Disclaimer: South Park es propiedad de Trey Parker y Matt Stone.


Capítulo 10


Eran aproximadamente las tres de la mañana cuando Kyle se levantó apresurado del sofá de Cartman. Su celular tenía un rato sonando. Se levantó y fue a contestar de inmediato. Por la hora solo podía ser Eric. Cuando confirmó que era así, una serie de sentimientos que iban desde la angustia hasta el alivio pasaron sobre su pecho. Decidió que no se preocuparía a menos que fuera necesario y contestó el teléfono.

Kahl… —La voz le llegó a través del aparato, sonando angustiada y desesperada. Su corazón comenzó a latir con fuerza y sintió como si de pronto todo se desplomara sobre él.

—¿Qué sucedió? —preguntó tratando de mantener toda la compostura lo más posible para no aumentar la obvia desesperación de su amigo.

—Creo… —Se hizo el silencio. Era como si Eric no fuera capaz de encontrar las palabras, algo irónico, pues, si de algo podía presumir Eric, era de su gran capacidad de discurso. Eso fue lo que lo convirtió en uno de los abogados más prominentes de Denver a una edad tan joven—. Creo que cometí una estupidez… No, quizá sea algo mucho peor que eso.

Kyle cerró los ojos. ¿Qué podría haber pasado? Su mente vagó en muchas direcciones. ¿Lo descubrieron? ¿Mató a quien no debía? O, tal vez, ¿se había alimentado de su…? Sacudió la cabeza para apartar todas esas ideas de su mente. Lo mejor era dejar que Eric lo dijera y luego, si podía, lo ayudaría.

—¿Qué pasó? —Nuevamente hizo un gran esfuerzo por mantener la calma.

—Yo no lo sé. ¡Pensé que podía ayudarla! Me equivoqué. —Lo último era un susurro ahogado, y solo su oído agudizado por la sangre vampírica le permitió escucharlo—. Ahora, no puedo hacer nada para arreglarlo. ¡Dios, Kahl, no tengo una maldita idea de qué hacer! Necesito ayuda.

—Voy para allá —indicó de inmediato sin pensarlo mucho.

Estaba a punto de colgarle y correr hacia su coche, sin importarle que el día lo atrapara en la carretera.

—¡No! —El grito de Eric a través de la conexión celular lo detuvo—. No te arriesgues. Queda muy poco para el amanecer y es, mínimo, hora y media en carretera, eso sin contar que debes cruzar toda la ciudad.

—Entonces, ¿qué quieres que haga?

—Tienes al menos dos horas hasta el amanecer. Busca a Kenny, si es que el cabrón sigue en la ciudad.

—Eric, yo…

—Lo sé, lo odias, yo también. Pero, entiende, es el único que puede ayudarme ahora. Él sabe más de esto. Por favor, Kahl, no te lo pediría si no fuera mi única opción.

Kyle se mordió los labios. Ver a Kenny en esos momentos era lo último que quería. No le perdonaba el haberle hecho eso, no le perdonaba el haberle hecho lo mismo a Cartman y por supuesto, lo que le hizo a Patty. El cabrón había llegado a sus vidas para maldecirlas.

—Está bien —dijo finalmente en un suspiro resignado—. Espero que sepas lo que haces.

—No te mentiré, Kahl: no lo sé. Aunque, por lo que hice aquí, creo que realmente no tengo ni idea de nada en estos momentos.

—¿Cómo lo llamo? —Obviamente era urgente localizarlo lo antes posible, el problema es que no tenía tiempo para ir por allí buscándolo a tientas por toda la ciudad; y hasta dónde sabía no había un teléfono u otro medio para dejarle un recado.

—Con tu mente. Cierra toda conexión con el mundo. Concéntrate solo en él y llámalo con el pensamiento. Si él está cerca, acudirá, esperemos que antes del amanecer. De otra forma, inténtalo mañana. Si acabas de alimentarte, la conexión será más fuerte.

—Voy a intentarlo.

—Sé que puedes. Gracias, Kahl…, te amo.

