Lectoras, hermosas y bienaventuradas! Hola! Me alegra tanto la buena respuesta a la nueva historia. La verdad me emociona mucho. Estoy muy entrada escribiendo la continuación de "Los pequeños instantes entre el ocaso y la aurora" pero voy viendo sus comentarios y no saben lo feliz que me hacen. Mañana ya habrá capítulo nuevo para el fin del ocaso y la aurora, quienes sigan esa historia o quieran seguirla. Hoy les traigo la continuación de esta. Gracias a todas las chicas bonitas que dejaron un comentario, todo tan lindo, gracias Guest por esa interpretación tan espectacular! efectivamente, efectivamente, Candice quiere conocer el mundo, pero la manera en que lo hará será abrupta.
Quise que las lectoras participaran del rumbo de esta historia, porque si bien es cierto en el primer capítulo tenemos primeras impresiones, de los personajes aun no conocemos mucho. Lo bueno se viene ya y quería que me ayudaran a tomar rumbo. Vi el consenso y casi todas las lectoras están a favor de un Albertfic...y bueno, al final así será, gracias a Guest por convencerme con su interpretación tan fenomenal y tan completa. A quien me sugirió una historia con como pareja, la habrá..el terryfic también irá saliendo. Pero denme tiempo. Esta historia ya la tenia entre ceja y ceja.
Así que sin más preámbulos, espero que disfruten la lectura. La historia se viene tremenda, es corta, no muy larga, pero intensa, se los aseguro. Comentarios, impresiones, interpretaciones ...déjense llevar, sin miedo que mientras más comenten más me levantan el ánimo.
Estoy nerviosa jajaja
Feliz lectura!
La vida secreta de los amores en flor
II
El baile en el castillo Grandchester se había celebrado desde hace una semana y cada día que pasaba, Annie no dejaba de hablar sobre las dos piezas que bailó con Terrence Grandchester. Candice pensó que dejarla hablar sobre el tema no estaba mal, los primeros días le resultaba entretenido, pero conforme pasó el tiempo, el asunto empezó a irritarle, sobre todo porque el hijo del duque estaba faltando a su promesa de volverse a ver. Se sintió frustrada porque pensó que el joven de verdad haría algo al respecto. Llegó a pensar que quizá se dio por vencido al comprobar, como ella, que la tarea era imposible, en tal caso se sintió conmovida de suponer que el hijo del duque había pensado en su reputación; lo que, por otro lado, despertaba interés en ella.
Pero lo cierto era que, independientemente de estas cavilaciones, su suerte estaba echada y lo que pensaba o imaginaba que pasará con el futuro duque de Grandchester era solo fantasía. Podría contar toda una historia al respecto. Ser ella la protagonista. Figurarse que una joven mujer está apunto de casarse con un hombre que no ama y que nunca ha visto pero justo antes de la boda se enamora de manera repentina de otro hombre y éste de ella hasta que terminan rompiendo todas las reglas del buen comportamiento y consiguen su objetivo, aunque éste no fuera tan claro. Sonrió para sus adentros con tremenda locura. Trató de guardar esa idea para escribirla en otro momento o quizás lo haría en ese preciso instante; ir a su habitación a dedicarse a su arreglo era buen pretexto para desembarazarse un rato de Annie. Así que eso hizo, se encaminó a su habitación con su hermana reprochando la poca atención que le prestaba ahora que su boda estaba más cerca. La tención de Candice se notó, pero Annie lo tomó como un atributo de la novia.
La mayor estuvo a punto de contestar, pero se vio interrumpida por su madre que subía corriendo las escaleras de la casa, algo impropio en alguien como ella que siempre procuraba atender todos los modales posibles.
- Quiero que se preparen para la cena -dijo tratando de recuperar el aliento sosteniéndose de una de las paredes. Las dos jóvenes la miraron extrañadas. A pesar de que su madre se esforzaba por enseñarles todas las etiquetas posibles para comportarse en sociedad y conseguir un buen prospecto, pocas costumbres de la vieja nobleza eran seguidas en casa de los White, y una de ellas era arreglarse para la cena, puesto que nunca nadie llegaba a cenar con ellos.
- ¿por qué? – preguntó casi con enojo la más joven de sus hijas
- Tendremos una visita, ¿qué no es obvio? – contestó más repuesta Eloísa
- ¿se puede saber quién? – preguntó Candice intentando sonar desinteresada, pero lo cierto es que estaba nerviosa.
