Disclaimer: South Park es propiedad de Trey Parker y Matt Stone.


Capítulo 13


El otoño ya estaba avanzado en la ciudad de Denver, la cual se había cubierto como de costumbre con una capa blanca de nieve. A decir verdad, en algunos aspectos, el clima de Denver no era tan diferente al de South Park. Su localización geográfica hacía que las probabilidades de nevadas fueran altas la mayor parte del año, en especial entre los meses de noviembre y marzo. En ese sentido, vivir en la ciudad no era tan diferente a hacerlo en aquel pequeño pueblito de montaña.

Había pasado casi un mes desde que Liane Cartman saltara a la muerte en aquel fuego. Era una imagen que difícilmente se borraría de la mente de Kyle. Aunque ahora, su mente estaba más ocupada en otros asuntos. Uno de ellos, en especial, el cual desde hacía meses –incluso antes de su conversión forzada en el monstruo que era ahora– le estaba dando muchos problemas: el caso Pirrup.

Al siguiente día, viernes, sería la última audiencia y, por lo que Bebe, le dijo por teléfono unas horas atrás, las cosas no pintaban nada bien para ellos. Por cómo iban las cosas, el juez fallaría a favor de Estella Havisham y eso arruinaría la carrera de Phillip. La edición de su nuevo libro, ese que sin duda le ayudaría solventar las carencias económicas que estaba padeciendo últimamente –su hermana se negaba a entregar más dinero, a pesar de que legalmente él era el principal heredero de la fortuna Pirrup– se estaba retrasando demasiado. Todo parecía indicar que el editor esperaba el fallo de la corte. Si ese fallo resultaba desfavorable para Phillip, adiós a sus pretensiones literarias. En el mejor de los casos terminaría como un simple escritor fantasma, destinado a escribir libros que se firmarían y venderían con el nombre de algún famoso que de pronto había decidido publicar algo con su nombre, por más que no tuviera veta literaria alguna por lo que debía mandar a escribir su obra con alguien que mínimo supiera hilvanar dos frases coherentemente.

La última vez que lo había visto, precisamente un par de noches atrás, Phillip estaba muy nervioso y preocupado. Le dijo que no tenía absolutamente manera de pagarle por todo lo que hacía por él. Incluso con un fallo en contra, los honorarios de los abogados debían pagarse.

Kyle le repitió que no se preocupara tanto por eso. Ya podría pagarle cuando consiguiera vender alguna novela. El pelirrojo había leído algo del trabajo de Phillip, era bueno, aunque quizá lo que lo limitaba era el género que había elegido sobre el que escribir. Aunque no tan marginal como lo era ochenta o noventa años atrás, el terror seguía estando muy por detrás de otros géneros narrativos.

Ahora, cuando alguien veía a Phillip Pirrup, un joven elegante y refinado, podría pensar que se trataba de un caballero que parecía más pertenecer a una época anterior a la actual. Las personas, al enterarse de que era escritor de géneros fantásticos, seguramente creerían que se trataban de novelas épicas como las de Tolkien, o incluso como las del más moderno George R. R. Martin. Sin duda no esperarían que su género fuera el terror, terror cósmico para ser precisos.

Pocos recuerdan que el mismo Lovecraft era un caballero de su época.

Sí, el componente básico de la obra de aquel noble caballero no era otro que terror cósmico. Su pluma era magistral, sin duda, y por lo que algunos críticos literarios habían dicho de su trabajo, si se dedicara a otros géneros posiblemente podría alcanzar el éxito inmediato. Sin embargo, como cabía esperar de un escritor como él, no le interesaba la fama inmediata. Lo que quería era escribir aquello que le apasionaba y, porque no, le obsesionaba.

Kyle encontró un artículo que al parecer había escrito un par de años atrás, mientras cursaba la carrera de inglés en la universidad de Brown, en Providence, Rhode Island, en el cual se expresaba con pasión sobre la literatura Pulp de la primera mitad del siglo XX, y en especial la de las décadas de los 30 y 40. No temía expresarse con elocuencia y fascinación de sus grandes ídolos: Robert Bloch, Robert E. Howard, Clark Ashton Smith, Frank Long, Ray Bradbury, Isaac Asimov, entre muchos otros. En cierto sentido, era como si el joven Phillip les conociera en persona, producto quizás de haber devorado con ahínco las obras de esos escritores y algunas biografías de ellos.

