Disclaimer: South Park es propiedad de Trey Parker y Matt Stone.
Notas sobre esta versión:
Antes que nada, tengo que pedir una disculpa por cualquier inconveniente que la desaparición de esta historia de este sitio unos años atrás pueda haber ocasionado.
Quienes nunca leyeron esa versión, algo de contexto: Hace algunos años, entre 2015 y 2016, había estado posteando una versión de esta historia en este sitio en otra cuenta. Por ciertos desacuerdos con un usuario de esta página, tomé la decisión abandonar esa cuenta y borrar todas las historias en ella.
Esto cambió alrededor de un año atrás. A petición de una lectora, comencé a publicar la historia en Wattpad y a escribir nuevos capítulos cambiando el final original. Esta es la versión corregida. La historia es en sí la misma, limitándose lo cambios a una revisión ortográfica y un poco de corrección de estilo –en la medida de mis capacidades en ese rubro–, así que en realidad no es necesario volver a leer todo para entender los nuevos capítulos que eventualmente se publicarán aquí.
De nuevo disculpas por la desaparición de esta historia en el pasado, y espero que disfruten de mis divagaciones.
Dedicatoria
Esta historia se ha vuelto una especie de In Memoriam. La comencé a escribir como una forma de hacer un fanfiction de las Crónicas Vampíricas de Anne Rice, en una época en la que ella no permitía el fanfiction de sus personajes. Aun así, como escritor, ella siempre ha sido una de mis grandes influencias. El primer libro «serio» que leí fue uno suyo hace más de quince años. El maravilloso Lestat el Vampiro, que pienso todos deben leer si les gustan estos temas. Ella falleció hace un mes –al momento de postear esto–, en diciembre de 2021. No puedo dejar de agradecerle por todo. Aunque sus últimos libros no me hayan gustado tanto como los primeros, la trilogía original de sus Crónicas (Entrevista con el Vampiro, Lestat el Vampiro y La reina de Los Condenados) siempre serán mi inspiración más grande al escribir historias como esta.
Descanse en paz, maestra de los vampiros. Gracias por todo.
«Desde mi lecho de piedra, he tenido sueños sobre el mundo mortal de ahí arriba. He oído sus voces, sus nuevas músicas como canciones de cuna acompañándome en mi tumba. He imaginado sus fantásticos descubrimientos y he conocido su valentía en lo más recóndito de mi mente. Y, aunque ese mundo me excluye con sus formas deslumbrantes, añoro la existencia de alguien con la fuerza suficiente como para deambular por él sin miedo, para recorrer la Senda del Diablo en su propio seno.»
—Allesandra
«[…]Intenta verme como el ser maléfico que soy. Recorro el mundo al acecho con mi disfraz de mortal y soy el peor de los enemigos, el monstruo que tiene el mismo aspecto que cualquier hombre corriente. […]
¿Por qué debería la Muerte acechar siempre en las sombras? ¿Por qué debería la Muerte aguardar al otro lado de la verja? No existe alcoba o salón de baile en los que no pueda entrar. Soy la Muerte junto al fuego del hogar, la Muerte de puntillas por el corredor, eso es lo que soy. Háblame de los Dones Oscuros, pues los estoy utilizando. Soy el Caballero de la Muerte vestido con sedas y encajes, llegado a apagar las velas. Soy el cancro en el seno de la rosa.
No hay rincón donde puedan ocultarse de mí esos hombres descreídos e ineptos […]. No existe ninguna cerradura que pueda impedirme el paso.»
—Lestat de Lioncourt
(Lestat el Vampiro, Anne Rice)
La sangre de Los Condenados
Capítulo uno
Kyle Broflovski pasó su mano por sus rizos pelirrojos, en clara actitud de exasperación. Sus ojos recorrieron de un lado a otro el texto frente a él, buscando cualquier contradicción, error o laguna en las declaraciones de la parte acusadora. Necesitaba algo que le sirviera para refutar las declaraciones en contra de su cliente, por mínimo que esto fuera. A solamente unos días del comienzo del juicio, tomaría cualquier cosa mientras pudiera serle de utilidad para fortalecer una defensa, la cual, al momento, era casi inexistente.
