Hola lectoras, espero que este día haya sido bueno para ustedes y si no, espero que la lectura de este capitulo les haga pasar un tiempo agradable. Quiero agradecer sus comentarios, de verdad disfruto mucho leerlos. Lamento no poder contestarlos todos lo iré haciendo. Mi retraso se debe a mi trabajo. No sé si antes lo he mencionado, pero intento incursionar en el mundo de la escritura, especificamente de la poesia y a eso me dedico, ademas de mi trabajo. Estos días han sido muy provechosos para ambas cosas y no me habia dado tiempo de sentarme y subir este capitulo.

Creo que también comenté que tenia solo la mitad de este capitulo, lo he terminado más pronto de lo que esperé, se vienen otros capítulos, espero no tardar mucho en subirlos, especialmente por la transcripción porque escribo en libreta...perdon si se escuche muy anticuado eso pero sino, no me fluyen las ideas. Espero que este capitulo les guste, a mí me gustó mucho... y bueno allá vamos!

Agradezco su espera tan pacientes ustedes mil gracias, también sus comentarios, desde ahora los agradezco infinitamente.


La vida secreta de los amores en flor


VI


-Señor Cornwell, me gustaría poder decirle más, pero le aseguro que todo lo que sé es lo que ella misma ha escrito en sus cartas – dijo Patricia O'Brian mientras caminaba por un prado verde en un día nublado acompañada de Alistair. Escuchaba atento las palabras de la señorita O'Brian tratando obtener la mayor cantidad de información para confirmar o desechar lo que la familia White dijo cuando los visitó. – Conozco a Candice desde hace mucho tiempo, nuestras familias siempre se han llevado bien, nuestros padres tienen negocios juntos, hemos sido amigas desde siempre – La joven sostenía una sombrilla en sus manos. A veces tenía el impulso de pasar una mano por el bordado de la tela como si eso la tranquilizara o la hiciera sentir cómoda. Tratando de hacerse a la idea de quien caminaba junto a ella era de fiar y, por supuesto, que ayudaba más que perjudicara a Candice.

- Quiero que esté segura de que mi presencia aquí es sólo para proteger a la futura condesa de Andley – aclaró habiendo notado el comportamiento nervioso de la joven – fui enviado para poder aclarar la situación ocurrida con la señorita White, esto la ayudará a incorporarse adecuadamente a la vida en el clan – la escuchó suspirar. Lo miró de reojo, luego prestó atención en el camino. Cogió la sombrilla para abrirla unos segundos después al percatarse que los jardines se habían empezado a llenar de gente, familia principalmente, pero era suficiente para que notaran su caminata con el señor Cornwell y hablaran, la sombrilla le daba un poco de distancia para que él no se acercara más de lo permitido

-Señor Cornwell, lo que le puedo asegurar es que Candice no tenía intención alguna de cancelar su compromiso con el conde de Andley, aunque hubiera deseado hacerlo – cogía el mando de la sombrilla con ambas manos para no tener que producir un acercamiento con él - Ella conocía todo el esfuerzo que la señora Eloísa, principalmente, hizo para negociar un matrimonio prospero con la señora Elroy. Supe de las entrevistas a las que ambas acudieron – caminó rodeando un rosal de rosas amarillas para volver hacia la entrada de su casa – Terrence Grandchester la acosó tanto que la aterrorizó y la obligó a huir de casa, pensó que podría librarse de él. Yo le ofrecí refugio en los establos, pasaría una noche ahí para después huir hacia las colonias.

- ¿qué pasó cuando llegó la noche de la huida y la señorita Candice no llegó? – preguntó apresurando la charla antes de encontrarse con oídos intrusos - ¿Cómo se ha enterado usted de su destino?

-No lo supe hasta que usted llegó aquí – saludó con una mano a su madre que no dejaba de mirarla – Pensé que sus padres la habrían descubierto y tal vez la disuadieran de algún modo, ya usted sabe cómo funcionan estas cosas del amor – continuó -yo simplemente esperé a que ella escribiera, si es que lo permitían

-de no haber venido yo – dijo él mirando sus pies para evitar el interés de la señora O'Brian sobre él -¿seguiría esperando?

-Así es – contestó ella sin dudarlo – no tengo muchas opciones, no puedo simplemente ir a visitarla, sola no, al menos

-Entonces ¿la señora White no intentó hablar con usted?

- No, es posible que ella encontrara las cartas que yo respondí a Candice, no era un secreto que nos escribíamos, no debió costarle mucho encontrar dónde guardaba nuestras conversaciones

-¿En alguna de sus respuestas habló tácitamente del acoso al que era sometida la señorita White?

