Hola lectoras y amigas! Perdón el retraso tan grande, no crean que me he olvidado, pero son tiempos dificiles y además navideños. No tengo trabajo formal asi que ando moviendo todo y de todo para ganar dinero y bueno, estos días han sido de mucho trabajo y de dormir tarde o hasta olvidarme de comer algunos días. La verdad mucho trabajo y gracias a eso tengo un poco de dinero para darme mis gustitos en estos días. Tuve pocas oportunidades de sentarme a escribir la historia, así que avancé poco, pero tengo por lo menos dos capítulos, éste y otro más que subiré para navidad y año nuevo, para que no nos quedemos sin leer algo de esta historia.

Gracias a todas las chicas hermosas que me han escrito preguntando si estoy bien y sí, estoy bien sólo que con bastante trabajo. A todas ustedes les dedico este capítulo que espero disfruten.

Agradezco su espera tan pacientes ustedes mil gracias, también sus comentarios, desde ahora los agradezco infinitamente.

PD Espero que no haya confusión en la narrativa de este cap, está hecho en tiempos paralelos, por un lado vemos lo que ocurre con Albert y Candy y por el otro lo que sucede con Susana. Ahora sí, espero que disfruten


La vida secreta de los amores en flor


VIII


Desde afuera el castillo Andley brillaba con un verde intenso. El sol, caprichoso la mayor parte del tiempo, salió desde muy temprano y otorgó a las paredes de piedra un tono inusitado. Los viajeros, visitantes y lugareños podían describir el lugar como de ensueño, sin embargo, tras los muros se vivía un sueño de otro tipo. La bruma de la víspera de la boda se estaba destiñendo poco a poco, con cada retraso de los protagonistas de la ceremonia. Los asistentes estaban listos en la capilla de piedra a unos kilómetros del castillo; adentro, el banquete seguía preparándose a buen paso. Pero era Albert, quien debió salir desde hace tiempo del castillo rumbo a la capilla, que no estaba listo aún.

Elroy Andley suspiró como quien suspira por melancolía. Las doncellas y algunas mujeres, de otros clanes que la acompañaban hicieron lo propio para no incomodar y preguntar, con riguroso protocolo, si esa nostalgia que sentía se debía a que su sobrino nieto, William, al fin dejaría su soltería. Por supuesto, ella siendo una dama de altos modales, asintió. Se disculpó por la ausencia que dejaría unos momentos y tomó rumbo a los jardines. El empedrado resonaba con las fuertes pisadas que Elroy daba una vez que supo que ninguna de las mujeres que había dejado atrás la estaba viendo o escuchando. Se encontró con mucha de la servidumbre que se apresuraba a abrirle el paso y evitar una reprimenda solo por estorbar a la matriarca.

Antes de ingresar por completo a la zona de Rose, se encontró con ella. Su nieta la vislumbró a varios metros de distancia, así que despachó a su gente para atenderla sin tener que someterse al escrutinio o juicio de alguien ajeno. El violento andar de Elroy se detuvo abruptamente.

–¿se puede saber qué está pasando?

–Ya lo escuchaste, George notificó que…

–¡Ya sé qué demonios notificó George, por Dios, Rose! – levantó la voz – me refiero a ¡qué está pasando en realidad, desde que llegó esa mujer se me niega toda información en este castillo!

–Quizás Will considera que ahora Candice deba llevar el mando junto con él

–¡Jamás! – la miró severamente – ¡esa mujer ligera no llevará el mando de nada, de eso me encargo yo!

–pero tía, es la inminente esposa del patriarca

–¿acaso me estás provocando Rose?

–Sólo estoy dando luz a lo que ya es evidente, Will nos está desplazando, ya no habla conmigo, incluso los asuntos de las posesiones de Anthony quedaron al aire, nunca pudimos retomarlo

–¡Esa mujer debió quedarse con su amante!

–bueno, tía, tampoco nos conviene decir que Candice fue amante de Terry, no a estas alturas de las circunstancias por lo menos

–¿Estás diciendo que ya fue confirmado?

–tan confirmado, no –se encogió de hombros – pero envíe a alguien a investigar, tenía mis sospechas de la carta que llegó

–Hiciste bien en duplicarla – aclaró más tranquila Elroy al notar un grupo de mujeres cargando ropa de cama – ¿qué ha dicho tu espía? –preguntó cuando volvieron a quedar solas.