La señora Havisham reclamaba daños y perjuicios en contra de su hija, supuestamente cometidos por el joven Phillip Pirrup. Como es de esperarse, el joven Pirrup negaba fervientemente las acusaciones. Kyle le creía, y no solo porque fuera su cliente, sino porque Phillip era una de esas personas a las que al verla uno sabe al instante que nunca haría un acto como aquel. De hecho, el joven Phillip apenas si podía recordar algo sobre la chica rubia, salvo el haberla conocido en un bar del centro de Denver. Al parecer, la tal Estella echó algo en su bebida, la explicación más lógica; pero, a esas alturas, casi imposible de probar.
Si no podían demostrar que todo era una trampa para obtener dinero a costa de una demanda por abuso sexual, entonces estaban hundidos. El argumento de la defensa en contra de los demandantes hasta ahora se basaba simplemente en la palabra de su defendido, la cual en un caso como aquel tenía poco peso en la corte. En ese tipo de situaciones se solía prestar más atención a los acusadores –por el trauma de la supuesta violación– que, al acusado, más aún en una época de cacería de brujas con respecto a temas de acoso y abuso sexual. Por más que Phillip Pirrup fuera un perfecto caballero, y una persona demasiado inocente e ingenua como para siquiera pensar en robar un beso sin sentirse culpable.
Levantó la mirada para ver la hora en el reloj de pared de su oficina –un hermoso reloj cucú con forma de búho que su padre le había obsequiado el día en que se tituló–. Ya eran las diez y quince de la noche. Se suponía que debía de haber llegado a casa hacía más de cuatro horas. Bueno, le restó importancia al hecho, dado que vivía solo en un piso de Denver, daba igual si llegaba a casa a las seis de la tarde o a las tres de la madrugada.
Tampoco es que buscara activamente una relación o alguien con quien compartir su vida. Casi desde que se graduó, su existencia se había enfocado exclusivamente en el trabajo. Incluso en la actualidad, casi no veía a sus amigos de la infancia, Stan Marsh y Butters Scotch. Tenía veintiocho años y medio, es decir, casi treinta y cada día se hacía más a la idea de que no iba a encontrar nunca a la persona adecuada para él. Para agregar más presión, su madre no se cansaba de insistir en que el tiempo se le iba y debía encontrar pronto a una buena chica judía con la cual hacer su vida. Sin duda, de haberle tocado vivir en otra época, su madre ya habría negociado su contrato matrimonial a cambio de algunos animales de granja.
Esa última idea, más que hacerle gracia, le ocasionó un escalofrío. Estaba más que seguro de que si para su próximo cumpleaños no se presentaba en casa de sus padres con una hermosa y agradable chica judía de Denver, su madre comenzaría a mover cielo y tierra para arreglar un matrimonio lo antes posible, como si fuera el siglo XV.
Tras reprimir el octavo bostezo en una hora, se estiró para desperezarse y luego decidió que era momento de ir a la pequeña cocina del despacho a rellenar la taza de café. La noche sería larga, por lo que podía intuir.
Todavía tenía que revisar doce documentos más, la mayoría de ellos llenos de declaraciones de testigos que estaban tan ebrios que poco o nada podían aportar para la defensa. Algo apremiante, tomando en cuenta que restaban solamente tres días para que el juicio comenzara. Más aún si quería reunirse con el cliente para discutir los detalles antes de que comenzara todo el circo.
Accionó la cafetera, mientras buscaba en el refrigerador, a ver si de casualidad quedaba alguno de esos pastelillos rellenos que una de las secretarías compró para el café de la tarde. No encontró uno de esos, pero sí un trozo de pastel de chocolate –sin azúcar– al fondo de la nevera. Según la nota pegada al empaque, le pertenecía a Craig. No le importó y lo tomó. Cualquier cosa que le ayudara a paliar el hambre, ya que estaba claro que estaría allí al menos hasta la medianoche, era bienvenida.
—¿Kahl?
Casi dejó caer el pastel por el susto. No esperaba que nadie más estuviera allí a esa hora. Se giró con un movimiento rígido y se encontró con la figura de Eric Cartman de pie en el marco de la puerta. Suspiró con alivio.