-Fue el único tema de nuestras ultimas conversaciones, por supuesto que hablé sobre ello abiertamente, incluso sugerí que recurriera a la protección del conde de Andley si le fuera posible – hizo un ademán de agregar algo más, pero calló abruptamente. Su madre, que ya estaba a algunos metros, caminaba con paso resuelto hacia ellos -Dígale a Candice que me complacería mucho aceptar su propuesta para visitarla -dijo cuando la señora O'Biran sonreía y tomaba entre sus manos la de su joven hija – seguro se lo podré conceder próximamente – el joven la miró sin parpadear asimilando el cambio de tema. Evitó ver a la señora O'Brian que al parecer esperaba una respuesta suya. Entonces carraspeó

-Se lo haré saber señorita O'Brian – contestó sin más

-¿conocemos al caballero, querida? Desde el medio día que estamos en los prados, no me percaté de que tuviéramos visita

-No es una visita, madre – contestó Patricia -es un mensajero, viene de parte de Candice

-Nuestra Candice ha terminado por casarse al fin – parecía una afirmación, pero Stair se lo tomó más como una pregunta

-En estos momentos debe estar adaptándose al clima en tierras altas – contestó – y yo debo volver para la celebración nupcial – hizo una reverencia – mi mensaje ha sido entregado señorita O'Brian, la futura condesa estará feliz de recibirla – la joven contestó con una silenciosa sonrisa. La señora O'Brian parecía querer conocer más del asunto, pero su hija la tomó del brazo y caminó con ella hacia su casa. El joven apenas volvió la mirada unos segundos para mirar a ambas mujeres reunirse con otras mujeres y niños que jugueteaban por ahí.


El camino a tierras altas fue sorteado con agilidad. Los jinetes fueron hábiles, incluso la doncella Dorothy mostró destreza en el camino. Candice por otro lado, menos acostumbrada al tipo de viaje y a las condiciones en que se suscitó, empezó a resentir el trote del caballo. Los cuidados que el conde le proporcionaba disminuyeron las molestias que pudiera ocasionar semejante trayecto, pero no lo suficiente como para decir que el viaje no dejará secuelas y algunos dolores comunes en los jinetes. Esto, sumado al nerviosismo que la joven sentía cada vez que el conde la sujetaba a su cuerpo con mayor aprehensión, provocaron que el vértigo y la adrenalina hicieran su parte para no arribar en mal estado al castillo Andley. Ambas sensaciones funcionaban como una medicina para ignorar y ocultar los dolores musculares.

Además, el paisaje que empezaba a mostrarse ante sus ojos era tan vasto como se lo imaginaba cuando leía sus narraciones favoritas. Pensó, incluso, que aquello que veía superaba las descripciones leídas en sus novelas. El frío y la brisa que jugaba con su cabello volvían el paisaje más real y aún más extenso que en su imaginación. Con cada respiro sentía que todas las montañas escocesas entraban a sus pulmones y se hacía parte de ellas, o eran las montañas las que la hacían a ella parte de su paisaje salvaje e imponente. Le pareció que el perfil y la fuerza del conde era semejante a las montañas de las que ahora descendían. Pareciera que la vitalidad, tanto en la vida como en las ideas, del propio conde estaba directamente relacionada con cada roca, árbol, arroyo y ave que habitaba tierras altas. Tan enigmático, tan frio, tan impresionante y tan cálido si las montañas llegaban a aceptarla como parte de ellas. Así sería con ella, si el llegaba a aceptarla como parte suya.

Suspiró maravillada por estas ideas y por la vista que tenía al frente. El conde intuyó que aquel suspiro se debía al temor, como cualquier visitante primerizo llegaba a tener una vez que pisaban sus tierras. Quiso tranquilizarla, decirle que el paisaje, a pesar de su apariencia, era seguro para aquel que tuviera buenas intenciones. Quiso decirle muchas más cosas además de esta, pero guardó silencio cuando sintió que la joven se acomodaba entre sus brazos. Se sostuvo con sus manos sobre la silla para mirar de izquierda a derecha el camino.

–Tierras altas, señorita – dijo sin poder evitar que el tono de su voz resultara grave, acento que provocó que la piel de la joven se erizara.

–es hermoso –contestó girando para mirarlo a lo alto sin esperar toparse con sus ojos ya observándola. Sin proponérselo el conde terminó sonriendo para ella. Candice ruborizó y volvió a su sitio para mirar al frente sin volver a decir nada hasta que tres largas torres empezaron a alzarse en el horizonte, dejándola perpleja.

El castillo de los Gradchester era sombrío y grande. Cuando huyó entre los túneles secretos pensó que aquello nunca terminaría. La piedra era oscura, húmeda y parecía estar destinada a devorar el paso de quien cruzara sus pasillos. Un abismo que sofocaba estando dentro. Pero aquel castillo levantado entre las colinas, flanqueado por montañas y bosque se levantaba sobre la tierra luciendo el mismo color de su paisaje, verde.

Su asombro fue tal que no podía evitar abrir sus ojos con gran sorpresa. Nunca había visto un castillo construido con una piedra de tal color. Mientras se acercaban pudo distinguir con mayor detalle que no había tres sino cuatro torres circulares levantadas en cada lado de la construcción rocosa. Los catorce ventanales que se distinguían de frente hacían que la luz del sol reflectara de tal modo que destellos alumbraran partes de la roca del castillo haciéndolo lucir de un verde intenso. En lo alto del castillo se distinguía una torre más, parecía estar detrás de lo que se miraba de frente. Aquella torre, a diferencia de las cuatro que resguardaban el castillo, era cuadrada. Arriba, la piedra lucía de un color ocre que contrastaba con el brillante verde que se asomaba a lo lejos del camino.

