La vida secreta de los amores en flor
III
A tierras altas llegó un mensajero con una misiva urgente, aunque expresamente fue dicho que se le entregara a la señora Elroy de Andley. Claro está que, al término del viaje, el mensaje no fue entregado a quien correspondía, sino que fue Albert quien recibió la nota urgente firmada por Eloísa White. El conde frunció el ceño mientras leía la carta que iba dirigida a su tía abuela. De algún modo las voces que habían estado llamando su atención ante el cambio tan drástico en su expresión fueron reduciéndose conforme avanzaba en su lectura. Fue hasta que el grito de "¡Albert!" proveniente de su hermana Rose se introdujo a su campo auditivo que levantó la mirada.
-Mi prometida huyó con Terry – dijo finalmente
-¿cómo que con Terry? - la mirada curiosa de su hermana, sumado al indescifrable gesto de George, su mano derecha, no pudo contestar de otro modo que no fuera por medio del enojo
-¿por qué nada de esto se me informó? – preguntó con exigencia extrema mirando a George
-desconozco a lo que te refieres William
-hermano, ¿qué sucede, de quién es la carta?
- ¿por qué mi matrimonio con la señorita White no fue anunciado públicamente? – se levantó – no cuento ni siquiera con la notificación de la corona
- no necesitamos su permiso para realizar una boda – aclaró Rose – tal vez ese es el motivo, pero, seguro la tía abuela tiene una mejor explicación
-claro que la tiene, esta carta – levantó el papel – va dirigida a ella – la sostuvo con ambas manos – "mi queridísima señora Elroy, debo decirle que hice todo cuanto usted me lo ordenó, evitamos hablar de los planes de boda, además, en cuanto me enteré del incipiente enamoramiento de Candice con el heredero al ducado de Grandchester, me hice cargo de ello; pero nada de esto impidió que el amor juvenil se apoderara de la mente de ambos jóvenes" – Rose abandonó su sitio y se emparejó al conde hasta tomar la carta entre sus manos
"No piense que esto es un reproche, pero tal vez si el matrimonio de hubiera anunciado como es debido, nuestras familias no se verían en la necesidad de afrontar esta desgracia, suplico su ayuda como en otros momentos para librarnos de este obstáculo y continuar, como dijo, desairadas con lo nuestro"
-Dios mío, la tía abuela repudiará a la joven – declaró Rose una vez que dejó la carta sobre el escritorio de Albert – ni siquiera es de buena familia, hablarán de ella, te dirá que dejes a los Grandchester lidiar con ese asunto
-¿cómo es posible que hayamos faltado con tanto descaro a las reglas? – miró a George que aun se mantenía impasible a su otro lado - ¿por qué no me enteré de esto?
-la señora Elroy dijo que se encargaría y tú – miró al conde exigiendo que continuara – tú no querías tener que ver con los arreglos
-está bien que no estoy entusiasmado en casarme con la prometida de Anthony, pero jamás le quitaría mi apellido cuando hemos llegado a un acuerdo con la familia
-¿qué harás hermano?
-iré a recuperar a mi prometida – zanjó con la intención de salir del salón – George, prepara los caballos y a una comitiva que nos acompañe, hombres fuertes y una doncella
-Albert – rose lo detuvo del brazo – no le gustará a la tía abuela
- esto no le compete, Rose – dijo sin soltarse – se trata de mi prometida, cualquier agravio contra ella es uno contra mí
-si en verdad huyó con Terry – esta vez lo soltó segura de que la escucharía – tal vez ella lo quiso así, tal vez ya se conocían; además, en caso de ir, no te enfrentarías a Terry, sino a lo que los Grandchester representan para nosotros
-no me interesan las viejas rencillas de la tía abuela, Rose
-te equivocas, Albert - insistió – para ella no son viejas rencillas, sino disputas eternas- continuó -que Eleonor se enamorara de Robert cuando estaba destinada a casarse con Neal, quebrantó más que las reglas, su orgullo.
-Rose – la tomó de las manos – si no voy, mi orgullo no se verá afectado sino la integridad de la señorita White, futura condesa Andley – besó su mejilla – no anuncies mi partida a la tía abuela hasta que ella pregunte por mí, volveré antes de que se entreguen los tributos
Dicho esto, abandonó la estancia preparándose para la partida. George, apenas pudo reunir una comitiva de tres hombres fuertes dispuestos a viajar de manera tan repentina. A juzgar por el estilo del viaje, ninguna doncella, más que la joven Dorothy se aventuraron al galope. Albert quería y necesitaba viajar ligero. Se reprochó a sí mismo el desapego que tuvo por el asunto del compromiso. Solo esperaba que no fuera demasiado tarde para arreglar las cosas.
