Disclaimer: South Park es propiedad de Trey Parker y Matt Stone.
Capítulo 9
Mientras Cartman conducía por la carretera en dirección a las montañas, con el clima enfriándose a su alrededor conforme se acercaba más al pueblo en el cual nació y creció, su mente daba vueltas una y otra vez a las muchas cosas que debería haber hecho el último año y por estar encerrado lamentándose por su destino no había hecho.
Había pensado que aislarse de todos cuantos había conocido era lo correcto. Que el mundo se olvidaría de él y seguiría girando. En parte era así, aunque sabía también que algunas personas, como su madre, no podrían seguir sin él. Quería protegerla, sin embargo, y por eso decidió cortar todo contacto. El dinero que le depositaba cada semana era una suerte de compensación, se daba cuenta. Ridículo de su parte haber supuesto eso, aunque fuera subconscientemente.
¡Era su madre, por Dios! Podía haberse esforzado un poco más, aunque tuviera que engañarla cómo engañaba a muchas otras personas cuando se colaba en sus fiestas y clubes para beber de ellos sin que se dieran cuenta. Tal vez, si resultaba que era una de esas enfermedades crónicas que se desarrollaban durante años para luego presentar síntomas cuando ya es demasiado tarde, no habría cambiado nada; pero al menos no la habría dejado sola y angustiada durante todo ese año.
Su mente lo llevó a lo sucedido un par de horas atrás. Kyle quiso acompañarlo para estar allí si lo necesitaba, y él lo rechazó de todas las maneras posibles. Si pasaba algo, si lo necesitaba, entonces le llamaría. Por ahora, Kyle tenía sus propios problemas en Denver como para distraerlo con sus cosas.
—No es una distracción —argumentó Kyle cuando él usó esa excusa—. Eric, has estado para mí toda la semana, ayudándome, guiándome en esta oscuridad que ahora me envuelve. Yo solamente quiero agradecértelo. Quiero estar contigo y ayudarte si me necesitas.
—Lo sé, Kahl —respondió—, y lo agradezco. Yo solo… —Suspiró—. Todavía tengo la esperanza de que no sea realmente nada. Si te necesito, te llamaré, te lo prometo.
Casi en cuanto cruzó el límite del condado de Denver y se adentró en el condado Park, el clima pareció descender un par de grados de golpe. Tal vez, pensó, se trataba de algo psicológico. Cuando recordaba South Park siempre lo relacionaba con el invierno, el frío y la nieve. Y a pesar de que debería sentirse bien al volver a casa, el motivo que lo llevaba allá se sentía como un castigo por todas las cosas malas que había hecho hasta ahora.
La carretera interestatal no le ayudó en nada a deshacerse de esa sensación. Como todas las carreteras del país, era fría, solitaria y oscura a altas horas de la noche. Sin duda ese cielo encapotado de nubes oscuras, el cual no dejaba ver las estrellas ni la luna, iba muy bien con el ambiente. Todo a su alrededor era oscuridad, los faroles de su coche iluminaban solamente unos pocos metros por delante. De vez en cuando algún otro vehículo pasaba a gran velocidad por su lado, pero estos se perdían tan rápido que más bien parecían visiones borrosas en la carretera. Estaba solo con sus pensamientos en esa noche oscura.
Casi a la una de la madrugada, finalmente la indicación de que la salida hacia South Park estaba a pocos metros apareció. Eran únicamente unos quince minutos más hasta el pueblo. La ladera de la montaña, con los enormes pinos cubiertos de nieve, era ahora lo único que había en su camino. De vez en cuando las luces de alguna granja pasaban a toda velocidad por su lado.
Sintió un escalofrío y detuvo el coche cuando, frente a él, apareció el letrero de madera el cual fue una indicación muy clara de que estaba de vuelta en casa:
«Bienvenidos a South Park, Colorado».
Oficialmente, estaba de regreso en el pueblo de su infancia, en el cual conoció a casi todas las personas que eran importantes en su vida. Ese pueblo pequeño, extraño e impredecible en medio de las montañas, en la ribera del río South Platte.
