he pensado en decorar el castillo Andley con los colores patrióticos de ser posible"

-Debes dejar ese tipo de respuestas atrás querida – advirtió Eloísa White a su hija mayor mientras se acomodaba en el coche

-Pero a ellas les encanta – cerró la cortina para ver a su hermana y a su madre frente a ella

-lo llevas diciendo a cada casa a la que asistimos, pasarás como una mujer superficial que no piensa más que en la decoración de su casa habiendo tantos temas de los que hablar …- y su madre continuó con un discurso del que ella simplemente se perdió. Tras la suave voz de su madre escuchaba el galope de los caballos que tiraban del coche, las ruedas de éste pasar por el camino empedrado. Tuvo la necesidad de mirar por la ventana para mirar el paisaje, quizás alguna choza perdida en el camino de algunos campesinos, pero reprimió ese deseo para evitar una confrontación innecesaria con su madre. Fue hasta que Annie preguntó por su viaje a Londres que Candice volvió a prestar atención.

-¿qué viaje?

-Candice, exijo atención de tu parte, estamos hablando de tu futuro no lo tomes a la ligera

- lo siento madre, me distraje

- Madre decía que debemos ir a Londres a comprarte el vestido de novia

-¿a Londres?

-Candice, pon atención – la recriminó otra vez su madre – estoy cansada de escuchar Londres tantas veces por su falta de atención

- lo lamento madre, pero creí que usuaria tu vestido

-Era el plan, pero ahora que te casarás con el mismísimo conde y no su heredero, eso cambia las cosas

-¿tendremos tiempo de encontrar a alguien que haga el vestido para la fecha de la boda? – preguntó la hija más joven

-No vamos a buscar quien lo haga, vamos a buscar el vestido ya hecho, diremos que lo mandamos a hacer, para eso pediré que lo entreguen el mismo día de la boda

-Vaya, madre, qué buen plan – alabó Annie - ¿cuándo iremos?

- Mañana mismo, así que quiero que se preparen – contrario de lo que pensó Candice, el entusiasmo de su madre podría ayudarle a conocer un poco más allá de lo que estaría destinada a conocer cuando se casara con el conde Andley. Decidió aprovechar el viaje a Londres antes de resignarse a su nueva vida como mujer casada.


Los nuevos edictos del rey entraron en marcha de inmediato. En las tierras Grandchester la recaudación de impuestos estaba dándose con poco provecho y es que la guerra y la poca producción afectaron más de lo esperado a toda la gente. Aunque el duque no estaba tan preocupado, su hijo sí que lo estaba. La situación era ciertamente difícil y debía pensar cómo recaudar los impuestos restantes una vez que todo se hubiese contado. Lo que no sabía es que su padre, el duque, junto con su madre, concertaron abrir la posibilidad de buscar una mujer para casar a su hijo. De esta forma la estabilidad para ambas familias, cualquiera que fuera la prometida, se verían beneficiadas y lograrían sortear las nuevas leyes de impuestos que mandaba el rey.

Para cuando se hicieron las debidas cuentas, Terrence pensaba en donar uno de los pequeños castillos que le pertenecían y que le fue cedido como parte de su recompensa de guerra. Pero Robert, su padre, le hizo saber la noticia de los planes de matrimonio que él y su madre pensaron. A pesar de su desacuerdo interno, no negó llevar a cabo las diligencias correspondientes para poder encontrar una buena candidata según sus padres lo consideraran. Pese a que en el pasado había conocido a varias mujeres que llamaron su atención, nunca pensó en cortejar a una de manera seria. Después vino el llamado a batalla y ahora simplemente no tenía opción. Un matrimonio sería ventajoso para encontrar estabilidad en tiempos difíciles.

Robert pensó que su hijo se mostraría reticente a buscar un buen matrimonio con alguna hija de los nobles, pero agradeció su buena voluntad. Mientras tanto, Eleonor pensó en hizo una lista de candidatas para su hijo, por lo que echó a andar los preparativos, empezando por organizar un baile para tal propósito. En este lío Terrence no pensaba meterse, por lo que partió junto con algunos de sus hombres a entregar los impuestos al rey.

