Hola, debo avisarte que la historia contiene temas delicados; secuestro, sexo explícito, síndrome de Estocolmo, mafia, drogas, asesinatos, y más.
Si decide seguir leyendo, es tu responsabilidad, y quiero aclarar que yo no obligo a nadie a continuar. Por favor, toma la historia con madurez y espero que seas consiente que es solo una historia más de ficción. Espero que lo tomes con madurez.
Twilight es de Stephanie Meyer, 365 DNI es de Blanka Lipińska. Yo solo me divierto con ambas historias y personajes.
Isabella (POV)
.
8 HORAS ANTES
.
.
.
El sonido del despertador se coló en mi cerebro sobresaltándome.
—Levántate, cariño —Jacob estaba de pie en la puerta del dormitorio— Tendremos que hacer muchas cosas antes de empezar nuestras vacaciones en Sicilia. ¡Vamos!—su voz sonó emocionada.
No quería abrir los ojos. Es miércoles por la noche y no sé de quién fue la brillante idea de volar a ésta hora.
Desde hace unas semanas, mis horarios han perdido completamente sus proporciones; me iba a dormir muy tarde y me despertaba muy tarde. Había estado atrapada en el infierno de la industria hotelera durante demasiado tiempo, cuando finalmente llegué a ser la directora, simplemente perdí el ánimo. A mis veintiocho años prefería jubilarme que seguir trabajando.
Trabajar en los hoteles me dio la satisfacción y la realización haciendo que mi ego creciera. Cada vez que negociaba grandes contratos, que trataba con grandes tiburones de la industria, sentía que me volvía loca de alegría, especialmente cuando ganaba. Cada victoria en las batallas financieras me dio sentido de superioridad y aumentó el lado vano de mi carácter.
Pueden decir que es una estupidez, pero para una chica de un pueblo pequeño, demostrar a los que la rodean lo mucho que sabe, es una prioridad.
—Bella ¿Quieres leche con chocolate o té?
—Jake, por favor ¡Es mitad de la noche! —me di la vuelta mientras me cubría la cabeza con una almohada.
La poca luz que causaban los edificios, se colaba por la ventada del dormitorio. Era septiembre y el clima era demasiado agradable. A Jake no le gustaba la oscuridad porque afirmaba que lo deprimía; definitivamente causarle esos sentimientos era más fácil que conseguir un café de Starbucks.
—Hice leche con chocolate y té —satisfecho de sí mismo, Jacob estaba de pie mirándome con una bebida caliente y una fría. —Hace calor afuera, así que creo que elegirás lo frío.
Con cuidado salí de mi escondite, él y yo sabíamos que de todas maneras iba a tomar lo que me ofrecía. Jake me extendió el vaso mientras me sonreía.
Él era un hombre enorme, su piel morena contrastaba con el resto de las personas de Seattle. Era el mejor hombre que he conocido, tenía su propia empresa con varios talleres y cada vez ganaba más dinero, también transfería bastante a un asilo infantil.
Tenía los ojos negros, buenos y llenos de calidez, su nariz era grande al igual que sus labios. Era un sol, una persona lleno de emociones, alguien muy positivo y despreocupado, no siempre era inteligente, pero por supuesto, tenía una sonrisa encantadora que fue capaz de desarmarme en un segundo, volviéndome loca.
Era un hombre imponente, que con sus casi cien kilos y su metro noventa de altura, me hacía lucir ridícula queriendo competir con mis metro sesenta y cinco y mis cincuenta y cinco kilos de peso. Pero siempre me hacía sentir segura entres sus grandes brazos bronceados. Sin duda ambos teníamos un cuerpo muy en forma.
—Me estoy levantando —dije acomodándome para beber un poco del vaso en mi mano sin inmutarme en su sonrisa.
Despreocupadamente lo puse en la mesa de noche y me dirigí al baño. Cuando me paré frente al espejo, me di cuenta de lo mucho que necesitaba unas vacaciones. Mi cara estaba más pálida de lo usual y unas ligeras manchas negras se asomaban debajo de mis ojos castaños oscuros y resignados. El cabello castaño corría por mi delgada cara y caía detrás de mis hombros hasta mi espalda, pero le faltaba brillo.
En otras circunstancias, me daría lástima a mí misma, pero no ahora. Me sentía abrumada por mi falta de apetito y me renuencia a trabajar. Mi vida profesional siempre ha influido en mí un sentimiento de valor, sin eso, sentía que no existía.
Sin mucha emoción, me lavé los dientes y me sujeté el cabello, me puse un poco de rímel y gloss y decidí que eso era todo lo que podía hacer hoy, de todos modos, pasaré la mayor parte del tiempo en un avión.
A pesar de mi estado de ánimo, siempre tenía que sentirme bien con mi ropa, no era extremadamente presuntuosa, pero era algo que me levantaba la autoestima. Renée solía decirme que una mujer debe ser bella incluso cuando sufre, y si mi cara no podía ser atractiva, debía enfocar la atención a otro lugar.
Para el viaje, elegí unos pantalones cortos de mezclilla, una camisa suelta color blanca y una ligera chaqueta de lana color gris.
Siempre me ganan los nervios y el sueño en un avión, y aunque me vea muriendo prematuramente por los nervios, me sentiré cómoda volando en la lata de metal.