- El señor Terrence Grandchester, futuro duque de Grandchester – resolvió la señora con aires de suficiencia, mientras que Annie no dejaba de saltar y gritar "sabía que lo había impresionado" decía esta sonriendo sin poder contenerse.
Candice aprovechó la algarabía que su madre y su hermana armaron para decir que se arreglaría desde ese momento para ocultar su propio entusiasmo y encerrarse en su habitación. Un sentimiento de emoción y de angustia empezaron a llenarle el cuerpo, tanto que luego de la alegría y la sorpresa le vino la preocupación. No podía explicarse esto que sentía. Debía ser amor, pensaba, aunque era una pobre alma inexperta que hasta el momento no sabia nada de amor más que lo que su madre le decía: "es tu deber buscar el bienestar de tu familia" Así que el sacrificio era una forma de amor, si se que casaba era porque amaba a su familia, y si el joven heredero se interesaba por ella, a pesar de que no fuera de buena familia, entonces él hacia un sacrificio por ella, entonces la amaba ¿cierto?
Se cubrió medio rostro con ambas manos pensando en todas las posibilidades que había en que todo resultara un desastre. Por supuesto que su madre no veía la posibilidad de que el hijo del duque estuviera interesado en ella. Para Eloísa era una gran oportunidad de unir a su familia, antaño desfavorecida hasta antes de la guerra, con dos de las familias más importantes y más cercanas a la realeza, tanto por poder como por sangre.
Respiró profundo y decidió dejar al destino el camino de su suerte durante la cena de aquella noche, aunque la emoción y el miedo no la abandonaran del todo.
En tierras altas, William Andley mantenía el orden y control de sus tierras con una severidad que su gente no esperaba. Esto se debía, entre otras cosas, a las nuevas leyes de impuestos que el rey impuso, sumado a los conflictos internos que su clan y su familia tenían. El humor del conde iba de mal en peor. Tanto que canceló dos veces la visita a la casa de su futura esposa. Fechas que Elroy acordó con Edward White y que se vio obligada a enviar obsequios para no desairar a la familia.
William ya había recibido un par de regaños de parte de Elroy Andley respecto al tema, y los había escuchado sin pestañear. Pero le resultada difícil y problemático viajar para conocer a su futura esposa, primero porque consideraba demasiado apresurado la forma en que se suscitaron los hechos y, segundo, porque en el fondo tenía miedo de lo que ella fuera a pensar respecto a los acuerdos que habían hecho ambas familias como si se tratase de un tributo más. El desánimo sobre esta forma de interactuar con su futura esposa lo llevó a mostrar una actitud que muchos calificaron de desinterés, sin embargo, nadie en ese momento hubiese estado ni un momento lo suficientemente cerca de lo que realmente pasaba por la mente del conde. Era un hombre taciturno, solitario y con ideas particularmente "peligrosas" como le decía su familia, aunque a él mismo le gustaba llamarlas "innovadoras". Lo cierto era que la arrogancia y la demostración de afecto no era una práctica que él ejerciera con demasiada frecuencia.
Ante la insistencia de Elroy por presentarse como un caballero en exceso enamorado, cedió a enviarle obsequios a Candice White, siendo algunos de ellos, telas de su clan y el escudo de su familia para ostentarlo en su boda. A pesar de lo malo que era demostrando afecto tan libremente, esperaba que la significancia de los obsequios fueran una señal para la joven White sobre el compromiso que había adquirido para con su familia, su clan y con ella misma.