Arrancó el coche de nuevo y condujo en silencio pasando algunas pocas granjas, hasta finalmente llegar al punto en el que la carretera estatal 9 cambiaba su nombre a Main Street. Giró en Avenida de los Mexicanos, pasando justo frente a la casa de los Tentaburger, la familia de Wendy. Luego, dos calles más allá, pasó junto a la casa de los Broflovski. Seguía siendo del mismo color verde opaco, al parecer a los padres de Kyle les encantaba ese color, ya que desde que recordaba siempre habían usado la misma pintura. Aunque, a decir verdad, casi ninguna casa del pueblo cambiaba de color realmente. South Park, aunque tenía algunos indicios de modernidad tales como el centro comercial, en esencia seguía siendo un pueblecito rural perdido en medio de las montañas.
Se detuvo frente a la casa en la cual creció: el mismo color verde, la misma puerta pintada de color café, el tejado de dos aguas cubierto de nieve, el jardín blanco como todos los del pueblo.
Siguió de largo. Giró por una de las calles laterales, y siguió derecho hasta la calle comercial. No le costó mucho encontrar el hotel del pueblo.
Se apeó del coche y entró. En la recepción se encontró con Peter Mullen. No era extraño, su familia era dueña del lugar desde hacía casi setenta años. Peter parecía estar dormitando cuando Eric entró haciendo sonar la campanilla que había sobre la puerta, haciendo que se despertara con un sobresalto.
—Buenas noches —saludó Cartman sin mucho entusiasmo.
Peter se acomodó los lentes. A Cartman le pareció que el tiempo no le habías sentado bien, puesto que se le veía algo demacrado para su edad.
—Sí, ¿en qué puedo ayudarlo? —preguntó con voz amable, aunque con un deje de cansancio en el fondo.
—Necesito alquilar una habitación hasta mañana por la noche. De preferencia con ventanas que den hacia el norte o al sur.
Peter pareció un poco desconcertado por eso.
—Tenemos una. La gente no suele pedirla, ya que sus únicas dos ventanas dan hacia el norte y no es una buena vista.
Por su puesto, pensó Cartman, ¿quién quiere una habitación con vista «vista privilegiada» del basurero municipal?
—Está muy bien.
El recepcionista hizo los trámites en la computadora. Se pagaba por adelantado, así que Cartman le pasó su tarjeta de crédito.
—¿Eric Cartman? —preguntó Peter al ver su identificación y los datos de la cuenta a la que se hacían los cargos—. ¿Eric Cartman de la escuela primaria?
—Sí, soy yo —respondió.
—Vaya. No te reconocí, has cambiado mucho.
—El tiempo pasa.
Peter asintió, mientras terminaba de hacer los trámites.
—¿Por qué rentar una habitación? —preguntó mientras le devolvía su identificación y su tarjeta—. Creo que te sería más cómodo llegar a casa de tu madre.
—Mira la hora que es, Peter. No voy a molestar el sueño de mi madre solamente porque se me ocurrió llegar al pueblo en la madrugada.
Peter se encogió de hombros.
—Supongo.
Salió de detrás del mostrador.
—Te llevaré a la habitación.
—¿No es peligroso que dejes solo el mostrador? —preguntó Cartman.
—El pueblo es demasiado tranquilo, no hemos tenido asaltos en casi seis meses. Respecto a los clientes, debes darte una idea de cómo es un hotel de pueblo pequeño: no se llena hasta el verano con la fiesta de la fundación de South Park, e incluso entonces es todo muy tranquilo. Vivir en la ciudad te hace paranoico: crees que todos quieren robarte.
—Puede ser.
Guardaron silencio mientras subían las escaleras de madera hacia la segunda planta del hotel. Llegaron a un pasillo alfombrado y siguieron hasta el final del mismo. Peter abrió la puerta y luego le pasó las llaves a Cartman.
—Tiene baño privado con agua caliente, por supuesto. Aunque no pienso que lo necesites mucho. Supongo que solamente quieres un lugar donde descansar por esta noche.
—Gracias de todas formas.