Desde hace un tiempo que había decidido no permitirle a Elroy que se entrometiera en su vida privada, pero no había tenido el impulso suficiente para hacer efectiva tal decisión. Después de la guerra, lo cierto era que Elroy había resultado una mano favorecedora para llevar la administración del clan. No obstante, las grandes decisiones habían quedado a cargo de Rose y George, aunque ante la muerte de Anthony, comprendía que el humor de su hermana no estuviera a tono para llevar la carga de tomar decisiones por el clan Andley.
Sumado a todo ello, estaba el nerviosismo que lo dominaba saber que más temprano que tarde conocería a la joven que sería su compañera de vida y no tenía ni la más remota idea de cómo actuar o qué decirle. Esperaba que cuando llegara el momento tuviera las palabras adecuadas para evitar que la joven se formara una mala impresión y borrar, de una sola vez, todos aquellos malos entendidos que la intromisión de Terry iba generar.
Terrence cabalgó hasta llegar a un descanso donde tomó un carruaje, detenido en una de las propiedades de los Grandchester. Candice empezó a recuperarse a medio trayecto. La somnolencia la venció o quizás el deseo que tenia de que todo aquello fuera una pesadilla. En cuanto se recuperó sintió el ajetreo del carruaje. Se incorporó de un solo movimiento y miró a través de la ventana. El paisaje era diferente. Totalmente desconocido. Árido, diría. ¿Cuándo ocuparon un carruaje? ¿cuánto tiempo llevaban viajando? Miró al frente. Se encontró con la mirada de Terrence fija en ella, en sus manos, más bien. Miró desconfiada su rostro, sin un gesto ladino ni una sonrisa amistosa. Estaba serio. La miraba, pensaba ella sin prestar atención. Visto así, le recordó al día del baile, amable, gentil, enamoradizo. ¡Vaya cara bonita!
Esta vez se movió con rudeza para llamar su atención. El joven la miró a los ojos, parecía desconcertado.
-Has dormido mucho
-Mi padre mandará por mí – dijo ella
-Seguro
-¿qué espera de mí señor Grandchester?
-Terry – insistió – por favor llámame Terry
-¿qué esperas de mí Terry? – el sonrió aunque la pregunta la repitió con resentimiento
-estoy enamorado – dijo él sin dar otra explicación. Nada más. Aquello no respondía a su pregunta, de hecho, la anulaba, parecía que la ignoraba por completo. No dejó de pensar en lo que estarían hablando sus padres. Annie, que en este momento debía estarla odiando, seguro estaría registrando su habitación para hallar una pista. Conociendo a su familia, su padre no podía solo decir que desapareció. No había modo alguno que se enteraran que fue robada por Terrence Grandchester y, de todos modos, de saberlo ¿quiénes eran sus padres para exigirle a un duque la restitución del daño causado?
Además, estaba el conde Andley. Todos los escenarios que tenia frente a ella eran insufribles. Desventajosos, como diría su madre. Si antes se sentía acorralada, ahora era un roedor de aquellos que rondan las calles de Londres sin futuro ni a quien recurrir para sobrevivir. De cualquier modo, en el fondo y por donde se le viera había dejado de ser la hija de los White y la prometida del conde de Andley. Sintió un vacío inagotable en su pecho que mientras más le prestaba atención crecía y crecía.
Terrence, por su parte, habló poco. Parecía sumergido en un plan que venía ideando desde que ensilló con la joven en brazos. Lo cierto es que no tenía pensado raptar a Candice, pero las cosas se dieron así. Su padre le recriminaría su actuar, eso era seguro, pero estaba confiado en que no lo dejaría solo. La mayor consecuencia es que William lo retara, pensó que debía prepararse para esa posibilidad. Ciertamente Candice se llevaba la peor parte ante una huida como esta, pero el flechazo o capricho que lo ataba a la joven era indescifrable, pero estaba dispuesto a seguir el juego.