Rose caminó junto con ella hacia los jardines del castillo, lejos de su área, para conseguir hablar con libertad con Elroy sin que se sintiera asediada por sus doncellas.

–no es un espía, tía, se trata de Stear

–¡en qué mundo se te ocurre enviar a Stear a investigar sobre la prometida de tu hermano!

–tranquila, tía – la aplacó sosteniendo sus manos entre las suyas –me pareció lo mejor, Stear es leal al clan, su sentido de dignidad y justifica le impedirán actuar en contra de Will, además es un chico afable, sabrá cómo obtener más información de la necesaria

–mujer lista, eh – dijo recordando las excusas que su sobrina nieta dio al conde sobre el estado de salud de Stear –¿dónde está entonces, ya volvió?

–en realidad no lo sé, tía –esto lo dijo con un tono de desaliento – debió llegar dos días después del pago de tributos

–George – dijo sin más

–de haberlo interceptado George, Will habría detenido todo, ahora estaríamos en el gran salón, me habría recriminado por enviar a Stear a espiar a su prometida y a ti por ofrecerle a los White el título de los Marlow

–¡Ya ningún Marlow está vivo y la loca de Susana está perdida al otro lado del mundo, a nadie le importa quién se quede con su honorable título! –agitó las manos

–a nadie excepto a nuestro Will –dijo fingiendo resignación – ¿cuándo pensabas decirme que ese fue el trato con los White? Además, ¿consideraste que tal vez la corona no lo hubiese aprobado?

–si lo descubriste fue porque ya no pienso cumplirlo –lo aclaró Elroy –puedes difundirlo como un rumor, me ayudará más de lo que pueda perjudicarme, querida, pero piénsalo bien, como familia, no nos conviene que Candice dure mucho tiempo aquí

–A mí Candice no me importa, tía –le aclaró –pero no soporto que ninguna mujer venga a engatusar a mi hermano, primero la quisiste unir a mi hijo y como no pudo se fue a consolar con los Grandchester, luego la repudiaron y ahora viene a colarse a la vida de William– respiró – ninguna mujer va a volver a quitarme a los hombres de mi vida – Elroy la miró con notable satisfacción. Rose incurría en varios errores; uno de ellos fue suponer que Susana engatusó a Anthony; el segundo, pensar que su hijo fue corrompido, ilusionado, pero lo cierto es que la misma Elroy pudo notar el prendimiento que el adolescente tuvo con la joven. Se lo advirtió en su momento a Albert, pero él confió en la fidelidad de Susana. Otra equivocación de Rose es que ve en Candice a una Susana más. Pero ella siempre estaba un paso adelante que sus inmaduros sobrinos y también tendió sus propios tentáculos más allá de tierras altas, como lo hiciera Rose.

Elroy también contaba con una espía y esa espía le confirmó que Terrence Grandchester no sólo raptó a Candice White, sino que la acosó día y noche para quitársela a Albert cuando supo de su compromiso. Respiró volviendo a recuperar la compostura. No odiaba a la pobre niña White, pero su tonta madre lo estropeó todo. Perfectamente le advirtió de los Grandchester, pero la avaricia de la mujer pudo más que asegurar un futuro para sus hijas, sólo por eso, simplemente por eso, no quería a Candice en su castillo

–Entonces, creo que estamos en el mismo barco –dijo mirando a una Rose exaltada y hasta con ira en sus ojos –en cuanto sepas de Stear, házmelo saber, creo que ambas debemos hablar con él – una vez dichas estas palabras dio la vuelta y la dejó sola, evitando así que Rose tuviera la ultima palabra de la conversación. Ya averiguaría, entonces cuál había sido la verdadera razón por la que todo se estaba retrasando tanto.


Fue pasado el medio día cuando los caballos y los carruajes salieron del castillo rumbo a la capilla. El motivo del retraso no se llegó a saber aquel día. Sin embargo, en cuanto todo el castillo volvió a ponerse en movimiento, las palomas blancas, las flores y los ramos de azar fueron lanzados al cielo y una lluvia de alegría y pétalos perfumados cayó sobre todos los que esperaban ver a la novia por el camino hasta llegar a la capilla.