—Oh, mi esposa, Heidi, sirve el desayuno en la cafetería del hotel entre siete y nueve de la mañana, por si te apetece.
—¿Heidi? ¿No será Heidi Turner?
—Mullen ahora. Nos casamos hace tres años.
—Felicidades.
—Gracias. Te dejo para que descanses.
Tan pronto la puerta se cerró, Cartman dejó caer la pequeña maleta de mano que cargaba consigo. Era realmente una habitación de aspecto acogedor, con una cama matrimonial, un armario y una puerta que sin duda llevaba al baño. Tenía una decoración agradable de tonos pasteles. Dos ventanas que daban hacia el norte con un tamaño decente.
Eric consultó su reloj, casi a las dos de la madrugada. Había bebido algo antes de salir de Denver, aunque quizá debiera ir a buscar un bocadillo nocturno en el pueblo para estar un poco más presentable cuando viera a su madre a la noche siguiente. Hizo una mueca ante ese pensamiento. No le gustaba la idea de tener que cazar en su pueblo natal. Además, con la poca cantidad de habitantes, sin duda levantaría algo de sospecha si alguien moría de forma inusual justo en la noche en la que él llegó al lugar.
Se sentó en la cama. Descartada la alimentación, no le quedaba nada que hacer mientras aún fuera de noche. Solo le quedaba idear cómo pasar las horas diurnas. Tal vez debería envolverse muy bien en las mantas y meterse al armario. No era una manera cómoda de pasar el día, pero lo protegería de la luz. A pesar de haberse asegurado de que las ventanas no dieran directamente al este y oeste, la luz indirecta seguía siendo dañina.
Esos preparativos le hicieron darse cuenta de que no podía darse el lujo de quedarse allí más de un par de noches. El pensamiento le sentó fatal: era como haber vuelto solamente para despedirse de su madre definitivamente.
Se recostó en la cama viendo hacia el techo. Había un abanico de techo hecho de madera. Se imaginó que debía ser meramente decorativo, dado el clima de South Park. Quizá únicamente lo encendían unas pocas semanas en verano, aunque con el aire acondicionado era poco probable que fuera necesario.
Cuando dieron las cuatro, echó el seguro a la puerta, quitó las mantas de la cama y se envolvió con ellas para posteriormente entrar en el armario. Eso protegería su cuerpo de la luz del Sol. Como de costumbre, unos minutos antes de que el sol saliera, sintió como sus sentidos se apagaban. No era como dormir, definitivamente: sus músculos se ponían rígidos, todas las sensaciones comenzaban a desaparecer como si se desconectara del mundo; luego, todo pensamiento y rastro de consciencia desaparecían, hasta que sol se ocultara a la siguiente tarde.
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La tarde del lunes, nada más el sol desapareció tras las Rocosas, Cartman se puso en movimiento. Acomodó la cama lo mejor que pudo y salió del hotel. Eran más de las siete treinta de la tarde cuando estacionó el vehículo frente a la cochera de su madre y salió. Todavía tenía su llave –debido a la insistencia de su madre—, pero aun así optó por llamar a la puerta.
Su sorpresa fue grande cuando quien abrió la puerta no era otra que la enfermera Gollum. Se le notaba el paso del tiempo: su cabello rosa estaba encanecido por completo y su rostro era el de una anciana, con un feto adherido al lado izquierdo del rostro, pero el de una anciana finalmente.
—¿Eric Cartman? —preguntó la mujer.
—Vine a ver a mi madre.
La enfermera asintió y se hizo a un lado para dejarlo pasar.
—Está con el doctor ahora mismo —aclaró.
—Ella está muy mal, ¿verdad?
La enfermera sonrió con tristeza mientras lo conducía hacia la segunda planta. Cartman notó como el lugar no había cambiado mucho desde la última vez que estuvo allí. Las paredes mostraban una sucesión de fotos suyas, desde su nacimiento hasta la graduación de la universidad, y por supuesto, una copia de su título que Liane Cartman exhibía con orgullo.
—No sé si debería decírtelo, Eric —dijo finalmente—. Ella no quería que te enteraras.