Resultaba desalentador que un juicio como aquel, promovido por personas sin escrúpulos cuyo único afán era el dinero fácil, pudiera echar por tierra la carrera de alguien tan talentoso. Más aún cuando se veía lo mucho que la crítica especializada parecía no poder esperar más para que diera el primer gran salto a las «ligas mayores» con una obra que de verdad pudiera hacer figurar el nombre de Phillip Pirrup a la par de Stephen King, Clive Barker, Joe Hill, Poppy Z. Brite y Anne Rice, solo por nombrar a algunos de los autores de terror más reconocidos de la actualidad.

Kyle se recargó en el sofá de su nuevo departamento –uno económico ubicado al sur de la ciudad– con la mirada fija en los copos de nieve que resbalaban por el cristal de su ventana, sintiendo la soledad abrumadora que solo los seres como él podían experimentar.

Llevaba una semana viviendo en ese lugar. Los únicos muebles que tenía eran ese sofá, un viejo televisor comprado en una casa de empeño, un escritorio para su computadora personal y una cama. Sus armarios tenían poca cosa realmente, no más de cuatro o cinco cambios de ropa y cuatro de los trajes elegantes que su madre le regalaba cada navidad y su cumpleaños. La mayoría seguía en su piso del centro, el cual no había vendido , puesto que lo seguía prestando a Pip; quien, por cierto, no dejaba de discutirle el hecho de que no era necesario y de que no tenía como pagarle, por más que Kyle, a su vez, insistiera que no era necesario. Lo cierto es que sentía que debía hacer más por él, y no precisamente porque fuera su abogado (aunque no en la práctica, puesto que de eso ahora se ocupaba Bebe).

No había estado en la casa de Cartman en al menos unas dos semanas. Eric desapareció tres días luego de que volvieran a South Park, y él se sintió incómodo de seguir allí sin el dueño presente, por lo que de inmediato buscó un sitio que se acomodará a lo que necesitaba al cual mudarse de inmediato. Esto no quería decir que no estuviera preocupado por Cartman ni mucho menos. Estaba al pendiente de cualquier señal, algo que le dijera que no había cometido una estupidez. Aunque, sí había decidido acabar con todo, ¿podía culparlo? ¿Qué le quedaba a Cartman que fuera un motivo lo suficientemente fuerte como para hacerle aferrarse a su existencia una noche más? A pesar de eso, dentro de sí esperaba que no hubiera acabado con su propia existencia. Tal vez era egoísta, pero en esos momentos sentía que tener a Cartman, su guía en toda esa locura de sangre y muerte, era una de las razones por las que él mismo seguía adelante noche con noche. Sí, definitivamente era egoísta de su parte querer que se quedara solo porque él mismo no quería estar solo en todo eso.

Soltó un ligero suspiro. Pasaba de la media noche ya, y todavía no había ido en busca de una presa. La sed comenzaba a llegar al punto de volverse algo salvaje e incontrolable.

El teléfono comenzó a sonar. Con cierta desgana, lo tomó del sitio donde reposaba, en el sofá junto a él, y vio que era Bebe.

—Kyle, necesito que contactes a Cartman cuanto antes —dijo sin más—. Ambos tienen que venir a una junta urgente mañana.

—¿Qué es lo que pasa? —Todo eso de una junta urgente le estaba comenzando a resultar demasiado sospechoso. Algo no le cuadraba.

La mujer tardó un momento en responder.

—Token consiguió un nuevo cliente. Uno importante. Está abriendo un negocio en Denver y eligió nuestro despacho para llevar sus asuntos jurídicos. Creo que la fama que ganamos en algunos de los casos de derechos de autor nos precede. El asunto es que, para poder cerrar finalmente la contratación del despacho, pide una reunión con todos los socios. Mañana, a las nueve de la noche.

—¿De quién se trata?

Una reunión tan tarde con todos los socios era por demás inusual.

—Tal vez has escuchado de él. Es un empresario dedicado al teatro, la cultura y el mundo editorial en Londres: Kenneth McCormick.

Kyle casi deja caer el teléfono. No había tenido noticias de ese maldito en un tiempo. ¿Qué carajo hacía contratando a su despacho a través de Token?