Mientras más se acercaban, el castillo se veía más grande. Pudo distinguir a un grupo de personas saliendo entre los rosales que parecían crecer de los muros del castillo. Una cantidad inmensa de rosas blancas y amarillas se movían con el viento luego de que las gotas del rocío las bañaran durante el amanecer. ¿Cómo era posible que rosas crecieran de tal modo y en abundancia entre los muros de un castillo de piedra verde? De repente su vista bajó hasta el patrón de su vestido. Verde, el color de los Andley. Supuso que de ahí venía el emblema. Verde la piedra de su castillo, verde como las montañas que lo ocultan y la delicadeza de una flor creciendo en un clima como aquel.

–bienvenida al castillo Andley-escuchó al conde a su espalda – tu hogar – estas últimas palabras se escucharon casi como un murmullo, una caricia inesperada que atravesó la espesura de sus rizos hasta llegar a la piel de su cuello. Quiso decir algo, pero no pudo, no tenía palabras ni en la cabeza ni la boca. Sujetó, por otro lado, la mano del conde que seguía resguardando su cintura. Su agarre se volvió más violento cuando, entre las personas que estabas reunidas a las fueras del castillo, reconoció a la señora Elroy. La mujer tenia un semblante mal humorado, como el día que la conoció. El ceño fruncido le advirtió a Candice que sabía de su huida. Por supuesto que lo sabía, la carta que fue enviada a los Andley fue escrita por su madre y hasta el momento desconocía qué decía exactamente aquella carta.

El trote del caballo se aligeró. El conde murmuró algo más. Quizás algo sobre la recepción. Eso fue, pero su voz no llegó del todo a sus oídos. El relinche de los caballos la distrajo, además de su posición de viaje que al parecer escandalizó a más de uno entre las personas que esperaban su llegada. Esto provocó un gesto de incomodad en la joven que el conde no pudo percibir, tal vez por el movimiento que producía la montura.

Abajo, a unos metros del primer jinete detenido, George, se encontraba Elroy con el gesto serio y el ceño fruncido. Rose se encontraba junto a ella, traía el cabello, del mismo color que el del conde, recogido con unas horquillas en forma de ramas de roble color bronce. Su falda, que llevaba los mismos verdes que la falda de Candice, tenia los colores más marcados. Su contraste con el dorado de su cabello y la blancura de su piel la hacían ver como una mujer extremadamente bella, elegante. Quiso buscar un parecido con Eleonor Grandchester, pero no pudo. El conde tenía razón, apenas habia algo que los emparentara, por lo menos físicamente. A los costados estaba un joven de porte elegante, sus ropas lucían pulcras y su gesto parecía indiferente. Tras ellos se encontraba un grupo de mujeres y hombres perfectamente vestidos con los colores del clan, había mujeres que lucían otros tonos, supuso que era una comitiva de recepción y habría otros clanes convocados a darles la bienvenida.

Sin pensarlo y posiblemente sin darse cuenta, Candice levantó los brazos para apaciguar sus rizos que salían del atado que Dorothy hizo y le ayudaba a mantener durante los descansos que lograron hacer en el camino. Esto causó gracia al conde quien sonrió brevemente. Aunque el gesto fue sutil, Rose pudo percibirlo. No pudo evitar reaccionar con sorpresa por aquello que hacia sonreír a su hermano con larga data de mantener una seriedad impoluta. A la única persona amigable que Candice pudo reconocer fue a Tom, enviado previamente para asegurarse de que la bienvenida fuera hecha, aunque sea de manera apresurada.

El conde se detuvo a unos metros tras el caballo de George, quien ya desmontaba y hacía una reverencia a la señora Elroy y a Rose. Se incorporó para esperar a que el conde y Candice estuviesen listos y preparados para presentarse ante la comitiva de bienvenida. Por su parte Albert bajó primero del caballo, ayudó a Candice a bajar, pero esta vez tuvo cuidado de apenas tocarla, más que lo necesario. Dorothy, la doncella, fue al encuentro de la joven Candice para ayudarla a sacudir sus ropas. Albert las observaba atento. No había destinado ni una sola mirada a Elroy, Rose o Archibald que lo esperaban, la segunda con un interés particular por verlo atento a los movimientos y gestos de la joven recién llegada.

Era una mujer bella, como lo había dicho un par de veces Elroy en alguna plática cuando hablaron del arreglo matrimonial con Anthony. Vista así, vestida con los colores del clan parecía natural de los Andley. Claro que era una belleza sumamente extraña, se notaba delicada, frágil, pero desentonaba la mirada penetrante y cristalina de sus grandes ojos verdes. Quizás por este rasgo es que lucía mucho más joven de la edad que tenía. Rose adoptó un porte serio cuando Albert la miró antes de invitar a Candice a caminar de su brazo hasta encontrarse con la comitiva.

