Disclaimer: South Park es propiedad de Trey Parker y Matt Stone. Vampiro la mascarada es propiedad de White Wolf.


Nota: A partir de este capítulo tomaré algunos conceptos del juego de rol Vampiro la Mascarada, porque me gusta mucho su lore, y la verdad es que ya había estado tomando algunos de sus elementos (los cuales también se inspiraron en el trabajo de Anne Rice).


Capítulo 16


Tal vez, si alguien mayor los viera, pensaría que no eran más que dos niños jugando a ser novios. Después de todo, parecían ser muy jóvenes –ella lo era–, no más de catorce o quince años. No muy jóvenes para ser considerados niños, pero sí como para que el hecho de que estuvieran en el parque, a altas horas de la madrugada de un martes, hiciera alzar una ceja a cualquier adulto medianamente responsable.

La chica, una joven esbelta, de cabellera negra y corta, con algunos mechones teñidos de color púrpura, además de un rostro muy expresivo y vestida con una chaqueta de cuero negra y una falda a juego, tenía la cabeza echada hacia atrás. En su rostro se dibujaba una expresión de éxtasis similar al que produciría una relación sexual: sus ojos pardos entrecerrados, un leve sonrojo en las mejillas. Pequeños suspiros y gemidos escapaban de sus labios.

El joven, quien aparentaba unos catorce años, estaba «besando» su cuello suavemente, succionando un poco. Tenía los ojos cerrados y parecía disfrutar mucho de la sesión de besos. Cuando por fin se apartó, en el lugar donde sus labios habían estado tocando la piel, ahora solo quedaban dos pequeños agujeros que comenzaban a cerrarse lentamente.

El joven dirigió la mirada a la chica. Ella estaba respirando de forma agitada y parecía aún sumida en el sopor. La estudió un momento, con un deje de frialdad en la mirada que resultaría desconcertante dada la pasión con la que parecía haber estado disfrutando de su sesión de besos unos momentos antes.

La chica suspiró con un deje de decepción una vez que el efecto del beso terminó.

Miró al chico con una expresión que parecía demandar otro Beso.

—No, a menos que quieras morir —susurró él. Ya había tomado demasiada sangre.

Ella se mordió los labios. Tal vez llegaría el día en que de verdad desearía eso.

Allison, como era su nombre, era una joven como muchas otras en esa enorme ciudad: con graves problemas en casa. Una madre alcohólica que la reñía por cualquier cosa (que sí vestía como una prostituta, que si al teñirse el pelo parecía una pandillera…); y su padre… ¿Qué podía decirse de un hombre con tan poco carácter que todos le pasaban por encima? Un pusilánime que trabajaba en un despacho contable de escasa reputación, incapaz de imponer cualquier respeto sobre su propia persona, siquiera para evitar que su esposa siguiera bebiendo si no hubiera un mañana y que apenas si dirigía una o dos palabras al día a su hija adolescente. El hombre ganaba poco, tenía la autoestima por los suelos, y Allison estaba segura de que, más que trabajar horas extra, lo que hacía tres veces por noche era ir en busca de prostitutas o tal vez de alguien que se la enterrara muy duro por el trasero.

El chico la había conocido hacía algunos meses, cuando estaba a punto de comprar drogas a un pequeño traficante local.

Cuando la vio, de inmediato notó lo nerviosa que estaba, dejando en claro que nunca había hecho algo como eso. Más tarde comprobó que no tenía contactos o recomendaciones de nadie, indispensable para comprar drogas a un tipo quien claramente no tendría problemas en cortarte en pedacitos y arrojarte al río. Siendo ese el caso, tenía razones para mostrarse tan nerviosa y dudar tanto en decidir a atravesar la calle hasta la pequeña cancha de baloncesto en la cual el tipejo atendía a sus clientes. Acercarse a un supuesto traficante, del que se han escuchado solo rumores, en el mejor de los casos significa salir de allí con un ojo morado.

Luego de unos minutos, su actitud comenzó a llamar la atención de los transeúntes y el traficante. Se estaba haciendo muy tarde, casi eran las diez, y el traficante claramente comenzaba a hartarse de la presencia de una mocosa que podía delatar toda su operación.

