Disclaimer: South Park es propiedad de Trey Parker y Matt Stone.
Capítulo 3
Lo primero que Cartman notó, cuando abrió los ojos la siguiente noche, fue que Kyle no estaba en la cama.
Se levantó apresuradamente, dándose cuenta de que la puerta de su habitación estaba abierta. Salió y avanzó por el pequeño pasillo que comunicaba la pieza con la sala. De inmediato se percató de la conocida figura del pelirrojo sentada en el sofá, en el mismo lugar que ocupó durante la madrugada. Dio la vuelta a la sala hasta detenerse frente a él. Kyle estaba sentado con los brazos cruzados. Su teléfono apagado se encontraba sobre la mesa de centro.
—Se agotó la batería —dijo con voz fría—. ¿No tendrás un cargador de iPhone?
Eric asintió lentamente.
—Hay uno en el baño —aclaró.
—¿Podrías prestármelo?
Cartman se sintió terrible al notar la frialdad con la que le hablaba. Un tono que reconocía muy bien, el mismo que empleaba cuando se había sobrepasado. Aunque de niño Kyle había sido irascible y de carácter explosivo, conforme fue creciendo aprendió a controlar mejor su carácter. Por otro lado, su furia seguía siendo legendaria, y todavía podía partirle un par de dientes si se sobrepasaba con sus chistes antisemitas. Sin embargo, en algún punto entre la secundaria y la universidad, la explosividad de su carácter se apagó un poco y ahora su furia se manifestaba con una frialdad al hablar y actuar que a veces podía ser incluso mucho peor que sus gritos y golpes de la infancia.
—Claro —respondió y fue al baño.
Atravesó de nuevo el pequeño pasillo, pasó frente a la puerta de su cuarto y siguió hasta el fondo dónde se encontraba el baño. Accionó el interruptor junto a la puerta y de inmediato la pequeña habitación, en la que predominaba el color azul, quedó iluminada por la dura luz blanca de la lámpara ahorradora. En realidad, no era necesario encender la luz: sus ojos sobrenaturales eran capaces de ver todo claramente, incluso en lo que para los mortales era oscuridad total. Lo hizo en un reflejo difícil de olvidar tras toda una vida de necesitarlo.
El cargador estaba en una repisa junto al lavabo. Lo tomó y apagó la luz para luego regresar a la sala.
Conectó el cargador en un tomacorriente desocupado del regulador que usaba para su centro de entretenimiento. Y luego lo enchufó al teléfono de Kyle. El pelirrojo se había levantado del sofá. Ahora se hallaba frente a la ventana que estaba a la derecha de la puerta principal. Corrió un poco la cortina, color verde oscuro, para poder contemplar la calle. Eran cerca de las ocho, por lo que aún se podían ver algunas personas caminando en las aceras. Los hijos del matrimonio que vivía enfrente jugaban con una pelota en su jardín delantero.
—Kahl —llamó Cartman.
No obtuvo respuesta. Suspiró y luego se acercó al pelirrojo. Dudó un poco, pero finalmente puso la mano en su hombro.
Kyle se sacudió y giró rápidamente. Cartman entonces notó las lágrimas de sangre que fluían de sus ojos manchando sus mejillas pálidas. Notó que algunas de las pecas infantiles desaparecidas entre la adolescencia y la adultez habían regresado. O tal vez siempre habían estado allí, era simplemente que el color natural de la piel las ocultaba. Ahora que era una piel ceniza de vampiro, volvían a resaltar.
—Lo siento —dijo en un susurro—. No quería que él te encontrara allí, por eso te urgí tanto a que te marcharas. Sin embargo, supongo que hubiera dado igual. Kenny…
Kyle no lo dejó terminar. Hizo un gesto con la mano indicándole que callara, luego se giró a ver de nuevo por la ventana. Posó la mano derecha en el cristal y siguió contemplando el exterior. La madre de los niños que jugaban en el jardín había salido a llamarlos para que fueran a bañarse y así pudieran estar en la cama antes de las diez.
—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó Kyle con la misma voz fría—. Contempló a esos niños y no los veo como tales. Solamente puedo pensar en la sangre que corre por sus venas y lo deliciosa que será cuando se deslice por mi garganta, recordándome que ahora soy un monstruo.
—Es la sed, Kahl, se detendrá una vez que te alimentes…
—Entonces, ¿debo salir, atraparlos y acabar con ellos cómo hice con Ashley?
Cartman cerró los ojos y un suave suspiro escapó de sus labios.
—Eso sería muy imprudente.
—Imprudente —se burló Kyle—. Ellos, sus padres, se darían cuenta, ¿no? Tal vez su padre salga con un rifle o una escopeta y me destroce a balazos. Eso sería un gran alivio.
