¡Love, yes I Do!
By: HybridVirus
Disclaimer: Hetalia y sus personajes son pertenencia de sus respectivos dueños, solamente soy dueña de Rafaela y no hay ninguna ganancia con esto, más que darles amor a las relaciones de mi país con otros países; solo soy una fan que escribe para fans.
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Capitulo II
Un cansado suspiro escapo de los pálidos labios del pelirrojo al mismo tiempo que mantenía la vista fija en el enorme ventanal de la oficina, su exhausta mirada se encontró perdiéndose en el cerúleo cielo cubierto de perezosas nubes. Allister se llevó una mano al rostro frotándose la frente, para perderse en los recuerdos de los días pasados. El aroma del humo del tabaco que yacía en el ambiente, parecía ser la única cosa que le calmaba ante lo que sabía que se avecinaba, no sería fácil convencer a la pelicastaña de que aceptara su propuesta, pero él no era su hermano y no se permitiría fracasar.
El eco de unos rápidos pasos acercándose a la oficina llamo la atención del hombre que se encontraba detrás del escritorio, mismo que dirigió su mirada hacia la puerta, para fruncir el ceño al ver a la rubia ojiazul que se encontraba ahora mismo en la entrada del recinto. Donde la misma no dejaba de susurrar algo para su acompañante, que se veía oculto por la barrera que creaba la entreabierta puerta de la oficina. Un gesto lleno de molestia se apodero de las pálidas facciones del hombre, al mismo tiempo que arrojaba una mirada llena de hastió a la francesa que había entrado por la puerta sin pedir autorización alguna. Si esto era una nueva excusa, para pedir de nuevo que le explicara sobre los informes…
–Qué pena señor Kirkland, pero la señora Rafaela está aquí.
Una de las pobladas cejas del pelirrojo se arqueo en un gesto lleno de incertidumbre, al ver la forma en que el labio inferior de la rubia ceniza temblaba, mientras terminaba de abrir la puerta para dejar entrar a la pelicastaña a la oficina. Un extraño nudo se apodero de su estómago al ver los acuosos orbes miel, que lo miraban con una desesperación que el pelirrojo no podía entender. Con rápidos pasos el escoses se acercó a la joven mujer, para colocar las manos sobre sus hombros '¿Qué sucede?' pregunto el más alto al sentir como los brazos de la más bajita se abrazaban a su pecho, para hundir de ese modo el rostro en el mismo y así llorar desconsoladamente en el pecho de su cuñado.
–Francois, trae un té.
El sonoro 'clack' de las zapatillas de la rubia ceniza alejándose a toda velocidad, resonaron en el silencioso pasillo del edificio, mientras Allister se aseguraba de deslizar las manos contra la espalda de la ojimiel. Intentando calmar a la mujer que no dejaba de lloriquear en su pecho. El suave murmullo de un 'Shh..' escapo de los labios del escoses, al ver la forma en que la pobre mujer parecía ahogarse y empezar a toser, por la falta de aire en sus pulmones gracias al ataque de llanto que no daba señales de detenerse por un largo rato.
–Todo estará bien…
Susurro con su más gentil tono el de orbes verdes, mientras recostaba la barbilla sobre las castañas hebras de las que se desprendía el suave y fragante aroma de la miel, la vainilla y de los granos de café que solía tomar en las mañanas. El suave aroma, junto al gentil palpitar del corazón de la mujer en sus brazos, le llevo a perderse en el repentino silencio que se había creado en la oficina, después de que la pelicastaña se quedara dormida en su abrazo por haber llorado tanto. Una de sus manos se deslizo gentilmente sobre la sedosa cabellera castaña; para después tomarla en brazos para acomodar a la mujer sobre el sofá en el rincón de la oficina.
–Por ahora descansa…
Murmuro el escoces al mismo tiempo que se quitaba el saco, y lo colocaba sobre las piernas de la menor asegurándose de cubrirla lo mejor posible. Una discreta sonrisa se apodero de sus labios, misma que desapareció casi instantáneamente para dar paso a un gesto lleno de hastío, al ver la socarrona sonrisa que su secretaria no era capaz de disimular, al mismo tiempo que dejaba la taza de té en la pequeña mesa, frente al sofá donde descansaba la esposa de su hermano menor.
