Holaaaa ávidas lectoras! Millones millones y millones de gracias por sus comentarios. Wooow estoy impactada por todo lo que me dicen. Rosario Barra, algo de razón hay en lo que dices, Terry y Albert se traen algo por ahí, envidia sí..ya sabremos qué fue. Lo que apunto Guest sobre la fijación insana de Terry es algo que pesará mucho, pero también otras cosas se vienen. La verdad es que me emociona muchísimo que se abran tanto en sus comentarios. Gracias sayuri1707, CandyAlbertLove, Lucia por pasar a dejar su comentario, vale oro.
Aquí viene la continuación de la historia, un capítulo para descansar un poco de las impresiones anteriores. Se irán destapando cosas, amor, cariño, odios, resentimientos...uf! de todo viene, pero respiremos un poquito.
La vida secreta de los amores en flor
IV
El día que la prometida del conde llegaría a tierras altas estaba asomando el sol. El frío del amanecer se colaba entre las paredes de piedra negra que sostenían los muros del castillo de Andley. La familia del conde aún no estaba totalmente despierta pero ya habia suficiente movimiento. Elroy Andley supervisaba la comitiva de recepción. Rose ya asomaba la mirada por una de las ventanas que daba hacia los jardines colgantes, atrás del castillo. Aquella figura robusta, alta y de colores parcos era su tía abuela. Supuso que habia despertado antes del alba, como solia hacerlo cuando algun evento importante se aproximaba. Suspiró cansada y resignada al darse cuenta que seguro fue a buscar a Albert a su habitación y no lo encontró. Cogió una manta para echársela encima. Le exprañó que no hubiera mandado a buscarlo por todos lados. Quizás pensó que Albert habia salido al encuentro de la señorita White a faldas de las primeras montañas, eso era algo común para su hermano cuando una visita importante llagaba. De cualquier modo, ella se enteraría que Albert no está porque la señorita White tampoco llegaría hoy.
Vistió uno de sus vestidos diaros y se abrigó con un manto que enrolló sobre los hombros. Ató su cabello con una orquilla de madera despreocupada por aquellos mechones rubios que se escaparan del peinado. Al salir de su habitación se topó con el joven Alistair que daba órdenes sobre los puntos de apoyo para la vigilancia ante la llegada de la prometida del conde. Se notaba que su despertar fue abrupto, pues su camisa estaba mal ajustada, su cabello rizado volaba de un lado a otro mientras caminaba y sus lentes lucian salpicados por lodo o algo parecido. El joven la vió mientas cambiana miradas de un plano a otro de todos los que le mostraban.
-Mi señora – dijo saludándola con toda reverencia – es un gusto saludarla antes que todos en la mesa
-Stear, querido – lo tomó de las manos – no tienes que ser tan formal conmigo
- veinte hombres serán suficientes en el fuerte de las torres – dijo mientras sostenía las manos de su tía entre las suyas – es una celebración no un asedio -terminó de dar las órdenes para volver su atención a Rose – estoy inquieto, no quiero que la tía abuela me vea siendo irrespetuoso ahora que el tío Albert me ha pedido hacerme cargo de la seguridad
-lo haces bien, querido – contestó ella mientras observaba a los hombres correr a lo largo del pasillo– quisiera hablar contigo y con Archie, a solas si es posible – lo miró
-¿pasa algo? – inquirió el joven preocupado
-Para serte honesta, sí – quiso mantener una mirada serena e hizo el esfuerzo, pero necesitaba apoyo antes de hablar con Elroy – pero desconozco el verdadero alcance de lo acontecido
-¿en el gran salón?
-preferiría que fuera en mi área, así podemos decir que trataremos asuntos de la boda
-Iré por Archie – Rose asintió con una sonrisa en el rostro y se encaminó a la parte del castillo que ocupaba durante todos los días. El jardín botánico y medicinal estaba a cargo de ella. Desde que murió su esposo empezó a dedicarse al tratamiento medicinal y a cultivar flores. Un entretenimiento que la tía abuela le permitió conservar luego de alumbrar a Anthony. Desde entonces todos los jardines y flores del castillo estaban a su cargo, así como la pequeña y "progresista" botica que poseía.
Albert ordenó construir un área especialmente para ella, una pequeña biblitoca dedicada al cuidado e información sobre plantas medicinales y de ornato, además de un pequeño salon de té donde pasaba mucho tiempo.