–Señora Elroy –dijo George –señora Rose –hizo, esta vez, una reverencia breve para cumplir con el cometido de la presentación –señor Cornwell –finalizó esperando a que Albert se acercara. – nuestro patriarca – El conde dio un paso al frente saludando escuetamente a ambas mujeres y a Archibald.

–La señorita Candice White – dijo dirigiéndose a todos – mi prometida

–un placer – habló Rose al notar el mutismo de Elroy. Candice notó la tensión y agachó la mirada cuando Rose hizo una pequeña reverencia para saludarla sin tocarla –bienvenida, Candice

–Rose – intervino el conde – mi hermana

–encantada de conocerla señorita Andley

–señora, querida – corrigió Elroy con voz severa

–discúlpeme, señora Andley

–Brown – siguió Rose– señora Brown

–Es irrelevante, Candice – aclaró Albert tomándola delicadamente por el brazo –los nombres, por ahora, no son importantes –continuó – Dorothy, lleva a Candice a las habitaciones de la torre, necesita descansar

La joven doncella asintió. Antes de echar a andar, Candice hizo una torpe reverencia para despedirse. La orden contrarió a todos, incluida Elroy quien no dudo en recriminar el indecoroso actuar del conde

–Tía abuela – la miró con condescendencia – soy el patriarca y en cuestión de horas Candice será mi esposa, no veo el problema que conozca desde ahora mis habitaciones privadas, pasaremos largas temporadas en mi torre

–¡Cómo se te ocurre decir eso! – Elroy casi gritó alterando a más de uno en la comitiva de bienvenida. Pocos de ellos saludaron cortésmente al conde. Podría decirse que la mayoría no salía de la sorpresa de ver a Albert siendo tan amorosamente atento y despreocupado con una dama desde que su matrimonio con la señorita Marlow se anulara. –eres un descarado, no puedes manchar así nuestro apellido

–Tía abuela, lo salvaguardo lo mejor que puedo – le dio un beso en la frente – y estoy muy orgulloso de ello

–¿será posible que hablemos de tu llegada, hermano? – intervino Rose antes de que Elroy perdiera la cordura y terminara gritando frente a todos –sería bueno ajustar los detalles de la boda – esto último lo dijo en un tono marcadamente irónico, ya que la fecha de la celebración del compromiso había pasado apenas hace unos días. Al conde lo tenia sin cuidado el cuchicheo que eso traería, pero Rose estaba preocupada por quedar como una mentirosa ante los invitados con quienes tuvo que hablar para justificar la ausencia del conde en la celebración de su propio matrimonio.

–Lo haremos, hermana, pero no ahora – zanjó el conde. Se despidió de los hombres y mujeres más cercanos que ahí se encontraban y se encamino hacia su torre seguido de George, quien ya había dejado indicaciones a Tom para hacerse cargo de los caballos y los hombres que los acompañaron al viaje.

A espaldas del conde, Rose no dejaba de mirarlo ni tampoco de sentir curiosidad por la llegada de Candice. A su lado escuchó hablar a Elroy con los convocados. Habló de un pequeño banquete por la tarde en el castillo.

–Parece que el conde logró rescatar a su prometida de las garras de Terry –dijo Archibald llamando su atención –y sin traer a Terry persiguiéndolo

–¿insinúas algo, sobrino? –lo miró encogerse de hombros

–solo recuerdo, tía – empezó a caminar

–Rose – interrumpió Elroy – encárgate del banquete, yo me ocuparé de William – Ella asintió. Cuando Elroy caminó rumbo al castillo, intentó volver a retomar la escueta conversación con Archie, pero éste ya se había mezclado con los demás que dieron la bienvenida al conde. Fue difícil volver a acercarse, pero a partir de ese momento, a Rose nunca se le iría el sentimiento de desconfianza que sembró el mayor de los Cornwell.


El castillo Andley era un espacio iluminado gracias a la forma de sus ventanales. A la distancia éstos lucían pequeños, pero

No pudo evitar sentirse impresionada con el interior del lugar. El inusual color verde de los muros del castillo reflejaba la luz del sol que entraba haciendo brillar muchos de los espacios, salones, estancias, escaleras. Mientras seguía a la doncella, tocó con curiosidad los muros y los sintió húmedos, fríos, aterciopelados. Subió unas escaleras laterales, fuera de la vista de las que parecía las estancias y salones más grandes. Los pasillos eran amplios y, de aquel lado, más oscuros que el resto. No había decoración sobre los muros, lo que hacia que lucieran mucho más grandes. Tuvieron que pasar tres descansos para llegar a la torre del conde, como le dijo Dorothy que era conocida el área que correspondía al patriarca. La entrada a esta zona del castillo era igual de impresionante que el resto. Cruzaron una puerta ancha de madera con flores labradas.

La habitación que le fue asignada a Candice era mucho más grande que la habitación en la que estuvo cautiva en el castillo Grandchester. Las grandes ventanas con pesadas cortinas sujetas a los lados tenían una vista panorámica del imponente paisaje que rodeaba el castillo. La llamada torre del conde era la torre rectangular que se visualizaba desde las colinas. La habitación principal, donde dormía el conde era la de en medio. Disfrutaba de la vista que alcanzaba todos los lados del castillo, al frente, atrás y a los lados. No estaba segura de que ahí debía quedarse, pero Dorothy insistió en que estas habían sido órdenes del conde.