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El suave murmullo de una pluma deslizándose sobre papel resonaba en sus oídos, mientras que sus orbes se abrían pesadamente. Un suave quejido escapo de sus labios al sentir el ardor en sus ojos y el cansancio que parecía haber tomado control de su cuerpo. Ya tenía días que no descansaba bien, pero no había podido hacer nada más que mantenerse en el departamento con su esposo, en lo que se preparaba para iniciar el divorcio que estaba segura que quería. Esto era lo correcto, Arthur no la apoyaría a conseguir lo que necesitaba, era más que seguro que le aconsejaría que hablara con Alfred e intentara salvar su matrimonio. ¿Pero cómo salvar algo que ninguno de los dos había querido desde el principio?
–¿Cómo te sientes?
Pregunto el ojiverde al mismo tiempo que se acercaba hacia el sofá, su mano tomo la botella de agua que se encontraba en la mesa, para ofrecerla a la somnolienta pelicastaña que aun parecía seguir más dormida que despierta 'De la mierda' añadió la ojimiel consiguiendo arrancarle una risa al pelirrojo. Quien coloco una mano en su rodilla y apretó gentilmente la bronceada piel entre sus dedos, intentando hacerle saber a su cuñada que no la dejaría sola en lo que fuera que la estaba afectando de tal forma, puesto que no podía entender porque se había derrumbado con él, en vez de acudir a su esposo como debería de haberlo hecho.
–Alfred me está engañando…
Susurro la mexicana mientras le dirigía una mirada cansada y llena de lágrimas. Un silencio sepulcral tomo control de la habitación, mientras el dueño de las esmeraldas deslizaba uno de sus dedos contra la mejilla de la joven mujer. Sus labios se fruncieron en un gesto entre molesto y dudoso, como si no supiera como tomar por completo las palabras de la pelicastaña, una parte de él quería pensar que su hermano no sería tan imbécil para hacer eso. Lentamente su digito se aseguró de limpiar las lágrimas que aún seguían escapando de sus ojos. '¿Estas segura?' pregunto en un tono un tanto nervioso el escoces, al saber que de ser cierto, esto sería algo que le acarrearía un sinfín de problemas.
–¡No soy estúpida, claro que estoy segura!
Gruño la indignada joven al mismo tiempo que tomaba la bolsa de papel que llevaba dentro de su bolso, y de la misma sacaba una caja negra que abrió para arrojar el contenido al suelo. El hombre no necesitaba preguntar que era, el encaje y los lazos rojos que adornaban la prenda, la anunciaban perfectamente como lencería y el hecho de que ciertos aromas se desprendieran de ella, le decían que eso había sido usado para cumplir su justo propósito. Las verdes esmeraldas de Allister se posaron sobre el cansado rostro de la dueña de la piel bronceada. Intentando ignorar la molestia que sentía al saber que su hermano, había echo semejante estupidez, a pesar de haberle pedido que tratara su matrimonio, como algo de suma importancia para ambas familias.
–Tiene un año de que nos casamos, pero tu hermano no se ha acostado conmigo.
La mirada de la ojimiel gritaba y exigía retribución, misma que sabía de sobra no podía negarle. De hacerlo Rafaela pelearía por lo que quería y al obtener la victoria, habría un divorcio con el que obtendría despojarlos de una parte de la compañía, y así la familia de la mexicana pasaría a ser la mayor accionista, dejándolos como un lastre gracias a las acciones de Alfred. Un cansado suspiro escapo de los labios del pelirrojo, mientras mantenía sus orbes fijos en los acuosos ojos miel. Si las cosas se hubieran hecho de acuerdo al plan, esto no estaría pasando, no tendrían estos problemas, Rafaela no estaría sufriendo, su familia no se vería en riesgo alguno de perder poder; pero como siempre, todo recaía en las acciones de un chiquillo consentido que sus padres nunca habían puesto en línea.
–¿Estarías dispuesta a negociar?
