Disclaimer: South Park es propiedad de Trey Parker y Matt Stone.


Capítulo 2


La sangre se deslizó por la garganta de Kyle. Era como beber el tónico o la poción de un alquimista. Conforme esa sangre se movía por su interior, las células que comenzaron a morir por falta de oxígeno, fueron reanimadas por un poder de origen desconocido, sobrenatural, inyectando fuerza al cuerpo al que comenzaba a pegarse como un parásito.

Esta nueva fuerza y vitalidad –si se puede llamar así– proporcionadas por la sangre, hicieron que Kyle se aferrara más a la muñeca de Kenny. Sus dientes se enterraron profundamente en la piel, abriendo más la herida que ya comenzaba a cicatrizar, e incrementando el flujo de aquel espeso y maravilloso líquido metálico que manaba desde las venas.

En el rostro de Kenny se dibujó una mueca de dolor, mientras sentía como la sangre que había tomado de Kyle unos momentos atrás le era arrebatada y «devuelta» al hombre frente a él. El pelirrojo succionó la sangre con la desesperación de un bebé hambriento mamando leche de su madre. Sus ojos estaban en blanco mientras la sangre maldita corría en su interior obrando su hechizo maligno: manteniendo el trance, forzándolo a beber.

La sangre que Kenny le había succionado unos minutos atrás, ahora estaba siendo regresada al cuerpo de Kyle mezclada con la del vampiro, inundando sus venas y modificaba las células de manera lenta y segura. Cuando la sangre llegó al cerebro, la mente de Kyle se llenó de las imágenes de otros recuerdos, como cuando creía estaba muriendo, solamente que esta vez no se trataban de sus propias memorias.

Vio una cabaña en medio de la nieve. Había una niña delgada y desnutrida de cabellos castaños recostada en un improvisado lecho de paja. Junto a ella había un chico en igual estado de salud, quien sostenía su mano mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. La niña cerró los ojos, sonriendo a pesar de todo. ¿Estaba muriendo? Algo le decía que así era. Estaba presenciando los últimos momentos de una niña pequeña y dulce.

Fue arrebatado de la visión, como si alguien hubiera tirado de él devuelta a la realidad. De pronto se encontró de nuevo con el techo de la pequeña cocina del despacho en el que trabajaba. Mientras sus sentidos parecían volver en sí, todo cobró una nitidez extraña, como si la resolución del mundo hubiera cambiado. Los ojos azules de Kenny le miraban con una mezcla de curiosidad y expectación. Miró la muñeca de Kenny, la sangre que la manchaba había desaparecido, absorbida de nuevo por los poros de la piel del vampiro. La herida se había cerrado y ahora solamente quedaba una marca blanca, la cual lentamente se desvanecía.

Kenny se puso de pie, con Kyle aún en sus brazos, para posteriormente recostarlo en el sillón.

—Está hecho —dijo el rubio con satisfacción apenas contenida.

—¡Hijo de puta! —resopló Cartman.

El rubio soltó una carcajada.

Caminó en dirección a la mesa dónde Kyle, momentos atrás, había dejado el pastel de chocolate. Lo tomó y luego caminó hasta un bote de basura cercano, lo arrojó allí con todo y plato. Luego, apagó la cafetera.

—Ya no necesitará eso —dijo con burla.

Cartman se acercó al sillón y contempló a Kyle. El pelirrojo tenía la mirada fija en el techo. Cartman soltó un suspiro. Podía notar como lentamente la sangre maldita de Kenny comenzaba transformar el cuerpo de Kyle. La piel tomaba un color cetrino y las venas oscurecidas resaltaban un poco contra ella. Para un mortal, dichos cambios serían casi imperceptibles. Quizá notaran un poco de palidez, pero eso sería todo. Seguramente sus dientes comenzaban a afilarse y sus colmillos debían estar cambiando a unos más largos, afilados y retráctiles.

—Lo siento, Kahl —murmuró, mientras volvía a ver a Kenny de nuevo.

El rubio se había acercado a la ventana y tenía la mirada perdida en algún punto de la calle allá abajo.

—Necesito una buena presa —dijo—. Ahora estoy hambriento de nuevo.