Elroy envió una comitiva con los regalos dispuestos mientras William se ocupaba de la situación económica de su clan. Solicitó a su mano derecha que escribiera una breve nota dirigida a su prometida aludiendo a la fecha del compromiso y un saludo con todo el afecto que el protocolo permitía. No deseaba abrumar a la joven. Lo justo, dijo, por lo que la nota fue enviada junto con los presentes llegando éstos faltando pocas semanas para la boda que se celebraría en tierras altas. Otro de los asuntos que el conde William quería esquivar era ir él mismo por su prometida. Por lo que también dispuso que la comitiva que llevaría los obsequios a los White, regresara con la joven. Un gesto que ella se tomaría, erróneamente, por
- ¡Una frivolidad! – expresó la joven mientras Annie le quitaba la nota de las manos
- Eres una exagerada, Candice – la calló su madre
- "Mis mas sinceras disculpas por faltar a nuestras reuniones. El deber me llama a atender asuntos urgentes en tierras altas. Espero que los presentes cubran mi ausencia. Deseo que los use en nuestro próximo encuentro" – leyó Annie – suena horrible
- El hombre tiene muchas cosas que atender, es un conde – lo excusó Eloísa sentándose con gesto de cansancio – escríbele una nota y dile que aceptas gustosa sus regalos – le ordenó a su hija mayor sujetando su brazo con más fuerza de lo usual
-pero, madre
- hazlo y ya – apretó provocando la queja de la joven – olvídate de Terrence Grandchester, él será para Annie – la soltó y salió de la habitación seguida de su hija menor, que dejó la nota sobre los regalos y cerró la puerta. Si bien es cierto que Terrence Grandchester cumplió con su promesa de volver a verse, también lo es que la osadía del joven no resultó de la mejor manera, especialmente para ella.
La joven suspiró profundamente, de la ilusión que tuvo con Terrence, sólo le quedaba el cuaderno que el joven le regaló cuando recién llegó a la cena con su familia. Recordó el nerviosismo que sentía mientras estaba sentada en el salón junto con su madre y su hermana, intentando actuar una escena de "elegante desinterés" como lo había sugerido su madre. Annie iba y venia por toda la habitación asomándose de vez en cuando por la ventana cada vez que escuchaba un ruido. Su madre, aunque intentara disimular bordar, no podía, además que siempre fue mala para esas actividades, así que solo hacia nudos con los hilos. Mientras ella, sentada al centro del salón, tenía un libro en sus manos que leía y releía siempre en el mismo párrafo por no poder concentrarse hasta que su hermana gritó de entusiasmo al notar un jinete aproximarse.
El joven atravesaba el pequeño jardín de la entrada, lo hacía sin prisa, pero mirando al frente, excepto por unos segundos que desvió la mirada hacia la ventana donde se encontraban las dos hermanas, como si supiera que ahí estaba ella, sonrió. Annie se apartó nerviosa y eufórica por el gesto, Candice, por el contrario, quedó ahí hasta que Terrence la saludó con un gesto de su cabeza y continuó su camino. A la joven el porte del caballero le resulto inquietante. Algo había en su personalidad, al moverse y al caminar que fascinaba a todo el mundo, pero también parecía cargar con otra cosa. Como si la luz de su mirada fuera una llamarada, sí deslumbrante, pero aún así oscura…hasta malévola.
El próximo duque de Grandchester fue anunciado como visita frente a Edward White, con quien conversó durante casi hora y media. Después su llegada fue anunciada a las mujeres White quienes saludaron con los debidos protocolos. La interrogante de su llegada aun era un misterio para ellas cuando se sentaron a la mesa. Antes de ese momento, todo había girado en torno a trivialidades. El recorrido de Terrence Grandchester por la zona para buscar una casa de verano, la vista de los alrededores, algunos recuerdos del baile organizado por su madre. Nada que no perteneciera a una charla con las damas de la familia. Hasta que Eloísa White preguntó con mucho atrevimiento
-¿podemos saber cuál es el verdadero propósito de visitar este rumbo, señor Grandchester? – dijo mirándolo momentáneamente para dirigirse a su hija menor - ¿tal vez su búsqueda se deba a un deseo que va más allá de adquirir una "casa veraniega", quizás algo más estable y familiar? – para sorpresa de todos el joven heredero contestó afirmativamente dejando tras de sí un silencio de unos segundos que se hizo eterno.
