Disclaimer: South Park es propiedad de Trey Parker y Matt Stone.
Capítulo 4
Ya eran las once y media cuando llegaron al despacho. Kyle se apresuró a recoger las fotocopias de sus casos más importantes, entre ellos el caso Pirrup, para poder seguir estudiándolos en su departamento. Solamente tenía esa noche para encontrar cualquier cosa que le ayudara y luego enviarla por correo electrónico a Bebe y que así ella pudiera usarlo, o en su defecto pasarlo a quien fuera que pudiera cubrirlo en la corte.
Antes de cerrar la puerta de su oficina, se quedó contemplándola un momento con una extraña sensación de tristeza. Era curioso cómo de pronto sentía añoranza por cosas tan insignificantes que antes daba por sentado, como el hecho de que esa era su oficina.
Era una pieza de unos cuatro por cinco metros. Detrás de su escritorio había un ventanal por el cual se podía contemplar la calle Logan –el edificio estaba muy bien ubicado, a menos de diez minutos de las cortes, ideal para ir y venir cada vez que tenían que presentarse allá–. Del lado derecho de su escritorio había un archivador en el cual guardaba los documentos y oficios de sus casos importantes. Al lado contrario, un librero con enciclopedias de leyes, copias de las leyes principales, como lo eran las del trabajo, el código civil, el código penal, la constitución de Colorado, la constitución de los Estados Unidos, etc. Todo perfectamente ordenado para su rápida consulta cuando fuera necesario, como su padre le había inculcado mientras le daba pequeños consejos sobre cómo llevar su carrera. Frente a su escritorio había dos cómodas sillas en las que usualmente se sentaban sus clientes cuando iban a verlo a su oficina. Y en la esquina, a la derecha de la entrada, una pequeña sala esquinera de tapiz rojo y una mesa para café, por si debía pasar un buen rato discutiendo algo con algún cliente o socio y prefería estar más cómodo.
Cerró los ojos en un rictus de dolor. Esa oficina había sido suya por cinco años ya. La mayor parte de ese tiempo lo había pasado allí preparándose para diversos casos. Kyle se estaba haciendo de un nombre importante en mundo de las querellas y las cortes de Denver, igual que la mayoría de sus socios y compañeros de trabajo en el bufete. De hecho, muchos se sorprendían de que un despacho que ahora era llevado por jóvenes de menos de treinta pudiera estar haciéndolo tan bien. Sin duda, el tío de Cartman, Stinky, había acertado cuando decidió darle la oportunidad a Eric y conformar al equipo que sucedería a la mayoría de los anteriores socios del despacho. Muchos de ellos ya se habían retirado, y los pocos que quedaban les habían ayudado mucho enseñándoles cosas que no se aprendían en la universidad. Pero ahora todo eso parecía tan distante para el pelirrojo, como si hubiera ocurrido hace siglos.
Era extraño pensar que una sola noche… No, tres simples minutos, en los que Kenny decidió convertirlo en un monstruo, habían cambiado todo eso. Nunca más vería esa oficina durante el día. Tal vez, de hecho, nunca más trabajaría en ella por más de unas pocas horas. Sentía que estaba cerrando su segundo hogar para siempre. Quizá fuera mejor recoger todas sus cosas y dejar que alguien más la ocupara. Si únicamente trabajaría unas pocas horas por noche, no valía la pena mantener la oficina.
Cerró la puerta con un suspiro apagado y regresó a la recepción dónde Cartman lo esperaba. Eric no dijo nada, simplemente cerraron y se dirigieron al ascensor.
—Creo que debería llevarme mi coche y dejarlo en el estacionamiento del edificio dónde vivo —comentó Kyle.
—Sí, sería lo mejor.
Se volvió a hacer otro silencio. Cuando llegaron al estacionamiento y avanzaron hacia el bloque asignado a su despacho, Eric preguntó:
—¿Seguirás viviendo en tu piso del centro?
—No tengo otro lugar.
Cartman asintió levemente.
—No es un sitio muy seguro —dijo al fin.
Kyle estaba de acuerdo. Sus nuevos instintos ya se lo habían indicado. Demasiadas ventanas por las cuales el sol se colaba todos los días.
—Por eso te mudaste a los suburbios —dijo.
Cartman se encogió de hombros antes de responder.