Cuando llegaron al castillo Granchester fue su madre y algunos criados quienes los recibieron. Eleonor pudo distinguir la melena rizada y suelta de la joven. Candice perdió sus garcillos para atarse el cabello cuando cayó del caballo, así que trenzó parte de él. Su cabellera rubia flotaba por sus hombros con tanta naturalidad como si el viento los acariciara. La madre de Terrence la miró con el gesto serio. Era hermosa, una joven bella y de modales elegantes; bastante bien aprendidos. Pero venía con el cabello suelto, sola y con lodo entre el vestido. Suspiró antes de que Terrence llegara a darle un beso y un abrazo en agradecimiento por su recepción. Sintió el agarre de su hijo en la mano un tanto nervioso. La miró antes de introducir a su acompañante
-La señorita Candice White, madre – dio paso a la joven. Con la mano en la espalda de la joven la guio hasta quedar, ambos, frente a Eleonor – nuestra invitada
La joven hizo una reverencia. Las piernas y las manos le temblaban. Se sentía por demás inapropiada en todos los sentidos, su presencia, su ropa, su peinado, sus modales, su situación. Estaba aterrorizada y al parecer la duquesa lo notó. La sostuvo de los brazos para calmar el temblor que creía cada vez más
-bienvenida, Candice – dijo con familiaridad. La joven sonrió – imagino que tu estancia será larga en el castillo – dijo mirando a Terrence, interrogándolo más a él que a la joven
-lo suficiente
-querida, deja que te asignen una habitación – volvió su mirada a Candice – el viaje debió ser agotador – ordenó que guiaran a Candice a una de las habitaciones centrales. Terrence supo que su madre tenía una idea de lo sucedido. El joven agradeció por lo bajo. Candice caminó siguiendo a dos mucamas hasta adentrarse al castillo – Dime que no está prometida – detuvo su andar sosteniéndolo del brazo
-ya no – contestó soltándose de su agarre sin ser violento. Eleonor suspiró largo y tendido. Alcanzó a su hijo antes de que siguiera a la joven
-debes hablarlo con tu padre – esperó que aquello hiciera recular al joven. Miró a Candice perderse entre las escaleras centrales – si ella se quedará aquí, necesita saberlo
-pensaba hacerlo después de descansar
-ahora – el resoplido de Terrence la exasperó una fracción de segundo. Pero luego volvió a adquirir un semblante serio y alerta. Siguió a Terrence hasta el privado de su padre. Algo poco apropiado era que ella se quedara en la discusión, pero lo la llegada de la joven Candice era crucial y sumamente importante.
Robert se tomó la interrupción como un intento familiar de pasar tiempo juntos, como otras veces Eleonor lo había hecho. Pero la seriedad de su esposa y la mirada severa de su hijo le hicieron saber que los asuntos a tratar no era un paseo al medio día. Fue Terrence quien habló sin tapujos. Evitó irse por las ramas y fue directo al grano.
-Me enamoré de Candice White, prometida de Albert y la traje al castillo – hasta ese momento Eleonor no tenía idea de quién era el prometido de la joven, pero al escuchar que se trataba del conde Andley el alma se le fue a los pies. No podía enemistarse con su propia familia y menos con el patriarca en tierras altas, no después del último error sucedido.
Por su parte Robert Grandchester permaneció en silencio por un minuto. Tiempo suficiente para que el joven sintiera aquello como una afrenta ensordecedora.
-lo siento padre, pero tuve que hacerlo
-¿enamorado, dices?
-hasta los huesos
-¿lo sabe Albert?
-tal vez no ahora, pero pronto lo sabrá
-¿su familia, de la chica?
-son comerciantes, adinerados, viven en Cliff en la campiña
-granjeros, entonces – añadió Eleonor
-desconocía que Albert fuera a casarse, pensé que los planes de una boda se fueron con la muerte de Anthony – volvió a hablar su padre. Terrence respiró largo y profundo. Eleonor cayó en la cuenta que en víspera del baile su hijo le había pedido averiguar algo sobre la señorita White. Lo recordó entonces
-no hay registro ni anuncio de un casamiento futuro, mi primo lo ocultó – reflexionó en voz alta -seguro porque la tía abuela Elroy lo sugirió – continuó – qué humillante
-¿Albert iba a casarse con la prometida de su sobrino? – preguntó Robert
- ¿iba? – apuntó con astucia la duquesa
-Eleonor, querida, la joven está aquí y tu hijo está enam…
-Loco – corrigió – no podemos entrar en conflictos con Albert y lo sabes, debemos dejar de solaparlo
- Candy no quiere ese matrimonio, está siendo forzada – rebatió el joven – no la entregaré a Albert
-¿Candy? – su madre reaccionó con perplejidad - ¿desde cuando es que conoces a esa joven? – continuó - ¿antes del baile?