Metí los pies a mis zapatillas grises mientras me daba un último vistazo en el espejo.
Supongo que estoy lista.
Entré a la sala de estar. El interior era moderno, frio y crudo. La pared estaba revestida de cristal negro, el bar estaba forrado de plateado y en lugar de una mesa, sólo había un tablero con dos tamboretes cubiertos de cuero. El dormitorio estaba separado de la sala con una gran pecera.
Era una estupidez buscar algo femenino en éste interior. Era la combinación perfecta para el eterno soltero que era el dueño y señor de esta casa.
Jacob siempre estaba sentado con la nariz en el ordenador. No importaba lo que hiciera, trabajando o recibiendo a alguien, o simplemente viendo una película en la televisión, su computadora siempre era una parte integral de su ser. Me volvía loca, pero desafortunadamente, lo estaba desde que nos conocimos.
Jake y yo éramos amigos desde pequeños, nuestros padres han sido amigos por años, pero cuando yo decidí mudarme a Seattle nos distanciamos un poco. Finalmente retomamos el contacto por mensajes y de vez en cuando por video llamada. Con el pasar del tiempo ambos nos buscábamos para llenar nuestra soledad.
Fue una sorpresa para todos, incluso para nosotros mismos; siempre nos habíamos visto cómo hermanos y de repente la niña domesticó al lobo. Nuestra relación es inusual, porque ambos tenemos un carácter fuerte y explosivo, ambos tenemos prioridades y metas profesionales. Eso nos unió y nos deslumbró, pero no había problemas de confianza. En donde si había problemas era en la intimidad, la atracción y la pasión nunca estalló entre nosotros.
Según él "una relación no se basa en sexo". Y le doy la razón, pero yo soy un volcán hirviendo de energía sexual, y la liberación la encontré en la masturbación casi diaria. Pero yo estaba bien con eso, me sentía tranquila, o eso creo.
—Cariño, estoy lista. Sólo tengo que cerrar mi maleta de alguna manera y podemos irnos.
Jake se rio desde el ordenador, segundos después lo cerró y lo acomodó dentro de su maleta y se dirigió hacia mi equipaje.
—Puedo manejarlo, nena —dijo apretando la enorme maleta. —Treinta pares de zapatos, casi todo el armario y tú sólo utilizas el diez por ciento de lo que llevas.
Resoplé cruzándome de brazos. Su sonrisa brillante y burlona se me contagió.
—Pero así tengo varias opciones —dije mientras me acomodaba las gafas en la nariz.
En el aeropuerto, como siempre, el miedo me comenzó a embriagar, odiaba volar y sentirme vulnerable ante una grande cantidad de metal y tornillos. Además, heredé de mi madre una especie de histeria y cualquier situación me hacía sentir cercana a la muerte.
En la terminal de salidas, ya nos esperaban los amigos de Jacob, ellos habían elegido el destino de nuestras vacaciones. Sam y Leah han sido parejas por muchos años y aunque en algún momento decidieron comprometerse, por cuestiones de tiempo decidieron retrasarlo.
Él era del tipo deportista, alto, broceado, bastante guapo, con ojos negros al igual que su cabello; Realmente solo le interesaban los pechos de las mujeres, aunque lo disimulaba bien. Ella, por otro lado, era una morena alta, de piernas largas, sus rasgos nativos eran más finos que el resto. Nada especial a primera vista, pero cuando se le prestaba más atención, resultaba muy interesante. Además debo aplaudirle que lograra ignorar los impulsos masculinos de Jacob.
Sacudí mi cabeza y tomé un par de tranquilizantes para no entrar en pánico.
Hicimos una parada en Roma. Allí debíamos hacer una escala y, gracias al cielo, tomaríamos un vuelo directo a Sicilia. La última vez que estuve en Italia fue cuando tenía quince años, en una visita que le hicimos a mi abuela Marie, desde entonces no he tenido la mejor opinión de la gente que vivía allí. Los italianos eran ruidosos, insistentes y no hablaban inglés. Para mí, el inglés era mi lengua materna, además que después de tantos años en las cadenas de hoteles, te hacen cambiar tus perspectivas.
Cuando aterrizamos en el aeropuerto de Catania, el sol ya se estaba poniendo. El tipo de la compañía de alquiler de coches atendió a varios clientes obligándonos a permanecer atrapados en la fila durante una hora. Tenía los nervios de punta por el hambre de Jake y la mía propia, así que decidí echar un vistazo en un barrio cercano para distraerme. Salí del edificio con aire acondicionado y sentí el golpe del calor sobre mi rostro.
A lo lejos podía ver las fumarolas de la montaña. Esta vista me sorprendió, aunque sabía que éste volcán está activo.
Caminando con la cabeza al revés, no me di cuenta que la acera se terminaba y antes de darme cuenta, un enorme italiano creció delante de mí, sobre el cual casi me tropecé. Me quedé como si estuviera enchufada a cinco centímetros de la espalda del hombre, y él ni siquiera se movió.
Unos tipos con trajes oscuros salían corriendo del edificio del aeropuerto, parecía que escoltaban a alguien. No esperé a que pasaran, sino que me di la vuelta sobre mis talones y me dirigí de nuevo hacia la tienda de alquiler, rezando para que ya les hubieran entregado el coche a los chicos.
