Princesa II

La favorita de las joyas fue, sin lugar a dudas, la princesa Elena de Gawant.

Era torpe, con una libertad de expresión cuestionable, poco decorosa y brillaba como un rayo de sol en la mañana. Llegó junto a su padre, el rey Godwyn —quien había sido un gran amigo del padre de Arthur—, y Grunhilda, su desaliñada nana.

Elena rió nerviosamente cuando las joyas se inclinaron ante ella y aceptó que la acompañaran a sus habitaciones, su andar saltarín y gracioso. Godwyn felicitó y dio consuelo a Arthur mientras ella exploraba, y le relató sus aventuras con el rey Uther en los años que ambos eran príncipes herederos.

Para ser una princesa, Elena detestaba usar vestidos e Isolde encontró en ella una amiga que la entendía a la perfección. Demostró ser una experta jinete y venció a Arthur en una carrera.

Al principio, a Vivian no le caía del todo bien, pero Elena supo ganársela, alabando su belleza y pidiéndole consejos, a ella y a Gwen; juntas lograron domar su cabello desastroso.

Una mañana tuvieron un picnic en el bosque, donde todos rieron de sus bromas y torpezas. Sefa la adoró, porque cuando tropezó, Elena le dijo que a ella le sucedía muy seguido en las reuniones dónde tenía que utilizar zapatos. Freya, Merlín y Daegal se sentaron con ella a comer manzanas en las almenas cada atardecer.

La semana que ella permaneció en Camelot fue la mejor y más divertida que habían tenido en mucho tiempo y, cuando llegó el día de marcharse, casi todo el castillo acudió a la ciudadela para despedirles.

Arthur notó las miradas tristes de sus joyas y sonrió, porque Elena sería una reina poco convencional pero grandiosa.

—Ella es demasiado buena para ti, señor —Dijo entonces Gwen.

Y todas las joyas asintieron.