Cartman le miró con furia apenas contenida.

Kenny se volvió hacia él, con la ceja arqueada y una sonrisa burlona en los labios.

—También te ves hambriento —dijo—. ¿Hace cuánto no vas de cacería?

Antes de que Cartman pudiera responder, ambos se volvieron al escuchar que Kyle soltaba un grito ahogado y ahora comenzaba a retorcerse en el sillón, como si le estuvieran dando choques eléctricos.

—¡No seas tan dramático, Pelirrojo! Solo es tu cuerpo muriendo.

Hubo un momento incómodo de silencio, mientras Kyle continuaba retorciéndose. Cartman apartó la vista de él y volvió a centrarla en el otro vampiro:

—¿Por qué le hiciste eso a Kyle?

Kenny devolvió la mirada a Cartman. Los ojos azules se encontraron con los cafés, midiéndose mutuamente.

—Curiosidad. —Se encogió de hombros.

Cartman gruñó.

—Nada contigo es tan simple, McCormick. Me acechaste y jugaste conmigo durante dos semanas antes de… —Apretó los puños nuevamente.

La sonrisa burlona en el rostro de Kenny se ensanchó.

—¿Celoso? ¿Tienes miedo que le preste más atención al lindo Pelirrojo que a ti?

En un movimiento rápido, Kenny se posicionó detrás de Cartman, abrazándolo por la espalda mientras susurraba a su oído:

—No te preocupes, Eric, como dicen los mortales de esta época: dónde caben dos, caben tres.

Depositó un suave beso en su cuello antes de soltarlo.

Cartman trastabilló un poco al alejarse y estuvo a punto de caer. Sin embargo, sus reflejos aumentados le permitieron recuperarse de inmediato. Se giró y trató de asentar un golpe a Kenny con el puño cerrado, pero el rubio ya se había alejado de él y ahora lo contemplaba con actitud burlesca desde una de las sillas del pequeño comedor de los empleados.

—Cabrón —susurró Cartman con molestia.

—De verdad estás mal, Eric. Te mueves muy lento. Yo diría que no has bebido nada en al menos tres días. Que descuidado. ¿Quieres que se repita lo de la granja en Surrey?

Eso aumentó aún más la ira de Eric Cartman. No le agradaba que le recordara eso. Todavía sentía que nunca podría sacar de su cabeza los gritos de aquellos niños, el olor de la sangre inocente derramada y manchando sus propias manos.

Kenny parecía dispuesto a agregar algo más, sin embargo, algo lo distrajo.

Kyle soltó otro grito de agonía. Luego, se quedó quieto con un brazo colgando del sillón y el otro sobre su pecho, el cual se movía suavemente al compás de su respiración. El cabello le había crecido un poco. Sus rizos curvos se habían alisado y ahora únicamente las puntas estaban enroscadas.

Kenny se acercó para verlo mejor. Notó el camino dejado por las lágrimas de dolor en sus mejillas. Lágrimas mezcladas con sangre.

El rubio le tendió la mano.

—Vamos, Pelirrojo —dijo con dulzura—, tienes que ir al baño por última vez para deshacerte de esos molestos fluidos corporales.

El otro no se movió. Siguió allí tendido con la vista fija en el techo.

—Tal vez le destrozaste la mente —dijo Cartman, con los brazos cruzados.

Kenny se arrodilló junto al sillón. Comenzó a jugar con el cabello de Kyle, enredando y desenredando los mechones pelirrojos en los largos dedos de su mano derecha, mientras con la izquierda acariciaba la mano que Kyle tenía sobre el pecho.

—Vamos, pequeño Kyle, tienes que levantarte —susurró con voz suave—. Todavía hay muchas cosas que hacer y la noche es corta para los neonatos.

Finalmente, el pelirrojo reaccionó. Ladeó un poco la cabeza. Sus ojos verdes quedaron fijos en los del rubio.

—¿Qué me hiciste? —preguntó con voz ronca.