—Oh, Eric, eres tú. ¡Me asustaste! —Dejó el pastel sobre la mesa del centro y luego fue a revisar si su café estaba listo—. No creí que hubiera nadie aquí a esa hora.
—No debería, ya es muy tarde —estuvo de acuerdo Cartman.
Kyle se limitó a asentir con la cabeza de forma distraída, mientras llenaba su taza. Cuando terminó, dio media vuelta para ver a su socio. Hacía un tiempo que no se encontraba en persona con Eric Cartman. Estaba mucho más delgado de lo que recordaba y su piel tenía un aspecto extraño, como si hubiera perdido algo de su color natural. Asumió que se debía a su enfermedad y al hecho de que últimamente parecía que las cosas no iban muy bien para él.
Fue en ese momento que Kyle cayó en cuenta de que no había visto a Eric Cartman desde que se marchara a esas vacaciones por Europa, un año atrás, con su entonces prometida. Salvo por aquella junta a la que llamó con los socios y más importantes abogados del despacho, una semana después de regresar. Solamente que en ese entonces había sido durante la noche, a eso de las nueve, a luz baja y con las persianas de los ventanales bajadas.
Según les explicó Eric, había sufrido una enfermedad en Europa y tenía cierta sensibilidad a la luz que le impedía trabajar más durante el día. Era uno de los abogados principales, pues había heredado la mitad del despacho de su tío, por lo que llegó a un acuerdo: trabajaría en casos de clientes valiosos durante algunas noches, pero no en los tribunales. Dada su afección, alguien más tendría que hacerse cargo de eso.
—Bueno, es verdad que se me hizo tarde —admitió Kyle, quien de pronto comenzó a sentirse nervioso sin razón aparente—. Tenía que revisar los papeles del caso Pirrup, de hecho, aún tengo que terminar eso.
—¿Caso Pirrup? —preguntó Eric arqueando una ceja.
—¡Oh, cierto! No lo sabes. Es un caso muy importante. Una querella por un supuesto abuso sexual. Típicas oportunistas que buscan chupar dinero.
Cartman hizo un gesto extraño con la mano ante lo último.
—¿Estás bien? —preguntó Kyle, preocupado.
—Sí, no te preocupes. Podrías llevarte los papeles a casa —le sugirió—. No es necesario que estés tan tarde aquí. Creo recordar que desde hace un par de meses ya eres socio.
Kyle asintió afirmativamente, luego aclaró:
—No me gusta llevar el trabajo a casa. Me distraigo mucho allá.
Cartman parecía estar a punto de replicar, pero entonces un ruido en la lejanía llamó la atención de ambos.
—¿Se habrá quedado alguien más? —preguntó Kyle, más para sí mismo.
Cartman, mientras tanto, se había girado para ver hacia el pasillo que conectaba la pequeña cocina con la recepción del despacho. Parecía estar tratando de escuchar algo a la lejanía.
—Pienso que lo mejor será que tomes esos documentos y te los lleves a casa. Hazme caso, Kahl.
—¡Ya te lo dije…! —Kyle se interrumpió al escuchar otro ruido. Esta vez se escuchó claramente como una de las ventanas se cerraba con fuerza.
Kyle entrecerró los ojos y caminó en dirección a la puerta.
—Me parece que alguien trata de entrar —dijo—. Será mejor llamar a la policía.
Comenzó a deslizar su mano hacia el cinturón donde tenía la funda del celular, pero casi al instante, la mano de Cartman lo detuvo tomándolo por la muñeca. Se sentía tan fría como un trozo de hielo, haciendo que el pelirrojo no pudiera reprimir un escalofrío ante ese tacto. Además, podía notar una fuerza descomunal. Si Cartman apretaba su agarre, seguramente le destrozaría los huesos. Esto no hizo más que ponerlo más a la defensiva.
—No es necesario —dijo Cartman tajante—. Únicamente vete a casa, Kahl.
El pelirrojo entrecerró los ojos.
—Espero que no tengas nada que ver con esto —reclamó con tono acusador—. ¿Crees que ya he olvidado todos aquellos planes enrevesados que tenías cuando éramos niños?
Cartman lo soltó.
Se notaba que Eric quería decir algo más, aunque no tuvo tiempo. Justo en ese momento, Kyle sintió un escalofrío y la clara sensación de que alguien se acercaba por detrás de él.