Ahí esperó la llegada de Archibald y Alistair Cornwell, sobrinos reconocidos por Albert una vez que llegaron a la mayoría de edad. Ordenó que se preparara un servicio para tomar con sus sobrinos. Su doncella estaba atenta y disponiento todo sobre una de las mesas al centro del pequeño salón adornado con cadenas de hojas y flores colgantes, cuando Alistair entraba al salon seguido de Archibald, su hermano.
-Queridos – se puso de pie para recibirlo con un beso a cada uno – gracias por venir
-Por favor, tía, dinos que el problema es que las rosas que pidió la tia abuela no son suficientes – dijo Archibald sentándose en el lugar que le fue indicado, a un lado de su hermano y frente a Rose
- Me gustaría que así fuera, Archie querido – contestó ella llegando a su lugar – pero me temo que es algo mucho más grave
-¿se trata de los impuestos?
-No Staer – continuó – Aun no estoy segura de lo que realmente pasó, pero sospecho que Terry robó a la señorita White, la prometida del conde y él fue a buscarla, tal vez ya se encuentre frente al castillo Grandchester mientras estoy hablando aquí con ustedes
"Dígale que lo estaré esperando"
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"Dígale que lo estaré esperando"
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"Dígale que lo estaré esperando"
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" Si Albert está aquí, dígale que quiero verlo, que necesito verlo, Terry le necesita, él podrá hacerlo entrar en razón, dígale que aquí es una prisión, dígale.."
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Dígale que aquí es una prisión
Dígale que aquí es una prisión
Sí Albert está aquí …dígale
¡Señorita!
Escuchó a alguien gritar. Se detuvo de improviso, casi tropieza cuando lo hizo. Abrió bien los ojos y buscó a su alrededor al dueño de aquella voz que no dejaba de llamarla
¡Señorita!
¿Cuánto ha estado caminando? Levantó la vista hacia lo alto de los árboles. La luz del día estaba en su cabeza. Los rayos del sol tocaban sus manos y sus brazos. Miró su vestido, estaba manchado de lodo y una especie de ollin. Los muros del túnel, pensó. ¿Caminó una noche, dos...?
¡Señorita!
Esa voz. No podia reconocerla. No conocía a nadie con ese tono de voz tan..tan, infantil.
-Señorita, ¿me puede ver? – estaba frente a ella. Distinguió una silueta al frente, entre la bruma. Ella no se movio de su lugar. Estaba tan cansada que aunque su cerebro le decía que se moviera, que se escondiera, sus piernas eran incapaz de responder. – No le haré daño, sólo quiero saber si está bien- dijo aquella figura que se acercaba. No era mucho más alto que ella, estaba de su estarura. Su cabello era castaño, con un poco de rizos al aire, muy parecido al cabello de …
-¡Terrence! – gritó ella desconcertando al joven que ya estaba a unos metros - ¡Cómo me encontró!
-¡no, no! – el joven se acercó más a prisa. Candice se hizo hacia atrás, volvió a coger sus faldas y echo a correr, o por lo menos lo intentó porque aquello no podía decirse que era exactamente correr. Las piernas le pesadan tanto. En algun momento de su huida se quitó los zapatos y corrió descalza, pero el terreno ya habia hecho lo suyo con la piel de sus pies, todos cubiertos de lodo y quizá con alguna herida producida por las ramas sueltas de los árboles y las piedras.
-¡Aléjese de mí! – gritó - ¡él vendrá! – dijo mientras el joven ya la habia alcanzado - ¡él vendrá! – gritaba. Sí Albert está aquí …dígale. Se supo sujeta por ambos brazos, Sí Albert está aquí …dígale …Cerró los ojos con fuerza. Sí Albert está aquí …dígale y se dejó caer - ¡él vendrá!
-¡Señorita! – la sostuvo hasta que ella lo miró. No era Terrence, quien la sujetaba no era Terrence, era…sólo un desconocido. - ¡dios, quién le ha hecho esto!
-¡Ayúdeme! – se aferró entonces a las manos de aquel joven - ¡me persiguen!
-¿quién la persigue señorita? – Estuvo a punto de contestar, pero recordó quién era Terrence Grandchester, el herededo de un duque y ella…ella hija de un hombre bastardo con suerte de hacer fortuna. ¿Y si aquel hombre era uno de los Grandchester? ¿Un vigilante de las tierras de los duques?