—Te devolví la vida —respondió Kenny—. No, de hecho, hice más que eso. Te arrebaté la absurda y efímera existencia de los mortales y a cambio te di una nueva y más excitante existencia. Una vida que puede llegar hasta el mismo fin de los tiempos. ¿No es eso lo que tanto anhelan los mortales? Puedes tenerlo todo, mi pequeño Kyle: inmortalidad, belleza, juventud, poder. ¿Qué puede haber mejor que eso?

—Y a cambio eres un monstruo condenado a segar otras vidas para mantenerte —masculló Cartman con furia reprimida.

Kenny se giró a verlo con el ceño fruncido.

—Por favor, Eric, arruinas mi discurso. Eso corta toda la emoción del ambiente.

—Para ti todo es un teatro.

Kenny sonrió.

—¿Alguna vez te conté que solía ser un cantante de ópera famoso? ¡Ah, mi voz de barítono se escuchó por toda Europa! Incluso una vez el mismo Giovanni Faustini* me felicito. Pude haber sido grande en la ópera. Y ahora soy esto. Supongo que fue un buen cambio de perspectiva.

—Por eso adoras el drama. Toda tu asquerosa existencia es como una obra de teatro inacabada.

—Una ópera, querido, una ópera.

Volvió a centrar su atención en el pelirrojo.

—Vamos, Kyle, ponte de pie. Ya has descansado suficiente. Te acompañaré al baño, a menos que quieras manchar ese sillón con excrementos, orines y cualquier otra cosa asquerosa que salga de tu lindo cuerpo.

Tomó las manos de Kyle y se levantó, obligando al pelirrojo a incorporarse. De inmediato, Kyle se dobló sobre sí mismo. De pronto se había sentido como si algo estuviera retorciendo sus entrañas.

—¿Ves? A eso es a lo que me refería —dijo Kenny con un falso tono de reproche—. ¡Al baño, ahora, antes de que empiece a apestar!

Kyle no se movió. Permaneció en el sillón con la cabeza entre sus piernas mientras se sujetaba el estómago con ambas manos.

Kenny se sentó y lo abrazó por los hombros obligándolo a levantarse.

—Solo resiste un poco, Kyle, pronto pasará. Lo prometo.

—¿Qué me hiciste? —volvió a preguntar Kyle en un gruñido.

Cartman se acercó también y ayudó a Kyle a levantarse.

Kahl, escúchame —le pidió, mientras le obligaba a verlo directamente a los ojos—: te explicaré todo, pero por ahora escucha a Kenny. Sé que es difícil, sé que sientes como si tus entrañas estuvieran siendo destrozadas, molidas. Es un dolor como ninguno que hayas experimentado hasta ahora. Solamente, por favor, escúchame: déjate, guiar. No luches, no cuestiones, ya habrá momento para eso después.

Kyle asintió lentamente.

Ambos llevaron al pelirrojo al baño más cercano.

Cartman se apresuró a desabrochar el cinturón de Kyle para bajar sus pantalones y la ropa interior. Lo sentó en el retrete. El pelirrojo seguía sosteniendo su estómago mientras apretaba los ojos en un gesto de dolor.

—Relájate —dijo Cartman en un susurro—. Deja que las cosas sigan su curso. El dolor terminará, Kyle, lo prometo.

El pelirrojo asintió lentamente y se relajó. Al instante sintió como su cuerpo expulsaba todo. Los excrementos, orines y otros fluidos corporales salieron de su organismo como una cascada. Al instante el dolor en sus entrañas se calmó. Echó la cabeza atrás, mientras un suspiro de alivio escapaba de sus labios.

—El cuerpo tiene que deshacerse de todo lo que ya no necesita —le explicó Kenny, mientras tomaba un rollo de papel higiénico. Cortó un pedazo y limpió el sudor sanguinolento del rostro de Kyle—. Ahora sentirás hambre. Toda la sangre que te di se ha consumido para comenzar a transformar tu cuerpo. Necesitas más sangre para terminar el proceso. Pero ya no puede ser la mía o la de Eric. Hay que ir a cazar. Una buena presa, jugosa, fresca, con todo el vino tinto necesario para terminar de pulir tu nueva existencia.

