Hola lectoras bonitas! Perdonen la tardanza en subir el capitulo nuevo. Tuve un problema en el trabajo que debía resolver. Es de aquellos en que uno tiene que hablar con personas mas que hacer cosas y bueno, no se me da tan bien. Pero ya quedó. Perdón que esta vez no me extienda en los comentarios que me han dejado, los he estado leyendo, eso sí...todo y cada uno de ellos! Gracias y, amigas, se avientan comentarios tan exquisitos todos! Gracias por darse el tiempo de leer y más el tiempo de comentar.
Este es capítulo de revelaciones...y bueno de aquí en adelante yo creo que nos viene la acción descontrolada...bueno no, solo le sinformo que tengo escrita una parte del capitulo siguiente que está...uf! intenso, pero me faltan algunas cosas, así que de aquí en adelante, veremos el desarrollo de lo que la propia historia y los personajes nos manden...pero les aseguro que va a estar buenísimo todo. Sin más, gracias nuevamente sin ustedes no hay motivación para escribir, se los agradezco mucho mucho mucho.
La vida secreta de los amores en flor
V
La noche era ruidosa a pesar de que se encontraban en una villa pequeña. No estaba segura en dónde se encontraban exactamente. Solo intuía que estaban más cerca de tierras altas que de los Grandchester, más cerca de su nuevo hogar, ¿cierto?
Cogió las mantas con sus manos para cubrirse mejor, haciéndose un ovillo sobre la cama. Las telas eran rugosas y picaban un poco, pero al menos estaba caliente. Su cuerpo se sintió cobijado. Volvió al calor corporal habitual. ¿Qué pasará ahora? Se preguntaba. ¿Era la vida que le daba una oportunidad? ¿Podía volver a ser la prometida del conde o tendría que seguir pensando en hacerse institutriz?
Dio la vuelta. Quedó mirando el techo de madera de la posada. No podía dormir. ¿Dónde estará durmiendo el conde? Un ruido proveniente de un rincón de la habitación la hizo cubrirse el rostro. Dorothy dormía en la misma habitación. Dio gracias a que no podía escuchar sus pensamientos, de otro modo pensaría que aquello era una pregunta desvergonzada.
¿Qué te espera Candy? Se dijo a sí misma. Volvió a dar la vuelta hasta quedar viendo la pequeña ventana, ña única que había en la habitación. El costo debió ser muy alto para pagar una habitación con una ventana. Miró por largo rato la tenue luz de la luna que se colaba y cubría una parte del piso de madera. El sueño terminó por vencerla. Durmió con el nombre de "Albert" en sus labios.
Al otro lado de la habitación, el conde permanecía sentado aún en su cama y con la ropa puesta. El frío halo de la luz lunar llegaba a tocarle parte de su cabello suelto a los hombros. La visión de Candice frente él y entre la bruma lo hicieron estremecerse. Se sintió un poco culpable al darse cuenta que su reacción más inmediata fue de atracción, a pesar del estado tan lastimado de ella. Pero a pesar de la bella imagen, estaba consternado y también, aunque George pensara lo contrario, tenía en la cabeza todos los posibles escenarios, especialmente los desfavorables. No lo sabía, pero las condiciones de las ropas de Candice sólo podían insinuar una cosa.
Hizo puño en ambas manos y apretó con fuerza. De enterarse que Terry pudo haberle hecho algo a Candice, juraba, como ya lo había hecho, volver a cruzar las montañas y matarlo con sus propias manos. Pero volvió a tomar aire y trató de encontrar la calma. Debía pensar exactamente lo que tendría que hacer. Primero debía asegurarse que los hombres que viajan con él guarden silencio. Nadie debía enterarse del estado en que encontraron a la prometida del conde, mucho menos Elroy, especialmente ella. Mientras él la aceptaba, nadie en tierras altas podrá cerrarle las puertas o faltarle el respeto.
Pero aún quedaba Terrence. Si al desgraciado se le ocurría pisar su castillo reclamando algo de Candice. Se puso de pie como si la orilla de la cama hubiese empezado a arder. Juró no presionar a Candice para que hablara sobre lo sucedido en el castillo Grandchester, pero si quería protegerla, debía estar seguro de que Terry no tenía razón alguna en reclamar algo de ella. Suspiró asustado. Era una pregunta inquietante y tal vez agresiva, pero tenía que saberlo.