-no importa cuándo …
-para que la llames con tanta confianza parece que tu y ella…
-¡madre! – la detuvo con un severo tono – esta vez es diferente
-Si esto es un capricho más, déjame decirte que se acabaron, lo prometiste antes de partir a la guerra
- Lo cierto es que tu madre tiene razón – el joven miró a su padre consternado – no digo que te doy la espalda, Terry – se explicó – pero no voy a iniciar un conflicto en tierras altas con Albert, mi apellido puede protegerte un tiempo, puedo conseguirte el favor de la corona, pero los Andley no te dejarán en paz y nuestra situación no es la mejor en estos momentos
-entonces Albert tampoco podrá dormir tranquilo
-¡Terry, abre los ojos! – suplicó su madre -Elroy no te lo permitirá, conozco a mi primo y sé que a él no le gusta el conflicto, pero no todos piensan igual
-Si Albert no la quiere, no veo problema alguno a que cancele la boda
-Terry, Elroy no se lo permitirá. No después de lo que…de lo último que pasó
-Candy no saldrá de aquí para irse con Albert – sentenció el joven de pie en medio de la habitación. Robert suspiró y pensó en una forma de ayudar a su hijo, después de todo era su único heredero y aunque Eleonor era familiar lejano de Albert, ella quería evitar el conflicto. Durante los últimos años y desde que su esposa decidió casarse con él, no habían parado las peleas. El buen juicio y la lealtad de Albert en el campo de batalla habían traido a Terry de regreso, de eso estaba seguro, pero hasta el momento el conde desconocía muchas cosas. Suspiró agotado, cuando pensó que Terrence al fin sentaría cabeza…
-Debemos prepararnos, en cuanto Albert o Elroy se enteren de la huida de la joven, te buscarán – respiró – vendrán – miró a su esposa que se encontraba con los brazos cruzados
-Cásate con ella lo antes posible – su hijo y su esposo la miraron consternados – no hay ningún anuncio o registro de un compromiso en los Andley, anunciémoslo nosotros, celebremos el compromiso y cásate con ella.
-No lo hare
-¡Es la solución menos desastrosa que tenemos!
- ¡esta vez es diferente! ¡quiero a Candy para mí y la quiero conmigo!
-el plan de tu madre es perfecto para esta situación, la chica llevará tu nombre, podrán rumorear, pero nuestro apellido los callará, será una Grandchester y cuando asumas el ducado habrá quedado en el olvido.
-Estoy segura de que aceptaría, como joven casadera no tiene muchas opciones, siendo más que huyó de casa con un hombre– apunto Robert – Eleonor, querida, tal vez podrías hablar con ella
-lo haré yo – zanjó Terrence. Vio a su padre asentir en silencio y a su madre lanzarle una mirada que oscilaba entre la preocupación y el enojo. Respiró lo más profundo que pudo, como queriendo coger la mayor cantidad que aire que le permitiera afrontar lo que venía a continuación. William era un hombre severo pero prudente y aunque estaba seguro de que a él le interesaba no dañar a nadie, seguro se decantaría por dejar en paz a Candice como esposa su esposa y se iría sin apelar a la batalla; Elroy Andley, por otra parte, no lo dejaría pasar tan fácil. Todo esto pasaba por su mente mientras su madre abandonaba el privado seguida de su padre que se había detenido en el umbral para verlo. Terrence lo registró en su campo de visión y giró para mirarlo de frente modificando su gesto cuando escuchó que su padre decía:
-debe gustarte mucho para haberme buscado y decírmelo sin rodeos como otras veces – el joven se incorporó, pasó frente a su padre y le devolvió la mirada, esta vez sin la sorpresa que originalmente le había provocado
-hasta los huesos, dije – dejó a su padre en el umbral de la puerta y se encaminó a buscar al ama de llaves para saber en cuál de todas las habitaciones habían llevado a Candice.
Era consciente que el tiempo que tenía antes de que la tormenta se desatara era casi nulo. Sus posibilidades de salir airosa de esta situación eran igual a cero. Suspiró con frustración de pie junto a la ventana que asomaba hacia un gran jardín. Deseó estar sola de inmediato, pero esperó a que la ama de llaves le explicara los sitios en el castillo por los que podía deambular siendo una visitante indefinida. Cualquier dato respecto al lugar podía ayudarle a encontrar una salida antes de volver a toparse con Terrence.