Dentro del carruaje estaban Candice, Dorothy y el mismo George, quien la acompañaría hasta el umbral de la capilla donde luego caminaría sola entre flores y cantos amorosos. Era el día más importante de su vida, como lo dijo Rose en el banquete de la celebración de su compromiso, pero tenía tantos sentimientos encontrados que no atinaba a cuál darle cabida primero. Parecía que una tormenta se batiera dentro de ella haciéndola temblar.

El nerviosismo de la joven fue notado por George, quien dio un aviso a la doncella para que interviniera con algo para calmar los nervios. Dorothy atendió al llamado que le había sido hecho con la mirada y procuró un pañuelo rociado con esencia a lavanda para aligerar la incertidumbre. Candice agradeció el gesto en silencio y tomó entre sus manos el pedazo de tela como si la vida misma dependiera de ello.

–el conde no faltará a su promesa hecha –dijo George con voz suave, aunque el silencio en el carruaje produjera un sonido un poco más tosco. El eco producido hizo que Candice recorriera el interior del coche antes de posar sus ojos sobre George.

–sé que no lo hará, confío plenamente en él

–entonces, ¿qué le preocupa a mi señora?

–mientras más tardemos en hablar con él, Susana correrá peligro –respiró – además cuando Albert se entere que esperé hasta después de la boda para decírselo, se molestará

–Le dije antes, señora – dijo George con un serio semblante – esa es mi responsabilidad, el conde me pidió hablar con Stear, ahora con la carta que le ha llegado, todos los cabos están atados – le tocó respirar – pero si me dijera quién fue el intermediario, tendremos las armas suficientes para rescatar a la señorita Marlow y condenar a los Grandchester

–no puedo decirlo – concluyó Candice – lo siento – desvió la mirada hacia la ventana

–lleva poco tiempo en tierras altas, ¿quién le ha jurado lealtad antes de su boda?

–¿cómo te atreves a insultar así a la señora, George? – intervino Dorothy, pero fue detenida por la mano de Candice sobre la suya. Ambas mujeres cruzaron miradas de apoyo

–nadie me ha jurado lealtad, George – aclaró la joven – en todo caso soy yo quien debe jurarla al conde y al clan, según las reglas

–me disculpo por la insolencia

–no digo el nombre del intermediario de la carta porque su arribo no dependió solo de una persona, la vida y la reputación de muchas más están en juego – George asintió en silencio.

–en cuanto me sea posible, hablaré con el conde– el coche se detuvo. Candice respiró profundo, Dorothy ajustó el tocado en su cabeza y su peinado. Cuando todo estuvo listo, George descendió.

Afuera había una pequeña brisa que corría de un lado a otro haciendo danzar las hojas de los árboles y algunas flores junto con su perfume. Cuando Candice descendió del coche la humedad y el viento juguetón levantaron sus rizos en vuelo haciendo que el tocado se acomodara como si fuera una tiara. El recogido que Dorothy había hecho se deshizo haciéndola lucir una cascada dorada en grácil caída sobre sus hombros. La capilla estaba a unos metros de distancia, el camino hacia la entrada estada enmarcado por un arco interminable de las ramas crecidas de los árboles. Su entretejido rústico le dio a Candice la impresión de que se adentraba más bien a la cueva que Albert le había mostrado en la colina.

El sonido de las hojas meciéndose con el viento en las ramas de los árboles daba la impresión de ser un canto, un canto de recibimiento de las lejanas montañas de aquellas tierras. La natural melodía la hicieron mirar al cielo para encontrarse con los tenues rayos de sol colándose entre las copas de los árboles para caer sobre ella o más bien sobre su vestido. La mirada fue desde la luz del cielo hasta la tela de sus faldas. El nacarado de la tela hacía que el color de los árboles y las flores de proyectara sobre su vestido. Toda ella era una visión tan natural y hermosa que parecía un espíritu femenino del bosque concediendo a los hombres el privilegio de mirarla. Así la vio Albert desde la altura de la capilla.