Se giró hacia Cartman, quien estaba recargado en el muro fuera del cubículo donde se encontraba Kyle. Kenny le entregó el rollo de papel a Kyle.

—Límpiate muy bien, Pelirrojo, hay que salir de cacería cuanto antes.

Cartman echó la cabeza hacia atrás, fijando sus ojos en la lámpara fluorescente del techo, estaba parpadeando. Pensó que sería bueno decírselo a los de mantenimiento cuanto antes, aunque de hecho no podía. Su turno comenzaba a una hora en la que él ya no debía estar en el despacho, recordó. Tal vez debía dejar una nota.

Kenny se recargó en el muro junto a él.

—¿Por qué lo hiciste?

—Ya te lo dije, Eric, curiosidad.

Cartman se giró mirándole con furia.

—Dime la verdad —exigió.

Kenny volvió a girar la mirada hacia Kyle. El pelirrojo tenía la mirada fija en la lámpara, nuevamente absortó del mundo que le rodeaba.

—¿No son tiernos cuando están recién nacidos? —preguntó Kenny—. Todo les distrae. ¡Ah, cuando ves por primera vez el mundo con tus ojos reanimados por la sangre es la sensación más fascinante de todas! Un niño que redescubre el mundo. No, alguien que por primera vez ve el mundo desde la perspectiva de un ser que ya no forma parte del mismo.

Cartman volvió a apretar los puños.

—¡Te diviertes, verdad, cabrón! —gritó.

Kyle salió de su contemplación de la lámpara y volvió a ver a Cartman con curiosidad.

Kenny sonrió con sorna.

—Te ves tan adorable cuando te enfadas —dijo, mientras revolvía el cabello de Cartman como si fuera un niño pequeño.

—Maldito cabrón —susurró.

Kenny volvió a centrar su atención en Kyle.

—Bien, Pelirrojo, arregla tu ropa. Debemos ir a cazar ahora.

—¿Cazar?

Kenny sonrió mientras caminaba hacia él. Lo levantó de su lugar en el retrete y lo obligó a verlo directo a los ojos.

—Somos depredadores, Kyle, y necesitamos ir en busca de unas presas jugosas para calmar nuestro apetito voraz.

—¿Qué vamos a cazar?

La sonrisa de Kenny se ensanchó. Acomodó algunos de los mechones de Kyle detrás de su oreja, y luego depositó un beso en su frente.

—Humanos —respondió con suavidad.

Los ojos de Kyle se abrieron con horror ante eso.

—¿Humanos?

—Sí, querido Kyle, humanos.

Se alejó de él una vez más para volver al lado de Cartman.

—¿Quieres saber por qué lo hice?

Cartman levantó la mirada.

—Fue un capricho, eso es todo. Algo que decidí justo en el momento que lo vi. Un hermoso pelirrojo a las puertas del final de la juventud. Se marchitaría con la vejez, hasta ser una sombra pálida y enfermiza de lo que fue. Tenía que intervenir para evitar eso.

Cartman entrecerró los ojos con sospecha.

—Así que todo lo que haces es por capricho.

La única respuesta que obtuvo fue una sonrisa sarcástica. Luego centró su atención de nuevo en Kyle. El pelirrojo ahora estaba de pie frente al espejo, contemplando su propio reflejo, con una mano en su mejilla y otras sobre el reflejo. A Cartman se le antojó la escena como la de un cachorro al que se deja frente a un espejo por primera vez. Solamente faltaba que Kyle comenzara a ladrarle a su reflejo.

—¿Por qué se comporta así? —preguntó Cartman—. Es como…

—Como un niño —lo interrumpió Kenny—. A veces ocurre. En cuanto sacie su sed por primera vez y tenga su primer sueño de muerte, se pondrá bien. Volverá a ser ese pelirrojo voluble y llenó de vitalidad al que te acostumbraste desde tus días de primaria.

—Más te vale —masculló por lo bajo.

—Y si no sucede, lo destruiré.

Casi al instante tenía a Cartman sobre él sujetándolo por el cuello contra la pared.

—¡Le haces esto y luego…!

No pudo terminar de hablar. Kenny sujetó su hombro derecho y apretó. Cartman lo soltó y se alejó trastabillando hasta topar con la puerta de uno de los cubículos.