El trote del caballo era pesado. Furioso. No había dado tregua al animal. Estaba cansado, pero a pesar de los azotes avanzaba grandes zancadas. Llegaría. Llegaría. Llegaría pronto. Sintió que con cada respiración perdía tiempo en llegar por ella otra vez. No podía respirar. Era como estar en batalla otra vez. Defendiéndose. Aguantando. Con las piernas firmes y la mirada hinchada de furia o de odio o de miedo o todas las sensaciones al mismo tiempo.
Azoró más al animal para obligarlo a correr. Sostuvo la respiración por mucho tiempo, hasta que empezó a reconocer el camino. La campiña…y frenó en seco cuando miró aquel caballo con la crin del caballo mucho más larga que lo que se suele acostumbrar por el sitio. Respiró hondo.
-Albert – soltó – mil veces maldito – volvió a decir. Deambuló por la zona sin acercarse por completo. Su pecho subía y bajaba sin tregua. ¿Está Candy ahí con él? Volvió sobre sus pasos, pero no tardó en regresar. Se detuvo nuevamente. La indecisión se apoderó de él. No tenía idea de qué hacer. No estaba bien. Su humor iba y venia. Era inestable. Estaba furioso. Deseó entrar, tomar a Candy y largarse otra vez a su castillo. Respiró. ¿En qué momento toda la calma y buen juicio que había ganado como soldado los había perdido tan de repente?
Era un noble. Heredero de un duque. Tenía derecho de pisar esa casa, aun si lo acusaban de haberse llevado a Candy, no podían hacer nada. Era su palabra contra la suya. Pero… ¿y Albert? Gruñó. Si Candy era lo suficientemente lista, jamás diría Albert una sola palabra de su rapto, mucho menos de su cortejo. Ninguna mujer que se respete podía hablar de tales cosas, ni siquiera con su prometido. Sonrió. Estaba resuelto. Entraría.
Reanudó el trote hasta que distinguió una figura menuda salir de la casa White. Reculó antes de que alguien lo viera. Se ocultó entre el camino. La parada fue un respiro para el animal. Aguardó hasta que vio pasar al jinete.
-Alistair – cogió las riendas de su caballo – lo sabe - montó y cabalgó a tierras Grandchester – Albert lo sabe - El camino de regreso fue igual de acelerado. No hizo paradas, ni siquiera para dar respiro al caballo. Aquel joven parecía un jinete endemoniado. Los viajantes que llegó a encontrarse lo esquivaron. Algunos le gritaron. Ninguno pudo reconocerlo, de haberlo hecho las habladurías habrían corrido mucho más pronto que él y los comensales de la posada habrían dicho su nombre cuando hablaron de un …
-tropel descomunal y se trataba de un solo jinete – escucha George hablar a un hombre robusto que recién llegaba a la posada buscando una habitación para descansar su largo viaje nocturno – Es raro ver a ese tipo de viajeros en una campiña tan insignificante
-seguro un mensajero para la partera – dijo el dueño de la posada. En adelante, George ignoró la conversación, pero recordó la descripción que en medio de los juicios del viajero hacía sobre aquel jinete endemoniado. Joven, de porte noble y un caballo a la perfección de cuidados. El nombre de Terry se le vino a la mente. Subió a las habitaciones y buscó al conde para empezar a partir.
En su habitación Candice se aseaba con la ayuda de Dorothy que le dio un cambio de ropa. Un vestido típicamente escoces, tanto por el color como por la textura. Le ayudó a ajustar las faldas y las blusas. Pasó su mano por la tela en sus piernas. Los colores del clan Andley, se dijo, son verdes.
Dorothy extendió sus rizos por la espalda y se dispuso a cepillarlos cuando tocaron la puerta. La doncella se detuvo. Se volvieron a escuchar los golpes en la puerta. Candice miró a la joven que estaba de pie tras ella.
- Es usted la señora- le indicó con un gesto dirigido a la puerta. Candice reaccionó
-Adelante -dijo con timidez. La puerta se abrió y George asomó. Un gesto de desilusión se dibujó en Candice que pensó se trataría del conde.
-Los caballos están listos, señorita White – la joven solo lo miró.