¿Qué hacía ahí? Sólo una persona lo sabía, quien los casaría, pero era un hombre viejo y nunca nadie le preguntó, lo que sabemos de este día es que el conde se encontraba en lo alto de la capilla arreglando un asunto de importancia para la ceremonia y desde ahí la vio llegar. Candice era una visión, una hermosa visión, una visión que lo hechizó y lo dejó perplejo. Los rizos dorados jugueteando con las hojas que caían con gracia de los árboles, el sol tocando sus cabellos e iluminando no sólo sus ropas, sino su piel.

Una punzada en el corazón sintió, eso lo supe después, al percatarse que aquella hermosa mujer estuvo a punto de casarse con Anthony y a punto de ser una víctima del hambre carnal de Terrence. Respiró hondo y se juró cuidarla, con su vida si fuera necesario. El toque de las campañas lo obligó a volver a la realidad. Luego de que todo se detuviera ante sus ojos, el tiempo volvió a adueñarse de sus vidas y miró a Candice caminar apresuradamente hacia el interior de la capilla. Estuvo cerca de mirar hacia donde él se encontraba, pero el llamado de George la detuvo. Dorothy se acercó y empezó a ajustar el peinado nuevamente. Albert hizo un gesto de desaprobación, pero por supuesto no podían verlo. Intuyó que George estaría dándole los pormenores y con una última mirada a Candice, antes de que Dorohy cubriera con flores su cabello, bajó para reunirse con ella en las puertas de la capilla.

La vida misma es un misterio, eso lo dicen todos, desde sabios hasta el más mundano de los hombres sobre la tierra, pero en aquellos momentos, Albert estaba viviendo el mayor misterio de la suya. Cuando la mano de Candice tocó su mano, abierta y esperándola, en algún lugar las campanadas de un reloj se escuchaban en todo el espacio de una habitación, su fuerte sonido rebotaba por las estanterías que se encontraba a su paso mientras la música del salón sonaba por el festejo del compromiso celebrado entre la familia White y los duques de Grandchester. Una de las asistentes a la celebración se tomó un tiempo para salir de los oscuros muros, sus pasos los acompañaba los minutos que eran marcados por el reloj. Caminó entre los pasillos empedrados hasta llegar a los vitrales del lado norte del castillo y ahí la miró, tal como se la habían descrito.

Las campanadas del reloj dejaron de escucharse al mismo tiempo que las campanas de la capilla se silenciaron para dar paso a la caminata de los novios. Los pasos de cada uno fueron sellando el destino de sus almas. La roca medieval con la que estaba construida la capilla guardaba el eco producido por las pisadas del conde y su esposa. Así es, la roca, en aquellos muros, se volvió testigo y guardiana del nerviosismo, excitación y alegría contenida por parte de los novios. Ninguno se preocupó por asuntos ajenos a su alianza en aquel momento. Ni Candice pensó en el castillo Grandchester, prisión de una triste alma desgraciada, ni Albert en Stear, su sobrino manipulado por Rose para conocer la historia de su esposa, ni en todos aquellos hechos que ocultaba.

¿Dónde se habían ido las preocupaciones? A ningún lado, en realidad seguían ahí, habitando el mismo espacio que ellos, la diferencia es que no estaban solos, caminaban juntos. A Candice le nació una fuerza interna antes ignorada, ella misma dijo que aquello que la hacia moverse de la mano del conde era una energía creciendo hasta desbordarse, pero su impulso y su educación la obligaron a mantener la compostura, de otro modo habría abrazado con más ahínco al conde, tal vez lo habría besado sin haber esperado la orden del padre; en cambio, estaba temblando, de frío, decían unos, de nervios, pero ella y Albert sabían que aquello era como un hechizo. Si temblaba era por una emoción tan viva y potente que no había forma de expresarla más que sonriendo. Y aquel momento se recuerda de ese modo, lo único de lo que se habló después y hasta ahora fue de la sonrisa clara y enamorada que Candice nunca perdió durante su boda.