Cuando me acerqué al edificio, tres SUV negros pasaron a hurtadillas por delante de mí, el de en medio parecía ir más despacio, pasando de largo pero era imposible mirar dentro por las ventanas negras.
—¡Bella! —escuché a Jake gritando, con las llaves del coche en la mano —¿A dónde vas? Vamos.
El Hilton Giardini Naxos nos recibió con un enorme jarrón en forma de cabeza con enormes lirios blancos y rosas. Su aroma flotaba en un impresionante parillo ricamente decorado con oro.
—Oh, Dios mío —me volví hacia Jake con una sonrisa. —Un pequeño Luis XVI. Me pregunto si habrá una bañera con patas de león en la habitación.
Todos soltamos unas carcajadas, creo que los cuatro tuvimos la misma sensación. El hotel no era tan lujoso cómo aparentaba, sobretodo perteneciendo a la cadena Hilton. Tenía muchos defectos que mi ojo experto captó inmediatamente.
—Es importante que haya una cama cómoda, vodka y un buen trato —añadió Jacob— El resto no es importante.
—Sí, olvidé que este es otro patógeno lógico, me siento mal por no ser alcohólica cómo tu —dije con falsa cara amarga —Tengo hambre, la última vez que comí fue hace horas. ¿Podemos darnos prisa e ir a la ciudad a cenar? Ya puedo saborear la pizza y el vino en mi boca.
—Habló la adicta al vino y al champan sin alcohol —Jacob me mordió juguetonamente mientras me envolvía en su abrazo.
Abrumados por el hambre, buscamos nuestro equipaje y después de sólo quince minutos, estábamos desempacando en nuestras habitaciones.
Lamentablemente, al tener tan poco tiempo, no pude prepararme adecuadamente para la salida, pero alcancé a repasar mentalmente mi maleta y con rapidez había sacado un vestido negro largo con una cruz metálica en la espalda, sandalias negras, un bolso de cuero con borlas del mismo color y unos enormes pendientes dorados. Había dibujado mis ojos con lápiz negro, un poco de rímel a las pestañas para arreglar lo que quedaba después del viaje y me había empolvado ligeramente la cara.
Sam y Leah me miraron sorprendidos cuando llegue con ellos al pasillo. Llevaban exactamente los mismos trajes con los que habían viajado.
—Bella, dime ¿Cómo es posible que hayas vivido para cambiarte y maquillarte? Al parecer te has estado preparando para esta salida todo el día. —dijo Leah mientras caminábamos al ascensor.
—Bueno… —me encogí de hombros— Ustedes tienen talento para beber vodka, y yo puedo prepararme todo el día para estar lista en quince minutos.
—Vale, hay que dejar de hablar y vamos a tomar una copa. —Sam sonrió pícaro.
Los cuatro atravesamos el vestíbulo del hotel hasta la salida.
Giardini Naxos era hermoso y pintoresco por la noche. Las calles estrechas estaban llenas de vida y música, había jóvenes, madres con niños. Sicilia empezaba a vivir sólo de noche porque el calor era insoportable en el día.
Llegamos al puerto, la parte más poblada de la ciudad en este momento. Decenas de restaurantes, bares y cafés se extienden a lo largo del paseo marítimo.
—Me voy a morir de hambre, me voy a caer y no me levantaré —amenazó Leah.
—A mí me matará la falta de alcohol en mi sangre —se carcajeó Jake —Mira este lugar, está perfecto para nosotros —señaló el restaurante de la playa.
Tortuga era un restaurante elegante, con sillones blancos, sofás del mismo color y mesas de cristal. Había velas encendidas por todas partes, y el techo era enorme, brillantes láminas de lona de vela que se agitaban con el viento, dando la impresión de que todo el pub estaba flotando.
Los cubículos donde estaban colocadas las mesas, estaban separadas entre sí por gruesos fardos de madera.
El lugar era ligero, fresco y mágico. A pesar de los precios bastante altos, estaba lleno de vida.
Jacob llamó con la mano en dirección al camarero y después de un rato y de bastantes euros, estábamos sentados cómodamente en los sofás viendo el menú. Mi vestido y yo no nos mezclábamos con el entorno. Tuve la impresión de que todos me miraban porque yo brillaba como una bombilla negra en medio de todo ese blanco.
—Me siento como si me estuvieran observando, pero quien iba a saber que íbamos a estar en una jarra de leche —le susurré a Jacob con una estúpida sonrisa.
Miró a su alrededor, se inclinó hacia mí y susurró: —Relájate, nena. Te ves increíble, deja que te miren.
Volví a mirar, cómo si nadie me prestara atención, pero sentí cómo si alguien me siguiera observando. Alejé otra enfermedad mental heredada y me concentré en el menú frente a mis ojos, aun no había decidido mi pedido, la verdad todo sonaba delicioso. El camarero, claramente era siciliano, por lo que estaremos aquí un rato antes de que se decida venir hacia nosotros.
—Tengo que ir al baño —les informé, mirando a mis acompañantes. Al parecer ninguno me tomo importancia, pues siguieron concentrados en sus menús.