No pasó mucho tiempo antes de que el conde entrara a su habitación. Dorothy estaba ayudando a Candice a limpiarse el cuerpo cuando un fuerte golpe se escuchó al otro lado de las puertas. Dorothy le indicó con una seña que contestara al llamado

–¿diga? –contestó, aunque no hubo respuesta –DIGA –gritó esta vez

–Candice, lamento interrumpir tu descanso – se escuchó la fuerte voz del conde– Rose está organizando un banquete en tu honor, pero debo ocuparme de algunos asuntos antes, vendré por ti para llegar juntos al salón, te pido que me esperes

– Esperaré, señor– respondió lo más alto que pudo. Al otro lado hubo silencio por respuesta. Dorothy volvió a su tarea, cogió una manta húmeda y la talló sobre la espalda de la joven. Volvió a mojarla para pasarla esta vez por su rostro.

–Gracias, Dorothy – dijo Candice – por todo – la joven sonrió sin dejar de limpiar, ahora sus brazos

–Dele gracias al conde, señora contestó ella terminando de limpiar sus manos –estoy a su servicio ahora, para lo que necesite

–¿serviste antes a la señora Elroy?

–no, la señora Elroy elige ella misma su propio servicio, normalmente elige a las de su confianza y entradas en edad –Candice suspiró mientras se colocaba una bata encima – pero conozco a la señora Elroy, es temible, de un carácter fuerte, fiel al clan

–bueno, es la matriarca

–pronto lo será usted – ajustaba el nuevo vestido. Uno bastante sencillo para el banquete que se aproximaba, pero era con lo que contaban, siendo uno de los vestidos que cargó con ella durante el viaje –la señora Elroy, como dije, es fiel al clan y ese es su mayor defecto, haría cualquier cosa para cuidar el apellido y estas tierras

–Cualquier cosa – repitió para sí Candice

–tenga cuidado con ella, es muy astuta al hablar, busca siempre los secretos de otros, sus debilidades, la señora Rose, por otro lado, es distinta, pero no deja de ser parte de los Andley

–¿qué significa eso? – preguntó Candice mirándola – ¿qué eso no es bueno?

–lo es señora, no me lo tome a mal – la hizo sentarse para cepillar su cabello – es solo que desde que se casó con el señor Brown, había adoptado ciertas costumbres diferentes aquí, la señora Elroy la hizo regresar, poco tiempo después el señor Brown murió, dicen que envenenado

–Dios, eso es horrible

–todos, incluida la señora Rose, sospecharon de la señora Elroy, pero no dijo, nada, había mucho que podía perder

–¿su propia tía?

–¿recuerda que le dije que haría cualquier cosa?

–pero ¿cómo afectaba su vida al clan?

–el patriarca y su esposa se perdieron en el mar, y además el señor Willian estaba entrando en edad casadera a sus dieciocho, pero la juventud lo hizo irse largo tiempo, dos años de ausencia, sabían que estaba vivo por las cartas que enviaba – sacó unas horquillas en forma de rosas de un pedazo de tela y se las mostró a Candice –son de plata, el señor me las entregó antes del viaje para usted, pero no había posibilidad de que las usara en condiciones tan precarias

–son hermosas – antes de que pudiera tocarlas Dorothy volvió al recogido de su cabello –¿qué pasó con el conde y su ausencia?

–el señor Brown pensó que podía colocarse como el nuevo patriarca, estaba casado con la hermana del señor William, tenía un hijo en un internado inglés, él mismo era un inglés bastante respetado

–¿amenazó el título del conde?

–Lo estaba planeando, pero la señora Elroy se lo impidió

–¿cómo sabes todo esto?

–mi familia ha servido a los Andley desde hace mucho tiempo, señora – daba los toques finales al peinado – he vivido toda mi vida en el castillo, es la ventaja de las doncellas, somos como fantasmas, estamos aquí, pero es como si no existiéramos

Antes que Candice preguntara nuevamente por el conde, se escucharon un par de fuertes golpes sobre la puerta. Dorothy le advirtió que se trataba de George. Candice se dispuso a recibirlo. La mano derecha del conde dijo que el señor llegaría con retraso, así que la invitaba a conocer los a los rededores del castillo si así lo deseaba. La joven aceptó y fue escoltada por él mismo, seguida por su doncella.

Tomaron un camino distinto por el que habían llegado a la torre. Cruzaron un portal de madera oscura hasta salir a lo que parecía un prado. Levantó la vista. Miró su torre. Estaban a un costado del castillo. Las flores, que eran rosas en abundancia, creían de manera peculiar. La luz del sol no era ni la mitad de intensa en ese momento, pero el color del castillo no perdía brillo. George le indicaba las zonas más importantes. Señalaba con su mano los establos, las cocinas, el camino a la aldea. Las personas que ahí se encontraban haciendo sus tareas diarias se detenían unos segundos para mirarla. Se esparció rápidamente la noticia de que la prometida del conde estaba en el castillo y muchos que no tenían asuntos que atender iban para probar suerte de ver a la futura señora del conde. Esa curiosidad y atención que muchos mostraban le provocaron a Candice una aletargada sensación de incertidumbre. Desconocía lo que pensaban quienes la miraban y murmuraban a su paso.

