Epifanía
Hubo un momento extraño, entre el contacto entre sus ojos y su presentación formal, en la que Merlín tuvo la impresión de que Arthur Pendragon, rey de Camelot, era diferente a lo esperado.
Nimueh había relatado a las joyas que su rey era devoto de la caza y la lucha, siendo que poseía un gran sentido del honor. Admirador de la fuerza, de la valentía.
Sin embargo, arrodillado ante él junto a sus hermanos en la gran alfombra de su habitación, Arthur no lucía como ante su pueblo. A la luz del cálido fuego de la chimenea, Merlín solo pudo pensar en él como un niño. Arthur no era mucho mayor que él y sobre sus hombros cargaba el peso de un reino.
Sin su corona, sin su capa y armadura, Arthur lucía como una hoja al viento. Indefenso, temeroso, incluso. Pero en sus ojos había admiración, mientras miraba a cada joya levantarse hasta detenerse en él. Su mirada, azul como los mismos cielos, recorriendo todo lo que había por mirar. Se sintió como algo vivo sobre su piel, algo mágico. Por un breve momento, sintió que había más entre ellos de lo que se veía a simple vista.
Algo fuerte e intangible. Casi como una conexión.
Pero así como ese momento vino, se fue. Merlín recordó lo que eran, una joya y su amo.
