Hola lectoras, aquí regreso con un capítulo más de esta historia. Tardé un poquito porque el capítulo mismo fue complicado. Creo que hemos llegado al punto en que el curso de la historia y de los personajes queda a cargo por ellos mismos. siendo sincera este capítulo fue uno de los más dificiles de escribir, por los temas y por los propios personajes que los viven. La estructura es un poco polifacética, creo que lo notarán, espero que eso no cause conflictos en la lectura ni que las confunda. Todo se desarrolla entre el presente (de la historia) y regresiones (de los personajes y la misma historia).

Agradezco su espera tan pacientes ustedes mil gracias, también sus comentarios, desde ahora los agradezco infinitamente.


La vida secreta de los amores en flor


VII


Los amaneceres en un castillo de piedra negra nunca han podido ser hermosos. Es difícil distinguir cuando la luz del día ha llegado, especialmente dentro de una biblioteca. El castillo Grandchester, llamado por ella misma "el castillo de la oscuridad" había sido su lugar de entierro. No había pasado mucho desde que llegó cuando la noción del tiempo se mezclaba con sus ganas de huir o de lanzarse por alguna de las ventanas más altas. Contaba los días con el reflejo de la luz que atravesaba los coloridos vitrales que adornaban la biblioteca. Los primeros días aquel lugar fue un refugio, pero con cada visita del sol se percataba de lo lejos estaba de pisar tierras altas una vez más. La carta que Terry le hizo escribir había anulado toda posibilidad de salir. No tenia esperanzas, tampoco ilusiones de que Albert se preguntara si lo que su carta decía era cierto. Tal vez la ira que vio en sus ojos cuando supo de su relación con Anthony lo dominó más tiempo del que ella contaba para seguir guardando esperanza.

¿Por qué no huyó? Se preguntó mientras la ama de llaves la sostenía de un brazo

–Susana, querida – le dijo mirando su esquelético perfil –es tiempo de volver a tu área –la miró sonreír y entonces recordó. La nariz grande y blanca de la mujer que estaba frente ella le recordó la última visita de Terry antes de irse al frente. La recordó porque fue ella, aquella mujer de largas y venosas manos que la sostenían la ató. Ambos brazos fueron, sobre el dintel de la cama. Sin decir nada dio la vuelta y cruzó la habitación hasta detenerse a tocar los relieves de la madera de la puerta.

–¡ERES UN MALDITO!

–cientos de veces lo has dicho Sussy y aun así te tengo en mis brazos

–YA LO HAS TOMADO TODO TERRY –gritaba –YA LO HAS TOMADO TODO, POR FAVOR NO HOY, NO HOY – gritó desde la altura en que la tenían presa hasta que sintió el golpe seco sobre su hombro. Terry la arrojó sobre la cama. Gimió del dolor. La tensión en su espalda le impidió levantarse con rapidez. Sintió a Terry sobre ella. Lo empujó con toda la fuerza que tenía. Sin poderlo apartar jaló parte del cabello que le cubría el rostro, el dolor lo hizo apartarse, ella tomó esa ventaja para correr a la puerta.

La pesada madera o el brazo dolorido hizo que abrir la puerta fuera difícil. A punto estuvo de correr cuando algo la empujó hacia adentro. Chocó contra los relieves de la puerta golpeándose la cabeza. El golpe la desconcertó. Miró los zapatos gastados de la ama de llaves. Al fondo la voz de Eleonor. Terry se recuperó y la levantó del brazo bruscamente, provocando que el dolor se agudizara. Sus ojos quedaron a la misma altura que los de aquella mujer que tenia el ceño fruncido.

Frente a ellos llegó Eleonor. Estaba aturdida. Los escuchaba hablar. Terry gritaba. Ella suplicó

–No lo permitas –quiso dirigirse a Eleonor que estaba junto a la ama de llaves. Sintió una lágrima caer. La vio mover sus labios, algo respondía, pero no supo qué, un fuerte jalón en su cabeza le impidió saberlo

–Lo que sea que hagas hazlo pronto y sin salvajismo, tienes que marcharte ya– dijo la señora Grandchester. Más lágrimas cayeron. En unos segundos Terry la volvía cargar. Esta vez el golpe sobre la cama fue sobre su espalda. Se le fue el aire. Estaba mareada, la cabeza le daba vueltas. Las vestiduras del lecho ondeaban como si hubiera una gran corriente de aire. ¿Una ventana estaba abierta o era solo que su mirada estaba nublada?

