Princesa
La princesa Mithian de Nemeth llegó montando un corcel tan blanco como la nieve, un velo cubriendo su rostro. Su padre, el rey Rodor, la ayudó a descender sujetando su mano enguantada. Mithian venía de un reino frío y lo obviaba el mullido abrigo blanco sobre sus hombros. El velo se retiró, dejando a la vista un rostro fino y amable.
Ella caminó con gran equilibrio y gracia, un contraste notorio con la última princesa que les había visitado. Arthur se inclinó ante ella y besó su mano, luego se volvió para presentar a sus joyas, quienes mostraron gran respeto.
Mithian les agradeció el gesto y les imitó, inclinándose con humildad. Sorprendidos, Arthur y las joyas les invitaron a pasar.
Desde ese primer encuentro, supieron que ella era diferente.
Mithian era segura y elocuente, capaz de manejar cualquier tema durante la cena. Nunca pareció nerviosa, ni menospreció a ninguna joya, en cambio, les trató como sus iguales.
Ella parecía perfecta para Arthur, sabía muchísimo sobre política y estrategia, era vivaz y fuerte. Incluso amaba la caza.
Merlín, quien no era adepto a dicha actividad, se mantuvo alejado con Freya ese día y, después todos los demás. Preocupada, Mithian le abordó en un pasillo para preguntarle porque parecía no agradarle. Merlín no supo explicar porqué, pero pensar que Arthur pasaría sus días junto a esa chica le causaba una gran inquietud. Ella volvió su más grande objetivo hacerle ver que era su amiga.
La noche antes de marcharse Mithian quiso pasar la noche con las joyas. Sus dedos colocaron su propia corona en la cabeza de Gwen y le dijo que ella sería una reina preciosa. Hablaron durante horas, de planes de visita a Nemeth, dónde les aseguró que siempre serían bienvenidos.
Era tarde y los demás dormían cuando ella se deslizó al lado del zafiro.
—Sé hay razones por las ue no te agrado —Le dijo en un susurro, sus ojos comprensivos brillando a luz de la última vela—. Pero jamás haría algo para dañarte, a ti y a tu familia.
—Lo sé —Él aceptó, confundido—. Pero me agradas, princesa. Serás una gran gobernante.
—No me basta con ser una buena gobernante —Ella le confió, apretándose cerca de él sin llegar a tocarle—. Quiero ser amada, Merlín. Abandonaría mi propio reino por alguien que me ame como Arthur les ama. Es por eso que él no es para mí, porque su corazón ya ha sido tomado. Se lo he dicho a Arthur, pero quería que lo supieras.
Merlín le miró, asombrado por la pasión en sus palabras.
—¿Por qué?
Mithian sonrió, dulce y misteriosa. —¿Por qué no? —Dijo.
Ella se marchó con la primera luz, moviendo su mano con alegría. El misterio de su decisión acompañó a Merlín por muchos días.
Al final, Arthur no escogió a ninguna de las princesas entrevistadas y todos supieron que la próxima reina sería una de sus tan amadas joyas.
Nadie podía decir estaba decepcionado.