—Es más fácil tapar las ventanas de una casa con gruesas cortinas que de uno de esos pisos modernos.
Se separaron y cada quien tomó su vehículo.
Durante los diez minutos que tomó salir del estacionamiento del edificio de oficinas y conducir hasta el edificio dónde tenía su departamento, Kyle siguió dando vueltas en su cabeza a todas las cosas que cambiarían para él a partir de ese momento. Cosas simples que, sin embargo, ahora parecían ser las mejores de su vida: no más salidas a museos, ni más días de campo con la familia de Stan, con Ike o con sus padres, cuando le visitaban. De hecho, lo más sano sería que cortara casi todo contacto con ellos. Algo sumamente doloroso pero necesario.
Recordó el último fin de semana que había ido a pasar con sus padres, un par de meses atrás, como la señora Cartman había estado tan ansiosa de preguntar si había visto a Eric. Antes de ese año no pasaba un solo mes sin que Cartman y Patty fueran a pasar un fin de semana con Liane Cartman. Cuando la vio hace dos meses, la mujer parecía realmente desesperada. Kyle le había dicho lo poco que sabía, sobre el hecho de que su «enfermedad» lo había hecho aislarse por completo de sus amigos y socios del despacho, e incluso del resto de sus amistades. En ese tiempo solamente había tenido contacto por Facebook, correo electrónico y alguna llamada ocasional.
—Me evita —dijo la mujer—. No responde a mis llamadas, salvo que llame por la noche. Y, cada vez que le digo que voy a ir a visitarlo, se excusa diciendo que está muy ocupado o va a salir de la ciudad. Cuando le preguntó por su salud, me responde con evasivas. ¡Estoy desesperada! ¿No crees que puedas ir a verlo por mí? Tal vez te reciba. Únicamente quiero estar segura de que todo está bien. Temo que luego de romper con Patty haya entrado en una depresión terrible y vaya a cometer alguna locura.
Recordar esas palabras era aún más doloroso ahora que sabía el porqué de todo eso. Cartman no podía volver a verla, igual que él no podía volver a ver a su familia. Los padres saben cosas, tienen una especie de radar para enterarse de que algo anda mal con sus hijos, su madre aún más. Presentarse ante ellos sería básicamente dejar que descubrieran que ya no era un ser humano.
Se encontró con Cartman en el elevador y subieron hasta su piso.
Era exactamente la medianoche cuando se sentaron en la sala y Kyle extendió los papeles que debía revisar en la mesita del café. Durante una hora ambos trabajaron en silencio, buscando algo que ayudará al caso Pirrup. Kyle descubrió que podía leer mucho más rápido y ahora retenía toda la información al cien por ciento. No era comprensión lectora en sí, más bien era como si arrancara lo que necesitaba directamente de las letras en lugar de leerla, mediante algún proceso mental desconocido para él.
Encontraron varias contradicciones, aunque nada lo suficientemente grande como para alterar mucho el curso actual de las cosas. Estella y su madre habían sabido armar muy bien su historia. Envió lo poco que encontraron a Bebe y entonces recogió todo.
Era la una de la mañana con diez minutos.
—La noche pasa muy rápido —dijo Kyle al ver el reloj.
Cartman asintió.
—¿Qué has pensado sobre este lugar?
—Voy a venderlo y buscaré algo más pequeño y alejado de la ciudad —decidió.
—Buena idea. Puedes quedarte en mi casa el tiempo que sea necesario. Incluso si prefieres puedes mudarte definitivamente. No me molesta en lo absoluto.
—Gracias, Eric —respondió con una sonrisa cálida, la primera desde que todo eso comenzará. El otro correspondió y ambos terminaron sellando el momento con un suave beso en los labios.
Su atención se distrajo cuando la puerta principal se abrió y la conocida figura de Kenny entró como si estuviera en su casa.
—Buenas noches —saludó con cierta diversión en la voz.
—¿Qué carajo haces aquí? —gritó Kyle enfurecido.
—Vaya forma de recibir a las visitas —se quejó haciendo un puchero—. Deberías responder algo más acorde a la ocasión. Algo como: Bienvenido a mi casa, entre por su voluntad y dejé un poco de la felicidad que le acompaña.
Esto no hizo más que enfurecer más a Kyle.