—Soy su hijo… —Las palabras le hicieron sonar tan vulnerable que en otro tiempo le habría molestado admitirlo, ahora no había podido evitar decirlas.
—Ella no quiere que la veas así, decayendo. A algunas personas no les gusta que sus familiares, sobre todo cuando son lo único que tienen, les recuerden enfermas y demacradas en cama.
Cartman apretó los puños. Esta era la conversación de una enfermera que cuida a un paciente terminal. Eso le transmitía cada palabra dicha por la mujer.
La señorita Gollum había sido la enfermera escolar de la primaria de South Park cuando él estudiaba allí. Hacía un tiempo escuchó que se retiró recientemente. Seguramente desde entonces había estado trabajando en la práctica privada. Estaba seguro de que, si llamaba a su banco para pedir los estados de cuenta de su madre, encontraría allí los pagos que ella debía estar haciendo desde que la contratara, seis meses atrás.
—¿Qué tan malo es?
—Deberías hablar con su médico. No me corresponde a mí.
Eric asintió. Ahora estaban de pie fuera de la habitación de su madre, esperando a que el médico saliera. Para él no resultaría nada difícil concentrar su oído para acallar todo ruido a su alrededor, por muy insignificante que fuera, y escuchar la conversación que se desarrollaba en esa habitación. No quería hacerlo, sin embargo. No sabía si podría soportar lo que escucharía de hacer eso.
Finalmente, la puerta se abrió y salió el médico. Era un hombre joven, de unos treinta y tantos años. Vestía un saco color café sobre la ropa de vestir.
—Buenas noches —saludó el médico, al notar a Cartman—. Debes ser Eric. Soy el médico de tu madre, Edward Howard. —Esperó a un asentimiento para continuar—. Tu madre dijo que vendrías, y cuando escuchó que llamaban a la puerta a esta hora supuso que eras tú. No se equivocaba.
—¿Cómo está ella?
—No puedo mentir. Mal, muy mal. Hay que procurar que pasé cómoda sus últimos días. Yo preferiría llevarla a un hospital, aunque ella se niega a dejar su casa.
Cartman cerró los ojos. Lo sabía, prácticamente había vuelto para despedirse.
—¿Qué es lo que tiene?
—Tuberculosis. —El médico observó la reacción de Cartman ante eso. Era natural, muchos pensaban que la tuberculosis ya no era mortal dados los avances en antibióticos y otros medicamentos—. Desafortunadamente, la tuberculosis se ha convertido en una de las infecciones oportunistas más dañinas en personas con el sistema inmunológico comprometido. En el caso de Liane, dado que no fue diagnosticada a tiempo, me temo que llegamos al punto en que los antibióticos han perdido toda su efectividad.
Para Cartman, las palabras del médico decían más de lo que parecía a simple vista: pudo ver en su mente todo el historial médico de su madre de los últimos meses. El cáncer fue detectado. Los tratamientos de radiación que la habían dejado sin sistema inmune, propiciando que las infecciones oportunistas atacaran. Al parecer, ni siquiera los avances médicos de los supuestos país del primer mundo podían hacer nada contra ciertas enfermedades, las cuales incluso, después de todos esos siglos de estudio y experimentación, podían ser evitadas del todo.
—Hay que tratar de hacer que esté lo más cómoda posible —siguió el médico.
—¿Cuánto queda? —Ya lo sabía, pero sentí que no sería real hasta que lo oyera salir de los labios del médico.
—Una semana, quizá un mes como mucho. No llegará al invierno, de eso estoy seguro.
Eric se recargó contra el muro cerrando los ojos. Sintió como la mano de la enfermera se posaba en su hombro.
—Gracias por todo, doctor.
La enfermera sonrió con tristeza.
—Entra verla, Eric, yo acompañare al médico a la puerta.
Él asistió. Los otros dos se encaminaron hacia las escaleras. Cartman se acercó a la puerta. Iba a abrirla, pero se detuvo con la mano sobre la perilla. ¿Qué le diría? Imaginó que no podía entrar allí como cuando era un chiquillo, gritando y corriendo. Tampoco quería llegar con una conversación casual.