-He expresado mi interés por una de sus hijas con el señor White
-Querida, no es momento de hablar de esto – interrumpió Edward – es una discusión que el señor Grandchester y yo tendremos con suficiente tiempo
-aunque ya que lo menciona, señora White – secundó Terrence -es importante también incluir a la dama en cuestión – dijo el joven sin dejar de atender su comida
-Poco se puede opinar al respecto cuando algo ha sido acordado, señor Grandchester, eso lo sabemos, pero estoy segura que mi hija – miró a Annie que estaba a su derecha – aceptará de buen agrado cualquier arreglo al que usted y mi esposo lleguen, siempre y cuando sea para su felicidad, por supuesto
-Eso me parece perfecto -sonrió coqueto el joven – en ese caso – sacó de su bolsillo un pequeño paquete envuelto en papel y adornado con un listón rosa – acepte este sencillo presente, señorita Candice -dicho esto todos miraron estupefactos a la joven sentada hasta la orilla de la mesa – espero que termine siendo de su agrado cuando lo vea
Candice quedó sorprendida por lo que Terrence hizo con tanto atrevimiento, no pudo reaccionar de otro modo más que mirarlo sorprendida, impactada, más bien, por la tranquilidad de su semblante, su sonrisa tan cínica y su mirada tan relajada. No parecía que estuviera haciendo algo indebido. Sin darse cuenta terminó por aceptar el obsequio de manos del joven Terrence, gesto que contrarió aun más a Eloísa
-¡Cómo te atreves! – gritó la hija menor y salió corriendo del lugar. Eloísa se disculpó en nombre de su hija para ir en su búsqueda.
-Señor Grandchester – empezó a decir Edward – me temo que hubo una confusión
-¿confusión? – Terrence lo miró extrañado – no sé a qué se refiera, señor White, pero de mi parte no hay confusión alguna, yo tengo un serio interés en cortejar a su hija Candice White – dijo con seguridad. La joven seguía en su lugar, casi sin respirar. Sostenía con fuerza el presente que Terrence le había entregado y supo que cometió el error de aceptarlo directamente de sus manos, al hacerlo aceptó de manera indirecta el interés del joven hacia ella. El reclamo de Annie estuvo totalmente justificado, se dijo, pero las palabras que el joven decía con total confianza la envolvieron de tal manera que no podía distinguir si lo que él decía era real, confiable o cualquier otro asunto que obedeciera al buen juicio. – usted mismo estuvo de acuerdo en mostrar dicho interés a su hija directamente – la voz del joven la hizo mirar a su padre esperando su respuesta
-esa es la confusión, señor Grandchester, mi hija Candice no está disponible, ella está comprometida
-Pero, ¿Cómo es eso posible? – se vio sorprendido el joven, causando impresión en Candice al notar lo bien que fingía no saber del compromiso de la chica – las habilidades casamenteras de mi madre me aseguraron que la señorita White no está comprometida con ningún caballero
- me temo que no hay registro público del compromiso, pero mi hija está comprometida, señor Grandchester- hizo una pausa- Mi otra hija, Annie, ella está disponible y estoy seguro de que aceptaría sus halagos encantada
-No niego la belleza de sus hijas señor White, pero es la señorita Candice quien capturó todo mi interés – continuó – y no habiendo un registro del compromiso a celebrarse, incluso desconociendo al susodicho, podría asegurar que tal desagravio podría considerarse impropio y nada merecido para alguien como su hija
- ¿aceptó un compromiso sin anunciarse apropiadamente, padre? -intervino Candice sirviéndose del desconocimiento que de acuerdo con sus padres tenía sobre el anuncio de su compromiso – ¿a caso pensaba casarme en medio de la oscuridad, como si ocultara algo? ¿eso no es atentar contra mi honor y dignidad de nuestra familia?
-¡Cállate, Candy!
-¡Creo que tengo derecho a hablar al respecto, es mi dignidad la que está en juego, padre!
- ¡Tu dignidad la salvaguardo yo! – gritó poniéndose de pie, provocando que Terrence se moviera incómodo en su asiento, aunque no hizo el intento por intervenir frente a los gritos, algo que desmoralizó a la joven– vete, el señor Grandchester y yo tenemos asuntos que tratar -ordenó a su hija que se negaba a irse sólo para que su padre jugara con su futuro - ¡Te dije que fuera! – gritó al tiempo que corría al encuentro de la joven para levantarla de la silla, Terrence dejó expulsar un gesto de fastidió que hizo a Candice mirarlo contrariada. Edward, al darse cuenta que Terrence no hizo amago de detenerlo o de intervenir, prosiguió tomando del brazo a su hija y la arrastró fuera, como otras ocasiones lo hacía con su madre cuando ella olvidaba cuál era su lugar.