La repentina sensación de una mano presionando gentilmente su rodilla, la saco de sus crueles pensamientos, en los que una mujer que no era ella, vivía la vida que le pertenecía, junto al desgraciado hombre que supuestamente había prometido amarla y respetarla hasta el final de sus días. La mirada miel se posó en el serio rostro del pelirrojo frente a ella. Los orbes verdes se mantuvieron fijos en el bronceado rostro, al mismo tiempo que su diestra se colocaba en la bronceada mejilla para acariciar gentilmente la piel con su pulgar. Consiguiendo de ese modo relajar un poco a la tensa mujer que aun yacía en el sofá.
–…¿Si consigo tu divorcio?
Un tembloroso suspiro escapo de los labios de la ojimiel, al mismo tiempo que asentía rápidamente con la cabeza y se arrojaba contra su pecho. Aferrándose con desesperación a su cuerpo, como si fuera la única línea de vida que tenía en ese mismo instante. Un cansado suspiro escapo del joven hombre mientras abrazaba a la pelicastaña, para acomodar a ambos sobre el sofá. Los dedos del pelirrojo se aferraron al sobre que se encontraba en el bolso de su cuñada, el mismo que había salido de la bolsa de papel cuando había arrojado la caja al piso.
Ese mismo sobre manila de donde sobresalía un papel brillante con un rostro muy familiar para él. Sus orbes se entrecerraron con una inmensurable ira, que no creería poder controlar en el momento en que la peli castaña saliera de su proximidad. No tenía que ver ninguna de las otras fotografías para hacerse una idea de lo que encontraría, le bastaba ver a la mujer de cabellera ceniza que llevaba puesta la lencería; que ahora se encontraba tirada en el piso de su oficina y a su hermano juntos compartiendo un beso, mientras estaban semidesnudos. Sus labios se separaron para gruñir finalmente las palabras que sellarían el futuro de los primogénitos de las familias que habían construido un imperio juntos.
–Considéralo hecho, te divorciaras de Alfred
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El ceño del pelirrojo continuaba fruncido mientras seguía mirando al cielo, entendía que en un matrimonio arreglado todos sabían que no habría quizás amor alguno, pero la exigencia del respeto era algo que se debía de llevar a cabo. Alfred no había querido casare con Rafaela, ella tampoco había estado dispuesta a casarse con él, pero al entender que no había opción alguna sobre lo que se llevaría cabo, había cedido y así fue como Alfred termino casándose con su cuñada. Entendía de sobra el que Alfred no la quería, pero había aceptado el matrimonio y debía de haberlo respetado a toda costa, debió proteger la unión que fijaría un futuro sólido para ambas familias. No es que no entendiera a su hermano, claro que lo hacía de sobra; a final de cuentas él tampoco quería a su prometida, pero finalmente había encontrado la forma de deshacerse de toda esa situación hecha por su madre.
–Maldición…
Una parte de él siseo venenosamente en su mente que también era su culpa; si él hubiera intervenido, si él hubiera hecho algo, esto no habría pasado y ellos no se habrían tenido que casar. Si desde un principio él se hubiera negado a llevar acabo lo que su madre ordenaba. No habría tenido que ver a los dos sufrir de semejante forma, por alguien que no los quería y que solo los terminaría lastimado. Este es momento de hacer lo correcto; la pálida mano de Allister llevo el vaso de whisky hacia sus labios, asegurándose de beber de golpe el resto del líquido intentando conseguir el valor que necesitaba, para lo que se le vendría encima en el momento en que llegara Rafaela a la oficina. No podía fallarle a su familia, no podía fallarle a la familia de Rafaela, no podía fallarse a sí mismo y aún más importante, no podía fallarle a la ojimiel.
–Allister
Susurro la voz de la pelicastaña que se asomaba por la entreabierta puerta. Con un rápido ademan de la mano el pálido hombre le permitió entrada a la oficina y se puso de pie para acercarse a la joven mujer. Una de las pálidas manos del hombre se colocó en su espalda baja, para de ese modo guiarla a que tomara asiento en uno de los mullidos sillones ocasionales que estaban frente al escritorio. Podía sentir la forma en que los orbes miel le seguían al mueble que era usado como una especie de minibar, donde mantenía las botellas de whisky y sin miramiento alguno vertió el líquido en dos vasos de cristal cortado; para después dirigirse hacia su acompañante y entregarle uno de ellos, con un cansado suspiro el hombre finalmente se sentó con pesadez sobre el sillón frente a la ahora ex esposa de su hermano.
