Valor

Cuando el ejército de Cenred se acercó a la frontera, listos para atacar, Arthur miró a Leon a los ojos y temió.

Por su reino, por su gente, por su familia.

Cenred tenía más hombres, más armamento, más probabilidades de ganar. Sería un baño de sangre donde podría perder todo lo que apenas le había sido dado.

Arthur se sintió derrotado, aún cuando la batalla no comenzaba.

Merlín puso una mano en su hombro, deslizándose entre las luces de las velas en la entrada noche, sus ojos brillando en la penumbra con la mirada pesada de un viejo sabio.

Su presencia se sintió como un soporte.

—Te acompañare en la batalla —Fueron sus palabras decididas.

—¿Estás loco? Esta no es una fiesta, Merlín, es guerra. Tú no has sido hecho para esto.

Por primera vez, vio su mirada relampaguear. Un atisbo del poder que dormía en el interior de un chico desgarbado. Había tanto valor en el dedo meñique de Merlín, como en un escuadrón de sus caballeros.

—Fui hecho para estar a tu lado, Arthur. Como joya y como apoyo. No hay mayor honor y orgullo que marchar junto a ti en la guerra.

Merlín se alejó y paseó por alrededor de la gran mesa, mirando el mapa de estrategia que él y sus caballeros habían estado viendo. La desventaja era notoria.

—¿Y qué piensas hacer? ¿Encantarlos con tu bonita sonrisa?

Él intentó burlarse, su ánimo no dio para tanto. Merlín lo ignoró.

—Hay algo que no te he dicho pero, ahora que has escuchado la profecía, es tiempo de que comprendas el trasfondo de mis palabras. Soy tu joya, mi rey, me han entrenado para que seas mi mundo entero.

El corazón de Arthur golpeó en su pecho, un fuego que arrasaba todo ante la primera declaración de amor de su joya.

—Claramente, hay un destino que nos une. Y hay una contradicción en el secreto que te guardo.

—Eres una joya, tú no…

—Sé que juré ser leal a ti, pero mi lealtad a mi mismo es igual de grande. Ahora, Arthur —Merlín se volvió para mirarle, intensa, seriamente—. La cuestión es, ¿me aceptarás o condenarás por este arrebato de valor?

Arthur no pudo responder a eso y su silencio apagó algo en los ojos de Merlín. Él se odio por ello, porque amaba a Merlín sin importar que le había estado mintiendo.

—Tengo magia.

Y sus ojos brillaron en oro antes de que la mitad de las figuras que representaban el ejército de Cenred volaran fuera del mapa.