Fue allí cuando él intervino. Salió del callejón desde donde había observado toda la escena y caminó hacia ella, la tomó por el brazo y la arrastró fuera de allí. La chica se resistió un poco, pero un simple contacto directo a los ojos bastó para dominarla y que dejara de resistirse. Una vez hecho, ni siquiera tuvo que seguir sujetando su mano para obligarla a seguirlo: ella simplemente lo siguió, un par de pasos por detrás, como un cachorro abandonado a una persona que le ha dado un poco de comida.

La llevó a un parque, completamente solitario a esa hora, y buscaron un lugar en donde las farolas no fueran tanto problema: el sitio ideal en el que nadie más pudiera verlos.

—Si querías drogas, esa fue una muy mala manera de conseguirlas.

Allison se detuvo, observándolo.

—Yo…

—Puedo entender si tu vida es una mierda —la interrumpió—, pero esas cosas solo son un escape que te traiciona pronto. Las noches de éxtasis y placer duran poco; pronto se convierten en dolores de cabeza, náuseas o trastornos mucho peores. Y aun así no puedes dejar de metértelas.

—A final de cuentas es mi problema —dijo ella, consiguiendo liberarse un poco de su Dominio.

Él sonrió. Ella lo miró con molestia.

—¿Eres una especie de hermano de la caridad? ¿Por qué te metes?

—Oh, no te confundas. —Encendió un cigarrillo y comenzó a fumarlo. Esas cosas ya no tenían ningún efecto en él, aun así, era una costumbre que no podía dejar atrás. Quizá con el paso de los años se le olvidara, pero por ahora era un hábito demasiado arraigado en él—. Quiero ofrecerte algo mejor que cualquier droga que podrías comprar en la calle, o en cualquier club exclusivo de Wall Street para el caso. Lo mejor es que no te traiciona como lo hacen esas cosas: cada dosis es siempre igual de efectiva que la anterior.

La incredulidad, mezclada con la curiosidad, se hicieron presentes en el rostro de Allison.

—¿Algo mejor…?

—Mucho mejor —aseguró él. Arrojó el cigarrillo al suelo y lo pisó con el tacón de su bota para apagarlo.

Allison lo miraba, expectante, y antes de que pudiera decir alguna palabra más, él ya se había colocado detrás de ella. Sujetó su mentón con la mano derecha, para tener control del movimiento de su cabeza, mientras la mano izquierda se pasaba por su vientre para evitar que corriera.

La respiración de Allison se agitó, mientras el pánico la inundaba.

—Tranquila —le susurró él al oído—, te prometo que será lo mejor que has sentido en tu vida.

Ladeó su cabeza hacia la derecha para tener acceso al cuello. Sus labios descendieron entonces de la oreja hacía el cuello. Sintió la vena palpitar contra sus carnosos labios. Casi podía escuchar el torrente de sangre en el interior de las venas. Los colmillos se enterraron en la piel. Allison dejó escapar un gemido. El dolor del pinchazo duró solamente un segundo, para luego ser reemplazado por una ola de placer que la dejó sin aliento, perdida en las sensaciones. Realmente era mejor que una droga.

Había caído en el Beso del Vampiro.

Esa primera vez todo fue muy rápido. Él se apartó, haciendo gran uso de su autocontrol.

—Eso, querida, es solo una muestra gratis.

Allison, aun sin pensar claramente, asintió.

—Quiero más… Necesito más…

—Lo sé. Pero si quieres más habrá un precio.

Obtuvo un asentimiento casi frenético. Lo sabía, Allison haría cualquier cosa con tal de volver a sentir aquello.

—Cada vez que yo quiera, cuando quiera, así sea en una noche lluviosa o en medio de una tormenta de nieve, a las tres de la mañana, si yo te lo pido, irás a verme. Si quieres sentir esto, deberás aceptar mi Beso. Y yo necesito tener a quien besar.

Allison aceptó.

Le dio un teléfono celular privado –tenía muchos de esos, gracias a Michael, su Sire–, al cual poder llamarle cada vez que quisiera. Él le mandaría un mensaje, indicándole un lugar, y ella debía ir a ese sitio sin importar nada más. Debía abandonar cualquier actividad que estuviera haciendo en el momento e ir a su encuentro.