Kyle sintió una extraña calidez en su pecho.

—También te amo —respondió sin dudarlo, y luego colgó.

No era un amor romántico, pensó, era más bien el amor a un maestro. Aunque no era la sangre de Cartman la que lo había maldecido, si era quien había estado junto a él en todo ese camino entre la oscuridad. Le ayudó a comprender lo que era ahora y cómo debía afrontarlo. No lo había aceptado, de eso estaba seguro, y tal vez jamás lo aceptaría. Estaba en luto por su humanidad perdida y las cosas que se había llevado. Un luto que jamás pasaría, o al menos era lo que parecía en ese momento.

Respiró profundamente varias veces, se sentó en el sofá y cerró los ojos. Al concentrarse, el mundo se convirtió en una cacofonía extraña de sonidos reales y mentales. Se convirtió en una especie de antena de radio captando las señales de cientos, miles, tal vez millones, de estaciones al mismo tiempo. Debía entonces modular las señales, de tal manera que se deshacía de las que no le eran útiles. No era fácil, puesto que no tenía mucha experiencia en eso. Si de por sí era difícil aislar las voces y sonidos cuando estaba en un lugar público, al hacer eso, centrado únicamente en escuchar con la mente y no con el oído, era mucho más complicado.

Lo primero que eliminó de su rango fueron los sonidos de los insectos, los animales, los coches y, finalmente, las pocas voces humanas de los alrededores. Ahora solamente quedaban los «sonidos» de los pensamientos –no se le ocurría una mejor forma de describir esa extraña cacofonía mental–. Al ser de madrugada, y con la mayoría de las personas durmiendo, lo que le llegaba era extraño, sin mucha lógica: retazos de los sueños de los durmientes, pensamientos casi inconexos, sin sentido. Finalmente, se deshizo de eso también.

El silencio físico y mental lo invadió. Extrañamente, se sintió en paz por un momento. Era como haberse desconectado por completo del mundo e ir a la deriva en medio de una oscuridad que, más que aterradora, resultaba reconfortante. Allí no había preocupaciones: era solo él y sus pensamientos. Pero sabía que no podía dejarse absorber por ese mundo. De alguna manera, entendía que estaba a la deriva en un océano con solamente una cuerda muy delgada como única ancla con tierra firme, a un paso de perderse completamente y jamás volver al exterior. Hacerlo quizás sería bueno: apartarse de toda la mierda y quedarse en aquel rincón pacífico de sus pensamientos. No podía, sin embargo, tenía que ayudar a Eric, tenía que hacer tantas cosas en el mundo real a pesar de los horrores que estaban pasando en su vida últimamente. Así pues, se obligó a hacer lo que debía y a olvidarse de ese sitio de relajante y pacífica oscuridad.

Kenny…

El pensamiento surgió con una intensidad tal que por un momento sintió como si una ola lo golpeara. No era un pensamiento común, era como estarlo gritando, como enviar una señal codificada muy potente para que aquella persona, o más bien ser, a quien quería contactar, lo escuchara desde cualquier lugar en el que estuviera.

Kenny…

Repitió su llamado, está vez con más fuerza. Esperó, tratando de captar cualquier indicio de haber sido escuchado. Nada.

Kenny…

Volvió a hacer silencio en su mente. Expectante. De pronto, algo lo sacó de aquel mundo. Su cuerpo físico sintió como unos brazos se envolvían alrededor de él, y luego unos labios suaves se posaron en su cuello, besándolo con cierta ternura.

Abrió los ojos. Alguien lo abrazaba por la espalda.

—¿Me buscabas, Pelirrojo? —susurró Kenny con tono sensual en su oído. Kyle se estremeció ante eso, sintiéndose vulnerable por un momento.

—Suéltame —dijo fríamente recobrando algo de compostura.

Kenny sonrió. Le besó de nuevo y luego se apartó. Casi un segundo después, estaba sentado en la butaca frente a él, viéndolo con una sonrisa arrogante en su rostro.