—Pelirrojo y apetitoso —susurró una voz en su oído.
Se giró rápidamente. La persona no estaba junto a él –aunque juraba que la había sentido a su espalda e incluso pudo sentir su aliento al hablar en su oreja–, sino recargado en el refrigerador al otro lado de la habitación. Era un chico rubio y joven, de una edad aparente entre los dieciocho y los veinte años. Le miraba fijamente, con una media sonrisa dibujada en su rostro, que al pelirrojo le pareció presuntuosa. Kyle notó que su piel tenía un aspecto similar a la de Cartman. Aunque, lo que más llamaba la atención, era su ropa medio pasada de moda. Llevaba una chaqueta o abrigo de un estilo posiblemente de más de cien años atrás.
—¿Quién eres tú? —preguntó Kyle con el ceño fruncido.
—Kenny —respondió el rubio sin perder la sonrisa del rostro.
—Kahl, vete a casa —insistió Cartman mientras se movía para quedar de pie entre ambos, de tal forma que parecía querer defender a Kyle de ese hombre.
—No, Eric —dijo Kenny, ensanchando su sonrisa—. Deja que se quede. La noche recién comienza. Tal vez pueda ser el invitado de honor a la cena de esta noche.
Kyle estaba a punto de exigir que le aclararan qué estaba pasando allí. No le agradaba para nada la presencia de ese tipo. De hecho, le producía escalofríos. La voz de Cartman le impidió hacer cualquier comentario:
—¡Basta, McCormick! —bramó Cartman con una voz muy potente—. Kyle tiene que irse. Seguro tiene un caso muy importante que atender mañana. Necesita ir a descansar.
—No, de hecho, no —replicó Kenny—. No tiene un caso hasta dentro de tres días. Aunque parece ser que mañana si tiene una junta con un lindo rubio. Será una pena, tendrá que plantarlo.
La furia de Kyle aumentó ante esas palabras.
—¿Cómo es que sabe eso? —preguntó, mientras apretaba los dientes—. ¿Ha estado husmeando en mi oficina?
El rubio soltó una pequeña carcajada.
—Carácter explosivo, me gusta —dijo, al parecer más para sí mismo.
Comenzó a pasear la mirada sobre Kyle, de arriba abajo, en una actitud que por instantes parecía lasciva, antes de finalmente responder a su pregunta:
—No, Pelirrojo, no necesito husmear en tu agenda para saber esas cosas.
En el instante que comenzó a caminar hacia él, ignorando por completo a Cartman cuando intentó volver a interponerse entre ambos, Kyle se paralizó. De pronto se sentía como si fuera un ratón frente a una serpiente que se preparaba para devorarlo.
—Buena analogía —dijo el rubio, y Kyle tuvo la impresión de que acababa de leerlo en su mente.
—¡Basta! —La voz de Cartman sonó incluso más amenazante que antes, sacando a Kyle de su aparente trance.
Kenny se detuvo y le envió a Cartman una mirada dura que al parecer era de advertencia.
—No arruines la diversión, Eric —dijo con voz fría.
Cartman retrocedió un paso, y luego, tras respirar profundamente, le habló a Kyle:
—Kyle, mejor te vas de una buena vez.
—¡Bah! Como si eso le sirviera de algo —dijo Kenny restando importancia a las palabras de Cartman—. Sé dónde vive: solo en un departamento del centro. ¿Cuánto crees que me tome llegar hasta allá y hacer lo que me plazca con este lindo Pelirrojo?
Cartman comenzó a temblar de ira, de la misma manera en que lo hacía cuando eran niños cada vez que alguien se metía con su sobrepeso de la infancia.
—No lo harás —dijo en un tono cortante.
—¿Quién va a detenerme?, ¿tú? —Soltó una pequeña carcajada, la cual envió escalofríos por la espalda de sus oyentes. Luego, poniéndose serio, agregó—: Soy mucho más fuerte que tú, Eric, y lo sabes muy bien. ¿Quién te abrazó, neonato ingrato?