-¿Quién es señorita? – insistió el joven ayudándola a levantarse – mi señor puede ayudarla, hemos venido de lejos, no somos de aquí- dijo él suponiendo que algo malo pasaba en las tierras Grandchester. La joven no parecía ser una campesina cualquiera. Una de las señoritas de alguna familia adinerada de los al rededores, quizas.
-¿Su señor querrá ayudarme? – preguntó ella con un nudo en la garganta. Tosió antes de poder preguntar, quién era su señor.
-Claro – la soltó y caminó unos metros lejos de ella, hacia el camino. Ella lo siguió unos pasos atrás, recelosa de quién podría ser su señor. No tenía idea de donde estaba. Seguro que el camino a tierras altas era aun muy largo, ella sola no llegaría jamás. Necesitaba el favor de los caminantes, pero no tenia nada que ofrecer. Respiró profundo y con las manos en el pecho, suplicó al cielo que aquel señor del que le hablaba el desconocido fuera bien intencionado y pudiera ayudarla. - ¡Señor, por aquí! – gritó el joven agitando las manos para ser visto.
Candice lo siguió hacia el camino sin introducirse por completo. Se ocultó entre la sombra de los arboles. Miró hacia donde estaba gritando el joven. Una comitiva de siete caballos y uno que venía sin jinete. Detuvo su mirada en uno de los caballos, quien montaba parecía ser una mujer. Una dama. Si es así, apelaria a la misericordia de la dama que viajaba con su comitiva, pensó.
Sí Albert está aquí …dígale
Las palabras de aquella mujer del castillo Grandchester no la dejaban tranquila. Parecía aquello una maldición. Pero se obligó a callar el tono casi sin vida de aquella voz y respiró esperanzadora. Se acercó al joven que había dejado de agitar las manos para solo esperar de pie mientras la comitiva se acercaba.
-¿cuál es tu nombre? – preguntó con apenas un hilo de voz
-Tom, señorita – dijo él sonriéndole- Tom Steve
-Gracias, Tom
-No me dé las gracias, el señor es quien le ayudará no yo – dicho esto volvió su mirada hacia la comitiva que estaba cada vez más cerca. A esa distancia pudo distinguir a quien encabezaba el viaje. Un hombre alto, de cabellos dorados, largos cabellos dorados que cruzaban su rostro cuando el viento soplaba y le daban un aire salvaje. Venía sin casaca encima, sólo una chaqueta sin mangas y abotonada. Las mangas de su camisa blanca sobresalían y ondeaban con el ir y venir del viento. Debía ser un hombre muy alto, se veía como un gigante montado en su caballo. Galopó y se detuvo con fuerza a poca distancia de donde estaban Candice y Tom. Ella dio un paso hacia atrás. El resto de los jinetes llegó sin mucha fuerza. Un hombre entrado en años, pero con la fuerza suficiente como para maniobrar montado, mientras sujetaba el caballo sin jinete y oteaba los alrededores. El resto de los hombres tomó una posición de cautela. Finalmente, la dama, que estaba esperando Candice, se detuvo a unos metros del hombre con ojos de mar, como llamó Candice en su mente al hombre rubio.
Un poco torpe ella, no esperó a que el joven Tom la presentara ante su señor. De hecho, parecía que se había olvidado siquiera que le hubiera dicho que tenia un señor. En cuando miró a la dama, bastante discreta en su vestir, no como las típicas damas de la campiña, se acercó a ella tropezando y cojeando por el dolor en sus pies.
-Mi señora – dijo, la joven arriba del caballo pasaba la vista desconcertada entre la mujer que le hablaba como si fuera una dama y su señor que no había apartado su mirada de Candice desde que la viera a la distancia -Mi señora, suplico su favor para concederme la ayuda que necesito
Tom, que estaba igualmente sorprendido por el actuar de la joven se dispuso a detenerla, pero una gesto de su señor desde la altura se lo impidió.
-¿Qué es ese favor que requiere de la señora? – preguntó el hombre con ojos de mar llamando la atención de la joven. La fragilidad de la dama ya había provocado un escalofrío en su cuerpo que hasta ese momento no había sentido el frío a esas horas de la mañana. Un presentimiento, un golpe en el pecho, cerca del corazón, le decía que aquella joven era la mujer a la que había ido a buscar. Estaba a medio camino, en tierras de los Grandchester, aunque también era cierto que estaba lo suficientemente lejos como para que fuera hija de alguna familia del lugar que se perdió.