—Entonces, pequeño Kyle, ¿para qué me has llamado? Creí que no querías volverme a ver en la eternidad.

Kyle frunció el entrecejo molesto.

—Cierto, si por mí fuera, te prendería fuego ahora mismo para no tener que volver a verte.

—Me temo que eso no acabaría bien para ti.

—Lo sé. —Cerró los ojos y trató de relajarse. Eric lo necesitaba y él no podía fallarle. Por ahora tendría que tragarse su furia y aguantar las provocaciones de ese monstruo—. Necesito… Eric necesita tu ayuda —se corrigió al final.

Abrió los ojos. Kenny le miraba con una expresión indescifrable.

—El neonato tonto hizo algo que no puede revertir —dijo—, y ahora, como un niño que pretendió hacer un trabajo de hombres por su propia cuenta, vuelve a su «padre» a que le resuelva el problema.

—Vas a ayudarlo.

—¿Eso es una orden? —preguntó alzando una ceja. Luego sonrió presuntuoso—. Oh, pequeño Kyle, aquí el que va a dar las órdenes soy yo.

Se levantó en un rápido movimiento, y antes de que Kyle siquiera pudiera parpadear, ya lo tenía sobre él, empujándolo hacia atrás contra el respaldo del sofá. Podía sentir su aliento impregnado con el hedor de la sangre en su rostro. Su mente quería apartarlo, sus instintos de vampiro , en cambio, anhelaban, no, exigían la sangre para saciar la sed que ese aroma despertaba en ellos.

Kyle pensó que así era como se había sentido Eric a merced de aquel ser. El rostro de Kenny se acercaba cada vez más al suyo, sin que pudiera hacer nada para detenerlo, luego, sus labios se juntaron. Luchó para que lo soltara, dándose cuenta de la diferencia de fuerza abrumadora entre él y Kenny. El rubio podía hacer con él lo que quisiera sin que pudiera oponer más resistencia que la de las palabras.

—¿Quieres que ayude a tu querido Eric? —preguntó Kenny separando sus labios, aunque no del todo.

Kyle asintió, con rigidez y reticencia. Kenny se dio cuenta de la lucha dentro de él. El miedo y la furia se mezclaban perfectamente en él. Miedo de lo que iba a pasar a continuación, de no poder hacer nada para evitar, pero, sobre todo, de arruinar las cosas y no conseguir la ayuda que Eric tanto necesitaba.

—Bien —dijo Kenny sonriendo triunfal—, muy buena elección, pelirrojo. Ayudaré a Eric, pero a cambio tú serás completamente mío una noche entera. Obedecerás cada una de las órdenes que te dé, sin rechistar en lo más mínimo. Ese es el trato. Lo tomas y ayudó a Eric con cualquiera que sea la tontería que cometió; lo dejas y estará por su cuenta. Y, créeme, por sí mismo solamente conseguirá acabar muy mal.

Kenny se apartó un poco, observándolo como si midiera todas sus reacciones.

La mente de Kyle se negaba en rotundo a aceptar un trato como ese. No se vendería a Kenny como si fuera… Un prostituto o algo peor. No podía. Entonces recordó la desesperación de Eric. Lo necesitaba, lo que fuera que había pasado en South Park era algo muy grave que ni él ni Eric podían resolver. Debía tragar su orgullo para ayudarlo.

—Acepto —susurró.

—No te escucho, habla más fuerte, pequeño Kyle.

El pelirrojo quiso maldecirlo en todos los idiomas posibles al ver la sonrisa cruel en el rostro de Kenny. Se tragó el orgullo de nuevo, era un trago muy amargo, a decir verdad, y habló con toda claridad:

—Voy a ser tuyo una noche, si ayudas a Eric.

La sonrisa de Kenny se ensanchó ante eso. Avanzó hacia él como un gato, y Kyle se sintió vulnerable como un ratón.

—¿No pretenderás cobrar ahora mismo? —preguntó con más miedo en su voz del que pretendía.