Cuando Candice pasó de su lado, Terrence cruzó con ella para quedar de frente a Edward, el rápido y juguetón roce que la joven sintió en su mano la hizo volver para mirar la espalda del heredero Grandchester. Una sonrisa se dibujó en el rostro de él, pero la joven no pudo descifrar cuál era el verdadero significado. Aquel caballero la estaba desilusionando a más no poder, especialmente porque pensaba que la defendería. Eso hacía un hombre enamorado ¿no? En cambio, él, él…no estaba segura de qué era lo que esperaba de ella. "Es el heredero de un duque" se dijo, no tiene que justificarse por nada, pero… se había mostrado tan amable y embelesado con ella durante el baile.
Cuando su padre entró a su habitación, una hora después, supo que sus posibilidades de cancelar su matrimonio con el conde de Andley eran nulas y no se diga de volver a interactuar con Terrence.
-No quiero que vuelvas a hablar con el señor Grandchester – exigió Edward apenas irrumpió a la habitación de su hija – no lo verás, no hablarás con él, si ha de casarse con alguien será con Annie – casi gritaba –pagar tu peso en oro para que yo manche mi reputación con el conde Andley y cancele tu compromiso con él, es un precio justo– la miraba severamente – pero ni lo mencionó, tal vez no tenga tanto interés como dice, pero tu madre se encargará de colocar a Annie, ser la duquesa de Grandchester es el destino de tu hermana no tuyo ¿está claro? – su hija lo miraba en silencio sin apenas pestañear - ¿ESTÁ CLARO?
-está claro, padre – contestó finalmente para mirar a su padre salir de su habitación volviéndola a dejar sola con sus pensamientos.
Le tomó apenas unos minutos reaccionar a todo lo que su padre la había dicho. Tuvo el impulso de tomar el cuaderno aterciopelado que Terrence le obsequió para arrancar una hoja de ahí y empezar a escribir una breve carta a su querida amiga de la infancia. "Querida, Patty…" empezó; habló de su encuentro con Terrence Grandchester, de su visita inesperada y de lo contrariada que se sentía al saberse el centro de interés de su parte. Aunque había muchas cosas que estaban en su cabeza que aún no lograba entender. Se sentía una pieza en un juego entre manos poderosas, manos con dobles intenciones; sus padres, el conde de Andley, Terrence Grandchester. Lo único de lo que podía estar segura era que Terrence no le había mentido en cuanto al anuncio de su matrimonio con el conde. Su padre lo había confirmado durante la cena con total descaro. ¿Por qué el conde se negaba a reconocerla como su prometida? ¿A caso era por su procedencia? No venía de una buena familia, no tenían un apellido legendario, de hecho, era el apellido de los bastardos. Su padre lo era, pero se esforzó tanto que logró acumular una riqueza que la nobleza se obligó a reconocerlos.
Suspiró agotada por los caminos tan pedregosos que la vida se empeñaba en ceñir sobre las cabezas de algunos. No era una mujer distinta de las demás, añoraba encontrar el amor, añoraba sentirse amada y amar por igual, pero sabía que tenía deberes que cumplir y que si quería ayudar a su familia debía esforzarse el doble. Su madre le recordó muchas veces la suerte que habían tenido que la señora Andley la hubiera escogido de entre todas las jóvenes casaderas que asistieron a la entrevista. Y tal vez tenía razón, pero si su madre se hubiera enterado de la rudeza y el desprecio con el que fue tratada por la matriarca Andley, tal vez hubiera pensado diferente. Seguro hubiera pensado como ella, que aquel matrimonio, aunque ventajoso, estaba destinado a la desgracia.
Fue este pensamiento que llevó a la joven Candice a caer en los encantos equivocados. En la palabrería dulce y a veces poco elaborada de un caballero de capa y modales "modernos". Luego de aquella visita y de que la joven pensara en su futuro y, por supuesto, en el heredero a duque, Terrence Grandchester se presentó nuevamente en la casa White. Ella obedeciendo a las advertencias de su padre se mantenía al margen. Cualquier flirteo que lograba identificar por parte del joven ponía una excusa, como las que su madre le había enseñado…" preparativos para la boda" "visita con la modista" "responder cartas a su prometido" Durante una semana las visitas fueron frecuentes, sus padres habían llegado a la conclusión de que el heredero al ducado había aceptado de buen agrado cortejar a la menor de sus hijas. Hecho con el que Annie estaba más que feliz, igual que su madre. Pero a lo largo de las visitas, Candice pudo percatarse de un juego de cacería en donde ella era la presa, aunque su poca experiencia en la vida social y amorosa le impidieron abrir los ojos a tiempo.