Con un suspiro me levanté y avancé buscando algún indicio del baño. En la esquina junto a una hermosa barra de madera, había una pequeña puerta, así que fui en su dirección. Lo revisé, pero desafortunadamente solo había un lavavajillas dentro.
Me giré para dar la vuelta y luego impulsivamente golpee a la figura que estaba delante de mí. Me quejé cuando mi cabeza chocó contra un duro torso masculino. Un poco desorientada levante la vista. Un italiano alto y guapo se paró delante de mí. ¿No lo había visto antes? Su mirada helada me atravesó, no podía moverme cuando me miraba con esos ojos verdes tan profundos, había algo en él que me asustaba.
—Creo que te perdiste, muñeca— dijo con un hermoso y fluido inglés con acento británico —si me dices lo que estás buscando, te ayudaré.
Me sonrió con sus blancos y perfectos dientes, puso su mano entre mis omoplatos, tocando mi piel desnuda, me acompañó por la puerta en la que entré. Al sentir su toque, un escalofrió recorrió mi cuerpo. Estaba aturdida que no podía hablar ni una palabra a pesar de mis esfuerzos, por lo que simplemente sonreí y me dirigí hacia Jacob y los chicos. Creo que había olvidado porqué me había levantado del sofá. Cuando llegue a la mesa, un camarero estaba vertiendo alcohol en cada uno de las copas. Me dejé caer en el sofá y agarré un vaso vaciándolo de un solo sorbo. Sin arrancarlo de mi boca, le di al camarero una clara señal de que necesitaba que rellenaran el contenido.
Jake me miró con diversión.
—¡Nena! Yo soy el que tiene problemas con el alcohol.
—Necesitaba una bebida fuerte —le respondí ligeramente atenuada con el alcohol en mi sistema.
Miré nerviosamente a mí alrededor, buscando al italiano que me hizo temblar las rodillas cómo cuando deje mi hogar atrás. Sería sencillo reconocerlo en medio del blanco, iba vestido como yo, completamente inadecuado a su entorno. Pantalón de lino negro y suelto, una camisa negra con mocasines sin cordones del mismo color. Parecía un auténtico ser oscuro, algo así como los vampiros de Hollywood y aunque sólo lo vi por unos minutos, lo reconocería al instante.
—Bella —la voz de Jake interrumpió mi búsqueda —No pongas atención a las personas, solo bebe.
Ni siquiera me di cuenta de que otra copa de licor espumoso apareció en la mesa. Decidí sorber lentamente el líquido rosado, aunque me apetecía verterlo dentro de mí como el vaso anterior, ya que el temblor de mis piernas un no se detenía. Finalmente nos trajeron la comida que llevábamos bastante esperando. El pulpo que decidí estaba perfecto; Jacob comió un calamar gigante hábilmente cortado.
—¡Mierda! —Jake gritó, rompiendo el sofá blanco— ¿Sabes qué hora es? Son más de las doce. ¡Feliz cumpleaños Bella! —los otros dos también se levantaron de sus asientos y comenzaron a cantarme la canción de cumpleaños en un estilo divertido ruidoso y americano.
Los huéspedes del restaurante los miraron con interés y luego se unieron al coro, cantando en italiano. Se escuchó un estruendoso aplauso y me sonrojé. Celebrar mi cumpleaños era algo que no me agradaba, mucho menos escuchar la canción. Probablemente no hay nadie a quien le guste, nadie sabe qué hacer mientras los demás cantan y aplauden. Definitivamente pareces un completo idiota.
Me levanté del sofá e hice una exagerada reverencia doblándome por la mitad y agradeciendo sus deseos.
—Tienes que hacerme eso ¿eh? —reprendí a Jake con una sonrisa— Recordarme que soy vieja no es agradable. Además ¿Tenía que involucrarse toda esa gente?
—Bueno, cariño, justo cómo lo ven tus ojos, pedí tu licor favorito para empezar nuestra fiesta hoy —cuando terminó de hablar, apareció el camarero con un cubo de Moët & Chandon Rose.
—¡Me encanta! —grité mientras daba unos suaves saltos en el sofá. Mi alegría no pasó desapercibida para el camarero, que me sonrió mientras dejaba la botella en la mesa.
—¡Salud entonces! —dijo Leah levantando su copa —Para que encuentres lo que buscas.
Pegamos nuestras copas y las inclinamos hasta el fondo. Cuando terminé el champan, realmente quería ir al baño, pero esta vez, decidí encontrarlo con la ayuda del personal. El camarero me indicó la dirección en la que debería ir.
Después de las doce, el restaurante se convirtió en un club nocturno, la colorida iluminación cambio completamente el carácter del lugar. De repente el blanco adquirió un significado completamente diferente, la falta de color hizo que la luz de las habitaciones se viera de todos los colores. Estuve luchando entre la multitud para llegar al baño, cuando finalmente me detuve, tuve de nuevo la sensación de que me estaban observando.
Miré a los alrededores y un hombre vestido de negro estaba de pie apoyado en una de las cajas, y una vez más, me congelaba con su mirada.
No parecía el típico italiano, su pelo cobrizo caía rebelde sobre su frente, mientras otros mechones salían disparados hacía varias direcciones, sus labios parecían llenos y perfectamente delineados como si hubieran sido creados para deleitar a una mujer con ellos. Su mirada era fría y penetrante como la de un cazador preparado para atacar a su presa. De lejos me di cuenta que era bastante alto, muy superior a las mujeres que estaban cerca, así que supuse que media un metro noventa de altura.