—Pequeño Kyle, en menos de una hora será de día. No podríamos hacer nada divertido en una hora. Quiero toda la noche: despertarás junto a mí al anochecer, y te sumirás en el sueño de muerte en mis brazos al amanecer.

Kyle asintió. Ya había supuesto que no podía ser tan fácil, no con Kenny.

Por otro lado, no podía evitar sentirse horrible ante lo que acababa de aceptar. De solo imaginarse yaciendo en la cama junto con Kenny mientras este hacía con él lo que quisiera le daban náuseas. Ahora podía comprender lo vulnerable y destrozado que debía de haberse sentido Eric a su merced en Londres.

—Bien, pequeño Kyle, descansa, ya que mañana iremos a ese lugar… South Park, a resolver lo que sea que Eric haya hecho. Respecto a nuestra noche mágica, tendrá que esperar un poco. Debo hacer preparativos para que sea inolvidable.

—Preparativos para una noche de sexo obligado, perdona si no siento entusiasmo por eso.

Al terminar de hablar, se dio cuenta de la mirada extrañada que Kenny le dirigía. Luego, comenzó a carcajearse con genuina diversión.

—Oh, Kyle, ¿quién habló de sexo? Me temo que estamos incapacitados para llevar a cabo tal acción reproductiva… O más recreativa.

Kyle lo miró con genuina sorpresa. Si no quería sexo, ¿entonces qué? Espera, ¿incapacitados?

—No te has dado cuenta —dijo Kenny—. Y Eric no te lo dijo. Supongo que no lo consideró importante. Tal vez tu vida sexual era inexistente y por eso pensó que daba igual si te lo decía o no.

Kyle sintió rabia al notar la burla en las palabras de Kenny. El rubio, mientras tanto, se acercó a él de nuevo. Volvió a acorralarlo contra el respaldo del sillón, al tiempo que su mano se dirigía a su entrepierna. Kyle jadeó sonoramente, al sentir como la mano de Kenny comenzaba a moverse en círculos, masajeando su miembro.

—¿Sientes algo? —susurró en su oído.

Kyle estaba paralizado, abrumado, por lo que tardó un momento en responder:

—Nada.

Era eso. Su miembro se había puesto erecto, debido a la estimulación en la circulación sanguínea de las venas que lo atravesaban, pero no había nada más. Ni excitación ni placer de ningún tipo.

—La sangre reanima casi todo el cuerpo, les devuelve cierta funcionalidad a los órganos vitales y, mientras tengas sangre suficiente en el organismo, te permite reconstruirlos de prácticamente cualquier daño, excepto del de las quemaduras. Los órganos necesarios, cerebro, pulmones, corazón, un poco del aparato digestivo, se mantienen funcionando. El aparato reproductor, por otro lado, es inútil para nosotros. No nos reproducimos como los mortales, por lo tanto, nuestra sangre considera innecesario mantener funcional dicha parte de nuestra fisionomía.

Se apartó de Kyle. El pelirrojo parecía realmente sorprendido con eso. Había supuesto, debido a lo que Cartman le había dicho, que Kenny le había obligado a…

—Tal vez lo masturbe un poco siendo mortal —dijo Kenny como respuesta a esa duda—. Es fascinante ver esas expresiones de placer en los rostros de los mortales. Quería que lo experimentara una vez más antes de tener que olvidarse del sexo por la eternidad. Vamos, incluso le conseguí unas putas para que se entretuviera mientras yo dormía. Al final yo también me divertí con ellas, estaban exquisitas, a pesar de las infecciones.

Kyle sintió asco de escuchar a Kenny. No por las pobres mujeres, sino de la forma tan poco humana en la que se expresaba del acto del asesinato.

—Si hubiéramos tenido algo de tiempo, quizá también te habría permitido divertirte una última vez.

Se puso de pie y se acomodó la camisa y el saco.

—En fin, lo más cercano que tendrás ahora a un orgasmo es ese dulce momento en que el corazón de una víctima muere en tus brazos, cuando la oscuridad de la muerte les reclama a pesar de sus deseos desesperados de vivir. Entre más fuertes sean, entre más se resistan, más satisfactorio es y se llena el vacío de nuestra existencia, por unos momentos, al menos.

