Disclaimer: South Park es propiedad de Trey Parker y Matt Stone.


Capítulo 14


—Baja —ordenó Kyle apretando los dientes.

—Solo conduce, Pelirrojo. —Por una vez no parecía haber burla en la voz de Kenny, aunque el tono imperativo de sus palabras cabreó incluso más a Kyle.

—¿Crees que soy tu maldito chofer?

—No, aunque ahora soy tu cliente.

—Eres cliente del despacho, no mío —se apresuró a replicar.

—Da igual. Eres socio. Aunque, a decir verdad, me interesa saber si tienes el mismo trato preferente con todos tus clientes, o quizá el caballerito rubio sea el único. A quien, por cierto, si de verdad lo aprecias, deberías escucharme. No puedes protegerlo siempre. En cualquier momento, su cuerpo carbonizado podría estar sobre una fría plancha de metal en el hospital forense de Denver.

Kyle gruñó, mientras sacaba el coche del estacionamiento. El tono con el que Kenny pronunció todo aquello, sumado a sus instintos desarrollados de vampiro, le indicaba que el rubio no estaba soltando amenazas en vano.

—¿Qué es lo que quieres?

—Te lo había dicho —respondió el otro mientras se recargaba en el asiento de cuero como quien se relaja en su propia casa—. Espero una respuesta: ¿Pagarás tu deuda o no?

—Creo haber respondido a eso: sigue siendo un «no».

Kenny sonrió.

—¡Ah…! Decir que no esperaba eso sería mentir. Aunque, quizás, debas pensártelo mejor. Tienes hasta el final de este paseo para cambiar de opinión…

Kyle detuvo el coche. Estaban a más o menos dos calles del edificio en el cual ubicaba el despacho jurídico.

—Baja aquí —ordenó Kyle—. El paseo terminó.

—De hecho, no. Sigue conduciendo. ¿A dónde? Me da igual. Aún tenemos muchas cosas de qué hablar esta noche. Tienes que saber que no tienes el control aquí. Los actores nunca dirigen la obra. —La sonrisa burlona volvió a los labios del rubio—. Es tarea del director elegir quien vive y quien muere. Tu rubio bonito está en peligro; tu amiga Bebe; Stan, su bella esposa Wendy o incluso su precioso mocoso. Todos a quienes amas son mis rehenes.

Kyle gruñó por lo bajo, pero no le quedó más remedio que admitir que Kenny lo tenía agarrado por las bolas, como habría dicho Cartman cuando eran unos mocosos malcriados de pueblo.

Arrancó el coche. Tomó la calle Logan y decidió seguir por la misma hasta el punto en que terminaba.

Kenny se mantuvo en silencio por un momento. Kyle cada vez sentía como la furia se acumulaba más dentro de él.

—¿Qué es lo que quieres? —volvió a preguntar.

—Ya habrá momento para eso, pequeño Kyle.

Kenny se volvió a ver por la ventanilla.

—Escuché que la carrera literaria de tu amiguito rubio está acabada —dijo—. Es una lástima. Personalmente, no soporto el cosmicismo como escuela literaria, aunque sé reconocer el talento.

Kyle apretó los dientes, si apartar la mirada del camino, para luego decir con tono mordaz:

—Bueno, por lo que sé tuviste algo que ver con el fallo en la corte.

Kenny sonrió satisfecho.

—No lo niego. De hecho, el juez estaba indeciso. Aunque el argumento final de la señorita Stevens definitivamente estuvo a punto de lograr un fallo a favor del joven Pirrup. Nada que un pequeño empujón no pudiera arreglar.

—¿Por qué demonios te molestaste? El joven Phillip no tiene nada que ver contigo.

Kenny le hizo una señal para que girara a la derecha en la siguiente calle. El pelirrojo lo hizo de mala gana, cambiando ahora la dirección hacia el este, tomando la Avenida 14.

—Eso, mi querido Kyle, fue un castigo para ti por tu rechazo. He aprendido que atacar directamente a alguien como tú no funciona. Tienes que atacar a quienes están cerca para lograr algo.

