Disclaimer: South Park es propiedad de Trey Parker y Matt Stone.


Capítulo 11


El camino se estaba haciendo demasiado tenso. Kenny intentó iniciar la conversación al menos una docena de veces, pero lo único que obtuvo por parte del pelirrojo, quien conducía, fue silencio. Entonces, mientras ponía cara de aburrimiento, desvió la mirada hacia la ventanilla. Eso no hizo más que ponerlo peor. Allá afuera solamente había oscuridad y uno que otro letrero a la orilla de la carretera. Muy de vez en cuando aparecía alguna estación de servicio, restaurante de camioneros o motel barato. Estos, sin embargo, pasaban tan rápido que realmente daba igual que estuvieran allí o no. Regresó la mirada a Kyle y trató de nueva cuenta de sacar alguna conversación, incluso de temas triviales, obteniendo el mismo resultado. Eso se prolongó durante todo el viaje.

Kyle, por su parte, no apartaba la mirada del camino frente a él. No quería hablar con el rubio, de hecho, de no ser porque tenía que ayudar a Eric, ni siquiera estaría ahora con él. Le molestaba que pretendiera mantener conversaciones casuales, como si fueran dos viejos amigos de viaje por la carretera. Y lo peor es que podía sentir la mirada del otro sobre él en todo momento. E incluso cuando se giraba a ver por la ventanilla con rostro aburrido, era más que obvio que seguía vigilándolo, expectante, acechándolo. Kenny era un depredador increíblemente peligroso, según le decían los instintos cada vez que se encontraban demasiado cerca el uno del otro. Le enfurecía y le sacaba de quicio con gran facilidad, justo como Eric en aquellos viejos días de la infancia. Aunque para Kenny el odio llegaba a niveles de profundidad tan abismales que le abrumaban.

Así, en medio de aquel silencio tenso que podría haber sido cortado fácilmente con un cuchillo, los dos vampiros atravesaron Denver y luego la carretera interestatal en dirección a las Rocosas.

Llegaron a South Park alrededor de la media noche. El pueblo estaba sumido en la tranquilidad casi total. Kenny vio las pintorescas casitas de varios colores, cuyos tejados inclinados estaban cubiertos de nieve. El pueblo parecía un lugar increíblemente tranquilo en comparación con la bulliciosa ciudad de Denver, algo obvio, y ciertamente a Kenny le resultaba difícil el hecho de imaginar que tanto Kyle como Cartman habían crecido en ese lugar, alejados de todos los lujos y la fama de ser dos abogados de una importante firma de la capital del estado. Podía imaginarlos como niños caminando por las banquetas, abrigados para soportar ese clima de nieve casi perpetua. Por alguna razón ese sitio, South Park, se sentía…, hogareño, agradable. Un sitio seguro en el que podía olvidarse momentáneamente de su existencia plagada de oscuridad.

Se detuvieron frente a una casa de color verde y Kyle abrió la puerta.

—Llegamos —dijo el pelirrojo con frialdad y bajó del coche cerrando la puerta con fuerza.

Kenny, aún con un gesto de aburrimiento en el rostro, hizo lo mismo. Una mueca se dibujó en su cara cuando el aire frío de montaña le dio de lleno sobre la piel, mientras daba vuelta al coche del pelirrojo, quien ya se había acercado a la puerta para llamar. No es que el frío le afectara, era únicamente que la humedad de la nieve le resultaba molesta.

No pasó mucho hasta que finalmente Eric les abrió. Se veía realmente mal, con la misma ropa desaliñada de hace tres días, además de notarse que estaba descuidando de nuevo su alimentación.

—Estás hecho un desastre —dijo Kenny sin tacto alguno, antes de entrar en la casa.

Hizo una mueca desagradable al ver los retratos familiares y la sala de estar demasiado común. A diferencia de la casa de Eric en Denver, no había nada de lujos aquí. El nuevo televisor no contaba, y hasta dónde sabía fue el regalo de cumpleaños de Eric para su madre un par de años atrás.