–¡La quiero bien atada! –escuchó la orden

–atada estará señor – momentos después la ama de llaves levantó uno de sus brazos. Sintió un pedazo de tela morder su piel. Estaba atada a la cama. La tensión de la posición le provocó calambres en los antebrazos y en la espalda. Dolía. Dolía mucho. Giró la cabeza y ahí estaba. Esa nariz, esas manos, apretando el nudo.

–está lista señor – dijo

–NO ME DEJE –gritó, pero fue en vano. Escuchó la puerta cerrarse como se cierra una tumba con una gran piedra y de golpe para olvidar pronto lo que se deja adentro.

Y entonces sólo había espacio para su rostro que parecía el de una bestia más que de hombre. Sus ojos estaban nublados a consecuencia de algo que no quería saber qué cosa era. Su boca estaba entre abierta. Sus manos se movían grotescas. Sus labios estaban agrietados. Sus palabras. Su gesto. Su sudor. Lo odiaba. Lo miró con los ojos bañados en lágrimas. Lo odiaba y lo gritó.

TE ODIO le decía. TE ODIO le recordaba cada vez que él hablaba.

TE ODIO.

TE ODIO.

TE ODIO.

TE ODIO

TE ODIO

TE ODIO

TE ODIO

TE ODIO

TE ODIO

TE ODIO

TE ODIO

TE ODIO

La habitación entera se llenó de odio y de un furor salvaje y bestial que solo Terry tenia.

Sintió lágrimas surcar su rostro. Sintió también la sangre que brotaba de la herida que se había hecho en la cabeza, corría por su mejilla y se mezclaba con las lágrimas.

Susana salió. La ama de llaves ordenó a las doncellas acompañarla. Sintió la mirada de la mujer que la ató. Escuchó los pasos de las doncellas tras ella. Caminó hasta llegar a su habitación

La quiero bien atada…atada estará señor…la quiero bien atada …atada estará señor…la quiero bien atada…atada estará señor…la quiero bien atada…atada estará señor…la quiero bien atada…atada estará señor…atada … atada …atada…la quiero

–Quiero verla – dijo Eleonor cuando las doncellas estaban a punto de cerrar su puerta. Hicieron una reverencia y la dejaron entrar. La oscuridad en el interior, como siempre la desconcertaba. Caminó con pasos lentos hasta las ventanas y abrió con fuerza las cortinas. Suerte tenía que la tarde apenas estaba cayendo y había un poco de luz. Cuando se giró para encontrarla, Susana estaba de pie junto al biombo. Sostenía una taza con té caliente en su interior, pudo percibir el humo que desprendía. Lo corroboró: la mirada sostenida de la joven.

–Susana –pero no reaccionaba a su nombre –¿sabes quién soy?

–Rose – contestó en un susurro. Eleonor suspiró irritada. No dijo nada más y caminó a la puerta –Robert amaba a Rose – se detuvo a medio camino –te buscó porque te pareces a ella – la miró con sorpresa o más bien miedo. Sí, con miedo. Susana no la estaba mirando, al contrario, la ignoraba. Tenia la vista fija en la luz que atravesaba la habitación y caía sobre la alfombra. Eleonor retornó a paso veloz. Se detuvo frente a ella aun con la sorpresa impresa en su rostro

–¿qué has dicho?

–De ahora en adelante, te llamaré mi esposa – le decía mientras limpiaba con un pedazo de tela la sangre de su rostro – mi hermosa esposa – decía mientras ella aun estaba atada de brazos

Eleonor repitió la pregunta una vez más, pero Susana no reaccionaba. Estaba frente a ella, sin embargo, su mirada estaba perdida, ya no parecía mirar nada en concreto. Tal vez fue un reflejo. Una forma de hablar porque, claro, necesitaba hablar para no olvidar cómo se hace. Una mujer trastornada como ella es capaz de decir incoherencias, se dijo.

No supo cuanto tiempo permaneció en la habitación de Terry atada y con el cuerpo doliéndole hasta los huesos. Alguien rompió los nudos. Apenas pudo abrir los ojos. Unos brazos la cargaron. Robert. Él podría…y se obligó a hablar.

–por favor – dijo ella en apenas un hilo de voz, pero él no dio respuesta. Cuando llegó a su habitación la dejó en la cama.