—En realidad, seguirías vivo —contradijo Cartman—. Incluso si te volaran la cabeza. ¿Recuerdas esa escena de El gigante de hierro, cuando estalla y las piezas comienzan a moverse para reunirse de nuevo y reconstruirlo? Pasaría algo similar, más a menos. Tu cuerpo no se reuniría por sí solo, pero seguirás notando cada parte. No es agradable.
Kyle apretó los puños.
—¿Cómo lo sabes?
—La tercera noche robé un revólver calibre 45 de un centro comercial de Londres y me volé medio cráneo.
El pelirrojo se giró. Tenía una expresión de completo horror marcada en el rostro. Buscó cualquier atisbo de mentira o broma en el rostro de Cartman. No los encontró.
—Fue doloroso —siguió él—, y Kenny estaba furioso. Decidió que tenía que darme una lección. Me ató con cadenas, unas muy especiales hechas de un material que ni con mi fuerza sobrenatural podía romperlas. Me encerró en el interior de un féretro por una semana. La sed se acumuló hasta volverse completamente insoportable. Estaba desesperado, creí que perdería por completo la razón. Supliqué a Kenny que me dejara salir de allí, haría cualquier cosa que me pidiera con tal de poder saciar esa sed que me quemaba por dentro. Al final, me dejó salir y me desató frente a una granja en Surrey.
Cartman cerró los ojos.
—Dentro había una familia durmiendo. La sed era terrible, me dominó el instinto puro de la sangre maldita que fluye dentro de nosotros. ¡Los maté, Kahl, a todos! ¡Fue terrible! Los adultos, los niños… ¡Los hice pedazos para obtener su sangre, cómo un animal salvaje e incontrolable! ¡Y el cabrón de Kenny simplemente reía, cómo si todo fuera un gran espectáculo!
—Eric —susurró Kyle, todo rastro de frialdad borrado de su voz y reemplazado con compasión.
—Por eso necesitas saciar esa sed, Kahl. Tenemos que ir a cazar antes de que pase algo como eso.
El pelirrojo cerró los ojos. A pesar de eso, sentía que la próxima vez que volviera a sentir la sangre de un inocente deslizándose desde las venas hasta su garganta se perdería para siempre y no habría marcha atrás. Aunque, quizá, la muerte definitiva era la única cura que le quedaba.
—Quisiera no hacerlo, si puedo evitarlo. Tal vez haya otra forma. Animales…
Cartman negó con la cabeza.
—Imposible. Solamente la sangre humana es capaz de detener la sed. Cualquier otra que tomes enfadará a la bestia que llevas dentro y entonces… Posiblemente, pase lo que me pasó en aquella granja.
—¡No quiero matar a nadie más!
Cartman lo abrazó y besó su frente para tranquilizarlo.
—Lo sé —susurró—. Eres la mejor persona que conozco, incluso más que Stan, a pesar de que es él quien dice preocuparse por los animales y esas otras cosas hippies. Y por supuesto, mucho mejor de lo que yo jamás fui. Ya ves, yo me hice a la idea de matar casi de inmediato. Para ti es inconcebible.
—¿Por qué yo? —sollozó—. ¿Por qué Dios me abandonó? Mis padres… El rabino… —Soltó un hipido—. Todos siempre me dijeron que Dios no permitía que le pasaran cosas malas a la gente buena. Entonces, ¿por qué?
—No lo sé, Kahl, no lo sé.
Cartman permaneció abrazado a Kyle un rato más, mientras el pelirrojo se desahogaba.
Luego de casi treinta minutos, Kyle se separó un poco. Cartman sacó un pañuelo y se lo pasó. El pelirrojo limpió las lágrimas de sangre de su rostro.
—¿Cómo haces para seguir? —preguntó.
Cartman soltó un suspiro.
—Mi madre, Patty, incluso ustedes, mis amigos —respondió—. Varias veces quise exponerme al sol, o encender una gran pila de madera en el bosque y arrojarme allí para arder hasta la muerte. Pero luego, los recordaba y no podía hacerlo. No quería dejarlos solos. Y tal vez, creo, la sangre maldita, esa condenada bestia que nos mantiene atados a este mundo como cadáveres ambulantes, me detuvo cada vez. Curioso que seres no-muertos como nosotros tengan tal instinto de supervivencia.
Sus labios se deformaron en una sonrisa cansada y carente de toda diversión.
—Vamos, Kahl, se hace tarde. Debemos ir a cazar. —Notó que se estremecía de nuevo, así que lo atrajo en otro abrazo reconfortante. Luego, susurró a su oído para tranquilizarlo—: Te diré un secreto, Kahl, los criminales son más fáciles y creo que saben mejor.