Una vez ahí notó que había mucha más gente de lo que pensaba en las calles. Al parecer las nuevas condiciones de pago por impuestos había puesto nerviosos a todos que decidieron salir y gastar su dinero o simplemente se aseguraban de comprar cosas que después pudieran vender a precios más altos para salir al paso. De cualquier modo, la entrega de sus impuestos la haría lo más pronto posible y regresaría a casa. Cuando así lo hizo prometió recuperar los impuestos faltantes dentro de los próximos seis meses. Su posición le dio esa ventaja, aunque pensó que el tiempo era muy poco. Cuando salió de la oficina mandó a sus hombres a casa antes que él, no porque quisiera divertirse, sino porque quería andar solo. Entre el gentío en las calles es que caminó con desinterés pensando en las posibilidades que tenía de que su madre lograra celebrar una boda en menos de seis meses para evitar perder sus tierras.

Pero fue el roce de una frágil mano lo que provocó que girara para mirar a la joven que chocó contra él. La mujer tropezó y sin previo aviso quiso sujetarse del brazo de Terrance para evitar caer, lo que provocó que rozara su mano y con la otra jalara con fuerza la tela de su ropa. La joven evitó la caída o fue Terrence quien lo hizo en realidad al sostenerla por la cintura con firmeza. Quedó impactado por la mirada temerosa de la joven además del color tan inusual de sus ojos. La chica ofreció sus disculpas en todas las formas que pudo hasta que el joven hizo un gesto con su mano para tranquilizarla

No pasa nada señorita…

Candice – corrigió – White, Candice White, señor

¿Es usted de por aquí, señorita White?

No, yo vine con mi madre y mi hermana

De visita - ella asintió - es un gusto conocerla, yo soy Terrence Grandchester, hijo del duque de Grandchester – Candice lo miró sorprendida e hizo una exagerada reverencia

No tiene que hacer eso – sonrió el joven – no soy el rey

Disculpe es que yo – se puso nerviosa – no sé qué decir

Espero que no esté sola por las calles– dijo buscando acompañantes

Me escapé un momento

Escapó – volvió a sonreír - ¿es posible saber de qué o de quién escapa? – preguntó interesado y contra todo pronóstico, la joven contestó con total sinceridad

Mis padres me han comprometido, estamos aquí para comprar un vestido para la ocasión – dijo casi sin respirar sorprendiéndose ella misma de la facilidad con la que se deshizo de la pesadumbre de su situación – yo sólo caminaba

Aunque la confesión de la joven crispó a Terrence, éste no mostro signo de sorpresa o asombro en su rostro, por el contrario, a Candice le pareció que sus rasgos permanecían impolutos, excepto por esos ojos azules que brillaban con intensidad.

Asumo que el matrimonio no es de su agrado – continuó con la conversación. Ella negó en silencio -la situación en estos momentos es difícil para todos, señorita White, pero estoy seguro de que sus padres la habrán comprometido con el candidato correcto para su estabilidad

Las palabras del joven sonaban sensatas, casi como si fuera su padre el que hablara con ella, lo que causó ternura, pero sorpresivamente no era lo que ella esperaba escuchar. Tomó aire y agradeció al joven por sus palabras antes de hacer una pequeña reverencia para marcharse. Terrence aceptó la despedida, pero no emprendió la marcha hasta que vio a la joven entrar a una vieja librería.

Poco común para alguien a punto de casarse - en pocos minutos la vio salir apresurada. Terrence optó por cruzar la calle y mirarla a lo lejos, lo que menos quería era perturbarla, sólo tenia curiosidad y el impulso por saber de ella, aunque fuera un momento solamente.

Notó que dos mujeres más se acercaban a ella. Las vio discutir, supuso que se trataba de su familia. Cuando las perdió de vista, decidió entrar a la misma vieja librería, tan viaja como polvosa. La campanilla sonó y el librero salió de entre los montones de libros acumulados en un lado del sitio.

-bienvenido, señor ¿necesita algo?

-una joven entró hace un momento, ella es mi prometida y quiero hacerle un regalo

- oh, la señorita Candice White – recordó el hombre – una joven provinciana muy amable y sensible, espero que pueda adaptarse a las tierras altas de escocia. Si le hará un regalo, debería ser un cuaderno, la joven lo que quiere es escribir, resulta que lo hace con frecuencia; sea bueno con ella conde Andley…- Terrence cortó la palabrería del librero, agradeció el consejo, compró un cuaderno como lo sugirió y salió de la librería.