La mirada que la tenia cautiva producía que Candice tartamudeara y no pudiera completar una sola palabra. Su vestido, un conjunto, antes blanco, estaba dañado, roto de las orillas y cubierto de lodo y hoyos en la falda. Bajó del caballo, de un salto, o al menos eso le pareció a ella, que reculó dos pasos. Tal vez se equivocó, otra vez. Tal vez no eran las personas indicadas. Sujetó sus faldas con ambas manos para correr. Eso iba a hacer, aunque sabia que no había mucho para donde correr, la alcanzarían.
Miró los pies maltratados de la dama. Se acercó a ella. Se sintió intimidada por la altura. Sus ojos, a pesar de ser tan azules como los de Terrence, no eran iguales.
-¿señora? – llamó él con una voz que nunca había escuchado, tal vez a los actores cuando iba al teatro, una voz profunda. Aterciopelada - ¿vive por aquí? – preguntó caminando un paso más cerca de ella, despacio. Candice no lo notó, negó con la cabeza para contestar
-¿Puedo preguntar por su nombre? – ofreció su mano. Notó las lágrimas asomarse. Descubrió que sus ojos eran verdes. Sonrió sin poder evitarlo. Candice estaba como hipnotizada. Soltó un lado de su falda y estiró la mano para sostener la del hombre
-Ca…- dijo sin terminar, el toque de su mano la sorprendió – Can…- cabalgaba sin abrigo, pero su mano estaba cálida
-Disculpe – dijo él sin dejar de mirarla – tengo el oído un poco arruinado, no la escuché – sonrió - ¿podría repetirlo? – la joven lloraba, silenciosamente. Las lágrimas que se agolpaban en sus ojos verdes se desbordaron
-Candice, señor – sollozó – Candice White – volvió a sollozar. Él la sostuvo con un poco más de fuerza por la mano. Hizo una pequeña reverencia hacia ella
-Encantado de conocerla, señorita White – dijo – yo soy William Albert Andley – Candice abrió los ojos, llevó su mano libre a cubrir su boca mientras más lágrimas salían sin poder contenerlas -puede llamarme como mejor le parezca, William o …- Sí Albert está aquí …dígale. El conde estaba ahí, frente a ella. ¿Cómo llegó? ¿Acaso sabia de su desgracia?
De repente Tom, que había estado atento a todo lo acontecido, recordó que la joven gritaba "él vendrá" supuso que se refería al señor William. Para él, esto aclaraba lo que hablaba con Dorothy; el heredero de los Grandchester se la robó, como quizás lo hubiera hecho con la primera prometida. Lo que no podía saber es si haberla encontrado ahí en el camino era suerte o destino.
Albert pidió a Dorothy que cubriera a Candice con una manta. La doncella acudió con una manta verde en sus manos y la enredó con ella. Él liberó su cabello que había quedado atrapado bajo el abrigo. Los sollozos cesaron, pero no las lágrimas, aún había algunas que caían sin que pudiera hacer mucho por contenerlas.
-Está todo bien ahora – dijo sin haberla dejado de mirar desde que la vio junto a Tom
-Yo…
-necesita guardar la calma- la interrumpió – George – éste se acercó – tú y Tom busquen un sitio para pasar esta noche – el aludido asintió. Entregó el caballo sin jinete a Tom y ambos emprendieron la marcha. Volvió para mirar a la joven entre los brazos de Dorothy que procuraba darle calor al frotar sus hombros. Quería saber todo lo que sucedió para llevarla a ese estado. Lucia linda, a pesar del agotamiento. Deseó con todas sus fuerzas tener el poder de cambiar las circunstancias de su encuentro. Debe odiarlo, se dijo. De él no tuvo más que indiferencia. Pero lo cierto es que iba dispuesto a enfrentar a Terry, a no dejarlo vivo, esta vez y ese pensamiento prevalecería, hasta saber qué le había hecho a su prometida.
-No creo que pueda subir, señor – dijo la doncella refiriéndose a la joven y al modo de viajar que tenían, tan ligero y poco apropiado para una dama.