–¿Qué estamos festejando?
Pregunto con una pequeña sonrisa la exhausta mujer, mientras movía el vaso para disfrutar el suave 'clink' de las frías piedras de bebida que se usaban para no diluir el líquido con hielos. Una cansada sonrisa se apodero de los labios del escoces, mientras extendía su vaso en la dirección de la ojimiel, quien choco su propio vaso contra el del dueño de las resplandecientes esmeraldas. El agotamiento en los orbes verdes era innegable para la mirada de la peli castaña. Lentamente la ojimiel llevo el vaso hacia sus labios para beber el alcohol y detenerse a pensar lo egoísta que estaba siendo con Allister; había ido hacia él por qué sabía que no se negaría a ayudarla… pero lo estaba obligando a tener rencillas con uno de sus hermanos. ¿Eso… no la convertía en alguien casi tan ruin como el desgraciado de Alfred?
–Tu divorcio, y la ruptura de mi compromiso; ¿Que más podríamos celebrar?
Menciono la voz del escoces, al mismo tiempo que bebía nuevamente de su vaso y sonreía divertido al ver de reojo la forma en que los orbes miel, se encontraban abiertos de par en par al escuchar sus palabras. La sorprendida mirada dio paso rápidamente a lágrimas, mientras la pelicobriza le miraba suplicantemente, como si buscara que se explicara ante las palabras que habían escapado de sus labios. Una risa escapo del dueño de las hebras escarlata al ver la esperanzada forma en que la joven le miraba a los ojos. Aunque pasaran los años la misma Rafaela que solía jugar con él y sus hermanos aún seguía ahí.
–Extraoficialmente te has divorciado de Alfred F. Kirkland Jones.
El sonoro grito de felicidad acompañado de un sinfín de lágrimas, junto a la sensación de la mujer arrojándose sobre él para abrazarlo y murmurar sobre como el siempre seria mil veces más genial que Arthur y los gemelos, le arranco de nuevo una divertida risa. Por supuesto que la pelicastaña le diría eso al saber que había logrado lo que le había prometido. La única vez que aceptaría haberle fallado, seria esa en la que le permitió a su madre elegirla como la esposa de Alfred, pero eso era ahora agua pasada y no se permitiría que algo así volviera a pasar.
–Lamentablemente….
Murmuro con una cansada voz el pelirrojo, mientras hundía sus dedos en los castaños cabellos de la mujer que aún se encontraba abrazándolo. Allister llevo el cristal de nuevo hacia sus labios, tomando de golpe el resto de la bebida intentando olvidarse de la incómoda sensación en su interior. La mujer peliblanca que aparecía en esas relevadoras fotografías con Alfred. Le había dejado con el peor sabor de boca que podía tener; desde el principio se había rehusado a aceptar ese matrimonio. Desde el principio lo había alejado y estirado la fecha lo más que podía intentando encontrar una excusa para librarse de ese compromiso. Que irónico que esa forma de conseguir librarse de dicha situación, seria a manos de enterarse de que su hermano lo había apuñalado por la espalda acostándose con su prometida.
–La mujer que acompaña a Alfred en esas fotos era mi prometida.
Los orbes miel se posaron incrédulamente en el hombre, que se encontraba aun sentado en el sillón con la mirada perdida en el techo de la oficina. Se sentía exhausto de tener que lidiar con todos los desastres que sus hermanos causaban. No solo tenía la situación de Rafaela para preocuparse, cuando hiciera público que no se casaría con Natalia, los problemas aumentarían. Pero… aún tenía un pequeño plan, que hasta el mismo admitiría era algo completamente loco y descabellado.