Una vez que la ama de llaves salió para dejarla descansar, como había indicado la duquesa, Candice se limitó a abrir las altas ventanas para buscar un lugar por donde salir. Hizo lo mismo con las puertas del balcón, pero no había relieves entre los qué sostenerse, además de que la altura era considerable. Por la posición de la habitación, el balcón daba justo a uno de los laterales del castillo, el lado oeste de la propiedad Grandchester. Desde ahí podía divisar un camino que se perdía entre un claro de árboles. Era un camino pedregoso y enmarcado por un túnel de grandes ramas. Por unos segundos rememoró la imagen de alguien al pie de una de las habitaciones cuando asistieron al baile aquí mismo. Pensó que aquella habitación estaba al otro lado de donde se encontraba ahora. Bien podría tratarse de un familiar. Empezaba a hilar una red de historias casi fantásticas al respecto cuando escuchó que tocaban la puerta. Escuchó la vehemente voz de Terrece al otro lado y con un movimiento instintivo buscó algo con lo qué defenderse. Ocultó entre la manga de su vestido un abrecartas que encontró en uno de los cajones del tocador.
Terrence la miró y pensó que era mucho más bella que en todas las ocasiones en que la visitó en casa de los White. El día estaba declinando y la tenue luz que entraba a la habitación a través de las ventanas abiertas le daban un aire misterioso y romántico que producían un brillo singular al ya hermoso color de sus ojos verdes. Las pequeñas pecas esparcidas por su nariz parecían tener luz propia, también. El cabello suelto, salvaje y libre como lo tenía agregaban un halo de sensualidad que le llenó el pecho al joven. En ese momento, podía jurar que olvidó cómo respirar, por el modo en que, segundos después de haberla visto, expulsó el aire que había tomado antes de tocar a la puerta. "Es mucho más bella que…" Sacudió la cabeza tratando de olvidarse de todo lo que no se tratara de Candice.
Ella, por otro lado, trataba de serenar el temblor en sus manos. No sabía dónde ponerlas. La mirada tan atenta del joven la hacían sentir una presa indefensa. Se preguntó, durante mucho tiempo, si aquel modo de sentirse bajo su mirada era el enamoramiento, pero ahora estaba segura de que se trataba de una emoción cercana a la intimidación y posiblemente no supiera nada del amor, pero aquella sensación no era para nada propia del enamoramiento. Como quiera que fuese, Terrence entró cerrando la puerta tras de sí. Hizo algunas preguntas por su comodidad en el castillo, tanto para calmar su propio ímpetu como para preparar el terreno y hacerle saber los planes de su madre. Pero la renuencia de la chica a contestarle, hizo que una nueva faceta manipuladora y de juego cruel saliera a la luz.
-Solo estoy tratando de ayudarte, Candice – ahí estaba, tratándola con respeto, como el día del baile. La joven pudo adivinar con ello que él sólo jugaba. Tal vez se creía con el suficiente derecho de hacerlo. Su astuta labia la habían hecho dudar de sí misma, de su familia, de su futuro, de todo. Por un segundo pensó que podía enamorarse de aquel caballero que conoció por azar en las calles de la ciudad. Sonrió amargamente. Seguía siendo una niña ingenua.
-Mi padre vendrá por mí – lo retó – no permitirá que manche mi honor como lo ha hecho
- tardarán en saber que estás aquí, no hay modo de que se enteren – recalcó. Y aunque era cierto, Candice tenía la esperanza de que el odio de su hermana, o tal vez cariño, la harían buscar y buscar hasta dar con las cartas de Patty en algún lugar de su cuarto.
-Sabrán la verdad – se defendió – sabrán que todo este tiempo me ha estado acechando como un cazador a su presa
-Oh! Candy – se acercó, pero ella lo detuvo mostrando el abrecartas con firmeza -Me haces quedar como el malo de la historia – dijo levantando los brazos, pero sin hacer el intento por alejarse – cuando los dos fuimos flechados por un amor incontrolable
-¡Le he dicho que no es así! – gritó
–Pero tú me buscaste, Candy, fuiste al jardín, conmigo – dio un paso adelante- ¿lo recuerdas?