Durante el caminó se encontraron con un grupo de personas que veían a su encuentro. Caminaban por un prado cubierto de piedra y musgo, rodeado de árboles. Reconoció de inmediato al conde, su porte en el caballo y su largo cabello dorado bailando con el viento casi la hacen tropezar. Fue Dorothy quien llegó a su auxilio para evitar que cayera al piso húmedo.

Se incorporaba cuando escuchó el trote del caballo frente a ellos. George se irguió para recibir las riendas que soltara el conde al bajar. Candice notó el cambio de ropa en él y se preguntó cuándo había ocurrido si ella y Dorothy estaban en su habitación, se dijo que tal vez el conde ocupó otra habitación en la torre. Tanta atención tenia puesta sobre él que no se percató de cuando él extendió su mano para sostener la suya. El carraspeo de Dorothy a su lado hizo que ella reaccionara con un rubor en el rostro que fue evidente para todos, el clima estaba frío haciendo que teñido de sus mejillas se notara aún más.

–Lo lamento –quiso disculparse –estoy distraída – el conde sonrió

–camine conmigo, señorita White– dijo él en un tono galante –después entraremos – llevó la mano de la joven entre su brazo para guiarla por un sendero cubierto de musgo y flores silvestres. Las personas a su alrededor los vieron irse. George tomó rumbo al castillo. El conde no le había dado ninguna orden, pero sabía lo que tenía que hacer. Dorothy, por su parte, volvió también para preparar una mantilla húmeda para cuando Candice regresara y pudiera refrescarse antes de iniciar la ceremonia del banquete.

El camino por que el andaban se hacia más angosto conforme andaban. Se estaban alejando del castillo lo suficiente como para evitar que alguien los siguiera de cerca, pero no para perderlos de vista. Aún había mujeres, hombres y niños que los seguían con la mirada, unos disimulando interés y otros con suficiente descaro como para volver murmurando, quizás, algo sobre ellos o sobre ella, pensaba Candice.

–Quieren conocerla –dijo Albert de momento –llama su atención –la miró

–Me inquieta cómo pueda ser ese interés que tengan –dijo ella mirándolo sólo momentáneamente antes de fijar su vista en las flores y el paisaje –tengo la sospecha, señor, de que desaprueban mi presencia aquí

–afortunadamente es una sospecha y solo eso Candice – lo miró perpleja al notar que ahora la tuteaba

–En presencia de otras personas debo llamarte como corresponde, aun no estamos casados – la miraba de lado – claro que después del banquete de esta noche, será más natural para ellos

–Pensé que sólo seria una cena, nada formal

–hay algunos asuntos de los que me tengo que ocupar – se encogió de hombros –digamos importantes, hay algunas denuncias y condiciones para el pago de impuestos que hay que aclarar, luego anunciaré oficialmente nuestro compromiso

–así que es un hecho

–te prometí que así seria, Candice –la miró– a menos que sigas oponiéndote a nuestro enlace –la joven bajó la mirada avergonzada

–no, señor

–Dime Albert o William o solo tú – caminaron por un sendero que encontraba un pequeño riachuelo, un sitio hermoso a ojos de la joven que lo contempló ilusionada, sin percatarse –sería extraño que mi propia esposa me siguiera llamando señor

–entonces lo haré –le dijo regresando su mirada a los ojos azules del conde. Él la soltó del brazo. Señaló un punto, una pequeña colina a unos metros de donde se encontraban. Le dijo que al otro lado de aquella colina había una formación rocosa, una especie de cueva. Solía jugar ahí cuando era niño. A veces iba aquella cueva a tocar la gaita, practicar para los días importantes.

–¿toca la gaita?

–hace años que no lo hago, los jóvenes del clan lo hacen ahora

–imagino que sus ocupaciones se lo impiden

–la muerte de mis padres, en realidad – contestó secamente

–lo lamento mucho – su semblante se vio apesadumbrado– no quise traer malos recuerdos a cuento

–no lo son –subió el conde a una roca y tendió su mano hacia ella para ayudarle a subir –lo eran hace tiempo – ambos quedaron de pie ella frente a él, dándole la espalda, pero muy cerca. Él la sostenía por la cintura para darle confianza –antes lo fueron, pero ahora sólo es parte del pasado –sus miradas estaban aun más cerca que cuando viajaron sobre la montura del conde. Señaló esta vez hacia otra dirección, la montaña más próxima, le dijo –ahí viví un tiempo, luego de la muerte de mis padres

–¿en la montaña? – dijo con sorpresa. El conde le contó que les había hecho creer a todos en el castillo que se había ido lejos. A otros lugares, lo cierto es que a pesar de que eso hubiera querido, irse lejos muy lejos de la sombra que se cernía sobre su joven vida, no lo hizo. Se refugió ahí, en la montaña. Sólo George pudo dar con él y lo cuido todo lo que pudo. Las cartas que intercambiaba con su familia, George las entregaba. Cuando debió resignarse a su destino…