Todo empezó luego de quinta visita de Terrence Grandchester. Hasta ese momento, el joven se limitaba a mirarla, quizás a rozar una de sus manos o la falta de sus vestidos. Candice entraba en pánico cuando se atrevía a acariciar su cabello o el dorso de su mano aprovechando la galantería de saludar con un beso a todas las mujeres White. Se sintió presa de un trato que no quería recibir, pero de tal comportamiento su madre, especialmente, lo justificaba diciendo que solo trataba de disculparse por la confusión cuando recién lo conocían.
Candice decidió no hacer mucho drama y también decidió evitar hablar de su incomodidad por la presencia tan cercana de Terrence Grandchester en su casa. Al parecer, esto lo supo él. ¿Cómo? No tenía idea, pero Candice estaba segura de que Terrence conocía la ignorancia de sus padres ante la insistencia velada por estar a solas con ella. Tal vez el olfato de un cazador experto, el olor a miedo, a víctima…a debilidad.
Aquella visita se hizo durante la cena, su madre estaba aun ocupada atendiendo el arreglo de Annie. La presencia de Terrence había provocado que los preparativos para su boda se ralentizaran por el esmero que ponía Eloísa en el arreglo de su hija menor. Su padre estaba ocupado atendiendo asuntos comerciales, los animales de granja que había comprado estaban llegando y debía atenderlos, por lo que sólo estaba ella en casa, lista para la cena, cuando la llegada de Terrence Grandchester le fue anunciada.
Candice no supo qué hacer. Sabía que ella sola no podía recibirlo, así que ordenó que lo enviaran al privado de su padre y avisaran a éste y a su madre de su llegada. Ella decidió esperar en el salón. Tan solo unos minutos después escuchó la puerta abrirse, mientras buscaba entretenerse contestando una de las cartas a Patty en una de las pequeñas mesas dispuestas para colocar el té, en una esquina del salón lo bastante lejos de la entrada como para no ser vista con facilidad. No tuvo necesidad de levantar la vista, pues estaba segura de que su madre o Annie llegaban. Fue hasta que escuchó los pasos secos sobre la alfombra que no reconoció aquellas pisadas y levantó la mirada para encontrarse con Terrence mirándola con una sonrisa extraña. Reconoció el cuaderno que él le había regalado durante la primera visita a su casa. Candice lo ocultó de inmediato y se reprimió por no haberlo tirado a la basura.
-Señor, Grandchester – dijo poniéndose de pie lo más rápido que pudo
-Terry – dijo acercándose - Puedes llamarme Terry – un nerviosismo transfigurado, tal vez, en miedo, hizo que la joven se apartara un paso chocando contra la mesa y tirando el arreglo florar y otras cosas como la tinta que ahí estaban
-¡pero mira lo que has hecho! – dijo el joven agachándose para recoger las cosas - ¡qué desastre!
- ¡no puede estar aquí! – insistió apartándose de él
-Pero solo vine a saludar – dijo levantando la vista para mirarla correr a la puerta - ¡Candy! – la alcanzó justo en medio del salón. La sostuvo del brazo y luego la apresó con ambas manos - ¡sólo quiero verte! – estaba aterrada - ¡no ves que sólo acepto este juego de cortejar a tu hermana, por ti!
-¡no tiene que hacer eso, soy una mujer comprometida!
-Pero tu no quieres ese matrimonio
- es mi problema, no seré la primera ni la última en casarme de esta manera– dijo ella intentando zafarse – por favor, suélteme
-Candy – se acercó aun más a ella – tuvimos nuestro momento, en el baile, fue un flechazo, lo sentí, sé que tu también
-¡yo…- estaba nerviosa, aterrada – yo no sé qué sentí – si su madre y su hermana entraban y veían ahí a Terrence tendría problemas…ella, especialmente ella – ¡tiene que salir de aquí!
-No hasta que me digas que tú también lo sentiste – ajustó su agarre, sintió su brazo apresarla por la cintura, el miedo la paralizó – sé que lo sentiste, yo puedo rescatarte de ese matrimonio, de ese conde, puedo hacerlo
- ¡CANDY! – y lo que temía, pasó.
Terrence terminó por soltarla, ella terminó por caer al piso. El joven se quedó de pie unos momentos, sin mirarla, sin hablar con ella. Escuchó a Annie gritar, al parecer nada inapropiado, solo un grito. Escuchó más pisadas. Su padre, quizás.