—¡Cabrón, me destrozaste el hueso! —gritó mientras se llevaba la mano al lugar lastimado.

—¡Oh, por favor, deja de llorar! Únicamente lo astillé. Sanará máximo en dos minutos. O sería así si te alimentaras correctamente.

Se dirigió hacia Kyle, pasó su brazo por sus hombros, y comenzó a guiarlo hacia la puerta.

—Vamos, Pelirrojo, tenemos que ir de cacería ahora. —Se detuvo para ver al otro sobre el hombro—. ¿Vas a venir o te quedarás allí lamentándote toda la noche?

Cartman sacudió el hombro lastimado, lo sentía como si estuviera dormido: molesto, pero no al punto de ser insoportable, como seguro lo sentiría de ser humano. Kenny sonrió y continuó caminando guiando a Kyle. Cartman lo siguió rápidamente.

Salieron por la puerta principal del despacho. Cartman cerró la puerta con llave y lo siguió hacia el elevador. Bajaron hasta el estacionamiento. Estaba casi completamente vacío. Cartman los llevó hasta su coche. Kenny y Kyle se sentaron atrás, mientras Cartman conducía.

- SP -

Los vagabundos, o personas sin hogar para los que consideran como algo degradante el primer término, son una de las fuentes de sangre más efectivas en la ciudad. Si desaparecen, a nadie le importa en lo absoluto. La gente normal funciona dentro de la sociedad, consumiendo y produciendo más productos para ese consumo. Los indigentes no. Son personas que existen al margen de la sociedad. Algunos buenos samaritanos se preocupan por ellos y montan refugios para que puedan pasar las noches de manera cálida o darles de comer. Pero muchos no tienen dónde pasar la noche. Se quedan bajo puentes, en parques, en las estaciones de metro –sobre todo las abandonadas–, cubriéndose con viejas y raídas mantas, cartón o papel periódico.

Era justo debajo de un puente por el que las tres figuras se movieron. Cartman avanzó un poco detrás, sujetando a Kyle. El pelirrojo se distraía con cualquier cosa, primero a través de la ventanilla del coche de Cartman y, más tarde, cuando se detuvieron cerca de la autopista para bajar en busca de la comida, con el sonido de los coches, las farolas del alumbrado público, la luna y las pocas estrellas visibles a la luz de la ciudad de Denver. Esto obligaba a los otros dos a cuidar que no fuera a quedarse atrás, por lo que ahora Cartman lo guiaba abrazándolo contra sí.

Mientras tanto, Kenny caminó al frente. Tenía las manos en la espalda mientras volvía el rostro a ambos lados, observando a los hombres y mujeres, e incluso niños, que dormitaban o les contemplaban asustados. Cartman tuvo la impresión al mirarlo de que era como una persona en el supermercado escogiendo los víveres.

—¿Exactamente por qué estamos aquí? —le preguntó.

—Buscando una cena rápida. Me di cuenta de que estas…, personas, son la fuente más fácil de sangre en esta ciudad. Y eso que únicamente llevo dos semanas aquí.

Cartman miró a las personas a su alrededor. Sucios, llenos de llagas y con el hedor de la enfermedad impregnado por todo su cuerpo.

—Usualmente, prefiero cazar en callejones, dónde no seré visto por testigos.

—No dirán nada, y si lo hacen, nadie les creerá. He aprendido algo de su mundo moderno: un indigente tiene tanta credibilidad como un niño que ha gritado muchas veces «¡viene el lobo!». Cualquier policía al escucharlos dirá que estaban drogados o alcoholizados. Son la escoria de este mundo moderno.

Se detuvo frente a una chiquilla de rasgos asiáticos. Estaba sentada con la espalda recargada contra una columna, cerca de un bote de lámina dentro del cual ardía una fogata. Cartman notó que el color cenizo de su piel y la de Kenny parecía más saludable a la luz de las llamas que ante la luz artificial. Sin duda, antes de que Edison comenzara a esparcir la iluminación eléctrica como un virus por todo el planeta, había sido más fácil ocultar su naturaleza sobrenatural.

