¡Brilla!
Era una verdad universal que Arthur siempre había tenido problemas para levantarse en las mañanas. Todos en Camelot lo sabían e incluso en los bares los caballeros hacían bromas sobre ello.
Todos se sorprendieron cuando al ser nombrado rey, el rubio comenzó los entrenamientos puntualmente todos los días. Atribuyeron esto a sus nuevas responsabilidades, a la madurez que de pronto adquirió.
Pero había una verdad universal aún más grande, y esa era que cierto zafiro encontraba divertido molestar a su amo.
—¡Levántate y brilla, señor! —Exclamaba todas las mañanas, abriendo las cortinas. Arthur pensaba que ya debía estar acostumbrado, pero aún con los años, él seguía hundiéndose en su gran almohada.
—Con un demonio, Merlín. ¿Es que no puedes cambiar de frase? Todos los días, desde que llegaste aquí, has dicho lo mismo.
—La constancia hace al hombre de buen hábito —Sonrió el joven, fresco como una lechuga.
—¿Cómo haces para lucir así tan temprano?
—¿Has escuchado el dicho: "a quién madruga los dioses no lo hace idiota"? Bueno, supongo que no.
Merlín corrió a la puerta, agachándose justo a tiempo para evitar el cojín que iba a su cabeza. Los sirvientes le miraron irse por el pasillo, resplandeciendo como el rocío.
Era otra verdad universal que la vida de todos era mejor desde que había llegado al castillo.