Su mirada se dirigió hacia las escaleras. El error de Cartman estaba allá arriba, podía sentirlo.

—Bien, ¿qué quieres de mí? —preguntó Kenny enviándole una mirada aburrida a su vástago.

—Yo… creo que cometí una estupidez —dijo Cartman.

—Eso es obvio…

—Basta —le interrumpió Kyle—. Estás aquí para ayudarlo, no para hacerlo sentir peor.

Kenny sonrió con picardía y arrogancia.

—No olvides, pequeño Kyle, qué soy su mejor opción para resolver todo este desastre. Así que deberías cuidar más tu lengua.

—No olvides, bastardo desgraciado, que tenemos un trato. Así que si quieres lo que te prometí vas a limitarte a hacer lo que debes y dejarte de tus manipulaciones y arrogancia.

Kenny sonrió desafiante.

—¿Trato? —preguntó Cartman sorprendido—. ¿De qué trato…? ¿Qué le prometiste, Kahl?

Kyle notó de inmediato el pánico en las palabras de Eric.

—Hablaremos luego —respondió—. No es nada muy grave, te lo aseguro.

—Hablamos de McCormick. Hacer tratos con él es como hacer tratos con el diablo.

Kenny soltó una carcajada.

—Oh, de verdad, no sabía que tenías esa impresión de mí. Siempre pensé que me considerabas peor que Lucifer. Es bueno saber que al menos tengo un poco de tu estima.

Dicho eso, el rubio comenzó a subir las escaleras. Cartman no perdió tiempo y lo siguió, con Kyle justo detrás de él.

—Tenía una enfermera —dijo Kenny mientras olfateaba el lugar como si fuera un animal—. Ella estuvo mucho tiempo aquí. Su aroma está por todos lados.

—La despedí —gruñó Cartman—. Nadie vendrá, si es eso lo que te preocupa.

—Quien debería preocuparse eres tú, Eric. No soy yo quien le hizo eso a su propia madre.

Cartman se tensó, mientras bajaba la cabeza, sintiéndose terrible. Kyle lo abrazó atrayéndolo hacia sí, al tiempo que fulminaba a Kenny con la mirada. Aunque, internamente, el pelirrojo no podía hacer más que preguntarse qué había pasado en esa casa. Lo que Kenny dijo insinuaba que Eric había… No, no podía creer que Eric pudiera haber intentado transformar a su madre.

Kenny abrió la puerta. La habitación estaba únicamente iluminada por varias velas, las ventanas estaban tapiadas con gruesas cobijas en lugar de cortinas, aseguradas además a la pared con grapas industriales, de tal forma que no pudieran ser removidas con facilidad.

Liane Cartman se hallaba en la cama, con la mirada vidriosa y perdida en algún lugar del techo. Kenny podía escuchar un pulso débil, aunque todo su cuerpo debía estar ardiendo en una fiebre tan alta que ya le habría freído el cerebro de no ser por la sangre. Y allí estaba el problema: Eric intentó combatir la infección con una ligera infusión de su propia sangre. Una lástima que el cuerpo estaba tan débil que esta no solo había atacado las zonas infectadas para sanarlas, sino además a las células vivas. Su cuerpo y su mente debían ser un campo de batalla en dónde las células humanas luchaban desesperadamente por no ser consumidas. El cerebro debía estar trabajando a un ritmo tal en dirigir esas defensas, que había desconectado por completo la consciencia de Liane Cartman. Sin duda era un proceso fascinante que desconectaría a los médicos humanos si pudiera poner sus manos sobre un espécimen como lo era esa mujer.

Se acercó a ella y colocó su mano desnuda contra la frente. Estaba bañada en sudor debido a la fiebre terriblemente elevada. Un humano podría incluso tener quemaduras ligeras.

—He tratado de hacer que baje la fiebre, pero no puedo.