El pelirrojo lo miró con curiosidad. Cartman continuó hablando:
—Sí, no quieres matar inocentes, entonces busca a un criminal. No acalla por completo el remordimiento, pero es mejor que acabar con alguien que no hace daño a nadie.
El pelirrojo asintió.
Kyle recogió su celular y luego se dirigieron a la cochera, para salir en el carro de Cartman con dirección a la ciudad.
En el camino, Kyle revisó sus mensajes de voz, textos y de Facebook. Su madre le había marcado al menos una docena de veces. También tenía varios mensajes de Token sobre ciertos pendientes en la oficina. Y uno de Bebe dónde le confirmaba que ella había sido quien se ocupara de su reunión con Phillip Pirrup a final de cuentas. Eso lo alivió. Bebe sin duda había hecho un buen trabajo, no por nada había sido de las más aventajadas de su clase de Leyes en la universidad de Colorado Springs, y su actitud amable y franca sin duda debió de ayudar a Phillip.
Llamó a Bebe. El teléfono sonó varias veces antes de que la chica respondiera.
—Espero no interrumpir —dijo el pelirrojo.
Al parecer su oído de vampiro era capaz de notar más detalles en el audio que le llegaba a través del teléfono. Podía escuchar el sonido apagado de varias conversaciones y el ruido de los cubiertos al chocar con los platos. Además de la inconfundible voz de Clyde, quien le preguntaba en voz baja a su novia quien llamaba. Seguro habían ido a cenar a algún restaurante en vez de hacerlo en casa. Bebe susurró su nombre en respuesta a Clyde, antes de responderle:
—No te preocupes, Kyle. Espero que te sientas mejor —dijo ella con genuina preocupación.
De pronto sintió pánico. Cuando Cartman dejó el mensaje había estado tan absortó en sí mismo que ni siquiera sabía que excusa había inventado para explicar su falta. Sin embargo, de una manera por completo sobrenatural, esa información llegó a su mente. Se giró un poco y notó que Cartman tenía una sonrisa cómplice en los labios.
—Un poco —respondió—. Creo que tanto trabajo me está afectando.
—Te lo dije —le interrumpió ella—. Y Stan y Wendy hicieron lo mismo. ¿Cuándo tomaste unas vacaciones por última vez?
Kyle hizo una mueca. Había sido en las fiestas de fin de año de hacía tres años.
—Fue una suerte que Cartman estuviera allí anoche —dijo Bebe.
—Sí, realmente lo fue. —Había cierta amargura en su voz. Cerró los ojos, se relajó y luego hizo la pregunta que más le interesaba—: ¿Cómo fue la reunión con el joven Pirrup?
Bebe soltó un suspiro.
—Mejor de lo que cabría esperar —dijo—. Es un caso difícil, Kyle. El joven Phillip está bajo demasiada presión. Se nota que es inocente. Alguien tan ingenuo debe ser fácil de engañar. Pero el juez no lo interpretará de esa manera.
—Lo sé —soltó Kyle en un suspiro—. Por eso necesito encontrar cualquier laguna, cualquier desliz, algo en las declaraciones de la acusadora que pueda ayudarlo.
—Tiene que ser algo completamente irrefutable si quieres que el juez lo tenga en cuenta. Lo peor es que solamente queda un día más para ir a la corte.
—Estoy consciente de eso. Estamos contra un tiempo muy apretado. Trataré de encontrar algo. —Vio que Cartman le hacía una seña negativa con la cabeza. Lo comprendió de inmediato—. Bebe, sobre lo de la corte…
Hizo un silencio, tratando de buscar cómo decirlo.
—¿Sí?
Decidió ser directo, no había mejor forma de abordar el tema:
—¿Crees que tú o alguien más pueda cubrirme?
—¡No estarás en la corte! —exclamó Bebe.
—El médico dijo que necesito relajarme. Podría pasar algo peor que un simple desmayo la próxima vez, debido al estrés y la presión.
—Entiendo —respondió con tono preocupado—. Veré que puedo hacer. Yo tengo que estar en la corte del juez Hallorann al mediodía. Un asunto simple de disputa de derechos de autor.
—Los derechos de autor nunca son fáciles —replicó Kyle.
—Lo sé. Aunque supongo que podremos cerrar un acuerdo fuera de la corte antes de siquiera entrar. Si eso pasa, estaré allí. ¿Es a la una treinta, cierto?
—Sí, en la corte del juez Reynolds.