—Trataré de localizarlo, nos veremos allá —dijo sin saber cómo estaba logrando mantener la compostura ante Bebe para no maldecir en voz alta.

Colgó, mientras una mueca desagradable se formaba en su rostro. Cualquier cosa que Kenny estuviera planeando hacer no podía ser buena. ¿Para qué carajo tenía que ir a meterse los asuntos del despacho jurídico, aunque fuera como cliente?

El asunto era ahora, ¿cómo localizar a Cartman? Si querían frenar la intromisión de ese maldito en sus asuntos laborales, y en las vidas de sus compañeros de la oficina, entonces necesitaban hacerlo entre ambos. El problema era que Eric no tenía su celular o cualquier otro método de contacto. Tal vez, pensó, podría tratar de localizarlo de la misma forma que había hecho con Kenny.

Estaba a punto de hacerlo, cuando notó una presencia más en la habitación.

Se giró rápidamente y lo vio allí. Estaba vestido elegantemente y recargado en el marco de la puerta que daba al dormitorio. Sonreía burlón.

—¿Qué carajo haces aquí?

—Siempre tan grosero, Pelirrojo —respondió mientras daba un paso al frente—. Aunque debo decir que eres más hermoso cuando estás furioso.

—Largo. Ya es suficiente para mí con el hecho de que tendré que verte la cara mañana.

Kenny no hizo amago de moverse. Al contrario, parecía más interesado en revisar el viejo papel tapiz de la habitación y en la falta de muebles y cualquier otro elemento que pudiera hacer ese lugar más acogedor.

—No tienes ningún sentido del gusto, pequeño Kyle —dijo—. Deberías aprender un poco de Eric: rodeado de obras de arte y muebles finos. La inmortalidad es un regalo demasiado preciado como para desperdiciarla en un agujero de mala muerte como este.

El pelirrojo apretó los dientes.

—Largo —repitió.

Kenny, sin borrar la sonrisa de su rostro, dio un paso en su dirección.

—Vine a darte una última oportunidad —dijo—. Puedes pagar la deuda que tienes conmigo…

—Olvídalo…

—Espera, no te precipites, Pelirrojo. Puedes meditarlo con la almohada. Mañana, luego de la reunión con tus socios del despacho, podrás darme tu respuesta.

—Puedo dártela ahora mismo: jamás pasará, cabrón.

Kenny sonrió aún más.

—Creí que dirías eso, pero tengo mis formas de incentivar una mejor respuesta, pequeño Kyle. No te molestes en revisar el resultado del juicio de tu hermoso rubio mañana. Me temo que será un desacierto en el récord del despacho Cartman & Black. Oh, y el asunto de Eric, yo mismo me ocuparé en persona de que esté allí por la noche.

Luego de eso, se marchó desapareciendo aparentemente en el aire, como era su costumbre. Kyle se quedó en shock mirando el lugar en donde había estado de pie.

Acababa de insinuar su derrota en la corte. ¿Podía hacer eso? ¿Era realmente capaz de influir en algo como aquello, en personas con las que creía no podía tener contacto alguno? Sí, con esa forma que tenía de hipnotizar, de hacer pensar a las personas que era algo completamente diferente a lo que era realmente, sin duda era capaz de influir en quien quisiera. Una influencia que al parecer estaba dispuesta a usar para hundir aún más al joven Pirrup.

- SP -

Las cosas se precipitaron casi de inmediato a partir de ese punto. Tan pronto como oscureció y abrió los ojos, Kyle vio las llamadas perdidas y mensajes en su teléfono. Era fácil deducir que era lo que había pasado. El fallo fue en su contra.

Le marcó de inmediato a su amiga y colega para saber los detalles. El juez había establecido que el joven Pirrup debía pagar una compensación de diez millones de dólares. Los miles que el despacho le cobraría por los servicios eran nada contra esa suma. Bebe dijo que apelará a la sentencia, por supuesto. Kyle no tuvo nada más que agregar. Las cosas ya estaban mal para Phillip, pero si a eso agregaba el hecho de que Kenny, de alguna manera, estaba conspirando para asegurarse de que las cosas fueran peores para él… Al menos eso era lo que le había dado a entender la noche anterior.