-Conde de Andley, te casarás con el conde de Andley


Edward y Eloisa White estaban sorprendidos al mismo nivel que sus hijas por haber recibido una invitación de la duquesa de Grandchester para asistir al baile que organizaba para la celebración del fin de la guerra. No había posibilidad de que ellos tuvieran un roce siquiera con los duques en Londres. Aunque de todos, Candice fue la más afectada. Consideró la posibilidad de que el hijo del duque tuviera algo que ver con esa invitación, aunque podría ser una exageración. ¿Cómo así lo conocía hace unos días y llegaba una invitación para su familia? Eloisa White fue la más encantada, pensó que tal vez la unión de su hija con el conde de Andley traían como pago esas invitaciones. Con este entusiasmo hizo los preparativos para poder asistir al baile. Lo que no esperaban fue que, al llegar, el padre de Candice preguntó por el conde de Andley futuro esposo de su hija: no había sido invitado.

Entre la convivencia y los saludos protocolarios, Eloisa y Annie pudieron enterarse del verdadero propósito del baile: la búsqueda de una prometida para su hijo Terrence Grandchester. Bastante aturdido Edward White hirvió de furia al sentirse desairado, pero su esposa lo tranquilizó. Pensó que tal vez en su viaje a Londres de algún modo alguien de los Grandchester pudo ver a Annie y gustarle para futura esposa de su hijo. Aunque lo cierto era que el anuncio del compromiso entre Candice y el conde de Andley no había sido anunciado públicamente como la muerte del heredero al título, debido a que Elroy Andley pretendió ocultar de las habladurías el acelerado casamiento del conde de Andley; aunque por supuesto estas razones las desconocía Terrence y aprovechó la laguna del ocultamiento para poder invitar a los White y acercarse a Candice con la libertad que un baile de tal naturaleza le permitía. Ciertamente estaba prohibido cortejar a una mujer comprometida, pero ante la sociedad la señorita White había dejado de estarlo cuando los funerales de Anthony Andley, antes Brown Andley, se habían realizado.

Con esta ventaja que el silencio le proporcionaba a Terrence, buscó acercarse a la mayor de los White cuando tuvo oportunidad. Antes de poder bailar con Candice, tuvo que compartir dos piezas seguidas con su hermana menor, quien de la ensoñación no salía. Esto pudo haber sido uno de los errores que Terrence empezaba a acumular sin que él se percatara, la ilusión de una jovencita respaldada por una madre desesperada por colocar a sus hijas en la mejor posición que su sociedad le permitía. Pero en aquel momento poco le importaba al joven heredero.

Sentir el contorno de la cintura de Candice entre la cadencia de algunos pasos del baile le hizo sentir que había tenido su recompensa. El rubor que la chica tenía era tan intenso que sentía que el aire le faltaba o que el salón era demasiado pequeño y el calor se encerraba de una manera terrible. Esquivaba la mirada de vez en vez para no quedarse flechada en los ojos tan azules del joven, al contrario de Terrence que no le quitaba el ojo de encima. Poco hablaban, pero fue ella la que preguntó primero

-¿usted nos invitó al baile?

- sí

-¿por qué?

-tengo interés en conocerle señorita White

-pero sabe que estoy comprometida

- no públicamente comprometida – la joven lo miró con sorpresa – busqué todos los registros públicos, no hay ningún anuncio de una boda futura entre usted y algún conde en tierras altas -la chica se retrasó en uno de los pasos del baile en curso, estaba contrariada y Terrence lo supo – parece que lo desconocía, señorita White – la hizo volver a seguir la pieza con toda naturalidad

- ¿cómo sabe… ¡por supuesto que no!

-bien, entonces no debe preocuparse, nadie sabe que bailo una pieza tan intensa junto a una joven comprometida – dijo sonriendo – lo que ven los demás es a una bella mujer con rizos dorados girando junto conmigo

-¿cómo se atreve?

- me atrevo porque sé que no quiere ese matrimonio - volvió a dejarla callada, la pieza estaba a punto de acabar, los últimos acordes, conocidos por el joven, lo anunciaba – vaya al jardín al este del castillo, pida un poco de aire, diga que debe retocar algo o ajustar el vestido, la espero ahí

-Pero …- la pieza finalizó y Terrence hizo una reverencia como todos los presentes y se retiró sonriendo una vez más a la joven que fue arrastrada fuera de la pista

- ¿Candy que no ves que la gente se arremolina? – le dijo su hermana reprendiéndola – estorbas para la siguiente pieza – la joven intentó volver en sí - ¿has visto al señor Grandchester? – Candice reaccionó ante la pregunta y negó con la cabeza. Luego de que Annie fuera por su madre ella empezó a buscar un modo de salir del salón e ir al jardín. No supo la razón, simplemente tomó la decisión y cuando empezó a cuestionar ese impulso se vio cruzando el umbral que la llevaba al jardín que Terrence le había indicado.