–no puedo detenerlo –habló al fin mirándola a los ojos –es mi único hijo, si no tuvieras ese cabello, si no te vieras como Rose y si no amaras a un Andley…-acarició una de sus mejillas. Susana se aferró a esa mano. Reunió todas sus fuerzas para levantarse

–NO SOY ROSE, NO SOY QUIEN REPUDIÓ A ELEONOR, NO SOY UNA MANCHA QUE HAYA QUE BORRAR, ES TU HIJO, DETENLO –gritó. Robert apartó con terror la mano de la joven y salió de la habitación sin mirarla si quiera.

–Me buscó porque me parezco a ella – dijo Susana – ve en mí a la mujer que amó su padre y no a su madre, le recuerdo el repudio de tu clan por haberte metido a la cama de un hombre cuando estabas comprometida, porque primero fue bastardo antes de ser reconocido –su rostro voló por la mano que levantó Eleonor en su contra.

–¡Es que es tan difícil que te quedes quieta mocosa, no sé cómo lo haces! – gritaba – ¿Cuántas veces piensas escaparte? ¿crees que llegarás a tierras altas caminando tu sola? – Ella no respondía. Su estado era deplorable. No llevaba puesto ningún vestido, tenia un camisón blanco que ya estaba manchado de lodo, sus piernas estaban heridas y su cabello sucio. La delgadez que empezaba a tener la hacia verse como un fantasma y en poco tiempo se convertiría en uno, pensó Eleonor. Con un gesto de reprobación y asco dio ordenes para que la encerraran en su habitación.

Las doncellas la llevaron de los brazos por los largos y oscuros pasillos. Apenas entró por completo, cerraron la puerta a sus espaldas. Cuando escuchó que se alejaban, volvió a hurgar las paredes rocosas hasta encontrar las piedras sueltas, las acomodó en su sitió y se metió a la cama a esperar otra oportunidad. Una que nunca llegaría. Después de cuarenta y tres días intentando de diversos modos y siendo atrapada cada vez, Eleonor entró a su habitación. Ella apenas pudo ocultar las piedras ya separadas del muro que conectaba los pasillos del castillo a un pasadizo entre las habitaciones. Notó que la postura de la duquesa le confería cierto poder…uno que desconocía hasta que se detuvo en medio de la habitación y empezó a hablar

–tú y yo nos parecemos – dijo – y necesitamos un heredero – los ojos de Susana se abrieron como platos. Sus manos y sus piernas empezaron a temblar. No. Se imaginó a Terry entrando por la puerta, deshaciéndose de su ropa, mirándola como una bestia incontenible. No. No podía ser así. –Los Grandchester necesitamos un heredero, ya sabes cómo trata la guerra a los hombres, agradeceríamos que tuvieras la voluntad de concederlo

–JAMAS – gritó. Se lanzó sobre ella para empujarla, pero las doncellas fueron más rápidas y la detuvieron.

–Vengo a ofrecerte una salida –continuó Eleonor, como si estuviera negociando el pago por unas tierras, no como si hablara con la mujer que raptó su hijo –danos un heredero y tendrás libertades, de nada te sirve volver a tierras altas, te repudiarán, querida, William no te querrá de vuelta y Anthony – se encogió de hombros –bueno Anthony murió, querida, no puede ofrecerte ya nada, aquí serás concubina, tendrás privilegios, además…

La dejó de escucha. No la escuchaba, realmente, su voz era como un eco que intentaba entrometerse cada vez más en su mente y en su cuerpo. Era un retumbo de pérdidas, las palabras de Eleonor solo eran la confirmación del poder que tenia sobre ella, sobre Terry, sobre Robert. Terry no la quería, Terry fue manipulado por aquella mujer de porte altivo que siempre quiso superar a Rose. Eleonor, la prometida de un Leagan que de ser leñadora prefirió ser duquesa. Eleonor la repudiada. Eleonor la que tomaba venganza adoptando la forma de su hijo. Esa Eleonor la destrozaba…

Después del golpe que Susana recibió, no volvió a levantar la cabeza hasta que Eleonor salió de su habitación. Con ambas manos empujó el biombo que estaba a su lado, el mismo que no permitía que ninguna doncella lo tocara, aunque cada vez que lo hacia olvidara el motivo. Empujó hasta que las hendiduras entre las rocas desajustadas se asomaron. Las miró, las palpó…

Yo soy la prometida del conde de Andley…dígame cómo salir de aquí

Yo soy la prometida del conde de Andley – dijo en voz alta apartando las rocas –Yo soy la prometida del conde de Andley – repetía cada vez que el hueco se hacía más grande –Yo fui la prometida del conde de Andley –terminó por decir cuando el hueco era lo suficientemente grande como para pasar por ahí – pero me enamoré de su sobrino –entró y empezó a correr a través de los oscuros y húmedos túneles

¡ANTHONY!

