N/A: Aquí las joyas, espero puedan opinar de la selección. ¿Les gusta? ¿No? ¿Qué esperaban? ¡Las princesas igual aparecerán aquí!


Diferencias

Arthur observó a las joyas desperdigadas por la habitación, tan distintas entre sí.

Gwen, bella amatista, tarareaba una canción mientras ponía flores en los jarrones. Su cabello marrón rebotaba por todos lados con delicadeza cuando se movía por el lugar. Él nunca había visto una piel más rica y tersa.

Después estaba Sefa, etéreo ópalo, que practicaba su caligrafía sobre un pergamino. La pluma iridiscente de un pavorreal entre sus dedos pálidos. Ella siempre tenía un aire tranquilo, casi imperturbable.

Miró a Isolde, fuerte ónix, que balanceaba una daga entre sus dedos. Sus amplias caderas delineadas con las calzas que se verían mal en otras chicas, pero ella las lucía con orgullo. Adoraba como su cabello se soltaba al final de un combate, donde era irremediablemente vencido. No que le importara mucho.

Su vanidoso circón, Vivian, se miraba en el espejo, arreglándose el cabello en un moño. La chica era altiva y su palabra era orden, como si hubiera nacido para la nobleza. Nadie podía negarlo.

Los últimos tres estaban en la otra ala, donde el sol daba con más fuerza. Daegal, tranquilo e inocente topacio, se apoyaba en Freya, dulce rubí, quien estaba sentada bordando un pañuelo en el rincón junto a la ventana. Ella había hecho puños hermosos a las túnicas de Arthur y los diseños de sus vestidos eran envidiados por todas las damas de la corte.

A su lado, estaba Merlín.

Su mirada se quedó en él, la silueta a contraluz en la ventana, un grueso libro en su regazo. El zafiro era, sin duda, la cosa más enigmática que había visto en su vida. Mirándolo en la ventana, a Arthur le pareció tranquilo y apacible, pero en cuanto notó su presencia, sus ojos brillantes y profundos le hicieron desviar la vista, como si hubiera sido atrapado mirando a escondidas.

Arthur jamás terminaría de comprender el efecto que tenía sobre su persona ese chico alto y flaco como una rama.