—Entonces, únicamente porque no puedes conseguir nada de mí, ¿dañaras a las personas que me importan una a una hasta lograrlo?

—En términos básicos: sí.

—Estás enfermo.

Kenny rio divertido ante esas palabras. Le hizo de nuevo una indicación para que girara el coche, esta vez en dirección sur.

—El punto es, ¿cuánto vas a resistir hasta darme lo que quiero?

—Jamás obtendrás nada de mí.

—Entonces las personas a las que quieres jamás dejarán de sufrir.

—Yo quiero saber una cosa en específico —se apresuró a interrumpirle—. ¿Por qué carajo te obsesionaste conmigo? ¿Qué placer enfermizo te provoca haber jodido mi vida?

Kyle sintió la mirada de Kenny sobre él. Se sentía diferente a otras veces, como si estuviera analizándolo.

—¿Una vida, Kyle? ¡Eso no era una vida! No puedes decirme que disfrutabas de estar atrapado en una rutina sin sentido. ¿Cuáles eran tus pretensiones? ¿Ser un abogado de éxito y triunfador con una existencia aburrida y sin sentido? ¿Hacer caso a tu madre y conseguirte una buena chica judía con la que te casarías y procrearías pequeños niños pelirrojos y pecosos solo por cumplir con los estándares de vida impuestos por esa mujer?

Kyle detuvo el coche, sin importarle estar a medio tráfico. El que iba detrás de ellos por poco y lo golpea. Los pitidos e insultos llenaron la calle. El pelirrojo los ignoró y se giró para encarar a Kenny directamente:

—¡Y qué si eso era lo que quería! Tú no tenías derecho a meterte en ese asunto. No puedes decirme qué ser una asquerosa bestia hematófaga es mejor que la vida que tenía antes. Esto ni siquiera debería llamarse vida.

Volvió a conducir, aunque solamente para buscar un sitio en donde aparcar.

—Eres demasiado perfecto para esa vida —siguió Kenny—. No creerás realmente que esa noche únicamente me encontraba allí por accidente. Oh, no, pequeño Kyle. De hecho, si hubo una sorpresa esa noche, fue que Eric estuviera allí.

Kyle finalmente giró para adentrarse en una calle más pequeña. Detuvo el coche en el estacionamiento exclusivo de una clínica odontológica, cerrada a esa hora, algo obvio, siendo que era casi la medianoche.

—Tú venías planeando todo esto desde antes —dijo—. ¿Por cuánto tiempo, maldito, desgraciado?

Kenny sonrió.

—Desde que bebí la sangre de Eric en Londres. A decir verdad, él iba a ser una simple víctima más. Pero, cuando su sangre llena con los recuerdos de toda una vida pasó a través de mi garganta, vi a un pequeño niño pelirrojo e irascible. Y eso no es todo, mediante esos recuerdos te vi crecer, convertirte en un espécimen hermoso de la especie humana. Uno que quería para mí.

Kyle le miró con verdadero horror. Kenny, mientras tanto, sonreía como un niño pequeño que acababa de obtener el último objeto con el que se encaprichó.

—Eres un completo enfermo —susurró Kyle.

Kenny ensanchó su sonrisa.

—¿Por qué abandonaste el teatro, Kyle? —preguntó—. Vi lo bueno que eras en la secundaria y, más tarde, en la compañía de la universidad. ¿No le confesaste acaso a Stan que te habría gustado llegar a ser actor profesional?

Kyle frunció el ceño ante ese cambio tan repentino en la conversación. Como abogado, temió que el desgraciado estuviera pretendiendo usar la «defensa Chewbacca» en contra de él.

—Deja de hablar de mi vida como si te importara.

—Me importa. Sacrificaste ese talento tuyo por las pretensiones de tu madre. Yo podría dártelo: el papel estelar en una obra únicamente para ti solo. Yo podría darte todo lo que siempre quisiste y que por hacer caso a tu madre te negaste a ti mismo.

Kyle apretó los dientes.