- Tal vez – lo amenazó con el abrecartas empuñado - tal vez pensé que era usted atractivo, pero, pero no fue amor lo que me hizo ir a buscarlo
-está bien – bajó los brazos y se alejó de ella – estás alterada aún por la caída – cruzó la habitación para cerrar las puertas del balcón y las ventanas – por ese camino se llega a tierras altas, si te quedas lo suficiente, quizás lo veas llegar por ahí – dijo con una sonrisa que provocó escalofríos a la joven - cuando te calmes, todo estará mejor, sólo vine a decirte que pronto nos casaremos, anunciaremos nuestro compromiso, públicamente, y nos casaremos una vez habiéndolo hecho, haremos todo lo que el conde no quiso hacer
-¿qué? - la joven lo miraba desconcertada – pero…casarnos ¿así?
- Escucha Candy, yo sé que suena desventajoso – se acercó a ella para tomar sus manos, pero ella volvió a levantar el abrecartas –es la única forma que tengo de protegerte
-¿protegerme?
-Cuando tu padre le diga a Albert que te robé, si es que se lo dice, vendrá a buscarnos, tal vez a él no le importe mucho el convenio de matrimonio con tu familia, pero a la tía abuela Elroy sí, ella puede ser despiadada y tiene mucha influencia sobre Albert
- ¿Albert? ¿tía abuela…? – Terrence cayó en la cuenta que habló de mas, torció el gesto y se alejó dando la espalda a la joven. Pensó que se iría, pero reculó sus pasos para mirarla esta vez con un semblante más serio y concentrado - ¿por qué habla con tanta familiaridad de ellos? – Terrence respiró profundo antes de hacer notar el lazo familiar que lo unía a los Andley a través de su madre, el resto…el resto lo guardo para sí.
Ella quedó impactada al darse cuenta que posiblemente había tomado la peor decisión de toda su vida. El calor empezó a irse de su cuerpo, de repente sintió frío o era su alma que se le había ido a los pies. Se preguntaba cómo había podido terminar en el medio de una familia entera. Su reputación estaba más que arruinada.
- sé lo que estás pensando, Candy, pero quiero que alejes esas ideas
-¿ideas? – se alejó del joven y fue ella quien empezó a andar por la habitación - ¿ideas? La gente no piensa que sean ideas, sino hechos – se llevó las manos a la cabeza - ¡Dios mío, arruiné a mi familia!
-Candy, Candy – la llamó – mírame, por favor – tomó sus manos entre las suyas desarmándola – debes confiar en mí, yo te daré mi apellido, serás mía, tendremos el respaldo de la corona, serás una duquesa, lo que tus padres siempre han querido, sólo has lo que te diga. - la joven se apartó de él empujándolo. Lo miró horrorizada. No tenia salida. Si el conde de Andley y Terrence eran familia, no había nada que hacer. Estaba segura que Terrence la acusaría con el conde de haberle coqueteado como le hizo creer eso a su padre. ¿en manos de quién fue a parar?
-Quiero que me deje sola – demandó, tomó el arreglo floral que estaba sobre una de las mesas de la habitación y la levantó haciendo ademan de lanzarla. Terrence solo se encogió de hombros
-Te dejaré descansar – dijo caminando hacia la puerta – me gustaría tener tu consentimiento en esto – lo dijo como una advertencia más que como una petición -normalmente se hace el acuerdo con el cabeza de familia, pero dadas las circunstancias tenemos que conformarnos con tu consentimiento – la miró antes de salir – no quiero dejarse a la deriva, Candy que digan por ahí que eres una mala mujer, quiero que seas MI duquesa – sentenció. Cuando escuchó que la puerta cerró por completo dejó el arreglo sobre la cama. Se detuvo frente a la puerta y esperó.
Ciertamente ella no quería casarse con el conde de Andley, no quería ser la mujer lastimera que daba pena porque se le murió el prometido para luego pasar a ser la esposa del tío; sin embargo, tampoco quería ser la mujer de vida y cariños ligeros por casarse con el joven heredero cuando había sido robada.
Se preguntó si aún estaba a tiempo de volver a casa. Seguro era también una ilusión, si sus padres sospechaban de donde estaba, no importa que hubiera sido contra su voluntad, para ellos había huido con Terrence Grandchester, no la recibirían de nuevo. Tal vez podía cumplir su sueño de escribir, podría encontrar trabajo como institutriz, aunque no eran de la nobleza su madre se encargó de darle la mejor educación posible. Seguro podría ser ama de llaves de alguna casa de ricos. Este pensamiento parecía abrirle mucho más las puertas hacia una vida lejos del escándalo. Como sea su destino ya estaba arruinado. Decretó que así debía ser. El comportamiento tan libertino y desinhibido del joven Grandchester le había llamado la atención, pero siendo tan torpe como fue, cayó en una jaula que bien pudo evitar si tan solo no se hubiera dejado llevar.