Estaba a punto de irse.

—¿Para qué quieres una noche conmigo si no es para sexo?

La pregunta de Kyle lo detuvo. Se giró sonriendo con malicia.

—Voy a mostrarte el vampirismo a mi manera, pequeño Kyle. Quien sabe, tal vez termine gustándote y abandones esa estúpida sensibilidad mortal para caminar a mi lado en la senda de la noche.

—Jamás pasará.

—Ya lo veremos —susurró—. Ahora, vete a dormir. En cuanto anochezca, estaré aquí para ir a cumplir con mi parte del trato.

Abrió la puerta y salió.

Kyle se sintió abrumado y derrotado. Con paso cómo de zombi, fue a echar el seguro y la cadena a la puerta principal. Luego, de la misma manera autómata, se dirigió a la habitación. Dos minutos antes de que el sol despuntara en el este, Kyle cayó completamente rendido en la cama, mientras el sueño de muerte lentamente le invadía.

- SP -

Kenny estaba sorprendido. El poder de Kyle era enorme. Físicamente, aún le faltaban siglos para estar a su nivel, pero su mente era algo completamente diferente. Había conseguido dominar las conexiones mentales en una semana. Eric era un novato completo en eso, al grado que para él había sido muy difícil contactarlo desde aquel pueblito de montaña. Su voz se perdía entre la muchedumbre de la ciudad, por lo que únicamente recibió un mensaje difuso cuando se dio cuenta de que intentaba llamarlo. Decidió ignorar eso al darse cuenta de que al fallar recurriría a Kyle, dándole a él una oportunidad para acercarse al pelirrojo. Seguramente Eric pensaba que, a pesar de la poca experiencia de Kyle, podría tener más éxito al estar más cerca.

Kenny, ya al tanto de esto, estaba ya en camino a casa de Eric, listo para presentarse, fingiendo que había escuchado su mensaje de casualidad.

«Tienes suerte de que haya estado cerca», consideró decirle, antes de ver lo vulnerable que se volvía al entrar en el trance mortal. Habría que resolver eso. Un vampiro no podía permitirse una debilidad como esa, menos aún un vampiro de su línea.

A la vez, tenía curiosidad por ver que tanto Eric podría haberle enseñado en una semana, seguramente menos de lo que él le había mostrado en poco menos de un mes. Para su sorpresa, con solo los fundamentos básicos, Kyle logró sumirse en lo profundo de su mente en menos de una hora. Fue algo tan profundo, tan perfecto, que a él le había tomado doscientos años llegar hasta ese punto. Kyle era poderoso en sus capacidades psíquicas, en términos mortales modernos, llegaban a niveles demasiado elevados para un neonato como él. Tal vez pronto aprendería a hacer estallar las cosas en llamas únicamente con desearlo.

Recordó la lámpara rota aquella noche en la que Kyle lo corriera de su departamento, y la expresión que por un momento logró ver en el rostro de Cartman: era la de alguien que ve eso por segunda vez. Estaba seguro de que, aunque Kyle no lo supiera, él ya podía hacer ciertas cosas con su mente mucho antes de que su sangre se fortaleciera con el poder del vampirismo.

Eso lo maravilló. Estaba deseoso de ver hasta dónde podía llegar. Tal vez, solamente tal vez, en unas pocas décadas, Kyle podría enfrentarse a vampiros de los niveles más altos, incluso aquellos que más que monstruos parecían ángeles caídos o incluso dioses… Como su propio creador.

—Ah, Pelirrojo, tenemos mucho en común —dijo mientras se metía entre las sábanas de seda de esa enorme cama de la habitación que alquilaba en el hotel más lujoso de la ciudad—, ambos fuimos tomados por la fuerza, ambos odiamos a quienes nos hicieron esto. Pero, creo, puedo conseguir que tú vengas a mí. Yo no cometeré los errores de mi padre, tenlo por seguro.