Gritaba mientras levantaba las faldas del vestido que traía puesto…gritaba con todas sus fuerzas aun sabiendo que no la escucharía nadie, ni Albert ni Anthony que ya no vivía en la misma vida que ella, tan solo las rocas oscuras y lamosas del inhóspito túnel la escuchaban. Túneles del castillo que abrían su boca como un monstruo al cual se entregaba ya sin esperanzas de salir viva, sin quererlo siquiera.

¡ANTHONY!

Gritaba hasta que las cuerdas de su garganta se deshacían. Tampoco había dejado de correr. Olvidó el camino. Se olvidó de correr hacia el muro oeste para ir a tierras altas. Sus pierdas la llevaron al privado de Robert. Desconocía dónde se encontraba o cómo se llegaba, pero su frenético andar la hizo ir, tropezarse, golpearse…corría, ella corría y no supo cuánto tiempo le tomó antes de llegar a su destino, tampoco supo cuánto tiempo permaneció agazapada entre los muros hasta que escuchó al duque irse. Entonces entró…buscó entre los papeles sobre la gran mesa de madera una carta, una misiva, un aviso, cualquier cosa que le diera noticias de tierras altas.

–pero él se fue, se fue porque yo le mentí –caminaba por el estrecho espacio cuando antaño corría con el alma escapándose entre las manos. Conocía cada rincón del castillo. Recorrió cada túnel, cada habitación, grabó en su memoria la prisión que la llevaría a la tumba. No supo el momento en que todo empezó a torcerse. Ahora que volvía sobre sus pasos, pensó que tal vez fue aquella vez en que el aviso del espía de los Grandchester anunciaba la sucia muerte de Anthony, de su amado Anthony. Sí, en aquel momento fue, porque no sólo Terry faltó a su promesa de no tocarlo si ella aceptaba irse con él por voluntad propia, sino porque uno de los Cornwell, alimentado por sus ansias de convertirse en patriarca, cultivó un lazo de muerte con Eleonor BecKer.

Sí, fue en ese momento. Ahí perdió voluntad, las ganas de vivir. Los Grandchester podían hacer cualquier cosa con ella, a menos que sus manos tomaran venganza contra la culpable.

–Te daré el heredero que quieres, con la condición de convertirme en la esposa de Terry

–¿te has vuelto loca? Albert piensa que huiste a las colonias, no voy a arriesgar nuestra reputación por ti

–Tu hijo está en la guerra y no sabes si volverá, no puedes parir porque eres mayor. Soy tu única salvación, nos parecemos, Robert no tendrá problemas. Si engendro aseguras tu apellido. No tienes idea si tu hijo vive o ha muerto, hazme su esposa y tendrás a tu heredero –Eleonor sonrió, luego aceptó.

Aquella noche llegó su martirio con los mismos ojos que los de Terry. Ella se obligó a no abrir nunca los suyos, ni sus labios.

La quiero bien atada…

La quiero bien atada…

La quiero bien atada…

La quiero…

La quiero…

La quiero…

La quiero…

De ahora en adelante, te llamaré mi esposa, mi hermosa esposa…

Llegó al privado de Robert. Removió una pequeña piedra que le permitió observar a Eleonor. Cruzaba la habitación de un lado a otro. Estaban Terry y su padre también. Sintió un escalofrió recorrer su espalda, algo más frío que las rocas que la mantenían oculta. Respiró sin hacer ruido. Falló la primera vez, su espíritu se rompió y se perdió entre los límites del castillo, se convirtió en fantasma al no resistir su propio suplicio. Eleonor no cumplió su palabra y hundida en el fracaso olvidó que vivía para vengarse, para vengar también la muerte de Anthony y las mentiras a los Andley. Pero no fallaría otra vez.