—Por supuesto que no, idiota —respondió Kenny en un gruñido—. Seguirá hasta que la lucha interna termine…, de una u otra forma.

Eric cerró los ojos sintiéndose derrotado.

—¿Puedes ayudarla? —preguntó Kyle. La preocupación por Liane hizo que por una vez sus palabras dirigidas a Kenny no destilaran odio y desprecio.

—Tenemos dos opciones, dejarla morir definitivamente, o hacerla una de nosotros.

Kyle pareció horrorizado por eso.

—No puedes salvarla y dejar que siga siendo…

—Pequeño Kyle —interrumpió Kenny como si explicara algo a un niño de kínder—, sí se estrella un huevo, ¿puedes repararlo en lugar de tirarlo o echarlo a la sartén? Pues me temo que esto es exactamente lo mismo.

Se sentó junto a la cama, moviendo el rostro de la mujer para examinarlo como si fuera un médico.

—El problema es si la mente puede recuperarse —dijo—. Estar muerta daría igual si la convierto y no tiene conciencia alguna. Un vampiro que es más un vegetal que un depredador. Absurdo.

Se giró hacia Cartman.

—Bien, Eric, tú decides. Preparás el funeral o tratamos lo segundo, y en caso de fallar, hacer lo primero, pero al estilo de los viejos guerreros vikingos.

Kyle frunció el ceño. No era necesario que fuera tan cruel en esos momentos.

—Tal vez… —dijo Kyle, tras unos minutos en los que Eric no había dicho nada—. Sería mejor dejarla ir.

—No es tu decisión, Pelirrojo —interrumpió Kenny por una vez sonando solemne—. En esto únicamente Cartman puede elegir.

—Ella es todo lo que siempre tuve. Lo único que me queda —dijo Eric en un hilillo de voz—. Tú me arrebataste a Patty, mi empresa, mi vida.

Cerró los ojos, dejando que las lágrimas sanguinolentas se deslizaran por sus mejillas pálidas.

—Devuélvela, por favor.

—Eric, ¿estás seguro? —preguntó Kyle en un susurro.

—No lo sé… —respondió quedamente—. Yo solo… Creo que no soportaría seguir sin ella, Kahl. Sabiendo que yo termine de matarla.

Kyle soltó un suspiro.

—Bien.

Soltó a Eric, quien se dejó caer sobre una de las sillas en la habitación, y luego salió de la pieza sin volver la mirada atrás.

—Neonatos sensibles —espetó Kenny.

Su mirada se centró en la mujer inerte en la cama. Recorrió su boca con los dedos y luego las mejillas. Allí estaba la sombra de quien sin duda debió ser una mujer hermosa. No le extrañaba que Eric fuera su hijo. Una lástima que la enfermedad se hubiera llevado toda esa belleza. Quizá, con suerte, la sangre la recuperaría. Nunca le habían agradado esas vampiresas que parecían más viejas brujas que otra cosa. En el pasado, era común encontrarlas vagando en las alcantarillas o en los cementerios. Sus chillidos histéricos incrementaban las leyendas de banshees y otros espectros gritones. Él nunca las había soportado, al grado de personalmente haberlas arrojado a la hoguera para después sentarse a ver como ardían entre gritos e improperios.

Cartman cerró los ojos tras ver como Kenny se inclinaba lentamente sobre el cuello de su madre.

Kenny encajó los colmillos para extraer sangre, solo la suficiente para terminar de debilitar el cuerpo de Liane y que la lucha interna frenará, permitiendo que la sangre maldita ganará terreno. Luego, se apartó para posteriormente entreabrir la boca de la mujer. Con los dientes cortó su propia muñeca y la acercó a la boca, permitiendo que algunas gotas cayeran en la garganta. No pasó mucho hasta que la mujer, más por instinto que por conciencia propia, se aferrara a la mano para extraer más de aquel líquido preciado. Un minuto después, Kenny hizo que le soltara y se apartó.