Tomó aire y decidió que ya era tiempo de intentar salir de ahí. Durante largo rato no escuchó ruido al otro lado. Se habrían olvidado de ella o solo estaban ocupados "preparándose" para lo que sea que tramaban. Tomo con cautela el picaporte de la puerta y empujó despacio, lento. Sintió el madero moverse. Suspiró agradecida que nadie se hubiera percatado de cerrar con llave.
El oscuro pasillo le impedía andar con suficiente soltura. No conocía los caminos del castillo, así que se pegó a la pared para tener una guía. Llegó a una puerta, pegó oído, pero no escuchó ruido. Siguió caminando, cuando llegó a otra puerta y estuvo a punto de detenerse para escuchar si alguien estaba ahí, un destello de luz surgió a unos metros del pasillo donde se encontraba. Era la luz de una farola que se detuvo donde el pasillo hace esquina con otra ala del castillo. Atrás del destello de luz se cernía una oscuridad aún más grande. Se preguntó por qué no había suficiente iluminación. Seguro que los sirvientes lo olvidaron. Aunque había espacios por donde una tenue iluminación atravesaba los muros hasta dar a unas escaleras y algunas zonas, no era suficiente.
-¿Disculpe? – llamó cuando sintió aquella luz moverse hacia ella – busco la habitación del señor Terrence Grandchester – quiso pasar como invitada, porque eso era lo que era, ¿no?
-la habitación de mi Terry – una voz de mujer contestó. Candice dejó de moverse. Por el tono de su voz y la familiaridad con la que se refirió al hijo del duque, no parecía ser una de las muchachas del servicio.
-¿es usted su hermana? – se aventuró a preguntar sin moverse de su sitio. Miró la luz elevarse un poco hasta la altura del rostro de la mujer que la observaba desde la oscuridad. No alcanzó a distinguir muy bien los rasgos de la mujer que le habló, tan solo pudo distinguir una cabellera rubia bastante abundante cayendo por sus hombros. – Soy su esposa – dijo levantando más la lámpara que sostenía con una de sus manos. Hasta ese momento pudo distinguir que se trataba de una mujer extremadamente blanca, pálida más bien, el color de su rostro se había ido, si alguna vez tuvo uno. Se veía delgada al extremo, lo notó por los huesos de sus hombros que se distinguían a través de su ropa tan ligera.
-Yo…- no atinó a contestar algo coherente – no – sintió que el alma no sólo se le iba a los pies, sino que se le desprendía del cuerpo -yo no - ¿Quién era Terrence Grandchester?
-¿Quién eres tú? – cuestionó la misteriosa mujer acercándose más, mientras Candice se alejaba un paso de ella -Te recuerdo de la fiesta de cumpleaños de Terry
-¿Cumplea…?- cubrió su boca con ambas manos para ocultar el asombro - ¡No puede ser! -Terrence Grandchester no sólo era un hombre casado, sino que celebró un baile para encontrar esposa el mismo día de su…
-Eres pariente de Eleonor, ¿verdad? – Candice dio un brinco de sorpresa al darse cuenta que la mujer se había acercado demasiado a ella sin que pudiera evitarlo – tienes el mismo color del cabello -La tenía enfrente pero poco podía distinguir de su rostro, ya que la mujer tenía la lámpara frente a ella y no la dejaba ver bien. - ¿Eres Rose?
-Yo – se apartó unos metros de un salto – no, yo, sólo soy una invitada, yo…busco la salida de aquí – trató de respirar sin entrar en pánico - ¿puede decirme cómo salir de aquí?
-¿salir, a esta hora?
-Yo, mi prometido – un instinto llamado intuición apeló al conde, debía salir antes de que alguien de los Grandchester pudiera verla – yo soy la prometida del conde de Andley, él me está esperando, yo me perdí
-¡Albert! – volvió a acercarse
-¡por favor, dígame cómo salir! – exigió la joven alejándose todo lo que podía de aquella mujer. Si no la tuviera tan cerca se diría que es un fantasma. Aquella mujer estaba mucho más lejos de lo que pudiera llamarse vida. La mano seca y pálida la tomó por sorpresa sujetándole el brazo. Dio un pequeño grito que ahogó con la mano que aún tenía libre.