-Candy me mostraba este hermoso salón – dijo él y tuvo el deseo de levantarse, golpearlo y gritar que eso no era cierto. Luego cayó en la cuenta de que la llamó Candy, ¿cuándo la había llamado así? Unas tres veces desde que cruzó la puerta. ¡No!
Edward le pidió a Terrence esperarlo en su privado. La señora Ponny lo llevó hasta allá. No tenía las fuerzas para levantarse, pero supo que debía hacerlo cuando escuchó la puerta del salón cerrarse, de otro modo lo haría su padre y no le gustaría.
-Candice – la llamó Edward. Levantó la mirada y ahí estaba, su padre, con una mirada severa, frente a ella -¿qué has hecho?
Una lágrima escapó y rodó por su mejilla hasta ocultarse en su cuello, luego le siguieron otras
-tienes que creerme, padre, no lo traje aquí
-¿eres su amante? – preguntó con total descaro Annie, pero fue su madre fue quien la cogió del brazo para levantarla
-¡Pero qué avaricia la tuya niña malcriada! – Candice soltó un quejido por la violencia con la que su madre la trataba - ¡en poco tiempo te casas con un conde, para qué te enredas con el duque! ¡nos arruinas!
-¡YO NO LO TRAJE AQUí! – gritó mientras se soltaba. Recibió un golpe seco en su mejilla.
-A mí no me gritas
-Candice – habló Edward
-¡sería incapaz, padre, tienes que creerme!
- Tienes suerte de que hayamos sido nosotros, tu familia quienes te vieron- dijo su madre
-YO NO HE HECHO NADA
-Silencio, Candice – objetó Edward golpeando la otra mejilla de su hija – de esto no se enterará el conde, un paso más en falso y dejarás de ser mi hija
La joven se cubrió el rostro con ambas manos. Ambos golpes le habían dolido mucho, la brava mano de sus padres sobre su rostro, pero sobre todo la acusación sin razón que cernían sobre ella. Odiaba a su familia por entregarla a un juego perverso de matrimonios y a Terrence por acecharla.
Hasta ese momento fue consciente del terrible error que había cometido, su ingenuidad y falta de experiencia la llevaron a hablar de mas frente a un desconocido que ahora no la dejaba en paz. Y su prometido, de él no sabía nada. La cena aquella noche fue tensa. Candice no estuvo presente. Pero Terrence acudió a la mañana siguiente para ofrecer disculpas por las molestias causadas. Edward y Eloísa aceptaron de buena gana, no podían darse el lujo de perder el interés de un duque. Por su parte, Candice, luego de las acusaciones indecorosas de que las fue víctima por parte de su familia, la orillaron a acumular un resentimiento que la segó ante las astucias de Terrence. Éste dejó de mirarla, seguirla o hablarle siguiera. Candice pensó que el interés había terminado. Que el juego lo aburrió. Faltando poco para marcharse a tierras altas, en una de sus visitas, el heredero consiguió hablar con ella a solas, sin intervención de nadie y sin testigos. Estaban dando un paseo por los terrenos aledaños a la casa White. Terrenos sencillos, pero particularmente lindos por la cantidad de árboles que había alrededor.
Insistió, tal vez mucho, en que él podía rescatarla de un matrimonio desdichado. Habló de su familia. De la mezquindad de su madre y su hermana. De la facilidad con la que su padre podía intercambiarla por Annie si él aceptaba pagar por cancelar su compromiso con el conde. Y era cierto. Recordó que su padre lo había mencionado antes. Estaba confundida. Terrence la confundía, su familia la confundía. Se sintió sola. ¿Esto es la vida?
-No tienes que casarte conmigo si no quieres – dijo él – puedo sacarte de aquí, mi madre tiene influencias, puedes ser libre, una dama de compañía, tu futuro está en tus manos, tú decides- hablaba. Ella lo escuchaba. ¿Le hablaba de tú? ¿Ella lo permitió? ¿de verdad tenía su futuro en sus manos?
-conozco a los Andley – continuó él – Elroy Andley puede resultar aterradora – ella lo miró con atención. Lo era. Recordaba la entrevista. Terrence ocultó ambas manos en la espalda y le dedicó una sonrisa misteriosa.