Soltó el aire que sin darse cuenta se había estado conteniendo y entró a la habitación.
De inmediato el hedor de las medicinas mezcladas con la enfermedad le pegó directamente. Sintió algo de náuseas, pero hizo uso de toda su voluntad para contenerse. Tal como lo había imaginado un par de noches atrás, Liane Cartman estaba allí, recostada en la cama con el semblante pálido y demacrado. Las ojeras bajo sus ojos, la manera en la que se estremecía ante la más leve corriente de aire, todo era una visión terrible. Los frascos de medicina y las cajas de pañuelos desechables, además de la papelera repleta de papeles manchados con sangre (la sangre de su madre, dijo su mente), complementaban esa terrible visión. El olor de la sangre le indicaba que estaba mala, contaminada por las bacterias de la tuberculosis.
—¿Eric? —susurró ella con voz leve.
La pregunta lo sacó de su mutismo. Dio un paso al frente y cerró la puerta tras de sí. Había tantas cosas que quería decir, sin embargo, de sus labios solamente salieron las palabras más mundanas posibles:
—Hola, ma', volví a casa.
Liane sonrió un momento. Al siguiente un acceso de tos hizo la sonrisa maternal, aquella que tantas veces le dirigió y él no había sabido apreciar, se borrara.
Adelantándose, aunque con cuidado de no usar más velocidad de la debida, Cartman se colocó junto a ella.
—Te ayudaré.
—Ya estoy bien —dijo ella mientras hacía un bollo con el pañuelo de papel entre sus manos y lo arrojaba a la papelera—. No quería que me vieras así, Calabacín.
Hacía años, desde la secundaria, que ella no usaba ese sobrenombre. Eric se lo había pedido, o más bien exigido, las vacaciones de verano antes de su primer año. Ya no soy un niño pequeño, dijo, me avergüenza que me llames así. Pero ahora esa palabra significaba muchas más cosas, pero especialmente la añoranza de los días mejores que ya nunca volverían.
—Me alegra tanto que estés aquí —dijo ella, con voz débil—. He estado tan preocupada este último año.
—Lo siento, no fue mi intención… Pasaron tantas cosas. —Mientras hablaba se sentó en una silla junto a la cama. Imaginó que la enfermera y el médico la utilizaban cuando la acompañaban, y quizá también alguna visita (seguramente Sharon Marsh, la madre de Stan).
—Debes haber estado muy deprimido. Amabas tanto a Patty.
—Aún la amo. —Sonrió en una mezcla de tristeza y resignación.
—¡Oh, Eric! —Un nuevo acceso de tos. Cartman se sentía inútil allí, no pudiendo hacer más que verla morir.
Su madre se calmó, tomó algo de aire y luego le dirigió una mirada compasiva, mientras le palmeaba la mano.
—¿Qué sucedió?
—No quiero hablar de eso.
—¿Sabes que me parece? —Hablaba con ese tono maternal que siempre usaba para consolarlo cuando sus planes enrevesados salían mal, en aquellos lejanos días de la niñez—: Qué has estado guardado esto por tanto tiempo, sin hablarlo con nadie, solo para ti mismo, que te está lastimando.
Tal vez tenía razón, pensó Eric, de hecho, si se tratara un simple malentendido común entre una pareja, sería eso sin duda. De ser así, cuando le contó todo a Kyle unas noches atrás habría sido más que suficiente, pero no era así.
—Es complicado. Una serie de errores y malentendidos…
—Entonces habla con ella. Si se trata de eso, pueden arreglarlo.
—Ya es tarde.
Su madre le miró con resignación y comprensión.
—¿Ella tiene a alguien más?
—No lo sé. No hemos vuelto a hablar desde Londres. —Cerró los ojos—. Creo que sería mejor si fuera así. Ella merece ser feliz. Yo no puedo darle eso.
—No digas tonterías, Eric —reprendió ella—. Eres una buena persona, a pesar de todo lo que hiciste en tu niñez. Viste a través de esos errores y te convertiste en un gran hombre. Y ustedes se amaban tanto. Yo pienso que, si aún hay tiempo, pueden arreglarlo y ser felices los dos.