-puedo hacerlo – Candice intentó sonar segura de sí misma a pesar del dolor en sus piernas. Albert miró sus pies. Ella se sintió cohibida – aún tengo fuerzas – se justificó. Él volvió a sonreír. Se acercó. Dorothy terminó haciéndose a un lado cuando notó que el conde no se detenía. La arropó, se inclinó y la levantó en brazos mientras le decía -disculpe la osadía señorita White – dijo teniéndola ya en los brazos – pero estamos prometidos, supongo que estamos justificados – dijo caminando a su caballo. La sentó hasta el frente de la silla. Después subió él. La rodeó con su brazo por la cintura. Ella se tambaleó un poco, con sus manos se sostuvo de la silla. Albert la pegó un poco más a él, queriendo asegurar que estuviera cómoda y que pudiera cabalgar. Ordenó a Dorothy seguirlos cerca. Sus hombres los rodearon y emprendieron la marcha.
-¿Estás segura de que esto funcionará? – pregunto el joven Stear luego de ajustar sus anteojos
-No, pero debemos intentarlo – contestó Rose – no voy a permitir que otra desgracia golpee a esta familia – frente a ella Archibald permanecía en silencio y atento a lo que hablaba Rose. Formaba parte de la familia Andley luego de ser reconocido como sobrino legítimo por el conde, esto le dio la posibilidad de ser tomado en cuenta para poder ser el heredero elegido. Sus padres tenían la esperanza de que eso ocurriera luego de la muerte de Anthony. La repentina noticia de que el conde se casaría con la antigua prometida del heredero, supuso un desaliento.
Aunque no lo expresara, en el fondo deseaba haber sido elegido como sucesor del conde. Se sentía preparado, pero si Albert se casa con la prometida de Anthony, entonces sus posibilidades quedan fuera. Su descendencia y no su familia serán los sucesores. Suspiró cuando Alistair se disponía sentar las bases de su viaje, especialmente las referentes a los gastos que produciría. Se preguntó qué diría su madre de estos arreglos ¿debería hacerlo saber? Stear lucia confiado y dispuesto a servir fielmente al clan, pero él…su padre lo educó, como el primogénito, para permanecer lo más cerca posible del conde o ser el conde mismo.
Miró a Rose mirándolo luego de pedirles guardar sus movimientos para ellos tres. Respiró profundo. Se acomodó en su lugar y contestó
-confía en nosotros tía Rose, de aquí no saldrá nada – decidió que por ahora mantendría el silencio que le pidieron. No perdía y ganaba nada con divulgarlo.
-Bien – volvió a hablar Rose – en ese caso, Stear me haré cargo de cubrir tus gastos durante el viaje – el joven asintió – haré que la carta que llegó de los White sea reproducida para ti
-entiendo, tía Rose – dijo él – me entrevistaré con todos los implicados
-No olvides a la señorita Patty O'Brian- con esto la reunión terminó unos minutos antes de que Elroy Andley se enterara de lo sucedido. Fue en busca de Rose, pero para cuando la encontró podando las rosas en su jardín, Archibald y Alistair se encontraban preparando el viaje del último.
Como supuso, el temperamento de Elroy estalló cuando Rose le contó lo sucedido. Y tal como predijo también gritó que la señorita White era, ahora, problema de los Grandchester. A pesar de que la matriarca de la familia echara humo por la cabeza, no podía hacer nada, Albert estaba fuera y gracias a que él ocupaba toda la preocupación de Elroy, no se preguntaría por el paradero de Stear. El movimiento en el castillo Andley se tornó más agreste con las órdenes hostiles. Rose tranquilizó a su tía abuela y le juró hacerse cargo de retardar la bienvenida. Hablaría con los clanes invitados a la recepción y celebración del compromiso del conde. Apelaría al mal tiempo durante el viaje de la prometida del conde provocando que él mismo acudiera a su encuentro más allá de las montañas.
Aunque fue una explicación que convenció poco a Elroy, confió en que el temperamento tranquilo y amable de Rose ayudara a evitar rumores innecesarios sobre los Andley. A sus adentros, el verdadero enojo era consigo misma por no haber estado más atenta a la nota que llegó avisando del rapto de la joven. Jamás se le pasó por la cabeza que Rose le ocultara el verdadero mensaje ni su naturaleza: una carta de parte de Eloísa White y no del señor White como le hizo creer.