–Si Albert se la llevó a tierras altas no hay nada que hacer – dijo Robert con la intención de abandonar el asunto de una vez –olvidemos esto, olvidemos a Stear

–No puedo, la necesito

–Terry escúchate – Robeert subió el tono de su voz – no la necesitas, ni siquiera es una mujer de buena cuna

–Esto va más allá de nuestra enemistad con los Andley, no se trata de Albert – caminaba exasperado por toda la habitación seguido por su madre –la tregua que hicimos para la guerra ya no tiene validez aquí

–no vamos a entrar en conflictos con los clanes –advirtió Eleonor –nuestras arcas están vacías –lo sujetó suavemente –consigamos una buena posición primero –decía – y luego puedes ir por Candice

–¿cómo?

–Tiene una hermana, menor, ¿cierto? –lo soltó como advirtiéndole que lo que sea que se eche a la mesa, habrá sido idea suya y no impuesta por su madre – se me ocurre que podemos estar más cerca si, no sé, frecuentar a la hermana para saber de la mayor White

–no –Terry pasó una mano por su cabello –me casaré con ella, siendo los White parientes de los Andley, Albert no tendrá más opción que dejarme entrar como cuñado de su esposa

–Terry, qué gran idea –lo alentó Eleonor. Robert la miraba intrigado, sospechaba ya que la idea había sido de su esposa, pero la dejó hacer, si aquello le daba ventajas económicas para equilibrar su precaria posición, lo haría. Además, entrando Terry de nuevo al círculo cercano de los Andley, pensó que quizás pudiera reencontrarse algún día con Rose.

La familia Grandchester habló de sus planes. Tardaron casi toda la tarde planeando, Susana fue paciente y escuchó cada palabra. Grabó en su memoria cada gesto y tono de sus voces. Cuando abandonaron la habitación, ella entró, cogió papel y tinta, y volvió a ocultarse entre los pasillos. ¿Qué iba a hacer con ellos? ¿A quién escribiría? ¿Cómo haría llegar su carta?

Aún no queda claro, se dice que Candice lo sabe, pero se negó a hablar más allá de lo que ha dicho sobre la señorita Marlow y todos respetaron esa decisión.


En ese momento no lo sabían, pero los Grandchester caminaban por su antiguo castillo de piedra negra olvidándose del alma trastornada de Susana. Su deambular por los pasillos la convirtió en una piedra más, lo poco que importaba ya para los Grandchester hizo que ni las doncellas notaran su peculiar afán por encerrarse en el cuarto de baño. Intentaron forzar las puertas para abrirlas, pero los duques y su hijo tenían puestos los ojos en otro lugar que pronto Susana dejó de representar una persona de cuidado. Los encuentros previos que Eleonor tuvo con ella, pronto fueron relegados a un disparate cuando las doncellas le notificaron que pasaba la mayor parte del día encerrada.

¿Qué hacía la señorita Marlow? Las doncellas sólo especulaban.

Los duques y su hijo tenían toda su atención en la familia White. La hija menor de la familia parecía más que encantada con el cortejo de Terrence. A penas había pasado una semana cuando menos que las visitas de Terrence a la casa de los White se hicieron frecuentes.

Desde la visita de Alistair, la familia se había visto confundida. Si, como el mensajero de tierras alta decía y Candice estaba a escasos días de contraer matrimonio con el conde de Andley, ¿por qué era importante preguntar por la aventura de su hija con el duque? Además de esto, Edward White solicitó, no sin cierta arrogancia, la paga que le correspondía por el acuerdo que cerraron con la señora Elroy.

El nerviosismo que Eloísa y Edward White mostraron durante las preguntas de Alistair sobre la relación que mantenían con los Grandchester hizo que el joven dudara sobre el estado de vigilancia y abuso al que Terrence sometió a la mayor de sus hijas. Por lo que pudo comprender, Eloísa dijo que el futuro duque de Grandchester estaba interesado en una de sus hijas, pero se presentó un mal entendido, él se confundió y la joven poco hizo para corregirlo, ya que carecía de la inteligencia de una mujer madura. La señora White quiso apelar a la poca o nula experiencia de Candice para no tener que dar una opinión ni mala ni buena sobre el heredero Grandchester. Los planes de unir a Annie con el joven Terrence seguían en pie y Eloísa tenía toda la confianza de lograrlo, como si aquello representara un triunfo aún mayor que haber concertado el matrimonio de su hija mayor. De lograrlo, entonces sí, podría decirse que estaba mucho más cerca de la realeza que cualquiera de sus conocidos.