Caminó un poco más para alejarse de las luces que llegaban del interior, lo que menos quería era que la encontraran hablando a solas con el hijo del duque, especialmente su familia. Si su padre la viera seguro se sentiría lastimado y arruinaría el futuro que él y su madre habían planeado para ella. Dio un profundo suspiro antes de verse sorprendida por la voz del joven pronunciando su nombre. Se acercó a ella caminando con tanta tranquilidad que la agobió

-deje esa preocupación en otro lado – dijo mientras tomaba sus manos para desatarlas del nudo entre ellas – arruina la imagen del hermoso vestido -sonrió. Ese gesto, pensó, ese gesto sonriente - ¿pasa algo? – habló otra vez el joven al notar que Candice no dejaba de abrir y cerrar sus labios - ¿quiere volver? -señaló con la mirada el camino que llevaba al castillo

- ¡no! – dijo de inmediato para su sorpresa – digo, deberíamos

- pero… – volvió a sonreír él

-pero, no sé qué hago aquí yo estoy comprometida

- ¿le gusta el teatro, señorita White? – preguntó sin presiones, como si aquello fuera una plática común, tan coloquial como encontrarse caminando por el parque, como si ella no hubiera buscado la oportunidad de salir sola al jardín de un castillo que no conoce, como si el honor y el futuro que de su vida no estuvieran en juego…- ¿y bien, le gusta señorita White? ¿alguna vez ha ido al teatro? – insistió el joven ocultando sus manos en su espalda queriéndole dar un poco de confianza a la joven

-por supuesto que ido al teatro

-¿y qué obras ha visto? – él empezó a caminar invitándola a ella a seguirlo - ¿alguna es su favorita?

-solo obras clásicas, señor – respondió ella siguiendo el paso, caminando sobre un adoquín que llegaba a jardineras circulares apenas adornadas con arreglos festivos, quizás por la ocasión se explicó a ella misma – todas elegidas por mi padre, nada contemporáneo

-y si tuviera que elegir una favorita entre esas obras que gustan a su padre – él jugaba con su mano pasando entre los arbustos y árboles con los que se encontraba - ¿cuál sería?

-Hamlet – vio al joven detenerse para mirarla con una sonrisa enigmática en su rostro. Cierto que la negrura de la noche era tan espesa que le impedía mirar más allá de unos metros la arquitectura del jardín circular, pero la cercanía de Terrence le hizo ver los gestos de sorpresa y agrado que mostraba.

-Muy osado

- me temo, señor que mi gusto poco tiene que ver con el protagonista de la obra

-me alegro – dijo él caminando un poco más adelante que ella, actitud que le molestó un poco a la joven, pero apretó el paso para alcanzarlo – de otro modo pensaría que solo quiere impresionar a quien le hace tal pregunta

- no es mi intención impresionarle en nada, señor – dijo tranquilamente

- ¿puedo preguntar entonces cuales son las razones por las que prefiere Hamlet?

- claro, señor, puede preguntar, pero…

-puede no responder – interrumpió encogiéndose de hombros

- me gustaría saber, antes, ¿qué hacemos aquí? – terminó por decir deteniéndose haciendo que Terrence volviera para verla sin ningún gesto

-me gustaría conocerla, señorita White – respondió manteniendo la seriedad en su semblante

- ¿a qué se refiere con conocerme, señor? – lo miró insistente, pero sin moverse de su sitio, decidió mantener la distancia apropiada, aunque aquella charla a solas con él fuera lo más inapropiado en aquellos momentos.

-quiero ganarme su favor, quiero agradarle, que su compromiso con William Andley se anule y pueda casarse conmigo – dijo de manera resuelta

- ¿qué? – la joven no salía de su asombro - ¡eso es una tontería! – entonces el joven empezó a reír - ¿cómo puede decirme esto a dos meses de mi boda? ¡no me conoce, sólo me ha visto una vez y por unos minutos!

- parece absurdo, lo sé, pero yo investigué

- ¿Qué hizo qué?

- no se alarme, sé que se escucha mal, pero créame que lo hice con buenas intenciones

- ¿Ha tomado en cuenta que puedo estar enamorada de mi futuro marido y que podría no tener ningún interés en usted?