¿Qué pasaba con el conde? Algo parecido, se puede decir que Albert sufrió un arrebato, una revelación, lo que llaman una epifanía. La sonrisa de Candice lo cautivó de tal modo que él no tuvo reparos en dejarse llevar. Todo gesto que se le vio hacer al conde fue provocado y dirigido hacia la misma persona, incluso la entrega del anillo; no pudo evitar acunar la mano de Candice, besarla, deslizar el anillo y decir, en viva voz, "esposa, mía" Quienes estaban más lejos dicen que lo que dijo fue "eres mía" pero se equivocan, las pretensiones del conde nunca fueron dirigidas hacia la posesión; él despreciaba la adjudicación de algo como suyo por la fuerza. Era costumbre que la alianza matrimonial fuera eso, la adquisición de una propiedad, pero cuando Albert miró a los ojos a la joven y bella Candice se juró que aquello no le pertenecía, era un regalo, un milagro de la vida, las estrellas, el destino, quizás, pero era un don que se le fue dado para cuidarlo.

Y en medio de las montañas escocesas, la vida empezaba a enraizar el nuevo árbol que crecería para ser hogar de dos almas que el destino decidió poner una frente a la otra.

¿Es siempre así la vida? No lo sabemos, sólo conocemos lo que vivimos, lo que acontece, desconocemos el futuro, los planes reales del destino, pero hay encuentros que, aunque parezcan fortuitos, no lo son, depende de cada uno fortalecer los lazos que los unieron en un principio, porque hay otros que, a pesar de haber quedado en el pasado, no se han roto del todo. El paso del tiempo con frecuencia tira del hilo para desenterrarlos y poder verlos y entonces sí, romperlos o anudarlos más fuerte.

Ese hilo del pasado que el tiempo, en forma de campanadas, desenterraba traía un nudo a la luz…

"Susana Marlow"

Susurró la invitada cuando tuvo a la mujer frente a ella

"Tenemos que irnos"

Volvió a decir. La mujer maltrecha solo asintió dispuesta a huir tal cual estaba. La invitada dudó sobre si aquello era lo correcto, pero cuando la música dejó de escucharse en el salón entendió que la huida apremiaba.

"En tu carta hablaste de los túneles" dijo la invitada "llévanos, nos esperan afuera" Susana asintió y tomó camino hacia uno de los pasillos más oscuros de la zona. La invitada estuvo a punto de encender una lámpara, pero Susana se lo impidió, dijo conocer el castillo, de encender una luz las verían. Ambas mujeres caminaron entre los oscuros muros. Sólo las pisadas de la invitada removían el silencio que los pasillos del castillo guardaban con tanto recelo; la mujer que iba delante, por otro lado, se movía en medio de la espesura de la oscuridad, sin hacer sonido alguno. Sus pies descalzos pisaban la piedra oscura con tanta familiaridad que a la invitada le daba la impresión de que levitaba en vez de andar. Y entre la claustrofóbica travesía entre humedad y tierra, las manos de la mujer tocaron la puerta del final. Sus delgados brazos parecían a punto de romperse cuando empujó con toda su fuerza. La invitada apenas atinó a reaccionar para ayudarla, tan solo la veía, tan frágil, tan muerta que difícilmente podía decir que se trataba de una persona, de una mujer. Cuando la puerta se abrió, la luz de la tarde invadió el túnel. El reflejo de los rayos del día cegó los ojos claros de la mujer. Cubrió con su brazo los ojos azules que lloraban con la invasión de la luz…y el reflejo de Albert apareció frente a ella. La figura del conde moviéndose entre el campo, a lo lejos las ramas de los árboles meciéndose, mostrando el camino a tierras altas. Pero no, no era el conde, no era Albert, pero tenía la misma altura…no se le parecía, no lo parecía, no era su cabello. Giró para mirar a la invitada y verla tras ella, llegando hasta donde estaba de pie, invitándola a seguir.

"No te detengas" la escuchó decir. Pero se tomó un poco de tiempo, unos segundos, tal vez. No supo como, pero la realidad estaba volviendo a ella como un balde de agua fría. Se descubrió fuera del castillo, cayó en la cuenta que ya no había muros levantados a su alrededor, sino árboles, muchos árboles. ¿Cuándo se alejó tanto del castillo? ¿Cuándo fue que caminó tanto luego de abrir la puerta? ¿Caminó? La invitada la sostuvo con más ahínco de los brazos

"por favor, Susana, tenemos que seguir, nos esperan"

La miró, la escuchó y la miró atenta. No la reconoció, no la conocía, de un momento a otro recordó la noche en que Stear llegó al castillo Grandchester. Verle la cara, le recordó la carta que había escrito. La memoria la tenia nublada, no era Stear quien la sacó del castillo. "Sé quién puede ayudarnos, señorita Marlow" dijo Stear cuando la encontró. "Ayudarnos" Recordó su rostro de sorpresa, aturdido, horrorizado. Apenas recordaba a Stear, apenas lo recordaba. ¿Habló con él? ¿habló con Stear antes? ¿la recordaba?


