Tuyo

Merlín pasó la noche rodeado de sus hermanas y hermano. Era así como las cosas habían sido siempre entre ellos. A pesar de su individualidad, ellos estarían juntos al final del día y cuando la situación lo ameritaba.

Isolde no podía creer que lo hubiera hecho, que le revelara al rey lo único que Nimueh le dijo que nunca debía saber. Pero entendía, el reino y Arthur necesitaban de lo que solo Merlín podía proveer. La amenaza de la guerra era demasiado inminente.

En ese momento, incluso ella, deseó poseer tales dones.

—Él sabrá —Gwen le dijo a su hermano, gentil y comprensiva como una madre—. Sabrá que todo en ti es puro, que jamás le has deseado daño y que darías tu vida para protegerle.

—Esta espera está matándome. Sé que no lo aceptará, que me encerrará en una celda y me pudriré allí el resto de mi vida.

—Nuestro rey jamás haría tal cosa —Isolde dijo por fin—. Si hay algo que Arthur haría, eso sería dar todo por su pueblo. Pero eso no aplica a ti, jamás a ti.

—¿Qué quieres decir?

—Sabemos que te ama —Respondió Vivian—. Podemos ver lo diferente que es contigo. Él nos adora a todos nosotros, pero eres distinto. Yo no voy a negártelo, a veces detesto el lazo que les une, esa profecía o como le llames. Es nuestro rey, Merlín, pero tú eres el único destinado a estar a su lado.

Gwen se mordió el labio y lució indecisa.

—Sabemos que serás a quien elija.

—Pero —Él musitó, abrumado—. No puede, yo jamás podré darle un heredero.

—¿Crees que es lo que más importa? —Freya sonrió—. Ha de ser tan inesperado para él como para ti. Nadie esperó que esta situación pudiera darse. Nimueh dijo que no había joya más esperada que la que pertenecería a Arthur Pendragon.

—Se refería a ti —Daegal sonrió—. A Emrys.

Sefa, tímida y silenciosa como era, alzó la vista desde donde se encontraba sentada a sus pies.

—Siempre supimos que el amor del rey sería para ti. Y estamos bien con ello.

La puerta sonó al ser abierta y Leon asomó la cabeza.

—Mi zafiro, señor —Dijo con una reverencia—. El rey solicita su presencia.