-Si Albert está aquí, dígale que quiero verlo, que necesito verlo, Terry le necesita, él podrá hacerlo entrar en razón, dígale que aquí es una prisión, dígale…- con cada petición su agarre se tornaba más y más agresivo. Estaba segura de que aquella presión le dejaría marcas. El brazo ya le dolía, pero aún así reunió todas sus fuerzas para evitar gritar e intentar convencer a la mujer que le mostrara cómo salir
- Hay un camino, un camino con árboles perennes al oeste del castillo– intentó explicarle – el camino a tierras altas
-sí! Sí! – el agarre se aflojó – camine hacia allá – señaló a su espalda – al final del pasillo encontrará una puerta roja, la única que es roja, cubierta por un tapete exótico, ese camino la lleva al muro oeste
Candice sujetó la fría y huesuda mano de la mujer para apartarla, ya que ella aún no la soltaba
-si me deja ir, juro traer al conde de Andley ante usted – dicho esto, forzó su liberación. La mujer levantó más la lámpara, casi por encima de su cabeza. Candice pudo verla; una mujer joven, de su edad tal vez, de ojos tan azules como el mismo Terry, una bella mujer que parecía morir poco a poco. Candice se alejó un paso mientas la veía sonreírle. La escuchó decir algo cuando se alejó dos pasos más sin ser capaz de darle la espalda por completo. "Dígale que lo estaré esperando" La súplica que le hacía se le quedaría grabada durante mucho tiempo a lo largo de su vida, el tono de su voz, la esperanza, la desesperación. Fue cuando aquella mujer bajó la lámpara que ella dio la vuelta por completo y corrió hasta llegar al final del pasillo. Sintió una puerta frente a ella. Cogió una de las lámparas que estaban alumbrando un pasillo continuo. Apenas vio la madera pintada de rojo y se precipitó a cruzarla.
El estrecho pasillo le provocó un ahogo claustrofóbico similar al que sintió cuando su padre la encerró. Controló su respiración y levantó con la mano libre su vestido. La lámpara la llevaba al frente. Caminó lo más aprisa que pudo. En un momento empezó a contar el tiempo. Se obligó a volver atrás para calcular cuánto había hablado con aquella mujer. Tal vez unos cuantos minutos o quizá una hora entera. En ningún momento Terrence apareció por ahí. ¿La estaría observando? ¿la esperaría en alguna parte del camino como lo hizo antes?
Tropezó con algo en el suelo haciendo que cayera de rodillas. Soltó un quejido y una lágrima se escapó atravesando su mejilla. Sin poderlo contener, un torrente de lágrimas silenciosas empezó a escapársele. Reunió fuerzas y se levantó, otra vez, para continuar hasta el final del pasillo. Conforme avanzaba, encontró que el pasillo se hacía cada vez más ancho, lo que le llamó la atención, pues pensó que, si fuera un túnel de escape, éste debería ser estrecho al final. O eso supuso. Después de un rato más caminando distinguió a lo lejos una luz que atravesaba una puerta, también de madera. Tuvo que dejar la lámpara a un lado para empujar con todas sus fuerzas.
El crujido de las bisagras le dijo que la puerta se estaba abriendo. Cuando estuvo del todo abierta identificó que aquella luz que atravesaba las grietas de la madera era la luz de la luna. La noche había caído. ¿Cuántos días hace que salió de casa?
-¡Dios mío! – dijo con las manos en el pecho -¡A dónde tengo que ir! -miro frente a sí un terreno cubierto de árboles. Reconoció el camino que vio desde el balcón. Miró hacia arriba. Todo en el castillo se veía oscuro. Excepto por algunas farolas. No parecía haber vigías ni servidumbre deambulando. Sintió desconfianza. Se pegó al muro, tomó aire, todo el que pudo, levantó la falda de su vestido con ambas manos y echó a correr lo más rápido que pudo. Sin mirar atrás. Corrió hasta adentrarse en el camino de árboles gigantes. Corrió más incluso cuando, al volver la mirada, el castillo se hacia pequeño. Siguió corriendo. En un momento se alejó del camino. Y entonces, se detuvo. Respiró. Estaba fuera. No lejos, pero fuera del castillo. Reanudó la marcha, no corría, pero iba a prisa. Si Terrence descubría que no estaba, cogería un caballo y la buscaría. Debía caminar, toda la noche de ser necesario.
CONTINUARÁ...