No sé cuánto nos miramos, tenía la impresión de que el tiempo se había detenido. Me liberó del aturdimiento un hombre que me dio un empujón en el hombro al pasar. Mis piernas no reaccionaron y me caí al suelo mientras me sonrojaba.
—¿Estas bien? —preguntó el hombre que apareció de la nada a mi lado. —Si no fuera por el hecho de que creería que no fuiste tú quien le pego esta vez, pensaría que chocar con hombres extraños era tu manera de llamar la atención.
Me agarró del codo y me levantó. Era sorprendentemente fuerte. Lo hizo cómo si no pasara nada. Pero esta vez me recompuse y con el alcohol en la sangre tomé valor.
—¿Siempre haces el trabajo duro de una pared o grúa? — me esforcé en darle la mirada más helada que he cocinado.
Se alejó de mí y siguió mirándome cómo si no pudiera creer que yo fuera real.
—Me has estado mirando toda la noche ¿Verdad? —pregunté molesta. Tengo unos modales que envían un mensaje, pero una corazonada nunca me decepciona. El hombre sonrió cómo si me estuviera burlando de él.
—Miro hacia el club —respondió —Controlo el servicio del lugar, compruebo la satisfacción de los huéspedes, busco mujeres que necesiten una pared o una grúa.
Su respuesta me divirtió y me confundió.
—Así que gracias por ser una grúa y le deseo buena noche —le di una mirada provocativa y me dirigí al baño. Cuando se quedó atrás, me sentí aliviada de poder respirar. Al menos esta vez no me vi cómo una completa idiota y pude hablar con él.
—Nos vemos Isabella —lo escuché decir a mis espaldas, cuando me di la vuelta había una extraña multitud detrás de mí, pero ningún rastro del hombre.
¿Cómo supo mi nombre? ¿Escuchó nuestra conversación? No podía estar tan cerca, sino, lo hubiera visto. Parecía que las leyendas de vampiros eran reales y este hombre era uno.
—Vamos, lo vas a llegar a ese baño —Leah me tomó de la mano, juntas volvimos a la mesa, había otra botella en el mostrador de cristal.
—Bueno, bueno, cariño —dije divertida— Parece que hoy es un cumpleaños muy adinerado.
—Pensé que lo habías pedido tú —dijo Jake —Ya he pagado por ello, así qué adelante.
Miré por el club, sabía que la botella no estaba aquí por casualidad.
—Probablemente es un regalo del restaurante —dijo Sam divertido— Nuestra canción parece haberles gustado.
—Ya está aquí —dijo Leah sirviendo en las copas. Hasta el final de la botella me retorcía ansiosamente en el sofá, preguntándome quien era el hombre vestido de negro y porque me miraba así, y como sabia mi nombre.
Pasamos el resto de la noche en una peregrinación del club a club. Regresamos al hotel cuando amaneció.
Un terrible dolor de cabeza me despertó, bueno me encanta el champagne, pero la resaca literalmente me está volando el cerebro. Lo sé, soy patética, ¿Quién se emborracha con eso?
Solté un bufido de desesperación y aparté de una patada las sabanas. Sacando fuerzas de no sé dónde, salté de la cama y avancé tambaleante hacia el baño. Miré mi rosto, creo que hoy sí sería muy necesario usar maquillaje. Las grandes ojeras debajo de mis ojos eran penosas, y mi melena era un nido de pájaros.
Dentro de mi bolsa encontré unos analgésicos, trague tres y volví bajo el edredón, aun no quería levantarme.
Cuando desperté unas horas después, Jacob no estaba por ningún lado, pero por lo menos el dolor de cabeza había desaparecido.
Son mis vacaciones ¿no? Así que tengo que ducharme y broncearme.
Mi interior se emocionó por éste pensamiento, me movilicé y me di una ducha rápida, las ojeras habían desparecido, y mi rostro se sentía más suave e hidratado. Con calma me puse mi bikini color negro, preparé una bolsa con mis cosas y salí envuelta en mi pareo dispuesta a ir a la alberca.
Mientras avanzaba por los pasillos del hotel, notaba varias miradas sobre mí, no me gusta ser presumida, pero gracias a la poca atención que Jake me brindaba, se sentía bien ser de vez en cuando el centro de atención de las miradas masculinas, y la envidia de varios pares de ojos femeninos. Aunque me estaban poniendo nerviosa los hombres vestidos todos de negro que de vez en cuando se cruzaban en mi camino.
Finalmente sentí el calor del exterior golpearme el rostro, encontré a Sam y Leah tumbados junto a la piscina, estaban bebiendo unos vasos con lo que parecía ser vino frio, mientras soltaban una que otra risilla.
—La cura —dijo Sam estirándome un vaso de plástico —siento lo del plástico, pero ya conoces las reglas.
Yo no soy muy partidaria de utilizar plástico para las bebidas, pero había ocasiones que no podía evitarlo, hoy era una de esas.
A pesar de ser en vaso, el vino estaba delicioso, frio y húmedo, así que vacié su contenido en mi boca con rapidez.
—¿Has visto a Jake? Me desperté y se había ido. —les pregunté distraídamente.