—Oh, por favor. No vengas ahora a decir que te interesan mis «sueños y aspiraciones»; o que te preocupas por mi felicidad. Ambos sabemos que no te preocupas por nadie más que por ti mismo. Eres el tipo de persona narcisista y violenta que busca simplemente satisfacer sus propios deseos a costa de otros.

Kenny soltó una carcajada.

—¿Me estás psicoanalizando? —preguntó aun riendo—. Pensé que eras abogado.

—Suficiente. No tengo por qué escucharte. Baja del coche, ahora.

La risa de Kenny murió en ese punto.

—No hemos terminado de hablar…

—Tal vez tú no, pero yo sí. He acabado con esto. No más… No quiero volver a verte. Si pudiera destruirte con mis propias manos, ya lo habría hecho.

—Lo sé…

—Eso te divierte, ¿no es así, cabrón? Eres un sádico desgraciado que disfruta de todo esto. ¿Te alimentas de mi odio acaso?

En un movimiento demasiado veloz para su vista, Kyle de pronto se encontró acorralado por Kenny. El rubio se había movido desde el asiento de atrás hacia el del copiloto. Luego se giró, de tal manera que quedó frente a Kyle, a quien en un rápido movimiento acorraló contra la puerta del coche. Kyle sintió su aliento con hedor a sangre en el rostro.

—¿Divertirme? Puede ser. Aunque, también es el hecho de que entre más me odias, entre más te resistes, más te deseo. Deseo ser yo quien te llevé por el camino del vampirismo, ser yo quien poco a poco te guíe a que te deshagas de las nimiedades humanas y abraces tu nueva esencia. Oh, pequeño Kyle, eres un vampiro neonato solo en este mundo. Los viejos como yo te verían llegar a kilómetros y te destruirían sin pensarlo. Somos territoriales y nos molesta que se metan con lo que es nuestro.

Se apartó para sentarse en el lugar del copiloto, dejando a Kyle con la respiración agitada y viéndole con una mezcla de furia y temor reprimidos.

—Tú y Eric —prosiguió Kenny— son mis chiquillos, les guste o no. Admito que este juego de tira y afloja es divertido, y por eso es que lo estamos jugando. Pero, la cuerda se romperá en algún momento, y eso no será agradable para ustedes. Si pudieran aceptar su lugar como Liane lo hizo…

—¡No la metas a ella en esto!

La muerte de Liane era una cosa que Kyle todavía no podía superar. Por eso es que no podía siquiera llegar a imaginar que debía estar sintiendo Eric al respecto.

—Liane tuvo una comprensión de su nueva realidad desde el instante en que despertó —siguió Kenny sin importar el exabrupto anterior de Kyle—. Es algo lógico. Tenía solo una cosa en mente, un viejo rencor despertado por la sangre. Era una mujer preparada para la muerte que vio la oportunidad de resolver la única cosa que le atormentó durante su vida. Y yo le di esa posibilidad.

—La convertiste en una asesina. Tomaste a la mujer más buena que conocí en mi vida y la corrompiste hasta ese punto.

—¿Asesina?

—Eso fue lo que hiciste. Igual que me lo hiciste a mí y a Eric. Nos volviste monstruos asesinos.

—No confundas las cosas. —Le miró con seriedad—. Cuando un humano mata a una vaca o a una gallina para prepararse alguna comida con su carne, no se llama asesinato. Es exactamente lo mismo. Nosotros nos alimentamos de los mortales. No somos más que el siguiente eslabón de la cadena alimenticia.

—¡Matar humanos no es…!

—Humanos, Kyle —interrumpió Kenny—. ¿Puedes seguir llamándote humano? Ese es el punto: sabes que no lo eres más. Por más que no lo aceptes, eso es algo del pasado. Ahora eres algo que está por encima de sus patéticos intentos de moral, ética y demás ridiculeces que se inventan para no admitir que solo son un animal más sobre esta tierra.

—¿Y ese es el tipo de cosas que tú quieres enseñarme? —Era claro que no esperaba una respuesta, pues ya la sabía, así que siguió—: Puedes guardarte esas lecciones dónde te quepan.