Kenny levantó a la chica y comenzó a examinarla como si fuera una especie de doctor.

—Te fugaste de casa —dijo con una sonrisa. Ella le observaba cómo en un trance—. Chica mala. Bueno, no tendrás que preocuparte por tu padrastro abusivo y tu madre irresponsable y alcohólica nunca más.

Rasgó el abrigo y bajó la blusa para dejar al descubierto el cuello. Luego se volvió hacia los otros dos. Tendió la mano en dirección a Kyle.

—Pelirrojo, acércate, es hora de cenar.

Kyle caminó lentamente hasta Kenny. El rubio lo abrazó por los hombros y acercó la boca a su oído derecho para susurrar:

—Sujetala por los hombros con delicadeza… Muy bien. Ahora, lentamente, besa su cuello… Siente su vena palpitar… Lo que buscas fluye allí dentro. Abre la boca, muerde y bebe. Eso es todo.

La chica gimió cuando sintió los colmillos clavándose en su cuello. Todas esas cosas que Kyle había sentido cuando Kenny bebió de él se repitieron en la chica. La debilidad, el latido del corazón potente como un tambor, las imágenes de una vida pasando por su cabeza. Y Kyle también las contempló. La vio saltar en los charcos luego de la lluvia de verano, mientras visitaba a sus abuelos en su granja en California. Vio esos momentos felices de las pijamadas con sus amigas a los once años. El segundo matrimonio de su madre. El monstruo que se aseguraba de mantener alcoholizada a la mujer para poder ir a la habitación de su hija a violarla toda la noche. Aguantó eso desde los trece años hasta los dieciséis y luego se escapó. Vivió un año y medio en las calles hasta esa noche. Todo eso contempló el pelirrojo: recuerdos y sensaciones que pasaban a su mente y se almacenaban allí como si estuviera viendo una película. Entonces, el ritmo del corazón se volvió cada vez más lento, mientras las imágenes de su mente comenzaban a oscurecerse.

El corazón se detuvo. Kyle volvió a la realidad.

—Ashley —susurró el pelirrojo aún con el cuerpo de la chica entre sus brazos—. Se llama Ashley.

—Se llamaba —aclaró Kenny.

Arrebató el cuerpo de las manos de Kyle. El pelirrojo se quedó de pie, con la mano en la boca. Cartman se acercó por detrás y lo abrazó protector.

El rubio, mientras tanto, cargó el cuerpo de Ashley y lo arrojó a la fogata del tonel.

—La maté —susurró Kyle—. Yo…

—Chss, Kyle, tranquilo —susurró Cartman a su oído—. Está bien. No pasa nada.

—Sí, Pelirrojo —intervino Kenny—. Lo que has hecho es natural. Seguiste tu naturaleza. Eso es todo. No tienes que darle más vueltas.

Cartman apretó los dientes. Lo que menos necesitaba ahora era escuchar a Kenny comportarse como el ser indiferente e irrespetuoso de la vida que era.

—Lo llevaré al auto. Tiene que descansar.

—Antes de eso, Eric, necesitas beber. Te lo dije: has dejado pasar demasiado tiempo sin una sola gota de sangre. No querrás acabar con otra familia inocente en un frenesí de sangre y desmembramientos, ¿verdad?

Sonrió sádicamente.

—A menos que… ¡Eso es lo que quieres! ¡Ah, eres un niño travieso! ¡Te gusta jugar con la comida!

—¡Cierra la maldita boca!

Lo único que obtuvo fue una carcajada.

Cartman comenzó a caminar llevándose a Kyle con él.

—¡Ah, niños! —Negó con la cabeza de forma teatral.

Su mirada se volvió de nuevo a los indigentes que miraban todo con rostros que iban desde la curiosidad hasta el horror puro. Algunos niños habían comenzado a llorar y trataban de esconderse.

—Me sorprende que no salgan corriendo —dijo—. Oh, es cierto. No pueden. —Su mera presencia se encargaba de eso.

Se acercó a un hombre joven. Era moreno y tenía manchas de aspecto poco apetitoso en el rostro.

—Desagradable, sangre mala y enferma.