Cartman cerró los ojos. No podía arreglar lo que Kenny le había hecho.
—¿Estás bien?
Abrió los ojos, sorprendido por la preocupación con la que su madre había hablado. Entonces notó la humedad en su rostro. Se llevó los dedos a la mejilla derecha y limpió las lágrimas de sangre que se deslizaban por su mejilla. Luego, volvió la mirada hacia su madre. Su rostro, más que horror, denotaba una preocupación maternal. Liane se olvidó de su propia enfermedad ante lo que pasaba con su hijo.
—Debo llamar al médico —dijo—. Necesitas ayuda, Eric.
—No —dijo él mientras la sostenía por la muñeca antes de que pudiera llegar al teléfono en la mesita de noche junto a la cual él estaba sentado. Se dio cuenta de que había usado más fuerza de la debida al notar el rictus de dolor en el rostro de su madre. La soltó de inmediato—. No es necesario —agregó.
—¡Eric, puede ser algo grave! —habló ella sobre el dolor.
—Te lo aseguro, mamá, estoy bien. Necesitas descansar, no te preocupes por nimiedades.
—Tus ojos sangran, ¿cómo no quieres que me preocupe?
Notó la mirada escrutadora de su madre. Esa mirada que es como de rayos x y que ellas usan para detectar cualquier cosa fuera de lo normal con sus hijos.
—No te ves bien, Eric. Estás pálido. ¿Has estado comiendo bien? Oh, espero que la depresión no te esté causando problemas de salud.
—Estoy bien, mamá.
Un acceso de tos detuvo a Liane Cartman de hacer más preguntas. Se llevó las manos a la boca mientras su cuerpo delgado se estremecía ante los espasmos. Eric, sintiéndose algo torpe, la ayudó a que pasara y le limpió la sangre de la comisura de la boca con un pañuelo.
—Insisto en que debes ver al médico, Calabacín.
Eric la ayudó a acostarse, pues se notaba que ya había hecho demasiado para un solo día.
—Lo haré, mamá, lo prometo. Ahora descansa.
Liane le sonrió un poco, antes de que las medicinas que el doctor le había aplicado en su visita hicieran efecto y comenzarán a dormirla. Al parecer, su deseo de hablar un poco con su hijo era lo que la había mantenido consciente a pesar de los fármacos.
Cartman permaneció allí, sujetando su mano, mientras podía sentir a través de su piel como las bacterias se comían sus pulmones y su vida. Liane apenas era consciente de lo que pasaba en la habitación, mientras los medicamentos apagaban su consciencia.
—Mamá —susurró—. Si yo tuviera algo que pudiera ayudarte, ¿lo aceptarías?
Tal vez la sangre de Kenny pudiera hacer algo para ayudarla. No quería condenarla a ser lo que él era. Pero, había visto lo que unas gotas hacían en una pequeña herida. Tal vez un poco de esa sangre, dada sin desangrarla al borde de la muerte como se hacía al transformar a alguien, podía matar las bacterias o debilitarlas lo suficiente para que los antibióticos funcionaran.
Notó un vaso y una jarra con agua junto a la cama. Se levantó y fue a tomarlos —estaban en la mesita de noche del lado contrario—. Vertió un poco de agua en el vaso. Luego, sin detenerse a pensar en que hacía, se cortó el dedo y mezcló sangre en el agua hasta diluirla por completo. No mucha, únicamente el equivalente a una jeringuilla para muestra de sangre.
—Mamá —susurró. Liane aún no estaba del todo inconsciente—. Bebe, solo un poco. —La ayudó a entreabrir la boca y a pasar el líquido.
Se sentó de nuevo en la silla, observando cómo su madre dormía, de vez en cuando había un acceso de tos, pero no se despertaba.
Si no pasaba nada, entonces estaría bien. Ya se encargaría de que sus últimos días fueran tranquilos y felices.
No se daría cuenta del error que había cometido hasta la noche siguiente.