-la SEÑORA estará lista en unos minutos – intervino la doncella al notar el mutismo de la joven. La mirada de George fue inexpresiva luego de esa reprimenda tan innecesaria, pensó. Cerró la puerta de un golpe y quedaron en silencio, nuevamente. Candice soltó un respiró
-gracias – dijo mirando de reojo a la joven mientras cepillaba su cabello
-en unos días será oficialmente la señora del conde – habló resuelta – debería empezar a comportarse como tal, George solo es desconfiado, pero en el castillo es el último que le preocupará – aquello no se escuchaba alentador, no obstante, se dijo que no podía ser peor a quedarse prisionera en el castillo de los Grandchester, lo que le recordó que tal vez la doncella se adelantaba a las cosas. Que el conde estuviera ahí, no significaba que sí se casaría con ella, ¿o sí?
Conocía bien las normas, ninguna mujer que se considerara de buena familia y decente tomaba las decisiones que ella tomó ni pasa la noche en el castillo de un duque familiar de su prometido y sale airosa de esto.
-No, aún no sé si el conde me considera su prometida -dijo más para sí misma que para la doncella
-Fui testigo de cómo la sujetó – dijo ella -además vino hasta aquí a rescatarla de las garras de los Grandchester
-¡Lo sabe! – giró para mirar a la doncella que hizo un mohín al darse cuenta que el recogido se había arruinado - ¿Cómo lo supo?
-Creo que su familia pidió ayuda, enviaron una carta – la obligó a voltearse para seguir con su tarea – la verdad no lo sé, pidieron una doncella dispuesta a viajar como hombre en auxilio de la prometida del conde, yo sólo acepté
Candice respiró fuerte y mucho. Estaba a punto de darle un ataque de nervios. Si lo que la doncella dice es cierto, entonces Annie encontró su correspondencia con Patty. Sonrió. Estaba a salvo gracias a tu hermana.
En la habitación de a lado, Albert terminaba de ajustar sus botas cuando George tocó a la puerta. El conde lo autorizó a entrar. Lo vio con un par de papeles en la mano.
-Por favor dime que Tom no está esperando esas notas – dijo el conde poniéndose de pie para peinar su cabello con las manos
-No – continuó hasta detenerse cerca del conde- son mapas
-sabemos el camino, George, no hay necesidad
-vieron a un jinete correr como un vendaval por la campiña – dijo recordando las palabras del comerciante – al otro lado del camino – el conde lo miró serio mientras George extendía los mapas sobre la pequeña meja junto a la cama
-¿Terry?
-sospecho – continuó – si lo que escuché del comerciante borrado es cierto, el sitio por donde vieron al jinete corresponde al camino al hogar de la señorita White
- En ese caso no debemos preocuparnos – se encogió de hombros -para cuando Terry se entere que estoy aquí, ya estaremos a medio camino de las montañas
- insisto que debemos hablar con la señorita White – quedó mirando los mapas para evitar la fría mirada del conde que sabia que ya tenía encima – no sabemos más que lo que nos cuenta la carta que llegó a tierras altas
-tengo la impresión de que tienes miedo de Terry – no le quitó la mirada de encima – sé claro George
-Sospecho de la huida de la señorita Candice – dijo al fin
-Hablaremos con ella – puso una mano sobre su hombro – a su debido tiempo
- con esto cortó la insistencia de George.
En poco tiempo todos estaban listos para partir. Candice viajaría, otra vez, en el mismo caballo que el conde. Aun siente ese cosquilleo en sus mejillas cuando salió de la posada y se encontró en las caballerizas al conde, junto a su caballo esperando por ella. Aun siente que su pecho sube y baja al compa que de sus pasos cuando se siente observada por el conde. Sus ojos no apartan su interés de ella. La recorre o eso piensa ella, que la acaricia con una mirada enigmática, fija; siente sus ojos de mar en sus manos, en su vestido, en sus rizos, en su rostro, en sus ojos, en su boca. ¿hay alguna parte de ella que no se sienta mirada y atraía hacia él?
-Señorita White – habla él por fin rompiendo un silencio que sólo Candice había generado desde que sintió los ojos del conde sobre ella. Tanto abarcaba él con sólo la mirada que provocaba que el ruido, todo el ruido de los caballos relinchando, los pasos de George y Dorothy hasta las risas estridentes de los hombres que andaban por ahí, todo ese escándalo quedaba en segundo plano, como si la realidad sólo fuera el espacio que el conde ocupaba y lo que sus ojos se dedicaban a mirar.