—Largo —susurró amenazante.
La sonrisa se borró de los labios de Kenny y lo miró con seriedad.
—El asunto, mi pequeño Kyle, es que no tienes opción. Eres mi chiquillo y te trataré como tal. Vas a aceptar eso y punto.
El pelirrojo estaba a punto de perder por completo los estribos. Cartman se dio cuenta. Iba a estallar, algo que no había pasado en muchos años. La mirada del pelirrojo irradiaba tal cantidad de odio hacia Kenny que se sintió con suerte de nunca haberlo jodido hasta llegar a ese nivel.
—Tranquilo, Kahl —susurró Cartman mientras lo abrazaba protector.
—¡Ese maldito destrozó mi vida! —medio gritó.
—Lo sé, pero no hay nada que puedas hacer. No tienes el poder suficiente para cambiar nada.
—Escucha a Eric, Pelirrojo. Ese es un sabio consejo.
El rubio se sentó en un sillón con las piernas cruzadas mientras analizaba las reacciones de Kyle. Los ojos fulminantes y feroces; la quijada tensa debido al rechinar furioso de los colmillos; los puños apretados con fuerza. La exposición gráfica perfecta de la rabia, la furia y, muy en el fondo, la desesperación.
—El asunto —dijo tras un momento— es que aún quedan ciertas cosas que arreglar.
—¡No tengo nada que arreglar contigo!
—No estés tan seguro. Hay detalles, detalles importantes.
Se puso de pie y avanzó hasta una de las ventanas para ver hacia la calle.
—¿Qué vas a hacer, pequeño Kyle? Tienes que decidir cómo te las arreglaras para existir a partir de ahora.
Se giró y le miró muy seriamente.
—Hay dos opciones, Eric eligió en su momento, y ahora debes hacer lo mismo. Obviamente, no puedes tener la vida que has llevado hasta ahora…
—Por tu culpa.
—Sí, como sea. El punto es que debes arreglar eso o te pondrás en peligro y no quiero que una turba furiosa te persiga hasta el granero, pequeño Kyle. —Soltó una ligera carcajada.
Eso no hizo más que enfurecer más al pelirrojo. De no ser porque Cartman lo sostenía, ya se habría arrojado sobre el vampiro más antiguo.
—Tu primera opción —siguió Kenny levantando el dedo índice de la mano derecha— es fingir tu muerte.
—¿Estás demente? —gritó Kyle completamente furioso. Fingir su muerte era cortar todo lazo con familia y amigos definitivamente. Desaparecer por siempre de sus vidas sin posibilidad de volver a hablar con ellos, aunque fuera por teléfono.
Kenny negó con la cabeza en un gesto de reproche.
—Déjame terminar, Pelirrojo.
A Cartman cada vez le costaba más contener a Kyle. El pelirrojo era increíblemente fuerte. Al parecer la sangre de Kenny le había dotado de más poder del que le dio a él.
Kenny continuó:
—Si finges tu muerte es más sencillo. Puedes reiniciar otra vida, si quieres, en otro lugar. No tendrías que preocuparte más porque las personas que te conocen sospechen qué hay algo extraño. Podrías ir a dónde quisieras en este vasto mundo sin limitación alguna. Incluso podrías venir conmigo a Londres, o a París, a Roma, a dónde nos dé la maldita gana.
—¡No iría a ningún sitio contigo, bastardo!
Kenny desestimó el exabrupto con un gesto de la mano. Volvió a sentarse en el sillón.
—En mi opinión es lo más sencillo que puedes hacer. Nada como la «muerte» —hizo comillas con los dedos al decir lo último— para librarse por completo de toda atadura mortal.
Esperó un momento. Kyle no decía nada, solamente continuaba mirándolo con furia.
—Pero, viendo que eres tan emocional, no creo que puedas soportar eso.
Suspiró y levantó dos dedos de su mano derecha.
—La segunda opción es lo que hizo Eric: mantener relativamente tu vida actual por unos cuantos años, con algunos cambios, por supuesto. Requiere mucho más trabajo y hay más riesgos; no obstante, por lo que veo, es lo único que aceptaras.
Se recargó en el sillón.