-Ciertamente la señora Elroy puede ser atemorizante – intentó ocultar su nerviosismo
-Déjame ayudarte, Candy
-No puede hacer nada, señor Grandchester
-yo creo que sí – la miró por un segundo de una manera que no supo descifrar y de un momento a otro lo sintió sobre ella. Buscando sus labios. Ella gritó. ¡Padre! Salió de sus labios. El la soltó como si su contacto quemara como el fuego. Edward acudió al llamado. Terrence tenia un gesto contraído. Se le veía sorprendido hasta parecía vulnerable. Candice no lo sabia en ese momento, pero aquella vez, cuando pensó que la mirada de su padre expresaba consuelo y apoyo, significaba todo lo contrario.
Desde aquel momento, hasta el día en que huyó, Candice vivió encerrada en su habitación para evitar que su comportamiento indecoroso afectara a la familia y a los arreglos que ya estaban en puerta.
Esto trajo desdicha a la joven. Pero los dos días que paso encerrada pensó que Terrece tenía razón, su futuro estaba en sus manos. Aprovechó el afecto que la señora Ponny tenia por ella y la convenció de dejarla salir cuando le llevaba una bandeja de comida.
-Me queda América, señora Ponny – dijo – un nuevo mundo para una nueva vida, así no arruinaría a mi familia ni seria acechada
No supo realmente cómo lo logró, pero la señora Ponny le dejó la puerta abierta. Fue tal vez la poca alegría que tenia ahora cuando antaño era una joven feliz e ilusionada. Dispuesta al sacrificio por su familia, por cumplir con su deber, pero de deber ya no lo tenia muy claro que lo fuera. No sentía entusiasmo por casarse con alguien que la desprecia y se avergonzaba de ella, tal vez por venir de una familia apenas rica y no noble; quizás por ello Terrence pensaba que podía hacer con ella lo que quisiera y tenia razón, podía; su familia lo permitía, todo por no perder el favor de convertir a Annie en duquesa. Y luego, su padre; la mirada que le dedicaba cada que ella hablaba, ya no era la de un padre orgulloso. Tal parece que solo esperaban el día de la boda para deshacerse de ella. Pues se los pondría fácil. El intercambio de cartas con Patty le dio confianza. Con terror y angustia su amiga le ofreció refugio en los establos de sus tierras, una muda de ropa. Luego embarcaría a América.
Lo que desconocía Candice, era la insistencia y la mezquindad que algunos o muchos practicaban como un deporte. Terrence la esperaba, sabía que huiría. Era cuestión de tiempo. Él era un caballero de buen temple; acomedido, amable, culto, paciente y bastante caprichoso. Se decía a sí mismo que la joven White lo hechizó. Ese siempre fue su argumento. Todo lo que hizo lo hizo por amor, lo que esto pudiera significar para él.
La chica huyó, como lo pensó, durante la noche. ¿Qué hacia él en el camino esperándola? ¿Qué hacía él jugando al enamorado con una joven apenas inocente y comprometida? ¿Qué hacia en una campiña cuando debía estar preocupado por el destino de sus tierras? Nadie y solo él lo sabia, pero tenía los pies bien plantados en la tierra enlodada del camino. La reconoció. Un jinete. Una amazona, una joven huyendo a caballo, montando cual hombre, corriendo cual hombre. ¡Qué osadía! Y detuvo el trote tan repentinamente que ella cayó sin poder evitarlo. "Terrence Grandchester" dijo su nombre en silencio, derrotada. La caída fue aparatosa, pero no le hizo daño. Se golpeó los brazos y las piernas. Hizo un ovillo de ella para evitar otros golpes graves.
Luego de aquello no puedo evitar cerrar los ojos. Un letargo prolongado se apoderó de ella. Quizás las emociones, las decisiones, el trote y la caída, no lo sabía, pero no podía mantenerse despierta. ¿Cómo se movía? No lo sabía. ¿Qué pasaría con ella y su familia?
- sabrán que huiste o quizás que estás conmigo – dijo. Debió hacer la pregunta en voz alta para haber sido contestada por Terrence. ¿Es que acaso la llevaba en brazos? Quiso soltarse. Sujetarlo de las solapas y empujarlo con todas las fuerzas que ahora no tenía.
"Sabrán que hui"
-Huiste
"Pensarán que hui con usted"
-Huiste conmigo
-Estoy arruinada
CONTINUARÁ...