Kyle no esperó más. Tras colgarle a Bebe se apresuró a bajar al estacionamiento y abordar su coche. Originalmente, tenía planeado ir en busca de una cena rápida antes de la reunión de las nueve, sin embargo, ahora conducía en dirección a su departamento del centro.

Cuando finalmente estuvo frente a la puerta, se sorprendió al notar el intenso hedor a alcohol que provenía de dentro. Abrió la puerta con su llave sin detenerse siquiera a tocar. La habitación estaba en penumbras y no le costó nada encontrar la figura del joven rubio tendida en el sillón con la botella de vino barato en la mano.

—¡Dios! —exclamó Kyle—. ¡Joven Phillip!

El rubio alzó los ojos nublados debido al licor y al parecer tardó un poco en reconocerlo.

—Señor Broflovski —susurró—. Supongo que ya sabe lo que pasó.

Kyle asintió, al tiempo que se adentraba a la habitación. Había varias botellas de licor sobre la nueva mesa para café, la cual era remplazo de la que se había rotó la noche en que Kenny estuvo en esa misma habitación.

Kyle se sintió terrible. Estaba viendo los despojos de un caballero.

—La sentencia se puede apelar, joven Phillip…

—La señorita Stevens dijo lo mismo —le interrumpió con su voz congestionada por el alcohol—. ¿De qué sirve? Una reputación dañada no puede ser reparada en una apelación.

Kyle llegó hasta dónde estaba. Le arrebató la botella de vino y la arrojó hacia un lado, sin importarle que el líquido se derramara y manchara los muebles.

—No te hagas esto, Phillip —susurró tratando de que se levantara para llevarlo hacia la ducha—. No vale la pena que te dejes caer por esto.

—Yo no quería pelear —dijo—. Mi hermana era la única interesada en eso. Mantener el honor de la familia, ¿qué honor queda en este mundo? Deshonre la memoria de mis padres, y todo quedó arruinado por una simple noche de descuido.

—No eres el primero a quien han hecho algo como eso —dijo—. Esas mujeres tienen toda la pinta de ser del tipo que hacen eso una y otra vez.

—¿Importa, señor Broflovski? Si me lo hicieron a mí, o a otros diez, ¿importa realmente? Al parecer, pueden salirse con la suya como quieran…

Kyle se rindió. No podía hacer que Phillip se levantara del sofá, y no estaba en sus planes hacer uso de su fuerza sobrenatural para lograrlo.

—Estoy arruinado —siguió Phillip—. Debo entregar la mitad de la indemnización antes de que acabe el año, menos de dos meses, o iré a la cárcel. Mi hermana ya hizo un montón de trabas legales de tal forma que de la fortuna de mis padres no me queda ni un céntimo… El editor rechazó mi novela. Da igual, ni consiguiendo un best seller podría pagar cinco millones de dólares en menos de tres meses.

El pelirrojo se sentó a su lado y, antes de que siquiera pudiera darse cuenta de que estaba haciendo, tenía a Phillip sollozando contra su pecho mientras sus manos torpemente trataban de abrazarlo. Allí estaba un hombre que acababa de ver toda su vida arruinada por un par de mujeres oportunistas y sin escrúpulos. Oh, cómo le gustaría ir en busca de Estella Havisham y su madre para beber hasta la última gota de su sangre.

Sus pensamientos se interrumpieron cuando su teléfono comenzó a sonar. Recordó la reunión en el despacho y de inmediato, sin dejar de abrazar a Phillip, sacó el aparato de su bolsillo para responder en voz baja.

—Kyle, ¿dónde estás? —La voz de Token, cargada de un deje de furia, surgió de inmediato—. Llevamos quince minutos esperándote. El cliente comienza a impacientarse. Podríamos estar ante una oportunidad única y un contrato millonario.

—Token, surgió algo…

—Resuélvelo más tarde. Si perdemos este contrato, quedas fuera como socio y como empleado, y me aseguraré de que ese sea el fin de tu carrera.

Eso de verdad sorprendió a Kyle. Token no era el tipo de persona que hacia amenazas como aquella. De hecho, era un tipo increíblemente centrado y justo en su trabajo. Aunque lo que de verdad molestaba a Kyle de todo ese asunto, era el hecho de que Kenny estaba involucrado. Nada que viniera de él podía ser bueno.