—Primero que nada, hay que ocuparnos de crear una excusa del porqué tu vida se volverá completamente nocturna. Para ti el problema es que Eric quemó la carta de la enfermedad exótica. Sería demasiado sospechoso que también te enfermaras de pronto de otra rara enfermedad que te obliga a alejarte de todos cuantos conocías.
»Además, tienes que limitar tu contacto con quienes conoces lo más posible. Sé que ya entendiste, o comienzas a entender eso. —Su mirada pasó a un retrato grande de los Broflovski, hecho cuatro años atrás con motivo de la titulación de Ike; y a uno más pequeño de Kyle y Stan, tomado en los jardines del campus de la Universidad de Colorado—. Entre más cercanos sean a ti, más alto será el riesgo de que noten algo extraño; por lo que tienes que ser incluso más cuidadoso. Tenemos una capacidad innata para hacer que los mortales vean en nosotros lo que queramos mostrarles. Sin embargo, inevitablemente notan algunos detalles. Recuerda lo primero que pensaste al ver a Eric y al verme a mí: lo rara que parecía nuestra piel. En la de Eric sin duda más, ya que el imprudente no había bebido nada en tres días. Aprende esto, Kyle: la piel parece más humana con la sangre fresca de una presa corriendo por nuestras venas.
—¿Por qué debería escuchar todo lo que me dices? —interrumpió Kyle.
Kenny hizo una mueca de molestia por la interrupción.
—Soy más antiguo y poderoso que tú. Y sí, eso no es suficiente para ti, tal vez el hecho de que puedo acabar contigo cuando me plazca lo haga.
Cartman tuvo que ejercer algo de fuerza para contener a Kyle, ante el exabrupto de furia que escapó de él tras ese comentario.
—McCormick, por favor —le pidió Cartman.
El rubio se encogió de hombros y luego retomó dónde fue interrumpido:
—Está más que claro lo que quieres hacer, Kyle. Si eliges este camino, debes estar consciente de una cosa: tienes un límite de tiempo. Mantener el engaño por un tiempo prolongado es muy difícil. Tarde o temprano notarán que algo está ocurriendo, tal vez no atinen a averiguar qué, pero el simple motivo de saber que pasa algo ya es suficiente para ponerte en peligro. No envejecerás, sino que permanecerás tan hermoso como ahora por toda la eternidad; mientras todos los que conoces lentamente se consumen con el paso del tiempo. A como yo veo las cosas, diez años es todo lo que te doy. Luego de eso deberás aislarte, romper todo contacto, tal vez fingir tu muerte y desaparecer para siempre de sus vidas.
Kyle finalmente se liberó del agarre de Cartman y se arrojó contra Kenny tomándolo por los hombros.
—¡Eso te encantaría, cabrón! ¡Qué dejará a todos atrás ahora mismo!
Kenny, sin perder la sonrisa pícara del rostro, alzó los brazos y envolvió a Kyle por el cuello, jalándolo hacia sí hasta que su boca quedó sobre su oído derecho.
—La verdad, sí, Pelirrojo —susurró con voz suave y sensual, haciendo que el otro hombre en sus brazos se estremeciera ante el efecto que esas palabras tenían en él. Era como si estuvieran influidas con algún tipo de hipnosis, la cual se colaba hasta lo más hondo de su mente, jugando con ella y haciéndolo dudar. Kenny notó todo eso y siguió con su juego mental, disfrutando del temblor y la excitación momentánea del pelirrojo—: ¿Sabes que me gustaría hacerte ahora mismo? Arrancarte definitivamente de este lugar, sin importar cuanto patalearas, insultaras o mordieras. Te llevaría lejos, a un sitio tan recóndito que nunca más encontrarías el camino de regreso y allí te educaría de la forma correcta. Aprenderías a amarme, ya que yo te enseñaría todos los placeres que pueden obtenerse de esta existencia. Te imagino muy guapo, ataviado con majestuosas ropas de seda y satén de siglos pasados, esperando por mí como una adolescente enamorada de la fábula del príncipe azul.
Kyle se congeló por unos momentos ante la intensidad de emociones contradictorias que esas palabras despertaban dentro de él.
Cartman negó con la cabeza. Conocía muy bien los juegos mentales del otro vampiro, pero había algo más en esas palabras, algo terriblemente sincero que a la vez le hacía pensar en un doble sentido oculto que iba más allá de jugar con la mente del pelirrojo. Lo peor era que, mientras más analizaba las acciones de Kenny, más cobraba fuerza esa posibilidad.