-señor – ella tendió la mano para tomar la que el conde ofrecía
- espero que haya podido descansar – dijo él- al menos un poco
-lo hice señor – contestó sintiendo la calidez de su piel en su mano. – gracias por sus atenciones – él la guiaba a su caballo – estoy en deuda
-De ningún modo – aclaró él - ya tendremos oportunidad de hablar, señorita – se detuvo una vez llegados a la montura del conde – por lo pronto, debemos continuar nuestro viaje
- señor – Candice se detuvo y soltó la mano del conde – no tengo derecho a preguntarlo., lo sé – respiró bajo la mirada atenta del conde – pero necesito hacerlo – él hizo un gesto para invitarla a continuar - ¿vamos a tierras altas?
-Desde luego – contestó él sin pensárselo dos veces – la celebración de nuestro compromiso lleva dos días de retraso ya – Candice pareció dar un respiro de alivio, quiso agregar algo más, pero el conde no se lo permitió. Tomó su mano, nuevamente, y la guio hasta quedar frente a él. La ayudó a subir y como lo hiciera el día anterior. Él tomó su lugar y empezaron el viaje.
El corazón de Candice latía con mucha fuerza. Desconocía lo que venía. Desconocía lo que estaba sintiendo, ¿era miedo? ¿era emoción? No sabía. Su presente había cambiado tan rápido como el verdadero rostro de Terrence se descubrió ante ella o tal vez siempre tuvo el mismo rostro y ella sólo no quiso verlo. Ahora, el rostro del conde también se le muestra extraño. Desconocido durante bastante tiempo hasta ahora. ¿Estaba bien sentirse así cuando antes lo despreciaba? Además, estaba la interrogante que siempre había cargado con ella desde que Terrence se lo hubiera hecho saber ¿por qué el conde no anunció su compromiso como debió hacerlo? Y sumado a ello…aquella mujer, ¿quién era?
Albert…está aquí Albert…está aquí Albert…está aquí Albert…está aquí Albert…está aquí
-señorita Marlow -una doncella le hablaba con voz baja, casi en susurro, esto había sido un consejo que la señora Eleonor les había dado para evitar que la señorita se alterara. Eran dos doncellas quienes lidiaban con ella. Dos doncellas que llegaban después de un número ya olvidado de ellas. -Es tiempo, señorita – insistía la doncella señalando a otra que tenía una manta extendida a lo largo de sus brazos, esperando a que ella saliera de la tina.
La delgada mujer cruzó la mirada a lo largo de la habitación. Miraba los objetos y el espacio sin interés, hasta que una brisa atravesó el lugar a través de una ventana que estaba abierta. El frío que sintió en sus hombros la hizo erguirse. Su gesto cambió como si recordara en ese momento dónde estaba y con quién.
-Está aquí – dijo desconcertando a las doncellas. La mujer hablaba poco o nada, más bien tarareaba una canción como rutina, su mirada se perdía con frecuencia, así que escuchándola hablar y mirar fijamente la ventana que estaba abierta provocó un escalofrío en las doncellas.
El gesto de atención no duró mucho en el rostro de la mujer. Se dispuso a salir de la tina con la misma lentitud con la que se movía. No parpadeaba, no parecía respirar, sus movimientos eran lentos que en verdad parecía un fantasma deambulando el castillo. Los sirvientes tenían prohibido hablar de ella o con ella, si la veían simplemente la rodeaban. Esto le dio cierta libertad, un juego extraño que con intención o no, se acostumbró a perpetuar.
Huía de los encuentros con Eleonor y con Robert lo más posible. Conocía todos los recovecos del castillo, así que este conocimiento le facilitaba saber dónde estaban. Si llegaba a encontrarse con ellos se mantenía en un silencio sepulcral que desesperaba a los señores del castillo hasta el punto de provocar su ira, por parte de Robert, y la humillación por parte de Eleonor. Gritaban y amenazan a las doncellas encargadas de ella que la mantuvieran en su área.