-Maldito cobarde, si no puede cuidar de su hija quiere que mi Albert lo haga – murmuraba entre dientes. La repentina y valiente acción de Rose pasó desapercibida por Elroy, pues hasta entonces había sido una mujer frágil con un carácter más bien débil. Atributos que no sólo Elroy sino la familia entera le adjudicaba…
-la máscara perfecta- murmuró Rose viendo partir desde su ventana a Stear
-Señora – la llamó su doncella – la señora Elroy la busca, quiere saber si está lista para hablar con los líderes. Ella asintió, cogió su manto y lo ajustó bajo su cinturón de cuero. Mientras caminaba por los fríos pasillos hacia el gran salón, se preguntó por Candice White. Se arrepintió no haber querido ir a entrevistarla cuando lo sugirió Elroy. Anthony no deseaba casarse, no tan pronto, pero debía hacerlo. Quiso ser solidaria con su hijo. Suspiró. Tal vez era el destino. Ahora tenia mucha curiosidad por ella. ¿Quién es Candice White y por qué huyó con Terry?
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CANDY
El sonido de las correas ajustando la silla sobre el lomo del caballo amortiguaba la rudeza con la que manipulaba las cosas. Un temblor en sus dedos le recordó la sensación de las armas ajustadas a sus manos y sintió un golpe de estupor atizarle por la espalda. Una sensación parecida a la que experimentó en el campo de batalla se incrustó en su pecho. Se sentía desairado, traicionado. Pero no debía estar lejos.
-¡Escúchame! – decía su madre a un lado suyo – es mejor así, si se ha ido, es mejor así
-no debe estar lejos – lo dijo en voz alta, para darse confianza y mantener la calma. Aunque Eleonor intentara detenerlo, sus manos volvían a su trabajo
-¡Hijo, no dejes que la sangre te domine! – insistió ella – hay muchas mujeres bellas
-¡NINGUNA COMO CANDY! – gritó apartando con violencia a su madre. Montó y salió sin dejar que su madre volviera a decirle algo más.
Las doncellas le ayudaron a levantarse. Eleonor corrió atravesando los establos hasta llegar a la entrada del castillo donde se encontró con Robert, de pie, observando cómo Terry se perdía en el camino.
-Va a Cliff –dijo sin quitar la mirada del jinete – piensa que volvió a su casa
-¿por qué no le has detenido?
-de nada serviría – respiró – nunca se detiene
-¡Es tu hijo!
-mi único hijo, Eleonor, sin él no tenemos herederos
-¿Hasta cuando vamos a tolerar esto?
-Si quiere a la joven que vaya por ella, la recibirás otra vez
-¿A cuántas recibiré?
-¿no escuchaste a tu hijo? – tomó a su esposa del brazo – esta es diferente – acarició su mejilla
-Terry necesita casarse, Robert – lo miró desesperada - ya no puedo engendrar hijos, no podemos seguir cumpliéndole sus caprichos
-es mi único hijo, Eleonor, hijo legítimo
-¿qué haremos cuando tengamos aquí a Albert?
-hablaré con él – empezó a caminar hacia el castillo- es un hombre razonable
-no si se trata de su prometida
-ha pasado una vez
-aquella vez vino sola – siguió al duque hasta su privado – ni siquiera saben que está aquí
-y nunca lo sabrán, Eleonor – se detuvo para encararla – te amo esposa mía – la tomó del cuello – pero no puedes inmiscuirte en el cuidado y esmero que pongo en nuestro ducado, hay asuntos que no te corresponden
-¿siquiera la has visto? – siguió sujeta – está más muerta que viva – hasta que la soltó con un gesto de culpa en el rostro
-déjala deambular por ahí, la gente pensará que es un fantasma – se encogió de hombros – mejor que eso piensen.
Eleonor dejó escapar un suspiro desesperado. Supo que su esposo la ignoraría ahora que se había sentado tras la gran mesa de madera que cargaba papeles y monedas. Salió con toda la pompa posible para perturbarlo, pero Robert no se inmutó.
Caminó seguida de sus doncellas. La ama de llaves la interceptó para anunciarle que la "Joven" había escapado otra vez de su área.
-Búscala en la biblioteca – contestó ella – la he encontrado un par de veces ahí
-lo hice señora – negó con la cabeza – nada
-sigue buscando, ella jamás se iría, no tiene la fuerza suficiente– insistió ella desesperada – y amenázala con algo
-sería mejor si la encadenamos
-no, ninguna cadena ni candados a la puerta – recordó los gritos que invadieron el castillo por cuatro días seguidos cuando la encerraron de verdad. Sentía que estaba en los mismísimos círculos del infierno – solo amenázala, dile que Terry la castigará o que Robert lo hará, lo que sea, vigílala mejor.
-Señora – hizo una reverencia y se perdió entre las habitaciones para buscar a la "Joven" perdida.