Por otro lado, Annie siempre fue un caso paradigmático. Cargaba cierto remordimiento por las conversaciones que Candice mantuvo con Patty y que encontró cuando su madre la obligó a hurgar en la habitación de su hermana para saber dónde se había metido. Aunque esta sensación duró sólo un tiempo. Es cierto que Annie quiso compartir con el mensajero de los Andley lo que ella misma había descubierto, que Terry era un gran acaparador de cuerpos y mentes, pero su madre se lo advirtió "¿Quieres ser una duquesa?" dijo y sí, lo quería. No pudo comprender en ese momento todo lo que le costaría.

Pero para llegar a este punto, debemos regresar a Susana, que permaneció oculta en el cuarto de baño durante cinco días. Usó dos fojas que dobló cuidadosamente. No había sellos, no tenia y, a pesar de que no sabemos cómo llegó a su destino, lo que sí sabemos es que ambas fojas terminaron en las manos de Candice y le fueron entregadas por Dorothy, su doncella.

Aquella mañana, Candice despertó temprano. La celebración de su compromiso se llevaría a cabo ese mismo día. Los preparativos, aunque apresurados, marchaban con lo acordado. La celebración sería sencilla y habría un banquete para todo el clan y los clanes vecinos que quisieran unirse a las felicitaciones por el matrimonio del conde. Se sabe que luego del acercamiento que Candice y él tuvieron, su relación mejoró bastante. Parecían buenos amigos, una pareja de verdad, y esto era visto de buena manera por algunos, pero otros no lo consideraban así.

Luego del anuncio formal del compromiso, se hicieron muchos rumores. Candice pudo conocer a fondo el protocolo, las jerarquías y un poco menos las relaciones que se mantenían entre los miembros de la familia y del clan. Rose fue la primera en acercarse a ella y entablar una conversación aún más cercana. La joven en realidad era inexperta en agudizar su intuición y otros sentidos para estar alerta de las intenciones de la gente. Con el paso de los días y en pocos de ellos fue aprendiendo, Dorothy se convirtió en una amiga y fiel doncella que intentaba aconsejarse y prevenirla de lo que ella suponía un avance de poca confianza, como solía llamarle a los acercamientos de algunos miembros de la familia hacia ella.

Este último término fue el que empleó cuando Rose preguntó a Candice si deseaba que su familia estuviera presente el día de su boda.

Es un evento importante para toda mujer, único en nuestra vida, seguro no quieres que los que más amas estén lejos dijo Rose luego de que la ceremonia de anuncio terminó y se encontraban festejando con el banquete. Candice lo tomó como un gesto de cortesía de hermana a hermana. Sonrió y sólo asintió, no pronunció palabra alguna, Dorothy no lo permitió. A ese punto, la doncella intervino.

Mi señora, es tiempo de los ajustes, dijo. Esto desconcertó a Candice, no tanto a Rose que intuyó la defensa que la joven había urdido. Se limitó a sonreír y dejó el tema para otra ocasión, no sin dejarle de recortar que ella haría todo lo posible para concederle ver a su familia.

–¿qué quieres decir con eso?

–un avance de poca confianza es que no se sabe con claridad las intenciones

–pero es la hermana del conde, Dorothy, ¿qué podría ocultar?

–no lo sé, señora, pero es importante que recuerde dónde se encuentra, el clan Andley es grande y poderoso, para permanecer se necesita hacer y enfrentarse a muchas cosas y no todas son buenas

Las palabras de Dorothy generaron un abismo de preocupación en Candice. Si bien su madre se había encargado de enseñarle todo lo que debía aprender para comportarse como una dama a la altura de la gente rica, nunca, realmente nunca le había instruido acerca de las intrigas. Aunque en el fondo, sabía que el comportamiento de su madre con sus llamadas amigas en los bailes, podía contar como un aleccionador sobre estos temas. Lo cierto era que nunca se enfrentó a intrigas, secretos ni dobles intenciones. Pensó que lo que había hablado con Albert resolvía todo, pero no. Él habló por sí mismo, fue sincero, pero separado de él estaba el resto de la familia.

El rescate de Dorothy las llevó a las cocinas. No había ajustes que hacer, por supuesto, pero se resguardaron ahí. Con el tiempo que se llevaba festejando, solo había vino y mucha música en el gran salón, pocos aperitivos a los que les hicieran caso, así que su ausencia no fue notada, al menos no por la mayoría.