Volvió la mirada hacia otro. Un hombre de mediana edad, se veía más sano que el anterior.

—Hola, señor Pérez —dijo con sorna—. Bienvenido a mi cena. Me alegra informarle que usted es el platillo principal de la noche.

Sin borrar la sonrisa de su rostro, el depredador caminó con paso felino en dirección a su presa.

- SP -

Kenny se acercó al coche silbando con tranquilidad. Se detuvo frente a la puerta trasera del lado derecho y se agachó para ver al interior. Kyle estaba recostado en la parte de atrás. Cartman esperaba con las manos en el volante.

—Realmente, Eric, insisto en que debes ir a cenar. No te preocupes por ellos. No recordarán nada. Será como una pesadilla.

—¿Cómo estás tan seguro de eso?

—Porque es lo que metí en sus mentes. No es tan difícil, ¿sabes? Implantar recuerdos en débiles humanos. Más aún en ellos: debilitados por el frío, el hambre, la enfermedad y los tóxicos que se meten para tratar de olvidar que son la escoria más baja de la sociedad humana.

Abrió la puerta del copiloto y se sentó.

—Usas a los humanos como juguetes.

Kenny se encogió de hombros.

—Ve a beber, Eric.

Cartman soltó un suspiro y luego abrió la puerta. Por el tono empleado por el rubio, estaba más que claro que ya no se trataba de una petición. Era una orden. Eric detestaba recibir órdenes, ya que usualmente era él quien las daba. Sin embargo, también era consciente de que no tenía la fuerza para imponer su voluntad sobre la de su creador.

Mientras Cartman iba en busca de una presa, Kenny se relajó en el asiento. Su mirada se dirigió hacia el radio del coche, en el cual parpadeaba la hora con números digitales de color rojo. La una con cincuenta. Se le acababa el tiempo y aún tenía que ver el asunto de dónde dormiría Kyle.

Un par de minutos después, Cartman finalmente regresó y se sentó frente al volante. Arrancó el coche y comenzó a conducir fuera de allí sin decir nada.

—Así que vamos a tu casa.

—Kyle se quedará conmigo por ahora. Tú, ve a enterrarte al bosque.

Kenny se giró con una sonrisa sarcástica en el rostro.

—Cómo si pudieras ocuparte de esto tú solo, neonato ingrato. ¿Olvidas que puedo destruirte simplemente chasqueando los dedos?

Cartman no dijo nada más. Simplemente, mantuvo la mirada en el camino y condujo en dirección a la casa que tenía en los suburbios.

Llegaron allí alrededor de las dos con cincuenta de la madrugada.

Cartman introdujo el carro en la cochera y luego se apeó para ayudar a Kyle a salir del vehículo. Guio al pelirrojo hasta la sala y lo sentó en un sofá. Mientras tanto, Kenny se detuvo a observar las obras de arte genuinas que adornaban los muros. Cartman era un obseso de las obras de arte.

—Linda casa —dijo Kenny.

Su mirada ahora recorría el centro de entretenimiento y el librero con varios retratos. Allí había uno de Cartman y Patty con las montañas Rocosas de fondo, seguramente tomada en el pueblo natal de él: South Park.

Sonrió con sorna.

Cartman y Patty se habrían casado, de no haberse entrometido él. Eric realmente tenía motivos para odiarlo. Primero se había encargado de romper su relación con Patty, luego lo transformó en un bebedor de sangre. Ahora, aunque Cartman lo deseaba con todas sus fuerzas, no podía volver con ella. Y no era porque no pudiera convencerla de que todo lo que había pasado en Londres no era su culpa, sino porque era la naturaleza de los monstruos: no podían estar junto a los humanos sin que todo terminara de manera trágica. Además, Cartman era un neonato aún atado a sus sentimientos humanos. Esos sentimientos le hacían querer proteger a sus seres amados. Protegerlos incluso de sí mismo. Cuando el tiempo pasara, y todas esas personas con las que había tenido relación en la vida mortal murieran, entonces se sabría si tenía la fuerza para soportar la eternidad. O en su defecto, se arrojaría a las llamas voluntariamente con la esperanza de reunirse de nuevo con aquellos seres amados.