Allison lo hacía. No podía evitarlo, el Beso era algo que su cuerpo anhelaba a cada momento. Su corazón se aceleraba de la emoción cada vez que, al comienzo de la noche, veía un mensaje indicándole a dónde ir en esa ocasión.

Hacía ya seis meses de aquello.

—Te vas —susurró ella al ver como Firkle se acomodaba la camisa.

Él no respondió. Desde aquella noche casi no había escuchado su voz. Poco importaba. El Beso, eso era lo único en lo que ambos pensaban cuando estaban juntos.

Firkle se levantó de la banca y comenzó a caminar en dirección al sur. Ella permaneció un poco más allí. Luego se levantó y caminó en dirección a donde la esperaba el coche que la llevaría a casa. Tal vez Firkle aparentaba ser alguien frio a quien no le importaba nada más que la sangre, pero siempre se aseguraba de que tuviera una forma segura de volver a casa.

- GX -

Cuando Firkle regresó a casa, como de costumbre, el departamento estaba vacío. Incluso en las noches de lunes, El Arkham tenía una buena cantidad de clientes. Ser uno de los pocos clubes que abría todas las noches de la semana le aseguraba eso. Cuando eres un ser capaz de esclavizar a los mortales con una simple mirada, puedes hacer lo que quieras.

Henrietta, Michael y Pete debían de estar en el club.

Podía imaginar a Pete paseando entre los incautos mortales que bailaban en la pista al son de la música gótica; Michael seguramente hacía algo de papeleo, mientras Henrietta, en la misma oficina, contemplaba a los morales a través de la ventana que dejaba ver el escenario, o en su defecto se sumergía en uno de esos antiguos libros de magia, pertenecientes a Michael, en los que tanto le gustaba profundizar.

De los cuatro era ella, seguida de Michael, quien mayor dominio tenía sobre la Taumaturgia, la especialidad de su linaje de vampiros.

Los cuatro eran Tremere, uno de los trece clanes vampiros que descendían de la tercera generación de su especie. Michael había sido abrazado en el lejano siglo XVII, en Inglaterra, por uno de los pocos sobrevivientes del clan. Según había dicho, la mayoría se habían extinguido en la llamada Gran Purga, acontecida a finales de la Edad Oscura. El Tremere había sobrevivido por muy poco.

Firkle había escuchado muy poco sobre la Gran Purga, más allá de que había acabado con la extinción de al menos ocho de los trece clanes –o al menos lo que quedaba de esos ocho era demasiado poco como para ser llamado Clan–. El Sire de Michael había sido un joven neonato en aquellos años. Escapó de la purga y vivió los siguientes siglos tratando de reconstruir al Clan. Con solo tres de sus Antiguos habiendo sobrevivido a la Gran Purga, no fue una tarea fácil.

Fue mientras viajaba por Inglaterra que se había encontrado con Michael y lo había abrazado. Con el paso del tiempo, como sucede a menudo, el Sire y su Chiquillo perdieron contacto. A veces, mediante el ritual adecuado, podían conectarse y hablar durante unos momentos, pero cada vez era menos el tiempo que podían mantener la conexión mental. O eso era lo que Michael le había dicho.

Completamente aburrido, Firkle se acomodó la camisa negra que llevaba y se encaminó en dirección al ascensor. El departamento se encontraba tres pisos por encima de El Arkham, el cual se hallaba en la planta baja de un edificio de oficinas propiedad de Michael. Oprimió el botón que hacía descender el aparato hasta el despacho de Michael.

Cuando salió, todo estaba justo como lo había pensado. Michael sentado en el escritorio revisando papeles y Henrietta en el sofá del lado derecho, recostada mientras sostenía un grueso libro en sus manos. De fondo, se escuchaba el tenue sonido de la música que tocaba el DJ de El Arkham. La oficina estaba insonorizada, pero para el oído más sensible de un vampiro ese no era realmente un problema.

—¿Qué tal la cacería? —le preguntó Henrietta sin apartar la mirada del libro.

—Lo normal. —Sí, de nueva cuenta, había preferido beber de su Rebaño.