Cerró los ojos y negó con la cabeza. No quería creer que era así, porque de serlo solo conseguiría aumentar aún más su culpa por lo que estaba pasándole a Kyle.
Kenny robó todos sus recuerdos cuando tomó su sangre antes de transformarlo. Posiblemente, incluso antes de eso, durante esas dos semanas en las que se dedicó a acecharlo y luego a seducirlo. Cuando lo hizo dudar de sí mismo, manipulando y jugando con su mente mortal, ocasionando la furia de Patty y su consiguiente entrega voluntaria debido al dolor de la pérdida del amor de su vida… Kenny había tenido tiempo más que suficiente para robar más imágenes de su mente. No tenía dudas de que en esos recuerdos había visto a Kyle. ¡Dios, prácticamente Kyle, Stan y él mismo se criaron juntos, siendo hermanos en todo, salvo en la sangre! No debió haber sido difícil para Kenny aprender todo lo que necesitaba del pelirrojo, para finalmente presentarse y arrastrarlo a ese mundo de oscuridad, sangre y muerte.
Cartman lo supo entonces: Kenny lo había usado para llegar a su amigo. Le enseñó lo necesario para que pudiera valerse por sí mismo y luego le permitió volver a Colorado y construirse un refugio adecuado. Uno en el que podría mantener a Kyle seguro una vez que lo tomara y quebrara su humanidad con la sangre maldita. Además, al ser él una persona en la que el pelirrojo confiaría, se aseguraba de que Kyle tendría una forma de aferrarse a la existencia y no recurriría a destruirse a sí mismo a causa del trauma del vampirismo.
—Suéltame —murmuró Kyle, saliendo de su mutismo, una vez que el efecto hipnótico de las palabras de Kenny se esfumó y, a la vez, sacando a Cartman de sus propios pensamientos—. ¡Suéltame! —gritó.
Kenny le robó un beso apasionado en los labios, mientras el pelirrojo hacía todo lo posible, empleando todas sus fuerzas, para empujarlo y alejarse. Desafortunadamente, para él, Kenny era demasiado fuerte, por lo que todos sus intentos eran vanos.
—Entre más luchas —volvió a susurrar a su oído—, más te deseo, pequeño Kyle.
Finalmente, el rubio lo soltó y lo empujó hacia atrás.
Kyle retrocedió unos pasos, trastabillando, hasta que sus pies chocaron con la mesa de centro, haciendo que cayera sobre ella de espaldas. El cristal se rompió por su peso.
Cartman de inmediato corrió en su auxilio. Le ayudó a levantarse, notando que los cristales habían lastimado ambas palmas de sus manos con profundas cortadas. Eso no era problema. Las heridas sanarían y el cuerpo mismo se encargaría de expulsar fuera cualquier esquirla de vidrio, por más pequeña que fuera, que hubiera quedado dentro. El problema era otro. El hedor de su propia sangre podía despertar de nuevo su sed, y al ser un vampiro de solamente poco más de veinticuatro horas de existencia, eso era muy peligroso.
—Largo —dijo Kyle en un susurro amenazante en dirección a Kenny—. Largo de aquí. ¡No quiero volver a verte!
Kenny, sin borrar la sonrisa de su rostro, se puso de pie y se inclinó lentamente haciendo una reverencia teatral.
—Muy bien, mi pequeño Kyle, te concederé lo primero. Voy a darte una semana libre de mi maravillosa presencia. Pero luego volveré y ajustaremos cuentas.
Se dirigió a la puerta con un andar refinado que sin duda debía de haber resultado sumamente elegante en algún siglo pasado. Al llegar a la misma, antes de abrir, se giró para ver de nuevo a Kyle, quien nuevamente se encontraba envuelto en los protectores brazos de Cartman.
—Cuida muy bien de mi querido Kyle, Eric. —Luego, pareció pensar algo más un momento, y finalmente agregó—: Y recuerda, Pelirrojo, no puedes librarte de mí. Tengo casi cuatrocientos años más que tú, y eso me da una gran ventaja. Para mí eres un niño que aún llora ante la belleza de la noche. Sin embargo, no te preocupes, soy paciente cuando es necesario, y me aseguraré de educarte bien.