—Trabajando en el vestíbulo, el internet del hotel era demasiado débil en la habitación —explicó Sam.
Sí, por supuesto.
El ordenador, el favorito de sus amantes, pensé. Sacudí mi cabeza y decidí disfrutar el sol sobre mi cuerpo, siempre me decían que era demasiado pálida, broncearme un poco no me vendría mal.
Pasé el resto del día relativamente sola, sólo los casi prometidos abrazados a mi lado me recordaban que venía acompañada. Pero prefería ignorarlos.
—¿Quizás deberíamos almorzar? —preguntó Sam después de un rato.— Voy a buscar a Jake.
Se levantó de la camilla, se puso la camiseta y se dirigió hacia la entrada del hotel.
—¿Porqué hacen tanto ruido las gaviotas? —Leah preguntó molesta, yo le respondí con una risilla. —¿Le marcaste a Jake?
—Lo intenté hace rato, pero no responde —le dije sin moverme.
—Es tu cumpleaños —ella me miró sorprendida— ¿Por qué hace eso?
—Ni me lo menciones —rodee los ojos —Supongo que ya festejaremos el año que viene.
Leah hizo una meca de disgusto.
—A veces me canso de él —me volví hacia Leah y ella me miró con grandes ojos— Nunca seré lo más importante. Es más importante su trabajo y sus amigos, que yo. Tengo la impresión de que está conmigo por la comodidad.
Leah me miraba atenta, una suave arruga se mostró en su frente.
—Es como tener un perro, cuando quieres lo acaricias, cuando te apetece, juegas con él, pero cuando no te apetece tener un perro lo mantienes alejado. Porque él es para ti, no tu para él. —negué bajando la mirada —Jacob habla más con sus amigos en Facebook de lo que habla conmigo en casa, sin mencionar la cama.
—Sabes, Bella, así es en las relaciones. El deseo de desvanecer con el tiempo.
—Pero no después de dos años —dije desesperada — ¿Hay algo malo en mí?¿Es malo que quiera follar?
Leah rompió en risas y me estiró la mano para que la tomara.
—Supongo que necesitamos un trago, porque no vas a cambiar nada con preocuparte —me sonrió —¡Mira donde estamos! —me señaló el paisaje frente a nosotras— Es divino y tú eres sexy, recuerda que si no es él, será alguien diferente.
Le sonreí de regreso y me pude mi ligera túnica floral, me coloque mis ojos con las seductoras gafas Ralph Lauren y seguí a Leah hasta el bar del vestíbulo.
—Es tu cumpleaños —me sonrió con complicidad —Hay que gozarlo.
—Sí —asentí emocionada.
Mi compañera sonrió aún más y fue a su habitación a dejar su bolsa y aprovechar para tratar de llamar a nuestros compañeros. Fui a la barra del bar y llamé al cantinero, pedí dos vasos de Prosecco frio. Definitivamente lo necesitaba.
—Vas a necesitar más que eso —una voz soprano llegó a mis oídos. Me gire para observar a la pequeña mujer junto a mí. Tenía unos shorts claros y desgastados, su blusa blanca resaltaba su corto cabello negro que salía volando en todas direcciones.
—Feliz cumpleaños, Bella —sonrió en mi dirección, quitó sus gafas oscuras dejándome ver sus ojos verdes casi idénticos a los del Vampiro de anoche. Sus pequeños brazos me rodearon estrujándome en un abrazo.
—¿Te conozco? —le pregunté un poco asombrada por su cercanía.
—No, tonta —me mostró sus dientes en una sonrisa —Pero yo a ti sí. —se separó levemente de mí. —Vamos a ser grandes amigas.
Quise decir algo, pero las palabras no salían de mi boca. El cantinero me distrajo cuando me sirvió las dos copas. Mi vista volvió hacia la mujer junto a mí, pero ya no había nadie. Miré al barman con duda marcada en mi rostro, pero él siguió haciendo su trabajo sin inmutarse.
Es el alcohol, ¿verdad? Ya estoy imaginando cosas.
—¿Eso es todo? —Escuché la voz de un hombre detrás de mí —pensé que tu paladar era mejor.
Me di la vuelta temiendo que mi mente me estuviera jugando una mala broma, pero me quede inmóvil. Frente a mi estaba él de nuevo. Vestía unos pantalones de lino en blanco y una camisa estirada que cumbiamba perfectamente con su piel. Nada que ver con su atuendo de anoche, aunque sí seguía pareciendo un vampiro.
Se quitó las gafas de la nariz y me atravesó con sus ojos helados otra vez. Se dirigió al barman que esperaba quieto a la espera de mí seguidor, éste le dijo unas cuantas palabras en italiano y volvió su mirada a mí.
—¿Por qué tengo la terrible impresión que me estas siguiendo? —pregunté cruzando las manos en el pecho. Él levantó su brazo derecho y lentamente deslizó mis gafas para ver mis ojos. Sentí que se había desecho de mi escudo imaginario.
—No es una impresión —dijo mirándome profundamente a los ojos —No es una coincidencia tampoco.
Una encantadora sonrisa torcida se apareció en su rostro —Feliz veintinueve cumpleaños Isabella, qué este año sea el mejor de tu vida —me susurró y se inclinó peligrosamente hacia mí. Casi jadeo cuando sus labios tocaron suavemente mi mejilla.