Si Albert se entera, no quedaría ningún Grandcherter vivo. Se dijo a sí misma y sonrió ante el pensamiento sombrío. ¡Qué ironía! La juventud la convenció de huir con el poderoso duque inglés para perpetuarse como duquesa de grandes tierras y no sólo como la esposa de un escocés comerciante de pieles. El desafío a la tía abuela Elroy le estaba costando los nervios.
-Necesito hacer algo por mi hijo – soltó una vez que llegó a su habitación, aunque parecía que hablaba con sus doncellas, era más bien un soliloquio, pero una de ellas contestó
-Cáselo con la hermana menor de la señorita White – la firme voz la sobresaltó. Miró a su doncella con recelo
-¿qué sabes tú?
-mi señora me pidió averiguar la curiosidad del señor Terrence por una plebeya
-¿por qué no me avisaste de esto?
-lo hice mi señora – contestó – pero el baile y luego la ausencia de días del señor Terrence acapararon su atención – su gestó cambio, ahora Eleonor veía con una gran sonrisa a la menuda muchacha parada frente a ella
-Recuérdame, querida, qué sabemos de la hermana menor de la señorita White
-La invitación se envió a la familia White, pero también envié mensajeros para corroborar cuántos vendrían y agregarlos a la lista, los señores White y sus hijas, pero la menor – continuó – por lo que observamos en el baile – refirió a las otras dos doncellas – fue la primera en ser presentada con el señor Terrence cuando se anunció la llegada los White, bailaron dos piezas, aunque después el señor desapareció el resto del baile, aun así pensamos que la intención de los White es colocar a su hija menor como esposa del señor Terrence.
Eleonor dedujo que su mayor ventaja de casar a Terrence con la hija menor de los White sería que podría convencerlo de estar más cerca de su encandilamiento con la joven Candice. No se casaría con ella, pero podría visitarla ya que serían familia. Y si estaba en lo correcto, la nueva riqueza de los White podría ayudarles a mantener el ducado hasta reponerse. Los hijos no serían de buena cuna, excepto por la sangre de los Grandchester, pero esperaba que sus nietos nacieran hermosos. De todos modos, estaba los que pudiera engendrar con Candice, con la otra ya no contaban.
Suspiró visiblemente aliviada. No tenía todo asegurado, pero era poner manos a la obra o perder a su hijo en la locura del romance juvenil. ¡Cuánto podría tardar en irse esa fiebre que a su hijo lo ha apresado durante años!
El viento soplando sobre su rostro fue lo que la hizo volver del letargo. Desde que la cargara el conde en sus brazos se había perdido en una somnolencia reconfortante. El olor a madre selva impregnado en las ropas del conde y del que al parecer se estaba apropiando ella, hizo que se olvidara momentáneamente que estaba sobre un caballo que no era suyo, y que un brazo la sujetaba con la firmeza suficiente si hacerle daño. Contrajo un poco sus piernas al sentir un vientecillo frio en sus pies. Se acomodó, cual niña que recibe arrullo para dormir y poyó su cabeza sobre el pecho del jinete. Éste bajó la mirada para notarla apenas ajustarse a su figura erguida. Los rizos rubios que iban y venían le hacían cosquillas en el cuello. La sintió pequeña, menuda, frágil. De un momento le pareció que tenia gran parecido con Rose, sino fuera por las pecas y el color de sus ojos, diría que Candice bien podría ser una escocesa. Aunque, pronto lo sería, ¿no? Su escocesa.
Suspiró cuando se dio cuenta que había estado pensando demasiado en la joven que llevaba en sus brazos. Incluso el ritmo que habían llevado lo redujo. Emprendieron el camino cabalgando para no perder la vanguardia que George y Tom cuidaban, pero entre más sentía el calor y la presencia de la joven en su montura, el paso se hizo cada vez más lento.
Fue Dorothy quien dio aviso que Tom los esperaba ya en la entrada de una villa. Se hicieron de una posada que estaba casi vacía. Fueron atendidos por el dueño, George se encargó de pagar lo necesario. Del caballo bajó primero Albert que después ayudó a Candice a bajar, pero sin soltarla. Una vez más la llevaba en brazos. Ella pidió bajar
-Puedo caminar, señor – dijo con un poco de vergüenza en su voz
-sé que puede – contestó – pero no quiero permitírselo, ha caminado suficiente ya
Luego de esto la joven no volvió a decir palabra alguna. A su mente llegó otra vez la súplica de aquella mujer misteriosa en el castillo Grandchester y como si de un fantasma se tratase, un escalofrío le recorrió la espalda. El conde pensó que tendría frio y la arropó más entre sus brazos hasta que George lo guio a la habitación asignada para ella.