–Así que te tengo una propuesta que no podrás rechazar
Sentencio el ojiverde mientras la movía un poco, para poderse poner de pie y pedirle que se sentara en el lugar que hasta hace unos momentos había ocupado. Los orbes miel se mantuvieron fijos en las resplandecientes gemas verdes del escoces, quien dejo el vaso de cristal cortado sobre el escritorio para introducir una de sus manos en sus bolsillos, con un cuidadoso movimiento el pelirrojo se colocó sobre una de sus rodillas frente a la ojimiel, justo como los caballeros de antaño harían para presentarse ante alguien de suma importancia. Para finalmente sacar una pequeña caja de terciopelo rojo de su bolsillo, y abrirla ante la incrédula mirada de la dueña de los orbes ambarinos.
–Cásate conmigo Rafaela.
Pidió con seguridad el escoces, mientras su miraba rebuscaba algún signo negativo en el bronceado rostro de la mexicana 'Nunca más tendrás que derramar una lagrima' susurro la varonil voz mientras acercaba a la joven mujer la caja donde se encontraba anidado un anillo de oro rosado con una perla blanca en el centro, acompañada de dos resplandecientes esmeraldas a cada costado. La mirada miel y esmeralda se encontraron una vez más, mientras ambos rebuscaban silenciosamente algo oculto en la mirada de su contrario, uno esperando por una respuesta y la otra entendiendo de sobra lo que los silenciosos orbes le estaban advirtiendo.
Su divorcio ya estaba prácticamente hecho, y con esto alguna de sus hermanas tendría que hacer lo que ella no fue capaz, el permanecer casada con uno de los Kirkland. Podía dejar a una de sus hermanas caer en la misma situación que ella, o arriesgarse con Allister y aceptar la descabellada propuesta que estaba siendo ofrecida, por el primogénito del viejo amigo de su padre. A sus ojos solo había una respuesta aceptable para dicha situación, si su familia ya la había sacrificado una vez, que más daba que ahora lo hiciera ella voluntariamente.
–Te hare la mujer más feliz del mundo, lo juro.
Continuara…
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Hybrid-Virus
Yo! ¡Buen día! ¡Espero que se encuentren muy bien lectores y que estén teniendo un excelente día! Admitiré que este capítulo estaba listo ayer, pero había unas cositas que no me convencían y decidí cambiarlas. Así que por eso es que se está posteando hoy, de mismo modo el capítulo tres tiene algunos detalles, pero creo que con ese si tardare un poquito más en dejarlo listo.
Supuestamente cuando en un anillo de boda se usa una perla, se espera que la portadora no vuelva a derramar una sola lagrima. He ahí por qué Allister elige justamente ese tipo de anillo para Rafaela, la silenciosa promesa del pelirrojo para la morena es que, nunca más tendrá que llorar a causa de los actos de su esposo. Del mismo modo, las perlas son consideradas como un símbolo de devoción, integridad, lealtad, armonía y experiencia. Algo que podríamos tomar como un silencioso "No pasara lo mismo que en tu matrimonio anterior". Las esmeraldas en cambio son un símbolo del amor exitoso, devoción, unidad y amor incondicional.
En el capítulo anterior se menciona que el futuro de la familia se encuentra en manos de los afectados, esto es una clara referencia a que tanto Rafaela como Allister al ser los afectados por las acciones de Alfred, tienen derecho de tomar sus propias decisiones sobre su futuro y sobre lo que saben afectara a ambas familias.
Es por esto que para afianzar su libertad y respetar el acuerdo, el escoces decide proponerle matrimonio a la mexicana a pesar de que sabe que ambas familias no estarán contentas, más porque ellos mismos se encuentran arreglando las cosas sin siquiera incluir a los padres de ambos en la situación. Por el momento nadie se ha enterado de las elecciones de los hijos mayores.
Alfred que es la otra persona que sabe parcialmente sobre la situación, se ha mantenido en silencio, porque se encuentra esperanzado a que su hermano intente convencer a Rafaela de que el divorcio es la peor opción que tienen; algo que obviamente Allister no hizo. Pues prácticamente este ya le robo el mandado al hermano menor.
Sin más por el momento, dejen un review y nos vemos en la próxima actualización.
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