Kyle tomó su teléfono del coche y su maletín. Estaba por abrir la puerta cuando la poderosa mano de Kenny le detuvo sujetándolo por la muñeca derecha y haciendo presión hasta que el hueso crujió. El pelirrojo hizo una mueca de dolor y, en cuanto se vio libre del poderoso agarre, libre sostuvo la muñeca herida con su otra mano.

—Tu alimentación no ha sido la mejor, me doy cuenta —dijo Kenny—. El hueso roto sanará en unos minutos. Vamos a ir de cacería.

—No pienso ir a ningún sitio más contigo…

—No es algo que esté a discusión. Conduce —ordenó, para luego recargarse de nuevo en el asiento.

Por enésima vez esa noche, Kyle le miró furioso. Kenny, sin embargo, tenía la vista fija en algún punto indeterminado de la calle.

—Vas a seguir mis indicaciones, o mañana los titulares de las noticias mostrarán una serie de asesinatos horribles de personas a las que aprecias. Lo dije: todos a quienes quieres son ahora mis rehenes.

Kyle tardó unos momentos en recuperarse de su muñeca lo suficiente para arrancar de nuevo el coche. Decidió no arriesgarse a ver si Kenny cumpliría o no sus amenazas. Condujo un largo rato, sin una dirección aparente, siguiendo las indicaciones de Kenny. En varios momentos le pareció que ni siquiera el rubio sabía a dónde se dirigían. Cuando finalmente se detuvieron, a las afueras de la ciudad, el rubio le ordenó salir del coche y luego hizo lo mismo.

Estaban a las afueras de Denver, cerca de una granja de aspecto pintoresco y acogedor. Kenny le hizo una indicación para que lo siguiera. El pelirrojo gruñó algo por lo bajo, pero no dijo nada más, limitándose a seguir al otro vampiro. Avanzaron por un pequeño sendero de tierra cubierto por la nieve, hasta el fondo en el cual se veía una casa de campo. Tenía todas las puertas y ventanas cerradas. En esa noche, lo único que iluminaba el lugar era una solitaria bombilla blanca en el porche delantero de la casa.

Kenny se acercó a la puerta y entró. Al parecer nadie había echado seguro al cerrojo. Kyle entró en la casa. El sitio estaba muy tranquilo; aunque había algo, un leve hedor a muerte reciente que inundaba el sitio, además de un silencio que a Kyle se le antojó horrible y tenso.

—¿Qué sucedió aquí? —preguntó.

—Vine a apartar nuestra cena de esta noche. —Señaló las escaleras—. Arriba.

Comenzó a subir sin esperar al otro. Kyle lo siguió al poco rato. Llegaron a un pasillo oscuro, a los lados había cuatro puertas, dos a cada mano. Kenny señaló la primera puerta y luego la abrió.

Kyle dio un paso atrás en cuanto vio lo que había adentro: tres niños, aparentemente dormidos profundamente, de piel morena y cabellos color castaño oscuro. Idénticos, trillizos.

—Puedes tomar lo que quieras —dijo Kenny, quien se quedó de pie recargado en el marco de la puerta.

—No —respondió Kyle—. No voy a matar a un niño.

Kenny, completamente serio, avanzó hasta la cama sobre la cual descansaban los tres pequeños. Se sentó y acarició el rostro de uno, como quien acaricia un cachorro.

—No debería ser tan difícil, pelirrojo, ya has matado antes. Esos criminales a los que desangras casi todas las noches, ¿tienen menos derecho a vivir que estos niños?

—No es lo mismo…

—Son humanos, alimento, bolsas de sangre. No hay diferencia salvo en el tamaño y algunas características físicas. Por lo demás, son completamente iguales. Hay sangre fluyendo en sus venas, cálida y deliciosa; sus corazones laten, sus pulmones se inflan al respirar. ¿Vas a decirme entonces que, por un sentido de moralidad absurdo, carente de todo significado en seres como nosotros, harás distinción entre estos y los otros humanos a los que has matado para continuar existiendo noche con noche?

—No es… Tú no entiendes nada… Eres un monstruo…

Sin embargo, por mucho que se negara a aceptarlo, y por más que resultara horrible, todo lo que Kenny estaba diciendo hacía sentido en él de una u otra manera.