Cuando era un mortal había detestado a esos posers que se creían vampiros; pero ahora les encontraba de gran utilidad. Un poco de dominación de su parte, un Beso de unos segundos, y los malditos estaban en sus manos. Harían cualquier cosa por volver a sentir el Beso, o por tener unas gotas de su sangre en sus cuerpos. Así es como les había encontrado un buen uso: reducidos a nada más que bolsas de sangre y sirvientes.

Michael lo sabía, al igual que Henrietta y Pete, t le dejaban hacerlo. Ellos mismos tenían sus propios Rebaños y sus propios Ghouls en la ciudad. El abogado encargado de los asuntos legales del club, por ejemplo, era un Ghoul de Michael.

Era una de las lecciones aprendidas de Michael, las dos cosas que un vampiro necesitaba para sobrevivir sobriamente en el mundo de los mortales: un Rebaño dispuesto a abrir sus venas para alimentarlo en cualquier momento, y una buena cantidad de sirvientes fieles que se ocuparan de los asuntos que ellos no podían, en especial durante el día.

—Espero no hayas ido muy lejos —dijo Henrietta dejando el libro a un lado.

Era una mujer rellenita, aunque sin llegar a ser gorda, alta y de cabellera negra corta. Siempre iba con vestidos negros de falda larga, la cual a veces la hacían parecer una Morticia Addams de cabello corto y un poco más llena, sobre todo cuando tomaba algo de sangre y la servía en una copa, como si fuera vino.

—No veo cuál es el problema —respondió antes de sentarse en el sillón que siempre ocupaba cuando iba a la oficina de Michael.

—Estamos en alerta —aclaró Michael.

Eso definitivamente era nuevo.

—¿En alerta?

—Hay un vampiro desconocido en la ciudad —le aclaró Henrietta.

Firkle frunció el ceño. Los vampiros no podían darse el lujo de no ser paranoicos, así que no era extraño para ellos el controlar quién entraba o salía a su ciudad. En el gran porcentaje de los casos solo eran mortales haciendo sus movimientos normales, pero a veces aparecía otro de ellos. Sin la estructura de los Clanes, había muchos que no respetaban las viejas tradiciones y hacían lo que querían.

—Creí que no era una amenaza —dijo.

—No es Eric Cartman quien me preocupa.

Finalmente, Michael dejó de lado sus papeles y se levantó. Era alto, casi con dos metros de estatura, de complexión delgada, aunque sin caer en lo escuálido. Lo que más resaltaba en él era su prominente nariz, además del cabello un poco afro, sobre todo al frente. Como siempre, traía puesto un atuendo adecuado para alguien que dirigía un club como aquel: camisa blanca, una chaqueta negra sobre esta y unos pantalones de vestir a juego y, por supuesto, su inseparable bastón, que en realidad servía como funda para una espada antigua y muy afilada. Como alguien nacido entre la nobleza inglesa del siglo XVII, Michael era un experto esgrimista, cosa que trataba de inculcarles a sus tres chiquillos.

—Antes dijiste que no era un problema —le recordó.

Henrietta eligió ese momento para ir al miniar y sacar una de las bolsas de sangre que guardaba allí. Firkle hizo una mueca. No entendía por qué alguien prefería beber sangre congelada sacada de un banco de sangre cuando podía ir directo a la fuente.

—Cierto, es otro neonato recién abrazado —concordó ella—. Incluso más joven que tú.

—No es eso lo que me preocupa —admitió Michael—. Es su linaje. Su sangre es fuerte, demasiado para un vampiro de poco más de un año. Fue abrazado por alguien viejo, tal vez más viejo que yo.

Bien, eso era genuinamente sorprendente.

Un anciano, además de Michael, podía estar rondando la ciudad. Jamás había visto a otro, no es que hubiera muchos por allí. Henrietta tenía poco menos de un siglo, abrazada por Michael durante la Gran Depresión en 1930. Pete en los años cincuenta, por Henrietta –aunque Michael le había permitido beber su propia sangre para reforzarla, y por supuesto, ambos habían bebido de la sangre de los Antiguos del Clan–. Y él (abrazado por Michael), bueno, con solo diez años en el mundo de los no-muerto, era prácticamente un niño recién nacido.