—Bien. En caso de que tenga que entrar a corte por un caso de derechos de autor, me aseguraré de que alguien más te cubra. Pero, el problema será el cliente. No creo que el joven Phillip confié en muchas personas. De hecho, ese es uno de los principales problemas con él: tiene serios problemas para confiar en las personas. Es como si esperara que todo el mundo vaya a hacer algo para lastimarlo en cualquier momento.
—Lo sé. Me costó mucho que se abriera y me contara exactamente lo ocurrido aquella noche en el bar.
—Él se abrió contigo, y será sin duda algo terrible para su confianza que no vayas a estar allí en la corte, defendiendo sus derechos. Ya lo noté un poco durante la reunión de esta tarde.
—Tendré que disculparme personalmente con él más tarde.
—Ya. Espero poder ir en tu lugar. Sería terrible que Tucker estuviera en esa corte con él.
Kyle soltó una carcajada ante eso. Del otro lado de la línea también Bebe y Clyde reían. Incluso Cartman esbozó una sonrisa. Pero era cierto. Craig Tucker era un increíble abogado, porque intimidaba tanto a clientes como a demandantes, y a veces incluso al juez y a los jurados; y por eso mismo no lo imaginaba tratando un caso como el Pirrup. Sería una pesadilla para el pobre Phillip.
—Bien, tengo que colgar. Estaré en contacto.
Bajó el teléfono y soltó un suspiro apagado.
Notó que Cartman había detenido el coche cerca de un callejón. Por los edificios dedujo que se encontraban en el barrio de Five Points, al noreste de Denver. Era por mucho una de las zonas más peligrosas de la ciudad.
Bajaron del coche y Cartman accionó la alarma.
—¿No temes que lo roben?
—Kahl, si alguien intenta hacerlo, escucharíamos la alarma, incluso aunque estuviéramos al otro lado de la ciudad. Antes de que siquiera pudieran llegar a dos calles con el coche, ya estaría sobre de ellos.
Comenzaron a caminar por la acera vacía. Debían de ser poco más de las diez de la noche. Las calles parecían desiertas, el efecto de las pandillas armadas de la zona.
Luego de pasar al menos tres calles, Cartman señaló un callejón algo oscuro y se adentraron por él. No habían recorrido siquiera la mitad cuando dos tipos fornidos y de piel oscura les cerraron el paso.
—Vaya, si son dos de esos estirados del distrito comercial —dijo uno de ellos. Kyle arrugó la nariz al notar el olor a alcohol que salía de su boca—. Están muy lejos de casa.
El otro soltó una carcajada.
—Tomó al más alto, Kahl —dijo Cartman.
—¡Qué carajo dices! —El tipo sacó una pistola semiautomática y le apuntó a Cartman directo a la frente—. Te crees muy valiente, ¿no?
Kyle retrocedió un paso.
—No tengas miedo, Kahl —dijo Cartman—. Es solamente un arma. Ya no puede hacerte nada…, si acaso arruinar tu ropa.
Como para demostrarlo, se movió a una velocidad imperceptible para los dos tipos. Tomó al sujeto por la mano, apretando para destrozar sus huesos y que soltara el arma, luego realizó el abrazo fatal, asentó la mordedura en el cuello y comenzó a beber su sangre. Todo en menos de tres segundos.
—¡Qué mierda! —gritó el otro sacando su propia arma y apuntando en dirección a Cartman—. ¡Suéltalo, marica desgraciado!
«Escucha a tus instintos, Kahl, déjate llevar». La voz de Cartman susurró en su mente, de tal manera que era como si lo hubiera hecho a su oído. El pelirrojo soltó la respiración que había contenido sin darse cuenta, cerró los ojos y dejó que el instinto lo guiara.
Dio un golpe con el puño en el brazo extendido del hombre, quien soltó un alarido al sentir como sus huesos se quebraban como dos ramas secas, haciendo que su arma cayera y la mano quedará colgada de manera grotesca, solamente unida por la piel. Kyle le abrazó por la espalda y se dirigió al cuello.
La sensación conocida de abstraerse del mundo para entrar en la mente de su víctima lo envolvió. A diferencia de Ashley, este sujeto era una suerte de psicopatía. Desde niño estuvo metido en asuntos de drogas y pandillas, incluso aunque sus padres, trabajadores y honrados miembros de la sociedad, habían tratado de guiarlo por el buen camino. Drogas, asaltos a mano armada, un par de muertes, arrestos antes de siquiera cumplir los quince años. La verdadera escoria de la humanidad. Que un tipo como Mike – así se llamaba– desapareciera, sin duda no era más que hacerle un favor a la humanidad.