—¡Fuera!
El rubio le dedicó una última sonrisa pícara, ocasionando que la furia del pelirrojo aumentará. Las luces de la habitación parpadearon y finalmente una de las lámparas, ubicada junto a la puerta, estalló en una lluvia de chispas y astillas de cristal. Kenny dio un respingo, dejando claro que no esperaba que algo como eso pasara.
Cartman también se sorprendió y giró la cabeza hacia Kyle. El recuerdo de algo similar ocurriendo en una habitación del hospital Paso al Infierno, muchos años atrás, llegó a su mente.
—Eres más poderoso de lo que esperaba —murmuró Kenny—. Normalmente, no podrías hacer eso hasta dentro de un par de décadas. Salvo que ese poder…
—¡Desaparece de una buena vez!
Se zafó del abrazo de Cartman, levantándose con gran rapidez, dispuesto a arrojarse de nuevo contra Kenny. Pero el rubio había desaparecido, mientras la puerta se abría y cerraba en un movimiento tan rápido que apenas si hubiera sido perceptible para algún humano en las cercanías.
—¡Lo odio! —gritó Kyle.
Cartman se puso de pie y lo atrajo en otro abrazó protector.
—Yo también. Créeme, Kahl, si pudiera ya lo habría destruido.
Kyle se separó un poco y posó su mirada en el rostro de su compañero. Cartman estaba siendo completamente honesto.
—¿Por qué no lo has hecho? —cuestionó con más duda que furia en su voz.
Cartman cerró los ojos. Respiró profundamente y luego habló:
—Cuando Kenny dice que podría destruirte únicamente con chasquear los dedos, habla en serio. Lo he visto.
Se agachó para comenzar a apilar los pedazos más grandes de la mesa destrozada. Kyle le observaba con expectación mezclada con curiosidad y miedo debido al tono solemne empleado por el otro vampiro al hablar.
—Kenny es poderoso. Reclamó Londres como suya y los otros vampiros se la dejaron. O al menos eso es lo que él dijo; pero no dudo que sea así. Otro vampiro entró en su ciudad mientras yo estaba allí. Decidió que íbamos a cazarlo por atreverse a entrar en sus dominios. En menos de una hora lo había acorralado en un callejón de Whitechapel, uno de los peores barrios de Londres. —Kyle asintió. Nunca había estado en Londres, y solamente conocía el barrio de Whitechapel por la mala fama que Dickens le atribuía en sus obras, además era el barrio dónde Jack el Destripador «cazaba» a las prostitutas—. El pobre diablo suplicó por su vida, se arrodilló ante Kenny, juró que se marcharía de Londres y jamás pisaría siquiera las granjas que la rodeaban. Para Kenny sus súplicas no eran nada. Quería demostrar un punto y lo hizo. Sin siquiera tocarlo, lo hizo estallar en llamas.
Se detuvo un momento. Uno de los cristales le había cortado el dedo pulgar de la mano derecha y ahora una gota de sangre se deslizaba por ella. Se llevó el dedo a la boca y lamió su propia sangre. Kyle, mientras tanto, había ido a traer una papelera para echar allí los cristales.
—El tipo de pronto comenzó a retorcerse de dolor —prosiguió Cartman para terminar su relato—, mientras soltaba terribles alaridos y, luego, se convirtió en una bola de llamas que lentamente se consumió delante de nosotros, hasta que no quedó más que una pila de ceniza plateada y muy fina.
Se hizo un silencio marcado por la tensión del miedo, tanto en las palabras de Cartman, como en la expresión de Kyle. El silencio se prolongó mientras continuaban recogiendo el desastre dejado por la visita de Kenny.
—Entonces —dijo finalmente el pelirrojo—, no podemos luchar contra él. Dices que lo único que podemos hacer es bajar la cabeza y dejar que haga lo que quiera con nosotros.
—Hasta que encontremos una forma de frenarlo, tal vez sea la mejor forma de sobrevivir.
Kyle no dijo nada más. Su mirada se desvió al reloj de pared junto a la entrada a la cocina de su departamento. Casi las dos con treinta.
—Volvamos a tu casa —dijo—. Se hace tarde.
Cartman asintió. Sin decir nada más, abandonaron el departamento de Kyle por esa noche.