El repique de campanas se escuchó por toda la capilla. Parecía que el eco de su sonido viajaba hasta los alrededores de las tierras Grandchester. La mirada azulada del conde se perdía en su esposa que salía junto a él de la capilla. El estruendo de pétalos y guirnaldas de flores lanzadas a las alturas parecían caer en cámara lenta, como si el viento aventurero las meciera y cayeran al suelo con delicadeza. Había algarabía y también sospechas, les llaman malas intenciones. En la mente y el corazón de algunas personas crecía la interrogante más importante ¿cuándo deshacerse de la chica? Ciertamente no tenía buena reputación, por lo menos no con todos en el clan. Elroy lo comprobó durante la ceremonia. Desde hace bastante tiempo que la señora Andley se sentía distanciada de su familia, sentía que perdía el control, que William y Rose remaban hacia otro lado, como si, como si…tomaran las riendas de su propio camino. Hasta el momento en que el conde tomó entre sus manos el rostro de Candice, la miró como si se tratase de las montañas, del mismo mar, del propio cielo, perdiéndose entre sus ojos verdes… Rose, en aquel momento, cruzó miradas con Elroy y ella supo en ese instante que no estaba sola, el mismo camino que había alejado a su sobrina la estaba acercando.

¿Qué pasaba por la mente del conde y su esposa? Candice trataba de dominar el temblor de su cuerpo, ella misma llegó a describirlo como si los rayos mismos que caen sobre las montañas durante las noches de tormenta cayeran todos sobre ella y entraran a su cuerpo apoderándose de él. Albert, aunque lucía sereno y con los pies en la tierra, la mente del conde estaba ocupada por su recién esposa. Hablaron poco luego de la ceremonia en la capilla, el protocolo exigía cumplir con diversas presentaciones. Elroy y rose se encargaron casi de todas, excepto las que obligan al conde a hacerse cargo y hablar por el clan.

Cuando pudieron estar solos, al fin, se encontraban en la habitación principal de la torre del conde. Candice estaba de frente a los grandes ventanales que miraban el horizonte, aun tenía puesto su vestido de novia. Se fijó en el tintineo de los adornos puestos sobre los árboles provocados por el reflejo de la luz lunar. Más allá de del camino hacia las montañas no había más que oscuridad, pero en el castillo había luz, mucha luz o eso le pareció a ella. Debía estar cansada, pasó casi todo el día de pie, pero lo cierto es que no lo estaba. Un segundo aire de adrenalina y nervios la llenó todo el cuerpo. Parecía haber despertado recién. Escuchó el cerrojo de la puerta, hasta la estancia los siguieron Elroy, Rose y otros miembros cercanos de la familia Andley, entre ellos distinguió al joven Archibald, hermano de Alistair Cornwell. Entre los juramentos que le hicieron los miembros del clan como esposa del conde, el de Archibald fue el que menos fuerte se escuchó.

El conde despidió a todos en el umbral de la habitación y dio la vuelta cuando la puerta estuvo cerrada. Sin precipitarse y guardando la respiración, la miró de espaldas a él. Detenida frente al ventanal, mirando la luz de luna cayendo sobre las montañas, entrando a su habitación, rozando su rostro, iluminándolo como si fuera una doncella del bosque. Se acercó unos cuantos pasos hacia ella, sin acercarse totalmente, Candice giró para verlo, frente a ella, con su dorado cabello cayendo sobre sus hombros, mirándola con ese intenso color azul de sus ojos.

