Mariposa
Mordred contó las joyas que desfilaron por el jardín. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis…
Seis.
Faltaba una.
Inmediatamente, sus cristalinos ojos barrieron el jardín. Si bien Mordred tenía mucha suerte de estar allí como el primer druida en ser nombrado caballero de la mesa redonda, en servir a un rey, el que perdiera una joya en su guardia significaba que iban a echarlo, o peor, cortarle la cabeza.
Fue extraño temer ser cazado cuando el mismo rey había prometido no hacerlo. Mordred admiraba a las joyas desde que se enteró de que el zafiro real había sido el liberador de la magia en Camelot.
Ahora bien, daba igual, una joya estaba desaparecida. Se alejó de la columna y buscó entre los arbustos, detrás de los jarrones, cerca de la fuente del león. Allí encontró a un chico, cuyos dedos largos y blancos acariciaban el agua mientras leía un libro especialmente gastado, con sus hojas carcomidas.
El chico era intrigante, con una belleza peculiar y unos pómulos que cortaban la luz del sol. Parecía de la realeza, sin embargo vestía de forma ordinaria. Él alzó los ojos, azules y profundos como joyas preciosas y en su interior florecieron las leyendas contadas a la luz de la hoguera en las noches de invierno.
—Hola —Le saludó con curiosidad—. ¿Necesitas algo?
Mordred se dio cuenta de que estaba petrificado frente a esa hermosa criatura, como si fuera la estatua del león en la fuente.
—Hola. Yo… me llamo Mordred.
El chico sonrió divertido, quizá por su expresión, quizá porque hablaba como si no supiera hacerlo.
—Un gusto conocerte, Mordred. Mi nombre es Merlín. ¿Eres un guardia?
—Un caballero —Anunció con cierto orgullo, la necesidad de arrodillarse y pedir, picando en todo su cuerpo—. Soy un caballero de la mesa redonda.
Merlín pareció impresionado.
—¿No eres muy joven? ¿Cuantos ciclos tienes?
—He cumplido diecisiete ciclos esta primavera. ¿Cuántos ciclos tienes tú? Pareces joven también.
—Tengo veinte ciclos —Sonrió Merlín—. Mi hermana, Freya, tiene tu edad.
—¿Tienes muchos hermanos?
Los ojos de Merlín viajaron al agua un momento y entonces dijo: —Seis. Un hermano, cinco hermanas.
—Es una familia muy grande.
—Sí… ¿Tienes hermanos?
—No, soy huérfano —Mordred vio la pena cruzar por sus ojos pero no fue igual a la de otras personas, fue más comprensiva y dulce. Fue la primera vez que no se sintió mal—. ¿Qué es lo que lees?
—Un libro de hechizos.
Los ojos de Merlín brillaron en oro y sintió que perdía el aliento. El chico abrió su palma para mostrarle la mariposa más hermosa que había visto.
—Aquí, tómala —Dijo, empujándola al vuelo. Mordred extendió su mano, donde ella se posó—. Es un regalo, por tu ascenso a caballero.
Él no supo cómo responder, porque de pronto todo el mundo estaba brillando y había olvidado cómo era que se hablaba en voz alta.
—¿Merlín? —Dijo entonces una voz. El chico volvió su rostro y luego se apresuró a levantarse, tomando la capa donde había estado sentado.
—Ha sido un placer, Mordred.
Su sonrisa se grabó a fuego en el corazón de Mordred y la capa brilló al sol. Merlín se fue presuroso para reunirse con su hermana, dejándolo plantado al suelo.
Con la mariposa en su mano y el corazón acelerado, el caballero druida se perdió en la realización de que había sido hechizado por la joya perdida.