El conde entró a las cocinas poco después de que Candice y su doncella lo hicieran. La encontró charlando con las cocineras sin percatarse de que estaba recargado en el umbral de la puerta. Sólo una de las ayudantes más jóvenes, casi una niña, se lo quedó mirando sin poder cerrar su boca. Balbuceaba para llamar la atención de todas, pero no fue posible hasta que Dorothy, en medio de una aventura trepando árboles que estaba siendo narrada por Candice, se percató de la presencia del conde y puso a todas en alerta

–Señora

–estaba orgullosa de haber encontrado un manzano, quería hacer una tarta, pero al bajar me caí y romí toda la cesta…

–mi señora, el conde – dijo levantando aún más la voz

Todas las mujeres de la cocina dejaron de reír y hablar, volvieron en silencio a sus ocupaciones. Candice giró sobre sus talones cual bailarina y sonrojada lo miró. Iba a decir algo, a disculparse, pero la sonrisa de Albert se lo impidió.

–mi señora – dijo él imitando la llamada que Dorothy había hecho –¿me permite acompañarla?

–yo –Candice no sabia qué decir o hacer – ¿aquí?

–parece un buen lugar –contestó él mirando alrededor

–discúlpame haber abandonado el salón, yo sólo necesitaba un ajuste –dijo tratando de mantener lo dicho por Dorothy

–No es que me haya pasado todo el tiempo mirándote, pero cuando te vi salir del salón y noté que no regresabas pronto, admito que pensé que algo había sucedido

–oh, no es así

–Rose – el conde ya estaba sentado en un banco que estaba junto a las repisas que guardaban hierbas y flores comestibles –vi a Rose hablar contigo, y…para serte honesto – continuó tomando un pan de una cesta cerca de él –para ser honesto, pensé que te habría dicho algo que te molestó

–No es así – se apresuró a comentar – en realidad no dijo mucho, sólo me ofreció traer a mis padres aquí para la boda– el conde cambió su expresión, Candice notó que el brillo de sus ojos no era tan claro, más bien lucían opacos. No frunció el ceño, por lo que no pudo estar segura de qué representaba ese gesto suyo.

El conde dejó la hogaza de pan sobre la mesa y dejó el banco libre. Le ofreció su brazo a Candice que aceptó sin más.

–Caminemos un poco – sugirió él llevándose consigo a la joven por una de las puertas que daban a las granjas –he tomado más vino de lo que debí – antes de salir de las cocinas, el conde ordenó a Dorothy preparar la habitación de Candice, no pensaba que fuera buena idea volver al salón repleto ahora de algarabía etílica. La joven asintió y se perdió entre la oscuridad del castillo rumbo a las habitaciones de la torre del conde.

–lamento mucho no haber prestado atención a la nostalgia que sientes por tu familia – empezó él cuando llegaron a donde dormían los animales de granja –pero no pensé que fuera tiempo de hablar sobre eso todavía

–siendo sincera –aludió a sus mismas palabras – tampoco pensé en ellos

–Eloísa White acordó nuestro compromiso con mi tía abuela – continuó –desconozco del todo los acuerdos a los que llegaron, pero la preocupación de tu madre por romperlos si el compromiso no se llevaba a cabo implicaba…

–mi repudio y el inicio de mi vida conventual – completó Candice – si usted no aceptaba casarse conmigo, me llevarían a un convento o algún otro lugar donde pudieran olvidarme para no manchar la oportunidad de colocar a Annie, soy consciente, mi edad avanzada para el compromiso me colocaba en la cuerda floja, mi familia no es rica, no lo suficiente para mantenerme a mí en una casa propia como solterona, el escándalo con los Grandchester habría sido la ruina para mis padres

–Por todo esto no pensé que quisieras ver a tu familia

–yo, no quiero– Candice caminaba por sobre las rocas que rodeaban un arroyo hecho para las aves. Guardó silencio luego después de decir aquello. Albert comprendió, cruzó los brazos al frente sin dejar de mirar los pies ligeros y de pisada suave de la joven al caminar sobre las rocas cubiertas de musgo.

