Isolde

Ella venía de una familia acomodada que residía casi en la frontera con Nemeth, su hogar una pequeña fortaleza de piedra y ventanales con vista a las planicies.

Sus padres, grandes comerciantes con el reino vecino, la comprometieron desde que era bebé, al hijo de un miembro de la corte del rey Rodor, llamado Marco, que tenía línea directa con el trono. Solía reunirse con él en verano, cuando los bosques eran verdes y brillantes.

Isolde no era una niña cualquiera, su padre le había enseñado a defenderse a espaldas de su madre y ella y Marco siempre se enfrentaron, blandiendo ramas mientras reían. Marco fue su primer amigo y ella estaba cómoda pensando que su matrimonio sería igual de entretenido que sus juegos. Sin embargo, la madre de su prometido no pensaba lo mismo.

—Debería usar vestidos, como las damas —Solía decirle a su madre.

—Es solo una niña, Lady Eleonor.

—Si la malcrias, se arruinará. No dejaré que mi hijo lidie con una mujer poco femenina, él se merece lo mejor. Algún día podría ser rey.

Ella no entendía qué había de malo en no comportarse como una niña mimada. Marco la quería tal como era. O lo hizo, hasta que su madre le influenció. Ella tenía seis años cuando su padre la encontró llorando, después de que Marco le dijera que no quería jugar más con ella.

—Encontrarás alguien que te aprecie por lo que eres, hija mía —Él arrulló—. Que verá en ti la fuerza que guardas y no temerá a tratarte como su igual.

Isolde sonrió y se secó las lágrimas, porque una guerrera no lloraba tan fácilmente y por alguien que no valía la pena.

Al final, unos días después, el compromiso con Marco fue roto y la llegada de Nimueh se volvió un hecho inminente. La sacerdotisa no dijo nada por su ropa o por la tierra en sus manos.

—Serás un joya valiosa —Predijo—. Eres hermosa y fuerte, justo lo que tu rey necesita.

Fue la primera vez que ella supo cuál era su lugar en el mundo. La piedra en su mano una promesa.

Viendo a Arthur sobre el suelo, vencido en duelo por ella, su expresión abierta y orgullosa, esa promesa se cumplió.

—Buenos movimientos. Hagámoslo de nuevo, esta vez iré en serio, así que esfuerzate.

Ella se inclinó, divertida.

—Mi señor, pensé que apenas estábamos calentando.

El rey se vio contrariado y, por la sonrisa que siguió después, el mundo de Isolde se sintió completo. Su lugar, después de todo, era al lado de este gran hombre.