Kyle vio a Cartman cerrar los ojos en un gesto entre la resignación y la furia contenida. No terminaba de entender qué estaba pasando allí exactamente. ¿Cómo podía ese chico ser más fuerte que Cartman? El rubio era más bajo y delgado, parecía casi imposible que ganara contra alguien más grande y robusto que él. A pesar de haber perdido mucho peso, Cartman no era precisamente escuálido, sin añadir el hecho de que fue campeón de lucha grecorromana en la universidad.
—Kyle es uno de los empleados de mi despacho… No, es uno de mis socios —dijo Cartman con voz calmada, aunque dejando entrever una vaga amenaza en sus palabras—. No te permito tocarlo. Es más, tienes prohibido tocar a cualquiera que trabaje aquí. ¡Me pondrás en peligro!
Kenny sonrió con sorna y la confusión de Kyle no hizo más que crecer. Era más que obvio que algo muy serio estaba pasando entre ambos.
—En ese caso, finge tu muerte —dijo Kenny tranquilamente, como si hablara de un tema trivial—. Sé que a los neófitos les gusta aferrarse a su vida mortal. No pueden. Tarde o temprano sospecharán, tarde o temprano deberás dejar todo atrás. A tu madre, a esa linda noviecita tuya…, ¿cómo se llama? ¡Ah, sí! Patty. Tal vez debamos invitarla a cenar alguna vez.
Cartman apretó los puños, aún más furioso ante esa clara amenaza.
—Ahora, si me disculpas, tengo sed —comentó Kenny.
El rubio siguió avanzando hacia ellos. Kyle volvió a paralizarse mientras toda su confusión se transformaba en horror puro. Notó que Cartman volvió a hacer amago de detener al rubio, sin embargo, él lo empujó a un lado como si fuera un muñeco de trapo, provocando que chocara contra el muro. Se quedó allí, al parecer congelado, sin poder hacer nada más que mirar cómo Kenny avanzaba hacia Kyle con los movimientos hipnóticos de un depredador.
Kenny llegó hasta dónde estaba Kyle. Lo miró fijamente. Su mano izquierda se posicionó en el hombro derecho del pelirrojo, mientras con la derecha le acariciaba la mejilla. Su piel era tan fría como la de Cartman. La mano se detuvo en el mentón, obligando a Kyle a levantar la cabeza. Se relamió los labios, mientras Kyle podía sentir como su corazón comenzaba a latir en su garganta a causa del pánico paralizante que lo inundaba. Aquel rostro, blanco y terso, se acercó al suyo, hasta que pudo sentir su aliento cálido en la piel, como si fuera a besarlo.
El beso no llegó a sus labios. El rostro se desvió en dirección a su cuello. Sintió los labios carnosos rozando la piel, y no pudo reprimir un estremecimiento que lo atravesó como si le hubieran arrojado una cubeta de agua fría en pleno invierno. Notó que sus manos estaban al frente, habiéndose posicionado por instinto en el pecho de aquel rubio, tratando de empujarlo. No podía: era como tratar de mover una pared. Los labios en su cuello se abrieron y entonces estalló un dolor lacerante, como el pinchazo de dos gruesos alfileres o agujas.
Gimió por el dolor mientras su vista se nublaba. ¡El rubio estaba chupándole la sangre a través de la mordida en su cuello! Se sintió débil. Le pareció ver que Cartman se removía incómodo en su lugar junto al muro, al tiempo que su rostro se movía en un rictus como si estuviera gritando, algo que no pudo escuchar. En ese instante, todos sus sentidos parecían poder concentrarse únicamente en una cosa: la boca del joven rubio prendida a su cuello y la debilidad cada vez mayor mientras su vida era casi literalmente sorbida fuera de su cuerpo.
Cerró los ojos. Su corazón se había transformado en un potente tambor en sus oídos. Podía sentir como sus fuerzas desaparecían y el peso de su cuerpo ahora era únicamente sostenido por los brazos del vampiro… Sí, un vampiro, ¿qué más podía ser aquel joven rubio?
Estaba muriendo, podía sentirlo.
Hasta ese momento, Kyle pensó que cuando la gente hablaba de la vida pasando frente a los ojos del moribundo, se hacía únicamente de manera poética. Un recurso literario, vamos.