Cartman se había puesto de pie y se acercó al lecho. Liane ahora parecía dormir plácidamente. Sus ojos estaban cerrados y tenía las manos sobre su vientre con los dedos entrecruzados. A la luz de las velas, le pareció que su rostro ya no se veía tan consumido.

—Deja que descanse —dijo Kenny—. Al anochecer veremos si hubo algún cambio. Aunque, la sangre no me reveló nada de su vida. No hubo pensamientos, recuerdos, nada.

—¿Qué significa?

Kenny se encogió de hombros.

—Puede ser cualquier cosa. Tal vez el hecho de que no era consciente de nada pudo ser la razón. Demos un par de días, si no hay cambio…

Eric se estremeció.

Antes de salir, se inclinó para depositar un suave beso sobre la frente de su madre.

—Buenas noches… —susurró de pronto dándose cuenta de que si de verdad despertaba ya nada podría ser igual. Si ella realmente se levantaba convertida en un ser como él, ya no sería la mujer que lo había llevado en el vientre, la que le había cuidado y cumplido todos sus caprichos—. Liane —susurró el único nombre con el que podría referirse a ella de ahora en adelante.

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Kyle estaba sentado en la sala, en medio de la oscuridad. No sabía qué pensar respecto a lo que acababa de pasar allá arriba, pero no podía evitarlo. ¿Por qué elegir eso? Con todo el sufrimiento que acarreaba esa vida de oscuridad y sangre, ¿por qué Eric le había permitido a Kenny hacer eso? ¿No habría sido preferible dejar a Liane morir con dignidad, si era posible, a arrastrarla a la noche eterna?

Tal vez, se contestó, es el hecho de que tú no ves las cosas desde su punto de vista. La familia de Cartman no era precisamente una familia unida como los Broflovski. Hasta dónde sabía, mientras la abuela de Eric vivía, ella era la que había mantenido cierta unidad en la familia. Una vez falleció, cada quien tomó su propio camino. Así pues, en esa familia, Liane siempre fue lo único que Eric tenía. Cuando sus planes fallaban irremediablemente, era a ella a quien acudía en busca de consuelo. Ella era la única que en todo el maldito pueblo había dado siquiera una pizca de comprensión y cariño a Eric, la única que creyó siempre él. Claro, era su madre, y por eso no podía hacer más que amarlo incondicionalmente. Y Eric, aunque a su manera, también lo hacía. Perderla era perder todo lo que tenía, cómo él mismo admitió.

Y entonces, se preguntó qué haría él en su lugar. Si hubiera sido su madre, o su padre, o tal vez Ike, quienes estuvieran yaciendo en una cama al borde la muerte, ¿intentaría lo mismo o simplemente se quedaría a ver cómo terminaba todo?

Escuchó como los otros dos bajaban las escaleras. Se levantó y se giró para verlos.

Kenny, como de costumbre, se mostraba indiferente a todo. Lo miró de reojo y le sonrió como indicándole que ahora era su turno de pagar. Esto le hizo rabiar por dentro, pero decidió dejarlo de lado para ocuparse de momento del asunto de Eric.

Cartman se veía contrariado, como si todavía no supiera exactamente qué estaba pasando. Las manchas de sangre en sus mejillas no eran más que un testimonio más de cuanto debía estar sufriendo con todo eso. Rodeó el sofá y fue a abrazarlo.

—Gracias, Kahl —susurró.

—Está bien.

Lo guio hacia la sala para que se sentara en el sofá. Kenny, por su parte, se acercó a la ventana junto a la puerta y movió la cortina para ver hacia afuera.

—Vaya pueblo más aburrido —dijo—. Había más diversión en las aldeas inglesas del siglo XVII que aquí.

Cerró la cortina y se dirigió hacia la puerta.

—¿A dónde crees que vas? —le preguntó Kyle molesto.