Con mucha reticencia, tuvo que dejar solo a Pip. Afortunadamente, el alcohol parecía haberlo vencido. Lo dejó dormido en el sofá y luego se apresuró a dirigirse a la oficina sin importarle que no estuviera en las mejores condiciones –su ropa estaba desaliñada y un poco del olor a vino barato de Pip se le había impregnado–. Lo mejor, a final de cuentas, era zanjar el maldito asunto que Kenny tenía en su despacho cuanto antes.

- SP -

La reunión fue de lo más trivial, para sorpresa de Kyle. Kenny se comportaba como un educado y refinado hombre de negocios. Vestía elegantemente y su sonrisa parecía encandilar un poco a la mayoría de los presentes. Su voz sonora y elocuente sin duda encantó a los socios del despacho. Ya veía porque Token tenía tales expectativas de ese negocio millonario, cómo lo había llamado. Kenny básicamente les estaba dejando a cargo de todas las gestiones legales y la representación de un proyecto editorial que se perfilaba no solo adquirir la mayoría de las editoriales importantes con sede en Denver, sino además a permitir que su grupo editorial –McCormick Publishing Group– ingresará finalmente a América, tras haber sido una empresa estrictamente europea desde su fundación a comienzos del siglo XX.

A decir verdad, siendo que no era su especialidad, pues el despacho Cartman & Black se ocupaba de muy pocos litigios en asuntos de derechos de autor y, en general, cualquier cosa relacionada con el mundo editorial, resultaba un poco extraño que hubieran sido su opción. Aunque Kenny argumentó que, tras hablarlo mucho con su buen amigo Eric, a quien conoció en su viaje a Londres de un año atrás, decidió que su despacho era el mejor para tratar esos asuntos por él. Y sin duda, negarse a ser la lanzadera para un proyecto tan ambicioso por parte de alguien que tenía tal influencia en el mundo cultural del viejo mundo, no estaba para nada en los planes de los socios.

Cartman tuvo que tragarse algunas palabras, y jugar el papel que Kenny le estaba dando en todo ese asunto.

Kyle, por su parte, hacía un gran esfuerzo para no responder mordazmente a Kenny. Aunque, a decir verdad, el rubio parecía estar más entretenido manteniendo su tapadera de joven y exitoso empresario inglés como para molestarlo.

El que sí le preocupaba era Eric. En un primer momento, le alegró verlo allí, es decir, esos días sin contacto alguno le habían hecho pensar lo peor. Esa alegría, sin embargo, pronto se vio opacada por un hecho significativo: Eric no estaba bien. Saludó con cortesía a los presentes, ocupó su lugar, comportándose a la altura que se esperaba no solamente de un socio, sino además de uno de los dueños del despacho; pero eso era solamente una proyección. Kyle podía ver a través de esa fachada. Eric Cartman estaba sumido en un hoyo muy profundo del que probablemente únicamente la muerte lo sacaría.

Cuando la reunión terminó, cerca de las once de la noche, los papeles estaban firmados y el trato cerrado. Kyle firmó a regañadientes, aunque tratando de no demostrar lo mucho que le jodía tener que hacer justo lo que el malnacido de Kenny quería.

—Fue un placer, señor Broflovski —dijo el rubio en una burla que no demostraba abiertamente ante los demás socios presentes, mientras le tendía la mano como si esa fuera la primera vez que se veían las caras.

Ese apretón de manos le transmitía una única cosa a Kyle: haz tu parte en esta obra o terminaremos actuando en una tragedia. Kenny no se contendría, de eso estaba seguro, en aniquilar a todos los presentes si le daba un motivo. Básicamente, ese era el mensaje silencioso que el rubio le había enviado toda la noche. Kyle lo único que quería hacer a esas alturas era terminar con eso, marcharse y renunciar voluntariamente al despacho con tal de no tener que verle la cara a Kenny de nuevo.

—Lo mismo digo, señor McCormick —respondió amablemente, hirviendo de rabia por dentro, aunque siendo lo suficientemente cauteloso para que sus colegas y socios no sospecharán nada de lo que realmente estaba pasando allí.

No pudo evitar suspirar aliviado cuando todo eso terminó.

Sin embargo, no se relajó lo suficiente, ya que, nada más subir a su coche, notó que no estaba precisamente solo. Kenny se encontraba sentado en la parte de atrás.