Aquel día, el día en que recordó, como lo llamaban las doncellas, hubo un cambio en su actitud. Hasta ese momento seguía teniendo los mismos hábitos; caminaba por todos los pasillos, pero sin entrar a las habitaciones, sólo caminaba, había momentos en que caminaba tan rápido que no era percibida. Eso era por la mañana, luego, por la tarde, volvía a caminar por los mismos pasillos, pero pegada a los muros, tocaba cada muro, cada puerta, cada retrato y cada adorno que se encontraba a su paso y, finalmente, por las noches, entraba a las habitaciones, abría cada puerta y casi todas las habitaciones para entrar en ellas, mirarlas desde el umbral y volver a salir para continuar con la siguiente. Esta era su rutina, lo hacía siempre tarareando una canción extraña para todos.
Algunas veces se perdía, las primeras veces pensaron que huía, pero no fue así, la encontraban en lugares extraños, como en la biblioteca, sentada al centro, mirando fijamente la puerta, otras veces la encontraban metida en unos de los huecos entre las habitaciones que comúnmente servían para comunicar las estancias. Aquel día, la encontraron en la habitación del señor Terrence. Parecería lógico que ella hubiese estado en esa habitación antes, pero no es así. Ella evitaba a toda costa la habitación del hijo de los duques.
El encuentro lo hizo la ama de llaves. La pobre mujer llegaba a provocarle pena y compasión como aquel día que la encontró mirando por la ventana. La sostuvo de los brazos con la mayor delicadeza que tenía y habló, como siempre hablaba con ella.
-Susana, querida – le dijo mirando su esquelético perfil -es tiempo de volver a tu área – sonrió, pero al momento perdió su sonrisa compasiva cuando la joven giró para mirarla a los ojos por unos segundos y sin decir nada, dio la vuelta y cruzó la habitación hasta detenerse a tocar los relieves de la madera de la puerta. Luego salió. La ama de llaves ordenó a las doncellas acompañarla. La miró perderse entre los pasillos. Ella cerró la puerta y se quedó mirando el sitio por donde se fue la señorita Marlow. La miró, la miró, reconociéndola, la miró recordando, ella recordaba. El aire se le fue de los pulmones. Debatió consigo misma si debía advertir a la señora. Respiró profundo.
Sí Albert está aquí …dígale
Las palabras de la misteriosa mujer la perseguían constantemente. Su voz resonaba en su cabeza una y otra vez. No estaba segura de cuánto tiempo llevaban viajando. El paso que llevaban era constante, parecía que querían llegar lo más pronto posible. El brazo del conde se sentía firme alrededor de su cintura. No hablaron en lo que llevaban cabalgando, ella porque no lograba estar tranquila por los recuerdos de su encuentro con la misteriosa mujer en el castillo Grandchester, además de las interrogantes que traía arrastrando desde que conoció a Terrence; y él, porque no estaba seguro de cómo abordar los temas delicados que, por desgracia, hasta ahora era lo único que los unía. ¿Cómo reparar una distancia en apariencia tan insoldable?
Respiró y ajusto su abrazo a Candice. La joven se sostuvo de la montura queriendo girar para mirar al conde, pero se contuvo. De haberlo hecho, habría notado lo absorto que se encontraba en el camino y en sus pensamientos. Las dudas y los viejos deseos se acumulaban en su mente, no daban tregua y no podía detenerlos. La pérdida de Anthony que debió asumir de mejor manera, pero no pudo hacerlo como es debido y no por sus responsabilidades como cabeza del clan, como Elroy se encargó de justificarlo ante todos, sino porque no tenía dolor qué mostrar. ¿Algo malo pasaba con él? ¿Era la guerra que no lo dejaba mostrar emociones como debía? ¿Era su deseo de huir de todo? ¿Eran las decisiones y vida de Anthony que de cualquier modo siempre terminaba por cargar? ¿Era simplemente él, tomando y retomando la vida que otros le dejaban?
-¡Señor! – escuchó el grito de la joven que lo miró angustiada. Albert concentró la vista para frenar repentinamente. Frente a él George estaba ya detenido. Dorothy, la doncella, estaba junto a ellos.
- ¿qué sucede?
-Nos desviamos hacia la villa en el paso a Forth – dijo George
-Estamos muy cerca -contestó el conde queriendo saber la razón
-se aproxima una tormenta y no estamos en condiciones de seguir bajo la lluvia- el conde asintió y se desviaron para buscar un lugar dónde pasar aquella noche. Candice respiró nerviosa porque después de aquella interrupción abrupta, el conde volvió a sujetarla con cierto ademán de posesión. Volvieron a quedar en silencio hasta que llegaron a otra posada.