En cuanto el conde la bajó, sintió la dureza de la madera en sus pies. No había alfombras, a su cabeza venían las palabras con las que calificaría su madre a un lugar como aquel, sin alfombra en las habitaciones. Pero ahí estaba ella, en una posada cargada en los brazos del conde, su prometido y el hombre del quien quiso escapar. Quería mirarlo, pero tenia pudor o más bien vergüenza. Un sin fin de cuestionamientos se venían a su cabeza en ese instante: ¿Sabrá él que ella lo despreció? ¿No anunció su compromiso porque se avergonzaba de ella? ¿Pensará que coqueteó de más con Terrence Grandchester, pensará que fue culpa de ella que la raptaran? ¿La repudiará cuando se entere de todo? ¿Se enterará de todo, debe decirle lo del acoso?
-Debe descansar – escuchó su voz, un tono reconfortante, pensó -hablaremos en cuanto haya recuperado sus fuerzas – lo miró. El intenso azul de sus ojos estaba sobre ella, parecía que nunca le había quitado la mirada. La habrá visto dudar, estrujar sus manos, respirar con cansancio, pero también con preocupación. No contestó, al menos no con la voz. Sólo asintió con la cabeza. – Dorothy se encargará de auxiliarla – concluyó y salió cerrando la puerta de la habitación tras de sí.
Dejó escapar un largo suspiro una vez que se encontró sola con la doncella. Dorothy sonrió, se acercó y le quitó la manta de encima. La invitó a quedarse en la cama mientras ella preparaba el baño. Así lo hizo. A la orilla de la cama, posó su mirada en la puerta por donde se fue el conde…
-William – llamó George desde la entrada a su habitación – todo está hecho, el posadero no te nombrará, pero no puede evitar que la gente hable
- no importan los rumores, me interesa que al menos nuestro paso tarde en llegar a oídos de los Grandchester
- considerando que estamos en sus tierras – se encogió de hombros- un día es la ventaja que podemos tener
-Dudo que Terry sepa que estoy aquí – se acercó a la pequeña ventana para abrirla – de haberse percatado que la señorita White escapó, la habrá ido a buscar a su casa
-No sabemos si escapó
-¿a caso no viste su estado? – lo miró – la pobre debió estar caminando sola un día entero por lo menos
- insisto, aún no sabemos – volvió a decir George – si estaba en el castillo, ¿cómo salió?
-no tengo idea
-debemos hablar con ella
- a su debido tiempo
- tiempo es lo que no tenemos – presionó George – llevamos un día de retraso para la celebración del compromiso, la señora Elroy debe estar furiosa y los impuestos ...
-No dije que iba a esperar aquí para hablar con la señorita White, George – lo interrumpió – conozco mis obligaciones
-entonces, no entiendo...
- volveremos mañana a tierras altas – dijo casi como una orden – no la voy a obligar a hablar esta noche ni mañana ni ningún otro día si no se siente preparada
-¿qué pasa con Terry?
- olvidas que es mi prometida y no la de él
-¿qué sucederá con la señora Elroy? – preguntó queriendo anticipar todos los malos escenarios – no la recibirá, si a estas alturas ya se enteró que estás aquí y a qué has venido
-la señora Elroy, George – continuo – no es la cabeza de los Andley y menos del clan – volvió a mirar el horizonte a través de la pequeña ventana – dile a Tom que debe partir antes que nosotros, con un mensaje para Rose
-¿cuál es el mensaje, señor?
-Escoltamos a mi prometida, que espere nuestra llegada – dicho esto, George se marchó para avisar a Tom de su nueva misión. Salió dejando al conde solo, en una habitación oscura, continua a la habitación donde ahora descansaba Candice. Ese mirar al horizonte fue gratificante por un tiempo, ahora sólo sentía curiosidad y una ligera ansiedad por saber si la otra habitación también tenia una ventana como la suya y si los rayos opacos del sol, que ya se estaban alejando de la tierra, iluminaban su estancia como lo hacían con la suya.
-Candice – dijo – Candice, condesa de Andley – repitió, como si aquello fuera un hechizo. Sonrió
CONTINUARÁ...