–simplemente bajé, volví a casa y asumí mi posición como patriarca del clan

–Cuando mi madre y yo nos entrevistamos con la señora Elroy, ella nos contó un poco de sus pérdidas – habló Candice sin apartarse del abrazo del conde –sé que sus padres naufragaron y no pudieron encontrarlos, nunca pensé que el conde de Andley fuera tan joven, lamento mucho que tuviera que pasar por tanto siendo aun niño

–Tampoco soy tan joven, treinta años es una edad en la que no puedo tambalear – dijo mirando el camino a la montaña– yo lo lamento que tuvieras que soportar la revisión de la tía abuela y más que terminaras comprometida con un niño – respiró – y aún peor que al final aquel niño muriera y tuvieras que casarte con el tío, de todos modos

–Yo ya estoy en mis veintisiete, si no lograba comprometerme con su sobrino, me habría convertido en una carga miserable para mi familia

–Anthony – susurró – un enamoradizo niño de veinte años

–mi pésame por su muerte, también – el conde la miró y entonces bajó de la roca. La ayudó para poder bajar después que él. Caminaron hacia la colina que había señalado antes. El conde apartó del camino algunas ramas colgantes y la dejó pasar hacia el sendero que bordeaba el riachuelo. Las piedras cerca del agua eran musgosas y adquirían un color verdoso que igualaban a los muros del castillo. Se preguntó si aquel lugar era el origen de las piedras con las que el castillo Andley fue construido.

–Sé que debo sentirme apesadumbrado por la muerte de Anthony –habló de repente el conde sacándola de sus suposiciones. Lo que dijo la tomó por sorpresa, claro que ella pensó que su silencio luego de que le diera pésame era porque la muerte de su sobrino aún era reciente para él. Albert notó la sorpresa en su expresión y se apresuró a aclarar lo que dijo. El tiempo ya estaba encima –Lo cierto es que la muerte de mi sobrino no causó nada en mí – respiró – y no lo hizo porque un año antes de partir al frente y justo antes de que se acordara tu compromiso con él, su comportamiento evidenció la relación amorosa que mantenía con mi prometida en aquel momento.

–Dios mío

–no te voy a mentir, Candice – tomó aire– quería a Susana, su engaño por partida doble me dolió mucho

–¡por partida doble!

–Aquí es donde Terry entra a la historia –Sin que Candice se diera cuenta estaban cerca de la entrada a la cueva que antes le había señalado el conde. Era una pequeña entrada, bastante oscura, que apenas se notaba por el follaje que la rodeaba. El conde entró primero, ella lo siguió cuidando de no mojar más la falda de su vestido. Lo miró tomar un tronco, ajustar a una de las puntas un paño que previamente sumergió en una cubeta con brea que no pudo distinguir por estar oculta entre un montículo de rocas. Tomó una roca lo suficientemente grade de ese mismo sitio y la rozó con fuerza sobre una de las paredes más rocosas de la cueva. Un par de chispas saltaron y la antorcha se encendió. Con un movimiento de su brazo la invitó a seguirle hacia el interior de la cueva.

Grande fue su sorpresa al darse cuenta, después de adentrarse unos metros, encontraron una mesa, varios taburetes y algunos muebles perfectamente incrustados en los espacios rocosos de las paredes. El conde encendió tres lámparas más con su antorcha e iluminó el lugar. Sobre la mesa había una torre de libros y papeles enrollados. Una plumilla, tinta y lo que parecían sellos. Reconoció entre ellos el sello de los Andley. Había también un jarrón con agua y un par de vasos rústicos.

–Esto –dijo ella sin salir de la sorpresa

–es mi pequeño secreto – le ofreció un taburete para sentarse – que ahora comparto contigo

–yo no sé qué decir

–no tienes que decir nada – él tomó otro taburete y se sentó frente a ella, bastante cerca como para tomarla de las manos, pero no lo hizo –sólo te pido que me escuches – ella asintió –te traje aquí porque no quiero secretos – dijo en un tono serio

La joven se irguió y lo miró lo más seria posible, quería transmitirle confianza y asegurarle, con su porte, que así sería.