—¿Es peligroso? —Su voz salió más temblorosa de lo que pretendía, por lo que se sintió débil.

—Podría ser, dependiendo de qué tan fuerte sea la sangre de quien lo abrazó.

Michael pareció perderse un poco, como recordando días pasados. A menudo le pasaba eso, era como si se desconectara de la realidad. Temían que estuviera al borde del letargo, lo cual los dejaría a los tres solos para ocuparse de las cosas. Sin Michael, allí para mantener unida a esa pequeña familia, no sabían cuánto podrían durar.

Luego de unos segundos, Michael volvió en sí y prosiguió:

—No sé si ya se percató de nuestra presencia aquí. He sido cuidadoso, y creo que mis conjuros para ocultarnos funcionan bien, pero si el anciano merodea cerca de su chiquillo podría no ser suficiente.

Michael volvió a su escritorio.

—¿Quién es?

Michael levantó la cabeza, viéndole directamente al rostro.

—¿Importa? —respondió—. Lo que debes saber de los ancianos es que son peligrosos.

Lo entendía muy bien. Michael mismo lo era, aún más siendo un Tremere. De entre los cinco clanes que habían sobrevivido a la Gran Purga, era el Tremere el que más organizado estaba en la actualidad. No es de extrañarse, siempre había sido el clan mejor organizado de todos. La Purga les había arrebatado mucho de su poder, como a todos, pero el daño se estaba reparando, aunque de forma lenta; y tenían por mucho más poder del que los Malkavian, los Giovanni (a pensar de su férreo control sobre Italia y, sobre todo, su mafia), los Tzimisce o los Gangrel podrían presumir.

El viejo dístico de su Clan parecía destinado a cumplirse: «Somos más que vampiros. Somos el siguiente paso de la evolución. Dirigiremos a los demás si nos permiten hacerlo, o nos quedaremos solos si es necesario. Pero sobreviviremos».

—Mantengan la distancia —les ordenó Michael—. Si es un anciano poderoso y se entromete con nosotros, yo lidiaré con él. No quiero que ninguno de ustedes se interponga.

—No hay problema —respondió Henrietta de inmediato.

—Como digas —fue la respuesta de Firkle.

El clan Tremere valoraba sobre todo una cosa: la lealtad. La lealtad de un Tremere era a su Casa y a su Clan. Juraban servirlo, respetar a los superiores y a los inferiores; jamás hacer nada que pudiera traer daño o deshonra a su Casa y al Clan.

A pesar de eso, no podía evitar ser curioso. ¿Qué clase de vampiro era ese anciano? ¿Pertenecía a algún clan considerado extinto o a tal vez a uno de los otros cuatro sobrevivientes? Si era un Malkavian, estaban en problemas. Por lo que había escuchado, desde la Purga esos locos eran lo menos confiable que se podía encontrar en el Mundo de Tinieblas, siempre haciendo cosas que tarde o temprano terminaban con persecuciones y cazas de bruja entre los mortales.

El elevador descendió. Poco más de un minuto después, volvió a ascender y Pete salió de él.

—¿Qué encontraste? —preguntó Michael.

—Movimientos inusuales entre los negocios mortales, como esperabas. —Pete se sentó frente al escritorio, tomó algunos papeles del interior de su saco y se los pasó a Michael—. Alguien ha estado haciendo transacciones importantes en Denver relacionadas con cultura y entretenimiento. Compró dos viejos teatros, los cuales comenzaron a ser remodelados hace dos semanas, y una editorial pequeña de la ciudad. Quien lo ha hecho es sumamente hábil. Ha ocultado sus huellas demasiado bien como para ser un mortal que teme que alguien se le adelante en un negocio.

Michael revisó rápidamente todo. Sí, allí estaba: altas sumas de dinero invertidas, la mayoría a través de grupos inversionistas creados solo para eso. Dinero que pasaba de una a otra empresa, tratando de enredar los rastros de cómo se movía ese dinero y en que era invertido. No era un mortal haciendo negocios turbios, eso era seguro, era algo más. Él lo entendía, porque hacía lo mismo: entre menos negocios tuvieran alguna relación con su nombre, mejor.