- no - la joven lo miró irritada – no se enoje, señorita, no lo digo porque no me importe, sino porque usted dijo que huía de su matrimonio – dio un paso para acercarse a ella mientras la joven reculaba otro – el día que nos conocimos, ¿recuerda?

- lo recuerdo – dio otro paso hacía atrás cuando lo vio acercarse un poco más – pero eso no quiere decir que esté interesada en usted

- es cierto, pero puede estarlo – abrió los brazos ofreciéndose como libro abierto – por eso le pedí que viniera aquí conmigo – dio un paso más ocultando sus manos entre sus ropas – quiero saber más de usted, señorita White, qué le gusta, qué no le gusta, qué desea, qué aborrece, qué le divierte…todo – sonrió – usted podría conocerme también

- ¿y eso de qué serviría, señor? - intuyó él un tono lastimero y de resignación en aquella pregunta – no puedo anular el matrimonio con el conde Andley

- Yo puedo hacerlo – dijo con firmeza – tengo un serio interés en usted, señorita White y me gustaría que usted lo tuviera en mí, deme un poco de su tiempo para que pueda averiguarlo y si no puedo despertar interés en usted, entonces, cásese con William Andley

- Pero señor – volvió a insistir la joven – no puedo darle mi tiempo, eso implicaría que acepto ser cortejada por usted, no puedo solo salir de mi casa y verlo en cualquier lugar

-yo pensaré en algo – terminó por acortar la distancia entre ambos, tomó las manos de la joven entre las suyas y les dio un poco de calor. Un sentimiento de culpa lo atravesó cuando se percató que la joven salió del salón solo con su vestido, sin ningún tipo de abrigo y ya entraba más la noche – es tiempo de volver antes de que su ausencia se note – dijo tomándola de la mano para guiarla al castillo por el camino más corto.

La joven levantó la vista apenas el castillo estaba frente a ellos. Le pareció ver una tenue luz de lámpara en una de las ventanas altas, pero el mando del joven se impidió centrar la vista en una figura que los miraba o eso parecía. Terminó por concentrarse en caminar lo mejor posible con los tacones y el empedrado del camino. El joven paró cerca de uno de los portales que daban a una puerta de madera ya desgastada. – por aquí llega a las cocinas – le explicó el joven sin soltarla de la mano – cuando entre estará en las estufas, camine sin mirar a nadie, cuando atraviese el comedor de sirvientes le preguntarán qué hace ahí

Me perdí buscando el aseo– dijo la chica mirándolo a los ojos – eso debo decir - el joven sintió sonriéndole antes de besar su mano y perderse entre la oscuridad del pasillo

-te buscaré Candice White – dijo levantando la voz, aunque ella no pudo verlo, se perdió demasiado rápido entre la oscuridad. Ella dio un respiro y empujó con fuerza la puerta

El camino al salón fue confuso, uno de los sirvientes fue mandado a guiarla hasta el baile. A penas y pudio apreciar la arquitectura del castillo cuando el sirviente la apuraba caminando con bastante velocidad. Cuando escuchó la música sonar respiró dos o tres veces más para recuperar el aliento. El chico que la guiaba se despidió apenas dando una reverencia sutil. La joven agradeció pensando que, si hubiera estado su madre en su lugar, habría exigido una reverencia más notable. Entonces entró al salón, buscó con la mirada a su familia y sintió un alivio al encontrarlos, cada quien ocupado en un asunto distinto. Sintió un dejo de rencor hacia sus padres por no haberle aclarado que su boda con el conde Andley no se había anunciado como correspondía y aunque eso pudiera considerarse una falta de respeto hacia ella, supuso que su madre no permitió que su padre expresara el desacuerdo tratándose de un conde.

Acomodó su vestido y empezó a bajar los escalones para unirse a su padre, que estaba más cerca de ella. Al otro lado miró a Terrence acomodado sobre uno de los pilares de piedra mirándola. Sintió que el corazón latía muy fuerte y muy rápido dentro de su pecho. En circunstancias normales, estaría feliz de decir que aquello había sido su primera experiencia con el romance, pero un fuerte sentimiento de obligación oscureció esa felicidad repentina. No veía el modo de volver a Terrence sin que su reputación se viera comprometida, aunque el joven mismo hubiese hablado con tanta seguridad sobre ello.


CONTINUARÁ...