–mi vida es todo esto que ves aquí, Candice – dijo extendiendo los brazos a los lados – si pudiera buscaría un lugar para vivir sin pretensiones, sin protocolos, sin títulos, sin clanes – volvió a recoger los brazos, los apoyó en sus piernas, Candice sólo podía mirar cómo el largo cabello dorado embarcaba su rostro impoluto –pero no puedo evadir mis responsabilidades, lo intenté, pero nada salió bien – respiró. Lo miró encogerse de hombros

–usted tampoco quería este matrimonio –dijo ella –me preguntó si había yacido con Terrence porque eso le daría la oportunidad de librarse de atarse al compromiso –resolvió no sin dejar mostrar angustia en su mirada

–te equivocas – tomó ahora sus manos –desde que llegó la carta de tu madre al castillo, me di cuenta de cuánto había fallado, no puedo ser un egoísta y arruinar la vida de otras personas – respiró – quise que viniéramos aquí porque no quiero secretos, ya lo dije, pero también quiero que lo veas como un símbolo de que, si bien no tenia contemplado dejarte entrar en mi vida, te abro las puertas de mi intimidad, de mí mismo – Candice sintió que el aire dentro de la cueva era demasiado poco – quise a una mujer antes que a ti, Candice, con la que estaba dispuesto a casarme y a guiar a mi clan hasta el día de mi muerte, ese fue el destino que me tocó y a su lado estaba dispuesto a hacerle frente – fue ella la que sujetó con más fuerza las manos del conde – pero ella se enamoró de Anthony, lo odié por mucho tiempo – desvió la mirada hacia la flama que ardía en medio de la candileja de la lámpara sobre la mesa, pareció verse entre ellas, pero el calor de las manos de la joven lo hicieron volver la mirada hacia los ojos verdes de ella –como patriarca debí repudiarla, pero no podía hacerlo, la quería, ciegamente. Enfrente a todos, pero después Terry apareció. Él, Susana y Anthony estudiaron juntos en un internado – a la mente de Candice llegó la historia que Dorothy le contara horas antes –se conocían de largo tiempo, yo era mas cercano a Terry, éramos mayores, él permaneció más tiempo en el internado por su comportamiento, pero terminó, igual que contigo, hechizado por la belleza de Susana. Nunca me lo dijo, pero por tu experiencia, sospecho que también era acosada

–¡no puede ser! – Candice recordó –él la raptó …

–no – la interrumpió – ella pudo huir, se fue a las colonias – aclaró– me envió una carta aclarando todo, no podía dejar que se casara con Anthony, simplemente no podía y ella no pudo soportarlo –Candice estaba contrariada por todo lo que el conde le contaba. Sin quererlo sus recuerdos volvieron a aquella mujer encerrada en el castillo. ¿Será ella Susana? No podía ser, el conde ya le había dicho que Susana huyó a las colonias, una carta suya lo comprueba.

–La tía abuela comprometió a Anthony contigo para que pudiera olvidar a Susana – el conde volvió a su historia haciendo que ella pospusiera sus cuestionamientos sobre la mujer en el castillo Grandchester – murió absurdamente, durante una pelea en una taberna, la historia de su muerte fue una invención del castillo para callar los rumores de su condición de perdido –suspiró – mis rencillas con Terry son de antaño Candice – cuando Eleonor huyó con Robert Grandchester, mi padre, quien era el patriarca, la repudió, el despreció de tierras altas hacia su madre, Terry no lo superó, me culpó a mí, cuando asumí mi posición de patriarca, por no permitirle a Eleonor y a su descendencia volver a su hogar.

–él nunca estuvo enamorado de mí – lo dijo sin asomo de tristeza o desilusión –lo supe, aunque muy tarde y lamento haber caído en sus garras

–te cuento todo esto, Candice, porque quiero que comprendas que llegas a un lugar inhóspito, lleno de rencores, de odios añejos que poco tienen que ver con los que ahora vivimos y habitamos estas tierras, yo mismo no sé si pueda darte la felicidad que mereces – confesó –pero te respetaré, Candice y te daré el lugar que te corresponde como esposa del patriarca, quiero que confíes en mí – besó sus manos sorprendiendo gratamente a la joven – quiero que seamos uno, tu y yo, que las dudas podamos resolverlas y las certezas compartirlas, mi destino es este, soy el patriarca de los Andley, protector de Cornwell y Monmout, tengo enemigos, aliados, un solo amigo y si aceptas, te tendré a ti. Te prometo fidelidad y con el tiempo, quizás, el amor que mereces.

–Albert …– la joven lo miró y él pudo sentir y ver todas las emociones que la atravesaban. El color esmeralda de sus ojos tintineaba con el reflejo de la luz venida de las flamas en la lámpara, la oscuridad de la cueva solo acentuaba la blancura de su piel. Le pareció que las pechas que se esparcían sobre su nariz eran aun más definidas. El perfil de su nariz le resultaba atrayente, incluso el rosado de sus labios que mojaba por el nerviosismo que padecía. El conde pensó que la natural belleza de la joven eran un regalo del destino, solo esperaba que la vida junto a ella fuera así, que pudiera abstraerse en medio de una oscuridad, más iluminada por su presencia que por la lámpara, que al contrario de atormentarlo le daba refugio.

La escuchó hablar. Decir que aceptaba con honor lo que ofrecía. Agradeció también, con suaves y gentiles palabras haberla considerado digna de hablar con la verdad, como nunca se había hecho con una mujer, no al menos que ella conociera. Él sonrió, últimamente no encontraba qué más hacer cuando la escuchaba hablar.

En aquella pequeña cueva se sellaba el principio de una unión que solo habría de anunciarle con los debidos protocolos que exige una sociedad civilizada como la nuestra, pero que, a ojos y conciencia de los principales actores, ya estaba hecha.


CONTINUARÁ...