—Tengo que volver a la oficina —dijo Kyle de pronto, haciendo amago de ponerse de pie. Cartman lo obligó a permanecer sentado.

—No, Kahl, se hace tarde. Pronto tendremos que ir a dormir. No podemos permitir que la luz del amanecer nos atrape fuera de nuestro refugio.

—Eric, tengo una reunión importante mañana… El caso Pirrup.

Cartman sacó su teléfono y comenzó a marcar al despacho.

—Dejaremos un mensaje. Que Tucker, Black o algún otro se ocupe de eso. Me temo, Kahl, que ya no podrás volver a trabajar como antes. Si quieres puedes seguir por las noches, como yo lo hago.

Kyle volvió a verlo. Cartman dejó el mensaje y colgó. Nada más terminó, Kyle le dijo en un susurró:

—No puedo… Yo…

—Chss. Vamos, Kahl, necesitas descansar. —Lo ayudó a levantarse y lo llevó en dirección a su habitación.

El dormitorio de Cartman tenían las ventanas cubiertas con gruesas cortinas de color negro. La tela era tan gruesa que la luz de las farolas no era capaz de entrar. La única fuente de luz era una lámpara de noche con una bombilla de baja intensidad. Cartman cerró la puerta tras de sí y recostó al pelirrojo en la cama, luego se acomodó a su lado atrayéndolo hacia sí en un abrazo.

—Descansa, Kahl —susurró—. La primera noche es la más complicada y necesitas reponer fuerzas.

Cartman cerró los ojos. Podía sentir el ligero movimiento acompasado del pecho de Kyle conforme respiraba. El pelirrojo se había quedado dormido. Cartman desvió la mirada hacia el radio-reloj. Eran las tres con veinte. Faltaban aproximadamente dos horas y media para que amaneciera. Cuando Kyle despertara, la sed le atacaría de inmediato con gran intensidad.

La puerta se abrió ligeramente y Kenny asomó la cabeza.

—Dulces sueños —murmuró—. Descansen, uno junto al otro, como dos pequeños y dulces hermanitos.

Cerró la puerta y volvió a la sala.

Su mirada pasó nuevamente sobre las fotografías que Cartman tenía en el librero y algunos otros estantes. Hubo una que le llamó la atención. Tres niños en la parada de un bus escolar. Por las facciones reconoció al más gordo como Eric, sin duda el de la ushanka verde era Kyle, por los recuerdos de sus dos chiquillos reconoció al tercero como Stan Marsh. Esos tres habían sido amigos desde la primaria. De los tres, Stan Marsh era el único que había hecho una familia. Casado con su novia de la infancia y con un hijo. Cartman casi consigue hacer lo propio con Patty, una dulce mujer de cabellera negra, hasta que él había interferido. Kyle, por otro lado, parecía que iba a estar condenado a la soledad… O, en su defecto, a un matrimonio por obligación orquestado por su madre controladora. En cierto modo, Kenny sentía que le había salvado de una vida sin sentido.

Su mirada permaneció fija en la fotografía. No podía apartarla, tenía algo que le despertaba extraños sentimientos de añoranza. No le gustaba. De pronto sintió rabia. Sabía, de alguna manera, que un algo, o un alguien, faltaba en ese retrato. Lo que fuera se burlaba de él.

—Arde —ordenó.

La fotografía comenzó a quemarse lentamente, comenzando por el centro y siguiendo en dirección a los bordes. Al final, solo quedaba un marco de cristal y madera con cenizas en su interior.

Kenny se alejó de la repisa y salió de la casa para marcharse de los suburbios en dirección a la ciudad. Tenía que regresar a la habitación del hotel para pasar el día. Ya vería que hacer la siguiente noche. Quizá se mudará a casa de Eric para incomodarlo. O con Kyle, en ese pequeño departamento del centro.


* Giovanni Faustini (Venecia, 1615 – 19 de diciembre de 1651) fue un libretista y empresario de ópera italiano del siglo XVII. Se le recuerda sobre todo por sus colaboraciones con el compositor Francesco Cavalli.