Forastero

En todo el reino se decía que Merlín era una joya extraña, vistiendo con sencillez y caminando inadvertido por el pueblo, observando, charlando. De buena gana ayudaba a todo el que lo necesitara. Asistía a los concilios y audiencias, procurando el mayor bien. También se unía a las patrullas, riendo con los caballeros como viejos amigos. Acompañaba al rey en todas sus excursiones y saboteaba con una sonrisa las sesiones de caza.

Para cualquier otra joya, eso habría significado vergüenza y deshonor, pero para Merlín, cuya sonrisa siempre hacía sentir mejor a los niños y los enfermos, significó el creciente amor de un pueblo.

Cuando se descubrió que tenía magia, los murmullos plagaron el reino de incertidumbre. Pero era Merlín, gentil, dulce y justo, de quien se hablaba.

Mary, una aldeana a la que había ayudado con arreglos en su hogar, se levantó en la multitud, que estaba un poco apesadumbrada de que la joya más querida tuviera tal maldición como era la magia.

—Es nuestro zafiro de quien hablamos —Dijo en voz alta—. Nos ayuda en las malas cosechas. Quien convenció al rey de no subir los impuestos.

—Pero es magia, mujer —Añadió el viejo George, dueño del molino—. La magia está prohibida en Camelot.

—El rey está debatiendo dicha ley con el concejo —Ella respondió—. Puede que no esté prohibida por mucho tiempo más. ¿Han olvidado ya todo lo que ha hecho? Es la misma persona, con magia o no.

—Apoyo la noción —Dijo otra voz en el fondo. Todos se volvieron al joven hombre que lucía confiado entre tanta gente—. Nuestro zafiro es la misma maravillosa persona que los ha encantado.

Los aldeanos se mostraron escandalizados, a lo que él sonrió.

—Mis disculpas, fue un mal juego de palabras. Me refiero a que ha hecho cuanto ha podido por ustedes sin pedir nada a cambio, que ayuda a forasteros ebrios y sin remedio a encontrar un camino. Es diferente, es cierto, pero eso lo hace aún mejor —Se apoyó en las piedras de un muro, toda atención en él—. ¿Se han puesto a pensar en todo lo que no saben? ¿En los misterios que se resolvieron de la nada y sin explicación alguna?

—Cómo la plaga blanca —Dijo un hombre, asintiendo.

—O aquella vez que las gárgolas atacaron la ciudadela.

Uno a uno, enumeraron las desgracias que habían acaecido sobre el pueblo y que habían acabado de forma abrupta, volviendo todo a la normalidad. Con cada cosa, el hombre lucía una sonrisa más amplia.

—¿Y desde cuando comenzó esto? —Dijo, de pronto, haciendo que guardaran silencio. Sus miradas desconcertadas fueron suficiente respuesta—. ¡Allí lo tienen! —Exclamó con júbilo—. La solución a todas esas cosas solo puede ser una y, mis amigos, el zafiro real no es sólo un adorno del rey, ni un alma bondadosa que ayuda a Camelot. Ha sido su protector, su salvador, todo este tiempo.

—Él tiene razón —Mary clamó, seguida de otros más.

El pueblo comenzó a hablar nuevamente, esta vez con sonrisas confiadas en sus caras. Mary se acercó al joven que no dijo nada más después de eso y observó su trabajo, luciendo satisfecho.

—Conoces al zafiro real, aunque nunca te he visto por aquí —Le dijo, ofreciéndole una manzana.

—Tuve la suerte de cruzar caminos con él. Estoy aquí para servir en su casa.

—¿Cuál es tu nombre, forastero?

El hombre le guiñó un ojo y dio un mordisco a la fruta, su sonrisa fue avasalladora.

—Próximamente podrás llamarme Sir Gwaine.