No era así. Allí estaba su vida frente a él: la niñez en casa de sus padres y los juegos con su hermano menor, Ike, y con su mejor amigo, Stan. Las travesuras en la clase del señor Garrison durante la primaria y, más tarde, las fiestas de la secundaria; e incluso su corto romance con Rebecca Cotswolds, el cual terminó abruptamente por la presión de su madre, pues, aunque ella era una jovencita inteligente y educada, no era una buena chica judía. A eso siguieron los días frenéticos de la universidad y, finalmente, la monotonía de su vida adulta, atareada con su ir y venir entre el despacho y las cortes.
Ahora, todo eso se iba, la oscuridad de la muerte se lo llevaba. Toda su vida se estaba esfumando junto con los latidos de su corazón, cada vez más débiles. Nunca se casaría ni tendría hijos…, nada.
«¡No!», rugió su mente. «¡No me dejaré vencer aquí! ¡No voy a morir!».
La oscuridad se disipó.
Abrió los ojos.
Al parecer Cartman consiguió apartar al rubio de él y ahora discutían algo. El rubio, con la sangre aun escurriendo por la comisura de sus labios, tenía la mirada fija en él. Kyle estaba desplomado en el suelo, también con la mirada fija en el otro.
—¡Con un carajo! ¡Te dije que no lo hicieras! —gritó Cartman—. ¿Ahora qué voy a hacer?
Tomó el celular y comenzó a llamar al 911.
—Ni lo intentes, Eric —lo detuvo Kenny—. Es tarde. No llegarán a tiempo. Uno o dos minutos, tal vez, es todo lo que le queda.
Kenny volvió a empujar a Cartman a un lado, y se arrodilló junto a Kyle, quien se negaba a dejar que la oscuridad de la muerte lo reclamara.
—Pero mira esos ojos. Escucha ese latido. Se niega a entregar la batalla. ¡Es inspirador!
—¡Carajo! ¡Deja de decir tonterías! —le espetó Cartman cada vez más cabreado.
Kenny lo ignoró, más ocupado en observar al pelirrojo, mientras se arremangaba la manga de la chaqueta, dejando al descubierto su antebrazo derecho. Se detuvo, como si de pronto estuviera considerando mejor lo que iba a hacer, y entonces alzó la mirada en dirección a Cartman:
—¿Lo hago yo o lo haces tú?
Cartman le miró con horror.
—¡No jodas! ¡No dejaré que le hagas eso a Kahl!
—Entonces, ¿lo dejó morir? —preguntó con burla—. ¿No decías que te metería en problemas? Además, míralo, es tan fuerte. No había visto tal pelea contra la muerte en mucho tiempo.
Eric Cartman bajó los brazos, derrotado. No había nada que pudiera hacer o decir. Kenny estaba decidido a arrastrar al pelirrojo a su mundo de tinieblas, igual que lo estuvo con él en Londres.
Observó cómo Kenny levantaba a Kyle para ir a sentarse a un sillón cercano, junto a la mesa dónde las secretarías tomaban el café de la tarde. Era una especie de remembranza retorcida de La piedad del Vaticano de Miguel Ángel, con Kyle en los brazos del rubio como si fuera Jesús.
—Vas a morir, Kyle —susurró—. Y ni Dios ni el demonio vendrán a ayudarte.
Levantó su muñeca derecha y perforó un corte con sus colmillos. La sangre manó de la cortada manchando su manga y la camisa verde de Kyle. Algunas gotas cayeron cerca de los labios agrietados y entreabiertos del pelirrojo.
—Yo puedo ayudarte a vencer a la muerte —continuó hablando Kenny—. Pero debes responderme: ¿quieres vivir o te dejo morir?
Los labios de Kyle se abrieron y cerraron como los de un pez. No salió sonido alguno de ellos. Su vista comenzaba a nublarse de nuevo. La muerte se sentía como un agujero negro que tiraba de él, cada vez con más fuerza e insistencia.
—No te escucho…
La mano de Kyle se aferró al brazo de Kenny, con más fuerza de la que debería ser capaz en esos momentos. Sus labios se movieron de nuevo. La respuesta fue un sonido tan bajo, que para los humanos habría sido casi inaudible:
—Por favor.
Kenny sonrió. La muñeca sangrante se pegó contra la boca reseca del pelirrojo. Y Kyle bebió.