–Rose desconoce del amorío que Anthony y Susana tuvieron –dijo de repente trayendo hacia sí la mirada intensa de la joven –fui yo quien los encontró yaciendo juntos, hubo rumores, pero me encargué de no confirmar ninguno

–Dorothy dijo que hay avances que no son de fiar

–no puedo contradecirla

–pero es tu hermana

–Candice, me negué a comprometerme después de lo que sucedió con Susana, Rose piensa que Anthony solo tenia un gusto por ella y su compromiso contigo lo vio exagerado, ahora después de que él muere, me caso con la prometida de su hijo, es mi hermana, la amo, pero ahora debo cuidarte a ti

–voy a quedar en deuda contigo, Albert – guardó una de sus manos entre las suyas – toda la vida, gracias por darme una oportunidad, voy a aprender a cuidar de mí, lo prometo – el conde no pudo evitar jugar con los rizos de la joven. El impulso de besarla lo llevó a dejar un suave beso sobre su frente despejada.

–si Rose vuelve a preguntar, dile que…

–el conde no lo desea – el sonrió, le sorprendió que Candice pudiera entender su plan de defensa a pesar de llevar escasos días de conocerse

–de quererlo tendrá que pedírmelo

–y darte sus razones

–siéntete a salvo conmigo Candice, apóyate en mí, en George y en Dorothy

Luego de aquel día se les veía cabalgar por los terrenos aledaños. Visitaban villas, incluso juntos fueron a entregar los respectivos pagos por el tributo a la corona. La comitiva estuvo compuesta por el conde, George, Candice, Tom, Dorothy y Archie. Elroy se opuso rotundamente a que Candice fuera parte del viaje, ya que sólo era la prometida, aún no era la esposa del conde. Rose apoyó esto argumentando que no sería conveniente mostrar el rostro de su belleza, ya que no sabía cómo reaccionarían quienes llevaban el tributo a la corona, incluso mencionó a Terrence para producir un efecto sobre ellos y evitar que la joven se uniera al viaje. El conde ignoró estos alegatos y ordenó preparar todo para el camino. Solicitó también la presencia de Alistair, pero su arribo al castillo Andley aún no sucedía. Llevaba un día de retraso, gracias a una nota enviada a Rose, ésta pudo disculparlo aludiendo un malestar del cuerpo. En su lugar, Archibald estuvo dispuesto a integrarse a la comitiva. Este asunto después seria tratado por George con el mismo conde, ambos sacarían conclusiones similares. Stear fue asignado a una tarea, ya fuera por la misma Rose o por Elroy, aunque el conde confiaba en el joven, le pidió a George hablar con él antes de que lo hiciera con su hermana o la tía abuela.

Los tres días que estuvieron fuera sirvieron a Candice para conocer un poco más sobre las costumbres en tierras altas. La relación entre los clanes, las reuniones con otros condes y miembros importantes de familias poderosas y, por supuesto, a integrarse lo más posible al medio femenino del lugar. Al contrario de lo que pensaron Rose y Elroy, las mujeres del clan fueron calurosas al conocer a Candice. Los gestos de bienvenida y apertura sirvieron a la joven para leer con entereza la carta que le fuera entregada la mañana en que se iba a casar.

La poca expresión en el rostro de la futura condesa hizo que Dorothy detuviera el cortejo de novia que ya estaba entrando a la habitación para prepararla. Se trataba de cuatro mujeres que la ayudarían a bañarse y a vestirse, pero todas fueron despachadas a esperar en el salón de estar de la torre hasta que ella misma las llamara. Cuando cerró las puertas y volvió para mirar a su señora, Candice se encontraba de pie mirando los grandes ventanales por donde se espiaba el camino a las montañas. Puso una de sus manos sobre el cristal y le pareció recordar a Terrence señalándole el camino a tierras altas cuando la tenía cautiva en su castillo. Recordó después la huida, los túneles húmedos, la claustrofobia y la mano esquelética de la misteriosa mujer.

Susana. Así se llamaba, era ella, la Susana del conde, de Albert, su futuro marido.

–señora – Dorothy le habló unos metros atrás, sin acercarse del todo – ¿necesita algo?

–hablar con el conde, Dorothy

–El conde no puede venir ahora, es el día de su boda, va contra la tradición

–entonces busca a George – dijo manteniendo la mirada sobre el ventanal y sobre el camino a las montañas –es urgente, Dorothy – la joven hizo una pequeña reverencia y salió de la habitación hacia pronta búsqueda de George.

Si Albert está aquí…dígale


CONTINUARÁ...