La corriente eléctrica de su piel sobre la mía me dejó confundida y aún más desorientada. De nuevo las palabras se atoraron en mi garganta impidiendo que el aire pasara a mis pulmones.
¿Cómo supo cuántos años tenía? ¿Cómo me encontró al otro lado de la ciudad?
La voz del barman me sacó de mi mente, frente a mi puso una botella de Moët Rose y una pequeña magdalena de chocolate sobre la que había una vela encendida.
—¡Mierda! —mi vista regresó hacia el hombre que se había vuelto a evaporar en el aire.
—Vaya —dijo Leah llegando a la barra —¡Esto es vida!
—La idea era una copa de Prosecco y terminamos con una botella de champagne —me dio un empujón amistoso.
Me encogí de hombros y recorrí nerviosamente mis ojos por el pasarlo en busca del vampiro y de la extraña duende. Saqué mi tarjeta de crédito y se la tendí al camarero. En un inglés perfecto se negó a aceptar mi pago diciendo que ya estaba pagada a factura.
Leah le dio una sonrisa radiante, agarró la hielera con la botella y se dirigió a la piscina. Sople la vela que aún seguía encendida en el pastel y la seguí.
Estaba molesta desorientada e intrigada. En mi cabeza nacieron diferentes escenarios que describían quien era el hombre misterioso. Lo primero que me dijo mi cerebro fue la teoría de que era un perseguidor pervertido. Sin embargo no estaba del todo de acuerdo con la imagen de un encantador italiano que se escapa de sus fans en lugar de seguirlos. A juzgar por sus zapatos y ropa de marca, no era de recursos limitados.
La mujer también era un enigma para mí. Al igual que él, iba vestida con ropa de marca, muy a la moda. Pero su personalidad era más relajada, más amistosa. Y sus ojos eran similares pero a la vez muy diferentes. Mientras los del vampiro eran fríos, los de la duende eran cálidos. ¿Serán parientes acaso?
Eso explicaría porque ella sabe mi nombre, pero ¿él? Aparte mi cabeza sigue maquinando miles de opciones para tratar de saber cómo es que me conocen, porque joder, sí lo hacen. Al parecer ellos sabían más de mí que incluso Jake.
Y el cobrizo mencionó algo sobre la comprobación de la satisfacción de los clientes en el restaurante. Así que otra teoría natural era que él era el gerente del restaurante donde estábamos. ¿Pero qué estaba haciendo en el hotel? ¿Casualidad? El vampiro era extraño.
Me carcajeé internamente por el apodo que le puse, creo que debo dejar de ver tantas películas de fantasías.
Sacudí mi cabeza para alejar los pensamientos excesivos y alcancé un vaso en dirección a Leah. ¿Qué importa? Pensé sorbiendo mientras ambas nos sonreíamos. Debe haber sido absoluta coincidencia.
Cuando vaciamos la botella, nuestros acompañantes decidieron aparecer.
—Entonces, ¿Almorzamos? —preguntó Jake con satisfacción. Se acercó y me dio un beso.
Tenía mucho champagne en la cabeza, el de hoy y el de ayer. Estaba demasiado furiosa por su descuido y cuando menos lo pensé ya estaba explotando.
—¿Dónde estabas? —traté de sonar tranquila, pero sabía que mi expresión me delataba, lo bueno que Jacob era lo suficientemente distraído cómo para notarlo.
—Primero fui al Etna —me sonrió satisfecho— Estabas dormida y no quise despertarte. Aproveché el tiempo.
—Por supuesto —sonreí con ironía —¿Te divertiste?
—Fue increíble —sonrió entusiasmado— Te habría encantado.
—Íbamos a ir juntos —le grité— El idiota de Sam me dijo que estabas trabajando.
Ambos se miraron asombrados y espantados de que los hubiera descubierto.
—Jacob, ¡Joder! ¿Es mi cumpleaños y desapareces durante todo el día, no te importa lo que hago o cómo me siento, y ahora apareces cómo si nada mientras preguntas sobre el almuerzo? ¡Ya he tenido suficiente! —lo empuje.
—No te enojes —me suplicó. —No te hace bien para el corazón.
—¡No justifiques todo con esa mierda! —le grité aguantándome las lágrimas.— Basta con el hecho de que siempre es cómo tú quieres, que siempre eres el que dice cómo debe ser y yo nunca soy lo más importante en cualquier situación.
—¿Crees que no me importas, Bells? —rebuscó algo en su bolsillo— Pasé horas buscando esto.
En sus manos había una tarjeta de recuerdo del Volcán.
—Qué lindo —dije con voz melosa —¡Vete a la mierda! —lo empujé hacia la alberca. —Y el almuerzo fue hace horas.
Agarre mi túnica y mi bolso y casi corrí hacia la puerta del hotel, pero me recordé que el suelo estaba húmedo. Cuando finalmente llegue a la puerta, corrí a través del vestíbulo y me encontré en la calle. Podía sentir un chorro de lágrimas subiendo por mis ojos amenazando con salir. Me puse mis gafas y me fui.