El procedimiento fue el mismo que en la primera posada en la que estuvieron. El conde ayudó a Candice a bajar del caballo y ordenó a Dorothy atenderla en lo necesario. Ambas asintieron, la doncella caminó para alejarse de los establos y entrar a la posada. George se hacía cargo de los arreglos. Candice aprovechó que el conde parecía estar entretenido quitando la pesada montura del caballo para hablar, por primera vez, con él, pero éste la interrumpió antes de que soltara cualquier palabra
-Será mejor que entre y descanse todo lo que pueda, señorita White – le dijo mirándola a los ojos con una sonrisa – nos esperan las montañas – ella bajó la mirada cohibida y asintió – hablaremos cuando sea tiempo – dijo antes de que ella abandonara los establos, lo miró y esta vez fue ella quien sonrió
- esperaré, señor - el conde la miró hasta que se perdió entre las puertas. Lo cierto es que, a pesar de que mostrara tranquilidad, el conde estaba realmente nervioso y debía admitir que también sentía un poco de miedo. Lo reflejaba el temblor en sus manos al sostener las cosas o la necesidad de sujetar con mayor ahínco la cintura de Candice. Era algo que debía ocultar, como fue educado, podía controlarlo, pero a últimas veces empezaba a ser difícil.
George tenia razón, lo sabía, debía hablar con Candice lo antes posible para saber qué ocurrió exactamente con Terrence. No le tenía miedo a Elroy, pero tampoco quería estar lidiando con su comportamiento una vez que llegaran a destino. Además, intuyó que George sospechaba especialmente por las intenciones de Terrence. Más de una vez resultó que él joven había querido obtener beneficio de él a costa de fragmentar aún más la inestable relación con los Grandchester. George se acercó para informarle que la señorita White se encontraba instalada y una habitación para él había sido asignada. Albert asintió y se dispuso a entrar. Obvió el servicio que le entregada una de las mujeres, tal vez esposa o hija del posadero. Pidió a George darles la comida y bebida a sus hombres. Luego de esto le pidió a George pedirle a la señorita White un momento para hablar. El posadero ofreció el pequeño salón de la posada que, en ese momento estaba vacío. Albert aceptó y agradeció el gesto. El posadero lo llevó al salón y ahí esperó, mirando absorto la decoración sencilla del lugar.
Pasaron unos treinta minutos, tal vez, antes de que Candice entrara al salón con timidez. Treinta minutos en los que él se lo había pasado sentado en uno de los sillones del salón sin apenas quitar la mirada de sus botas aún marcadas por el lodo seco. Levantó la cabeza cuando escuchó la puerta abrirse. La joven se acercó despacio hasta quedar frente a él. La miró. Tenía las manos juntas cerca de su cintura, si no estuvieran tan abajo, parecería una pose para orar. El color de su falda coordinaba con el de sus ojos. Parpadeaba más veces de las que pudo contar. Estaba nerviosa, eso le parecía. Se concentró en las pecas que pululaban su nariz sin ser consciente que su mirada se había estancado largo tiempo ahí. El respirar irregular de la joven lo hicieron fijarse en su pecho que subía y bajaba. Volvió a subir la mirada y se encontró con su cabello; estaba suelto, sus rizos caían por su espalda y por sus hombros, rizos dorados ¿había entrado así, con el cabello sin sujetar?
-¿señor? – su voz lo desconcertó. Temblaba. ¿temblaba ella o su voz o ambas? - ¿debo quedarme yo aquí?
-¿disculpe? – reaccionó. Le había hecho una pregunta que él no escuchó. La vio tomar aire
-¿aquí será el lugar en el que yo deba quedarme?