—McCormick Publishing Group —dijo de pronto—. La editorial pequeña se convertirá en su lanzadera para este país.

Dejó los papeles sobre la mesa.

—Será peligroso si decide venir por aquí.

¿McCormick? Firkle reconoció ese apellido. Pertenecía a un vampiro sin clan, un proscrito, de Inglaterra. A lo largo de dos siglos se había dedicado a perseguir y a Diablerizar a muchos vampiros. Era poderoso, astuto, un peligro. Los vástagos le habían perseguido durante siglos, hasta finalmente rendirse a comienzos del siglo XX. Los Tremere, en cambio, no se rindieron. Él había robado algunos de sus secretos y merecía pagar por ello. Pero los Tremere hacían las cosas con calma, aún más contra alguien como McCormick, buscaban la oportunidad.

—Ahora tenemos más motivos para mantenernos en guardia —dijo Michael, mientras se dirigía hacia el elevador—. Henrietta, asegura nuestras protecciones. Pete, haz que tus sirvientes le sigan, pero que sean muy discretos. —Antes de que el elevador se cerrará, miró a Firkle—. Mantente al margen.

Firkle mentiría si dijera que no estaba esperando esa orden, aún se le consideraba demasiado joven entre su Clan. No confiaría plenamente en él hasta que pudiera ir a Viena para jurar lealtad ante el Consejo Interior de los Siete (uno de los cuales era el Sire de Michael), cosa que se aplazaba cada vez más, y a veces creía que nunca llegaría. La presentación debía hacerse en el año siguiente al abrazo. Habiendo pasado ya diez años, a Firkle le parecía que eso nunca sucedería.

Firkle mantuvo la mirada puesta en el elevador, viendo cómo se dirigía a la azotea del edificio. Estaba claro que Michael había dio a tratar de contactar a sus superiores. Él no actuaría si no era con la autorización del clan, eso era ser un Tremere.

Henrietta y Pete se marcharon de inmediato a llevar a cabo sus obligaciones. Firkle se quedó solo. El sonido de la música del club era todo lo que se podía escuchar en la pieza vacía.

—Otro anciano —susurró.

Y no cualquiera, uno con una reputación infame y al que todo vástago en el planeta quería ver muerto. ¿Cómo sería el tal McCormick? ¿Qué secretos habría obtenido de los vampiros a los que había arrebatado todo su poder y conocimiento?

Tan concentrado estaba en todo esto, que lo que sucedió después le tomó genuinamente por sorpresa:

Las luces de la habitación comenzaron a parpadear, al tiempo que una especie de sensación de pesadez lo invadía. Firkle gruñó, pues sabía perfectamente que estaba pasando: Allí estaba de nuevo ese fantasma tan molesto.

No tenía idea de dónde había salido –probablemente se había «pegado» a él en aquel viaje a Inglaterra para visitar a su abuela cuando tenía cuatro años–, únicamente que estaba allí, molestándolo, desde que tenía memoria. Cuando era niño, hablaba con el espíritu pensando que era una especie de amigo imaginario; o, más bien, eso pensaban sus padres. Conforme fue creciendo, comprendió lo que era realmente. Asustado, dejó de tratarla (era el espectro de una niña), y eso la molestó: arrojaba los juguetes, y encendía y apagaba las luces cada cierto tiempo.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó con molestia.

Las luces se apagaron y se encendieron una vez más. Hubo un momento en que pareció que no pasaría nada más, entonces, Firkle notó algo: el cristal de la ventana que daba hacia la pista de baile se estaba empañando y, al mismo tiempo, con un trazo algo irregular, se formaron dos líneas:

Quiero ir a verlo

llévame con él

Luego de eso, el cristal se estrelló.

La temperatura en la habitación volvió a subir, las luces parpadearon un poco, y eso fue todo. La presencia del espectro se esfumó por completo.

Firkle, aún sentado en el sillón, mantuvo la mirada fija en la ventana estrellada.

—¿A quién quieres ver?

No obtuvo respuesta, lo cual no fue raro. Últimamente, ese espectro parecía tener cada vez menos fuerza para manifestarse. O tal vez había encontrado alguien más a quien molestar. Sinceramente, Firkle esperaba que fuera lo segundo.