–Estamos aquí – dijo mientras ajustaba un mechón de cabello de su atado–finalmente

–finalmente – repitió ella hipnotizada por su mirada

–no tiene que pasar nada, Candice – dijo – no tiene que ser esta noche – terminó de decir esto mientras ella sostenía su mano con la suya

–no tengo miedo – contestó mirándolo –no a ti, ni a nada– sonrió

–qué bueno saberlo – dijo él respirando hondo – porque yo también siento lo mismo – ambos rieron. El conde deshizo el atado del peinado que sostenía sus cabellos dorados y cuando sus rizos cayeron sobre sus hombros una ola cálida que envolvió su corazón. Se preguntó, en ese momento, si existía algo más bello y pacífico que contemplar su figura y su aura de doncella del bosque; a él le daba la impresión de que no, que era no solo afortunado sino el único hombre sobre la tierra con el privilegio de estar ahí, en aquella torre, frente a la mujer más hermosa de todas.

Candice, por su parte no podía controlar la emoción de verlo tan cerca, de sentirlo tan cerca, también. Sintió que los ojos tan azules del conde se transformaban en el mismo mar, poderoso, melancólico, apasionado, todo al mismo tiempo. Y una fuerza surgió dentro de ella, un tipo de fuerza que no había experimentado con anterioridad cuya explicación o preparación no fue dada ni por su madre misma. Nadie podía haberla prevenido de tal impetuoso sentimiento creciendo en el centro de su cuerpo. Pasión, le dicen los hombres, amor, le llamamos nosotras. En aquel instante en que el conde se acercó a ella para besarla con ternura, supo que estaba enamorada, realmente enamorada, no ilusionada, ni tampoco flechada, sino realmente unida al conde, a su alma que ya le había sido entregada en forma de secretos y sinceridad en una pequeña cueva conocida solo por ellos.

¿Qué pasó después? El vestido de novia, el hermoso vestido de novia cayó a los pies de Candice. Sintió el aire encerrado en la habitación cubrir todo su cuerpo, un escalofrío la cubrió entera. Él la vio temblar y la abrazó. Besó su hombro descubierto, la sintió temblar otra vez y esta vez la acurrucó contra su pecho aun cubierto por su ropa. Ella tocó con su mano el fuerte pecho del conde y lo sintió respirar profundo, lento, como un arrullo. Se besaron. Se juraron un tipo de amor que sólo los verdaderos amantes y enamorados pueden prometer, el amor a través del tiempo, a través de los tiempos.


Las manos le sudaban sobre el regazo de la manta que la mujer le había dado. El frío del viaje se colaba por entre las ventanas del carruaje. El camino pedregoso golpeaba con cierta rutina las ruedas del carro metálico provocando una melodía monótona que Susana aprendió y repetía en su mente para quedar suspendida en el blanco de las ideas. Iba rumbo a tierras altas, lo sabía y un furor creció en su pecho, después de mucho tiempo, de largos años, no estaba segura de cuántos, volvería a las tierras que la vieron nacer, donde creció y donde su familia, si es que todavía quedaba algún Marlow que enorgullecer, estarían ahí y la verían llegar.

Dio un largo suspiro. Quiso asomar la mirada, pero el frio y la incertidumbre no la dejaban moverse de su sitio. La mujer que estaba sentada frente a ella dormía sin hacer el mínimo ruido. El hombre junto a ella dormía profundamente también. Dio un brinco en su lugar cuando lo vio sentado dentro del carruaje. No lo recordó con exactitud, apenas unos momentos recordó que, en medio del camino por el bosque, ella y la mujer se encontraron con aquel hombre.

"deprisa…"

"señorita…"

"apenas y camina"

"el señor sabrá qué hacer"

"¿qué hay de mí?

"tengo órdenes de llevarlas a las dos…"

Palabras, voces, un carruaje. Trató de recordar su rostro, pero no pudo, tan solo sabe que es de tierras altas, la mujer se lo dijo. Estaba camino a tierras altas, después de mucho tiempo. ¿Albert la recordaría? ¿la seguiría queriendo? ¿por qué no la buscó?

El traqueteo del coche provocó nerviosismo en ella. Tantas rocas en el camino la hacían regresar al momento de su captura. Pero se aferraba a la manta que la mujer le entregó y a los almohadones del coche para sentirse segura, segura de estar huyendo, de que estaba ahora fuera del castillo, lejos de Terry, quien, en aquel momento, recién volvía a la realidad de la celebración de su compromiso con la hija menor de los White.