—Sé que quisieras que me quedara contigo todo el tiempo, Pelirrojo, pero necesito sangre luego de lo que pasó allá arriba.

Kyle apretó los puños.

—No —dijo con frialdad—. Contén la maldita sed. No matarás a nadie en South Park.

Kenny se giró, sonriendo desafiante.

—Ah, pequeño Kyle, no te preocupes por tu familia. Te prometo que no me acercaré para nada a la casa de tus padres. —Hizo una pausa—. Ni a las de las familias de tus amigos y socios.

Sin embargo, la mirada de furia del pelirrojo no desapareció.

—Nada de muertes en mi pueblo.

—No puedo matar desconocidos que vivan en tu pueblo natal —dijo Kenny—, pero tú puedes matar desconocidos que te topas por la calle en Denver. ¿No es un poco hipócrita?

Kyle apretó los puños.

—Nadie morirá, Pelirrojo —dijo Kenny finalmente—. El pequeño trago existe para algo.

Y acto seguido abandonó la casa.

—Es un desgraciado —espetó.

—¿Qué fue lo que le prometiste? —La pregunta de Eric lo tomó por sorpresa, a pesar de que ya sabía que tarde o temprano llegaría.

—Hablaremos luego…

—No, Kahl. —Cerró los ojos, respiró profundamente y luego le dirigió una mirada de total seriedad al pelirrojo, haciéndole saber que no se zafaría tan fácil de eso—. Sé cómo es Kenny. De hecho, esperaba que tratara de sacar provecho de esto, aunque esperaba que fuera de mí, no de ti. Supongo que fue iluso de mi parte.

Kyle se recargó en el sofá, con la mirada fija en el techo.

—Pasaré una noche entera con él —dijo—. Básicamente, por la forma que lo dijo…, seré su esclavo desde el anochecer hasta el amanecer.

Cartman le miró con horror. Sabía lo difícil que debía de haber resultado aceptar un trato como aquel, y se maldijo internamente por haber sido quien lo orillara a eso.

—Lo siento —susurró.

—Eric, está bien.

—No, no lo está. Kenny se aprovechó de todo esto, de mi estupidez, para enredarte en su juego.

—Él habría buscado otra manera de hacerlo, lo sabes bien —replicó Kyle—. No sé qué obsesión malsana tiene conmigo. Solamente sé que, siendo como es, no se detendrá ante nada hasta saciarla. Me repugna.

Cartman asintió. Aunque no podía dejar de sentirse culpable. Todavía tenía la impresión de que Kenny se había enterado de la existencia de Kyle a través de él y había urdido un plan increíblemente enrevesado para cumplir su capricho de someter al pelirrojo a su voluntad. Era una especie de bestia territorial que una vez posaba sus ojos en algo hacía todo por tenerlo y luego jugar con él hasta que se rompiera. No había necesitado más de un mes para darse cuenta de ese hecho.

No dijeron nada más, se quedaron en silencio allí, cada quien sumido en sus pensamientos. Cartman no quería pensar en lo que sucedería a la noche siguiente, aunque aun así su mente no dejaba de darle vueltas al asunto. ¿Liane despertaría de aquel trance, coma o lo que fuera? De ser así, ¿qué pasaría? ¿Lo odiaría por haberle hecho eso? Ese era el peor de los escenarios que podía imaginar. No sabía si podría soportar ver ese rostro que siempre le había dedicado cariño mirarle con el mismo odio con el que él miraba a Kenny.

Kenny no regresó. Cartman supuso que había rentado una habitación en el hotel. A Kyle le importaba poco lo que hiciera.

Con el amanecer casi sobre de ellos, se retiraron a la habitación de la infancia de Eric a descansar.

Ahora solo quedaba esperar a ver qué pasaría cuando el sol se ocultará por la tarde. Esperaban que lo que ocurriera no fuera a ser peor. Sí es que podía haber algo peor que condenar de esa forma a tu propia madre, pensó Eric con amargura antes de cerrar los ojos.