-¿por qué lo pregunta?- contestó extrañado con otra pregunta. Se sintió un tonto. Se irguió al momento de esperara a que ella contestara y caminó por la pequeña estancia esperando su respuesta
-el señor George me dijo que deseaba hablar conmigo y yo – respiró – tal vez el señor lo ha pensado mejor y no le será posible llevarme por … - volvió a tomar aire. No miraba al conde, pero lo sentía caminar cerca suyo – por lo ocurrido – tuvo miedo de mirarlo. Se quedó aquí de pie sin atreverse a moverse. Entonces lo escuchó detenerse. Dejó de caminar. Estaba junto a ella unos pasos atrás, no estaba segura, tal vez un par o tal vez fueran unos metros, pero lo sentía tan cerca. Su presencia era abarcadora. Lo escuchó respirar. Tomo aire y luego habló
-Irá al castillo de los Andley conmigo como mi prometida – afirmó – tal y como se lo prometí, por lo que no deberá quedarse aquí – continuó sin moverse de su sitió. En el fondo agradeció que ella tampoco lo hiciera -De lo otro – dijo – de lo otro que me gustaría hablar con usted es sobre la carta que la señora White envió la matriarca de mi clan – hasta entonces Candice giró por completo para mirarlo con los ojos abiertos. Deseó que no lo hubiera hecho. Ese movimiento tan repentino lo alteró. El color verde de sus ojos se volvió tan brillante que lo perturbó. Tragó saliva para volver a hablar – Cumpliré mi palabra señorita White, pero para poder hacerlo debo conocer la verdad – dijo – el castillo Andley no es diferente de otros y en el clan hay reglas estrictas que como patriarca debo cumplir y una de ellas es repudiarla si a caso usted…-se detuvo – no importa que así haya sido, sólo necesito saberlo, esto será algo entre usted y yo, por supuesto no habrá un repudio hacia usted y si existiera por parte de alguien de mi familia, me encargaré de proteger su honor – concluyó casi sin respirar
-Nunca he yacido con el señor Terrence Grandchester – contestó firme – si mi madre envió la carta a la señora Elroy, habrá dicho cosas que ella entiende poco – las manos le temblaban – es cierto…- y la voz también – es cierto que encontré atractivo al señor Terrence, pero jamás, jamás – las lagrimas empezaban a acumularse
-entiendo – se adelantó él a decir – y le creo – ninguno de los dos se movió de su sitio. Estaban de frente, mirándose sin perder detalle de sus gestos – pero necesito saber – un suspiró escapó –¿Qué circunstancias la llevaron a conocer a Terry? – el apelativo tan familiar que usaba le recordó la arenga que Terrence le había dado cuando estaba presa en una habitación de su castillo. Se conocían, eran familia. Por ahí empezó.
-…lo vi por primera vez en las calles de Londres, no tenía idea de quién era ni tampoco que tenía un vínculo de sangre con usted
-No lo tenemos
-Pero él…dijo
-Terry suele decir muchas cosas, el hecho de que Eleonor sea mi prima no significa que él y yo compartamos sangre. Somos primos lejanos, Eleonor creció con mi hermana mayor, son de la misma edad, la educación tal vez pueda unirnos más que la sangre – Candice estaba contrariada, si el conde y Terrence no eran familiares realmente cercanos, ¿por qué parecía que el duque lo odiara tanto? Terrence habló del conde como un hombre influenciable y lo creyó, la señora Elroy inspiraba miedo más que respeto. Pero el conde se veía siendo todo menos influenciable.
-¿así que Terry la llevó a su castillo porque terminó flechado por usted? – preguntó trayéndola de regreso hasta mirarlo a los ojos nuevamente. Pero no tardó mucho en desviar la mirada ante la pregunta antes de contestarla
-fue en el baile que organizó para encontrar esposa – recordó – él fue carismático y yo …- tragó saliva – yo no quería casarme – respiró – fue mi culpa, señor, cometí muchos errores, no tenía deseos de casarme, pero aceptaba mi destino, luego el señor Terrence me…- volvió a respirar – el me acosó aprovechándose de mis dudas con el compromiso, de mi agravio por sentirme humillada cuando usted decretó que no se anunciara nuestro compromiso, él… me hizo pensar que se avergonzaba de mí, tal vez mi origen, amenazó incluso con cortejar a mi hermana para verme, yo hui de casa, manipulada por él, pensando que huía de él y de mi compromiso con usted, pero él…él…
- la raptó – completó él y segundos después las lágrimas que viera cuando la encontró en el camino volvieron a aparecer. El conde se acercó para rodearla con sus brazos. Candice hundió el rostro en el pecho del conde. Con su mano intentó reconfortarla sobre los rizos que caían por su espalda. Se sintió el hombre más cobarde del mundo. Tal vez si hubiera acatado las reglas tal y como se lo decía Elroy, nada de esto hubiera pasado.