Las rocas oscuras del hogar Grandchester absorbieron el ruido de las puertas abriéndose y cerrándose aquella tarde. La luz que Susana se negó a ver durante el camino por la ventana del carruaje desapareció entre los muros del castillo cubriendo al mismo a Terry entre las sombras. Si él fuera consciente de su presencia en ese momento, se habría percatado que el silencio que volvió a conquistar el castillo luego de la celebración era diferente. Pero deseos de otro tipo lo dominaban y no prestó atención al pasillo de Susana, como él solía llamarlo, inusualmente silencioso. No fue hasta el día siguiente que Eleonor irrumpió en el privado del duque en un estado parecido al terror.

–se ha ido– fue todo lo que dijo y fue como si Robert Grandchester supiera de lo que su esposa estaba hablando. El fantasma que se había estado apropiando de los muros del castillo decidió, al fin, irse por su propia cuenta. Quiso respirar aliviado, pero no podía, tanto él como Eleonor sabían lo que eso significaba, el fantasma Marlow se había ido, pero ahora vendría la bestia, la bestia enjaulada por años y Terrence apenas sabría cómo lidiar con eso.


El cálido toque de la luz que atravesaba la habitación por el ventanal de la torre la hizo abrir los ojos, pero no de golpe, sino suave, lentamente. Los muros verdes lucían fríos y olía a humedad, pero su cuerpo estaba tibio, junto a ella dormía el conde o mejor dicho Albert, el título había quedado muy lejos de sus labios durante toda la noche. Parecía que había aprendido sólo a pronunciar su nombre: William Albert, su esposo. El calor de su cuerpo la arropaba y la confortaba aun estando sin ropa alguna que la cubriera más que el abrazo del conde sobre su cintura y la manta de lana sobre ambos. Aquel despertar había sido el más pacífico y amoroso de todos los despertares en su vida, incluso más que cuando era pequeña y se ilusionaba con sus clases de equitación.

No quiso moverse, no quería, incluso, parpadear, para no perturbar la paz con la que también dormía Albert, pero algo lo despertó. Sus ojos azules se abrieron de par en par solo para mirarla a ella, sonriente

–puedo sentir cuando tu cuerpo mismo ha despertado del descanso –dijo como contestando la pregunta no dicha por Candice –siento el estado de alerta en que tu cuerpo entra aquí en mi piel – continuó acariciando el hombro de su esposa –puedo sentirlo todo de ti – concluyó. Pero esta última frase trajo a Candice la imagen de Susana Marlow oculta en la oscuridad de los muros en el castillo Grandchester y la claridad de sus ojos esmeraldas se ensombrecieron

–Albert –él lo notó, se incorporó al mismo tiempo que ella lo hacia. Dejó de mirarlo a los ojos y se dedicó a contemplar ávidamente el ventanal de la torre, en toda su altura –tengo algo que decirte

–Lo sé – ella giró para verlo. Esperó encontrarse con una mirada fría, tal vez opaca, furibunda, pero la claridad de sus ojos era semejante a un día despejado, un día de primavera cálido y colorido y no a la tempestad del mar, como suele ser su expresión

–George dijo que hablaría contigo, pero …

–Stear se adelantó –contestó él sin acercarse todavía – hablé con él y le pedí a George que lo mantuviera alejado de Rose y de la tía abuela

–¿Stear?

–Sé que mi hermana lo envió a investigarte, a saber, qué tipo de mujer eres y cómo fue que conociste a Terry –supo entonces Candice que Albert no sabía aún lo de Susana

–¿Alistair Cornwell?

–¿lo conoces?

–No tengo el placer – dijo – pero sé quién es – se cubrió el pecho con la manta y giró su cuerpo para mirarlo de frente –enviaron una carta aquí

–¿te refieres a la carta de tu madre?

–no – contestó pronto – no, otra carta

–¿quién?

–es peligroso que revele el nombre de quien la envió, pero en cuanto llegué necesitará protección – aclaró – tú protección

–¿Pasa algo Candice?

–Susana Marllow no huyó a las colonias, fue raptada por Terrence Grandchester y no debe tardar en llegar aquí


CONTINUARÁ...