Libros
—¿De dónde salen todos esos libros que siempre cargas?
Merlín levanta la mirada del polvoso ejemplar de ese día y mira a su rey, que le ha pillado sentado a medio pasillo, su espalda bajo una ventana por la que entra la luz del sol de la tarde. Supone que es una duda razonable, ya que siempre está con la nariz metida en uno, en lugares muy extraños si se pone a pensar.
Bueno, no es su culpa tener tanto tiempo libre. Le habían dicho que ser una joya sería demandante, pero lleva varios meses en Camelot y sus tareas aún no son tan complicadas más allá de salvar el trasero del idiota parado frente a él. Los libros son las herramientas que Merlín está usando para protegerlo.
—Ya sabes, de aquel lugar, mi señor.
Las cejas de Arthur se elevan con interés, sus ojos grandes y curiosos como los de un cachorro al que le han enseñado una vara.
—¿Lugar? ¿Qué lugar?
—Oh, ya sabes, ese lugar… No me sorprende que no hayas oído hablar de él, hay cosas muy interesantes.
Arthur frunce el ceño intrigado, seguramente pensando que no puede existir un lugar que no conozca en su palacio. Merlín encuentra esto un poco adorable.
—Un lugar mágico en verdad, con muchos pergaminos y libros…
—Merlín.
Una sonrisa baila en sus labios y vuelve a su libro para que el rey no la vea.
—Ya sabes, le llaman biblioteca.
El bufido de Arthur no suena tan digno como debería.
—Idiota.