¿qué más daba que Susana hubiera sido amante de Anthony? ¿Importaba ahora que Elroy quisiera apartar a su sobrino de la pasión y deseo por seguir a Susana comprometiéndolo con una joven de familia modesta? ¿Valía la pena aferrarse a un rencor no asumido sino más bien enterrado cuando recibió la carta de Susana, ya que su partida a la guerra era inminente y nada podía hacer para detenerla de huir de desaparecer de estas tierras que me prohíben amar como quiero amar, Albert, yo sé que tú me entenderías, lo valía? No, no lo valía, ninguna cosa valía por una lágrima de Candice, ella era inocente, pero tampoco podía evitarlo. No pudo. No pudo simplemente resignarse, a pesar de que perdió a Susana por decisión de ella misma, o que perdió su vida en libertad simplemente por la imprudente muerte de Anthony.
Sintió a Candice removerse entre sus brazos, limpiando sus lágrimas.
-por favor, suplico perdone todas mis imprudencias, yo no supe manejar al señor Terrence – él sonrió ante el comentario y se dedicó, también, a limpiar las lágrimas que se escapaban de sus ojos
-Nadie sabe realmente cómo manejar a Terry – dijo con una voz tan suave que a Candice le resultó como una caricia
-No será fácil, señorita White – dijo sosteniendo su rostro con ternura – no la tendremos fácil, hablarán, por supuesto que lo harán – pensó en Elroy, pensó en Archibald y pensó en Rose que aún desconocía el verdadero carácter que tuvo su hijo – pero debe apoyarse en mí, he pasado por …- respiró – por momentos difíciles también – Candice asintió pensando que hablaba de la muerte de su sobrino Anthony – le pido nuevamente que descanse, partimos a primera hora de la mañana – Albert ajustó un par de rizos detrás de su ojera y la dejó irse. Candice aun temblaba, pero este temblor de su cuerpo ya no se debía al miedo. Respiró tranquila mientras cerraba la puerta del salón, hasta que llegó a las escaleras…
Si Albert está aquí,
dígale que quiero verlo,
que necesito verlo,
Terry le necesita,
él podrá hacerlo entrar en razón,
dígale que aquí es una prisión,
dígale…
dígale...
Se detuvo abruptamente y quiso volver. Pero George ya se encontraba cerrando la puerta del salón. Regresó sobre sus pasos y volvió a recordarla Si Albert está aquí, dígale…Prometo hacerlo, se dijo a sí misma antes de entrar a su habitación.
-¿Qué es lo que sabemos?
-Que Terry la acosaba
-él …- se detuvo moviendo sus manos en circulo – ya sabes
- no – volvió a sentarse donde estuviera cuando lo encontró Candice al entrar - llegamos o ella huyó a tiempo
-¿Te dijo cómo escapó?
-no se lo pregunté
- Ese castillo es impenetrable
-¿sigues pensando que Candice en realidad está liada con Terry?
-Susana lo estuvo con Anthony y Terry se jactaba también de haber flirteado con ella
-Susana se fue, George – levantó la voz – se fue a las colonias, al otro lado del mundo, de haber tenido la libertad de elegir habría elegido a Anthony antes que a mí incluso antes que al propio Terry
-Susana lo conocía, los tres estaban juntos en San Pablo, conocía de la astucia de Terry, pero la señorita …
-¡Suficiente, George! – dijo consiguiendo un silencio sepulcral de inmediato – recuérdame tu desconfianza cuando lleguemos a casa – le dijo levantándose – no ha sido fácil para ella, sé que no miente – respiró – además piensa que me avergüenzo de nuestro compromiso
-¿qué?
-la decisión de la tía abuela de ocultar el anuncio del compromiso la hizo pensar que me avergonzaba de casarme con ella
-¡Qué niña! – dijo -¿de dónde sacó eso?
-Terry
-Ya suficiente has pagado por esos niños
-Candice es diferente
-la señorita White no es Susana Albert - miró fijamente a su mano derecha, amigo y confidente como si mirara a su padre o tal vez lo era, la única figura que tuvo de padre desde que tuvo la edad suficiente para saber que su padre murió dejándolo a él como heredero de un clan que ahora le pesaba más de lo que alguna vez pensó -lo sé George – sonrió – lo sé
CONTINUARÁ...