Las calles de Giardini parecían pintorescas. A lo largo de la acera, había arboles cubiertos de flores, los edificios eran hermosos y bien mantenidos. Desafortunadamente, con éste estado de ánimo, no pude disfrutar de la belleza del lugar en el que me encontraba. Me sentía sola. En un momento dado me dí cuenta de que las lágrimas corrían por mis mejillas y mis piernas se movían con mucha velocidad, cómo si escapara de algo.
El sol se estaba poniendo naranja y yo seguía caminando. Cuando mi primer enojo pasó, sentí que me fallaban las piernas. Mis sandalias altas sobre las ancoras, aunque eran hermosas, no eran las adecuadas para un maratón. En el callejón vi un pequeño y típico café italiano que resultó ser perfecto para relajarse, ya que uno de los elementos del menú era vino espumoso.
Me senté afuera mirando la tranquila superficie del mar. Una anciana con el cabello negro con destellos blancos se me acercó, parecía ser la persona que atendía la cafetería.
—La mia dolce bambina, (mi dulce niña)—me tomó de la barbilla y levantó mis ojos a los suyos —Ai tuoi occhi c'è un'ombra di grande dolore (en tus ojos hay un gran dolor)
No entendía sus palabras, pero las lágrimas se desbordaron de nuevo por mis ojos, pero ella me miraba con cariño— Dimmi cosa sucede (dime qué sucede).
Yo negué con la cabeza, las palabras no salían de mi boca, y aunque lo intentara, ella no me iba a entender. Ella se levantó dejándome sola en la mesa, la luna sobre mis ojos parecía ser mi única compañera. Volví a sollozar, vaya cumpleaños.
La anciana extrañamente morena, me trajo la copa de vino que había pedido y se volvió a sentar frente a mí, tomó mi mano sobre la mesa y la acarició con cuidado.
—Un uomo ti ha fatto del male, vero? (¿Un hombre te lastimó, verdad?) —su voz sonó molesta. —Posso notarlo (puedo notarlo).
Quería poder hablar, quería que los sollozos cesaran y deseaba que la soledad que sentía en mi corazón no me estuviera ahogando.
—So che è tutto finito e sembra troppo difficile (sé que todo se fue y parece demasiado difícil) —sus ojos negros me miraban con pena— So come vanno e vengono i mal di cuore (Sé cómo van y vienen las angustias) —su voz era cómo un valsamo parami corazón—E so quanto fa male alle cicatrici che ti ha lasciato (y sé cómo duele las cicatrices que te dejó)
—Ma ti assicuro che non avrai tempo di piangere (pero te aseguró que no tendras tiempo para llorar) —su mano apretó la mía mientras sonreía— il dolore finirà e sarai di nuovo felice (el dolor va a terminar y vas a volver a ser feliz).
Quizás no soy buena con el italiano, pero entendí las intenciones de la anciana. Sus palabras eran para tratar de animarme y yo sólo podía estar agradecida de que le devolviera un poco de paz a mi corazón.
Si bien Jacob no era el mejor novio, había estado presente toda mi vida, y echarlo de ella me había dolido más a mí.
—Nonna, Sue —una vocecita me sacó de mis pensamientos. Supuse que llamaba a la anciana porque ella sonrió. Sue, ese era su nombre.
—Questo la farà sentire meglio (esto la hará sentir mejor) —Un pequeño de cabellos negros cómo la anciana se acercó a nosotros, en sus manos llevaba una pizza un poco deforme. —l'ho fatto da solo (yo la hice).
Puso la pizza delante de mí, le sonreí al pequeño —Grazie —les dije a ambos.
—Andiamo dentro, Seth (vamos adentro) —La anciana empujó al pequeño mientras me sonreían, y caminaron hasta perderse en la cocina.
Me senté allí mirando fijamente el más hasta que oscureció. No podía levantarme de la silla después de tanto alcohol, pero decidí comer la excelente pizza de cuatro quesos que resultó ser una mejor receta para las penas que el vino. El pequeño tenía razón.
Me sentí lista para regresar y enfrentar lo que había dejado atrás cuando me escapé. Pague por la asombrosa cena y les volví a agradecer a la anciana y a su nieto y me moví silenciosamente el hotel.
Para mi sorpresa, las calles por las que caminé estaban casi desiertas, creo que porque estaban lejos del paseo principal que rodeaba el mar. En un momento dado pasé a través de dos SUV. Pensé que ya antes, cuando estaba esperando frente a la tienda en el aeropuerto, había visto coches similares.
La noche estaba caliente, estaba borracha y mi cumpleaños había terminado, en general todo estaba mal. Me di vuelta cuando la acera terminó y me di cuenta que no sabía donde estaba. Maldición, yo y mi torpeza. Miré a mí alrededor, todo estaba demasiado oscuro, y lo único que vi fueron las deslumbrantes luces de los coches que entraban.
Mi instinto fue retroceder, pero me topé con un firme pecho. Me giré con cuidado y unos rubios cabellos acompañados de unos ojos azules me miraron con disculpas.
—Buona notte, signorina —su voz sonó clara y mis ojos se cerraron.
Bueno, Jake me sigue molestando jajaja y ¿Sue? Que tierna, siempre maternal.
¿Aun recuerdan que sigue verdad? Y si no, o son nuevas/nuevos por aquí... díganme que tal les pareció!.
Hasta luego