Cuando el corazón se detuvo y Kyle volvió a la realidad. Se sentía mal por quitar una vida, pero no tan destrozado como con la muerte de Ashley. En cierto sentido, Eric tenía razón: dolía menos arrebatar la vida de un criminal que de una persona inocente.
Soltó el cuerpo y notó que Cartman también había terminado.
—Bien hecho, Kahl —susurró, luego lo abrazó y le dio un casto beso en los labios, marcado por el sabor metálico de la sangre.
Kyle notó que el beso no le molestaba en lo absoluto. La noche anterior, debido a su mentalidad de judío ortodoxo criado por una madre ultra conservadora de sus tradiciones culturales, había sentido pánico de solamente pensar que Kenny pudiera besarlo. Para Sheila Broflovski, su madre, la homosexualidad era aceptable siempre y cuando no estuviera relacionada con sus hijos, quienes debían ser dos perfectos y respetables miembros de la sociedad judía de Colorado. Aunque a Kyle no le gustara, algo de esa mentalidad se había filtrado en él.
Sin embargo, desde que había bebido su sangre, tales inhibiciones parecieron esfumarse por completo. Kenny y Cartman habían tenido suficientes muestras de cariño para con él, que de haberlas recibido de niño seguramente lo habrían aterrado al ser «cosas muy gais», sin que le resultaran repelentes en ningún sentido. Suponía que el dejar de ser humano implicaba también desprenderse de ciertos prejuicios a determinadas conductas comúnmente rechazadas por la sociedad o, más bien, por ciertos sectores de la sociedad. Entre estos su propio pueblo: los judíos. Tal vez por eso Cartman no había hecho ninguna mención despectiva al respecto de su religión y su cultura. Aunque había madurado mucho desde la infancia, aún soltaba de vez en cuando algunos comentarios antisemitas. O al menos así era un año atrás, antes de viaje a Europa y el encuentro con Kenny.
Volvió a la realidad y observó los restos de la «cena».
—¿Qué haremos con los cuerpos? —Era más que claro que no podían dejarlos simplemente allí a la vista de cualquier persona que pasará por el lugar.
—El fuego se ocupará de eso. Observa.
Cartman quebró los huesos de los cadáveres de tal forma que pudieran entrar en un bote de basura, el cual encontró recargado contra uno de los muros del callejón. Luego, sacó una pequeña botella de licor del interior de su abrigo. Por el olor que despidió al abrirla, Kyle supo que estaba llena de gasolina. Vació por completo el contenido, bañando los cuerpos con él, y luego arrojó una cerilla. Casi al instante el ambiente comenzó a llenarse con el aroma ocre de la carne quemada.
—Eras tú todo el tiempo —susurró Kyle.
Desde hacía aproximadamente un año se habían encontrado cuerpos carbonizados con todos los huesos pulverizados en el interior de cestos de basura, toneles y otros recipientes similares en varios lugares alrededor de la ciudad. La policía de Denver estaba desconcertada y había quienes creían que se trataba de alguna grotesca nueva manera de ajustar cuentas entre pandillas y narcotraficantes.
Cartman se encogió de hombros.
—Es el método más efectivo que hay para hacerlo. Kenny hizo lo mismo anoche, ¿recuerdas?
Kyle cerró los ojos. No podía sacar la imagen de los restos de Ashley ardiendo de su cabeza.
—No puedo olvidar a Ashley.
—Yo tampoco olvido a Roger —confesó Cartman—. Fue mi primera víctima. El primer asesinato es el peor. Supongo que sus fantasmas nos perseguirán por toda la eternidad.
Kyle asintió con tristeza. Centró su atención en los dos cuerpos ardiendo dentro del bote.
—¿Qué hay con el ADN y las huellas digitales?
Cartman sonrió un poco. Luego explicó:
—El ADN se destruye por el fuego, y cuando no es así, sin duda lo que un forense obtiene al ser algo tan no-humano es desechado al ser catalogado de inservible. No creo que ningún laboratorista admita jamás encontrar algo tan inusual. Le temen tanto a ser llamados dementes que simplemente lo descartan. Las huellas, por otro lado, no pueden ser rastreadas si ya no están allí. Mira tus manos, Kahl.
Kyle lo hizo. A pesar de las penumbras dominantes del callejón, sus ojos eran capaces de ver con claridad. La piel estaba completamente lisa. No quedaba nada que pudiera ser ni remotamente comparado con una huella digital.
—Debemos irnos.
Kyle asintió.
—¿Piensas que puedas llevarme a la oficina para recoger algo y luego a mi departamento?
Cartman asintió.
Cerca de allí, desde una azotea, Kenny observaba todo con una sonrisa pícara.