—Vivir en negación no cambia nada, pequeño Kyle.

Sin mostrar ápice alguno de compasión, Kenny levantó a uno de los niños en brazos. Los otros dos se acomodaron, pero siguieron durmiendo, al igual que el niño que ahora Kenny traía en brazos. Era muy pequeño, a Kyle le pareció que no debía tener más de siete u ocho años. Kenny bajó el cierre del abrigo del niño para poder descubrir el cuello. Estaba allí, suave, incitante, con la vena palpitando por debajo de la piel.

—Dos días —dijo Kenny—. Es el tiempo que llevas sin alimentarte. Sabes bien lo que ocurrió con Eric por no hacerlo. Fue en una granja más o menos como esta, pero a las afueras de Londres.

—¿Por eso estamos aquí? —preguntó Kyle con sarcasmo—. ¿Para un ejemplo gráfico?

—Estamos aquí, ya que necesitas comprender un poco más la esencia misma del vampirismo. Olvidarte de la sensiblería lastimera de Eric Cartman.

Quizá en otro momento Kyle se habría reído de eso. ¿Eric Cartman sensible? Aunque, a diferencia de Kenny, había demostrado ser mucho más humano a pesar de sus circunstancias. A veces Kyle se preguntaba cómo habría reaccionado ante esos poderes, el niño mimado y psicópata con el que había crecido antes de que la secundaria y la universidad lo hicieran madurar. Posiblemente, incluso ese Eric Cartman sería mucho más agradable que Kenny.

Kenny le dedicó una mirada más, antes de lentamente dirigirse al cuello del niño en sus brazos.

—¡No! —exigió Kyle mientras avanzaba para tratar de detenerlo. Kenny sostuvo entonces al niño con un solo brazo, usando la mano izquierda para empujar a Kyle con tanta fuerza que el pelirrojo cayó sentado sobre el piso de madera.

Se quedó allí, viendo como Kenny rápidamente clavaba sus colmillos en el cuello del niño. El chiquillo abrió los ojos, por los cuales comenzaban a escurrir gruesas lágrimas. Por un momento sus pequeños brazos se movieron tratando de apartar a Kenny. Eso duró solamente unos pocos segundos, su fuerza se agotó y estos cayeron pesadamente, quedando colgando inertes.

A pesar de eso, Kyle no tuvo tiempo para sentir siquiera un poco de culpa o lástima por el destino de aquel niño. Casi al instante en que los colmillos del vampiro penetraron la suave piel para llegar a las venas, el hedor de la sangre fresca inundó la habitación. Dulce, metálico, irresistible. Embriagó a Kyle, tan necesitado luego de ese tiempo sin beber, haciendo que se perdiera en sus instintos.

Kenny levantó el rostro, mientras dejaba caer el cuerpo inerte, el cual hizo un sonido sordo, que al pelirrojo se le antojó como el de un costal de arena, al golpear contra el piso de la pieza. Los labios de Kenny quedaron rojos debido a la sangre. Kyle lo miró, mientras seguía en el suelo, temblando al tiempo que hacía todo lo posible para no sucumbir ante la sed.

—Si la contienes, las cosas serán peores. —El tono de voz era suave, casi comprensivo, como quien habla a un niño.

Kenny avanzó unos pasos, sentándose detrás de Kyle, luego le obligó a girar la cabeza para besarlo. Eso fue demasiado. El sabor de la sangre en la boca de Kenny hizo que sus instintos se desbordaran aún más.

Cuando el rubio se apartó, le dedicó una mirada analítica.

—Ve a alimentarte —ordenó.

Casi como un autómata, Kyle se incorporó. Avanzó hasta la cama y observó a los dos niños que seguían durmiendo allí. Se dejó caer sobre el que tenía más cerca. Prácticamente, rasgó su manga para dejar al descubierto su brazo, con aquellos conductos oscuros palpitando al ritmo de la respiración y los latidos del corazón. Sus colmillos cayeron veloces sobre su presa. Instintivamente, su mano se movió buscando el rostro para taparle la boca en caso de que despertara.

Ah, la sangre, tan distinta a todas las que había probado antes. Inocente. No se equivocó, tenían ocho años recién cumplidos un mes atrás. Esos no eran niños de la calle o criados en un barrio bajo en el que solo conocían drogas, pandillas y crimen. Tenían unos padres amorosos. ¿Dónde estaban? Podía deducir que fueron la cena de Kenny antes de la reunión de esa noche, he ahí el origen del olor a muerte reciente.

Cuando el corazón se detuvo, se apartó de la presa. Le miró el rostro, había abierto los ojos igual que su otro hermano, pero no le veía. Todo el brillo de la vida se había apagado. Él lo había apagado.

Con las manos temblorosas, Kyle cerró los párpados del chiquillo, incapaz de soportar más la vista de esas gemas carentes muertas. Se quedó sentado en la cama, contemplando el cuerpo inerte, yaciendo junto al único niño todavía vivo en el lugar. Era una imagen atroz, sobre todo cuando su hermano le pasó el brazo por encima del cuerpo, abrazándose a él como si fuera una almohada. Una acción tierna que en ese contexto se volvía cruel.

—¿Qué fue lo que hice?

—Lo que todo ser de este mundo hace para sobrevivir: alimentarte.

Kyle negó con la cabeza. No, esa no era justificación suficiente. Se sentía enfermo ante el sabor de esa sangre inocente en su boca; pero, al mismo tiempo, él alivió de haber aplacado un poco la sed lo inundó. Un contraste de emociones y sensaciones terribles que le demostraban un único hecho: acababa de sobrepasar una barrera de la cual no había posibilidad alguna de retorno.

—No es suficiente —dijo Kenny—. De hecho, nunca lo será.

Se arrodilló junto a la cama, acariciando los cabellos del niño que aún dormía.

—Puedes tomar este también, si lo quieres.

—No —replicó el pelirrojo por milésima vez esa noche, aunque a esas alturas parecía que cada negativa suya no era realmente seria, ya que Kenny siempre encontraba la manera de hacerlo entrar en su juego perverso.

—Las negativas son una especie de mantra para ti, ¿no es así? —preguntó Kenny con burla.

Kyle le miró con el ceño fruncido.

Kenny se encogió de hombros. Luego jaló el cabello del niño, despertándolo. Este se sobresaltó asustado al verse sacado de pronto de su sueño. Luego, sus ojos reflejaron temor puro al ver a dos desconocidos en su casa.

Iba a gritar, pero la mano de Kenny lo detuvo al instante.

—Chss —susurró—. La cena es muy molesta cuando hace ruido. —Se giró hacia Kyle y le miró burlón—. Entonces, Pelirrojo, ¿tomas el último plato o me lo dejas a mí?

—¡Estás enfermo!

—Es mío entonces.

Kyle apartó la mirada y cerró los ojos, no queriendo ver como Kenny mataba al último de los niños.

Terminado lo que hacía, el rubio fue a buscar el tercer cuerpo, que seguía inerte sobre el suelo de la pieza. Lo levantó de nuevo y luego le hizo una indicación a Kyle para que se apartara de la cama. Dejó el cadáver junto a sus hermanos, acomodándolos de tal manera que estaban abrazándose, e incluso se tomó la molestia de arroparlos mientras entonaba una vieja canción de cuna.

Cuando terminó, se dio cuenta de que estaba solo. Escuchó a lo lejos como el coche de Kyle arrancaba. Soltó una carcajada leve y burlona, mientras caminaba hacia la puerta de la habitación. Se detuvo, volviéndose a ver de nuevo a esos tres pequeños ahora muertos.

—Buenas noches, angelitos. —Cerró la puerta con delicadeza, como si no quisiera despertarlos.

Esa casa, y un granero cercano, en el cual Kenny había acabado con el ayudante de la granja, unas horas atrás, ardieron durante gran parte de la madrugada. Cuando los bomberos y los vecinos lograron apagar el fuego, no quedaba nadie que no pudiera ser reconocido, salvo por su registro dental.